Por: Dr. Fernando Buen Abad
No pocas veces nuestras conductas se ven marcadas por lo que nos falta más por lo que tenemos. Y una carencia constante es la educación en las bases de nuestras personalidades y nuestras relaciones con otras personas, con animales o con objetos. Mayormente nos falta conocer la historia, escasea el saber del otro, de lo otro, conocer su origen, su estructura, su base de sustentación dialéctica, a qué necesidades conocidas o desconocidas, obedece y qué conjunto de fuerzas marca la dinámica de su crecimiento o de su decadencia. Solemos tener vínculos atomizados y comprensión de los nexos fragmentada y estereotipada por egolatrías, pereza o soberbia, aprendidas desde las cunas ideológicas del capitalismo. Nos falta mucho por despojo, por lentitud, por descuido o por condición de clase.
También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.
Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación teórica y la praxis histórica ensayan sus gramáticas. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia, sino por la capacidad crítica de interrogar lo dado y suprimir lo que impide avanzar. No se trata de añorar lo perdido, sino de diagnosticar lo pendiente. Falta no como lamento, sino como contradicción operante, como categoría activa que empuja la historia hacia su superación.
El capitalismo ha hecho de la falta una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —fuente de creatividad y de impulso colectivo— en patología administrable. La falta se psicologiza, se privatiza, se vende. Nos enseña a confundir el deseo con el consumo, la carencia con el déficit personal, el horizonte con la ansiedad. Pero la Filosofía de la Semiosis ayuda a entender que el signo de la falta no apunta hacia un objeto que la colme, sino hacia una práctica que la resignifique. La carencia humana no se resuelve sólo en el tener, sino en el comprender y transformar las condiciones que la producen.
Cierto ego burgués interviene como operador ideológico de esa distorsión. No se trata de un mero rasgo psicológico, sino de una forma de subjetividad funcional al orden burgués. El ego es la instancia que privatiza la falta: transforma la incompletud en un problema individual, desvinculado de toda historicidad social. Así, lo que nos falta deja de ser motor de la colectividad para convertirse en espectáculo de autoafirmación. En lugar de abrir una conciencia de la interdependencia humana, el ego fabrica una semántica de la competencia: quien más aparenta plenitud, más domina el campo simbólico. Ese ego burgués no busca comprender la falta; la niega mediante ficciones de plenitud. Construye identidades compensatorias, narrativas de superación personal, espejos ideológicos que disimulan la estructura de dependencia y alienación. Lo que nos falta, en manos del ego, se convierte en mercancía simbólica: autenticidad, éxito, autoestima. Pero tales signos no restituyen la falta, solo la recubren de un simulacro rentable. El ego necesita la falta tanto como la teme: la explota para sostener su ficción de coherencia, pero impide que esa falta se vuelva conocimiento de sí y del mundo.
Por eso, toda crítica del ego implica desmontar la forma subjetiva burguesa. Lo que creemos que nos falta no surge de una interioridad pura, sino de un dispositivo cultural que produce necesidades ideológicas. El ego confunde plenitud con dominio y carencia con derrota. Recuperar la falta como potencia emancipadora exige negar esa lógica de propiedad sobre uno mismo. No hay “yo” emancipado mientras persista la estructura que convierte la falta en mercancía y el deseo en plusvalor. Solo en el reconocimiento común de la falta —como fuerza de conocimiento y transformación— puede comenzar una semiosis liberadora del sujeto.
También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de la historia, las zonas de sombra de la razón, los proyectos mutilados por la barbarie del capital. Lo que nos falta es la justicia no realizada, la palabra no dicha, la conciencia no desarrollada. Pero también es el indicio de una potencia, la señal de una humanidad en tránsito. No hay plenitud fuera de la historia, y no hay historia sin la fricción constante de la falta. La semiosis humana no se clausura. Cada signo abre un intervalo, cada interpretación revela un resto que impide el cierre. La falta es ese resto: lo que ningún sistema logra absorber del todo, lo que siempre desborda el orden de los signos y lo obliga a rehacerse.
En esa diferencia no resuelta reside la historicidad del sentido. Lo que falta es, entonces, la tarea, el trabajo del pensamiento, el ejercicio colectivo de la crítica. Desde una perspectiva materialista, la falta no es metáfora del alma sino categoría política. Falta el control común de los medios de producción, falta el dominio consciente del proceso social, falta la correspondencia entre trabajo y libertad. Esa falta no condena: exige. Es el núcleo dialéctico de la praxis revolucionaria, donde la ausencia se convierte en plan, la carencia en proyecto, la necesidad en saber-hacer histórico.
También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje vibra la huella de lo ausente: todo signo remite a otro, toda palabra apunta a lo aún no dicho. La cultura, como proceso semiótico, es el intento incesante de dar forma a lo que aún no se nombra. Pero cuando el poder monopoliza los signos, la falta se vuelve alienación. Recuperar su dimensión creadora implica reapropiar el sentido como bien común. La falta no es abismo sino estructura de posibilidad. Es el intervalo donde el pensamiento se reconoce como tarea inacabada. En esa tensión entre lo que somos y lo que nos falta se define la condición humana. Mientras exista esa tensión, habrá historia, habrá crítica, habrá posibilidad. Ser es faltar, y faltar es poder transformarse. No hay mayor plenitud que esa contradicción consciente: saber que lo que nos falta no es pérdida, sino forma activa del porvenir.
También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.
