Hoy la paz en Venezuela dejó de ser, después de la invasión imperial yanqui y del secuestro del presidente en funciones, una noción ingenua asociada al simple silencio de las armas o a la estabilidad administrativa garantizada por el orden heredado. Desde ese punto de quiebre histórico, la paz se resignifica como una conquista política, ética y cultural, inseparable de la soberanía y de la conciencia popular. La revolución bolivariana, al emerger de ese trauma colectivo, no sólo resistió una agresión concreta, sino que inauguró horizontes inéditos para pensar la paz como proceso histórico, como praxis transformadora y como antagonismo activo frente a la violencia estructural del capitalismo imperial.
Tal invasión no fue únicamente un episodio militar o un acto puntual de fuerza; fue la manifestación descarnada de una lógica imperial que concibe a los pueblos como objetos administrables y a sus gobiernos como piezas descartables. El secuestro del presidente, más que una interrupción institucional, fue un intento de secuestro de la voluntad popular, un mensaje dirigido a toda América Latina, la democracia sólo es tolerable mientras no cuestione la arquitectura del poder global. En ese contexto, hablar de paz sin desmontar las condiciones que hacen posible la agresión habría sido una forma de complicidad. La revolución bolivariana comprendió que la paz no podía seguir siendo un valor abstracto separado de las relaciones de fuerza reales.
Desde entonces, la paz comienza a definirse como capacidad colectiva de resistir en unidad sin reproducir la lógica del verdugo, de defender la vida sin someterla al chantaje de la dominación. No es una paz pasiva ni contemplativa, sino una paz en disputa, que se construye enfrentando las causas materiales y simbólicas de la violencia. El imperialismo yanqui no necesita siempre bombardear para destruir; le basta imponer bloqueos, sanciones, narrativas criminalizadoras y asfixias económicas que convierten la vida cotidiana en un campo de batalla silencioso. Frente a esa guerra difusa, la revolución bolivariana plantea una paz activa, consciente y organizada.
Este nuevo significado de la paz rompe con la tradición liberal que la reduce a equilibrio institucional o a consenso entre élites. La paz revolucionaria es, ante todo, justicia social en movimiento. No puede haber paz donde el hambre es inducida, donde la salud es mercancía o donde la educación es privilegio. La revolución bolivariana aporta a la teoría política latinoamericana la idea de que la paz no se negocia desde la debilidad ni se implora al agresor; se construye fortaleciendo al sujeto popular, ampliando derechos y democratizando el poder. En esa clave, la paz deja de ser un fin distante y se convierte en método de lucha.
Esa experiencia venezolana demuestra que el imperialismo teme más a los pueblos organizados que a los ejércitos convencionales. Por eso la agresión se dirige contra la moral colectiva, contra la memoria histórica y contra la capacidad de imaginar futuros distintos. La revolución responde con pedagogía política, con comunicación popular y con una ética de la solidaridad que desafía el individualismo impuesto. La paz, aquí, es también una batalla cultural, disputar el sentido común que naturaliza la dominación y presentar la resistencia como un acto de amor a la vida.
En este horizonte, la paz se redefine como soberanía integral. No sólo soberanía territorial, sino soberanía económica, alimentaria, tecnológica y comunicacional. Cada dependencia impuesta es una grieta por donde se filtra la violencia imperial. Cada capacidad recuperada es un acto de pacificación profunda, porque reduce la posibilidad de chantaje y de sometimiento. La revolución bolivariana entiende que un pueblo dependiente es un pueblo permanentemente amenazado, y que la paz duradera exige autonomía real para decidir el propio rumbo.
En la dialéctica de la lucha bolivariana esta nueva paz no es conciliadora con la injusticia. No busca armonizar intereses irreconciliables ni esconder el conflicto bajo el lenguaje de la neutralidad. Asume que hay contradicciones históricas entre imperio y pueblo, entre capital y vida, entre dominación y emancipación. La paz revolucionaria no elimina esas contradicciones por decreto, pero las enfrenta desde una racionalidad distinta, donde la violencia no es glorificada, pero tampoco se acepta como destino inevitable. Se trata de desplazar la guerra del terreno militar al terreno político, cultural y moral, donde el pueblo organizado tiene ventajas decisivas.
