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Todavía hay esperanza

Una semana de ausencia

La semana pasada empecé a escribir un artículo en el que integraba el discurso de memoria y cuenta de Drunk (borracho de poder) en EEUU justo antes de partir hacia el Foro de Davos, los 14 años de la partida física de Carlos Escarrá Malavé y una visita que pude hacer acompañando a la Gran Misión Equidad y Justicia Social Hugo Chávez, a una comunidad en la cual participé en un conversatorio junto con voceras y voceros de la comunidad, para escucharlos y también darles algunos argumentos esperanzadores de los análisis que realizo.

Lamentablemente no terminé a tiempo y perdí el espacio, por lo que aprovecho para mencionar los temas, aunque me enfoque más en la humanidad y en el peligro que corremos no solo ante los discursos de Drunk como vocero de la política America First, que no es sino un refrito del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense adaptado a estos tiempos y que no es otro que el inquilino que quiere los derechos de propiedad de la Casa Blanca, como lo dejó claro en Davos.

Junta de paz

De lo más grave que sucedió en Suiza, fue la presunta Junta de paz organizada por Drunk con la invitación a 59 países, cuya membresía implica el aporte de al menos mil millones de dólares, que pueden ser pagados de distintas maneras, como por ejemplo la sesión de la región de Ushuaia por parte del arrastrado de Milei, rompiendo no solo con la soberanía argentina, sino con su estructura federal, tal cual está haciendo su papi Drunk en EEUU, donde parece estar forzando una especie de guerra civil.

Luego de la inacción y la indolencia de la comunidad internacional ante la economía del genocidio, planteada por la relatora de la ONU para Palestina, Francesa Albanese, en julio del año pasado, entre otras muchas pruebas y evidencias; finalmente Drunk apuntó a su yerno Jared Kushner para explicar la propuesta de paz palestina, consistente en la construcción del emporio turístico y hotelero que Drunk ya había presentado desde inicios de su segundo gobierno, plan en el cual el yerno ha estado trabajando desde antes del supuesto ataque de Hamas del 7 de octubre del 2023, como lo dejó ver su socio Daniel Lambert en una entrevista.

¿ONU paralela?

Y si esto es grave, es mucho más grave el pretender que dicha supuesta junta de paz, con reglas y leyes aplicadas según la moral drunkiana y la diplomacia de cañoneras, se perfile como una especie de ONU paralela, que cuenta con el apoyo de una cantidad de países similar a la que reconoció a un supuesto interino venezolano en 2019, y que no llega ni a la tercera parte de los países que conforman la ONU en la actualidad, además de no dejar espacio para el pueblo palestino que ha colocado los muertos.

Podemos pensar como lo hemos explicado en otros artículos, que la ONU no solo es disfuncional sino que nació muerta al permitir derecho a veto de los cinco países que habían lanzado alguna vez un arma nuclear; pero al menos existía la ilusión de que había un orden basado en normas en el plano internacional, que permitía el equilibrio en base a los fundamentos de su carta fundacional, razón por la cual recordamos las propuestas enunciadas por el comandante Chávez y luego por el presidente Maduro, de lograr una refundación de Naciones Unidas.

No obstante es algo mucho más grave que simplemente distópico, una instancia cuyo único fundamento ideológico es la inyección de capital para construcción inmobiliaria, y una moral de imponer la paz por la fuerza, sobre la base de un cementerio como han convertido a Gaza donde se cuentan solo desde el 7 de octubre de 2023, 71.550 asesinados y 171.365 heridos al 21 de enero, sin contar la cantidad de cuerpos que no han podido ser ubicados en los escombros ni los efectos de bombardeos a Cisordania y al Líbano.

Ruptura

Ante las pretensiones de Drunk sobre Groenlandia y Canadá, y solo al estar en peligro la existencia del mundo producto de la paz de Westfalia, sustentada en el estado-nación, el primer ministro de Canadá Mark Carney, ex banquero prolijo que ha callado históricamente ante los ademanes gringos, defendiendo su ideología de clase capitalista transnacional, admitió que el orden internacional basado en reglas era falso, pues los poderosos se exceptuaban a sí mismos cuando les convenía y sus leyes se aplicaban dependiendo de quién era el acusado y quién la víctima, pero reconoció que el sistema de ficción era útil, pues a su parecer la hegemonía gringa proveía bienes públicos y un sistema financiero estable.

Sin embargo, habló de la existencia de una “ruptura” a nivel del orden internacional y no una transición por lo cual fue aplaudido, lo cual me hace pensar en el Foro de Davos hace 4 años en el cual luego de la pandemia, el fundador de ese club de millonarios -que heredó este año el director general del fondo buitre Blackrock-, Klaus Schuab, habló de realizar un “reseteo” postpandémico, ligado al proyecto identidad 2020 del que hemos hablado en esta columna.

Anécdotas de Davos y otro plan

Por supuesto, muchas anécdotas, entre ellas que el canciller alemán haya dicho que va a proteger a Groenlandia de la amenaza rusa; las tonterías de Milei en una sala vacía; la descripción que hace Elon Musk de un mundo de ricos y robots; o el propio Drunk, quién habló de Groenlandia/Islandia, de Somalia, de México, de lo que considera son los logros de su primer año de gobierno, mientras en EEUU la gente sobrevive.

La guinda del pastel es la publicación de la estrategia de defensa del Pentágono, ligada a la estrategia de seguridad drunkiana, donde pone el énfasis en el desarrollo de la industria armamentista al tiempo que insiste en la propiedad de Panamá, del golfo de América y de Groenlandia -siendo que ya tiene la Patagonia-, para su estrategia de contener a China sin confrontarla, dejando los otros frentes a sus aliados europeos y asiáticos, recordando sus amenazas principales: China, Rusia que casi ni menciona, Irán y la República Popular Democrática de Corea, pero reconociendo en Israel un “aliado modelo” al cual le sigue brindando apoyo militar “ilimitado” e incondicional.

Respuestas

Sin embargo, más allá de estos documentos gringos, más allá de las pretensiones Drunkianas, más allá de las pretensiones de la clase transnacional capitalista, están no solo los pueblos que despiertan, sino que hay otros países que también están jugando en el tablero, generando movimientos interesantes como los que han llevado a la caída del dólar esta semana por la venta de bonos de la deuda, no solamente por parte de China sino también de Suiza.

Hay una gran expectativa en torno a la próxima reunión entre Drunk y Xi Jinping prevista para el mes de abril de 2026, se filtró un audio en el que Rusia no cede espacios petroleros negociados con Venezuela, Irán cierra el estrecho de Ormuz, y hasta los “aliados” drunkianos se reacomodan. Todavía hay esperanza, sigamos en resistencia combativa.

Prof. Martín

Análisis: Venezuela, el 5to alfil

Por: Martín Augusto Román ProfesorLAUICOM

Hoy somos un pueblo unido enfrentando otra situación sobrevenida. Si a alguien le faltaba entender que los centros de poder nunca se detendrán en su afán por saciar su codicia energética y sanar su emergencia monetaria, ya debe estar preclaro. Tras el bombardeo a Caracas, La Guaira y Miranda, y el secuestro del presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, no quedan dudas.