Eso que nos falta no siempre es vacío, también en una brújula. Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación revolucionaria se atreve a ensayar su gramática. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia sino por la crítica; no por lo que añoramos de un pasado idealizado sino por lo que nos exigimos construir colectivamente. Somos, entonces, seres de la falta, pero no de la resignación. Falta no como carencia definitiva, sino como impulso de creación, como contradicción viva que exige superarse en la praxis. Lo que hoy se llama capitalismo, ha hecho de la falta misma una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —esa fuente de creatividad y comunidad— en angustia consumible. Nos inocula la idea de que todo vacío se llena comprando, de que toda ausencia se tapa con propiedad. Nos enseña que el signo de la falta se satisface con objetos, no con significados colectivos. No hay completitud en la acumulación privada, sino en la comunión social del sentido.
También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de nuestra historia, las heridas de nuestra humanidad truncada, los proyectos que quedaron mutilados por la barbarie del poder. Lo que nos falta es la justicia que no llegó, el pan que no se reparte, la palabra que no se escucha. Pero también es la promesa de lo que puede ser, el germen de una nueva sensibilidad, el indicio de una conciencia que despierta. Cada cosa que nos falta, en realidad o como fantasía, abre un camino, cada interpretación revela un resto, una diferencia no resuelta. En esa diferencia vive la historia. Lo que falta es, por tanto, el signo aún no dicho, la praxis aún no realizada, la comunión aún no alcanzada. Esa falta nos define porque nos pone en movimiento, nos rescata de la petrificación ideológica y nos recuerda que ser es transformar. Lo que falta no es una abstracción sentimental. Es una categoría objetiva. Falta el control colectivo de los medios de producción, falta la liberación de las conciencias capturadas por el fetichismo, falta el dominio del trabajo sobre el capital. Esa falta no es una culpa: es una tarea de crítica y auto-crítica.
Pero ego mezclado con ignorancia introduce una distorsión fundamental en la percepción de lo que nos falta. Convierte la carencia en un asunto de afirmación individual, no de desarrollo colectivo. Donde podríamos reconocer su falta como vínculo con los otros —como espacio de cooperación, de aprendizaje compartido, de humildad creadora— el ego la transforma en un reflejo narcisista, en una baratija petulante que hace de lo que creo que me falta una herida de orgullo. En lugar de abrirnos a la comunión, nos encierra en la competencia. Así, el ego convierte lo que creemos que nos falta en rivalidad, y convierte la dialéctica del crecimiento en una guerra de apariencias. Hay quien cree, en su individualismo, que “tiene poco” porque merece mucho.
En el plano semiótico burgués, el ego produce signos falsos de completitud. Nos hace creer que la falta se repara con el reconocimiento ajeno, con el éxito, con la posesión simbólica de lo que deseamos y la admiración de todos hacia nosotros. El sujeto colonizado por el ego vive rodeado de simulacros que le ofrecen una falsa plenitud, sostenida por la mirada del otro como espejo. La cultura mediática capitalista se nutre de ese mecanismo, promete completitud a cambio de obediencia, autoestima a cambio de consumo, identidad a cambio de sumisión. Superar la ilusión del ego no significa anular la individualidad, sino liberarla de la forma burguesa del yo propietario. Solo cuando reconocemos que lo que nos falta no se colma desde el aislamiento, sino desde el encuentro con los otros, la falta recupera su poder emancipador. El ego reduce la falta al ámbito de lo privado; la conciencia crítica la expande hacia el campo de lo común. Solo así podemos transformar el deseo de completitud en praxis liberadora: pasar del “yo me falta” al “nos falta”, del deseo posesivo al deseo creador. En esa transición se juega, quizás, la madurez espiritual y política de toda humanidad por venir.
También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje mismo vibra la huella de lo ausente: toda palabra remite a otra, todo significado remite a un campo de posibles. La cultura es una lucha por llenar con sentido lo que nos falta. Pero cuando ese sentido es expropiado por la ideología dominante, la falta se vuelve dolor y alienación. Recuperar la falta como potencia creadora —y no como servidumbre— es un acto revolucionario. No hay humanidad acabada porque no hay historia terminada. El sentido no está dado: se produce, se disputa, se conquista. Lo que nos falta es también lo que nos convoca. Y lo que nos convoca es siempre colectivo: la emancipación no se alcanza individualmente. Por eso, el reconocimiento de lo que nos falta no es un ejercicio de melancolía, sino de conciencia crítica. Nos falta la humanidad plena, y esa falta nos constituye como especie que lucha, que crea, que se niega a aceptar el orden injusto como destino. Lo que nos falta nos humaniza porque nos impulsa a superar las formas de deshumanización que el poder impone.
También somos lo que nos falta porque el ser humano es una promesa histórica en construcción. Cada vez que decimos “aún no”, afirmamos el poder de lo posible. Cada vez que reconocemos la falta, desnudamos la mentira del sistema que pretende completarnos con su mercancía. Cada vez que luchamos por lo que falta, nos acercamos a lo que somos verdaderamente: humanidad en proyecto, humanidad por venir. Lo que nos falta no es un abismo: es la medida de nuestra dignidad. Es la conciencia de que todavía hay que conquistar el derecho a ser plenamente humanos. En la tensión entre lo que somos y lo que falta se juega toda la historia. Y mientras exista esa tensión, existirá la esperanza como forma de inteligencia colectiva. Porque también somos —y sobre todo— la lucha por la conciencia de lo que falta.
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