Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez
Eso que llamamos “izquierda” y debería llamarse “izquierdas” no es un objeto fijo ni una identidad cristalizada en consignas repetidas, sino un proceso histórico, práctico y crítico que se constituye en la tensión permanente entre la realidad social y el horizonte de su transformación. Es una ética un deber ser de la conciencia en la praxis. Hablar de “izquierda” implica asumir que no existe como esencia metafísica ni como dogma cerrado, sino como una praxis en movimiento, determinada por condiciones materiales concretas y por la conciencia que los sujetos sociales desarrollan de esas condiciones. En este sentido, la izquierda no es simplemente una posición en el espectro político ni una suma de partidos o tradiciones, sino una forma histórica de responder a la injusticia estructural, a la explotación y a la enajenación que caracterizan a las sociedades de clases. Su núcleo no reside en la proclamación moral del bien, sino en la crítica radical de las relaciones sociales de dominación existentes y en la voluntad organizada de superarlas.
Pero es indispensable estar alertas. No todo lo que se autoproclama izquierda “es oro”. Es fundamental distinguir corrientes porque, increíblemente, hay muchas izquierdas organizadas para frenar la revolución en lugar de impulsarla. Así, 1. El reformismo (socialdemocracia) • Acepta el capitalismo como marco permanente. • Confía en reformas graduales, el parlamento y el Estado burgués. • En momentos de crisis, defiende el orden existente antes que una ruptura revolucionaria. Cuando la burguesía se siente en peligro, los reformistas actúan como su última línea de defensa antes de activar a las fuerzas de corte nazi-fascistas.
2. El burocratismo. • La burocratización del Estado parasitario. • El abandono del internacionalismo por el “socialismo en un sólo país”. • La represión interna, los juicios y la eliminación de la democracia obrera. • No quieren un capitalismo clásico, pero tampoco socialismo. • Incuban un Estado obrero degenerado, dirigido por una casta burocrática. Terminan saboteando revoluciones en otros países para proteger sus propios intereses sectarios.
3. El “centrismo” de izquierda panfletaria. •Usan un lenguaje de apariencia revolucionaria, ero actúan con vacilación cuando hay que romper con el sistema. • Despliegan demagogia entre reforma y revolución sin decidirse, pero confundiendo. • Confunde a la clase obrera • Genera falsas expectativas • Desmoviliza en momentos decisivos.
4. Falsifica los “Frentes Populares” entendidos como alianza de partidos obreros con sectores burgueses “progresistas” • Subordina los intereses de la clase trabajadora a la burguesía “democrática”. • Frena expropiaciones y radicalización para no “asustar” aliados.
5. Convierte en cretinos a los representantes en los al parlamentos y sindicatos. • No se lucha por los cargos como fines en sí mismos. • Eso convierte en cretinos a los que deberían servir a la clase trabajadora. • Anestesia al sindicalismo sin horizonte político lo vuelve herramienta para frenar el conflicto.
6. Cuidado con el ultra-izquierdismo (confunden la táctica con los principios), • Suelen rechazar toda táctica • Desprecian las masas reales • Confunden radicalismo verbal con estrategia revolucionaria. Eso es aventurerismo, no revolución. No es problema declararse de izquierda, sino tener una estrategia que realmente permita a la clase trabajadora tomar el poder y transformarlo radicalmente.
Hablar de izquierdas en plural no es una concesión relativista ni un gesto retórico de corrección política, sino el reconocimiento materialista de la diversidad histórica, social y cultural de las prácticas emancipadoras. El plural remite a la imposibilidad de subsumir en una forma única las experiencias concretas de lucha que emergen en contextos distintos, atravesados por configuraciones específicas del capital, del Estado y de la subjetividad. Desde una concepción de la praxis como actividad histórica situada, resulta filosóficamente insostenible postular una izquierda homogénea y universal que se aplique por igual a todas las realidades. El plural de las izquierdas expresa, así, la riqueza conflictiva de un campo político en permanente construcción, donde convergen tradiciones, estrategias y lenguajes diversos, unidos no por la identidad formal sino por la orientación común hacia la emancipación. Negar ese pluralismo conduce al dogmatismo y a la clausura crítica; asumirlo, en cambio, abre la posibilidad de una articulación dialéctica entre diferencias reales, capaz de producir unidad práctica sin anular la heterogeneidad que la nutre.
En Adolfo Sánchez Vázquez, la aceptación del plural de las izquierdas se desprende directamente de su concepción no dogmática del marxismo y de su teoría de la praxis. Para él, no existe una forma única, acabada o canónica de la política emancipadora, porque la praxis revolucionaria está históricamente condicionada y responde a realidades concretas, cambiantes y contradictorias. Sánchez Vázquez rechaza toda pretensión de erigir una izquierda verdadera frente a otras supuestamente desviadas cuando ese juicio se formula desde criterios abstractos o ahistóricos. El marxismo, entendido como filosofía de la praxis, no prescribe modelos universales de acción política, sino que ofrece herramientas críticas para que los sujetos históricos elaboren sus propias respuestas a condiciones específicas de explotación y dominación. Desde esta perspectiva, hablar de izquierdas en plural no significa diluir el proyecto emancipador, sino afirmar su carácter histórico, creativo y abierto. La unidad de la izquierda no se garantiza por la uniformidad doctrinaria, sino por la convergencia práctica en objetivos emancipadores concretos, evaluables en la experiencia histórica y no en la fidelidad a esquemas teóricos cerrados. El plural, en Sánchez Vázquez, es así una exigencia de la praxis misma y una salvaguarda frente a la petrificación ideológica.
Desde la perspectiva filosófica que atraviesa la obra de Adolfo Sánchez Vázquez, la izquierda sólo puede comprenderse desde la categoría de praxis. La praxis no es mera acción ni simple aplicación de una teoría previa, sino una actividad humana consciente, transformadora y socialmente mediada, en la que se articulan conocimiento, valores y acción material. La izquierda se construye, entonces, en la praxis histórica de los sujetos que luchan por transformar las condiciones que los oprimen, y se verifica no por la pureza de sus intenciones, sino por la eficacia emancipadora de sus prácticas. Esto supone una ruptura con toda concepción dogmática que pretenda definir de una vez y para siempre qué es ser de izquierda, al margen de las circunstancias históricas y de las contradicciones reales de la vida social.
En este punto, la crítica de Sánchez Vázquez al dogmatismo adquiere plena vigencia. Aquella izquierda que se encierra en fórmulas doctrinarias, que repite categorías sin someterlas a la prueba de la realidad concreta, traiciona su propio fundamento práctico. El marxismo, entendido no como catecismo sino como teoría crítica de la sociedad, sólo conserva su potencia cuando se mantiene abierto a la autocrítica y a la revisión constante a la luz de la experiencia histórica. Las izquierdas, por tanto, no se definen por la fidelidad ritual a textos o líderes, sino por su capacidad de leer la realidad, interpretar sus contradicciones y actuar organizadamente sobre ellas de manera consciente.
Toda construcción de la izquierda es inseparable de los procesos sociales en los que emerge. No nace en el vacío ni en la abstracción académica, sino en el conflicto, en la lucha de clases, en la resistencia cotidiana de quienes padecen la explotación y la dominación. Es una construcción colectiva que articula experiencias diversas, saberes populares, tradiciones culturales y elaboraciones teóricas, y que se reconfigura permanentemente en función de los cambios en las formas de producción, en las relaciones de poder y en los modos de subjetivación. Por ello, no existe una izquierda única y homogénea, sino múltiples expresiones históricas de una misma aspiración emancipadora, atravesadas por tensiones, errores, avances y retrocesos.
Insistamos, desde una perspectiva semiótica y política, en que la izquierda también se juega en el terreno de la producción de sentido. No basta con transformar las estructuras económicas si se deja intacto el orden simbólico que legitima la dominación. La lucha por el sentido, por el lenguaje, por las narrativas que organizan la percepción de lo social, es parte constitutiva de la praxis política. En este plano, la izquierda debe disputar los significados de conceptos como democracia, libertad, justicia o desarrollo, arrancándolos de su captura por el discurso hegemónico y reinscribiéndolos en un proyecto colectivo de emancipación. La batalla cultural no es un suplemento decorativo de la política, sino uno de sus campos decisivos.
Toda relación entre izquierda y práctica política es, por tanto, una relación de implicación mutua. No hay izquierda sin práctica política concreta, ni práctica política de izquierda sin reflexión crítica que la oriente. La política, entendida en sentido fuerte, no se reduce a la gestión del Estado ni a la competencia electoral, aunque no pueda prescindir de esos espacios. Es, ante todo, una práctica social orientada a la transformación de las relaciones de poder, que se despliega en múltiples niveles, en el trabajo, en la cultura, en la educación, en los medios de comunicación, en la vida cotidiana. La izquierda se realiza en la medida en que logra articular estas dimensiones en un proyecto coherente, capaz de disputar hegemonía y de construir alternativas reales al orden existente.
Desde la ética marxista desarrollada por Sánchez Vázquez, la práctica política de la izquierda no puede separarse de una reflexión sobre los fines y los medios. La emancipación no justifica cualquier medio, ni la eficacia inmediata puede erigirse en criterio absoluto. La ética de la praxis exige coherencia entre los valores proclamados y las formas concretas de acción, sin caer en moralismos abstractos ni en pragmatismos cínicos. Esta tensión es constitutiva de la política revolucionaria y no admite soluciones simples. La izquierda madura es aquella que asume esta complejidad, que reconoce sus dilemas y contradicciones, y que los enfrenta sin refugiarse en justificaciones dogmáticas ni en renuncias oportunistas.
Toda la historia de la izquierda está atravesada por derrotas, desviaciones y fracasos, pero también por conquistas, aprendizajes y momentos de profunda creatividad política. Asumir esa historia críticamente es parte esencial de su construcción presente. No se trata de idealizar el pasado ni de repudiarlo en bloque, sino de extraer de él lecciones para el presente. La crítica a las experiencias burocráticas, autoritarias o alienadas que se hicieron en nombre del socialismo no implica abandonar el horizonte emancipador, sino radicalizarlo, devolviéndolo a su fundamento práctico y humanista. En este sentido, la izquierda no puede renunciar a la utopía, entendida no como fantasía irrealizable, sino como anticipación crítica de un futuro posible que orienta la acción presente.
En el mundo contemporáneo, marcado por la financiarización del capital, la precarización de la vida, la crisis ecológica y la colonización mediática de la subjetividad, la izquierda enfrenta desafíos inéditos. La praxis emancipadora debe repensarse en condiciones nuevas, sin perder su anclaje en la crítica de la explotación y la dominación. Esto exige una izquierda capaz de articular luchas diversas, de comprender la intersección entre clase, género, etnia y territorio, y de construir formas de organización flexibles, pero no dispersas, radicales, pero no sectarias. La unidad no puede ser impuesta por decreto ni diluida en un pluralismo sin proyecto; debe construirse en la práctica común y en el debate crítico.
Así entendida, la izquierda no es un lugar cómodo ni una identidad tranquilizadora. Es una posición incómoda frente al mundo, una toma de partido consciente en favor de la transformación radical de las condiciones que producen desigualdad, violencia y alienación. Se construye en la praxis cotidiana, en la reflexión crítica y en la acción colectiva, y se verifica en su capacidad de producir cambios reales en la vida de las mayorías. Su relación con la práctica política no es instrumental ni decorativa, sino constitutiva, las izquierdas son, en última instancia, práctica social consciente orientada a la emancipación humana, siempre inacabada, siempre abierta, siempre en disputa.