Ha llegado el momento histórico de comprender en colectivo —en comunidad— cuál es nuestra situación como Estado-Nación. Analicemos datos públicos y verificables en cuatro ámbitos que forman parte del mismo escenario geopolítico:

Primero: Caracterización del enemigo

Debemos identificar al enemigo que hoyó con fuego asesino nuestra tierra sagrada. Estados Unidos se encuentra en un franco declive de su hegemonía unipolar frente a Rusia y China. Su condición económica, social y política se resume en los siguientes puntos:

Deuda pública: Posee $38.5 billones ($38.500.000.000.000,00) en deuda pública (letras, pagarés y bonos del tesoro). El pago de intereses a sus acreedores supera el billón de dólares anuales.

Recursos críticos: Carece de tierras raras necesarias para fabricar misiles, satélites y pantallas.

Inestabilidad interna: Donald Trump ha interrumpido el plan imperial de globalización; el Deep State acecha la Casa Blanca y el pueblo estadounidense se manifiesta en las calles.

A pesar de esto, EE.UU. mantiene factores de poder frente a pares como Rusia y China, y naciones emergentes como Brasil, India e Indonesia:

  1. El dominio del dólar y su industria cultural, aunque debilitados, persisten en occidente.
  2. Posee 4.000 ojivas nucleares y la fuerza armada más extendida del planeta.

Solo la disuasión de una guerra popular de resistencia prolongada impide que ocupen Venezuela. Como potencia en declive, EE. UU. ajusta su «doctrina de guerra», asumiendo el continente americano —desde el Estrecho de Bering hasta las Malvinas— como su área vital para expandir su mercado a 1.000 millones de consumidores. Buscan profundizar la debilidad institucional de los 33 países de la región para expoliar sus riquezas. Nos enfrentamos, pues, a un ciclo histórico similar al de hace 534 años: un imperio desgastado y agresivo en guerra monetaria contra un mundo multipolar.

Segundo: Fortalezas de la República

La República Bolivariana de Venezuela y su proceso constitucional permanecen intactos. Exigimos la liberación del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, secuestrados por el Estado-Nación estadounidense. Esta intervención encuentra a un 94% de la población unida en la defensa de nuestra soberanía territorial y política.

Esta unidad nacional coincide con la fase final del plan de recuperación económica. Venezuela cuenta con una cultura productiva y monetaria única:

Soberanía financiera: No existe deuda con el FMI ni el Banco Mundial; poseemos suficiente oro y materias primas para respaldar nuestro sistema monetario.

Innovación económica: Tenemos la única economía indexada del planeta y una red estatal de economía digital óptima: el Sistema Patria.

Capacidad tecnológica: Más del 90% de la población está bancarizada y posee habilidades para operar en la economía digital.

Producción petrolera: Aumentamos de 600.000 a 1.200.000 BPD en 24 meses, utilizando conocimiento y pasión patria en lugar de patentes extranjeras.

Tercero: El escenario multimoneda y recursos

Si el dólar está agotado y pretenden incorporarlo a nuestro sistema multimoneda nacional, debemos responder formando un ejército de venezolanos hábiles en economía digital. Somos los dueños del petróleo y los minerales del subsuelo por designio bolivariano (Chuquisaca, 1825).

El petróleo venezolano será el canal para transar con stablecoins (USD1, USDT, USDC), lo que podría fortalecer el petrodólar en el sistema financiero americano por fuera de los bancos centrales tradicionales. Además, nuestros recursos (petróleo, coltán, hierro, aluminio, gas, torio) atenuarán el impacto inflacionario ante la devaluación programada del dólar entre 2026 y 2030. El oro será nuestra garantía de reserva de valor fundamental en esta guerra monetaria.

Si el mundo requiere petróleo, deben suspenderse las sanciones; de lo contrario, solo empresas rusas y chinas expandirán su presencia en nuestros 18.000 pozos. Nuestro ecosistema digital permite que el petrodólar en criptoactivos funcione como detonante de una canasta nacional de monedas que incluya el e-VES, e-CNY y e-RUB.

Cuarto: Democracia directa y geopolítica

En este relato hegemónico, la democracia ha sido descartada por el enemigo. Frente a la intención de robarnos el oro, nuestra arma más poderosa es el sistema de democracia directa: la Consulta Pública.

Venezuela es el «5to alfil» en el tablero geopolítico multipolar. La acción violenta de Donald Trump, diseñada para provocar la falta absoluta del presidente, ha resultado en el secuestro de un mandatario en ejercicio, quien es ahora un prisionero de guerra. Hemos constituido un renacido sentido de la venezolanidad, capaces de vencer la incertidumbre y renacer con más fuerza.

Cierre

Este análisis presenta escenarios inéditos de reconfiguración económica global. Venezuela tiene las condiciones objetivas y subjetivas para transformar su realidad política, social y económica de inmediato. Como colectivo nacional, nuestra ruta es clara:

  1. Exigir la liberación inmediata de Nicolás Maduro y Cilia Flores.
  2. Defender la soberanía territorial, política y económica.
  3. Resguardar el patrimonio, el territorio nacional y la paz del pueblo patriota.

Frente a la fuerza, oponemos la palabra y el interés nacional. Caminemos la senda de la paz con el escudo de la dignidad, sabiendo que, de ser necesario, cada quien sabe dónde está su fusil.

National Security

Semiótica del National Security Strategy 2025 de USA

Fernando Buen Abad Domínguez

¿Qué significa todo esto?
Desde nuestra mirada semiótica crítica, este documento no puede leerse meramente como plan militar o diplomático, es una Guerra Cognitiva o Batalla Cultural burguesa sobre el orden económico y simbólico mundial, es una nueva gramática de dominación, un reordenamiento de sentidos sobre patria, soberanía, amenaza, identidad, poder. Constituye una operación de hegemonía simbólica: redefine lo que es normal, deseable, legítimo; lo que es amenaza, inseguridad, decadencia; lo que merece protección, intervención, coerción. Y en ese juego simbólico‑estratégico, hay una apuesta por la domesticación del miedo, por la militarización del imaginario social, por la naturalización de la xenofobia, por la resemantización del nacionalismo como escudo contra el caos. Se instituye una nueva semiótica del Estado‑gendarme, de la frontera fortificada, del antagonismo perpetuo, de la soberanía cerrada, de la identidad homogénea. Es un escenario irrenuncable para la disputa por el sentido.