Después del secuestro presidencial, Venezuela aprendió que la institucionalidad sólo es fuerte cuando está sostenida por un sujeto popular consciente. La paz, entonces, ya no se deposita en las manos de intermediarios, sino que se distribuye como responsabilidad colectiva. Cada comuna, cada consejo, cada espacio de participación se convierte en un núcleo de paz activa, porque fortalece el tejido social que el imperialismo intenta fragmentar. La paz deja de ser centralizada y se vuelve capilar, cotidiana, defendida desde abajo.
Este aporte de la revolución bolivariana trasciende las fronteras nacionales. Propone a los pueblos del mundo una lectura crítica de la paz como categoría política secuestrada por los vencedores de la historia. Frente a la “paz” de los cementerios, la “paz” de los mercados y la “paz” de la obediencia, Venezuela plantea una paz con conflicto, con memoria y con proyecto. Una paz que no se arrodilla ante el agresor ni renuncia a la justicia para evitar el castigo.
Así, el nuevo significado de la paz en Venezuela nace de una herida abierta por la invasión imperial, pero se transforma en una fuente de pensamiento y acción emancipadora. No es una paz ingenua ni derrotada, sino una paz que sabe defenderse, que se sabe histórica y que se sabe incompleta mientras exista un sólo pueblo sometido. En esa conciencia reside su potencia dialéctica, la paz como lucha permanente por la dignidad, la autodeterminación y la vida plena, frente a un imperio que sólo puede ofrecer silencio impuesto y orden para pocos.
La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) rechaza de manera contundente la reciente aprobación de la Orden Ejecutiva del gobierno de Estados Unidos, contra la Replública de Cuba, en la que declara una «emergencia nacional» e impone aranceles a los países que suministren petróleo a la nación caribeña.
Davos es un ritual anual de apareamiento simbólico (y no sólo) entre capitales, Estados y corporaciones. Davos, y su reunión de jerarcas del Foro Económico Mundial (WEF), del 19 al 23 de enero de 2026, no empieza con sus discursos, sino con su escenografía, un valle alpino pulcro, blindado, nevado, donde el frío funciona como metáfora de la distancia social y moral entre quienes deciden y quienes padecen. Davos es un signo antes que ser un evento. Un signo que se repite cada año para reafirmar una idea central del capitalismo tardío: el mundo está en crisis, pero la crisis se administra mejor desde salones calefaccionados, con credenciales colgadas al cuello y un lenguaje que simula preocupación mientras protege intereses. Hablar de Davos es leer un texto cargado de símbolos hegemónicos, silencios y gestos calculados, donde el significado nunca coincide del todo con lo que se dice. El lema de este año es “A spirit of dialogue” (Un espíritu de diálogo) y su plan es fomentar cooperación y conversaciones francas en un mundo cada vez más dividido.
Será un “encuentro al borde del abismo” y no es una fórmula retórica. El abismo aparece como un fenómeno natural, casi geológico, no como el resultado histórico de políticas extractivas, jugosas guerras planificadas, saqueos financieros y devastaciones sociales. Nadie en Davos dice “nosotros cavamos este abismo”. Se dice “el mundo enfrenta riesgos”, “la humanidad vive tensiones”, “la incertidumbre crece”. El sujeto se diluye, la responsabilidad se evapora, el sistema queda intacto. Su escenografía opera como anestesia, sus palabras adormecen al público, sus conceptos desactivan el conflicto de clase, sus narrativas convierten la catástrofe del capitalismo en un problema técnico de gestión.
Un número nutrido de comerciantes de guerras no llegará con botas ni fusiles, llegará con trajes oscuros y powerpoints. Hablarán de “seguridad”, “estabilidad regional”, “reconstrucción”, “industria de defensa”. Cada palabra como eufemismo cuidadosamente pulido para ocultar la sangre detrás del balance. Las guerras, vistas en Davos, no son una tragedia, sino una oportunidad de inversión. Un mercado emergente. Hablarán de contratos, innovación tecnológica, alianzas estratégicas. La semiótica bélica del foro transforma la muerte en externalidad, y la destrucción, en indicador de crecimiento.
Estarán los engañadores mediáticos seriales. Son los intérpretes oficiales del sentido. Traducen el cinismo en optimismo, la codicia en liderazgo, el saqueo en reforma. Presentan a Davos como un espacio plural, diverso, dialogante, cuando en realidad es un coro afinado en torno a una partitura única: la continuidad del orden existente. El pluralismo es escenográfico. La semiótica mediática de Davos consiste en mostrar debate donde hay consenso estructural, y diversidad donde hay homogeneidad ideológica.