Una reflexión final,
La verdadera historia de nuestro tiempo está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha en sus propios planes de lucha. Esa agenda debe orientarnos. No necesitamos más retórica, es necesario estar en el motor de la historia, con quienes hacen la historia y desde dónde se la produce. La historia no la escriben las instituciones, los gobiernos ni los partidos por sí sólos. Los sujetos históricos reales son los movimientos en lucha, cuando actúan colectivamente, organizadamente y con un programa consensuado. La orientación política no debe venir de programas abstractos o agendas externas, sino de los planes de lucha concretos que esos movimientos elaboran. Es una convicción antielitista, antivanguardista rígida y profundamente materialista. La emancipación de la clase trabajadora será obra de la clase trabajadora misma. Porque la historia avanza por la acción de las masas en lucha y sus planes de lucha expresan el nivel real de conciencia y organización. Pero cuisdado, no todo lo que surge espontáneamente orienta bien. La agenda no debe omitir la estrategia, la teoría, ni la necesidad de dirección política con dirigentes a su altura.
Es que la experiencia viva de las masas es insustituible, pero necesita método para ser generalizada, organizada y llevada a sus consecuencias. Contra agendas armadas desde arriba. Contra análisis desconectados de la práctica. Contra izquierdas que “interpretan la realidad” sin pisar los conflictos. Contra el academicismo o el electoralismo que mira la lucha social como un dato más.
Toda izquierda que se precie de ser coherente debe centrar su energía los sujetos reales. Evitar el dogmatismo. Obligarse a escuchar y aprender de la lucha concreta. No idealizar cualquier lucha sólo por existir. No confundir orientación con acompañamiento pasivo. No perder perspectiva estratégica de largo plazo. La brújula política no está en los escritorios ni en los calendarios electorales, sino en la práctica colectiva de quienes pelean ahora. La izquierda debe sustentar una posición fuerte, honesta y exigente.
Porque la verdadera historia de nuestro tiempo no se escribe en los balances oficiales, ni en los discursos institucionales, ni en las memorias pulidas de los vencedores. Se escribe, con una gramática áspera y fragmentaria, en el movimiento real de quienes luchan. Allí donde los cuerpos se organizan, donde las necesidades se convierten en demandas, donde la indignación se transforma en acción colectiva, se produce el único texto histórico que merece ese nombre. No porque sea moralmente superior por definición, sino porque es el único que expresa la relación viva entre estructura y subjetividad, entre condiciones materiales y conciencia en proceso. Todo lo demás —los programas abstractos, las estrategias diseñadas sin anclaje, las lecturas que llegan siempre tarde— no son historia, sino comentarios a posteriori.
Decir que la historia está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha no es una metáfora poética ni una consigna voluntarista. Es una afirmación materialista. La historia no avanza por acumulación de ideas correctas ni por la aplicación mecánica de teorías previas, sino por la irrupción de sujetos colectivos que, empujados por contradicciones objetivas, se ven obligados a actuar. En esa acción, muchas veces confusa, contradictoria, incompleta, se condensan más verdades sobre una época que en cien análisis brillantes desconectados de la práctica. La lucha no es un dato más de la realidad social, es el punto en el que la realidad se vuelve consciente de sí misma.
Entendamos los planes de lucha, no sólo como calendarios de acciones sino como síntesis provisoria de fuerzas, demandas, horizontes y límites, son la forma concreta que adopta esa escritura histórica. No surgen de la nada ni son el producto de una voluntad pura. Son el resultado de una relación de fuerzas determinada, de una experiencia acumulada, de derrotas y aprendizajes, de debates explícitos y tensiones no resueltas. En ellos se expresa el nivel real de conciencia de un movimiento, no en el sentido psicológico, sino en el sentido histórico, qué cree posible, qué considera legítimo, hasta dónde está dispuesto a llegar, qué enemigos identifica y cuáles todavía no.
Por eso esa agenda debe orientarnos. No porque sea infalible, sino porque es el único punto de partida legítimo para cualquier política que aspire a transformar la realidad y no sólo a interpretarla. Orientarse por la agenda de las luchas no implica renunciar a la crítica ni a la elaboración teórica; implica, por el contrario, asumir que la teoría sólo tiene sentido si es capaz de dialogar con ese movimiento real, de esclarecerlo, de empujarlo más allá de sus propios límites sin colocarse por fuera de él. Toda política que se desentiende de los planes de lucha concretos, que los considera secundarios o meramente tácticos frente a un programa cerrado, termina inevitablemente sustituyendo a los sujetos reales por una abstracción.
Aquí aparece una tensión central que atraviesa toda la tradición marxista y que sigue siendo decisiva, la relación entre espontaneidad y dirección, entre experiencia y estrategia, entre lucha inmediata y horizonte histórico. Idealizar la espontaneidad es tan estéril como despreciarla. La lucha, por sí sola, no garantiza una orientación emancipadora; puede estancarse, desviarse, ser derrotada o incluso cooptada. Pero sin lucha real, toda estrategia es una ficción. La dialéctica no se resuelve eligiendo uno de los polos, sino comprendiendo su relación contradictoria. La experiencia de las masas es insustituible, pero necesita ser generalizada; la teoría es indispensable, pero sólo cobra vida cuando se somete a la prueba de la práctica.
En este punto, la afirmación de que la verdadera historia se escribe en los planes de lucha funciona también como una crítica frontal a dos desviaciones recurrentes. Por un lado, al reformismo que reduce la política a la gestión de lo posible dentro de los márgenes del sistema, mirando las luchas como problemas a administrar o como presiones externas que hay que contener. Por otro, al dogmatismo que pretende medir la realidad con una vara doctrinaria, descartando como “insuficiente” o “incorrecto” todo lo que no encaje en un esquema previo. Ambas posiciones comparten, aunque se presenten como opuestas, un mismo rasgo, la incapacidad de aprender de la lucha viva.
Ningún movimiento en lucha es sujeto puro ni homogéneo. Están atravesados por contradicciones internas, por desigualdades, por disputas de sentido. En ellos conviven impulsos radicales y tendencias conservadoras, gestos de solidaridad y reproducciones del orden dominante. Precisamente por eso son históricos. La historia no avanza por sujetos ideales, sino por sujetos reales, situados, atravesados por la sociedad que buscan transformar. Exigirles coherencia absoluta o conciencia plena es una forma sofisticada de negarles el derecho a ser protagonistas.
Orientarse por la agenda de las luchas implica aceptar la temporalidad propia de los procesos sociales. No todo ocurre cuando quisiéramos ni como quisiéramos. Hay momentos de ascenso y de repliegue, irrupciones súbitas y largos períodos de acumulación silenciosa. Los planes de lucha expresan esa temporalidad concreta, no la del calendario electoral ni la de los ciclos mediáticos. Obligan a pensar la política no como una sucesión de gestos espectaculares, sino como un proceso sostenido de construcción de fuerzas.
También obligan a repensar el problema de la dirección y de los dirigentes. Dirigir no es sustituir, ni mandar desde afuera, ni imponer una línea ajena a la experiencia colectiva. Dirigir es intervenir dentro del proceso para ayudar a clarificar, a conectar luchas dispersas, a señalar límites y potencialidades. Una dirección que no se deja orientar por la agenda de las luchas termina hablando un lenguaje que nadie reconoce como propio. Pero un movimiento que renuncia a toda forma de elaboración estratégica queda a merced de la inercia o de las fuerzas que sí saben lo que quieren.
Nuestra historia reciente ofrece innumerables ejemplos de movimientos potentes que, al no lograr traducir sus planes de lucha en una perspectiva más amplia, fueron neutralizados o absorbidos. También ofrece ejemplos de organizaciones que, aferradas a una estrategia correcta en abstracto, quedaron al margen de los procesos reales y terminaron hablándose a sí mismas. En ambos casos, el resultado es el mismo, la derrota, aunque adopte formas distintas. La lección no es cínica ni resignada; es exigente. Exige una política capaz de moverse en la contradicción, de aprender sin idealizar, de intervenir sin suplantar.
Decir que esa agenda debe orientarnos es, en última instancia, una toma de posición ética y política. Ética, porque reconoce la dignidad histórica de quienes luchan aquí y ahora, sin pedirles credenciales ni certificados de pureza. Política, porque entiende que la transformación social no se decreta ni se diseña en abstracto, sino que se construye en el conflicto real. No se trata de seguir pasivamente cada giro de la lucha, sino de asumir que allí se juegan las posibilidades efectivas de cambio.
En un tiempo marcado por la fragmentación, la precarización y la descomposición de viejas mediaciones, esta afirmación cobra un peso particular. Cuando las instituciones pierden legitimidad y los relatos oficiales ya no convencen, los movimientos en lucha se convierten en los únicos espacios donde se ensayan nuevas formas de comunidad, de decisión y de sentido. Sus planes de lucha no son sólo instrumentos defensivos; son laboratorios políticos, aun cuando no se nombren como tales. Ignorarlos o subestimarlos es renunciar a comprender el presente.
Nada de esto implica romantizar la derrota ni confundir resistencia con victoria. Implica, más bien, asumir que la única forma de pensar estratégicamente es partir de la realidad tal como es, no como quisiéramos que fuera. La historia no garantiza finales felices. Pero sí ofrece, en cada lucha, la posibilidad de aprender algo decisivo sobre las fuerzas en juego. Orientarse por esa agenda es aceptar el riesgo de la historia, en lugar de refugiarse en la comodidad de las certezas prefabricadas.
Así entendida, la tarea de orientarse con las agendas de las luchas, no es un cierre, sino una apertura. No clausura el debate sobre estrategia, programa o dirección; lo reubica en su terreno correcto. La pregunta ya no es qué deberíamos hacer en abstracto, sino qué están haciendo, pensando y deseando quienes hoy están en movimiento, y cómo intervenir allí para que esas luchas no sólo resistan, sino que abran caminos de transformación real. Todo lo demás es biblioteca política. A veces brillante, a veces sofisticada, pero siempre complementaria a la escritura áspera y decisiva de la historia en acto.
Después del 3 de enero se intensifica la Guerra Cognitiva contra Venezuela: necesitamos utilizar fuentes confiables y verificadas
Por: Prof. William Capó.
Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM)
Enero, 2026
Desde el propio inicio de la Revolución Bolivariana en 1998 con el triunfo del Comandante Hugo Chávez, comenzó en Venezuela una etapa de su historia signada por la agresión imperial en contra del pueblo.
Sí, ya son 26 años resistiendo los embates de una guerra de agresión imperialista, de carácter multimodal o híbrida, que combina expresiones de guerra convencional (militar) y no convencional (guerra económica, guerra política nacional, guerra política internacional, ataque a la infraestructura de servicios básicos, intentos de magnicidio, guerra cibernética, guerra cognitiva).
Si en algunos sectores de la población aún existía duda al respecto, la agresión militar del gobierno de los EEUU en contra de Venezuela el pasado 3 de enero se encargó de despejarla definitivamente.