No es un documento neutro; es una operación de poder que respira violencia simbólica, que construye realidades y legitima hegemonías. Desde su primera línea, proclama la soberanía absoluta del Estado-nación como principio irrenunciable, y en esa declaración se inscribe una gramática de exclusión: América no debe compartir su destino, debe defenderlo como un territorio sagrado, como un espacio delimitado por fronteras invisibles y amenazas siempre acechantes. La fuerza no es opción; es mandato, y la legitimidad de la violencia se convierte en norma, en principio rector de la seguridad, en ley no escrita que organiza el mundo y lo redefine. El texto no describe peligros, los produce, los magnifica, los codifica en signos que la sociedad interioriza, que el ciudadano acepta como inevitables. Cada enemigo nombrado —migrantes, potencias extranjeras, actores no estatales— no es simplemente una amenaza; es un significante cargado de miedo, un símbolo que condensa caos, decadencia y peligro, una excusa para justificar el control total y la intervención preventiva. Justificación perfecta para la industria de las armas.
Convierte la historia en mito selectivo y su memoria en instrumento de poder. Europa es decadencia, América Latina es subordinación, Asia es competencia implacable, y cada espacio geopolítico recibe un valor moral y estratégico, un signo que lo posiciona en el tablero de la supremacía. Se establece así un código semiótico de aliados y enemigos que no depende de hechos objetivos, sino de narrativas mercantiles cuidadosamente elaboradas, Europa debe salvarse de sí misma, América Latina debe obedecer, China debe ser contenida, y el orden internacional queda redefinido por la prioridad absoluta del interés estadounidense. La violencia se naturaliza como método, el miedo se normaliza como estado, y la intervención se convierte en derecho inherente del poder que se sabe superior.
En el corazón del documento late una obsesión con la identidad nacional que trasciende la política y toca la cultura misma, lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es diversidad, es amenaza; la mezcla no es riqueza, es descomposición. Los signos de la alteridad —idiomas, costumbres, migración, prácticas culturales— son resignificados como vectores de inseguridad, y esa re-significación opera sobre la percepción social con la fuerza de una máquina disciplinaria: condiciona el imaginario, moldea comportamientos, genera consenso y miedo a la vez. Cada palabra de la estrategia actúa sobre el lector, sobre el ciudadano, sobre la comunidad, construyendo la sensación de que sin control absoluto y vigilancia permanente la nación sucumbiría.
Se despliega además como una coreografía de poder. La fuerza militar no es instrumento, es lenguaje; la economía no es intercambio, es signo de influencia; la diplomacia no es diálogo, es dispositivo de dominación. Cada decisión, cada línea, cada categoría semántica comunica jerarquía y orden: la seguridad se entiende como supremacía, y la supremacía como necesidad moral. La retórica de urgencia y declive articula un crescendo de peligro que legitima cualquier medida, desde la militarización de fronteras hasta la presión económica y la manipulación diplomática. No hay neutralidad; no hay pausa; todo está destinado a producir consentimiento, obediencia, aceptación silenciosa del imperativo de dominio.
Desde la perspectiva de nuestra semiótica crítica, el NSS 2025 es un dispositivo de construcción de realidades, produce enemigos, inventa riesgos, crea consenso mediante la normalización del miedo, y redefine la idea misma de lo legítimo y lo ilegal, lo propio y lo extraño. No se limita a describir la seguridad; la fabrica. No se limita a planear la defensa; condiciona el deseo y la percepción. No se limita a identificar aliados; establece categorías morales que ordenan el mundo y definen la jerarquía de valores. La estrategia, en su esencia, es un acto performativo, produce la realidad que proclama, instituye el orden que anuncia, naturaliza la violencia que necesita para sostenerse.
Finalmente, el documento revela que la seguridad contemporánea no es protección ni bienestar, sino hegemonía. La NSS 2025 nos muestra que la nación se mantiene erguida sobre la exclusión, que la paz se alcanza mediante la fuerza y que la moralidad se mide por la capacidad de imponer un orden global unilateral. Cada signo del texto, cada enunciado, cada construcción discursiva es una herramienta de poder que disciplina cuerpos, moldea imaginarios, crea consentimiento y miedo simultáneamente. Leerlo con semiótica crítica es ver más allá de la estrategia, es reconocer un entramado simbólico que redefine la política, la cultura y la subjetividad, y que revela que el arma del Estadoy del sistema no es solamente el armamento, sino la capacidad de dar sentido al mundo y al peligro, y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable.
Ese NSS 2025 es una operación semiótica que reinscribe al poder global bajo nuevos códigos, redefine enemigos y aliados, reelige valores, legitima estrategias de dominación y condiciona los imaginarios colectivos. Como tal, debe leerse como discurso político‑estratégico —una narrativa de seguridad, amenaza, identidad, soberanía y resguardo— cuyo contenido revela mucho más allá de datos militares, diplomáticos o económicos. La primera semántica sobre la que se levanta el texto es la de la “soberanía nacional” y la “primacía del Estado-nación”. Al afirmar que “los días en que Estados Unidos sostenía el orden mundial como Atlas han terminado”, el NSS marca una ruptura con la pretensión de universalismo exportador de valores —democracia, derechos humanos, liberalismo global— y reivindica, en cambio, un realismo duro, orientado a los intereses propios, al resguardo interno, al control de fronteras, al dominio estratégico.
Esa declaración semiótica implica una reconfiguración simbólica del papel de EE. UU. ya no como gendarme global idealista, sino como potencia que prioriza su integridad cultural, económica, territorial. Se legitima una ética del “nosotros primero”: identidad nacional, control de migraciones, preservación de un imaginario homogéneo frente a lo extraño o lo otro. Ese “nosotros” implica una construcción del otro como amenaza simbólica y existencial. Las “migraciones masivas”, según el NSS, no solamente se describen como un problema administrativo o demográfico, sino como factor de ruptura social: erosionan la cohesión, distorsionan mercados laborales, incrementan crimen, debilitan recursos públicos, perturban la “identidad nacional”. Ese discurso no sólo sataniza a los migrantes, los convierte en signos de desorden, de declive de la nación, de crisis de comunidad. Los migrantes, la movilidad transnacional, se re-semantizan como amenazas simbólicas al orden, al bienestar, a la continuidad del “pueblo‑nación”. Se instituye un régimen semiótico‑político que vincula migración con inseguridad, extranjería con peligro, diversidad con disolución.
Su premisa “paz a través de la fuerza” se convierte en fundamento conceptual, la supremacía militar, la hegemonía económica, el control de fronteras, las alianzas selectivas, la presión comercial —todo ello como instrumentos simbólicos de poder. Su fuerza no aparece como última ratio, sino como medio preferente de legitimación. Esto reconfigura el significado de “seguridad”, ya no como garantía de vida, bienestar o promiscuidad democrática, sino como mantenimiento del dominio, preservación del statu quo, imposición del orden. La violencia —o su mera posibilidad— se normaliza como parte constitutiva del régimen de seguridad.
Advierte sobre una posible “desaparición civilizacional” de Europa, ligada a migraciones, crisis demográficas, declive económico, pérdida de identidad y dependencia de instituciones supranacionales. Esa retórica no solo es estratégica: es simbólica: reconstruye Europa como espacio decadente, impotente, en descomposición, en contraste con la vigorosa identidad nacional‑estadounidense. Esa memoria histórica selectiva y esa narrativa de declive funcionan como dispositivo de miedo, de rechazo, de prohibición a la “mezcolanza”.
Simultáneamente, el documento promueve una re-latinización del dominio estadounidense: bajo el paraguas de un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, el hemisferio occidental es reinstalado como esfera prioritaria de influencia, como patio trasero geoestratégico, económico y militar. Esta revalorización del “patio trasero” conlleva una carga simbólica fuerte: América Latina es rehecha como zona de mampara, de recurso, de control, de subordinación estratégica. Se legitima una hegemonía directa basada en la proximidad geográfica, en la dependencia económica, en la militarización. Esa narrativa reproduce viejos imaginarios neocoloniales, condensados ahora en forma de política de seguridad nacional. Apela al mito de la grandeza nacional, a la memoria de una “América poderosa”, autónoma, soberana, autosuficiente; un pasado imaginado de supremacía, vitalidad cultural, dominio económico y militar. Esa nostalgia simbólica funciona como ethos nacionalista: legitima la restauración del predominio, la recuperación del control, la reafirmación de valores identitarios frente a la globalización, la mezcla, la disolución. El miedo al otro —al inmigrante, al extranjero, al distinto— se convierte en fundamento moral de la seguridad interna y externa.
