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Un secuestro, acicate de la Revolución

Fernando Buen Abad Domínguez

Quienes han podido desarrollar alguna conversación profunda con Nicolás Maduro podrían dar fe de la intensidad y la complejidad con que opera una inteligencia tan especial y tan transparente. Su cabeza es una multitud de ideas y reflexiones operando en tiempo real 24×7. Y eso debe estar multiplicándose en estas horas de secuestro que, nadie lo dude, está sirviendo como multiplicador de planes con rumbo al perfeccionamiento de la revolución socialista de Venezuela. Con Chávez como insignia. Son encierros que liberan capítulos heroicos de la historia.

Esto no es un elogio impresionista de culto a la personalidad; basta de eso. Esto es una reflexión amiga y un aprendizaje teórico en el cruce actual entre la subjetividad política, la dirección histórica revolucionaria y la lucha de clases. La lucha de Nicolás Maduro no puede ofenderse con caricaturas apologéticas y menos con demonizaciones simplistas; las horas y los días de su secuestro exigen una lectura hermana y respetuosa, capaz de valorar a un compañero, apartado contra su voluntad del proceso histórico que lo parió y que también lo eligió para completarse. En pie de lucha.

Indudablemente, aquellos que han interactuado directamente con él pueden destacar su modalidad y moralidad, caracterizada por la simultaneidad del estratega. Este juega una especie de ajedrez de 30 tableros simultáneos entre redes de sinapsis política, desplazamientos tácticos, reformulación constante de perspectivas y una autocrítica singular que oscila entre la introspección y la codificación estratégica. Esa forma de operar no es una excepción personal, sino un producto histórico madurado en la sedimentación de experiencias obreras, diplomáticas y partidarias en presión permanente y con no pocas victorias populares. Su trayectoria, que abarca desde el liderazgo sindical hasta el cargo de jefe de Estado, no es resultado de una formación académica estereotipada, sino de una práctica política intensiva. No obstante, su relevancia es notable en la generación de teorías que se moldean por y en la dialéctica de la lucha social y la geopolítica.

Y la Revolución Bolivariana, impulsada por Hugo Chávez, es su contención fundamental y no se explica su papel en ella por una genialidad individual, sino por la articulación de una lucha histórica colectiva en torno a la democratización del petróleo, la ampliación de mecanismos de participación y la construcción de una narrativa antiimperialista. Como Simón Bolívar en el discurso chavista, analizado desde la semiótica política, que opera como dispositivo de producción de sentido en torno a categorías como “pueblo”, “patria” y “socialismo”.

En el campo de batalla que significa su secuestro, Nicolás debe estar afilando las armas de la razón revolucionaria y velándolas bajo una doble tensión: por un lado, la necesidad de preservar la continuidad simbólica de Chávez como significante unificador; por otro, la obligación de superar la canallada imperial y sus estragos en la vida —económica, geopolítica e institucional— de su pueblo. Y no son momentos fáciles, aunque uno conozca las fortalezas de Nicolás, para convertir las adversidades en claridad de lucha. Ninguna contrariedad erosiona las convicciones que hicieron posible el consenso inicial. La intensidad de las ideas en las horas del secuestro debe interpretarse como gesto de militancia y como expresión viva de ese encargo histórico que Hugo Chávez y su pueblo le dieron para gobernar, incluso bajo asedio interno y externo. Nicolás lo sabe muy bien.

Quienes conocen a Nicolás saben que el contexto reciente lo radicalizará aún más en todas sus mejores convicciones. Su secuestro y traslado a las fauces del imperio, entre disparates y delirios burgueses sobre “narcoterrorismo”, sólo ha abierto un escenario de excepcionalidad geopolítica donde la inteligencia de Nicolás excederá ampliamente la coyuntura. Por ejemplo, desde su reclusión, ha emitido mensajes humanistas que apelan al diálogo y la convivencia sin resignar una sola de sus convicciones. Y eso introduce en la historia reciente de Latinoamérica una dimensión ética y moral nueva: el líder de un proyecto revolucionario, invocando formas de organización y resistencia, para enfrentar el menú macabro imperial y la dictadura de sus coerciones. Esta contribución no debe pasarse por alto; contiene un mensaje táctico brillante dentro de un campo de fuerzas asimétrico. Bajo la presión de horas muy duras. 

Esa situación de secuestro debe estar funcionando en Nicolás como “multiplicador de ideas” y como laboratorio de precisión conceptual. Su historia muestra que los momentos de adversidad extrema pueden operar como catalizadores de reflexión estratégica, pero también como dispositivos de consolidación política. El fallecimiento de Hugo Chávez es un ejemplo incontestable. No se trata de una apología del determinismo heroico en la adversidad: se trata de explicar con toda crudeza que la conciencia revolucionaria no se intensifica automáticamente; depende de las mediaciones organizativas, del vínculo con las masas y de la capacidad de traducir experiencia en programa. La adversidad como acicate en la revolución de las conciencias.