Este fatídico, vil, cobarde, ilegal, traicionero, desesperado e inmoral ataque, que nos llena de indignación, tristeza y dolor, representa un duro golpe traducido en 100 heroicos militares venezolanos y cubanos caídos en combate, más de 100 personas heridas, graves daños a la infraestructura civil, militar y científica; destrucción de grandes almacenes contentivos de equipos, medicamentos e insumos médicos fundamentales para atender necesidades inmediatas y urgentes de nuestro pueblo, y el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros y su esposa la primera dama y diputada de la Asamblea Nacional Cilia Flores. Sin mencionar el daño psicológico o trauma que nos provoca, sin importar edad o condición social, el despertar una madrugada bajo el fuego asesino de la potencia militar y nuclear más poderosa del planeta.
La acción militar del 3 de enero se incorpora al historial de 26 años de agresión contra Venezuela y es muestra de lo que es capaz de hacer y debemos esperar por parte del gobierno de los EEUU en el futuro, en medio de su desesperación por la pérdida cada vez mayor de hegemonía en el mundo y particularmente en Venezuela como epicentro del conflicto mundial entre dos modelos civilizatorios; evidenciándose cada vez más que el único recurso que le queda es la fuerza para imponerse, violando el ordenamiento jurídico internacional y la propia constitución de ese país, promoviendo un nuevo orden mundial donde la moral imperial es la norma.
En este contexto recordemos que la guerra híbrida o multimodal combina de manera sinérgica diversas formas, todas orientadas a tomar el poder en Venezuela para reestablecer la hegemonía imperial en nuestro país, y de esa forma apoderarse de todos nuestros recursos energéticos y recursos naturales, vitales para la subsistencia de ese imperio en franca decadencia y crisis política, social, económica y energética, por lo que se encuentra en una etapa muy peligrosa que lo hace capaz de todo, particularmente de intentar imponerse por la fuerza ya que todos sus mecanismos de dominación y control hacia Venezuela han fracasado.
Contra Venezuela lo han intentado todo y no han podido ni podrán, pues a cada acto de guerra por parte del gobierno de los EEUU, hemos resistido y vencido, al mismo tiempo que seguimos avanzando en el proyecto estratégico de la Revolución Bolivariana.
En este momento la estrategia imperial de guerra permanente sigue su ruta, y después de una acción militar como la sufrida se profundiza la guerra cognitiva, las plataformas y corporaciones hegemónicas se ponen cada vez más al servicio de la desinformación y manipulación de la opinión mundial y nacional, continúa el ataque a las mentes de nuestro pueblo para confundirlo y quebrar su voluntad de defender la Patria, para dividirnos como antesala a una crisis de gobernabilidad que jamás lograrán. Los Fake News abundan y proliferan de manera exponencial que hasta ponen a dudar a personas conscientes y formadas, son poderosos, muy bien elaborados y capaz de lograr sus objetivos en el teatro de operaciones más importante de esta guerra en este momento histórico: nuestras mentes.
Nos toca protegernos cada vez más de esta modalidad de agresión, es nuestra responsabilidad como LAUICOM aportar elementos para hacer frente a la guerra cognitiva, por lo que en esta oportunidad abordaremos un aspecto primordial: consultar fuentes confiables.
Consultar fuentes confiables y verificadas es el primer mecanismo efectivo para mantenernos bien informados y desmontar la desinformación y manipulación.
Estas fuentes no sólo hacen el trabajo de verificar o validar la información, sino que te aportan, según el caso, elementos cognitivos para abordar críticamente los contenidos presentados.
Lo que no digan estas fuentes son probables Fake News. No reenvíes mensajes que no provengan de fuentes confiables y verificadas.
Ahora bien, ustedes se preguntarán: ¿Cuáles son esas fuentes? ¿Cómo accedo a ellas?.
Debemos ir construyendo ese listado de fuentes confiables en las diversas plataformas (Telegram, Instagram, TikTok, Facebook, Sitios Web, etc). Una pequeña muestra de estas fuentes en la plataforma TELEGRAM es el siguiente listado. Les invitamos a usarlas.
| Nombre | Enlace |
| Lauicom Canal Informativo | t.me/lauicom1 |
| Info PSUV Internacional | t.me/InfoPSUVInternacional |
| Con el Mazo Dando | t.me/mazo4f |
| Misión Verdad | t.me/misionverdad |
| Sin Truco ni Maña | t.me/Sintruconimana |
| Hispan TV | t.me/HispanTVcanal |
| Cuatro F | t.me/cuatrofweb |
| VTV Canal8 | t.me/vtv_canal8 |
| Noticias Telesur | t.me/telesurve |
| teleSURtv | t.me/teleSUR_tv |
| RT en Español | t.me/rss2tg_actualidadrt |
| Claramente | t.me/ClaraMenteVzla |
Las y los usuarios de la red social X, no deben dejar de consultar Miraflores al Momento por @AlMomento_M
¿Y usted qué opina? ¿Ya hizo su lista de fuentes confiables y verificadas en la plataforma que más usa?
Análisis/ Pedro Penso alerta sobre la guerra que se libra en la mente de los pueblos
La guerra cognitiva ya no se libra en campos visibles, ni con armamento convencional, sino en la mente humana. Así lo explicó el profesor de La Universidad Internacional de las Comunicaciones, Pedro Penso, durante una entrevista concedida a la periodista y presidenta de Radio del Sur, Nieves Valdez, en el programa Pulso Geopolítico, transmitido por el Sistema Radio Nacional de Venezuela y retransmitido por La Radio del Sur.
Penso afirmó que esta modalidad de confrontación no es nueva en su esencia, pero sí inédita en su alcance, al desplazar el campo de batalla hacia la psique individual y colectiva.
“La guerra cognitiva es inédita porque por primera vez trasciende los dominios tradicionales y se desarrolla en la psique humana, en la psique de los colectivos”, sostuvo.
DEL ENGAÑO CLÁSICO AL DOMINIO DE LA MENTE
El académico recordó que hace más de 2.500 años Sun Tzu ya advertía que la guerra se basa es el engaño y que vencer al enemigo implica derrotarlo primero en el plano moral. Sin embargo, señaló que hoy ese principio se expresa de manera distinta, ya que no se observan tanques ni fusiles, sino dispositivos cotidianos convertidos en armas simbólicas.
“No vemos armas, no vemos tiros, pero escuchamos los celulares y vemos los videos”, indicó, al advertir que herramientas aparentemente inofensivas se han convertido en instrumentos de alto impacto para esta confrontación.
En ese sentido, explicó que la guerra cognitiva busca imponer un sentido común funcional a las relaciones de dominación, normalizando la explotación y el sometimiento entre naciones.
“Te crean una ilusión de que tu explotación es normal, de que tu sometimiento es normal”, afirmó.
CORPOROTOCRACIA, PERCEPCIONES Y MANIPULACIÓN
Penso sostuvo que el mundo actual está regido por una corporatocracia global, donde el capital financiero impone agendas por encima de la soberanía de los Estados.
“Trump solamente es un instrumento de las grandes corporaciones del capital financiero”, expresó, al señalar que el poder real no reside en figuras visibles, sino en estructuras económicas transnacionales.
Asimismo, advirtió que la disputa contemporánea privilegia la manipulación emocional por encima del razonamiento crítico, instalando percepciones artificiales de la realidad.
“Te venden percepciones de la realidad, aunque esas percepciones sean solamente ilusiones”, dijo, al referirse al uso sistemático de noticias falsas y estrategias de propaganda.
En ese proceso, explicó, se construye una posverdad que diluye la noción misma de realidad objetiva.
“Te venden la idea de que cada quien tiene su verdad y que no hay una verdad”, alertó.
IDENTIDAD, VOLUNTAD Y RESISTENCIA HISTÓRICA
El profesor subrayó que uno de los principales objetivos de la guerra cognitiva es bloquear la voluntad colectiva, afectando el sistema simbólico que construye identidad y capacidad de lucha.
“La guerra cognitiva ataca el sistema de representación simbólica que nos crea identidad”, señaló, al explicar que sin voluntad racional se imponen respuestas automáticas basadas en el miedo, el odio o la culpa.
Sin embargo, recordó que Venezuela posee una memoria histórica de resistencia que dificulta ese objetivo.
“Este es un país que no tiene 26 años luchando, este es un país que tiene 500 años de resistencia”, afirmó.
En ese contexto, reivindicó la herencia bolivariana como un factor central de cohesión y lucha.
“Nosotros somos hijos de Bolívar”, expresó, al destacar que sus principios siguen vigentes como proyecto contrahegemónico.
ZONA GRIS Y DESLEGITIMACIÓN DEL ESTADO
Penso explicó que la confrontación actual se desarrolla en lo que denominó una “zona gris”, ubicada entre la paz negativa y la guerra abierta, donde el enemigo no siempre es identificable.
Una de las primeras fases de esta estrategia, precisó, es la construcción de una narrativa descalificadora contra el Estado venezolano.
“Se trató de instalar la idea de un Estado fallido y luego de un Estado forajido”, indicó.
Afirmó que estas narrativas fueron dirigidas principalmente al ámbito internacional, con el objetivo de aislar política y diplomáticamente al país, lo que dio paso a estrategias de interferencia más profundas.
ECONOMÍA, BLOQUEO Y AGRESIÓN ESTRUCTURAL
Entre esas estrategias, Penso destacó la guerra económica como una de las más agresivas, al identificar y atacar las principales vulnerabilidades del país.
“Decidieron atacar lo que nunca se habían atrevido a atacar, que era la industria petrolera”, afirmó.
Recordó que, tras la declaración de Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria”, se desarrolló un plan para desestabilizar la economía nacional, generando pérdidas millonarias y afectando directamente la vida cotidiana.
“Se perdieron 40 mil millones de dólares”, señaló, al tiempo que denunció el impacto específico sobre mujeres y familias venezolanas.
Pese a ello, destacó que el país logró resistir mediante políticas como la Ley Antibloqueo y la diversificación de mercados. “Este país no se rindió y no se va a rendir”, afirmó.
MOVILIZACIÓN CIVIL Y MILITAR COMO OBJETIVOS
Finalmente, Penso indicó que la confrontación en zona gris incluye intentos de movilización civil y militar para generar rupturas internas.
Explicó que las acciones de calle, las guarimbas y la presión sobre la Fuerza Armada buscan fracturar la fusión cívico-militar.
“Ellos jamás han logrado despejar la variable militar de la ecuación de poder”, concluyó.
Fuente: T/LRDS
Satanización de los zurdos
Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez
Para la satanización de los “zurdos”, opera una tecnología simbólica del poder burgués que antecede y acompaña a las formas materiales de la persecución política en democracias burguesas formales. No se trata de un insulto ocasional ni de una exageración retórica; es una matriz semiótica que organiza percepciones, jerarquiza cuerpos y clausura sentidos antes de que el debate comience. “Zurdo” deja de nombrar una posición ideológica para convertirse en una figura del mal, un significante flotante al que se adhieren rasgos de peligrosidad, irracionalidad, parasitismo o traición. Esa operación no busca refutar argumentos, sino desactivar sujetos; no persuade, incapacita. Desde la ciencia filosófica, esta práctica revela una economía del signo donde el lenguaje no describe la realidad, sino que la produce como campo de exclusión.