Los migrantes, por ejemplo, son resignificados como vectores de inseguridad y desestabilización cultural. La amenaza ya no es solo tangible o física, sino simbólica: se construye la idea de que la alteridad, la diferencia y la movilidad social constituyen riesgos para la continuidad del Estado-nación, generando un marco discursivo que naturaliza políticas de exclusión y control. El documento también opera mediante la retórica de la fuerza como medio legitimador. La supremacía militar, la presión económica y la intervención selectiva se presentan no como alternativas, sino como imperativos estratégicos para preservar la integridad nacional. La normalización del uso de la fuerza, incluso preventiva, constituye un signo semiótico que imponeestabilidad, autoridad y dominio. En este sentido, la violencia se convierte en un elemento constitutivo del orden, mientras la diplomacia y la cooperación son relegadas a un plano secundario, subordinadas al imperativo de seguridad entendido como monopolio del Estado sobre la protección de su espacio y su identidad.
Contra la idea de comunidad internacional basada en cooperación y consenso, el documento adopta una semántica de soberanías fragmentadas, de bilateralismo selectivo y de proteccionismo económico. Se construye una lógica en la que la interdependencia se percibe como vulnerabilidad, y la autonomía estratégica se convierte en principio rector. Esta operación simbólica es, en esencia, un reordenamiento del sentido de la seguridad global, que legitima la reducción del multilateralismo y el fortalecimiento del poder unilateral como norma de conducta. No sólo describe un mundo amenazante, sino que lo configura, determina cómo se perciben los enemigos, cómo se legitiman las políticas y cómo se construye la idea misma de lo nacional frente a lo externo. La narrativa simbólica del documento instituye jerarquías, impone categorías de valor y amenaza, y produce una gramática de orden que condiciona la acción y la percepción de la comunidad.
Cada enemigo nombrado en el texto —migrantes, potencias rivales, actores no estatales— no es un problema abstracto; es signo, es símbolo de caos, de decadencia, de peligro inminente. Los migrantes son más que cuerpos en movimiento: son alteridad codificada como amenaza, vector de desorden cultural, riesgo de erosión de la identidad nacional. China y Rusia no son solo competidores estratégicos; son representaciones de desafío, signos de contrariedad que la narrativa resemantiza para justificar la supremacía estadounidense. El documento transforma la percepción social: la amenaza no se encuentra en la realidad objetiva, sino en la forma en que se construye discursivamente, en la cadencia de sus frases, en la insistencia de sus imágenes de crisis y peligro perpetuo.
Su superioridad militar no es instrumento; es lenguaje. La economía no es intercambio; es poder que se impone y se reconoce. La diplomacia no es negociación; es maniobra para consolidar la hegemonía. Cada oración es performativa: produce consenso, disciplina imaginarios, legitima decisiones que en otros contextos serían cuestionadas. La estrategia convierte la violencia en norma y el miedo en herramienta, y en ese acto de semiótica política, lo simbólico y lo material se confunden: lo que se dice construye lo que se hace y condiciona lo que se percibe como inevitable. El texto también manipula la historia y la memoria: construye nostalgia, inventa grandeza, selecciona relatos de gloria y derrota para consolidar un ethos nacionalista. La grandeza estadounidense es ideal, mito y norma; lo otro es siempre riesgo, declive y amenaza.
No es un documento, es un relámpago. Cada palabra fulmina certezas, cada línea reconstruye la realidad bajo la tiranía de la soberanía. América no se defiende: se erige. No protege: impone. Desde su inicio, proclama que el mundo se organiza alrededor de su poder, que la identidad nacional es escudo y espada, que lo otro, lo diferente, lo migrante, es peligro, es amenaza, es fractura de un orden que se sabe absoluto. La seguridad no es una política; es un acto de creación, una semiótica del miedo, una coreografía de hegemonía que obliga a mirar, temer y aceptar.
Lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es riqueza, es fractura; la alteridad no es pluralidad, es amenaza. Migración, lengua, costumbre, cultura: signos codificados en pánico, vectores de control. Cada palabra del documento es una operación semiótica: disciplina cuerpos, condiciona deseos, convierte la percepción en obediencia y el miedo en legitimidad. La seguridad deja de ser protección y se convierte en espectáculo de dominio, en ritual de imposición, en lógica de inevitabilidad. La estrategia no habla de paz,habla de supremacía. No habla de cooperación, habla de dominio. No habla de comunidad internacional: habla de jerarquía. Cada signo del texto es una señal: obedecer o temer. Cada frase, un acto de poder: producir consenso, fabricar enemigos, normalizar la fuerza, hacer que lo inevitable parezca natural. La fuerza, el miedo, la identidad se entrelazan en un solo código que atraviesa la política, la cultura y la conciencia misma de quienes observan, temen y aceptan.
No organiza sólo ejércitos ni despliega estrategia, organiza imaginarios, construye realidades, instala leyes invisibles de poder. Cada palabra es un martillo, cada oración una tromba. La estrategia no solo predice el mundo; lo fabrica. No sólo describe amenaza; la inventa. No sólo llama a la acción; la impone, desde la percepción hasta la obediencia, desde la identidad hasta la moralidad. La seguridad se vuelve hegemonía, y la hegemonía se vuelve espectáculo, y el espectáculo se convierte en verdad que todos reconocen y aceptan, mientras el mundo gira bajo un código de miedo y poder que nadie osa cuestionar.
El documento arde en su propia cadencia, golpea con ritmo de relámpago, deslumbra con la claridad del poder que se sabe absoluto. Leerlo con semiótica crítica es ver la arquitectura de la dominación: cómo se construyen enemigos, cómo se codifica la amenaza, cómo se fabrica la obediencia, cómo el miedo se vuelve estética y la hegemonía se vuelve belleza terrible y luminosa. Este documento no solo organiza seguridad: organiza percepción, conciencia, imaginación, voluntad. Cada palabra es un acto de fuerza, cada línea un rayo que corta, y cada párrafo es un fuego que ilumina, ciega y obliga a mirar el poder en toda su desnudez.
Su narrativa no sólo construye amenaza; construye identidad. Lo americano es virtud; lo otro es riesgo. La diferencia no es riqueza cultural; es fractura. Cada palabra, cada enunciado, disciplina cuerpos, moldea deseos y dirige la conciencia. La seguridad deja de ser protección para convertirse en espectáculo de poder: un orden visible e invisible, un código que atraviesa lo político, lo social y lo subjetivo, un instrumento que convierte la inevitabilidad del dominio en certeza moral.
Esa es la semiótica de la hegemonía contemporánea: no es suficiente controlar fronteras, desplegar ejércitos o ejercer diplomacia. El poder se ejerce sobre la percepción: cada palabra es arma, cada frase es ritual, cada párrafo es acto performativo que disciplina, moldea y organiza la realidad. La estrategia no predice el mundo; lo fabrica. No describe riesgo; lo produce. No propone seguridad; impone orden y consentimiento. La hegemonía se vuelve narrativa, y la narrativa se vuelve experiencia colectiva: leer la NSS 2025 es observar cómo el poder convierte miedo, identidad y fuerza en un solo código semiótico que atraviesa todo, desde la percepción hasta la moralidad, desde la política hasta la conciencia. En ese entramado se evidencia que la verdadera fuerza de la estrategia no reside en sus recursos materiales, sino en su capacidad de dar sentido al mundo y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable, justo y necesario. La geopolítica es traducida a lenguaje moral: no organiza sólo ejércitos ni despliega sólo tropas; organiza percepciones, códigos de miedo y obediencia que atraviesan cultura, política y subjetividad. La historia es seleccionada, el mito es instrumento, la memoria es construcción estratégica: lo americano es virtud, lo otro es peligro. La diferencia no es riqueza; es fractura; la alteridad no es pluralidad; es amenaza.
Su texto arde, golpea, deslumbra, indigna y ciega. La NSS 2025 no sólo comunica; devasta y reconstituye, y quien lo lee no sólo comprende, se enfrenta a un paisaje horrible del poder burgués en su forma más cruda, al acto de creación simbólica que desfigura laidentidad, amenaza, obediencia y futuro. Cada signo es martillo, cada frase es chispa, cada párrafo es relámpago que ilumina y quema la percepción, recordando que la hegemonía no se sostiene solamente con recursos materiales, sino con la fuerza de la narrativa, la fuerza del sentido y la fuerza de la semiótica que atraviesa la conciencia colectiva y convierte miedo, identidad y poder en una sola corriente indomable.Horrible.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Buen Abad