Nicolás no es un malabarista de eufemismos. Quienes lo conocen pueden dar fe de su palabra amiga, a veces cruda y dura, no dogmática, que no es cualidad individual del dirigente, sino fortaleza dinámica de la dirección política y la conciencia de clase. La revolución no se perfecciona en la lamentación de un líder, sino en la praxis colectiva que articula organización, producción y sentido. Incluso en los escenarios más dramáticos, el problema decisivo sigue siendo si las fuerzas revolucionarias logran transformar su experiencia en poder efectivo, o si quedan subsumidas en estructuras que reproducen nuevas formas de dominación. Con Nicolás secuestrado, cualquier análisis serio debe evitar ilusiones románticas: la fetichización del líder como fuente exclusiva de racionalidad histórica no nos sirve y tampoco la negación de su papel en la condensación de fuerzas sociales para garantizar la unidad.

Nada quisiéramos más que hacer llegar a Nicolás y a Cilia un abrazo fuerte y fraterno, y con él, hacerles saber que estamos entendiendo la coyuntura en unidad proactiva y en compromiso disciplinado con la revolución socialista y bolivariana. Que nos duelen todas las canalladas y las muertes que este episodio maldito impuso a su pueblo y que la “intensidad” de sus señales desde el encierro se lee con disciplina y responsabilidad. Que el significado del dolor por el secuestro y por las muertes no obnubila las tareas de la lucha social que vuelven más necesaria la praxis colectiva. Quienes conocen a Nicolás, es decir, su pueblo, saben bien que ese hombre está luchando por convertir la adversidad actual en acción revolucionaria superadora. Que está luchando para mantener la unidad porque, incluso en las horas amargas del secuestro, brilla la inteligencia chavista de un compañero cuyo destino, como el nuestro, es realizar el proyecto emancipador de la patria grande. Lo saben bien quienes lo conocen.

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Fortaleciendo la justicia comunicacional: Únete a la Cátedra Sean MacBride

Prensa LAUICOM – ¿Quién controla lo que lees, ves y piensas en la era de la Inteligencia Artificial? En un mundo donde la desinformación, la concentración mediática y la «exclusión algorítmica» amenazan el debate público, la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) te invita a ser parte de la resistencia intelectual y creativa.

Ya están abiertas las inscripciones para la edición 2026 de la Cátedra Internacional Sean MacBride, un programa integral, crítico y fascinante, diseñado para enfrentar los retos comunicacionales del siglo XXI.

Si crees en el derecho a la comunicación como un pilar democrático y quieres entender cómo la IA está reescribiendo las reglas del juego, esta convocatoria es para ti.

Un nuevo orden para una nueva era

Hace décadas, el Informe MacBride soñó con «Un solo mundo, voces múltiples», hoy, LAUICOM retoma esos principios y los actualiza frente a las amenazas contemporáneas: el capitalismo de datos, la guerra cognitiva y el control narrativo total.

El objetivo es claro: fortalecer la justicia comunicacional y el pluralismo informativo a través de la investigación, la innovación social y, sobre todo, la formación crítica para un uso ético y humano de las tecnologías emergentes.

¿Qué vas a descubrir?

La cátedra está estructurada en un viaje de 5 módulos apasionantes, guiados por lecturas de gigantes en el ámbito de la comunicación como el Dr. Fernando Buen Abad.

Módulo I: introducción a la Cátedra Internacional Sean MacBride. Una inmersión en el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC), el poder, la hegemonía y las perspectivas para una comunicación verdaderamente emancipadora.

Módulo II: ética de la comunicación. Los principios éticos fundamentales frente a la brutal «Guerra Cognitiva» y el capital mediático.

Módulo III: los 10 problemas actuales de la comunicación: un análisis de nuestra realidad, de algoritmos, vigilancia masiva, monopolios transnacionales, crisis ecológica, precarización laboral y el desplazamiento del poder mediático hacia Asia.

Módulo IV: nuestra América en resistencia. Una mirada crítica desde América Latina y el Caribe hacia la descolonialidad y la comunicación soberana.

Módulo V: Laboratorio Semiótico. ¡Manos a la obra! Un espacio práctico para deconstruir discursos y crear nuevas narrativas.

¿Cómo, cuándo y dónde?

Para garantizar que «múltiples voces» de todo el planeta puedan unirse, la Cátedra Internacional Sean MacBride 2026 se impartirá bajo una modalidad flexible:

Vía: Online (Clases sincrónicas y asincrónicas a través de nuestra plataforma virtual) / Presencial (Desde los espacios de LAUICOM para quienes se encuentren en la ciudad). ¡Participa desde cualquier rincón del mundo!

Dirigido a: Periodistas, comunicadores, estudiantes, militantes sociales, investigadores y cualquier ciudadano interesado en democratizar la palabra.

Organiza: Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM).

¡No dejes que el algoritmo decida por ti!

La acelerada expansión de la IA generativa abre oportunidades, pero también profundiza desigualdades, es hora de formarnos para no ser simples consumidores de datos, sino constructores de un ecosistema mediático inclusivo y multicultural.

Inscripciones y más información sobre el inicio en nuestra web:

También puedes enviar tus datos o los de tu equipo a participar por el siguiente correo:

postulacioneslauicom@gmail.com

O comunícate vía telefónica a través del siguiente número:

04122903270

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Mantener viva la filosofía del Informe MacBride

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Cátedra MacBride / UICOM

Mantener viva la filosofía del Informe MacBride, “Un solo mundo, voces múltiples”, implica sostener una concepción de la comunicación como derecho colectivo y como campo estratégico de disputa histórica, no como simple servicio mercantil ni como flujo técnico desideologizado. El informe, elaborado en el marco de la UNESCO bajo la presidencia de Sean MacBride y publicado en 1980 con el título Un solo mundo, voces múltiples, condensó una crítica estructural al desequilibrio informativo mundial y propuso un horizonte normativo sintetizado en la noción de Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación. Su vigencia no radica en la nostalgia, sino en la persistencia —y profundización— de las asimetrías que diagnosticó.