Esa descalificación ideológica funciona mediante una reducción ontológica; el adversario es rebajado a esencia negativa. La complejidad histórica de las izquierdas —sus debates internos, sus errores, sus logros, sus mutaciones— es borrada en favor de una caricatura estable y repetible. La repetición es clave; al reiterarse en medios, redes, discursos oficiales y conversaciones cotidianas, el estereotipo adquiere apariencia de evidencia. La semiosis se naturaliza. Así, la crítica se vuelve sospechosa, la protesta se vuelve delito moral, la disidencia se vuelve patología. El “zurdo” no discute, infecta. No propone, conspira. No demanda derechos, amenaza el orden. Esta gramática del miedo no necesita pruebas; se sostiene en la afectividad negativa que moviliza.
En términos filosóficos, estamos ante una operación de despolitización por vía de hipermoralización. La política, entendida como conflicto de proyectos y distribución del poder, es sustituida por un drama ético simplificado donde hay salvadores y demonios. La democracia, en lugar de administrar el disenso, lo expulsa simbólicamente. El consenso se fabrica no por acuerdo racional, sino por expulsión del otro. La sanción comienza en el lenguaje, ridiculización, estigmatización, silenciamiento. Luego se traduce en prácticas institucionales, vigilancia selectiva, criminalización de la protesta, judicialización de la militancia, precarización laboral ideológicamente orientada, censura indirecta mediante algoritmos o pauta. Todo ello puede coexistir con elecciones periódicas y retórica republicana, porque la forma democrática no garantiza por sí misma la sustancia democrática.
Su narrativa de la satanización suele apoyarse en una metafísica del mercado presentada como naturaleza. Quien cuestiona esa “naturaleza” es acusado de anticientífico, resentido o autoritario. Aquí la ciencia es instrumentalizada como fetiche, se invoca para clausurar, no para investigar. La filosofía, por el contrario, recuerda que no hay orden social sin decisiones históricas ni economía sin valores. El intento de expulsar a las izquierdas del campo de lo decible revela el miedo a la politicidad de lo social. Cuando todo se presenta como técnico, el conflicto reaparece como demonio. La figura del “zurdo” concentra ese retorno de lo reprimido.
Durante siglos ser zurdo, en el sentido del uso de la mano izquierda, estuvo cargado de prejuicios y supersticiones. En muchas culturas occidentales, la mano izquierda se asociaba con lo impuro, lo torcido o incluso lo demoníaco (no por nada “sinister” viene del latín sinistra, izquierda). A los niños zurdos se les forzaba a escribir con la derecha —a veces con castigos físicos o humillaciones— porque se veía como algo que había que “corregir”. Eso dejó secuelas reales, problemas de aprendizaje, tartamudez, ansiedad… todo por no encajar en una norma arbitraria.
Y es interesante cómo se repite el patrón: lo diferente se convierte en sospechoso. Pasó con los zurdos, con ciertas formas de pensar, con identidades, con prácticas culturales. Hoy lo vemos más claro y nos parece absurdo, pero en su momento era “sentido común”. Con todo eso, muchísimos artistas, científicos y líderes históricos eran zurdos. Al final, la realidad terminó desmintiendo al prejuicio. Y lo “curioso”: los zurdos son sólo el 10% de la población, pero están sobrerrepresentados en áreas creativas y estratégicas. Muchos estudios lo relacionan con una mayor comunicación entre hemisferios cerebrales (aunque no es magia, claro).
Desde una semiótica crítica, la persecución política no comienza con el golpe ni con la cárcel, sino con la metáfora. El “virus”, el “cáncer”, la “plaga”, el “enemigo interno” son imágenes que preparan el terreno para la excepción. La excepción, una vez instalada, se normaliza. Se tolera la censura “por seguridad”, la represión “por orden”, la desigualdad “por mérito”. La sanción democrática se vuelve paradójica; se castiga en nombre de la libertad. La ley se aplica selectivamente mientras se proclama neutral. El pluralismo se celebra en abstracto mientras se castiga en concreto.
¿Existen sanciones a estas prácticas en democracia? Formalmente, sí, constituciones, tratados de derechos humanos, jurisprudencia sobre libertad de expresión, asociación y protesta. Materialmente, son frágiles cuando el clima simbólico legitima la exclusión. La eficacia normativa depende de la correlación cultural de fuerzas. Si la semiosis dominante convierte al disidente en amenaza, la sanción jurídica se diluye o llega tarde. Por eso la lucha no es sólo legal, sino cultural: disputar el sentido, reabrir la escena del lenguaje, devolver complejidad a lo simplificado. La inteligencia crítica no responde con espejo ni insulto, sino con desmontaje, mostrar cómo opera la máquina, quién gana con ella, qué miedos administra, qué futuros cancela.
Y la ciencia filosófica aporta aquí un método: historizar lo naturalizado, analizar los dispositivos, interrogar los afectos políticos. No para ocupar un pedestal moral, sino para restituir la política como espacio de conflicto legítimo. La democracia no se defiende persiguiendo ideas, sino garantizando condiciones de igualdad para que se enfrenten sin aniquilarse. Cuando una sociedad tolera la satanización del “zurdo”, ensaya una pedagogía de la obediencia que mañana puede girar contra cualquier otro. La descalificación no es un accidente; es un ensayo general de la persecución. Resistirla exige una ética del lenguaje y una política del sentido: nombrar sin demonizar, criticar sin borrar, disputar sin exterminar. Sólo así la democracia deja de ser un decorado y vuelve a ser una práctica viva.
La lucha de clases en el desarrollo del pensamiento
Por: Dr. Fernando Buen Abad
Pensar cuesta tiempo, energía, acceso a fuentes diversas y entrenamiento en la duda, recursos que el orden dominante distribuye de manera desigual e injusta. La clase trabajadora, precarizada y urgida por la supervivencia, es empujada a una relación utilitaria con la información, mientras las élites burguesas se reservan la reflexión estratégica. La guerra cognitiva profundiza esta brecha al convertir el “entretenimiento” en mercancía o política pública y la confusión en método de gobierno.
Su guerra cognitiva no se libra solamente con tanques o con misiles visibles, especialmente se despliega con signos, narrativas, estímulos y silencios estratégicos que disputan el control de la atención, del sentido y de la capacidad misma de pensar. Su consecuencia más profunda es la desigualdad cognitiva, una fractura estructural en el acceso, la producción y el ejercicio del pensamiento crítico. No se trata sólo de diferencias educativas o tecnológicas, sino de una arquitectura de poder que organiza quién puede comprender, interpretar, decidir y transformar la realidad, y quién queda reducido a consumir versiones prefabricadas del mundo. En este terreno, la lucha de clases se desplaza al plano simbólico sin abandonar su raíz material, pues la dominación económica necesita hoy colonizar también la conciencia para reproducirse con mayor eficacia y menor resistencia.
Toda la desigualdad cognitiva se expresa como una distribución asimétrica de herramientas mentales. Mientras unos sectores acceden a lenguajes complejos, formación crítica, tiempo para reflexionar y espacios de producción simbólica, otros son saturados por flujos de información fragmentada, emotiva y superficial que inhibe la comprensión estructural. No es ignorancia espontánea, sino ignorancia inducida, administrada y rentable. La guerra cognitiva opera aquí como una pedagogía invertida: enseña a no pensar, a reaccionar antes que analizar, a creer antes que verificar. Así, el pensamiento se vuelve un privilegio de clase, y la capacidad de nombrar el mundo queda secuestrada por quienes controlan los aparatos de comunicación, educación y legitimación cultural.
En este escenario, el desarrollo del pensamiento no es un proceso neutral ni puramente individual. Está atravesado por condiciones históricas, económicas y políticas que moldean las posibilidades cognitivas de cada sujeto. La lucha de clases en el plano del pensamiento se manifiesta en la disputa por el sentido común. Lo que una sociedad considera “normal”, “inevitable” o “natural” no surge de la nada, sino de una intensa labor de modelado simbólico. La guerra cognitiva busca naturalizar la desigualdad, presentar la competencia como virtud universal y deslegitimar toda explicación estructural de la injusticia. Al hacerlo, desarma cognitivamente a las mayorías, fragmenta su capacidad de organización y debilita la imaginación política. Pensar colectivamente se vuelve sospechoso, mientras el individualismo es exaltado como horizonte único de realización.
Y la tecnología, lejos de ser neutral, juega un papel central en esta confrontación. Plataformas diseñadas para maximizar la atención y el consumo emocional reconfiguran los hábitos mentales, acortan los tiempos de concentración y favorecen la polarización superficial. La desigualdad cognitiva se amplía cuando el acceso a la tecnología no implica acceso al conocimiento, sino dependencia de algoritmos opacos que jerarquizan contenidos según intereses comerciales y geopolíticos. Así, la guerra cognitiva convierte la conectividad en un campo minado donde la información abunda, pero el sentido escasea, y donde la sobreexposición termina produciendo una nueva forma de analfabetismo crítico.
En este contexto, la educación se vuelve un territorio decisivo de la lucha de clases. No basta con escolarizar, sino que importa qué tipo de pensamiento se promueve. Una educación reducida a competencias instrumentales prepara mano de obra dócil, no sujetos críticos. La guerra cognitiva presiona para vaciar los contenidos emancipadores, deshistorizar los saberes y convertir el aprendizaje en adiestramiento. Frente a ello, la desigualdad cognitiva se reproduce cuando se priva a las mayorías de una formación que articule teoría y praxis, memoria y proyecto, análisis y acción transformadora.
Especialmente la colonización del lenguaje es otro frente crucial. Quien controla las palabras controla los marcos de interpretación. La guerra cognitiva redefine términos, banaliza conceptos y estigmatiza ideas que cuestionan el orden vigente. Palabras como justicia, igualdad o soberanía son vaciadas o caricaturizadas, mientras se imponen eufemismos que encubren la explotación. Esta manipulación lingüística profundiza la desigualdad cognitiva al dificultar que los oprimidos nombren su propia experiencia. Sin palabras propias, el pensamiento se vuelve rehén de categorías ajenas y la conciencia crítica se debilita.
Sin embargo, la lucha de clases en el desarrollo del pensamiento no está cerrada. Allí donde hay dominación cognitiva, también hay resistencia. Las prácticas de educación popular, la comunicación comunitaria, la producción cultural alternativa y la organización colectiva disputan el sentido y reconstruyen capacidades críticas. Pensar juntos, desde la experiencia compartida, rompe el aislamiento que la guerra cognitiva impone. La conciencia no se despierta por iluminación individual, sino por procesos colectivos que rearticulan saberes, emociones y acción política.
Superar de la desigualdad cognitiva exige reconocer que el pensamiento es un derecho social y un campo de batalla. Democratizar el conocimiento implica redistribuir no solo recursos materiales, sino también tiempo, acceso y poder simbólico. Implica cuestionar los monopolios de la información, defender una educación crítica y promover una cultura que valore la complejidad frente a la simplificación interesada. La guerra cognitiva teme al pensamiento organizado porque sabe que una conciencia capaz de comprender las causas profundas de la desigualdad es también capaz de transformarla.