Irán los buitres financieros que siempre sobrevuelan el foro como aves sagradas del capital. No necesitan hablar mucho; su lenguaje es el movimiento invisible de los mercados, las expectativas, las calificaciones de riesgo. Allí se negocian futuros que no les pertenecen a quienes los van a vivir. Países enteros aparecen reducidos a gráficos, poblaciones convertidas en variables, derechos transformados en costos. El abismo, para ellos, no es un peligro, sino una ventaja competitiva; cuanto más profunda la crisis, más barata la oportunidad.
Davos funciona como un gran dispositivo de legitimación. No produce decisiones vinculantes, pero produce sentido. Y el sentido es poder. Define qué es un problema y qué no, qué es urgente y qué puede esperar, quién habla con autoridad y quién queda fuera del encuadre. La pobreza se discute, pero nunca como consecuencia necesaria de la riqueza concentrada. La desigualdad preocupa, pero no lo suficiente como para alterar la estructura que la reproduce. Todo se dice en un lenguaje que simula autocrítica, sin tocar el núcleo del sistema.
Su “espíritu de diálogo”, otro ejercicio de signos amenazantes. ¿Diálogo entre quiénes? No dialogan los pueblos con quienes deciden sobre sus recursos. Dialogan élites entre sí, negociando matices, no fundamentos. Es un diálogo endogámico, autorreferencial. La semiótica del diálogo en Davos es profundamente antidemocrática porque confunde conversación entre poderosos con deliberación colectiva. ¿Qué esperar entonces de este encuentro al borde del abismo? No soluciones estructurales, sino relatos tranquilizadores. No justicia, sino filantropía cosmética. Davos no es el lugar donde se evita el abismo, es el lugar donde se aprende a convivir con él, a administrarlo, a sacarle provecho sin caer dentro. Es la sala de control simbólico de un sistema que sabe que está en crisis, pero no está dispuesto a dejar de ser lo que es.
Davos, leído críticamente, se convierte en evidencia. Muestra con claridad obscena la desconexión entre el poder global y la vida de los pueblos. Exhibe la obscenidad de un mundo donde quienes hablan de salvar el planeta llegan en jets privados, quienes hablan de paz invierten en armas, quienes hablan de igualdad acumulan fortunas inimaginables. Una de las batallas centrales es semiótica: quién nombra el mundo, con qué palabras, para beneficio de quién. Davos es una fábrica de nombres falsos. Llaman “crisis” a lo que es saqueo, “riesgo” a lo que es injusticia planificada, “futuro” a lo que es repetición ampliada del desastre.
Mientras los comerciantes de guerras, los engañadores mediáticos y los buitres financieros sigan monopolizando el sentido, el mundo seguirá al borde, no por fatalidad, sino por diseño. Lo peligroso no es Davos en sí, sino la naturalización de su narrativa como si fuera la única posible. Frente a eso, la semiótica crítica no es un lujo académico, es una herramienta de supervivencia simbólica. Porque quien controla el significado, controla el rumbo. Y Davos lo sabe.
Si crees que el problema de Estados Unidos contra Venezuela es reciente, pues necesitas más información para entender la magnitud del conflicto.
El papel de John Baptiste Irvine, el enviado que intentó desafiar nuestra soberanía
La historia de nuestra Patria no es solo una de batallas con espadas, sino también de una lucha de ideas que aún resuena hoy. En el siglo XIX, mientras Venezuela derramaba sangre para ser libre, se gestaba un choque entre dos visiones del mundo: la de nuestro Libertador Simón Bolívar y la del presidente estadounidense James Monroe.
¿Quiénes eran estos protagonistas?
Simón Bolívar (El Libertador): El gigante de nuestra tierra. Presidente de Venezuela y de la Gran Colombia, cuya visión no se detenía en fronteras locales. Él buscaba la unión de los pueblos americanos que habían sido colonias españolas para formar una sola nación, tan grande y poderosa que pudiera tratar de igual a igual con el resto del mundo.
James Monroe: El quinto presidente de los Estados Unidos (1817-1825). Fue el autor de la famosa «Doctrina Monroe», que bajo el lema «América para los americanos», escondía en realidad la intención de que Estados Unidos fuera el nuevo tutor del continente, desplazando a las potencias europeas para quedarse ellos con el control.