Ya el Informe MacBride identificó que el flujo internacional de noticias estaba concentrado en pocas agencias situadas en el norte global, configurando una representación del mundo filtrada por intereses geopolíticos y económicos específicos. Esa concentración no sólo determinaba qué acontecimientos adquirían visibilidad, sino también cómo eran narrados y desde qué marcos interpretativos. La actualidad digital, lejos de disolver esa estructura, la ha reconfigurado en plataformas globales cuya arquitectura algorítmica amplifica desigualdades previas. Mantener viva la filosofía del informe significa reconocer que el problema ya no es únicamente la concentración de agencias noticiosas, sino la centralización de infraestructuras, datos y algoritmos que modelan la experiencia comunicacional planetaria.

Desde su origen, el NOMIC (Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación) proponía democratizar la comunicación a escala internacional, ampliando la noción de libertad de expresión hacia el derecho efectivo de los pueblos a producir y difundir sus propias narrativas. Esa ampliación sigue siendo crucial. Sin acceso equitativo a tecnologías, espectro radioeléctrico, conectividad y financiamiento sostenible, la libertad formal se convierte en privilegio. En un entorno donde la economía de la atención mercantiliza cada interacción y transforma la subjetividad en dato explotable, la reivindicación del derecho a la comunicación adquiere un carácter estructuralmente emancipador.

Y tal filosofía del Informe MacBride también subrayó la dimensión cultural de la comunicación. No se trataba sólo de corregir balances cuantitativos de información, sino de afirmar la diversidad lingüística, simbólica y epistemológica frente a la homogeneización industrial. Hoy, la circulación masiva de contenidos estandarizados y la hegemonía de lenguas dominantes en entornos digitales reproducen formas de colonialidad cultural que el informe ya advertía. Mantener su espíritu exige políticas públicas que fortalezcan medios comunitarios, producciones locales y sistemas educativos críticos capaces de decodificar las operaciones ideológicas incrustadas en los discursos mediáticos.

Otro aspecto central es la relación entre comunicación y desarrollo. El Informe MacBride cuestionó la idea de que el desarrollo comunicacional consistiera simplemente en importar tecnologías o replicar modelos empresariales. Propuso, en cambio, pensar la comunicación como herramienta para la participación social, la soberanía y la construcción democrática. En la actualidad, donde la brecha digital no es sólo técnica, sino también cognitiva y económica, esta perspectiva resulta decisiva. La mera expansión de conectividad no garantiza pluralismo ni justicia informativa si las condiciones estructurales de producción simbólica permanecen intactas.

No tardó la resistencia política contra el informe en su momento para demostrar que la disputa por el orden comunicacional es inseparable de intereses geoestratégicos. Reactualizar su filosofía implica comprender que toda arquitectura mediática expresa una correlación de fuerzas. No hay neutralidad en la distribución global de frecuencias, satélites, cables submarinos o servidores; tampoco en los criterios de moderación de contenidos ni en las reglas de monetización digital. La pregunta por quién controla la infraestructura comunicacional es, en última instancia, una pregunta por el poder.

Mantener viva la filosofía del NOMIC supone también evitar simplificaciones. No se trata de sustituir un monopolio por otro ni de justificar controles autoritarios bajo el pretexto de soberanía. El núcleo ético del Informe MacBride es la ampliación democrática: más voces, más participación, más diversidad, más responsabilidad social. La pluralidad no se opone a la libertad; la radicaliza al distribuirla. En ese sentido, la vigencia del informe radica en su apuesta por un equilibrio entre derechos individuales y derechos colectivos, entre libertad de expresión y derecho a la información veraz y contextualizada.

En la era de la desinformación industrializada y de las campañas coordinadas de manipulación, el llamado del informe a fortalecer la ética profesional, la cooperación internacional y la formación crítica adquiere renovada urgencia. Sin alfabetización mediática y sin estructuras públicas y comunitarias robustas, el ecosistema informativo queda subordinado a lógicas de rentabilidad que premian la polarización y el sensacionalismo. La democracia se vuelve entonces vulnerable a la distorsión sistemática de la esfera pública.

Sostener la filosofía de “Un solo mundo, voces múltiples” implica afirmar que la comunicación no es un lujo cultural, sino una condición de posibilidad para la autodeterminación de los pueblos. En un mundo interconectado, la interdependencia no debe traducirse en uniformidad impuesta, sino en diálogo plural. El ideal macbridiano no era clausurar el intercambio global, sino equilibrarlo; no era aislar naciones, sino crear condiciones justas para su interlocución.

Por eso la importancia contemporánea del Informe MacBride reside en su capacidad para ofrecer un marco conceptual que articula economía política, ética y diversidad cultural. Frente a la ilusión de que la tecnología resolverá por sí sola los desequilibrios informativos, su legado recuerda que toda tecnología está inscrita en relaciones sociales. Democratizar la comunicación es transformar esas relaciones. Mientras persistan asimetrías estructurales en la producción y circulación de sentido, la filosofía del NOMIC seguirá siendo una brújula crítica indispensable para orientar políticas públicas, luchas sociales y debates académicos en favor de un orden comunicacional más justo, plural y verdaderamente mundial.

