Pedro Penso guerra cognitiva

La guerra cognitiva como mutación del imperialismo contemporáneo:

efectos sobre las subjetividades de clase y de los pueblos en Venezuela, América Latina y el mundo

Una aproximación desde la dialéctica del materialismo histórico.

Profesor – Investigador Pedro Penso+

Una aproximación desde la dialéctica del materialismo histórico

La guerra como forma fenoménica de la lucha de clases en el siglo XXI

Para comprender lo que hoy llamamos guerra cognitiva y sus efectos sobre las subjetividades en Venezuela, América Latina y el mundo, es necesario partir de una proposición fundamental del materialismo histórico: la guerra no es un accidente de la historia ni una patología de las relaciones internacionales, sino una continuación de la política —y, por tanto, de la lucha de clases— por otros medios. Como nos enseñó Clausewitz, mediado por la lectura leninista, la guerra expresa, en su forma más concentrada y violenta, las contradicciones que atraviesan un modo de producción determinado.

Ahora bien, la mutación que nos ocupa —la emergencia de la guerra cognitiva como modalidad predominante de agresión imperialista en el siglo XXI— no representa un mero cambio técnico en los instrumentos bélicos. Tampoco es un fenómeno que pueda explicarse por la simple adición de «nuevas tecnologías» al repertorio militar. Se trata, más bien, de una transformación cualitativa en la forma que asume la guerra imperialista cuando las condiciones objetivas de la correlación de fuerzas global —el ascenso de nuevos polos de poder, la crisis de la hegemonía unipolar estadounidense, la emergencia de proyectos contrahegemónicos en el Sur Global— vuelven inviable la guerra clásica de ocupación territorial. Es, en palabras de algunos analistas, una guerra vicaria (Waldman, 2021) [1], que busca lograr los objetivos del imperialismo sin exponer a sus fuerzas al costo político y humano de una invasión directa.

Como sostienen Tan y Perlmutter (2006) [2], el concepto mismo de «guerra de información» encierra una paradoja: cuanto más se cree saber sobre ella, menos se comprende su dinámica real, pues la información no es un recurso neutral sino un campo de batalla donde se dirimen proyectos de sociedad antagónicos.

Mutaciones de la guerra cognitiva: Del 11 de septiembre al 3 de enero

La trayectoria de la guerra cognitiva como modalidad imperialista puede trazarse a partir de hitos que marcan saltos cualitativos en su desarrollo. Si la guerra mediática contra Irak en 1991 y 2003 mostró el poder de la manufactura del consenso (Herman y Chomsky, 1988) aplicada a gran escala, la experiencia venezolana de 2002 —el golpe de Estado mediático contra Hugo Chávez— reveló que, en América Latina, los medios de comunicación privados podían operar como arietes de desestabilización política con la misma eficacia que un batallón de infantería. Como documenta Cañizález (2003) [3], el golpe de abril de 2002 contra Chávez fue un «golpe mediático«: la televisión privada venezolana no solo informó, sino que produjo los acontecimientos, creando una realidad virtual que justificaba la ruptura del orden constitucional.

Esta primera fase —que podríamos llamar guerra mediática clásica— evolucionó hacia una forma más sofisticada con la irrupción de las plataformas digitales y las redes sociales. El uso de bots políticos para la manipulación de la opinión pública en Venezuela, estudiado por Forelle et al. (2015) [4], muestra cómo actores automatizados generan contenido que simula apoyo o rechazo popular, creando una falsa impresión de consenso o disenso. Los investigadores encontraron que los bots más activos en la conversación política venezolana eran utilizados por la oposición radical, y que se hacían pasar por líderes políticos y agencias gubernamentales más que por ciudadanos comunes.

Sin embargo, el salto cualitativo más significativo ocurre en la coyuntura que usted señala: el período pre y post 3 de enero. En esta fase, la guerra cognitiva ya no se limita a informar tendenciosamente o a manipular la opinión pública, sino que busca reconfigurar las subjetividades mismas de los pueblos, alterando su percepción de la realidad, su memoria histórica y su capacidad de agencia política. Se trata de una guerra que opera en el plano de lo que Gramsci llamó la hegemonía: la disputa no es solo por el gobierno, sino por la dirección intelectual y moral de la sociedad (Hesketh, 2019) [5].

En el caso venezolano, esta mutación se expresó en la estrategia de doble poder implementada a partir de enero de 2019, cuando Juan Guaidó se autoproclamó «presidente interino» con el respaldo inmediato de Estados Unidos y sus aliados. Como señala Buxton (2019) [6], la estrategia de la oposición venezolana estuvo marcada por errores de cálculo y por una dependencia excesiva del respaldo internacional, lo que revela que la guerra cognitiva no puede suplir indefinidamente la falta de arraigo social y de correlación de fuerzas favorable en el terreno material.

El secuestro del derecho internacional y la ruptura del orden jurídico

El desconocimiento de los principios más elementales del derecho internacional —la soberanía, la autodeterminación de los pueblos, la no intervención— constituye la base jurídico-política sobre la cual se despliega la guerra cognitiva contra Venezuela. La estrategia de reconocimiento selectivo de gobiernos, analizada por López-Rodríguez (2021) [7] a través del caso venezolano, revela cómo las potencias imperialistas instrumentalizan el derecho internacional para legitimar injerencias: más de cincuenta países reconocieron a Guaidó como presidente legítimo, a pesar de que Maduro ejercía el control efectivo del territorio, de las instituciones y de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB).

Esta fractura del orden jurídico internacional tiene consecuencias profundas sobre las subjetividades. Cuando el derecho se convierte en un arma de guerra, la percepción de lo legítimo y lo ilegítimo se desestabiliza. Sectores enteros de las clases medias venezolanas —formadas en la idea de que «Occidente» representa la legalidad y la democracia— experimentaron una ruptura cognitiva al ver que sus referentes tradicionales de autoridad moral avalaban una ficción jurídica: la de un «presidente» sin control territorial, sin ejército y sin capacidad de gobernar. Para las clases populares, en cambio, la defensa de la soberanía se convirtió en una experiencia de reafirmación identitaria, en la medida en que la agresión externa operó como catalizador de una conciencia nacional y antiimperialista.

Las sanciones económicas unilaterales impuestas por Estados Unidos —que, como documenta Mooney (2021) [8], fueron tan severas que la propia relatora especial de Naciones Unidas sugirió que podrían constituir crímenes de lesa humanidad— operan no solo como mecanismo de asfixia económica, sino como dispositivo de guerra cognitiva. Al bombardear a la población venezolana con la narrativa de que «las sanciones no afectan al pueblo sino al gobierno», y al mismo tiempo generar escasez inducida e hiperinflación, se produce una disociación esquizofrénica en la conciencia popular: se vive la catástrofe económica mientras se niega su causa real.

Efectos sobre las subjetividades de clase

El materialismo histórico nos enseña que la conciencia de clase no es un reflejo mecánico de la posición en las relaciones de producción, sino una construcción política y cultural mediada por la lucha ideológica. En este sentido, la guerra cognitiva opera directamente sobre lo que Lukács denominó la conciencia de clase psicológica (la percepción inmediata que los individuos tienen de su situación) para impedir el desarrollo de la conciencia de clase atribuida (la comprensión de los intereses históricos objetivos de su clase) (Melo, 2018) [9].

En Venezuela, el efecto ha sido paradójico y contradictorio. Por un lado, la guerra cognitiva ha profundizado la polarización de clase que ya caracterizaba la sociedad venezolana desde la llegada de Chávez al poder. Como documentan Hawkins et al. (2018) [10], la polarización en Venezuela no fue simplemente política, sino que expresó la división de la clase en la sociedad venezolana: el chavismo aglutinó a los sectores populares y a las clases medias empobrecidas, mientras que la oposición concentró a las élites económicas, a las clases medias altas y a los sectores profesionales formados bajo el paradigma neoliberal. La guerra cognitiva intensificó esta división de las clases al naturalizar las diferencias de clase como diferencias morales e identitarias: el chavista era presentado como «ignorante», «populista» o «violento», mientras que el opositor era retratado como «ciudadano», «demócrata» o «profesional».

En América Latina, la guerra cognitiva ha producido un efecto de archaización de la conciencia política*,  como lo denominan Morozov y Erofeev (2017) [11] en su análisis de las guerras híbridas. Este concepto se refiere al retorno de mitologías políticas arcaicas —el «enemigo interno», la «conspiración comunista», la «amenaza a la civilización occidental»— que reemplazan el análisis racional de las contradicciones sociales por una lógica amigo-enemigo despolitizadas. En Brasil, la elección de Bolsonaro fue un caso paradigmático: el uso de WhatsApp como arma de propaganda masiva —analizado por Luz y Miller (2020) [12]— permitió construir una realidad paralela donde la amenaza del «comunismo» justificaba cualquier atrocidad. La guerra cognitiva, en este sentido, produce una involución de la subjetividad política: en lugar de la conciencia crítica que debiera emerger de la experiencia material de la explotación, se implanta una conciencia mistificada que identifica como enemigos a otros explotados o a proyectos emancipatorios.

La dimensión geopolítica y los pueblos: imperialismo y guerra vicaria

La guerra cognitiva no puede entenderse al margen de la reconfiguración geopolítica global. La tesis de la «guerra vicaria» —desarrollada por Waldman (2021) [1] y retomada por otros analistas (Krieg y Rickli, 2018) [13]— sostiene que Estados Unidos ha optado por delegar en actores proxies la realización de sus guerras, manteniendo su propia fuerza militar en la sombra, operando desde las sombras (operaciones encubiertas, fuerzas especiales, drones, guerra cibernética), mientras transfiere los costos humanos y políticos a otros.

En el contexto latinoamericano, esta guerra vicaria asume la forma de una agresión multidimensional que combina sanciones económicas, manipulación mediática, financiamiento de oposiciones, reconocimiento selectivo de gobiernos y guerra cognitiva digital. El objetivo es producir un colapso inducido que justifique la intervención humanitaria o el cambio de régimen. Como señalan Main y Dangl (2019) [14], el caso venezolano representa un momento crítico para desafiar la intervención imperialista en la región: lo que está en juego no es solo un país, sino la posibilidad de que exista un proyecto soberano, independiente y antiimperialista en el hemisferio.

Para los pueblos de América Latina, la guerra cognitiva produce una subjetividad escindida. Por un lado, las clases populares que han sido protagonistas de procesos emancipatorios —el bolivarianismo en Venezuela, el evismo en Bolivia, el correísmo en Ecuador, el lulismo en Brasil— desarrollan una conciencia defensiva, una subjetividad de resistencia que se fortalece frente a la agresión externa pero que corre el riesgo de cristalizarse en una postura reactiva que dificulta la autocrítica y la renovación. Por otro lado, las clases medias y altas que se identifican con el discurso hegemónico occidental experimentan una subjetividad de resentimiento: al ver bloqueadas sus expectativas de consumo y movilidad social por la crisis económica —crisis que la guerra cognitiva les presenta como resultado de la «incompetencia» o «corrupción» del gobierno popular, y no como efecto de las sanciones y la guerra económica—, estas clases se vuelcan hacia posiciones políticas cada vez más radicalizadas, llegando a justificar la intervención extranjera.

A escala global, la guerra cognitiva produce un efecto aún más inquietante: la disolución del principio de realidad. En un mundo donde cada hecho puede ser negado, cada verdad puede ser disputada y cada narrativa puede ser fabricada, la posibilidad misma del conocimiento objetivo —condición de posibilidad de cualquier política emancipatoria— se ve socavada. La guerra cognitiva no busca convencer, sino confundir; no busca ganar adeptos, sino neutralizar la capacidad de juicio. Es, en este sentido, una guerra contra la razón histórica misma.