Quizá la tarea académica más compleja

Fernando Buen Abad Domínguez

En materia de comunicación revolucionaria, un desafío siempre complejo consiste en comprender, de raíz y sin rodeos, que el campo comunicacional no es un terreno neutro, inocente o ingenuo, sino un espacio histórico atravesado por relaciones de poder que configuran sentidos, legitiman estructuras y moldean subjetividades. Esta afirmación, que puede sonar elemental en ciertos círculos críticos, resulta todavía un desafío intelectual, político y metodológico para una gran parte de las instituciones académicas contemporáneas, muchas de las cuales se mantienen aferradas a una noción tecnocrática, mercantil o puramente instrumental de la comunicación. Asumir la comunicación como un campo de disputa, como una arena donde se dirimen proyectos civilizatorios en conflicto, implica desmontar capas de ideología sedimentada y reconocer que ninguna práctica comunicacional se mueve al margen de las tensiones sociales que la producen. De ese punto de partida se desprende prácticamente todo el debate sobre la comunicación revolucionaria, una comunicación que no pretende limitarse a describir el mundo, sino que aspira a transformarlo.

Nuestra tarea académica más compleja no se reduce a identificar, denunciar o cartografiar los mecanismos de dominación simbólica desplegados por las “grandes” corporaciones monopólico-mediáticas. Ese es apenas el primer plano. Lo verdaderamente difícil es diseñar, promover y sostener alternativas comunicacionales capaces de disputar hegemonía, generar nuevas formas de sensibilidad colectiva y empujar procesos de emancipación material y espiritual. La dificultad procede, en gran medida, del hecho de que la comunicación revolucionaria necesita desenredar simultáneamente múltiples nudos: el epistemológico, el ético, el político, el estético, el tecnológico y el organizativo. Cada uno de estos hilos está entrelazado con los demás y ninguno puede resolverse por separado sin afectar el tejido completo del proyecto emancipador.

En el plano epistemológico, la comunicación revolucionaria enfrenta el reto de crear marcos conceptuales que no reproduzcan las lógicas de pensamiento fragmentado y utilitario heredadas de la racionalidad dominante. No se trata sólo de cuestionar las teorías que reducen la comunicación a un proceso de transmisión de mensajes o a un conjunto de operaciones técnicas. Se trata de concebirla como un fenómeno social total, que combina estructuras materiales, condiciones históricas, dispositivos tecnológicos y prácticas culturales cargadas de intencionalidad política. Esto obliga a superar las dicotomías clásicas —emisor/receptor, contenido/código, información/opinión— y a pensar la comunicación como un entramado dinámico donde circulan intereses y proyectos en disputa. Desde esta perspectiva, elaborar una teoría de la comunicación revolucionaria significa asumir que el conocimiento no puede escindirse de su función social y que toda construcción conceptual debe orientarse a fortalecer la conciencia crítica y la organización colectiva.

Es un nudo ético que se vuelve particularmente sensible porque la comunicación revolucionaria requiere un compromiso profundo con la verdad, la solidaridad y la dignidad humana. No basta con denunciar la manipulación o la mentira sistemática de los aparatos ideológicos del capital; es necesario construir modos de comunicar que rehúyan las trampas del sensacionalismo, la desinformación y la instrumentalización del sufrimiento humano. La ética revolucionaria parte del reconocimiento de que las palabras son un acto social y que su potencia política depende de su coherencia con los principios de justicia y emancipación que se busca promover. Esto implica revisar críticamente las prácticas comunicacionales, incluso dentro de los propios movimientos populares, para evitar reproducir vicios que terminan debilitando las luchas transformadoras. La ética no puede ser un adorno discursivo, es el cimiento mismo de la credibilidad y la legitimidad del proyecto comunicacional.

En la lucha política, la tarea se vuelve aún más desafiante. La comunicación revolucionaria no puede existir aislada de los procesos de organización popular, porque su objetivo no es entretener ni persuadir superficialmente, sino contribuir a la construcción de poder colectivo. La política revolucionaria entiende la comunicación como un instrumento central para articular demandas, visibilizar injusticias, disputar sentidos comunes y fortalecer identidades compartidas. Sin embargo, también reconoce que no hay comunicación revolucionaria sin participación activa de las comunidades; no puede ser una operación vertical dictada desde una vanguardia ilustrada, porque su fuerza reside precisamente en ser un proceso abierto, democrático y enraizado en la experiencia cotidiana de las mayorías. El desafío político consiste entonces en crear estructuras comunicacionales que funcionen como órganos vivos del cuerpo social, capaces de escuchar, interpretar y proyectar las voces populares sin domesticar su diversidad ni diluir su potencia transformadora.