Una comisión internacional para el estudio de los problemas de la comunicación, inspirada en el pensamiento crítico y en la tradición emancipadora que dialoga con la experiencia histórica del Informe de Sean MacBride para la UNESCO, debe estructurarse sobre diez ítems fundamentales capaces de articular análisis semiótico, economía política y praxis transformadora. Sin concesiones al fetichismo tecnológico ni a la retórica neutralista.

Primero, el reconocimiento de la comunicación como campo de disputa material e ideológica, no como simple intercambio simbólico, lo que implica estudiar las condiciones de producción, circulación y consumo de signos en el marco de relaciones de poder concretas; la semiosis no flota en el aire, está anclada en infraestructuras, en propiedad de medios, en regímenes laborales y en marcos regulatorios que configuran qué puede decirse, quién puede decirlo y con qué alcance.

Segundo, el análisis crítico de la concentración monopólica y oligopólica de las industrias culturales y plataformas digitales, entendidas como complejos de acumulación que convierten la atención en mercancía y la experiencia en dato, generando asimetrías cognitivas globales; la comisión debe mapear actores, flujos financieros, marcos jurídicos y arquitecturas algorítmicas para evidenciar cómo la centralización tecnológica redefine la soberanía informativa de los pueblos.

Tercero, la problematización de la colonialidad comunicacional, es decir, la persistencia de matrices simbólicas que jerarquizan lenguas, narrativas y epistemes, reproduciendo dependencias culturales en el sistema-mundo; ello exige estudiar la geopolítica de las agencias de noticias, de las productoras audiovisuales y de los estándares tecnológicos, así como promover políticas que fortalezcan la diversidad lingüística y la producción local con criterios de justicia cognitiva.

Cuarto, la investigación sobre trabajo comunicacional y precarización, considerando tanto a periodistas como a creadores de contenido, programadores, moderadores y trabajadores invisibles de la economía de plataformas; la comisión debe indagar en las nuevas formas de explotación digital, la externalización global de tareas y la captura gratuita del trabajo social que se presenta como participación espontánea.

Quinto, el examen de la arquitectura algorítmica como dispositivo semiótico-político; los algoritmos no son neutrales, organizan visibilidad, priorizan discursos y modelan imaginarios, por lo que es imprescindible exigir transparencia, auditorías públicas y marcos de responsabilidad social que impidan la manipulación sistemática de percepciones colectivas.

Sexto, la alfabetización mediática crítica concebida no como entrenamiento técnico, sino como formación ética y política para la decodificación de discursos, la identificación de operaciones ideológicas y la producción autónoma de sentido; la comisión debe proponer currículos que integren análisis semiótico, historia de los medios y competencias tecnológicas al servicio de la emancipación.

Séptimo, la defensa del derecho humano a la comunicación como principio rector, ampliando la noción clásica de libertad de expresión hacia el acceso equitativo a infraestructuras, frecuencias, espectro radioeléctrico y conectividad, y garantizando marcos normativos que protejan tanto la pluralidad como la participación efectiva de comunidades históricamente marginadas.

Octavo, la creación de observatorios internacionales permanentes que articulen universidades, movimientos sociales y organismos multilaterales para producir diagnósticos rigurosos y comparativos sobre desinformación, violencia simbólica, discursos de odio y censura corporativa o estatal, evitando tanto el moralismo punitivo como el laissez faire que naturaliza la manipulación.

Noveno, el impulso a modelos alternativos de propiedad y gestión de medios y plataformas, incluyendo cooperativas, medios públicos con control social y redes comunitarias, con financiamiento sostenible y gobernanza democrática, capaces de disputar hegemonía en el terreno simbólico sin reproducir lógicas mercantiles.

Décimo, la formulación de una ética internacional de la comunicación basada en la responsabilidad colectiva, la solidaridad entre pueblos y la transparencia estructural, que reconozca que cada acto comunicativo participa en la construcción de realidad y, por tanto, comporta consecuencias materiales; esta ética debe traducirse en compromisos verificables, indicadores de pluralismo y mecanismos de rendición de cuentas a escala global.

Estos diez ítems no constituyen una lista decorativa, sino un programa de acción articulado, la crítica a la concentración mediática se enlaza con la lucha por el derecho a la comunicación; la alfabetización crítica potencia la vigilancia ciudadana sobre algoritmos; los observatorios alimentan políticas públicas; la promoción de modelos alternativos encarna la posibilidad de otra economía del sentido. La comisión, para estar a la altura de los desafíos contemporáneos, debe asumir que la comunicación es territorio estratégico donde se define la correlación de fuerzas cultural y política, y que sin democratización radical de la producción simbólica no hay democracia sustantiva posible. Desde esta perspectiva, el estudio de los problemas de la comunicación no se reduce a describir patologías informativas, sino que apunta a desmantelar estructuras de dominación y a construir horizontes de soberanía cognitiva, donde los pueblos no sean meros consumidores de narrativas ajenas, sino sujetos históricos capaces de producir, circular y validar sus propios sentidos.

Cronología rigurosa y progresiva del proceso de elaboración del Informe MacBride (“Many Voices, One World”) de la UNESCO, basado en fuentes históricas y académicas.