Para cerrar en tono dialéctico

Entre la determinación estructural y la agencia histórica

Desde una perspectiva dialéctica, la guerra cognitiva no es un destino ineluctable ni una fuerza todopoderosa. Como toda forma de lucha de clases, encuentra sus límites en las condiciones materiales y en la praxis de los sujetos históricos. El fracaso del intento de derrocar a Maduro en 2019 —a pesar de la maquinaria cognitiva global desplegada a su favor— demuestra que la guerra cognitiva, por sí sola, no puede suplir la ausencia de una base social sólida ni la falta de una correlación de fuerzas favorable en el terreno material (Buxton, 2019) [6].

La guerra cognitiva ha mutado y se ha sofisticado, pero la contradicción fundamental que recorre la historia latinoamericana —la que enfrenta a los proyectos de soberanía popular con los intereses del imperialismo y sus aliados locales— permanece intacta. Lo que ha cambiado es el escenario donde esta contradicción se dirime: de los campos de batalla físicos, la guerra se ha trasladado a los territorios de la conciencia. Pero la conciencia, como nos enseñó Marx, no es una esfera autónoma de la realidad: es expresión y reflejo —activo, no pasivo— de las condiciones materiales de existencia.

El mayor peligro de la guerra cognitiva no reside en su capacidad de engañar, sino en su capacidad de desmovilizar, de producir una subjetividad fatalista que acepte la realidad presente como inmutable. Frente a ello, la tarea del pensamiento crítico —y de la praxis política que le corresponde— es restituir el vínculo entre la experiencia vivida y la comprensión de la totalidad social, entre el sufrimiento cotidiano y sus causas estructurales, entre la memoria histórica de las luchas pasadas y la posibilidad de un futuro emancipado.

Como sostienen Petras y Veltmeyer (2018) [15] en su análisis de la lucha de clases en América Latina, cada avance del capital en la región ha generado una respuesta correspondiente de las clases trabajadoras y populares. La guerra cognitiva es el más reciente capítulo de esta dialéctica de dominación y resistencia. La pregunta que se abre ante nosotros —pueblos de Venezuela, de América Latina y del mundo— es si seremos capaces de desarrollar las formas organizativas, las subjetividades y las conciencias que nos permitan no solo resistir, sino vencer en este nuevo terreno de batalla.

Referencias

[1] Waldman, T. (2021). Vicarious Warfare: The Counterproductive Consequences of Modern American Military Practice. Contemporary Security Policy, 38(3), 409-431. https://doi.org/10.1080/13523260.2017.1393201

[2] Tan, A., & Perlmutter, D. (2006). The more you know, the less you understand: The problem with information warfare. Journal of Strategic Studies, 29(3), 497-521. https://doi.org/10.1080/01402390600765900

[3] Cañizález, A. (2003). Breaking Democracy: Venezuela’s Media Coup. Media International Australia, 108(1), 75-85. https://doi.org/10.1177/1329878×0310800114

[4] Forelle, M., Howard, P., Monroy-Hernández, A., & Savage, S. (2015). Political Bots and the Manipulation of Public Opinion in Venezuela. SSRN Electronic Journal. https://doi.org/10.2139/ssrn.2635800

[5] Hesketh, C. (2019). A Gramscian Conjuncture in Latin America? Reflections on Violence, Hegemony, and Geographical Difference. Antipode, 51(4), 1179-1199. https://doi.org/10.1111/anti.12559

[6] Buxton, J. (2019). The Missteps of Venezuela’s Opposition—Again. NACLA Report on the Americas, 51(2), 125-130. https://doi.org/10.1080/10714839.2019.1617472

[7] López-Rodríguez, A. M. (2021). Legal Consequences of and Approaches to the Question of Recognition of a Government of a State: Disputes involving Venezuela. ICSID Review – Foreign Investment Law Journal, 36(3), 491-514. https://doi.org/10.1093/icsidreview/siab022

[8] Mooney, J. (2021). Economic Sanctions, International Law, and Crimes Against Humanity: Venezuela’s Referral to the International Criminal Court. American Journal of International Law, 115(2), 305-312. https://doi.org/10.1017/ajil.2021.20

[9] Melo, B. P. (2018). To Be or Not to Be, That Is the Question?—Fragments of Marxist Theory on the Movements of Class Consciousness. International Critical Thought, 8(1), 102-118. https://doi.org/10.1080/21598282.2018.1430602

[10] Hawkins, K., Rovira Kaltwasser, C., & Andreadis, I. (2018). Polarization, Participatory Democracy, and Democratic Erosion in Venezuela’s Twenty-First Century Socialism. The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science, 681(1), 62-79. https://doi.org/10.1177/0002716218817733

[11] Morozov, E., & Erofeev, S. (2017). Hybrid wars: the archaization of political consciousness and involution of media. Russian Journal of Communication, 9(1), 62-76. https://doi.org/10.1080/19409419.2017.1323177

[12] Luz, N., & Miller, E. (2020). Minimal Effects, Maximum Panic: Social Media and Democracy in Latin America. Social Media + Society, 6(4), 1-12. https://doi.org/10.1177/2056305120984452

[13] Krieg, A., & Rickli, J.-M. (2018). Surrogate warfare: the art of war in the 21st century? Defence Studies, 18(2), 159-186. https://doi.org/10.1080/14702436.2018.1429218

[14] Main, A., & Dangl, B. (2019). Venezuela: A Critical Moment to Challenge Intervention. Socialism and Democracy, 33(2), 118-125. https://doi.org/10.1080/08854300.2019.1638184

[15] Petras, J., & Veltmeyer, H. (2018). Class Struggle Back on the Agenda in Latin America. Journal of Developing Societies, 34(1), 1-23. https://doi.org/10.1177/0169796×17753000

[16] Youngers, C. (2000). Cocaine Madness Counternarcotics and Militarization in the Andes. NACLA Report on the Americas, 34(3), 16-23. https://doi.org/10.1080/10714839.2000.11722614

[17] Morales, G. (2018). Comparative analysis of the emerging projects in Latin America after the crisis of the neoliberal modernity project in the early 21st century. Thesis Eleven, 149(1), 48-66. https://doi.org/10.1177/0725513618813382

[18] Robinson, W. I. (2024). Downplaying U.S. Imperialism Despite its Ongoing Tenacity: The Latin American Dimension. Latin American Perspectives, 51(2), 3-22. https://doi.org/10.1177/0094582×241256896

Nota al pie

* La archaización de la conciencia política, es un fenómeno contemporáneo en el que los discursos, comportamientos y estructuras mentales de la política moderna retroceden hacia formas más primitivas, emocionales o tribales. Este proceso implica abandonar el debate racional y la complejidad democrática en favor de la dinámica basadas en la división, la identidad grupal y líderes. Se puede reconocer en este fenómeno características y formas de expresión que evidencia culturas políticas populistas y emocionales, donde la conciencia política se deforma a alejarse de la comprensión estructural de los problemas y enfocarse en el odio, el rencor social y la división. As mismo, encontramos formas de tribalismo, como un retorno a la lógica de “amigo-enemigo”, donde la pertenencia al grupo es más importante que las propuestas políticas. Se expresa también el liderazgo paternalista, que muestra la reaparición de figuras de autoridad vistas como “pastores del pueblo”, un concepto arcaico descrito por plato donde el líder asume un rol educador o paternalista sobre la ciudadanía. Por último, podemos encontrar la desinformación como herramienta, creando un contexto que permite que la desinformación alimente este retroceso, afectando la toma de decisiones razonables.

Este fenómeno se ve alimentado por la lucha por recursos, la polarización y la arremetida de intereses económicos. En lugar de una conciencia política basada en la ciudadanía moderna, se promueve una que busca “salvadores” o respuestas simples a crisis complejas. La archaización busca concentrar el poder en figuras que apelan a pasiones primarias, eliminado la racionalidad. Es un retroceso hacia formas autoritarias o tribales de entender el poder, impulsando por la polarización y la manipulación emocional, mientras la conciencia política sana busca transformar las relaciones de poder de manera horizontal y colectiva.

+ Ingeniero y magíster en Historia egresado de la UCV. Actualmente, doctorante en Creación Intelectual (UNESR). Decano Honorario de la Universidad Iberoamericana. Profesor Honorario de la Universidad Politécnica Territorial Alonso Gamero. Diplomático. Director del Centro de Investigación Contrahegemónica Luis Acuña de LAUICOM, investigador de la línea guerra cognitiva en LAUICOM.  Coordinador de la Red Internacional de Investigación Antifascista. / pedropenso@gmail.com

Peregrinación, la ruta a la paz

Peregrinación

Por Carolina Escarrá Gil*

El 19 de abril inició la gran peregrinación “Unidos por una Venezuela sin sanciones y en paz”, anunciada por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien hizo un llamado a “todos los sectores políticos a dejar de lado las diferencias” y “luchar en conjunto para que cese el bloqueo y cesen las sanciones a nuestro país”, además de que continúa impulsándose la cohesión social y el reclamo por justicia en el caso de nuestro presidente Nicolás Maduro, prisionero de guerra secuestrado, así como de la primera Dama y diputada Cilia Flores, también secuestrada por el gobierno de los EE. UU.

La peregrinación inició con Zulia, Amazonas y Táchira. En Táchira, en el marco de la peregrinación, sectores productivos y sociales firmaron el “Acuerdo de Convivencia y Paz por la Eliminación de los Bloqueos y la Recuperación Económica de Venezuela”, el cual fue refrendado por representantes de la banca, empresarios, ganaderos, sector médico, universitario, deportistas y emprendedores, y fue entregado al gobernador Freddy Bernal y al ministro Diosdado Cabello. En Cojedes, en presencia de la Presidenta encargada, el gobernador opositor Alberto Galíndez, se unió a la peregrinación, indicando que el levantamiento de las medidas coercitivas unilaterales, y el acceso a nuestros recursos congelados en el extranjero, “pueda convertirse en mejoras en las condiciones de vida de los venezolanos” y en “mejores salarios para nuestro pueblo”. Así han seguido las peregrinaciones en otros estados del país.

Algunos elementos a precisar:

Por un lado, el hecho de que el inicio haya sido el 19 de abril, justo el día en que se celebra nuestro grito de independencia hace 226 años, del yugo del imperio de turno. Esto no solo refuerza el valor histórico de la fecha, sino que también refuerza un elemento identitario y soberano. 

Por otro lado, no es una marcha con consignas políticas, orientada por un partido con una ideología. Se trata de una peregrinación con sentido espiritual, de fe, de esperanza, en el marco de un reclamo de justicia social, ante esas medidas coercitivas unilaterales. Medidas  que no solo han afectado enormemente nuestra economía, sino también nos han afectado en lo social, en lo jurídico, en lo espiritual, y en el marco de nuestra resistencia contrahegemónica a la superestructura dominante que pretende ser hegemónica.

Un recorrido por lo  largo y ancho del país, para sumar voluntades en esta lucha contra las medidas coercitivas unilaterales, pero también a favor de una prosperidad que nos pertenece, porque “Venezuela vuela libre”.  Además, la peregrinación cuenta con el apoyo del presidente Nicolás Maduro y la Primera Dama, Cilia Flores, quienes se expresaron a través de las redes sociales, recalcando las ideas de unidad, libertad y unión superior del pueblo venezolano en el marco de esta peregrinación.

Venezuela Vuela Libre

Un elemento fundamental es nuestro derecho a estar libre de la coacción económica que ejercen EE. UU., la UE, Panamá, Reino Unido, Suiza y Canadá, los cuales han impuesto esas medias ilegales a nivel internacional, ya que no cuentan con el aval del Consejo de Seguridad de la ONU, y dependen en gran medida de una visión de supremacismo de parte de las élites que gobiernan esos países.

Se trata de medidas que afectan a algunas figuras políticas que se encuentran en la lista de nacionales especialmente designados de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (Ofac) del Departamento del Tesoro de los EE. UU., pero también de medidas que afectan instituciones que permean la “sanción” contra todo el pueblo venezolano, cuando impiden el acceso a recursos que nos pertenecen a todas y todos los venezolanos y que pueden servir para aliviar algunos problemas sociales, especialmente vinculados a los servicios públicos y a la calidad de vida en el buen vivir de nuestro pueblo, que nos permitan lograr la máxima esgrimida por el Libertador en Angostura en relación al gobierno más perfecto: aquel que produzca la mayor suma de estabilidad política, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de felicidad posible para nuestro pueblo.