También el reto estético añade otra capa de complejidad. La comunicación revolucionaria debe disputar no sólo el contenido, sino también las formas de sensibilidad que dominan el ámbito mediático. El capitalismo ha desarrollado un sofisticado arsenal estético destinado a capturar la atención, fragmentar la percepción y producir emociones acordes con su lógica de consumo. Combatir ese entramado requiere una imaginación creativa que revalorice la belleza vinculada a la vida, a la comunidad y a la lucha por la justicia. La estética revolucionaria no repudia la innovación ni los lenguajes contemporáneos; los reinterpreta desde una perspectiva que permita revelar lo invisible, dignificar lo silenciado y generar resonancias afectivas capaces de fortalecer el tejido social. La estética no es un accesorio: es un espacio donde se juega la disputa por la sensibilidad colectiva y por la capacidad de imaginar futuros alternativos.

Incluso desafío tecnológico, por su parte, es doble agudizado por la dependencia feroz que padecemos. Por un lado, es necesario comprender que las tecnologías de la comunicación no son artefactos neutrales, sino dispositivos diseñados en consonancia con intereses económicos y militares. Esto obliga a desarrollar una crítica radical que permita identificar los mecanismos de vigilancia, segmentación y control que operan en plataformas digitales, redes sociales y sistemas algorítmicos. Pero, por otro lado, tampoco es posible renunciar al uso de estas tecnologías, porque forman parte del ecosistema cotidiano en el que se mueven millones de personas. La comunicación revolucionaria debe, entonces, apropiarse críticamente de las herramientas existentes, hackear sus lógicas cuando sea posible y, al mismo tiempo, impulsar el desarrollo de tecnologías soberanas que respondan a necesidades públicas y no a intereses corporativos. Esta doble tarea exige un conocimiento técnico sólido combinado con una perspectiva política capaz de orientar la innovación hacia fines emancipadores.

Y, el nudo organizativo es quizá el más complejo de todos porque implica articular en la práctica aquello que en el plano teórico puede parecer claro. Crear estructuras comunicacionales revolucionarias demanda procesos de formación, distribución de responsabilidades, mecanismos de participación comunitaria, sistemas de producción de contenidos, redes de colaboración y estrategias de sostenibilidad a largo plazo. Todo esto debe construirse en un entorno donde los recursos suelen ser escasos, las condiciones laborales precarias y las presiones externas constantes. Sostener un proyecto comunicacional revolucionario requiere disciplina colectiva, capacidad autocrítica, vocación pedagógica y una claridad estratégica que permita sortear obstáculos sin desmoronar el sentido profundo de la propuesta. La organización, por tanto, no puede ser improvisada ni dependiente del entusiasmo momentáneo: necesita raíces profundas y una estructura flexible capaz de adaptarse sin renunciar a sus principios.

Cada uno de estos planos —epistemológico, ético, político, estético, tecnológico y organizativo— se entrelaza en la tarea académica de la comunicación revolucionaria. La academia, en este sentido, enfrenta un reto fundamental que es romper con la tendencia a aislar la teoría de la práctica y construir un conocimiento que pueda dialogar con los movimientos populares, alimentarse de sus experiencias y contribuir al fortalecimiento de sus luchas. No se trata de utilizar a las comunidades como objeto de estudio ni de explotar sus dinámicas para producir publicaciones indexadas. La verdadera tarea académica es ponerse al servicio de la transformación social, construir herramientas conceptuales y metodológicas que permitan comprender los procesos comunicacionales en toda su complejidad y generar propuestas que puedan ser apropiadas y reelaboradas por quienes enfrentan las injusticias en su vida cotidiana.

Este desafío obliga a repensar también la función de la universidad. Una institución académica que pretenda abordar la comunicación revolucionaria debe revisar sus propios vínculos con las lógicas de mercado, con los intereses corporativos que financian investigaciones y con las políticas de estandarización que subordinan la producción de conocimiento a criterios cuantitativos. Las universidades han sido, en muchos casos, espacios donde se reproduce la ideología dominante, no solo en los contenidos curriculares, sino también en sus formas de gestión, sus jerarquías y sus prioridades institucionales. Transformar la enseñanza de la comunicación implica abrir las puertas a experiencias populares, reconocer saberes comunitarios y generar espacios de co-creación donde docentes, estudiantes y organizaciones sociales puedan construir colectivamente conocimientos útiles para la emancipación.

Este proceso exige valentía intelectual para cuestionar las disciplinas establecidas, pero también humildad para escuchar lo que nace de la experiencia de lucha. Autocrítica. La comunicación revolucionaria no puede ser enseñada únicamente desde bibliotecas o laboratorios de medios: necesita imbricarse con el territorio, con la historia de las resistencias populares y con los sueños de quienes enfrentan cotidianamente la explotación.

A esta complejidad se suma el contexto global actual, marcado por una concentración mediática sin precedentes, por la proliferación de discursos de odio y por el avance de tecnologías que amplifican la desinformación y la manipulación algorítmica. En este escenario, la comunicación revolucionaria se vuelve más urgente y más desafiante. La velocidad de circulación de contenidos, la saturación informativa y la lógica de la viralidad imponen formas de interacción que dificultan la elaboración reflexiva y favorecen la reproducción automática de emociones prefabricadas. La academia debe analizar críticamente estas dinámicas, evitar la tentación de adaptar sus métodos a la lógica del impacto superficial y recuperar la importancia del pensamiento riguroso como herramienta para enfrentar el caos informacional.

Sin embargo, no todo es sombrío. También emergen nuevas posibilidades. La proliferación de proyectos colaborativos, medios comunitarios, radios populares, plataformas autogestionadas y redes de solidaridad digital demuestra que existen alternativas reales capaces de disputar el sentido común. Estos espacios no solo producen contenido: producen formas de relación que desafían la lógica individualista y fortalecen la posibilidad de una comunicación basada en la cooperación y la conciencia colectiva. La academia tiene la responsabilidad de aprender de estas experiencias, apoyarlas, investigarlas con respeto y contribuir a su expansión sin intentar subsumirlas a marcos teóricos que no les hacen justicia.

Y, la tarea más compleja consiste en articular todas estas dimensiones en un proyecto coherente. La comunicación revolucionaria requiere pensamiento crítico, ética, política, estética, tecnología y organización, pero también necesita un horizonte utópico que permita orientar cada esfuerzo, cada investigación, cada pieza de contenido, hacia la construcción de un mundo más justo. Ese horizonte no se encontrará en ninguna doctrina cerrada ni en ningún manual. Se construye colectivamente, día a día, en la práctica comunicacional que acompaña y fortalece las luchas de los pueblos.