Mientras Bolívar fundaba repúblicas y luchaba contra el imperio español, Monroe gobernaba en Washington. Sus caminos se cruzaron políticamente entre 1817 y 1825, un periodo crítico donde Venezuela exigía respeto a su soberanía y Estados Unidos solo buscaba proteger sus intereses comerciales.
El insolente John Baptiste Irvine y la respuesta de Bolívar
En 1818, James Monroe envió a Venezuela a un agente diplomático llamado John Baptiste Irvine. Pero no vino a reconocer nuestra independencia, sino a reclamar dinero. Dos barcos estadounidenses (Tigre y Libertad) habían sido capturados por los patriotas venezolanos mientras intentaban vender suministros y armas a los realistas españoles que masacraban a nuestro pueblo.
Irvine, con una actitud arrogante y colonialista, exigía que se le devolvieran los barcos, argumentando que Estados Unidos era «neutral». Fue aquí donde Bolívar sacó la casta por nuestra soberanía. En una serie de cartas famosas, el Libertador le puso un freno histórico al enviado de Monroe, explicándole que no permitiría que se ultrajara al Gobierno de Venezuela. Bolívar fue enfático: para nosotros era lo mismo combatir contra España que contra el mundo entero si se nos ofendía. El Libertador dejó claro que Venezuela no se arrodillaba ante nadie, ni ante España ni ante la potencia del norte que pretendía lucrarse con la guerra de otros.
Santander: El enviado que prefirió el norte
Mientras Bolívar defendía la soberanía con firmeza, en las sombras crecía una figura que terminaría traicionando el ideal de unión Grancolombiana: Francisco de Paula Santander. Santander, quien fue vicepresidente de la República de Colombia (algunos la llaman Gran Colombia), sentía una admiración excesiva por el modelo de los Estados Unidos.
Su traición no fue solo política, sino de principios: prefirió las leyes y el sistema de Washington antes que el sueño de Bolívar de una confederación de pueblos hermanos. Santander paso de ser Centralista a llamarse Federalista. Mientras Bolívar desconfiaba de las verdaderas intenciones de Monroe, Santander buscaba su aprobación, facilitando la división de la Gran Colombia y debilitando la fuerza que el Libertador había construido con tanto sacrificio.
El Congreso de Panamá vs. el Panamericanismo
En 1826, Bolívar convocó al Congreso Anfictiónico de Panamá. Su idea era formar una «Sociedad de Naciones» americanas. Bolívar no quería una unión bajo el mando de EE. UU.; de hecho, su intención era unir a los pueblos que compartían la misma historia de lucha contra el colonialismo.
Sin embargo, sectores influenciados por la visión de Santander permitieron que el espíritu de este Congreso fuera infiltrado por lo que hoy conocemos como Panamericanismo. La diferencia es clave: el ideal de Bolívar era una unión de repúblicas hermanas y soberanas para resistir a cualquier imperio, mientras que el Panamericanismo de Monroe terminó siendo una estrategia para que Estados Unidos pusiera las reglas en todo el continente.
Doctrina Bolívar vs. Doctrina Monroe
Para entender nuestra lucha actual por la independencia, debemos entender estas dos visiones opuestas. Por un lado, la Doctrina Monroe planteaba que América debía estar bajo la influencia de Estados Unidos, practicando el intervencionismo y decidiendo por los demás países. Por el otro, la Doctrina Bolivariana defendía que la Patria es la América, basándose en la autodeterminación y el derecho absoluto de Venezuela a ser dueña de su destino sin interferencias extranjeras.
Hoy, el espíritu de Bolívar sigue vivo en cada venezolano que defiende su tierra y su orgullo nacional. James Monroe pasó a la historia como el autor de una doctrina de control; Simón Bolívar es y será siempre el faro eterno de la libertad y la soberanía absoluta de Venezuela.
Las preguntas a las lectoras y los lectores
1) Para quien lee ¿Estás con Bolívar o Monroe?
2) Para los venezolanos en particular ¿Eres patriota venezolano o agente gringo en Venezuela?