Algunos datos

De acuerdo con la página web del Observatorio Venezolano Antibloqueo, tenemos 1088 medidas coercitivas unilaterales, aunque la presidenta encargada habla de 1081; 31 toneladas de oro congeladas en el Banco de Inglaterra, además de más de 7 mil millones de dólares en otros bancos extranjeros. Llegamos a perder el 99 % del ingreso por concepto de hidrocarburos y aún así en lugar de disminuir, aumentó la inversión social de nuestro presupuesto en términos porcentuales.

En 2013 teníamos un ingreso petrolero de 53 mil millones de dólares, que en el año 2020, se ubicó en apenas 742 millones de dólares. En 2015 se producían 2,4 millones de barriles diarios, lo que bajó a apenas 400 mil barriles diarios en 2020, aunque hemos remontado a poco más de 1 millón en los momentos actuales. Hemos perdido activos importantes como Citgo que ha sido subastado por un tribunal, aunque gracias a una “licencia” del gobierno estadounidense, no se puede ejecutar hasta el 5 de mayo. 

Todo ello, con el contubernio de grupos no solo extremistas sino apátridas que mal administraron esos recursos que le fueron secuestrados al pueblo de Venezuela y entregados a esos pseudo líderes que aún hoy, abogan por más medidas coercitivas unilaterales.

Licencias no levantan “sanciones”

Además, eso nos lleva al tema de la diferencia entre las medidas coercitivas unilaterales, llamadas sanciones, por ellos, y las licencias que otorgan como migajas que pueden recoger cuando quieran para seguir presionando y afectando nuestra economía y buen vivir, licencias que cuentan con algunas limitaciones, especialmente temporales y algunas veces espaciales, pudiendo ser la mayoría de ellas modificadas según lo considere pertinente la secretaría de Estado estadounidense, que dirige actualmente Marco Rubio.

Además, me parece interesante que nosotros que abogamos por definirlas como medidas coercitivas unilaterales, ahora las llamemos sanciones, por lo cual considero que debe tener de trasfondo el hecho de que se trata de un factor de unificación, como los cinco consensos planteados por el presidente Maduro en 2024, pero que el mensaje es más para los estadounidenses que para nosotros mismos. 

En todo caso, el inicio de la campaña estuvo acompañado por mucho pueblo como lo señaló la presidenta encargada Delcy Rodríguez, quien destacó que la gente “se volcó, de verdad, a las calles en oración, en canto, en conversación”, y sobre todo en unidad nacional, para exigir se eliminen las medidas coercitivas unilaterales, como condición para la mejora del entorno económico y social del país, pues contrario a lo que se ha dicho en ciertos medios de in-comunicación, no afectan solo a particulares, sino a todo el pueblo venezolano.

* Investigadora y docente universitaria desde el año 2007, doctora en Pedagogía Crítica de la UNESR, magíster en Ciencias Políticas en la Sorbona, y en Diplomacia y Negociación Estratégica en la Universidad de Sceaux, miembro del Vicerrectorado de Investigación y Creación Intelectual de LAUICOM y de la Red Internacional de Investigadores Antifascistas, articulista semanal en Correo del Orinoco desde 2012 / cescarragil@gmail.com.

Habermas en la encrucijada

Habermas en la encrucijada: balance crítico desde el Sur Global para la comunicación del siglo XXI

A la comunidad crítica mundial de pensadores, comunicadores y agentes de transformación de la historia:

Tras el reciente y sensible fallecimiento de Jürgen Habermas, la filosofía y la teoría de la comunicación pierden a uno de sus gigantes. Su obra, vasta y profunda, ha sido un faro ineludible para comprender la modernidad, la democracia y el papel del lenguaje en la vida social. Sin embargo, desde la perspectiva situada de Nuestra América, desde el dolor y la esperanza de los pueblos del Sur Global, y armados con las herramientas críticas del materialismo histórico y la filosofía de la liberación, tenemos la obligación ética y epistemológica de realizar un balance crítico de su legado. No para demolerlo, sino para situarlo, para reconocer sus luces y, fundamentalmente, para señalar sus sombras, aquellas que su racionalidad moderna occidental no alcanzó a iluminar. Este breve ensayo busca contribuir a ese necesario debate en el alba de este complejo siglo XXI.

I. El legado incontestable: La comunicación como condición de posibilidad de lo humano

El aporte principal de Habermas, su “Teoría de la Acción Comunicativa”, constituye un hito epistemológico. Al desplazar el eje de la filosofía de la conciencia (el sujeto cartesiano que se relaciona con objetos) a la filosofía del lenguaje (sujetos que se relacionan entre sí a través de símbolos), Habermas nos dotó de una praxis epistémica fundamental: el reconocimiento de que la comunicación no es un mero acto informativo, sino el sustrato mismo de la socialización y la reproducción social.

Su uso del concepto de “mundo de la vida” (Lebenswelt), tomado de sus maestros Husserl y Heidegger, con el trasfondo de certezas incuestionadas y saberes compartidos, es el horizonte desde el cual nos comunicamos. Y es precisamente desde allí que, para Habermas, se despliega la fuerza racionalizadora de la “acción comunicativa”, orientada al entendimiento mutuo. En un mundo crecientemente colonizado por los imperativos sistémicos del dinero y el poder (el mercado y la burocracia), su propuesta de una “ética del discurso” se erige como un importante baluarte defensivo. Los “presupuestos universales de la comunicación” (inteligibilidad, verdad, veracidad y rectitud normativa) no son meras idealizaciones; son condiciones de posibilidad de cualquier interacción social genuina. Para la comunicación del siglo XXI, sumergida en la vorágine de la desinformación digital, las fake news, los deep fakes y la fragmentación algorítmica, reivindicar la posibilidad del entendimiento y la validez del mejor argumento es, sin duda, un acto de resistencia. La pedagogía comunicacional que emerge de su obra nos llama a formar ciudadanos capaces no solo de emitir mensajes, sino de argumentar y, sobre todo, de escuchar.

II. El diálogo de sordos con la tradición crítica: Marx, Gramsci y la materialidad de la dominación

Sin embargo, desde nuestra perspectiva, el edificio habermasiano se sostiene sobre una base de arenas movedizas. Su crítica a Marx, a quien reconoce pero al que acusa de reducir la acción social al “trabajo” (acción teleológica o estratégica), olvidando la “interacción” (acción comunicativa), resulta en una escisión problemática. Para pensadores como Marx, Engels y Lukács, la cosificación no es solo un problema sistémico, sino que penetra la propia conciencia individual y social y, por ende, el mundo histórico de la vida. La lucha de clases no es solo un conflicto por la distribución de la riqueza, sino una batalla por la interpretación del mundo, una batalla que se libra en el terreno de la hegemonía, como bien señaló Gramsci.

Aquí reside una de las limitaciones más profundas de Habermas: su formalismo procedimental. Al concentrarse en las condiciones del diálogo (la “situación ideal de habla”), descuida las condiciones materiales que determinan quién puede hablar, con qué autoridad y con qué posibilidades de ser escuchado. La comunicación no ocurre en un éter puro de intersubjetividad, sino en el seno de relaciones de poder asimétricas. Un campesino sin tierra en Brasil, una mujer racializada en Colombia, un trabajador precarizado en Argentina, no pueden entablar un diálogo en pie de igualdad con un terrateniente canadiense o un gerente transnacional de Alemania. La ideología, ese concepto central que Bajtin exploró a través del signo como “arena de la lucha de clases”, se diluye en la propuesta habermasiana. La pregunta que nos lega Lenin no es solo cómo lograr un acuerdo, sino para qué y contra quién. La comunicación liberadora no puede ser neutral; debe tomar partido en favor de su de clase y de sus pueblos.

III. La ceguera eurocéntrica: La crítica desde la Filosofía de la Liberación

La objeción más radical, sin embargo, proviene de nuestra propia tradición. Figuras cardinales como Enrique Dussel y Franz Hinkelammert han deconstruido el universalismo abstracto de la ética del discurso. Habermas, a pesar de su esfuerzo por superar la filosofía de la conciencia, permanece anclado en lo que Dussel denomina el “eurocentrismo” de la Modernidad. Su “mundo de la vida” es, en esencia, el de la Europa de la posguerra, el del Estado de bienestar y la socialdemocracia occidental y occidentalizada. No logra ver que ese mundo de la vida se constituyó, históricamente, a costa de negar otras culturas, otros mundos y otras vidas.

Desde la “analéctica” dusseliana, el otro, la víctima, el excluido del diálogo, no es simplemente un participante más que aún no ha llegado a la mesa de la argumentación. Es un “otro” que interpela desde la exterioridad del sistema. Antes del diálogo, está el clamor del expropiado, el empobrecido, la exigencia de justicia del oprimido. La “comunicación” para la Filosofía de la Liberación no es primariamente un acto de entendimiento mutuo, sino un acto de revelación y dev asunción de una responsabilidad histórica. Como señalaba Juan Bautista Segales, siguiendo a Dussel, se trata de aprender a “pensar desde la negatividad”, desde la vida concreta de quienes fueron y siguen siendo expoliados, explotados, expropiados y culturalmente negados por el sistema. La razón dialógica de Habermas, al no historizar su propia posición histórica de clase, deviene una razón que, sin quererlo, legitima el statu quo, al presuponer un espacio de interlocución horizontal que el capitalismo occidental ha destruido y sigue destruyendo sistemáticamente.

A esto cabe sumarle la crítica de Joseph Estermann desde una perspectiva intercultural e “inter-filosófica”. El pensamiento de Habermas, pese a su pretensión universalista, es profundamente monocultural. Se basa en una concepción del lenguaje y la argumentación occidental que privilegia la lógica formal, la coherencia interna y la abstracción, dejando de lado otras formas de comunicación, otras racionalidades, como las que perviven en las comunidades populares y los pueblos indígenas de nuestra Abya Yala: la ritualidad, el mito, la corporalidad, el baile, el sueño, la comunión con la naturaleza (la Pachamama). Estas no son etapas superadas hacia la modernidad comunicativa, sino racionalidades alternativas que ofrecen otras claves para enfrentar y superar la crisis civilizatoria. La comunicación del siglo XXI, si quiere ser verdaderamente universal, debe ser, ante todo, intercultural y transmoderna, capaz de escuchar no solo argumentos racionales y lógicos, sino también alteridades, silencios, ritos y memorias.

IV. Llamado a un balance crítico para la nueva comunicación

Estimada comunidad crítica mundial, al despedir a Habermas, no podemos caer en la hagiografía ni en una crítica simplista. Su obra es un espejo trizado de las contradicciones de la modernidad occidental que habitamos. Su llamado a la razón, al debate público y a la resistencia contra la colonización sistémica es más necesario que nunca en la era de la comunicación algorítmica y la posverdad.

Pero la nueva comunicación del siglo XXI, la que necesita la humanidad para sobrevivir a la crisis de valores, ecológica y a la barbarie del capital, debe ir más allá. Debe ser una comunicación que:

1. Parta de la materialidad de la vida, como nos recuerdan Hinkelammert y Dussel, reconociendo que no hay diálogo posible con estómagos vacíos, tierras robadas y vidas precarizadas.

2. Se reconozca como un campo de lucha contrahegemónica, donde el desafío no es solo el mejor argumento, sino la construcción de un nuevo sentido común anticapitalista y descolonial, recogiendo la lección de Gramsci, Dalton, Estermann, Grosfoguel y Bautista Segales, entre otros.

3. Aprenda a escuchar las voces de la exterioridad, las de los pueblos originarios, las feministas comunitarias, los movimientos afrodescendientes, los pueblos indígenas y campesinos que han sido sistemáticamente silenciados por el diálogo sin dialéctica materialista de los poderosos.