Cronología del informe MacBride (1976–1980)

1976 — Antecedentes y encargo inicial

  • En la 19.ª Conferencia General de la UNESCO (Nairobi, 1976) se reconocen las crecientes tensiones sobre los problemas de comunicación global y la necesidad de investigar ese campo de manera más profunda. Se decide encargar un estudio detallado de esos problemas bajo mandato ampliado. 

1977 — Creación formal de la Comisión MacBride

  • La UNESCO crea la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación, con mandato para analizar la totalidad de los problemas de comunicación en las sociedades modernas y proponer recomendaciones.
  • La comisión es presidida por el jurista y Nobel de la Paz Seán MacBride (Irlanda). 

            Diciembre de 1977 — Inicio oficial de los trabajos de la Comisión

  • La comisión comienza formalmente su trabajo de investigación, consultas y redacción de materiales y borradores. 

            Octubre de 1978 — Primer informe preliminar

  • La Comisión presenta un informe preliminar durante la 20.ª Conferencia General de la UNESCO en París. Este documento resume hallazgos iniciales y plantea puntos centrales del debate. 

Marzo de 1979 — Sesiones temáticas centradas en tecnologías y comunicación

  • Se realiza una sesión seminal en Nueva Delhi (India) donde se discuten aspectos técnicos y estratégicos sobre el papel de las tecnologías de comunicación en la problemática global. 

        1979–1980 — Redacción final y consenso de la Comisión

  • La Comisión MacBride trabaja en múltiples borradores, consultas con expertos y debates internos para sintetizar sus conclusiones y recomendaciones.
  • El acuerdo final entre los 16 miembros representa un consenso tras superar divergencias ideológicas y geopolíticas. 

            Abril de 1980 — Entrega al Director General

  • El informe final “Many Voices, One World” es formalmente entregado al Director General de la UNESCO, Amadou-Mahtar M’Bow. 

            Octubre de 1980 — Aprobación formal y difusión

  • El Informe se aprueba por consenso en la 21.ª Conferencia General de la UNESCO celebrada en Belgrado (Yugoslavia) y se pone a disposición pública bajo el título oficial “Many Voices, One World”. 

 Luego de la publicación (1980) El documento genera un intenso debate internacional. Algunos países, como Estados Unidos y el Reino Unido, critican el texto por considerarlo una amenaza a la libertad de prensa y se retiran de la UNESCO en los años siguientes. 

 Resumen de fases clave:

FechaEvento
1976Encargo inicial para estudiar comunicación global
1977Creación de la Comisión MacBride
Octubre 1978Informe preliminar en París
Marzo 1979Sesión especial sobre tecnología en comunicación
Abril 1980Entrega del informe final a UNESCO
Octubre 1980Aprobación oficial en Belgrado y difusión pública
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Cátedra MacBride: comunicación al servicio de la liberación

Prensa LAUICOM – La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) llevó a cabo el Módulo IV de su Programa de Formación Internacional, titulado “Desafíos Comunicacionales de América Latina y el Caribe: una mirada crítica desde la Hegemonía y la Resistencia”, impartida por el Dr. Fernando Buen Abad, rector internacional de LAUICOM.

Realizada como parte de la Cátedra Sean MacBride, espacio académico dedicado a estudiar los problemas de la comunicación global desde una perspectiva comprometida con los pueblos para formar comunicadores críticos capaces de identificar cómo los grandes poderes usan los medios para dominar, manipular y desmoralizar a los pueblos.

La palabra no es neutral

«O sirve al imperio o sirve a la liberación”, afirmó Buen Abad, al denunciar que hoy gobiernos, corporaciones y redes bajo control hegemónico reducen a las personas a datos, imponen mentiras como verdades y entierran las luchas populares bajo un ruido digital diseñado para confundir y desmovilizar.

“Lo ocurrido en Venezuela el 3 de enero, cuando fuerzas imperiales bombardearon territorio venezolano y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama y diputada Cilia Flores, es un ejemplo brutal de esta guerra comunicacional y militar”, destacó.

Ese acto no fue solo un crimen contra Venezuela, sino una advertencia al mundo: cualquier pueblo que defienda su soberanía será blanco del imperialismo. Por eso, exigió con firmeza: ¡libertad inmediata para el presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores! Su regreso no es solo una demanda nacional, sino un acto de justicia global.

Buen Abad también hizo referencia a cómo los medios imperialistas tratan a la gente como máquinas de clics, ignorando el hambre, la dignidad y la rebeldía. Otros discursos, aunque suenan “abiertos”, terminan justificando la opresión al decir que “todo es relativo”, mientras, Hollywood y las redes moldean deseos, miedos y silencios pero nunca nos llaman a actuar juntos.

El peligro más reciente es claro: ya no importa lo que piensas, sino lo que puedes ser inducido a hacer, las grandes cadenas ahora pueden manipular con más facilidad. ¡Pero el pueblo no es un dato! El pueblo es conciencia, es memoria, es acción colectiva.

«LAUICOM se muestra como faro de luz en estos tiempos», señaló Buen Abad, como una universidad de la comunicación hecha por el pueblo y para los pueblos del mundo, en donde la academia camina junto al pueblo y se encuentra activa en las luchas populares.

En esta guerra mediática, saber discernir es resistir.
Y resistir, es avanzar.