La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) rinde tributo a los 32 hermanos cubanos dignos herederos del Apóstol José Martí quienes han pasado a la inmortalidad defendiendo la soberanía de la patria del Libertador Simón Bolívar, al Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros y de la Diputada – Primera Dama, Cilia Flores.
En nombre de la Rectora Tania Díaz, de los profesores y trabajadores de LAUICOM extendemos nuestra solidaridad al pueblo cubano en momentos de gran dolor que refuerzan el compromiso en seguir firmes y más unidos que nunca en el pensamiento y la acción de los Comandantes Fidel Castro Ruz y Hugo Chávez Frías.
Con Alí Primera levantamos nuestros puños en alto y les prometemos seguir luchando por la alborada.
Rector Internacional de la UICOM y Director de la Cátedra Sean MacBride
Esto no puede reducirse a un “descuido” de estilo personal ni a una mera desviación del decoro institucional; constituye un fenómeno estructural que revela la forma en que el poder se representa, se impone y se naturaliza en una coyuntura histórica determinada. Cuando un mandatario recurre sistemáticamente a gestos ofensivos, insultos públicos, descalificaciones humillantes y una teatralidad agresiva, no estamos ante un error comunicacional, sino ante una estrategia semiótica consciente o inconsciente que desfigura el vínculo entre gobernante y gobernados. La obscenidad, en este contexto, opera como un signo de dominación que busca erosionar el pacto simbólico entre autoridad y pueblo, sustituyendo la legitimidad ética por la dictadura de la imposición emocional, el escándalo permanente y la violencia discursiva. El cuerpo del mandatario, su voz, su gesto, su mímica y su léxico se convierten en dispositivos de poder que comunican desprecio, superioridad y amenaza, produciendo una semiosis donde la ofensa no es un exceso, sino el personaje mismo.
Desde una perspectiva filosófico-crítica, esta obscenidad política puede leerse como una forma de cinismo del poder, en el que la negación de la dignidad del otro se transforma en espectáculo. El insulto deja de ser una anomalía para convertirse en una disfunción de gobierno, deshumanizar al adversario, ridiculizar al diferente, estigmatizar al débil y exhibir impunidad frente a las normas que rigen la convivencia democrática. En este marco, la obscenidad funciona como una pedagogía autoritaria que enseña a la sociedad que el poder puede hablar sin límites, que la violencia simbólica es aceptable si proviene de arriba y que el respeto ya no es una condición del mando, sino una debilidad. La semiótica del insulto produce una reorganización del campo político, desplaza el debate racional, degrada el lenguaje público y normaliza la agresión como forma legítima de intervención en lo social.
Este gesto obsceno, entre muchos otros, del mandatario no interpela a la ciudadanía como sujeto político, sino como masa emocional a ser provocada, dividida y movilizada por impulsos primarios. Ese gesto “fuck you” no busca convencer, sino someter; no intenta argumentar, sino marcar territorio. Se trata de una semiosis del desprecio, donde el dedo no apunta a la construcción de sentido compartido, sino a la imposición de una jerarquía simbólica. En este esquema, el pueblo es reducido a objeto de burla, sospecha o amenaza, mientras el gobernante se autoerige como figura excepcional, situada por encima de toda norma moral y de todo límite discursivo. La obscenidad se vuelve así un signo de dictadura absoluta, el poder se exhibe precisamente en su capacidad de violar las reglas sin consecuencias.
Esta dinámica revela una profunda regresión del espacio público, donde la gestualidad deja de ser un instrumento de mediación social para convertirse en un arma de desprecio. La obscenidad no sólo degrada al receptor del mensaje, sino que corrompe el propio tejido simbólico de la comunidad política. Al repetirse, el insulto presidencial erosiona la frontera entre lo decible y lo indecible, banaliza la violencia verbal y prepara el terreno para formas más explícitas de exclusión y coerción. Nuestra semiótica crítica muestra que no hay neutralidad en estos signos, cada ofensa es un acto político que refuerza estructuras de poder desiguales, legitima prejuicios históricos y reactiva narrativas de supremacía, miedo y odio.
Desde una lectura más radical, puede afirmarse que la obscenidad del mandatario expresa una crisis de representación, incapaz de sostener su autoridad en un proyecto ético o racional, el poder recurre a la provocación obscena como sustituto de legitimidad. El insulto opera como cortina de humo que oculta la ausencia de propuestas transformadoras, mientras captura la atención mediática y mantiene a la sociedad atrapada en una dinámica reactiva. La ofensa se convierte en mercancía simbólica, reproducida hasta el agotamiento por los medios de comunicación, que funcionan como amplificadores acríticos del gesto obsceno. Así, la semiosis del poder se articula en un circuito perverso donde la violencia discursiva se recicla como entretenimiento político.