4. Se oriente no solo al entendimiento, sino a la liberación. La comunicación debe ser un acto de creación heroica de poder popular, de renovada concientización, como postularon Simón Bolívar, Simón Rodríguez, Ezequiel Zamora, Paulo Freire y Hugo Chávez; y de organización para la transformación de las estructuras que imposibilitan un diálogo verdaderamente simétrico.

Honremos a Habermas debatiendo, situando, superando. Construyamos una comunicología para el siglo XXI que, sin renunciar a la razón, se abra a la imaginería, la teología y la sabiduría de nuestros pueblos y se ponga al servicio de la vida, incluyendo la Madre Tierra. Esa es la tarea urgente y candente que nos convoca una nueva comunicología desde el Sur.

En Caracas, a los 15 días del mes de marzo de 2026.


Universidad Internacional de las Comunicaciones

Artículo de José Garcés Investigación LAUICOM

¿Qué imagina usted cuando mira videos de therians?

Reláfica del chancletazo volador

1.            Introducción

En algún divertido e imaginario momento ¿No le ha pasado por la cabeza que eso de los therians se acabaría con un contundente y excepcionalmente preciso chancletazo? No importa que la mente racional esgrima argumentos y profundos razonamientos explicativos, siempre hay lugar para una broma o para una jugarreta. Varios videos que circulan en las redes parecen dar fe que lo del chancletazo es una idea que pulula en la mente colectiva.

En este texto vamos a intentar analizar el fenómeno de los therians desde la óptica de la “Imaginación activa” y vamos a situar este fenómeno como una más de las muchas manipulaciones sociales con los que se ha manipulado a grandes poblaciones.

2.            Antecedentes

Es sabido que los grandes medios comienzan a hacer circular ideas que impactan a la población y lo hacen con la intención de desviar la atención sobre los grandes y verdaderos problemas de una nación. Aquí en Venezuela vivimos en los años 60 el furor que causaron los medios con lo de la picadura de la “Machaca”. Este animalito, supuestamente causaba la muerte a quien lo picaba y éste solo podía salvarse si hacía el amor en un lapso de 24 horas. Y entre chanza y preocupación los venezolanos bordeaban el tema de la machaca que ayudaba también a desviar la atención sobre el proceso de represión militar y policial que se conoció como la “Pacificación” o el aplastamiento de los movimientos de izquierda.

Se recuerda también el fenómeno de los ovni  y hasta se han hecho suposiciones de que los Ovnis han ayudado a derrocar gobiernos. RT titula: “¿Utilizó EE. UU. historias de ovnis para encubrir un golpe de Estado en Latinoamérica?” La historia es conocida por todos, cuando una noticia salta de portal en portal y de primera plana en primera plana, lo más probable es que se cumpla el axioma: “Pon una idea en la primera página de los periódicos, luego en las redes sociales y muy pronto estará en las mentes de todas las personas”.

3.            Los Therians

Más recientemente hemos visto el fenómeno de los therians; el bizarro y extraño fenómeno protagonizado por adolescentes e impulsado por las redes y las plataformas hegemónicas. Como ya sabemos, estas bizarrías tienen una función psicológica y comunicacional. Como hemos visto, este último fenómeno de los therians ocupa grandes espacios en las plataformas digitales, y al igual que las antiguas y ya olvidadas rarezas impulsados en el pasado, va más allá de una simple curiosidad.

Sabido es que los adolescentes son fácilmente sugestionables y manipulables. Basta que un grupo de pares le ofrezca aceptación y apoyo a otro adolescente, para que éste comience a ejecutar las conductas más insólitas e impensables que les son exigidas por ese grupo de pares. Estas conductas van desde los retos virales, en los que no pocos han perdido la vida, hasta participar en bandas transgresionales o el consabido consumo de drogas; esto es algo que se tiene bien estudiado. Los adolescentes son proclives a ejecutar conductas que a los ojos de sus mayores resultan extrañas e incompresibles y no pocas veces estas conductas pueden resultar lesivas para ellos mismos.  También es conocida la llamada “Actitud oposicionista” con la que el joven se empeña de un modo acérrimo e irreductible, en llevar la contraria a sus padres. La mayoría de las veces los padres terminan perdiendo la batalla contra el oposicionismo de sus hijos. Paralelo al oposicionismo está el negativismo con el que el adolescente se niega a cumplir las peticiones o demandas de sus padres. Con los therians puede haber un poco de todo esto. Sin embargo, lo que nos impulsa a hacer este análisis es la posible dinámica que generan en la sociedad. Ya circulan los memes y videos en los que el “chacletazo” parece ser la respuesta sabia y natural de los padres o mayores para “corregir” tal desatino. Es decir, el “Castigo positivo” para eliminar conductas, usando la terminología de la Teoría de la Conducta se pone de manifiesto para “curar” tales males. De cualquier manera, es el castigo lo que sustenta la imaginaria respuesta de los mayores ante la metamorfosis simbólica de sus hijos que los convierte de alguna forma en animales. Es decir, ante la inmadurez, un chancletazo puede ser muy útil significar: ¡Crece y sé adulto! Por eso la frase: “Provoca darle un cachetón” gravita en nuestra mente. Como podemos ver, todo queda a nivel de la imaginación.

4.            Dinámica psicosocial del fenómeno de los therians

En primer lugar, el joven se identifica con un animal. Es decir, se identifica con lo irracional. De hecho, se ha hecho correr la especie de que, como los perros, los therians pueden llegar a morder a personas en la calle.

En segundo lugar, los animales más frecuentemente publicitados son perros y gatos. De manera que la conexión con el imago de “Mascota” es lo que más aparece en las plataformas. Pero las mascotas no son cualquier animal, son animales muy queridos y en este momento histórico, parecen ser los compañeros afectivos de muchas parejas que deciden no tener hijos por el elevado costo de su manutención. En países como Argentina, Uruguay y España, es ya una tendencia generalizada que las parejas opten por mascotas en vez de tener hijos.

Como tercer punto, la bizarría de que un humano se comporte como animal, es lo que causa rechazo, por la falta de “coherencia” entre lo que verdaderamente se es y lo que se pretende ser. Esta incongruencia constituye un absurdo y se tiende a rechazar lo absurdo. La idea de rechazo está presente, por eso la tesis del “chancletazo” ronda nuestras mentes y hasta nos parece graciosa en honor a nuestra propia experiencia. La trashumante idea de un chancletazo, significante de la sentencia “¡Crece y sé adulto!”, aparece como la brújula que guía este barco.

Hay que hacer notar que lo “imaginal” es el punto clave de todo esto, el proceso de “Imaginar” cuál sería el tratamiento que se le debe dar a los therians es lo que es el núcleo de toda esta campaña. Recordemos a James Hillman “Primero imaginamos y después percibimos”. No importa si lo llegamos a realizar o no, basta con imaginarlo. La “Imaginación activa” (Jung) va conformando los procesos para que posteriormente podamos percibir la realidad. No importa si alguna vez lanzamos el chancletazo, lo que importa es que la mente ya imaginó esa escena, y ya está preparada para tratar a otro ser humano de la misma manera. Estas últimas ideas son derivadas de nuestras investigaciones en Imaginación activa, técnica que desarrolló Jung, y que está suficientemente cerca de la “Visualización”. En estas investigaciones nos estamos dando cuenta de que la imaginación sirve para bastante más que para perder el tiempo. De hecho, en determinadas circunstancias sirve como un órgano de percepción; recordemos a Corbin y a Hillman: “Primero imaginamos y después percibimos”.

Si unimos estos elementos, la ecuación nos quedaría así:

“Castigar incluso a quien le tenemos cariño para que se incorpore en la norma lo hará crecer”.  Así, el rechazo (chancletazo imaginario) implica la necesidad de imponer control para que alguien que se ha salido de la norma, se incorpore a la misma. Como hemos visto, es una forma de advertirle: “¡Crece y sé adulto!

De ser cierta esta aproximación, estaremos viendo que el entrenamiento que los medios y redes están aplicando a la población, no es sobre los therians, sino sobre nosotros los no therians. Es decir, nos están entrenando a rechazar inclusive a los que les tenemos cariño, si no se adaptan a las exigencias. Escuché en algún momento que en algún curso de “Comando”, también llamado “Fuerzas especiales”, se le entrega a cada uniformado un animalito a manera de mascota que tiene que cuidar a toda costa, incluso por encima de su propia vida. El participante debe alimentar, curar y velar por todas las necesidades de ese conejito o gatito hasta el final del curso. Entonces, el día de su graduación se les obliga a matarlos.  Esto con el objeto de que el comando debe cumplir su misión incluso por encima de sus afectos. Pues, este más o menos sería el entrenamiento que todos nosotros estaríamos recibiendo. Es decir, se nos está entrenando a ignorar nuestros afectos para cumplir con nuestra misión.

Condiciones geopolíticas avizoran un futuro complicado para la humanidad. Por ejemplo: el peligro de una tercera guerra mundial para que el gran hegemón de occidente pueda mantener algo de su antiguo poder, el inminente ataque a Irán por parte de los EE. UU., el avance del neoliberalismo en nuestramérica que implicó una reforma laboral claramente antiobrera en Argentina, la asfixia a Cuba, el secuestro de un Presidente en ejercicio en Venezuela. Todas estas cosas son verdaderamente graves, pero la preocupación mayor en algunos medios y plataformas es que unos adolescentes se crean perros. Sobre esta confusión de identidad, ponen a psicólogos, a filósofos y a muchos comunicadores a discutir sobre la etiología del por qué una chica se cree gato, se arma una alharaca planetaria cuando unos muchachos juegan como si fueran perros, pero nadie se asombra cuando un pobre se cree rico. Nadie pone a discutir en los medios a sociólogos para averiguar el por qué un pobre no se reconoce como pobre y apoya la reforma laboral en Argentina o vota por Edmundo Ganzález y promovido por María Corina Machado en Venezuela. Nadie hace un live (en vivo) para discutir por qué un pobre cacerolea al gobierno bolivariano en apartamentos que les dio ese mismo gobierno. Como hemos sugerido, el problema no es que haya un trastorno de identidad en los therians, el verdadero problema es el entrenamiento a que estamos siendo sometidos. Este entrenamiento consiste en hacer imaginar, muchas veces en forma jocosa, el tratamiento (chancletazo) que deben recibir los therians para ajustarse a las normas sociales.  Cuando estas normas sociales establezcan la jornada laboral de 12 horas y alguien muy cercano o querido no se ajuste, ya tenemos el software instalado: ¡Chancletazo y listo! ¡Crece y sé adulto!

Debió llamarnos la atención cuando los grandes medios comenzaron a publicar fotos y videos de la “Droga zombie”. Hacer ver al planeta que el fentanilo afectaba la salud de los estadounidenses nos parecía una crítica al sistema al develar tan cruenta verdad; nunca nos imaginamos que esas fotos y esos videos tenían el objetivo de sensibilizar a la opinión pública mundial con el objeto de condicionarlos para que apoyen la “Guerra contra los cárteles de la droga” que “matan a millones de personas en EE. UU.”, y así, nos hicieron creer que el jefe de uno de esos cárteles estaba en Miraflores. De manera que las personas que apoyaron el secuestro del Presidente Maduro, nunca recordaron que desde hace muchos años los vienen atormentando con las imágenes de muchos seres retorcidos en las calles de California. Aunque la historia del fentanilo se remonta a más de 50 años, es recién a partir del 2015 cuando comienza a publicitarse como un problema de salud pública (interesante coincidencia). Los que vieron y aplaudieron los helicópteros aquella madrugada, primero vieron a piltrafas humanas retorcidas en las calles de EUA. Como hemos visto, “primero se imagina y después se percibe”. De nuevo, el problema no eran los que consumían drogas, el verdadero objetivo de esa campaña era buscar apoyo para lo que vendría el 3 de enero.