Es de importancia crucial tener en consideración que la lucha de clases en el desarrollo del pensamiento define el horizonte histórico de una sociedad y en la conciencia de su identidad. O se consolida un orden donde pocos piensan y muchos obedecen, o se construye un proyecto donde el pensamiento crítico sea una práctica colectiva, emancipadora y materialmente sostenida. La desigualdad cognitiva no es un destino, sino una estrategia del poder. Desactivarla requiere asumir que pensar es un acto político y que la emancipación comienza cuando las mayorías recuperan la capacidad de interpretar el mundo con sus propias herramientas para, finalmente, cambiarlo.
Fuente: Almaplus.Tv
¿Qué hay de nuevo, Davos?
Fernando Buen Abad Domínguez*
Davos es un ritual anual de apareamiento simbólico (y no sólo) entre capitales, Estados y corporaciones. Davos, y su reunión de jerarcas del Foro Económico Mundial (WEF), del 19 al 23 de enero de 2026, no empieza con sus discursos, sino con su escenografía, un valle alpino pulcro, blindado, nevado, donde el frío funciona como metáfora de la distancia social y moral entre quienes deciden y quienes padecen. Davos es un signo antes que ser un evento. Un signo que se repite cada año para reafirmar una idea central del capitalismo tardío: el mundo está en crisis, pero la crisis se administra mejor desde salones calefaccionados, con credenciales colgadas al cuello y un lenguaje que simula preocupación mientras protege intereses. Hablar de Davos es leer un texto cargado de símbolos hegemónicos, silencios y gestos calculados, donde el significado nunca coincide del todo con lo que se dice. El lema de este año es “A spirit of dialogue” (Un espíritu de diálogo) y su plan es fomentar cooperación y conversaciones francas en un mundo cada vez más dividido.
Será un “encuentro al borde del abismo” y no es una fórmula retórica. El abismo aparece como un fenómeno natural, casi geológico, no como el resultado histórico de políticas extractivas, jugosas guerras planificadas, saqueos financieros y devastaciones sociales. Nadie en Davos dice “nosotros cavamos este abismo”. Se dice “el mundo enfrenta riesgos”, “la humanidad vive tensiones”, “la incertidumbre crece”. El sujeto se diluye, la responsabilidad se evapora, el sistema queda intacto. Su escenografía opera como anestesia, sus palabras adormecen al público, sus conceptos desactivan el conflicto de clase, sus narrativas convierten la catástrofe del capitalismo en un problema técnico de gestión.
Un número nutrido de comerciantes de guerras no llegará con botas ni fusiles, llegará con trajes oscuros y powerpoints. Hablarán de “seguridad”, “estabilidad regional”, “reconstrucción”, “industria de defensa”. Cada palabra como eufemismo cuidadosamente pulido para ocultar la sangre detrás del balance. Las guerras, vistas en Davos, no son una tragedia, sino una oportunidad de inversión. Un mercado emergente. Hablarán de contratos, innovación tecnológica, alianzas estratégicas. La semiótica bélica del foro transforma la muerte en externalidad, y la destrucción, en indicador de crecimiento.
Estarán los engañadores mediáticos seriales. Son los intérpretes oficiales del sentido. Traducen el cinismo en optimismo, la codicia en liderazgo, el saqueo en reforma. Presentan a Davos como un espacio plural, diverso, dialogante, cuando en realidad es un coro afinado en torno a una partitura única: la continuidad del orden existente. El pluralismo es escenográfico. La semiótica mediática de Davos consiste en mostrar debate donde hay consenso estructural, y diversidad donde hay homogeneidad ideológica.
Irán los buitres financieros que siempre sobrevuelan el foro como aves sagradas del capital. No necesitan hablar mucho; su lenguaje es el movimiento invisible de los mercados, las expectativas, las calificaciones de riesgo. Allí se negocian futuros que no les pertenecen a quienes los van a vivir. Países enteros aparecen reducidos a gráficos, poblaciones convertidas en variables, derechos transformados en costos. El abismo, para ellos, no es un peligro, sino una ventaja competitiva; cuanto más profunda la crisis, más barata la oportunidad.
Davos funciona como un gran dispositivo de legitimación. No produce decisiones vinculantes, pero produce sentido. Y el sentido es poder. Define qué es un problema y qué no, qué es urgente y qué puede esperar, quién habla con autoridad y quién queda fuera del encuadre. La pobreza se discute, pero nunca como consecuencia necesaria de la riqueza concentrada. La desigualdad preocupa, pero no lo suficiente como para alterar la estructura que la reproduce. Todo se dice en un lenguaje que simula autocrítica, sin tocar el núcleo del sistema.
Su “espíritu de diálogo”, otro ejercicio de signos amenazantes. ¿Diálogo entre quiénes? No dialogan los pueblos con quienes deciden sobre sus recursos. Dialogan élites entre sí, negociando matices, no fundamentos. Es un diálogo endogámico, autorreferencial. La semiótica del diálogo en Davos es profundamente antidemocrática porque confunde conversación entre poderosos con deliberación colectiva. ¿Qué esperar entonces de este encuentro al borde del abismo? No soluciones estructurales, sino relatos tranquilizadores. No justicia, sino filantropía cosmética. Davos no es el lugar donde se evita el abismo, es el lugar donde se aprende a convivir con él, a administrarlo, a sacarle provecho sin caer dentro. Es la sala de control simbólico de un sistema que sabe que está en crisis, pero no está dispuesto a dejar de ser lo que es.
Davos, leído críticamente, se convierte en evidencia. Muestra con claridad obscena la desconexión entre el poder global y la vida de los pueblos. Exhibe la obscenidad de un mundo donde quienes hablan de salvar el planeta llegan en jets privados, quienes hablan de paz invierten en armas, quienes hablan de igualdad acumulan fortunas inimaginables. Una de las batallas centrales es semiótica: quién nombra el mundo, con qué palabras, para beneficio de quién. Davos es una fábrica de nombres falsos. Llaman “crisis” a lo que es saqueo, “riesgo” a lo que es injusticia planificada, “futuro” a lo que es repetición ampliada del desastre.
Mientras los comerciantes de guerras, los engañadores mediáticos y los buitres financieros sigan monopolizando el sentido, el mundo seguirá al borde, no por fatalidad, sino por diseño. Lo peligroso no es Davos en sí, sino la naturalización de su narrativa como si fuera la única posible. Frente a eso, la semiótica crítica no es un lujo académico, es una herramienta de supervivencia simbólica. Porque quien controla el significado, controla el rumbo. Y Davos lo sabe.
*Doctor en filosofía
Conciencia fragmentada y post-verdad: Ouspensky en la Venezuela de hoy

Luis Delgado Arria*
La subjetividad venezolana y la disolución postmoderna del «yo»
Podía sentir mi falta de talento como si fuera ropa barata que llevo puesta. Pero, ¡Dios mío, cómo quería aprender! ¡Para cambiar, para mejorar! No quería nada más. Ni hombres, ni dinero, ni amor, sino la habilidad para actuar.
Marilyn Monroe
En la coyuntura actual de Venezuela, marcada a fuego por incalculables eventos traumáticos tales como conatos de asonadas y golpes de Estado, hiperinflación, conspiraciones, bloqueos, invasiones, bombardeos, y en las últimas semanas, operaciones especiales con dolorosos saldos letales y el impacto político y simbólico del secuestro de nuestro presidente Nicolás Maduro Moros y de la primera combatiente Cilia Flores, la psique del ciudadano medio nos parece que ha entrado en lo que el periodista, matemático y epistemólogo ruso P. D. Ouspensky[1] definía ya a mediados del siglo XX como un “estado de identificación total”.
Según Ouspensky (1949/2005), la identificación total es un estado en que el ser humano «se pierde a sí mismo de lo que está sintiendo, de lo que está pensando y de lo que está haciendo» (p. 156). En este sentido, la subjetividad política venezolana hoy en lo absoluto se nos aparece como un campo homogéneo y macizo. Convendría más bien definirla como un campo de batalla entre muchos «yoes» e imaginarios sociales diversos y hasta neuróticamente confrontados. Creemos que las sucesivas capas de trauma acumuladas en la subjetividad de los venezolanos de a pie, tras dos décadas de asedio y más de una década de abiertas acciones de guerra imperialista que han incluido guerra política y diplomática, económica y financiera, comercial e industrial, eléctrica y cibernética, mediática y cultural, el robo de nuestros principales activos estratégicos (Citgo, Monómeros, y cuentas bancarias en Europa y Estados Unidos), la congelación de nuestras reservas monetarias internacionales y las mal llamadas “sanciones económicas y financieras” a cuyo INRI debemos sumar infinidad operaciones políticas y psicológicas de signo claramente terrorista e intencionalidad destituyente.
A toda esta embestida sumariamente descrita se le suma hoy un nuevo crimen de agresión internacional tras el cerco naval, la cuarentena naval contra la industria petrolera, el bombardeo de cuatro estados ―incluyendo la capital― y lo que las fuerzas especiales occidentales eufemísticamente llaman “operación de decapitación y de extracción” y ulterior juicio espurio del presidente de la República y de la Primera Combatiente ante tribunales estadounidenses sin competencia nacional o internacional para juzgarlos.
La guerra irrestricta contra Venezuela ha buscado afectar y traumar el núcleo civilizatorio/ cultural/ espiritual, de nuestra venezolanidad. Ello a objeto de reprimir toda posibilidad de producir un tránsito hacia un socialismo a la venezolana, bloqueándonos asimismo la posibilidad de elaborar un examen lógico/ racional del fenómeno. Cuando observamos un deepfake sobre una figura de autoridad o una imagen de violencia extrema como un bombardeo, un asalto al bunker presidencial o llamas ardiendo en una instalación militar o una casa de familia bombardeada, en lo absoluto procesamos esa información; esa información nos posee, nos toma. El prominente psicólogo austriaco Carl Jung (1875-1961) solía afirmar que “no tenemos un complejo; el complejo nos tiene a nosotros” (Jung, 1964, p. 86). En contextos traumáticos extremos y prolongados la subjetividad se torna mecánica y nuestras respuestas, predeciblemente reptilianas. Nuestra corporalidad viviente deviene una suerte de resorte que salta irreflexivamente ante cada estímulo de terror o de esperanza proyectados en las pantallas de nuestros televisores, tabletas o celulares.[2]
Sesgos de la guerra cognitiva: los resortes de la máquina
La efectividad de la guerra cognitiva contra Venezuela en buena medida radica en su capacidad para inocular y explotar las leyes de la mecanicidad biológica humana descritas por Ouspensky. Contra la población venezolana ha sido desplegado un arsenal de sesgos cognitivos, incluyendo disonancias cognitivas, distorsiones cognitivas y distorsiones ideológicas que en definitiva buscan que actuemos como «resortes» psicológicos. Entre estos automatismos neurobiológicos destacamos para el presente caso los siguientes tres:
El sesgo de confirmación y la mentira orgánica:
Ouspensky (1950) sostenía que «el ser humano siempre miente; no puede decir la verdad porque no sabe que no sabe» (p. 42). En la crisis venezolana, este sesgo actúa como una verdad incuestionable. El ciudadano medio, desesperado por imprimir coherencia a su vida en medio de fuertes y prolongadas privaciones materiales y ansiedad, inflación y deflación, rumores y recelo, infamias y noticias en cascada, estruendos e imágenes de bombardeos, tiende casi naturalmente a aceptar como verdad absoluta todo deepfake que confirme su sesgo cognitivo previo. Si el video falso muestra a un «adversario» cometiendo una atrocidad, su automatismo biológico lo valida instantáneamente a fin de proteger su precarizada adscripción comunitaria, política o ideológica. Esta es la raíz de no pocos conflictos que han devenido armados; y la leña que ha terminado alimentando trágicas guerras fratricidas como vimos en Ruanda y más recientemente, en Ucrania.