Esa obscenidad presidencial también cumple una función disciplinaria, envía un mensaje claro a quienes disienten, advirtiendo que la crítica será respondida con humillación pública. Se instaura así un régimen de intimidación simbólica que busca desalentar la participación política consciente y sustituirla por el miedo, la burla o el fanatismo. El lenguaje se degrada hasta convertirse en un instrumento de castigo, y la figura del mandatario encarna una autoridad que no dialoga, sino que agrede. Desde la semiótica del poder, este fenómeno puede entenderse como una forma de violencia simbólica institucionalizada, donde el insulto oficial legitima la reproducción social del desprecio y la exclusión.
En última instancia, la obscenidad del gobernante no es un problema de modales, sino un síntoma de una forma de poder que ha renunciado a la ética pública y ha convertido la comunicación política en un campo de batalla emocional. El signo obsceno revela una concepción del pueblo como enemigo potencial, como masa a ser controlada mediante la provocación y el miedo. Esta semiosis no sólo daña a quienes son directamente ofendidos, sino que empobrece el horizonte democrático en su conjunto, al sustituir el diálogo por el escarnio y la deliberación por el espectáculo. La crítica filosófica y semiótica permite comprender que estas señales obscenas no son anecdóticas, sino estructurales, expresan un modelo de dominación que necesita humillar para gobernar, provocar para existir y ofender para reafirmarse. En esa obscenidad se condensa una verdad incómoda del poder contemporáneo, cuando el lenguaje se vuelve arma y el gesto se vuelve insulto, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se transforma en un ejercicio de violencia simbólica permanente contra la dignidad del pueblo.
Este mandatario que utiliza gestos, palabras y conductas obscenas frente a la ciudadanía constituye un fenómeno semiótico de múltiples capas, donde lo visible y lo simbólico se entrelazan para generar significados complejos, conflictivos y a menudo polarizadores. En la esfera política, la obscenidad no es simplemente un acto vulgar; es un signo que despliega una narrativa de poder y de legitimación, a la vez que expone tensiones profundas entre lo institucional y lo personal, entre la autoridad formal y la ética del discurso público. Los gestos que ofenden, las expresiones que humillan, las palabras que transgreden convenciones de respeto y decoro se convierten en signos cargados de un contenido ideológico, emocional y social que trasciende su mera forma.
Cada señal, cada gesto, cada insulto se inscribe en un sistema de comunicación donde el cuerpo del mandatario funciona como un texto abierto, interpretable desde múltiples perspectivas. Desde una lectura semiótica, la obscenidad en el liderazgo político no es accidental; es un recurso performativo que articula el poder de manera directa, inmediata y, muchas veces, transgresora, generando un efecto de shock que obliga al espectador a posicionarse. Este tipo de comunicación rompe con la narrativa tradicional de la política como espacio de moderación y racionalidad, introduciendo la emoción cruda, la confrontación explícita y la provocación como herramientas de control discursivo y mediático.
Esa semiosis que se produce en este contexto no se limita al intercambio convencional de signos; se configura como un acto de poder performativo que redefine los límites de lo aceptable y lo ilegítimo, desafiando la noción de autoridad basada en la ética y la responsabilidad pública. Al observar la obscenidad del mandatario, se evidencia un uso estratégico de la corporalidad y del lenguaje, en el que la agresión verbal o gestual funciona como signo de autoridad, al mismo tiempo que establece fronteras simbólicas con aquellos que son percibidos como adversarios o como parte de una audiencia subordinada. La ofensa se transforma, así, en un marcador identitario que delimita quién pertenece al círculo de poder y quién queda fuera, generando una narrativa de inclusión y exclusión donde el mandato se legitima a través de la transgresión misma de normas sociales y culturales.