5.            Corolario

Los therians no tienen un desenlace inmediato, su promoción va a ir creciendo en las redes y en las plataformas, y de alguna manera, esta campaña nos va a hacer que imaginemos una posible solución. Cuando la imaginemos, por improbable que sea, ya habrán alcanzado su objetivo los que manejan las sociedades. «Ten cuidado con lo que deseas, porque se puede convertir en realidad». Ya ellos han encontrado la forma de cómo convertir en realidad esas imaginaciones aparentemente inofensivas. Tal es el efecto de la imaginación y cómo se puede usar en la manipulación de grandes poblaciones. Agrippa explicaba: “No hay nadie que ignore cuán grande es la fuerza de la imaginación sobre el alma: pues se halla más cerca de la sustancia del alma que de los sentidos; es por ello que actúa más sobre el alma que sobre los sentidos”.

José Garcés*

Vicerrectorado de Investigación y Creación Intelectual (VICI) / LAUICOM

  • Psicólogo clínico y cantautor. Maestría en Psicología. Cursante del Doctorado en estudios Nuestroamericanos.  Profesor de la cátedra: Naturaleza de la Guerra Cognitiva. Investigador en LAUICOM.
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Todavía hay esperanza

Una semana de ausencia

La semana pasada empecé a escribir un artículo en el que integraba el discurso de memoria y cuenta de Drunk (borracho de poder) en EEUU justo antes de partir hacia el Foro de Davos, los 14 años de la partida física de Carlos Escarrá Malavé y una visita que pude hacer acompañando a la Gran Misión Equidad y Justicia Social Hugo Chávez, a una comunidad en la cual participé en un conversatorio junto con voceras y voceros de la comunidad, para escucharlos y también darles algunos argumentos esperanzadores de los análisis que realizo.

Lamentablemente no terminé a tiempo y perdí el espacio, por lo que aprovecho para mencionar los temas, aunque me enfoque más en la humanidad y en el peligro que corremos no solo ante los discursos de Drunk como vocero de la política America First, que no es sino un refrito del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense adaptado a estos tiempos y que no es otro que el inquilino que quiere los derechos de propiedad de la Casa Blanca, como lo dejó claro en Davos.

Junta de paz

De lo más grave que sucedió en Suiza, fue la presunta Junta de paz organizada por Drunk con la invitación a 59 países, cuya membresía implica el aporte de al menos mil millones de dólares, que pueden ser pagados de distintas maneras, como por ejemplo la sesión de la región de Ushuaia por parte del arrastrado de Milei, rompiendo no solo con la soberanía argentina, sino con su estructura federal, tal cual está haciendo su papi Drunk en EEUU, donde parece estar forzando una especie de guerra civil.

Luego de la inacción y la indolencia de la comunidad internacional ante la economía del genocidio, planteada por la relatora de la ONU para Palestina, Francesa Albanese, en julio del año pasado, entre otras muchas pruebas y evidencias; finalmente Drunk apuntó a su yerno Jared Kushner para explicar la propuesta de paz palestina, consistente en la construcción del emporio turístico y hotelero que Drunk ya había presentado desde inicios de su segundo gobierno, plan en el cual el yerno ha estado trabajando desde antes del supuesto ataque de Hamas del 7 de octubre del 2023, como lo dejó ver su socio Daniel Lambert en una entrevista.

¿ONU paralela?

Y si esto es grave, es mucho más grave el pretender que dicha supuesta junta de paz, con reglas y leyes aplicadas según la moral drunkiana y la diplomacia de cañoneras, se perfile como una especie de ONU paralela, que cuenta con el apoyo de una cantidad de países similar a la que reconoció a un supuesto interino venezolano en 2019, y que no llega ni a la tercera parte de los países que conforman la ONU en la actualidad, además de no dejar espacio para el pueblo palestino que ha colocado los muertos.

Podemos pensar como lo hemos explicado en otros artículos, que la ONU no solo es disfuncional sino que nació muerta al permitir derecho a veto de los cinco países que habían lanzado alguna vez un arma nuclear; pero al menos existía la ilusión de que había un orden basado en normas en el plano internacional, que permitía el equilibrio en base a los fundamentos de su carta fundacional, razón por la cual recordamos las propuestas enunciadas por el comandante Chávez y luego por el presidente Maduro, de lograr una refundación de Naciones Unidas.

No obstante es algo mucho más grave que simplemente distópico, una instancia cuyo único fundamento ideológico es la inyección de capital para construcción inmobiliaria, y una moral de imponer la paz por la fuerza, sobre la base de un cementerio como han convertido a Gaza donde se cuentan solo desde el 7 de octubre de 2023, 71.550 asesinados y 171.365 heridos al 21 de enero, sin contar la cantidad de cuerpos que no han podido ser ubicados en los escombros ni los efectos de bombardeos a Cisordania y al Líbano.

Ruptura

Ante las pretensiones de Drunk sobre Groenlandia y Canadá, y solo al estar en peligro la existencia del mundo producto de la paz de Westfalia, sustentada en el estado-nación, el primer ministro de Canadá Mark Carney, ex banquero prolijo que ha callado históricamente ante los ademanes gringos, defendiendo su ideología de clase capitalista transnacional, admitió que el orden internacional basado en reglas era falso, pues los poderosos se exceptuaban a sí mismos cuando les convenía y sus leyes se aplicaban dependiendo de quién era el acusado y quién la víctima, pero reconoció que el sistema de ficción era útil, pues a su parecer la hegemonía gringa proveía bienes públicos y un sistema financiero estable.

Sin embargo, habló de la existencia de una “ruptura” a nivel del orden internacional y no una transición por lo cual fue aplaudido, lo cual me hace pensar en el Foro de Davos hace 4 años en el cual luego de la pandemia, el fundador de ese club de millonarios -que heredó este año el director general del fondo buitre Blackrock-, Klaus Schuab, habló de realizar un “reseteo” postpandémico, ligado al proyecto identidad 2020 del que hemos hablado en esta columna.

Anécdotas de Davos y otro plan

Por supuesto, muchas anécdotas, entre ellas que el canciller alemán haya dicho que va a proteger a Groenlandia de la amenaza rusa; las tonterías de Milei en una sala vacía; la descripción que hace Elon Musk de un mundo de ricos y robots; o el propio Drunk, quién habló de Groenlandia/Islandia, de Somalia, de México, de lo que considera son los logros de su primer año de gobierno, mientras en EEUU la gente sobrevive.

La guinda del pastel es la publicación de la estrategia de defensa del Pentágono, ligada a la estrategia de seguridad drunkiana, donde pone el énfasis en el desarrollo de la industria armamentista al tiempo que insiste en la propiedad de Panamá, del golfo de América y de Groenlandia -siendo que ya tiene la Patagonia-, para su estrategia de contener a China sin confrontarla, dejando los otros frentes a sus aliados europeos y asiáticos, recordando sus amenazas principales: China, Rusia que casi ni menciona, Irán y la República Popular Democrática de Corea, pero reconociendo en Israel un “aliado modelo” al cual le sigue brindando apoyo militar “ilimitado” e incondicional.

Respuestas

Sin embargo, más allá de estos documentos gringos, más allá de las pretensiones Drunkianas, más allá de las pretensiones de la clase transnacional capitalista, están no solo los pueblos que despiertan, sino que hay otros países que también están jugando en el tablero, generando movimientos interesantes como los que han llevado a la caída del dólar esta semana por la venta de bonos de la deuda, no solamente por parte de China sino también de Suiza.

Hay una gran expectativa en torno a la próxima reunión entre Drunk y Xi Jinping prevista para el mes de abril de 2026, se filtró un audio en el que Rusia no cede espacios petroleros negociados con Venezuela, Irán cierra el estrecho de Ormuz, y hasta los “aliados” drunkianos se reacomodan. Todavía hay esperanza, sigamos en resistencia combativa.

Prof. Martín

Análisis: Venezuela, el 5to alfil

Por: Martín Augusto Román ProfesorLAUICOM

Hoy somos un pueblo unido enfrentando otra situación sobrevenida. Si a alguien le faltaba entender que los centros de poder nunca se detendrán en su afán por saciar su codicia energética y sanar su emergencia monetaria, ya debe estar preclaro. Tras el bombardeo a Caracas, La Guaira y Miranda, y el secuestro del presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, no quedan dudas.

Ha llegado el momento histórico de comprender en colectivo —en comunidad— cuál es nuestra situación como Estado-Nación. Analicemos datos públicos y verificables en cuatro ámbitos que forman parte del mismo escenario geopolítico:

Primero: Caracterización del enemigo

Debemos identificar al enemigo que hoyó con fuego asesino nuestra tierra sagrada. Estados Unidos se encuentra en un franco declive de su hegemonía unipolar frente a Rusia y China. Su condición económica, social y política se resume en los siguientes puntos:

Deuda pública: Posee $38.5 billones ($38.500.000.000.000,00) en deuda pública (letras, pagarés y bonos del tesoro). El pago de intereses a sus acreedores supera el billón de dólares anuales.

Recursos críticos: Carece de tierras raras necesarias para fabricar misiles, satélites y pantallas.

Inestabilidad interna: Donald Trump ha interrumpido el plan imperial de globalización; el Deep State acecha la Casa Blanca y el pueblo estadounidense se manifiesta en las calles.

A pesar de esto, EE.UU. mantiene factores de poder frente a pares como Rusia y China, y naciones emergentes como Brasil, India e Indonesia:

  1. El dominio del dólar y su industria cultural, aunque debilitados, persisten en occidente.
  2. Posee 4.000 ojivas nucleares y la fuerza armada más extendida del planeta.

Solo la disuasión de una guerra popular de resistencia prolongada impide que ocupen Venezuela. Como potencia en declive, EE. UU. ajusta su «doctrina de guerra», asumiendo el continente americano —desde el Estrecho de Bering hasta las Malvinas— como su área vital para expandir su mercado a 1.000 millones de consumidores. Buscan profundizar la debilidad institucional de los 33 países de la región para expoliar sus riquezas. Nos enfrentamos, pues, a un ciclo histórico similar al de hace 534 años: un imperio desgastado y agresivo en guerra monetaria contra un mundo multipolar.

Segundo: Fortalezas de la República

La República Bolivariana de Venezuela y su proceso constitucional permanecen intactos. Exigimos la liberación del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, secuestrados por el Estado-Nación estadounidense. Esta intervención encuentra a un 94% de la población unida en la defensa de nuestra soberanía territorial y política.

Esta unidad nacional coincide con la fase final del plan de recuperación económica. Venezuela cuenta con una cultura productiva y monetaria única:

Soberanía financiera: No existe deuda con el FMI ni el Banco Mundial; poseemos suficiente oro y materias primas para respaldar nuestro sistema monetario.

Innovación económica: Tenemos la única economía indexada del planeta y una red estatal de economía digital óptima: el Sistema Patria.

Capacidad tecnológica: Más del 90% de la población está bancarizada y posee habilidades para operar en la economía digital.

Producción petrolera: Aumentamos de 600.000 a 1.200.000 BPD en 24 meses, utilizando conocimiento y pasión patria en lugar de patentes extranjeras.

Tercero: El escenario multimoneda y recursos

Si el dólar está agotado y pretenden incorporarlo a nuestro sistema multimoneda nacional, debemos responder formando un ejército de venezolanos hábiles en economía digital. Somos los dueños del petróleo y los minerales del subsuelo por designio bolivariano (Chuquisaca, 1825).

El petróleo venezolano será el canal para transar con stablecoins (USD1, USDT, USDC), lo que podría fortalecer el petrodólar en el sistema financiero americano por fuera de los bancos centrales tradicionales. Además, nuestros recursos (petróleo, coltán, hierro, aluminio, gas, torio) atenuarán el impacto inflacionario ante la devaluación programada del dólar entre 2026 y 2030. El oro será nuestra garantía de reserva de valor fundamental en esta guerra monetaria.

Si el mundo requiere petróleo, deben suspenderse las sanciones; de lo contrario, solo empresas rusas y chinas expandirán su presencia en nuestros 18.000 pozos. Nuestro ecosistema digital permite que el petrodólar en criptoactivos funcione como detonante de una canasta nacional de monedas que incluya el e-VES, e-CNY y e-RUB.