La heurística de disponibilidad y estrechez de conciencia: Puesto ante un ecosistema cultural, informativo y comunicacional enrarecido, con versiones antitéticas y en extremo alarmantes, la mente humana neuro cognitivamente se tiende a aferrar a la información más reciente y más emocionalmente cargada. Un video de 30 segundos de una operación especial tipo swat,[3] al estilo de las mercadeadas durante décadas por Hollywood, aunque sea trucado, suele colonizar toda nuestra conciencia. Ouspensky llamaba a esto la «estrechez de la conciencia de vigilia» (Ouspensky, 1949/2005, pp. 154-157), una distorsión en que el individuo solo alcanza a ver un punto a la vez, dejando de lado el contexto, encegueciéndolo así ante total posibilidad de manipulación. Representaciones contrapuestas y maniqueas de este tipo las vimos, casi en tiempo real, con posiciones favorables a un lado y al otro durante la operación de invasión perpetrada este pasado 03 de enero. Videos animados con IA fueron parte así de la guerra de posiciones que enfrentamos.
El efecto de arrastre (mecanicidad colectiva)
La autoridad discursiva que hoy imponen las redes sociales y el terror inducido anulan la voluntad individual. Ouspensky explicaba que los sujetos cuando devienen individuos/ masa se transforman en una suerte de «máquinas que chocan entre sí» (Ouspensky, 1949/2005, p. 162). El sentimiento de urgencia provocado por el secuestro del Primer Mandatario desencadena una respuesta de enjambre en que el individuo deja de ser un observador crítico para convertirse en parte de un automatismo casi ciego, en extremo propicio para el pensamiento y el comportamiento de rebaño favoreciendo así situaciones que pueden devenir en caos social.
Deepfakes, deshumanización y la senda a la guerra civil El despliegue de un mar de fake news y de deepfakes de signo geopolítico imperialista, en este contexto, no busca simplemente engañar, sino producir una ruptura cognitivo epistemológica terminante. Al fabricar evidencias de desamparo y orfandad, sufrimiento y rendición, delitos de lesa humanidad y desolación, traición o ajusticiamientos extrajudiciales, tales operaciones psicológico digitales asaltan la inteligencia y la memoria histórica con que el sujeto construye su realidad singular y su filiación ideológico política y civilizatoria.
Si el ciudadano ya no puede confiar en lo que ve o escucha, su psique se retrae instintivamente hacia el temor, el miedo, el resentimiento, el recelo, el odio y todos los automatismos biológicos más primarios como atacar, huir o paralizarse. Ouspensky (1931/2012) advertía en Tertium Organum que nuestra percepción del espacio y de la realidad depende de nuestra estructura de conciencia. Al alterarse la realidad percibida producto de una catarata de representaciones truculentas, trucadas o simulaciones de IA, se puede alterar y hasta traumatizar gravemente la eticidad, la moralidad y la politicidad del sujeto. El «otro» deja de ser un compatriota para convertirse en un objeto que debe ser despreciado, perseguido y hasta eliminado, abonando así el terreno para la guerra civil y para la naturalización del fascismo. El caos social es, por tanto, el resultado de miles de «máquinas humanas» reaccionando irreflexivamente a estímulos falsos o manipulados sin el freno del recuerdo humano de sí, del prójimo y de la comunidad familiar, nacional o continental de filiación histórica.
La resistencia desde la conciencia
La utilidad del pensamiento de Ouspensky para la Venezuela de hoy es a la vez de carácter defensivo y liberador. El estudio de la conciencia nos permite entender que siempre que actuemos hipnotizados por una narrativa gris, un fake news o un deepfake, seguimos siendo una suerte de peones en el gran tablero una guerra cognitiva imperialista occidental que tiene una inconfesable intencionalidad geopolítica (Ouspensky, 1949/2005, pp. 200-220). La única salida al caos social y al suicidio civilizatorio es la transición del sueño despierto de que hablaba Ouspensky a la auto observación y al debate crítico. Solo el pueblo que logra «recordarse a sí mismo y a su comunidad ancestral entrañable» en medio del bombardeo informativo o misilístico puede discernir entre la simulación algorítmica y la verdad histórica y humana.
La operación Resolución Absoluta
Pero hoy hemos sido convocados a repensar juntos la guerra cognitiva en este particular momento de invasión cinética e invasión también, neurocognitiva contra Venezuela. La guerra cinética militar promovida por Donald Trump contra Venezuela fue precedida de una vasta operación psicológica que buscaba lograr la rendición y huida al exterior de la vanguardia política y militar de la revolución bolivariana. No sería exagerado decir entonces que el primer misil de esta operación de decapitación a gran escala fue de orden narrativo/ cognitivo. Diversos voceros del gobierno de Estados Unidos, de los medios de comunicación social y de las mal llamadas “redes sociales” zurcieron una incesante y truculenta campaña de extorsión geopolítica[4] que incluyó amenazas simbólicas, físicas y ultimátum legales y militares. La coartada inicial fue que Nicolás Maduro era el jefe de una peligrosa banda criminal internacional denominada El cartel de los soles dedicada a envenenar con drogas de gran poder letal al pueblo estadounidense. Más tarde se alegó que Nicolás Maduro dirigía una peligrosa banda criminal ya disuelta denominada El Tren de Aragua. Posteriormente Trump personalmente alegó que Nicolás Maduro había estado exportando indeseables criminales y enfermos mentales a Estados Unidos.
Esta línea de vocería política del gobierno estadounidense fue escoltada por la acusación de la extremista defensora de un protectorado sobre Venezuela, María Corina Machado, quien justificó y además llamó a acelerar la invasión del país alegando que el mismo había ya sido previamente invadido por activistas del ELN y de Hezbollah; y que además el 60 % de los hombres venezolanos somos delincuentes y las mujeres, trabajadoras sexuales. Llamamos la atención a esta aparente discordancia de acusaciones porque, tras ser efectivamente secuestrado y trasladado el presidente de Venezuela Nicolás Maduro a tribunales en la ciudad de Nueva York, la acusación inicial fue descaradamente alterada, sorteando cualquier mención a que había sido jefe de un apócrifo Cartel de los Soles que diversos especialistas internacionales incluyendo estadounidenses habían denunciado como una mera charada de la CIA. El carácter ambiguo, cambiante, paradójico, rocambolesco y hasta contradictorio de esta acusación es típico en el discurso de la guerra hoy bautizada como guerra cognitiva. Al modo de la operación de confusión perversa que practica el psicópata contra su víctima a fin de confundirla, aturdirla y volverla loca, la discursividad de la guerra cognitiva es premeditadamente perversa y confusa, verdulera y mutante, ilógica y hasta contradictoria.
Es realmente relevante examinar la naturaleza desconcertante y perversa este tipo de discursividad típico de la guerra cognitiva tardo capitalista pues su utilidad no apunta a victimizar únicamente a la víctima primaria cuanto que constituirse en amenaza latente y deletérea contra todo pueblo o gobierno que ose desafiar los dictámenes del Estado imperialista perpetrador. El lawfare muestra así su carácter antijuridico y siniestro para efectos de ortopedia geopolítica. Todo Estado y todo presidente constitucional debe hoy sopesar que el secuestro de Nicolás Maduro prescribe un nuevo estado de naturaleza o una nueva ley de la selva en el plano internacional. El carácter insólitamente rocambolesco de esta operación hace parte del ADN de la nueva guerra cognitiva. Una guerra cuya amenaza no es meramente retórica o simbólica cuanto que existencial. El secuestro y juicio amañado del presidente Nicolás Maduro busca tomar como rehén a Venezuela, a la revolución bolivariana y por extensión a todo el Mundo Sur.
La operación de decapitación de la vanguardia política y militar no apunta así a un solo país o a un solo mandatario, sino que tiene pretensiones de universalidad; esto es, de aplicabilidad a todo mandatario, vanguardia política o vanguardia epistémica que desafíe los dictámenes del nuevo Leviatán. Pero este prototipo de operación no es del todo nuevo. Ya fue ensayado, con variantes, contra el irreverente Partido Pantera Negra que fue muy activo en Estados Unidos entre las décadas de 1960 y 1970; y a la postre en la isla Grenada y otros contextos espinosos de dominar como ha sido recién el caso del Estado Plurinacional de Bolivia. El antiguo leit motiv romano divide et impera se combina ahora con el de atosiga e impera, enloquece e impera, secuestra e impera, ajusticia a cuanto primer mandatario que te ofrezca resistencia e impera.[5] La operación de inducción al fratricidio de la vanguardia política, militar, policial y popular de la Revolución Bolivariana ya ha sido activada por Donald Trump al declarar que había pactado la capitulación del signo multipolar de Venezuela tras el supuesto éxito quirúrgico de la operación Absolute Resolution.
A modo (táctico) de cierre
Frente este aprieto histórico que se despliega en un mundo cada vez más diverso, multicéntrico y pluripolar debemos traer a colación aquella sensata máxima izada por John Kennedy ante la Asamblea General de la ONU en 1961: “La humanidad debe poner un final a la guerra antes de que la guerra le ponga un final a la humanidad” (Kennedy, 1961, párrafo 12).[6] Menos ampulosa que esta cita es la de Albert Einstein quien afirmó en 1955: “El hombre inventó la bomba atómica, pero ningún ratón en el mundo construiría una trampa para ratones” (Einstein, 1955, p. 1). La estabilidad energética a largo plazo que garantiza hoy Venezuela no solo a China sino al mundo es hoy un factor de envergadura existencial. Como decía Andrei Sakharov: “La guerra nuclear puede resultar de una guerra ordinaria” (Sakharov, 1980, p. 45). Por ello no es una hipérbole afirmar que: ¡Salvar a Nicolás Maduro y a la revolución Bolivariana de Venezuela hoy es salvar al mundo!
Referencias
Delgado Arria, L. (2024). Reimaginar la política hoy. Revista Toparquia. Universidad Internacional de las Comunicaciones. Vol. 3, 34-35.
Einstein, A. (1955). Albert Einstein: A documentary biography (R. Clark, Ed.). Andre Deutsch. (Obra original publicada en 1955)
Jung, C. G. (1964). Civilization in transition (R. F. C. Hull, Trans.). Princeton University Press. (Obra original publicada en 1934) (https://doi.org/10.1515/9781400851085)
Kennedy, J. F. (1961, 25 de septiembre). Address before the General Assembly of the United Nations. https://www.jfklibrary.org/archives/other-resources/john-f-kennedy-speeches/united-nations-19610925. Outpensky, P. D. (2005). Fragmentos de una enseñanza desconocida (En busca de lo milagroso) (Original de 1949). Ganesha Editorial.
Outpensky, P. D. (1950). La psicología de la posible evolución del hombre. Editorial Kairós.
Ouspensky, P. D. (2012). Tertium organum: El tercer canon del pensamiento, una clave para los enigmas del mundo (Original de 1931). Editorial Kier. (https://www.editorialkier.com.ar/productos/tertium-organum/)Sakharov, A. (1980).