Esa conducta es un ejercicio de poder que se manifiesta a través del signo, una hegemonía que no sólo regula comportamientos materiales, sino que también moldea la percepción de lo que es políticamente posible y lo que se considera moralmente reprochable. La obscenidad se convierte en un modo de performar la soberanía, de declarar que el mando no está sujeto a los códigos tradicionales, que la autoridad se ejerce por encima de las normas sociales y que el discurso público puede ser territorio de confrontación explícita, agresión simbólica y manipulación emocional. La interacción entre signo y receptor adquiere aquí una intensidad particular, el gesto obsceno del mandatario funciona como detonador de emociones, polariza opiniones y provoca la activación de estructuras cognitivas y afectivas que reconfiguran la percepción de legitimidad y de poder.
Trump con sus obscenidades genera un campo semiótico en el que la violencia simbólica, la provocación y la teatralidad se articulan para sostener un estilo de liderazgo que depende de la atención constante, del escándalo y de la polarización. En este sentido, el mandatario que ofende no sólo actúa sobre el público, sino que produce un efecto de retroalimentación semiótica, las respuestas de la sociedad, la cobertura mediática, la indignación pública y la polarización se convierten en signos que refuerzan y amplifican el propio gesto original, creando un sistema dinámico de significación que trasciende la intención inicial y establece un nuevo lenguaje político basado en la transgresión.
Su obscenidad (toda) se convierte en signo performativo que articula poder, identidad y emoción, un espacio donde la ética tradicional se encuentra tensionada y donde el mandato se ejerce a través de la capacidad de provocar, de dividir y de movilizar afectos. La narrativa que surge de este estilo de liderazgo es, en consecuencia, profundamente ambivalente, por un lado, revela la fragilidad de las instituciones frente a la personalidad y las emociones del líder; por otro, demuestra la fuerza del signo como herramienta de construcción de autoridad, de legitimación simbólica y de manipulación social. La semiótica de la ofensa pública muestra que los gestos y palabras obscenos no son meros deslices de mal gusto, sino elementos constitutivos de un lenguaje político que articula el poder a través de la emoción, la transgresión y la provocación. La obscenidad se convierte en estrategia de visibilidad, en un código que establece jerarquías, delineando quién está dentro y quién está fuera de la esfera de influencia, y generando un diálogo conflictivo con los valores de respeto, decoro y ética que tradicionalmente sostienen la autoridad política.
Así la ofensa sistemática y los gestos obscenos de un mandatario constituyen un campo de análisis privilegiado para entender cómo los signos y símbolos se despliegan en la política contemporánea, mostrando que el poder puede performarse a través de la transgresión y que la autoridad se negocia continuamente en el espacio público mediante la manipulación de significados, emociones y expectativas sociales. Este fenómeno revela, además, la tensión permanente entre la ética y la estrategia, entre el signo y el efecto, evidenciando que en la política moderna la obscenidad puede ser tanto una herramienta de dominación como un espejo de los conflictos sociales y culturales que atraviesan a la sociedad, un recordatorio de que la semiótica del poder no se limita a lo formal, sino que reside también en lo provocativo, lo emotivo y lo disruptivo.
Esa fotografía y video en el que Donald Trump muestra el dedo medio en público (fuck you) fue publicado por el sitio de entretenimiento TMZ, que difundió el material de un encuentro ocurrido el 13 de enero de 2026 durante una visita de Trump a una planta de Ford en Dearborn, Michigan. En ese video, se ve al mandatario aparentemente respondiendo con “fuck you” y levantando el dedo medio hacia un trabajador que lo increpó llamándolo “pedophile protector”. En el video se ve a Trump (presidente de la nación) aparentemente respondiendo a un trabajador que lo llamó “pedophile protector”, antes de levantar el dedo medio y decir “fuck you”. Varios medios recogieron y confirmaron la publicación del video de TMZ, por ejemplo Forbes, que señala que el clip fue “first obtained by TMZ” mostrando a Trump dando el gesto tras ser abucheado mientras estaba en el evento. Además, La Nación informó que el video fue difundido por TMZ y circuló en redes sociales como TikTok y X, donde se veía a Trump haciendo la seña obscena después de escuchar el grito del público.
Fuentes exactas: Forbes, “Trump Gives Middle Finger After Heckler…” — video first obtained by TMZ mostrando el gesto. La Nación (Argentina), Video divulgado por TMZ que muestra al mandatario levantando el dedo medio tras el increpador. El clip fue descrito por la agencia Reuters y otros medios como primeramente difundido por TMZ y confirmado como auténtico por la Casa Blanca, donde se ve al presidente levantando el dedo medio al supuesto heckler durante su recorrido por la planta.