Cuarto: Democracia directa y geopolítica

En este relato hegemónico, la democracia ha sido descartada por el enemigo. Frente a la intención de robarnos el oro, nuestra arma más poderosa es el sistema de democracia directa: la Consulta Pública.

Venezuela es el «5to alfil» en el tablero geopolítico multipolar. La acción violenta de Donald Trump, diseñada para provocar la falta absoluta del presidente, ha resultado en el secuestro de un mandatario en ejercicio, quien es ahora un prisionero de guerra. Hemos constituido un renacido sentido de la venezolanidad, capaces de vencer la incertidumbre y renacer con más fuerza.

Cierre

Este análisis presenta escenarios inéditos de reconfiguración económica global. Venezuela tiene las condiciones objetivas y subjetivas para transformar su realidad política, social y económica de inmediato. Como colectivo nacional, nuestra ruta es clara:

  1. Exigir la liberación inmediata de Nicolás Maduro y Cilia Flores.
  2. Defender la soberanía territorial, política y económica.
  3. Resguardar el patrimonio, el territorio nacional y la paz del pueblo patriota.

Frente a la fuerza, oponemos la palabra y el interés nacional. Caminemos la senda de la paz con el escudo de la dignidad, sabiendo que, de ser necesario, cada quien sabe dónde está su fusil.

National Security

Semiótica del National Security Strategy 2025 de USA

Fernando Buen Abad Domínguez

¿Qué significa todo esto?
Desde nuestra mirada semiótica crítica, este documento no puede leerse meramente como plan militar o diplomático, es una Guerra Cognitiva o Batalla Cultural burguesa sobre el orden económico y simbólico mundial, es una nueva gramática de dominación, un reordenamiento de sentidos sobre patria, soberanía, amenaza, identidad, poder. Constituye una operación de hegemonía simbólica: redefine lo que es normal, deseable, legítimo; lo que es amenaza, inseguridad, decadencia; lo que merece protección, intervención, coerción. Y en ese juego simbólico‑estratégico, hay una apuesta por la domesticación del miedo, por la militarización del imaginario social, por la naturalización de la xenofobia, por la resemantización del nacionalismo como escudo contra el caos. Se instituye una nueva semiótica del Estado‑gendarme, de la frontera fortificada, del antagonismo perpetuo, de la soberanía cerrada, de la identidad homogénea. Es un escenario irrenuncable para la disputa por el sentido.

No es un documento neutro; es una operación de poder que respira violencia simbólica, que construye realidades y legitima hegemonías. Desde su primera línea, proclama la soberanía absoluta del Estado-nación como principio irrenunciable, y en esa declaración se inscribe una gramática de exclusión: América no debe compartir su destino, debe defenderlo como un territorio sagrado, como un espacio delimitado por fronteras invisibles y amenazas siempre acechantes. La fuerza no es opción; es mandato, y la legitimidad de la violencia se convierte en norma, en principio rector de la seguridad, en ley no escrita que organiza el mundo y lo redefine. El texto no describe peligros, los produce, los magnifica, los codifica en signos que la sociedad interioriza, que el ciudadano acepta como inevitables. Cada enemigo nombrado —migrantes, potencias extranjeras, actores no estatales— no es simplemente una amenaza; es un significante cargado de miedo, un símbolo que condensa caos, decadencia y peligro, una excusa para justificar el control total y la intervención preventiva. Justificación perfecta para la industria de las armas.
Convierte la historia en mito selectivo y su memoria en instrumento de poder. Europa es decadencia, América Latina es subordinación, Asia es competencia implacable, y cada espacio geopolítico recibe un valor moral y estratégico, un signo que lo posiciona en el tablero de la supremacía. Se establece así un código semiótico de aliados y enemigos que no depende de hechos objetivos, sino de narrativas mercantiles cuidadosamente elaboradas, Europa debe salvarse de sí misma, América Latina debe obedecer, China debe ser contenida, y el orden internacional queda redefinido por la prioridad absoluta del interés estadounidense. La violencia se naturaliza como método, el miedo se normaliza como estado, y la intervención se convierte en derecho inherente del poder que se sabe superior.
En el corazón del documento late una obsesión con la identidad nacional que trasciende la política y toca la cultura misma, lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es diversidad, es amenaza; la mezcla no es riqueza, es descomposición. Los signos de la alteridad —idiomas, costumbres, migración, prácticas culturales— son resignificados como vectores de inseguridad, y esa re-significación opera sobre la percepción social con la fuerza de una máquina disciplinaria: condiciona el imaginario, moldea comportamientos, genera consenso y miedo a la vez. Cada palabra de la estrategia actúa sobre el lector, sobre el ciudadano, sobre la comunidad, construyendo la sensación de que sin control absoluto y vigilancia permanente la nación sucumbiría.
Se despliega además como una coreografía de poder. La fuerza militar no es instrumento, es lenguaje; la economía no es intercambio, es signo de influencia; la diplomacia no es diálogo, es dispositivo de dominación. Cada decisión, cada línea, cada categoría semántica comunica jerarquía y orden: la seguridad se entiende como supremacía, y la supremacía como necesidad moral. La retórica de urgencia y declive articula un crescendo de peligro que legitima cualquier medida, desde la militarización de fronteras hasta la presión económica y la manipulación diplomática. No hay neutralidad; no hay pausa; todo está destinado a producir consentimiento, obediencia, aceptación silenciosa del imperativo de dominio.
Desde la perspectiva de nuestra semiótica crítica, el NSS 2025 es un dispositivo de construcción de realidades, produce enemigos, inventa riesgos, crea consenso mediante la normalización del miedo, y redefine la idea misma de lo legítimo y lo ilegal, lo propio y lo extraño. No se limita a describir la seguridad; la fabrica. No se limita a planear la defensa; condiciona el deseo y la percepción. No se limita a identificar aliados; establece categorías morales que ordenan el mundo y definen la jerarquía de valores. La estrategia, en su esencia, es un acto performativo, produce la realidad que proclama, instituye el orden que anuncia, naturaliza la violencia que necesita para sostenerse.
Finalmente, el documento revela que la seguridad contemporánea no es protección ni bienestar, sino hegemonía. La NSS 2025 nos muestra que la nación se mantiene erguida sobre la exclusión, que la paz se alcanza mediante la fuerza y que la moralidad se mide por la capacidad de imponer un orden global unilateral. Cada signo del texto, cada enunciado, cada construcción discursiva es una herramienta de poder que disciplina cuerpos, moldea imaginarios, crea consentimiento y miedo simultáneamente. Leerlo con semiótica crítica es ver más allá de la estrategia, es reconocer un entramado simbólico que redefine la política, la cultura y la subjetividad, y que revela que el arma del Estadoy del sistema no es solamente el armamento, sino la capacidad de dar sentido al mundo y al peligro, y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable.
Ese NSS 2025 es una operación semiótica que reinscribe al poder global bajo nuevos códigos, redefine enemigos y aliados, reelige valores, legitima estrategias de dominación y condiciona los imaginarios colectivos. Como tal, debe leerse como discurso político‑estratégico —una narrativa de seguridad, amenaza, identidad, soberanía y resguardo— cuyo contenido revela mucho más allá de datos militares, diplomáticos o económicos. La primera semántica sobre la que se levanta el texto es la de la “soberanía nacional” y la “primacía del Estado-nación”. Al afirmar que “los días en que Estados Unidos sostenía el orden mundial como Atlas han terminado”, el NSS marca una ruptura con la pretensión de universalismo exportador de valores —democracia, derechos humanos, liberalismo global— y reivindica, en cambio, un realismo duro, orientado a los intereses propios, al resguardo interno, al control de fronteras, al dominio estratégico.
Esa declaración semiótica implica una reconfiguración simbólica del papel de EE. UU. ya no como gendarme global idealista, sino como potencia que prioriza su integridad cultural, económica, territorial. Se legitima una ética del “nosotros primero”: identidad nacional, control de migraciones, preservación de un imaginario homogéneo frente a lo extraño o lo otro. Ese “nosotros” implica una construcción del otro como amenaza simbólica y existencial. Las “migraciones masivas”, según el NSS, no solamente se describen como un problema administrativo o demográfico, sino como factor de ruptura social: erosionan la cohesión, distorsionan mercados laborales, incrementan crimen, debilitan recursos públicos, perturban la “identidad nacional”. Ese discurso no sólo sataniza a los migrantes, los convierte en signos de desorden, de declive de la nación, de crisis de comunidad. Los migrantes, la movilidad transnacional, se re-semantizan como amenazas simbólicas al orden, al bienestar, a la continuidad del “pueblo‑nación”. Se instituye un régimen semiótico‑político que vincula migración con inseguridad, extranjería con peligro, diversidad con disolución.
Su premisa “paz a través de la fuerza” se convierte en fundamento conceptual, la supremacía militar, la hegemonía económica, el control de fronteras, las alianzas selectivas, la presión comercial —todo ello como instrumentos simbólicos de poder. Su fuerza no aparece como última ratio, sino como medio preferente de legitimación. Esto reconfigura el significado de “seguridad”, ya no como garantía de vida, bienestar o promiscuidad democrática, sino como mantenimiento del dominio, preservación del statu quo, imposición del orden. La violencia —o su mera posibilidad— se normaliza como parte constitutiva del régimen de seguridad.
Advierte sobre una posible “desaparición civilizacional” de Europa, ligada a migraciones, crisis demográficas, declive económico, pérdida de identidad y dependencia de instituciones supranacionales. Esa retórica no solo es estratégica: es simbólica: reconstruye Europa como espacio decadente, impotente, en descomposición, en contraste con la vigorosa identidad nacional‑estadounidense. Esa memoria histórica selectiva y esa narrativa de declive funcionan como dispositivo de miedo, de rechazo, de prohibición a la “mezcolanza”.
Simultáneamente, el documento promueve una re-latinización del dominio estadounidense: bajo el paraguas de un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, el hemisferio occidental es reinstalado como esfera prioritaria de influencia, como patio trasero geoestratégico, económico y militar. Esta revalorización del “patio trasero” conlleva una carga simbólica fuerte: América Latina es rehecha como zona de mampara, de recurso, de control, de subordinación estratégica. Se legitima una hegemonía directa basada en la proximidad geográfica, en la dependencia económica, en la militarización. Esa narrativa reproduce viejos imaginarios neocoloniales, condensados ahora en forma de política de seguridad nacional. Apela al mito de la grandeza nacional, a la memoria de una “América poderosa”, autónoma, soberana, autosuficiente; un pasado imaginado de supremacía, vitalidad cultural, dominio económico y militar. Esa nostalgia simbólica funciona como ethos nacionalista: legitima la restauración del predominio, la recuperación del control, la reafirmación de valores identitarios frente a la globalización, la mezcla, la disolución. El miedo al otro —al inmigrante, al extranjero, al distinto— se convierte en fundamento moral de la seguridad interna y externa.
Los migrantes, por ejemplo, son resignificados como vectores de inseguridad y desestabilización cultural. La amenaza ya no es solo tangible o física, sino simbólica: se construye la idea de que la alteridad, la diferencia y la movilidad social constituyen riesgos para la continuidad del Estado-nación, generando un marco discursivo que naturaliza políticas de exclusión y control. El documento también opera mediante la retórica de la fuerza como medio legitimador. La supremacía militar, la presión económica y la intervención selectiva se presentan no como alternativas, sino como imperativos estratégicos para preservar la integridad nacional. La normalización del uso de la fuerza, incluso preventiva, constituye un signo semiótico que imponeestabilidad, autoridad y dominio. En este sentido, la violencia se convierte en un elemento constitutivo del orden, mientras la diplomacia y la cooperación son relegadas a un plano secundario, subordinadas al imperativo de seguridad entendido como monopolio del Estado sobre la protección de su espacio y su identidad.
Contra la idea de comunidad internacional basada en cooperación y consenso, el documento adopta una semántica de soberanías fragmentadas, de bilateralismo selectivo y de proteccionismo económico. Se construye una lógica en la que la interdependencia se percibe como vulnerabilidad, y la autonomía estratégica se convierte en principio rector. Esta operación simbólica es, en esencia, un reordenamiento del sentido de la seguridad global, que legitima la reducción del multilateralismo y el fortalecimiento del poder unilateral como norma de conducta. No sólo describe un mundo amenazante, sino que lo configura, determina cómo se perciben los enemigos, cómo se legitiman las políticas y cómo se construye la idea misma de lo nacional frente a lo externo. La narrativa simbólica del documento instituye jerarquías, impone categorías de valor y amenaza, y produce una gramática de orden que condiciona la acción y la percepción de la comunidad.
Cada enemigo nombrado en el texto —migrantes, potencias rivales, actores no estatales— no es un problema abstracto; es signo, es símbolo de caos, de decadencia, de peligro inminente. Los migrantes son más que cuerpos en movimiento: son alteridad codificada como amenaza, vector de desorden cultural, riesgo de erosión de la identidad nacional. China y Rusia no son solo competidores estratégicos; son representaciones de desafío, signos de contrariedad que la narrativa resemantiza para justificar la supremacía estadounidense. El documento transforma la percepción social: la amenaza no se encuentra en la realidad objetiva, sino en la forma en que se construye discursivamente, en la cadencia de sus frases, en la insistencia de sus imágenes de crisis y peligro perpetuo.
Su superioridad militar no es instrumento; es lenguaje. La economía no es intercambio; es poder que se impone y se reconoce. La diplomacia no es negociación; es maniobra para consolidar la hegemonía. Cada oración es performativa: produce consenso, disciplina imaginarios, legitima decisiones que en otros contextos serían cuestionadas. La estrategia convierte la violencia en norma y el miedo en herramienta, y en ese acto de semiótica política, lo simbólico y lo material se confunden: lo que se dice construye lo que se hace y condiciona lo que se percibe como inevitable. El texto también manipula la historia y la memoria: construye nostalgia, inventa grandeza, selecciona relatos de gloria y derrota para consolidar un ethos nacionalista. La grandeza estadounidense es ideal, mito y norma; lo otro es siempre riesgo, declive y amenaza.
No es un documento, es un relámpago. Cada palabra fulmina certezas, cada línea reconstruye la realidad bajo la tiranía de la soberanía. América no se defiende: se erige. No protege: impone. Desde su inicio, proclama que el mundo se organiza alrededor de su poder, que la identidad nacional es escudo y espada, que lo otro, lo diferente, lo migrante, es peligro, es amenaza, es fractura de un orden que se sabe absoluto. La seguridad no es una política; es un acto de creación, una semiótica del miedo, una coreografía de hegemonía que obliga a mirar, temer y aceptar.
Lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es riqueza, es fractura; la alteridad no es pluralidad, es amenaza. Migración, lengua, costumbre, cultura: signos codificados en pánico, vectores de control. Cada palabra del documento es una operación semiótica: disciplina cuerpos, condiciona deseos, convierte la percepción en obediencia y el miedo en legitimidad. La seguridad deja de ser protección y se convierte en espectáculo de dominio, en ritual de imposición, en lógica de inevitabilidad. La estrategia no habla de paz,habla de supremacía. No habla de cooperación, habla de dominio. No habla de comunidad internacional: habla de jerarquía. Cada signo del texto es una señal: obedecer o temer. Cada frase, un acto de poder: producir consenso, fabricar enemigos, normalizar la fuerza, hacer que lo inevitable parezca natural. La fuerza, el miedo, la identidad se entrelazan en un solo código que atraviesa la política, la cultura y la conciencia misma de quienes observan, temen y aceptan.
No organiza sólo ejércitos ni despliega estrategia, organiza imaginarios, construye realidades, instala leyes invisibles de poder. Cada palabra es un martillo, cada oración una tromba. La estrategia no solo predice el mundo; lo fabrica. No sólo describe amenaza; la inventa. No sólo llama a la acción; la impone, desde la percepción hasta la obediencia, desde la identidad hasta la moralidad. La seguridad se vuelve hegemonía, y la hegemonía se vuelve espectáculo, y el espectáculo se convierte en verdad que todos reconocen y aceptan, mientras el mundo gira bajo un código de miedo y poder que nadie osa cuestionar.
El documento arde en su propia cadencia, golpea con ritmo de relámpago, deslumbra con la claridad del poder que se sabe absoluto. Leerlo con semiótica crítica es ver la arquitectura de la dominación: cómo se construyen enemigos, cómo se codifica la amenaza, cómo se fabrica la obediencia, cómo el miedo se vuelve estética y la hegemonía se vuelve belleza terrible y luminosa. Este documento no solo organiza seguridad: organiza percepción, conciencia, imaginación, voluntad. Cada palabra es un acto de fuerza, cada línea un rayo que corta, y cada párrafo es un fuego que ilumina, ciega y obliga a mirar el poder en toda su desnudez.
Su narrativa no sólo construye amenaza; construye identidad. Lo americano es virtud; lo otro es riesgo. La diferencia no es riqueza cultural; es fractura. Cada palabra, cada enunciado, disciplina cuerpos, moldea deseos y dirige la conciencia. La seguridad deja de ser protección para convertirse en espectáculo de poder: un orden visible e invisible, un código que atraviesa lo político, lo social y lo subjetivo, un instrumento que convierte la inevitabilidad del dominio en certeza moral.
Esa es la semiótica de la hegemonía contemporánea: no es suficiente controlar fronteras, desplegar ejércitos o ejercer diplomacia. El poder se ejerce sobre la percepción: cada palabra es arma, cada frase es ritual, cada párrafo es acto performativo que disciplina, moldea y organiza la realidad. La estrategia no predice el mundo; lo fabrica. No describe riesgo; lo produce. No propone seguridad; impone orden y consentimiento. La hegemonía se vuelve narrativa, y la narrativa se vuelve experiencia colectiva: leer la NSS 2025 es observar cómo el poder convierte miedo, identidad y fuerza en un solo código semiótico que atraviesa todo, desde la percepción hasta la moralidad, desde la política hasta la conciencia. En ese entramado se evidencia que la verdadera fuerza de la estrategia no reside en sus recursos materiales, sino en su capacidad de dar sentido al mundo y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable, justo y necesario. La geopolítica es traducida a lenguaje moral: no organiza sólo ejércitos ni despliega sólo tropas; organiza percepciones, códigos de miedo y obediencia que atraviesan cultura, política y subjetividad. La historia es seleccionada, el mito es instrumento, la memoria es construcción estratégica: lo americano es virtud, lo otro es peligro. La diferencia no es riqueza; es fractura; la alteridad no es pluralidad; es amenaza.
Su texto arde, golpea, deslumbra, indigna y ciega. La NSS 2025 no sólo comunica; devasta y reconstituye, y quien lo lee no sólo comprende, se enfrenta a un paisaje horrible del poder burgués en su forma más cruda, al acto de creación simbólica que desfigura laidentidad, amenaza, obediencia y futuro. Cada signo es martillo, cada frase es chispa, cada párrafo es relámpago que ilumina y quema la percepción, recordando que la hegemonía no se sostiene solamente con recursos materiales, sino con la fuerza de la narrativa, la fuerza del sentido y la fuerza de la semiótica que atraviesa la conciencia colectiva y convierte miedo, identidad y poder en una sola corriente indomable.Horrible.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Buen Abad