[1] Peter Demianovich Ouspensky (Moscú, 4 de marzo de 1878-Surrey, 2 de octubre de 1947) fue un esoterista y ensayista ruso. Escribió varios tratados y dictó conferencias y seminarios, especialmente sobre la doctrina esotérica de George Gurdjieff.
[2] Delgado Arria, 2024, (p. 35).
[3] S.W.A.T. es una exitosa serie de televisión estadounidense de drama criminal y operaciones especiales, muy vista en América Latina durante las décadas de 1980 y 1990. La serie fue basada en la película del mismo nombre producida en 1975.
[4] Cabe resaltar que, a la luz de la legislación estadounidense vigente, la extorsión constituye un delito federal que contempla penas hasta de 20 años de cárcel.
[5] Una investigación colectiva en torno a la guerra cognitiva contra Venezuela y contra Bolivia y sus efectos en la inducción programada al conflicto social y al odio de clase fue convocada en 2025 por el Celarg, y fue financiada por el Fonacit.
[6] Cita extraída de Civilization in Transition (Vol. 10 de las Collected Works). Discurso disponible en: https://www.jfklibrary.org/archives/other-resources/john-f-kennedy-speeches/united-nations-19610925 Carta abierta publicada en Bulletin of the Atomic Scientists. De My Country and the World.
- Poeta, ensayista y licenciado en letras (UCV). Magister in Arts (University of Pittsburgh). Doctorante en creación intelectual (UNESR). Catedrático en análisis crítico del discurso, vocería política revolucionaria y comunicación decolonial. Epistemólogo de la guerra cognitiva. Vicerrector de Investigación y Creación Intelectual de LAUICOM.
Trump y su “fuck you” | No es “fake”, no es “IA”
Fernando Buen Abad Domínguez
Rector Internacional de la UICOM y Director de la Cátedra Sean MacBride
Esto no puede reducirse a un “descuido” de estilo personal ni a una mera desviación del decoro institucional; constituye un fenómeno estructural que revela la forma en que el poder se representa, se impone y se naturaliza en una coyuntura histórica determinada. Cuando un mandatario recurre sistemáticamente a gestos ofensivos, insultos públicos, descalificaciones humillantes y una teatralidad agresiva, no estamos ante un error comunicacional, sino ante una estrategia semiótica consciente o inconsciente que desfigura el vínculo entre gobernante y gobernados. La obscenidad, en este contexto, opera como un signo de dominación que busca erosionar el pacto simbólico entre autoridad y pueblo, sustituyendo la legitimidad ética por la dictadura de la imposición emocional, el escándalo permanente y la violencia discursiva. El cuerpo del mandatario, su voz, su gesto, su mímica y su léxico se convierten en dispositivos de poder que comunican desprecio, superioridad y amenaza, produciendo una semiosis donde la ofensa no es un exceso, sino el personaje mismo.
Desde una perspectiva filosófico-crítica, esta obscenidad política puede leerse como una forma de cinismo del poder, en el que la negación de la dignidad del otro se transforma en espectáculo. El insulto deja de ser una anomalía para convertirse en una disfunción de gobierno, deshumanizar al adversario, ridiculizar al diferente, estigmatizar al débil y exhibir impunidad frente a las normas que rigen la convivencia democrática. En este marco, la obscenidad funciona como una pedagogía autoritaria que enseña a la sociedad que el poder puede hablar sin límites, que la violencia simbólica es aceptable si proviene de arriba y que el respeto ya no es una condición del mando, sino una debilidad. La semiótica del insulto produce una reorganización del campo político, desplaza el debate racional, degrada el lenguaje público y normaliza la agresión como forma legítima de intervención en lo social.
Este gesto obsceno, entre muchos otros, del mandatario no interpela a la ciudadanía como sujeto político, sino como masa emocional a ser provocada, dividida y movilizada por impulsos primarios. Ese gesto “fuck you” no busca convencer, sino someter; no intenta argumentar, sino marcar territorio. Se trata de una semiosis del desprecio, donde el dedo no apunta a la construcción de sentido compartido, sino a la imposición de una jerarquía simbólica. En este esquema, el pueblo es reducido a objeto de burla, sospecha o amenaza, mientras el gobernante se autoerige como figura excepcional, situada por encima de toda norma moral y de todo límite discursivo. La obscenidad se vuelve así un signo de dictadura absoluta, el poder se exhibe precisamente en su capacidad de violar las reglas sin consecuencias.
Esta dinámica revela una profunda regresión del espacio público, donde la gestualidad deja de ser un instrumento de mediación social para convertirse en un arma de desprecio. La obscenidad no sólo degrada al receptor del mensaje, sino que corrompe el propio tejido simbólico de la comunidad política. Al repetirse, el insulto presidencial erosiona la frontera entre lo decible y lo indecible, banaliza la violencia verbal y prepara el terreno para formas más explícitas de exclusión y coerción. Nuestra semiótica crítica muestra que no hay neutralidad en estos signos, cada ofensa es un acto político que refuerza estructuras de poder desiguales, legitima prejuicios históricos y reactiva narrativas de supremacía, miedo y odio.
Desde una lectura más radical, puede afirmarse que la obscenidad del mandatario expresa una crisis de representación, incapaz de sostener su autoridad en un proyecto ético o racional, el poder recurre a la provocación obscena como sustituto de legitimidad. El insulto opera como cortina de humo que oculta la ausencia de propuestas transformadoras, mientras captura la atención mediática y mantiene a la sociedad atrapada en una dinámica reactiva. La ofensa se convierte en mercancía simbólica, reproducida hasta el agotamiento por los medios de comunicación, que funcionan como amplificadores acríticos del gesto obsceno. Así, la semiosis del poder se articula en un circuito perverso donde la violencia discursiva se recicla como entretenimiento político.
Esa obscenidad presidencial también cumple una función disciplinaria, envía un mensaje claro a quienes disienten, advirtiendo que la crítica será respondida con humillación pública. Se instaura así un régimen de intimidación simbólica que busca desalentar la participación política consciente y sustituirla por el miedo, la burla o el fanatismo. El lenguaje se degrada hasta convertirse en un instrumento de castigo, y la figura del mandatario encarna una autoridad que no dialoga, sino que agrede. Desde la semiótica del poder, este fenómeno puede entenderse como una forma de violencia simbólica institucionalizada, donde el insulto oficial legitima la reproducción social del desprecio y la exclusión.
En última instancia, la obscenidad del gobernante no es un problema de modales, sino un síntoma de una forma de poder que ha renunciado a la ética pública y ha convertido la comunicación política en un campo de batalla emocional. El signo obsceno revela una concepción del pueblo como enemigo potencial, como masa a ser controlada mediante la provocación y el miedo. Esta semiosis no sólo daña a quienes son directamente ofendidos, sino que empobrece el horizonte democrático en su conjunto, al sustituir el diálogo por el escarnio y la deliberación por el espectáculo. La crítica filosófica y semiótica permite comprender que estas señales obscenas no son anecdóticas, sino estructurales, expresan un modelo de dominación que necesita humillar para gobernar, provocar para existir y ofender para reafirmarse. En esa obscenidad se condensa una verdad incómoda del poder contemporáneo, cuando el lenguaje se vuelve arma y el gesto se vuelve insulto, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se transforma en un ejercicio de violencia simbólica permanente contra la dignidad del pueblo.
Este mandatario que utiliza gestos, palabras y conductas obscenas frente a la ciudadanía constituye un fenómeno semiótico de múltiples capas, donde lo visible y lo simbólico se entrelazan para generar significados complejos, conflictivos y a menudo polarizadores. En la esfera política, la obscenidad no es simplemente un acto vulgar; es un signo que despliega una narrativa de poder y de legitimación, a la vez que expone tensiones profundas entre lo institucional y lo personal, entre la autoridad formal y la ética del discurso público. Los gestos que ofenden, las expresiones que humillan, las palabras que transgreden convenciones de respeto y decoro se convierten en signos cargados de un contenido ideológico, emocional y social que trasciende su mera forma.
Cada señal, cada gesto, cada insulto se inscribe en un sistema de comunicación donde el cuerpo del mandatario funciona como un texto abierto, interpretable desde múltiples perspectivas. Desde una lectura semiótica, la obscenidad en el liderazgo político no es accidental; es un recurso performativo que articula el poder de manera directa, inmediata y, muchas veces, transgresora, generando un efecto de shock que obliga al espectador a posicionarse. Este tipo de comunicación rompe con la narrativa tradicional de la política como espacio de moderación y racionalidad, introduciendo la emoción cruda, la confrontación explícita y la provocación como herramientas de control discursivo y mediático.
Esa semiosis que se produce en este contexto no se limita al intercambio convencional de signos; se configura como un acto de poder performativo que redefine los límites de lo aceptable y lo ilegítimo, desafiando la noción de autoridad basada en la ética y la responsabilidad pública. Al observar la obscenidad del mandatario, se evidencia un uso estratégico de la corporalidad y del lenguaje, en el que la agresión verbal o gestual funciona como signo de autoridad, al mismo tiempo que establece fronteras simbólicas con aquellos que son percibidos como adversarios o como parte de una audiencia subordinada. La ofensa se transforma, así, en un marcador identitario que delimita quién pertenece al círculo de poder y quién queda fuera, generando una narrativa de inclusión y exclusión donde el mandato se legitima a través de la transgresión misma de normas sociales y culturales.
Esa conducta es un ejercicio de poder que se manifiesta a través del signo, una hegemonía que no sólo regula comportamientos materiales, sino que también moldea la percepción de lo que es políticamente posible y lo que se considera moralmente reprochable. La obscenidad se convierte en un modo de performar la soberanía, de declarar que el mando no está sujeto a los códigos tradicionales, que la autoridad se ejerce por encima de las normas sociales y que el discurso público puede ser territorio de confrontación explícita, agresión simbólica y manipulación emocional. La interacción entre signo y receptor adquiere aquí una intensidad particular, el gesto obsceno del mandatario funciona como detonador de emociones, polariza opiniones y provoca la activación de estructuras cognitivas y afectivas que reconfiguran la percepción de legitimidad y de poder.
Trump con sus obscenidades genera un campo semiótico en el que la violencia simbólica, la provocación y la teatralidad se articulan para sostener un estilo de liderazgo que depende de la atención constante, del escándalo y de la polarización. En este sentido, el mandatario que ofende no sólo actúa sobre el público, sino que produce un efecto de retroalimentación semiótica, las respuestas de la sociedad, la cobertura mediática, la indignación pública y la polarización se convierten en signos que refuerzan y amplifican el propio gesto original, creando un sistema dinámico de significación que trasciende la intención inicial y establece un nuevo lenguaje político basado en la transgresión.
Su obscenidad (toda) se convierte en signo performativo que articula poder, identidad y emoción, un espacio donde la ética tradicional se encuentra tensionada y donde el mandato se ejerce a través de la capacidad de provocar, de dividir y de movilizar afectos. La narrativa que surge de este estilo de liderazgo es, en consecuencia, profundamente ambivalente, por un lado, revela la fragilidad de las instituciones frente a la personalidad y las emociones del líder; por otro, demuestra la fuerza del signo como herramienta de construcción de autoridad, de legitimación simbólica y de manipulación social. La semiótica de la ofensa pública muestra que los gestos y palabras obscenos no son meros deslices de mal gusto, sino elementos constitutivos de un lenguaje político que articula el poder a través de la emoción, la transgresión y la provocación. La obscenidad se convierte en estrategia de visibilidad, en un código que establece jerarquías, delineando quién está dentro y quién está fuera de la esfera de influencia, y generando un diálogo conflictivo con los valores de respeto, decoro y ética que tradicionalmente sostienen la autoridad política.