Nuestra comunicación revolucionaria no puede reducirse a un estilo de discurso, a una estética militante o a una narrativa heroica. Es un modo de existir en el mundo, de relacionarse con los otros, de asumir la palabra como acto de liberación. Quien comunica desde una perspectiva revolucionaria no lo hace para acumular prestigio académico ni para alimentar la vanidad intelectual, sino para contribuir a la formación de sujetos críticos capaces de transformar su realidad. La tarea académica más compleja, por tanto, es aprender a desaprender: abandonar los moldes rígidos, desconfiar de las categorías heredadas, reconocer la historicidad de todo conocimiento y aceptar que la teoría debe moverse al ritmo de los pueblos en lucha.

Nuestra responsabilidad académica tiene un papel fundamental en ese proceso, no como autoridad incuestionable que dicta el camino, sino como espacio de porblematización, reflexión, creación, acompañamiento e intervención crítica y autocrítica. Comprender la magnitud de esta tarea implica asumir que la comunicación no es un accesorio de la política, sino uno de sus corazones más profundos. Allí donde se disputa el sentido, se disputa también la posibilidad de otro mundo. Y es precisamente en esa disputa donde la comunicación revolucionaria encuentra su razón de ser y su desafío más grande.

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Metabolismos del Nazi-Fascismo en los “Mass Media”

Aunque parece no haber evidencia de que Joseph Goebbels dijera: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”, parece que se metabolizó del original “Si repites una idea lo suficiente, la gente terminará creyéndola. La propaganda debe ser popular, adaptada al nivel más bajo de inteligencia.” (Diarios de Goebbels, 1941) y la convirtieron en un axioma de la publicidad y la propaganda burguesa, infiltrada pertinazmente en las cabezas de sus “profesionales”. Algunos le llaman a eso “sentido común”. 

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Claudia Orsini: Comandante Chávez, Gracias por el Fuego

Por: Claudia Orsini

“Como salir del laberinto”, escribía junto con sus compañeros de armas el Comandante Hugo Chávez desde la cárcel de Yare en el año 1994. Ese laberinto que para aquel momento solo tenía una salida, el abismo.

En ese mismo tiempo y mismo lugar el Comandante también pintaba un cuadro, en el que se distinguía un brazalete tricolor que ya se veía libre por entre los barrotes, era el alma Bolivariana, el Fuego Sagrado que volvía a agitar los pueblos, era el espíritu de la libertad que es imposible oprimir.

En esa misma Venezuela – fuera de aquella cárcel en Yare – se veía y más aún se sentía a un pueblo movilizado, madres, esposas, todos metidos en la revuelta, en aquella Venezuela insurrecta, rebelde y anti imperialista en la que nadie vacilaba, no había nadie arrepentido, todos y todas en un solo propósito, acompañar al Comandante Chávez, no dejarlo solo y blandiendo como bandera la consigna que él propio Comandante usaba en sus notas: “echemos  el miedo a la espalda y salvemos a la patria”.

En aquel momento, como ahora, algunos no entendían que no era una mera consigna, sino que eran las palabras vivas y ardientes de nuestro Libertador encarnadas en nuestro pueblo y en su acción.

En estas faenas cotidianas se fundaba el Chavismo, el pueblo llano, como siempre, fue el primero en recibir este llamado, con una profunda simplicidad, franqueza y simbolismo  que nos devolvía la memoria nacional,  pero también la memoria y el significado de lo que es un ser humano, sin demagogias ni promesas materiales, pero si colmadas de justicia y decencia.

Al salir de aquella prisión de la dignidad en Yare, el Comandante habló en cada pueblo, en cada plaza Bolívar y en cada espacio que pudo, fuera y dentro del país, con su mensaje revolucionario lejos del reformismo, por lo que nunca lo vimos con los viejos partidos políticos, tampoco fue a la embajada gringa, no hizo nunca un viaje de campaña a Miami, ni a Madrid, tampoco lo vimos en el despacho de algún ministro, y mucho menos en llave con algún miembro de FEDECAMARAS, en lugar de eso caminó sin temor entre campesinos, obreros, pescadores y estudiantes, es decir entre el pueblo sencillo, de vidas corrientes, pero firme de carácter.

El Comandante Chávez alejado de ser un ególatra, nunca nos convocó para su causa personal, más bien desde el primer momento y permanentemente nos está convocando para que nosotros mismos cambiemos nuestra forma de vida y nuestros propósitos, en la esperanza para salir del camino de la muerte al camino de la vida, por eso su pueblo, siempre sin vacilar, lo acompañó y lo sigue acompañando para preservar su legado y llevar su mensaje, honrándolo a cada paso que da, sintiéndose cada uno el encargado de continuar la obra de Chávez, ya que como el mismo decía premonitoriamente que “No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la restauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria”.

El statu quo de hombres y mujeres seudo ilustrados, elegantes, con dinero y poder, no entiende como después de estos 12 años Chávez aún sobrevive, y es que siempre nos advirtió  de la posibilidad de que él podía no estar físicamente, pero que ante ello, las ideas debían  permanecer vivas, y nuestra misión era divulgar y encarnar el pensamiento Bolivariano, defender al pueblo con justicia, hacerlo desde el amor, defender la inocencia, entre cuidarnos, y entre ayudarnos, por ello los bolivarianos seguimos y seguiremos aquí, en “Unidad, Lucha, Batalla y Victoria”.

PD: Ante la polémica desatada por la continuación del ilegal bloqueo del imperio norteamericano contra nuestra Venezuela, esta vez con efecto sobre la empresa petrolera Chevrón, los chavistas deseamos responder desde lo más profundo de nuestro honor bolivariano con una frase propia del mismo Libertador: “¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas.”. 3 al 4 de julio de 1811 ante la Sociedad Patriótica.

Prieto Figueroa

OPINIÓN | El maestro Prieto al Panteón Nacional

Por Alí Ramón Rojas Olaya

El presidente Nicolás Maduro Moros anunció el jueves 9 de enero de 2025 que los restos del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa estarán en el Panteón Nacional el Día Nacional del Maestro, es decir, el 15 de enero. Uno de los pedagogos de Nuestra América más importantes del siglo XX es el robinsoniano Luis Beltrán Prieto Figueroa para quien la educación debía responder al interés de la mayoría y en tal sentido habría de ser democrática, laica, gratuita y obligatoria combinando la igualdad de oportunidades y la selección sobre la base de las capacidades del individuo. Tuve la oportunidad de conocerle en 1992 en la Plaza Bolívar. Nunca olvidaré su frase «adeco es adeco hasta que piensa».

Día del Maestro

Cada 15 de enero se celebra en Venezuela el Día del Maestro, decretado por el presidente Isaías Medina Angarita en 1945 en homenaje a la lucha por las reivindicaciones que en 1932 gestaron los obreros de la ciencia y la virtud, con Prieto en la vanguardia, contra la dictadura de Juan Vicente Gómez. Aquel día se fundó la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria, que cuatro años más tarde se convirtió en la Federación Venezolana de Maestros, en la sede del antiguo Colegio Vargas, ubicado entonces en la esquina de Cují. Prieto es uno de los continuadores del Estado docente, creado por Simón Rodríguez en 1840 cuando exige: «Asuma el Gobierno las funciones de padre común en la educación».