Quizá la tarea académica más compleja

Fernando Buen Abad Domínguez

En materia de comunicación revolucionaria, un desafío siempre complejo consiste en comprender, de raíz y sin rodeos, que el campo comunicacional no es un terreno neutro, inocente o ingenuo, sino un espacio histórico atravesado por relaciones de poder que configuran sentidos, legitiman estructuras y moldean subjetividades. Esta afirmación, que puede sonar elemental en ciertos círculos críticos, resulta todavía un desafío intelectual, político y metodológico para una gran parte de las instituciones académicas contemporáneas, muchas de las cuales se mantienen aferradas a una noción tecnocrática, mercantil o puramente instrumental de la comunicación. Asumir la comunicación como un campo de disputa, como una arena donde se dirimen proyectos civilizatorios en conflicto, implica desmontar capas de ideología sedimentada y reconocer que ninguna práctica comunicacional se mueve al margen de las tensiones sociales que la producen. De ese punto de partida se desprende prácticamente todo el debate sobre la comunicación revolucionaria, una comunicación que no pretende limitarse a describir el mundo, sino que aspira a transformarlo.

Nuestra tarea académica más compleja no se reduce a identificar, denunciar o cartografiar los mecanismos de dominación simbólica desplegados por las “grandes” corporaciones monopólico-mediáticas. Ese es apenas el primer plano. Lo verdaderamente difícil es diseñar, promover y sostener alternativas comunicacionales capaces de disputar hegemonía, generar nuevas formas de sensibilidad colectiva y empujar procesos de emancipación material y espiritual. La dificultad procede, en gran medida, del hecho de que la comunicación revolucionaria necesita desenredar simultáneamente múltiples nudos: el epistemológico, el ético, el político, el estético, el tecnológico y el organizativo. Cada uno de estos hilos está entrelazado con los demás y ninguno puede resolverse por separado sin afectar el tejido completo del proyecto emancipador.

En el plano epistemológico, la comunicación revolucionaria enfrenta el reto de crear marcos conceptuales que no reproduzcan las lógicas de pensamiento fragmentado y utilitario heredadas de la racionalidad dominante. No se trata sólo de cuestionar las teorías que reducen la comunicación a un proceso de transmisión de mensajes o a un conjunto de operaciones técnicas. Se trata de concebirla como un fenómeno social total, que combina estructuras materiales, condiciones históricas, dispositivos tecnológicos y prácticas culturales cargadas de intencionalidad política. Esto obliga a superar las dicotomías clásicas —emisor/receptor, contenido/código, información/opinión— y a pensar la comunicación como un entramado dinámico donde circulan intereses y proyectos en disputa. Desde esta perspectiva, elaborar una teoría de la comunicación revolucionaria significa asumir que el conocimiento no puede escindirse de su función social y que toda construcción conceptual debe orientarse a fortalecer la conciencia crítica y la organización colectiva.

Es un nudo ético que se vuelve particularmente sensible porque la comunicación revolucionaria requiere un compromiso profundo con la verdad, la solidaridad y la dignidad humana. No basta con denunciar la manipulación o la mentira sistemática de los aparatos ideológicos del capital; es necesario construir modos de comunicar que rehúyan las trampas del sensacionalismo, la desinformación y la instrumentalización del sufrimiento humano. La ética revolucionaria parte del reconocimiento de que las palabras son un acto social y que su potencia política depende de su coherencia con los principios de justicia y emancipación que se busca promover. Esto implica revisar críticamente las prácticas comunicacionales, incluso dentro de los propios movimientos populares, para evitar reproducir vicios que terminan debilitando las luchas transformadoras. La ética no puede ser un adorno discursivo, es el cimiento mismo de la credibilidad y la legitimidad del proyecto comunicacional.

En la lucha política, la tarea se vuelve aún más desafiante. La comunicación revolucionaria no puede existir aislada de los procesos de organización popular, porque su objetivo no es entretener ni persuadir superficialmente, sino contribuir a la construcción de poder colectivo. La política revolucionaria entiende la comunicación como un instrumento central para articular demandas, visibilizar injusticias, disputar sentidos comunes y fortalecer identidades compartidas. Sin embargo, también reconoce que no hay comunicación revolucionaria sin participación activa de las comunidades; no puede ser una operación vertical dictada desde una vanguardia ilustrada, porque su fuerza reside precisamente en ser un proceso abierto, democrático y enraizado en la experiencia cotidiana de las mayorías. El desafío político consiste entonces en crear estructuras comunicacionales que funcionen como órganos vivos del cuerpo social, capaces de escuchar, interpretar y proyectar las voces populares sin domesticar su diversidad ni diluir su potencia transformadora.