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Satanización de los zurdos

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Para la satanización de los “zurdos”, opera una tecnología simbólica del poder burgués que antecede y acompaña a las formas materiales de la persecución política en democracias burguesas formales. No se trata de un insulto ocasional ni de una exageración retórica; es una matriz semiótica que organiza percepciones, jerarquiza cuerpos y clausura sentidos antes de que el debate comience. “Zurdo” deja de nombrar una posición ideológica para convertirse en una figura del mal, un significante flotante al que se adhieren rasgos de peligrosidad, irracionalidad, parasitismo o traición. Esa operación no busca refutar argumentos, sino desactivar sujetos; no persuade, incapacita. Desde la ciencia filosófica, esta práctica revela una economía del signo donde el lenguaje no describe la realidad, sino que la produce como campo de exclusión.

Esa descalificación ideológica funciona mediante una reducción ontológica; el adversario es rebajado a esencia negativa. La complejidad histórica de las izquierdas —sus debates internos, sus errores, sus logros, sus mutaciones— es borrada en favor de una caricatura estable y repetible. La repetición es clave; al reiterarse en medios, redes, discursos oficiales y conversaciones cotidianas, el estereotipo adquiere apariencia de evidencia. La semiosis se naturaliza. Así, la crítica se vuelve sospechosa, la protesta se vuelve delito moral, la disidencia se vuelve patología. El “zurdo” no discute, infecta. No propone, conspira. No demanda derechos, amenaza el orden. Esta gramática del miedo no necesita pruebas; se sostiene en la afectividad negativa que moviliza.

En términos filosóficos, estamos ante una operación de despolitización por vía de hipermoralización. La política, entendida como conflicto de proyectos y distribución del poder, es sustituida por un drama ético simplificado donde hay salvadores y demonios. La democracia, en lugar de administrar el disenso, lo expulsa simbólicamente. El consenso se fabrica no por acuerdo racional, sino por expulsión del otro. La sanción comienza en el lenguaje, ridiculización, estigmatización, silenciamiento. Luego se traduce en prácticas institucionales, vigilancia selectiva, criminalización de la protesta, judicialización de la militancia, precarización laboral ideológicamente orientada, censura indirecta mediante algoritmos o pauta. Todo ello puede coexistir con elecciones periódicas y retórica republicana, porque la forma democrática no garantiza por sí misma la sustancia democrática.

Su narrativa de la satanización suele apoyarse en una metafísica del mercado presentada como naturaleza. Quien cuestiona esa “naturaleza” es acusado de anticientífico, resentido o autoritario. Aquí la ciencia es instrumentalizada como fetiche, se invoca para clausurar, no para investigar. La filosofía, por el contrario, recuerda que no hay orden social sin decisiones históricas ni economía sin valores. El intento de expulsar a las izquierdas del campo de lo decible revela el miedo a la politicidad de lo social. Cuando todo se presenta como técnico, el conflicto reaparece como demonio. La figura del “zurdo” concentra ese retorno de lo reprimido.

Durante siglos ser zurdo, en el sentido del uso de la mano izquierda, estuvo cargado de prejuicios y supersticiones. En muchas culturas occidentales, la mano izquierda se asociaba con lo impuro, lo torcido o incluso lo demoníaco (no por nada “sinister” viene del latín sinistra, izquierda). A los niños zurdos se les forzaba a escribir con la derecha —a veces con castigos físicos o humillaciones— porque se veía como algo que había que “corregir”. Eso dejó secuelas reales, problemas de aprendizaje, tartamudez, ansiedad… todo por no encajar en una norma arbitraria.

Y es interesante cómo se repite el patrón: lo diferente se convierte en sospechoso. Pasó con los zurdos, con ciertas formas de pensar, con identidades, con prácticas culturales. Hoy lo vemos más claro y nos parece absurdo, pero en su momento era “sentido común”. Con todo eso, muchísimos artistas, científicos y líderes históricos eran zurdos. Al final, la realidad terminó desmintiendo al prejuicio. Y lo “curioso”: los zurdos son sólo el 10% de la población, pero están sobrerrepresentados en áreas creativas y estratégicas. Muchos estudios lo relacionan con una mayor comunicación entre hemisferios cerebrales (aunque no es magia, claro).

Desde una semiótica crítica, la persecución política no comienza con el golpe ni con la cárcel, sino con la metáfora. El “virus”, el “cáncer”, la “plaga”, el “enemigo interno” son imágenes que preparan el terreno para la excepción. La excepción, una vez instalada, se normaliza. Se tolera la censura “por seguridad”, la represión “por orden”, la desigualdad “por mérito”. La sanción democrática se vuelve paradójica; se castiga en nombre de la libertad. La ley se aplica selectivamente mientras se proclama neutral. El pluralismo se celebra en abstracto mientras se castiga en concreto.

¿Existen sanciones a estas prácticas en democracia? Formalmente, sí, constituciones, tratados de derechos humanos, jurisprudencia sobre libertad de expresión, asociación y protesta. Materialmente, son frágiles cuando el clima simbólico legitima la exclusión. La eficacia normativa depende de la correlación cultural de fuerzas. Si la semiosis dominante convierte al disidente en amenaza, la sanción jurídica se diluye o llega tarde. Por eso la lucha no es sólo legal, sino cultural: disputar el sentido, reabrir la escena del lenguaje, devolver complejidad a lo simplificado. La inteligencia crítica no responde con espejo ni insulto, sino con desmontaje, mostrar cómo opera la máquina, quién gana con ella, qué miedos administra, qué futuros cancela.