Enlaces a las fuentes originales donde se publicó o se menciona la publicación,
TMZ, “President Trump Filmed Flipping Off Ford Worker Who Yells ‘Pedophile Protector’ at Him” — artículo con el video publicado directamente por TMZ. Reuters, Cubriendo el mismo video inicialmente compartido por TMZ y confirmando el gesto en Dearborn, Michigan. Video original publicado por TMZ.
“¡Por favor, díganme que no estamos entregando el país!”, decía por las redes, hace poco, una camarada. “¡Díganme algo que me quite las ganas de llorar!”, clamaba otra… Y es claro que lo que ahora vivimos no es asunto fácil, y supone una complejidad que muchas veces hacemos tácita.
Palacio de Miraflores, Caracas– El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, anunció este miércoles que la recién instalada comisión de alto nivel para la liberación del Mandatario Constitucional, Nicolás Maduro, y la Primera Dama, Cilia Flores, agotará todas las instancias internacionales y capacidades del Estado hasta conseguir el retorno de ambos a sus funciones.
Tras una reunión con la presidenta encargada de la República, Delcy Rodríguez, el parlamentario enfatizó que el grupo de trabajo operará sin límites temporales ni de recursos. La instancia no se limitará a la gestión interna, sino que «desplegará todas las capacidades diplomáticas, jurídicas, políticas, humanas y multilaterales».
El vocero calificó el secuestro del presidente Maduro y de la Primera Dama como un «acto sin precedentes». En sus declaraciones, argumentó que este evento representa un quiebre de la arquitectura institucional global, afirmando que la detención «violenta el orden internacional y en general todo el tinglado diplomático, jurídico, político, que fue establecido en este planeta después de la Segunda Guerra Mundial».
Respecto a la operatividad de la comisión, el diputado advirtió que el alcance de las acciones gubernamentales será total. «No descansaremos, todo lo que podamos hacer lo haremos y más allá», declaró, agregando que «todas nuestras capacidades y más allá de nuestras capacidades serán invertidas en este proceso».
Rodríguez enmarcó los esfuerzos de la comisión no solo como una gestión personal o institucional, sino como una «búsqueda de justicia» y un paso necesario para la «consolidación de la paz» tanto en Venezuela como a nivel global.
El equipo de trabajo, que incluye al canciller Yván Gil, al procurador Reynaldo Muñoz y a especialistas en derechos humanos y campañas internacionales como Larry Devoe y Camilla Fabri de Saab, trabajará bajo la premisa de que el retorno de los detenidos ocurrirá «más temprano que tarde».
Visto lo ocurrido en Venezuela se hace necesario incidir en la diferencia semiótica entre “capturar” y “secuestrar” a un mandatario en funciones porque es la diferencia entre hablar desde el poder imperial que invade o hablar desde la dignidad de los pueblos invadidos.
Constatamos la continua y deliberada escalada de tensión en torno a la amistosa Venezuela.
Especial preocupación causa el carácter unilateral de las decisiones que plantean una amenaza para la navegación internacional.
Esperamos que la Administración de Donald Trump, caracterizada por un enfoque racional y pragmático, no cometa un error fatal y se abstenga de seguir deslizándose hacia una situación que amenaza con consecuencias impredecibles para todo el Hemisferio Occidental.
Llamamos a no caer en la obcecación ideológica que limita la visión de lo que está ocurriendo.
No pierden actualidad las palabras del eminente hijo de América Latina, Simón Bolívar:
«Cada pueblo tiene el derecho de elegir por sí mismo a sus gobernantes, y las demás naciones deben respetar esa elección».
Nos pronunciamos consecuentemente por la normalización del diálogo entre Washington y Caracas. Estamos convencidos de que es necesario dar pasos adecuados para la distensión de la situación y encontrar soluciones a los problemas y discrepancias existentes de manera constructiva y respetando las normas del Derecho Internacional.
América Latina y el Caribe deben seguir siendo una zona de paz que garantice el desarrollo estable e independiente de los países de la región.
Reafirmamos nuestra solidaridad con el pueblo venezolano ante las pruebas que atraviesa, así como nuestro apoyo al rumbo del Gobierno de Nicolás Maduro, orientado a defender los intereses nacionales y la soberanía de la Patria.