Profesor, catedrático y maestro

El poeta, maestro y político margariteño Luis Beltrán Prieto Figueroa nació en La Asunción el 14 de marzo de 1902. Siempre que hablamos de él lo llamamos maestro Prieto, no profesor Prieto ni catedrático Prieto, aunque él reunía los tres dones. Simón Rodríguez distingue entre profesor, catedrático y maestro: “Profesor, es el que hace ver, por su dedicación, que se aplica exclusivamente a estudiar un arte o ciencia. Catedrático, es el que comunica lo que sabe o profesa, sentado en alto. Maestro es el que enseña a aprender y ayuda a comprender”, en este sentido, para Rodríguez, «el título de Maestro no debe darse sino al que sabe enseñar, esto es, al que enseña a aprender, no al que manda aprender, o indica lo que se ha de aprender, ni al que aconseja que se aprenda». Para Simón Rodríguez, se puede ser profesor o catedrático, pero no maestro porque «maestro es el dueño de los principios de una ciencia, o de un arte, y que, transmitiendo sus conocimientos, sabe hacerse entender y comprender con gusto; y es el maestro por excelencia, si aclara los conceptos y ayuda a estudiar, si enseña a aprender, facilitando el trabajo, y si tiene el don de inspirar a uno, y excitar en otros, el deseo de saber».

Universidad antiimperialista

El maestro Prieto, sostenía que el deber ineludible de toda universidad es ser antiimperialista con el compromiso de crear por todos los medios una atmósfera intelectual y moral de libertad, de respeto a las ideas ajenas y del saber por el saber, en que la autoridad sólo se establezca en las personas que en ella hacen vida por su apego a la verdad, por su pasión científica y por su dedicación sin reservas a la cultura y a la nación.

Revolución política y económica

Simón Rodríguez en 1832, en Observaciones sobre el terreno de Vincocaya, nos dice que «Una revolución política pide una revolución económica». En este sentido, el maestro Prieto en 1947 en El Estado docente nos conmina:

«Hay que luchar por el establecimiento de un régimen de igualdad, donde el poder económico esté en las manos del pueblo mediante el control de las industrias básicas y las palancas del poder económico del crédito, representado en los bancos, donde la tierra laborada por los campesinos, organizados en grandes cooperativas produzca para todos y no para beneficio de una casta. Una estructura económica así organizada devolvería a la democracia su prístina esencia de régimen de la mayoría organizada de los que generan la riqueza.

En ella el pueblo liberado de la coyunda oligárquica puede organizar las escuelas para formar ciudadanos y no ‘lacayos sumisos’ ni ‘trabajadores’ para producir a las órdenes de un amo».

Estados Unidos no quiere al negro

Rómulo Betancourt es uno de los personajes venezolanos que gradualmente se van desdibujando del imaginario colectivo en la medida en que se interpreta su pensamiento más allá de frases emblemáticas como «adeco es adeco hasta que se muere», «disparen primero y averigüen después», o «Neruda es un poeta en decadencia». Su posición ética y convicción ideológica se encuentra en su propio discurso. Este político guatireño es protagonista en un hecho transcendental en la historia contemporánea de Venezuela: la candidatura del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa en 1967. El imperialismo estadounidense aprueba la candidatura por el partido Acción Democrática de Gonzalo Barrios y saca del juego electoral al pedagogo margariteño tal y como queda evidenciado en esta cita de Betancourt a finales de1967:

«Pero es que Prieto se ha vuelto loco; ¿es que acaso él podría gobernar sin el consentimiento de Washington? Prieto también vive contaminado por la fiebrecita de ese hipócrita izquierdismo, producto no de principios sino de un resentimiento secular, que sudan pero que nunca pasan, quienes se han amamantado en las ubérrimas ubres de la ambición grupal. Él no entiende acaso que quienes determinan el poder no lo quieren para nada: la iglesia lo odia, en las Fuerzas Armadas no lo tragan, en los medios de comunicación lo muestran horriblemente feo, sin ninguna gracia personal, los empresarios lo harían papilla a las primeras de cambio creándole desabastecimiento y una espantosa especulación» y culmina preguntándose «qué se ha creído, que los americanos lo dejarían gobernar; es que ya me lo han dicho: al negro no lo queremos».
En una entrevista publicada en El Universal el 27 de septiembre de 1968 el Maestro Prieto diría «Creo que nunca he sido adeco, si por ello se entiende un hombre que usa el poder para perseguir a la colectividad para su propio beneficio. No soy adeco, si por ello se entiende al político que emplea la fuerza para destruir a sus enemigos. Es la negación de lo que yo he sido y soy».

Inces

El maestro Prieto transformó la vieja Escuela de Artes y Oficios para Hombres en Escuela Técnica Industrial el 10 de julio de 1947 y cofundó el Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCE) en 1959, como parte de los «establecimientos organizados con la colaboración de los empresarios para el entrenamiento en servicio de obreros y empleados y para la capacitación técnica de los aprendices», como bien explica Aristóbulo Istúriz en la presentación de El Estado docente en el año 2006 en la edición de la Biblioteca Ayacucho. Istúriz nos habla de la ley que concibe al Ince y enfatiza «el aporte de los empresarios como una obligación que emerge de las relaciones de la empresa con sus trabajadores y de la situación en que éstos se encuentran colocados”. Para el exministro de educación y exvicepresidente de la república, «El INCE se ocupa de la alfabetización de los obreros y campesinos analfabetas y de su posterior inclusión en programas de entrenamiento a fin de disponer de mano de obra mejor y con ello de mayor y mejor producción».

Para Wuikelman Ángel, actual presidente del Instituto Nacional de Capacitación y Educación Socialista (Inces), «promover la importancia de la formación técnica en el país» es prioridad y “en la educación media se debe incorporar formación del hacer técnico para que el estudiante vaya al nivel universitario con una base». Para este continuador de la obra de Prieto Figueroa, «esa formación debe ser dual, debe hacerse en el campo práctico».

Palabra de luz

Prieto fue maestro de primaria desde 1920; de secundaria desde 1932; y universitaria desde 1936 y su actividad la complementó siempre con una intensa labor intelectual difundida en periódicos, revistas y libros. El Maestro Prieto abordó una realidad que le era angustiante, y le retaba a su propio quehacer y concepción ética.

La palabra del maestro es luz. En Caracas, el 23 de abril de 1993, Prieto Figueroa partió a la eternidad. Estamos seguros que el Panteón Nacional se engalanará con tan sabio huésped porque, como le cantó Alí Primera, «su enorme figura siempre se ha levantado en defensa de la ternura, de la alegría que deben tener en el alma todos los hombres que luchan por la vida, por la redención de toda la humanidad».