Y la ciencia filosófica aporta aquí un método: historizar lo naturalizado, analizar los dispositivos, interrogar los afectos políticos. No para ocupar un pedestal moral, sino para restituir la política como espacio de conflicto legítimo. La democracia no se defiende persiguiendo ideas, sino garantizando condiciones de igualdad para que se enfrenten sin aniquilarse. Cuando una sociedad tolera la satanización del “zurdo”, ensaya una pedagogía de la obediencia que mañana puede girar contra cualquier otro. La descalificación no es un accidente; es un ensayo general de la persecución. Resistirla exige una ética del lenguaje y una política del sentido: nombrar sin demonizar, criticar sin borrar, disputar sin exterminar. Sólo así la democracia deja de ser un decorado y vuelve a ser una práctica viva.

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Entre líneas: desmontando el diccionario del invasor


Porque nombrar el mundo con nuestras propias palabras es un acto de amor, resistencia y libertad

Prensa LAUICOM – Desde el alma de la Universidad Internacional de las Comunicaciones, el programa especial #11 de Radio LAUICOM “Entre líneas: desmontando el diccionario del invasor” fue conducido con pasión, claridad y compromiso revolucionario por los profesores Beverly Serrano, Wilman Verdú y Tibisay León.

Ellos guían este espacio como moderadores y como militantes de la verdad, porque saben que el imperialismo, además de atacar con bombas, ataca con palabras diseñadas para confundirnos, dividirnos y hacernos creer que lo nuestro, nuestra forma de hablar, sentir y pensar, no vale.

Un mensaje desde la serenidad y la firmeza

En medio de la movilización nacional que exige el regreso inmediato del presidente constitucional Nicolás Maduro Moros y la primera dama Cilia Flores, se conoció un mensaje transmitido por su hijo, Nicolás Maduro Guerra, que refleja con exactitud el temple del pueblo venezolano: ambos se encuentran serenos, con buen ánimo y plena claridad de su rol histórico.

Reafirman que, aun en la adversidad, Venezuela no se detiene, debe mantener la paz, la unidad y seguir avanzando en todos los frentes, con la certeza de que la patria está en buenas manos… las del pueblo.

Llamar las cosas como son

El profesor Julio Valdez, con voz clara y corazón encendido, destacó cómo nos quieren engañar al decir “ley de la selva”. ¡La selva no mata! La selva cuida, protege, equilibra. Lo que Estados Unidos impone es la ley del más fuerte: la del que tiene armas nucleares y cree que puede robar la riqueza ajena.

Y peor aún: hacen ver frases nuestras como “me negrearon”, para borrar el valor de nuestras palabras y hacernos creer que lo nuestro es sucio, feo o pequeño. ¡Nada más falso!

El doctor Fernando Buen Abad, recordó que quieren normalizar la dominación, como si fuera natural que unos pocos manden sobre todos. Pero eso ya ha destruido pueblos enteros… y hoy apunta contra Venezuela.

Luis Darío Bernal, con la ternura de un poeta y la fuerza de un maestro, dijo: “Sin lectura no hay libertad”. Y añadió: “Nos han hecho más daño con la ignorancia que con las armas”. Para él, Chávez nos enseñó a ser “senti-pensantes”: a amar con el alma y a pensar con claridad, porque solo así se construye una patria digna.

Sanar las heridas invisibles

En la cápsula informativa de “El Conuco de los Saberes”, Olga Uribe y Yaloha Rodríguez hablaron con profundidad de esas heridas invisibles que intentan borrar nuestros saberes, nuestras formas de sanar, de sembrar, de nombrar el mundo. Pero al reconocerlas, las sanamos. No hay vergüenza en ser quienes somos. Al contrario: ¡hay orgullo, hay amor, hay revolución!

Porque Venezuela no se doblega. ¡Venezuela abraza, resiste y avanza… con el pueblo en el alma y la verdad en la palabra!

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¡Radio LAUICOM: Desmontemos juntos las palabras del imperialismo!

Prensa LAUICOM- Desde Caracas, Radio LAUICOM emitió su séptimo programa especial: Entre Líneas – “Desmontando el Diccionario del Invasor”, conducido por las y los profesores Beverly Serrano, Wilman Verdú y Tibisay León. El hilo conductor de esta entrega fue claro: las palabras no son neutras, y detrás de muchas que hoy circulan como “verdad universal” late una larga historia de violencia cognitiva.

Esa violencia se expresa en foros como Davos, donde bajo la fachada de “diálogo” se diseñan nuevas formas de control sobre territorios ricos como Venezuela y Groenlandia.

Allí, el lenguaje técnico y diplomático oculta una lógica imperial que el Doctor Fernando Buen Abad desmonta con precisión: la imposición de complejos de inferioridad para justificar la dominación.

En este sentido, el vicerrector de Investigación de Lauicom, Luis Delgado Arria, profundiza en la revista Toparquía al identificar las cuatro dimensiones de la narrativa gris —teológica simbólica, mercantil, política y geopolítica— que naturalizan esa jerarquía global de deshumanización.

Pero el pueblo resiste ante los embates del imperialismo, las cartas colectivas entregadas en plazas Bolívar de todo el país en apoyo al presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores fueron actos de soberanía comunicacional, ejercicios de escritura popular que rompen con la idea de que solo unos pocos tienen derecho a nombrar el mundo.