Así la ofensa sistemática y los gestos obscenos de un mandatario constituyen un campo de análisis privilegiado para entender cómo los signos y símbolos se despliegan en la política contemporánea, mostrando que el poder puede performarse a través de la transgresión y que la autoridad se negocia continuamente en el espacio público mediante la manipulación de significados, emociones y expectativas sociales. Este fenómeno revela, además, la tensión permanente entre la ética y la estrategia, entre el signo y el efecto, evidenciando que en la política moderna la obscenidad puede ser tanto una herramienta de dominación como un espejo de los conflictos sociales y culturales que atraviesan a la sociedad, un recordatorio de que la semiótica del poder no se limita a lo formal, sino que reside también en lo provocativo, lo emotivo y lo disruptivo.
Esa fotografía y video en el que Donald Trump muestra el dedo medio en público (fuck you) fue publicado por el sitio de entretenimiento TMZ, que difundió el material de un encuentro ocurrido el 13 de enero de 2026 durante una visita de Trump a una planta de Ford en Dearborn, Michigan. En ese video, se ve al mandatario aparentemente respondiendo con “fuck you” y levantando el dedo medio hacia un trabajador que lo increpó llamándolo “pedophile protector”. En el video se ve a Trump (presidente de la nación) aparentemente respondiendo a un trabajador que lo llamó “pedophile protector”, antes de levantar el dedo medio y decir “fuck you”. Varios medios recogieron y confirmaron la publicación del video de TMZ, por ejemplo Forbes, que señala que el clip fue “first obtained by TMZ” mostrando a Trump dando el gesto tras ser abucheado mientras estaba en el evento. Además, La Nación informó que el video fue difundido por TMZ y circuló en redes sociales como TikTok y X, donde se veía a Trump haciendo la seña obscena después de escuchar el grito del público.
Fuentes exactas: Forbes, “Trump Gives Middle Finger After Heckler…” — video first obtained by TMZ mostrando el gesto. La Nación (Argentina), Video divulgado por TMZ que muestra al mandatario levantando el dedo medio tras el increpador. El clip fue descrito por la agencia Reuters y otros medios como primeramente difundido por TMZ y confirmado como auténtico por la Casa Blanca, donde se ve al presidente levantando el dedo medio al supuesto heckler durante su recorrido por la planta.
Enlaces a las fuentes originales donde se publicó o se menciona la publicación,
TMZ, “President Trump Filmed Flipping Off Ford Worker Who Yells ‘Pedophile Protector’ at Him” — artículo con el video publicado directamente por TMZ. Reuters, Cubriendo el mismo video inicialmente compartido por TMZ y confirmando el gesto en Dearborn, Michigan. Video original publicado por TMZ.
https,//www.tmz.com/2026/01/13/trump-flips-off-ford-worker/
https,//www.spokesman.com/stories/2026/jan/13/trump-flips-off-michigan-auto-worker-who-criticize/
https,//www.nbcchicago.com/news/national-international/trump-flips-off-apparent-heckler/3875731/
https,//es-us.noticias.yahoo.com/trump-se%C3%B1ales-obscenas-trabajador-ford-033051834.html
https,//www.nbcchicago.com/news/national-international/trump-flips-off-apparent-heckler/3875731/
https,//www.fox5ny.com/news/video-appears-show-trump-flipping-off-ford-worker-who-yelled-him-dearborn-plant
https,//news.sky.com/story/white-house-defends-trump-after-video-appears-to-show-him-swearing-at-heckler-13494016
Secuestro de un Presidente: Artículo de Luis Britto García
Hay actos que dejan atónita a la opinión mundial por su avilantez, su ilegitimidad, su intrínseca brutalidad. Reiteramos que el ilegal bloqueo y las ejecuciones extrajudiciales contra pescadores violan los artículos 1 y 2 de la Carta de la Organización de Naciones Unidas; el Estatuto de Roma sobre Crímenes de Lesa Humanidad y la Convención de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar. Con mayor razón las viola el rapto de un Presidente y el asesinato a mansalva de venezolanos en su propio territorio..
El secuestro es acto de ilegítima privación de libertad tipificado como punible en todas las legislaciones del mundo. El perpetrarlo contra un alto funcionario no lo excusa. lo agrava, así como la ejecución del magnicidio agrava el delito de homicidio.
Tras cometer tal crimen contrario a las leyes de Venezuela, a las de la comunidad internacional y a las de su propio país, el Presidente Trump declaró, que “ahora manejaremos Venezuela”. En su primer mandato afirmó que había que apoderarse del petróleo venezolano, pues era valioso “oro líquido”. En el segundo, postuló que le pertenecían “la tierra, el petróleo y los recursos de Venezuela”. Son elucubraciones de delincuente, cuyo único propósito es adueñarse de los haberes de su víctima. Nada más equivocado desde la perspectiva legal, política y práctica.
Añadamos que la perspectiva de saquear el “oro líquido” parece haber enmudecido los demás pretextos para agredir a nuestro país. Nadie sataniza como “invasión” el modesto flujo de migrantes venezolanos hacia el Norte. Nadie invoca al imaginario “Cartel de los Soles”; la propia Agencia Central de Inteligencia reconoce que tal organización “no existe”. Por ninguna parte aparecen pruebas de supuestos cultivos, laboratorios o embarques de drogas que en realidad se mueven por el Pacífico; mucho menos de fentanilo, que contrabandean otros países. Nadie proclama como “Presidente legítimo” al anodino González Urrutia; Trump no recibe a la señora Machado ni le contesta el teléfono aunque ésta le prometa transferirle el Premio Nobel de la Paz; ante los medios declara que ella “no tiene apoyo” ni “capacidad”. Confesión irrecusable de que absolutamente nadie cree que hubieran ganado jamás elección alguna.
Parece que lo único de que se puede acusar a Nicolás Maduro es de presidir un país rico en hidrocarburos. Pero las leyes de Estados Unidos no son aplicables a un ciudadano venezolano por actos efectuados en Venezuela. Las normas estadounidenses son sólo aplicables en su propio territorio, y sus autoridades no tienen competencia ni jurisdicción para actuar fuera de sus límites. Tales leyes tampoco justifican la violación del territorio del Estado soberano de Venezuela, ni el asesinato en él de arriba de un centenar de víctimas inermes o que ejercían su derecho a la legítima defensa, ni el bombardeo, incendio y destrucción de infraestructuras e instalaciones.
Los estadounidenses sólo pueden tomar prisioneros fuera de su territorio en estado de guerra, y es público y notorio que durante el secuestro del Presidente Nicolás Maduro no existía guerra legítimamente declarada entre Venezuela y Estados Unidos, sino ilegal destrucción por fuerzas estadounidenses de lanchas pesqueras y sus tripulantes, y robo de nuestro petróleo trasladado en diversos tanqueros.
Añadamos que, según la Convención de Viena, los presidentes de Estados soberanos gozan de inmunidad diplomática durante el ejercicio de sus funciones.
El secuestro implica responsabilidad penal para sus perpetradores, pero no para sus víctimas, pues el delito no crea derechos para el delincuente. El ilegítimo secuestro de un Presidente no legitima a sus perpetradores para “manejar el país” de la víctima, Ni las leyes de Venezuela, ni las de Estados Unidos, atribuyen ningún tipo de derechos a los secuestradores sobre sus víctimas ni sobre el patrimonio privado o público que éstas administren.
El ilegítimo secuestro violento de un Presidente por efectivos armados de otro país, que ni siquiera fueron autorizados para ello por el
Congreso de éste, no debe ser considerado más que como falta temporal del funcionario, ya que el mismo está vivo y existe la posibilidad de que sea reintegrado a sus funciones, a cuyos efectos la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela dispone:
Artículo 234. ° Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional hasta por noventa días más.
Si una falta temporal se prolonga por más de noventa días consecutivos, la Asamblea Nacional decidirá por mayoría de sus integrantes si debe considerarse que hay falta absoluta
Añadamos una reflexión pertinente. ¿Qué futuro aguarda a la comunidad internacional si se acepta que pueden y deben ser secuestrados todos los mandatarios que no agraden al Presidente de una sola potencia?
Una cosa es aniquilar pescadores inermes o secuestrar ciudadanos, y otra obtener el consentimiento de más de treinta millones de compatriotas.
De lo único que los criminales han logrado apoderarse es de la persona física del Presidente, quien ya ha sido sustituido de manera constitucional y temporal por la Presidenta encargada.
Los poderes públicos, las riquezas, el territorio y la población de la República Bolivariana de Venezuela siguen perteneciendo única y exclusivamente a los venezolanos, y no a forajidos foráneos sin otra motivación que apoderarse de lo que no les pertenece.
Por tanto, ningún poder extranjero determina el contenido de nuestras leyes, los actos de ejecución de ellas, ni las sentencias que resuelven las dudas sobre su correcta aplicación, ni en el ejercicio del sufragio ni en los actos de control sobre dichos poderes ejercido por el Poder Moral. Ni una sola de las decisiones de nuestros Poderes Públicos es dictada, ni puede serlo, por delincuentes de otras nacionalidades.
Ni un palmo de territorio de la República Bolivariana de Venezuela está ocupado por un invasor extranjero. Ni un metro de su territorio está actualmente fuera del control de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Tampoco hay bases militares manejadas por efectivos foráneos. Nuestras leyes se aplican de manera uniforme a lo largo de nuestra extensión territorial. Tampoco está nuestro territorio fragmentado en zonas en las cuales tengan potencias foráneas distintos grados de privilegio o de autoridad legislativa, ejecutiva y judicial. Richard Wolff denunció que a mediados de diciembre ya existía un plan para fragmentar las zonas ricas en minerales de Venezuela entre varios consorcios extranjeros propietarios de sus recursos, y dejar el resto a un gobierno sin ingresos ni medios para el gasto social.
Pero las riquezas y derechos que nuestra Constitución atribuye a la República siguen perteneciendo a ésta, así como las empresas cuya propiedad exclusiva la Ley Fundamental otorga a la Nación.
Cualquier intento de invalidar estos principios sería nulo de toda nulidad; constituiría sólo tentativa de violación de nuestra soberanía y aniquilación de nuestra República, y todos los venezolanos y venezolanas estamos revestidos en consecuencia del deber y el derecho de resistirlo por todas las vías, según lo dispuesto en el artículo 333 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela:
Artículo 333. Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella.
En tal eventualidad, todo ciudadano investido o ciudadana investida o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia
Sólo merece Patria quien la defiende.
(Luis Britto Garacía)
REDH
¿Y ahora qué?
“¡Por favor, díganme que no estamos entregando el país!”, decía por las redes, hace poco, una camarada. “¡Díganme algo que me quite las ganas de llorar!”, clamaba otra… Y es claro que lo que ahora vivimos no es asunto fácil, y supone una complejidad que muchas veces hacemos tácita.