También el reto estético añade otra capa de complejidad. La comunicación revolucionaria debe disputar no sólo el contenido, sino también las formas de sensibilidad que dominan el ámbito mediático. El capitalismo ha desarrollado un sofisticado arsenal estético destinado a capturar la atención, fragmentar la percepción y producir emociones acordes con su lógica de consumo. Combatir ese entramado requiere una imaginación creativa que revalorice la belleza vinculada a la vida, a la comunidad y a la lucha por la justicia. La estética revolucionaria no repudia la innovación ni los lenguajes contemporáneos; los reinterpreta desde una perspectiva que permita revelar lo invisible, dignificar lo silenciado y generar resonancias afectivas capaces de fortalecer el tejido social. La estética no es un accesorio: es un espacio donde se juega la disputa por la sensibilidad colectiva y por la capacidad de imaginar futuros alternativos.

Incluso desafío tecnológico, por su parte, es doble agudizado por la dependencia feroz que padecemos. Por un lado, es necesario comprender que las tecnologías de la comunicación no son artefactos neutrales, sino dispositivos diseñados en consonancia con intereses económicos y militares. Esto obliga a desarrollar una crítica radical que permita identificar los mecanismos de vigilancia, segmentación y control que operan en plataformas digitales, redes sociales y sistemas algorítmicos. Pero, por otro lado, tampoco es posible renunciar al uso de estas tecnologías, porque forman parte del ecosistema cotidiano en el que se mueven millones de personas. La comunicación revolucionaria debe, entonces, apropiarse críticamente de las herramientas existentes, hackear sus lógicas cuando sea posible y, al mismo tiempo, impulsar el desarrollo de tecnologías soberanas que respondan a necesidades públicas y no a intereses corporativos. Esta doble tarea exige un conocimiento técnico sólido combinado con una perspectiva política capaz de orientar la innovación hacia fines emancipadores.

Y, el nudo organizativo es quizá el más complejo de todos porque implica articular en la práctica aquello que en el plano teórico puede parecer claro. Crear estructuras comunicacionales revolucionarias demanda procesos de formación, distribución de responsabilidades, mecanismos de participación comunitaria, sistemas de producción de contenidos, redes de colaboración y estrategias de sostenibilidad a largo plazo. Todo esto debe construirse en un entorno donde los recursos suelen ser escasos, las condiciones laborales precarias y las presiones externas constantes. Sostener un proyecto comunicacional revolucionario requiere disciplina colectiva, capacidad autocrítica, vocación pedagógica y una claridad estratégica que permita sortear obstáculos sin desmoronar el sentido profundo de la propuesta. La organización, por tanto, no puede ser improvisada ni dependiente del entusiasmo momentáneo: necesita raíces profundas y una estructura flexible capaz de adaptarse sin renunciar a sus principios.

Cada uno de estos planos —epistemológico, ético, político, estético, tecnológico y organizativo— se entrelaza en la tarea académica de la comunicación revolucionaria. La academia, en este sentido, enfrenta un reto fundamental que es romper con la tendencia a aislar la teoría de la práctica y construir un conocimiento que pueda dialogar con los movimientos populares, alimentarse de sus experiencias y contribuir al fortalecimiento de sus luchas. No se trata de utilizar a las comunidades como objeto de estudio ni de explotar sus dinámicas para producir publicaciones indexadas. La verdadera tarea académica es ponerse al servicio de la transformación social, construir herramientas conceptuales y metodológicas que permitan comprender los procesos comunicacionales en toda su complejidad y generar propuestas que puedan ser apropiadas y reelaboradas por quienes enfrentan las injusticias en su vida cotidiana.

Este desafío obliga a repensar también la función de la universidad. Una institución académica que pretenda abordar la comunicación revolucionaria debe revisar sus propios vínculos con las lógicas de mercado, con los intereses corporativos que financian investigaciones y con las políticas de estandarización que subordinan la producción de conocimiento a criterios cuantitativos. Las universidades han sido, en muchos casos, espacios donde se reproduce la ideología dominante, no solo en los contenidos curriculares, sino también en sus formas de gestión, sus jerarquías y sus prioridades institucionales. Transformar la enseñanza de la comunicación implica abrir las puertas a experiencias populares, reconocer saberes comunitarios y generar espacios de co-creación donde docentes, estudiantes y organizaciones sociales puedan construir colectivamente conocimientos útiles para la emancipación.

Este proceso exige valentía intelectual para cuestionar las disciplinas establecidas, pero también humildad para escuchar lo que nace de la experiencia de lucha. Autocrítica. La comunicación revolucionaria no puede ser enseñada únicamente desde bibliotecas o laboratorios de medios: necesita imbricarse con el territorio, con la historia de las resistencias populares y con los sueños de quienes enfrentan cotidianamente la explotación.

A esta complejidad se suma el contexto global actual, marcado por una concentración mediática sin precedentes, por la proliferación de discursos de odio y por el avance de tecnologías que amplifican la desinformación y la manipulación algorítmica. En este escenario, la comunicación revolucionaria se vuelve más urgente y más desafiante. La velocidad de circulación de contenidos, la saturación informativa y la lógica de la viralidad imponen formas de interacción que dificultan la elaboración reflexiva y favorecen la reproducción automática de emociones prefabricadas. La academia debe analizar críticamente estas dinámicas, evitar la tentación de adaptar sus métodos a la lógica del impacto superficial y recuperar la importancia del pensamiento riguroso como herramienta para enfrentar el caos informacional.

Sin embargo, no todo es sombrío. También emergen nuevas posibilidades. La proliferación de proyectos colaborativos, medios comunitarios, radios populares, plataformas autogestionadas y redes de solidaridad digital demuestra que existen alternativas reales capaces de disputar el sentido común. Estos espacios no solo producen contenido: producen formas de relación que desafían la lógica individualista y fortalecen la posibilidad de una comunicación basada en la cooperación y la conciencia colectiva. La academia tiene la responsabilidad de aprender de estas experiencias, apoyarlas, investigarlas con respeto y contribuir a su expansión sin intentar subsumirlas a marcos teóricos que no les hacen justicia.

Y, la tarea más compleja consiste en articular todas estas dimensiones en un proyecto coherente. La comunicación revolucionaria requiere pensamiento crítico, ética, política, estética, tecnología y organización, pero también necesita un horizonte utópico que permita orientar cada esfuerzo, cada investigación, cada pieza de contenido, hacia la construcción de un mundo más justo. Ese horizonte no se encontrará en ninguna doctrina cerrada ni en ningún manual. Se construye colectivamente, día a día, en la práctica comunicacional que acompaña y fortalece las luchas de los pueblos.

Nuestra comunicación revolucionaria no puede reducirse a un estilo de discurso, a una estética militante o a una narrativa heroica. Es un modo de existir en el mundo, de relacionarse con los otros, de asumir la palabra como acto de liberación. Quien comunica desde una perspectiva revolucionaria no lo hace para acumular prestigio académico ni para alimentar la vanidad intelectual, sino para contribuir a la formación de sujetos críticos capaces de transformar su realidad. La tarea académica más compleja, por tanto, es aprender a desaprender: abandonar los moldes rígidos, desconfiar de las categorías heredadas, reconocer la historicidad de todo conocimiento y aceptar que la teoría debe moverse al ritmo de los pueblos en lucha.

Nuestra responsabilidad académica tiene un papel fundamental en ese proceso, no como autoridad incuestionable que dicta el camino, sino como espacio de porblematización, reflexión, creación, acompañamiento e intervención crítica y autocrítica. Comprender la magnitud de esta tarea implica asumir que la comunicación no es un accesorio de la política, sino uno de sus corazones más profundos. Allí donde se disputa el sentido, se disputa también la posibilidad de otro mundo. Y es precisamente en esa disputa donde la comunicación revolucionaria encuentra su razón de ser y su desafío más grande.

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Metabolismos del Nazi-Fascismo en los “Mass Media”

Aunque parece no haber evidencia de que Joseph Goebbels dijera: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”, parece que se metabolizó del original “Si repites una idea lo suficiente, la gente terminará creyéndola. La propaganda debe ser popular, adaptada al nivel más bajo de inteligencia.” (Diarios de Goebbels, 1941) y la convirtieron en un axioma de la publicidad y la propaganda burguesa, infiltrada pertinazmente en las cabezas de sus “profesionales”. Algunos le llaman a eso “sentido común”. 

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Claudia Orsini: Comandante Chávez, Gracias por el Fuego

Por: Claudia Orsini

“Como salir del laberinto”, escribía junto con sus compañeros de armas el Comandante Hugo Chávez desde la cárcel de Yare en el año 1994. Ese laberinto que para aquel momento solo tenía una salida, el abismo.

En ese mismo tiempo y mismo lugar el Comandante también pintaba un cuadro, en el que se distinguía un brazalete tricolor que ya se veía libre por entre los barrotes, era el alma Bolivariana, el Fuego Sagrado que volvía a agitar los pueblos, era el espíritu de la libertad que es imposible oprimir.

En esa misma Venezuela – fuera de aquella cárcel en Yare – se veía y más aún se sentía a un pueblo movilizado, madres, esposas, todos metidos en la revuelta, en aquella Venezuela insurrecta, rebelde y anti imperialista en la que nadie vacilaba, no había nadie arrepentido, todos y todas en un solo propósito, acompañar al Comandante Chávez, no dejarlo solo y blandiendo como bandera la consigna que él propio Comandante usaba en sus notas: “echemos  el miedo a la espalda y salvemos a la patria”.

En aquel momento, como ahora, algunos no entendían que no era una mera consigna, sino que eran las palabras vivas y ardientes de nuestro Libertador encarnadas en nuestro pueblo y en su acción.

En estas faenas cotidianas se fundaba el Chavismo, el pueblo llano, como siempre, fue el primero en recibir este llamado, con una profunda simplicidad, franqueza y simbolismo  que nos devolvía la memoria nacional,  pero también la memoria y el significado de lo que es un ser humano, sin demagogias ni promesas materiales, pero si colmadas de justicia y decencia.

Al salir de aquella prisión de la dignidad en Yare, el Comandante habló en cada pueblo, en cada plaza Bolívar y en cada espacio que pudo, fuera y dentro del país, con su mensaje revolucionario lejos del reformismo, por lo que nunca lo vimos con los viejos partidos políticos, tampoco fue a la embajada gringa, no hizo nunca un viaje de campaña a Miami, ni a Madrid, tampoco lo vimos en el despacho de algún ministro, y mucho menos en llave con algún miembro de FEDECAMARAS, en lugar de eso caminó sin temor entre campesinos, obreros, pescadores y estudiantes, es decir entre el pueblo sencillo, de vidas corrientes, pero firme de carácter.

El Comandante Chávez alejado de ser un ególatra, nunca nos convocó para su causa personal, más bien desde el primer momento y permanentemente nos está convocando para que nosotros mismos cambiemos nuestra forma de vida y nuestros propósitos, en la esperanza para salir del camino de la muerte al camino de la vida, por eso su pueblo, siempre sin vacilar, lo acompañó y lo sigue acompañando para preservar su legado y llevar su mensaje, honrándolo a cada paso que da, sintiéndose cada uno el encargado de continuar la obra de Chávez, ya que como el mismo decía premonitoriamente que “No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la restauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria”.

El statu quo de hombres y mujeres seudo ilustrados, elegantes, con dinero y poder, no entiende como después de estos 12 años Chávez aún sobrevive, y es que siempre nos advirtió  de la posibilidad de que él podía no estar físicamente, pero que ante ello, las ideas debían  permanecer vivas, y nuestra misión era divulgar y encarnar el pensamiento Bolivariano, defender al pueblo con justicia, hacerlo desde el amor, defender la inocencia, entre cuidarnos, y entre ayudarnos, por ello los bolivarianos seguimos y seguiremos aquí, en “Unidad, Lucha, Batalla y Victoria”.

PD: Ante la polémica desatada por la continuación del ilegal bloqueo del imperio norteamericano contra nuestra Venezuela, esta vez con efecto sobre la empresa petrolera Chevrón, los chavistas deseamos responder desde lo más profundo de nuestro honor bolivariano con una frase propia del mismo Libertador: “¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas.”. 3 al 4 de julio de 1811 ante la Sociedad Patriótica.