Es en ese espíritu que nace la cápsula Conuco del Saber, a cargo de las profesoras Yaloha Rodríguez y Olga Uribe, para recordar que el conocimiento no es propiedad exclusiva de occidente.

Explican que a lo largo de la historia, hemos sufrido al menos cuatro grandes epistemicidios: contra el saber árabe, los saberes afrodescendientes, los pueblos latinoamericanos y las mujeres.

Esa misma lógica de borrado se reproduce en las películas estadounidenses que consumimos, siempre el mismo centro, la misma voz, la misma historia contada desde el poder.

Por eso, desmontar el diccionario del invasor es recuperar el derecho a pensar, nombrar y construir el mundo desde nuestros propios suelos.

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Radio LAUICOM presenta programa especial: Entre Líneas: “Desmontando el Diccionario del Invasor”

Prensa LAUICOM- Desde Radio LAUICOM se transmitió el programa especial número 3 Entre Líneas: “Desmontando el Diccionario del Invasor”, transmitido desde la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), se develó con rigor y pasión cómo el lenguaje se ha convertido en una trinchera de la guerra cognitiva contra Venezuela. En un momento de agresión imperial sin precedentes, el espacio reafirmó que nombrar con precisión los hechos es un acto revolucionario.

Bajo la moderación de la profesora Beverly Serrano, el profesor Wilman Verdú y la profesora Tibisay León de LAUICOM, se expuso cómo el vocabulario del invasor busca imponer una narrativa falsa: llamar “captura” a un secuestro, “inversión” al saqueo o “terrorismo” a la resistencia. El asedio no es nuevo, desde el bloqueo a medicamentos para diálisis en 2018 hasta los recientes ataques a Venezuela y el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores por parte de las fuerzas imperialistas de Donald Trump, se han cometido crímenes de lesa humanidad. Pese a ello, el pueblo mantiene su normalidad cotidiana: los niños van a la escuela, el transporte público sigue cubriendo sus rutas y quienes trabajan en las calles siguen adelante con dignidad.

Lo ocurrido no fue una detención legal, sino una invasión para secuestrar a un jefe de Estado en funciones, sin orden judicial ni sustento jurídico ni diplomático. Aceptar el lenguaje del imperio legitima una agresión ilegal y crea un peligroso precedente en el derecho internacional. La guerra multidimensional busca fracturar la conciencia colectiva, pero el pueblo venezolano responde con unidad, amor y movilización permanente.

El doctor en filosófia Fernando Buen Abad, afirmó que la comunicación es una fuerza humanizante, y que hoy más que nunca se requiere construir puentes colectivos desde la solidaridad y la verdad en donde las cosas sean llamadas por sus nombres. LAUICOM se erige como trinchera comunicacional del pueblo, llamando a radicalizar la unidad bolivariana y exigir el regreso inmediato del Presidente Maduro y la primera dama Flores. Porque, como dijo nuestro presidente: “Nadie nos ha regalado nada, todo lo hemos construido con el sudor de nuestra frente, de nuestro trabajo, y así seguiremos haciéndolo, porque esta patria es indestructible.”

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Carta dirigida al Corazón de los venezolanos y venezolanas con Cabeza

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Todas y todos repudiamos de manera firme y categórica cualquier forma de agresión imperial contra la República Bolivariana de Venezuela, porque parte del principio básico de la dignidad humana radica en reconocer que ningún pueblo puede ser sometido, asfixiado o castigado por ejercer su derecho soberano a decidir su propio destino político, económico y social.

La historia de Nuestra América está marcada por siglos de colonización, saqueo y dominación externa, y precisamente por esa memoria colectiva resulta inaceptable que, en pleno siglo XXI, se intente reeditar prácticas de intervención, bloqueo, chantaje diplomático o guerra híbrida bajo discursos que dicen defender la democracia mientras vulneran el derecho internacional y agravan el sufrimiento de las poblaciones civiles.

Nuestra solidaridad con Venezuela no es un gesto ideológico vacío ni una consigna automática, sino una postura profundamente humanista que coloca en el centro la vida, la autodeterminación de los pueblos y la necesidad urgente de resolver los conflictos por vías pacíficas, dialogadas y respetuosas.

Exigir el fin de las agresiones externas es también exigir paz, porque no puede haber paz verdadera cuando se imponen sanciones que afectan el acceso a alimentos, medicinas, energía y desarrollo, ni cuando se promueven escenarios de confrontación que buscan desestabilizar gobiernos legítimos a costa del bienestar colectivo.

Reafirmamos que América Latina y el Caribe no son patio trasero de ninguna potencia, que no aceptamos tutelajes ni órdenes disfrazadas de ayuda, y que la soberanía no se negocia ni se condiciona a intereses ajenos. Defender a Venezuela es defender el principio de igualdad entre las naciones, grandes o pequeñas, ricas o empobrecidas, y recordar que el multilateralismo solo tiene sentido si se basa en el respeto mutuo y no en la imposición unilateral.

La firmeza que reclamamos no es belicista ni excluyente, sino ética y política, una firmeza que rechaza el uso de la fuerza, las amenazas y la coerción como herramientas de la política internacional, y que apuesta por la cooperación, el diálogo y la integración regional como caminos para superar las diferencias.

Desde una perspectiva humanista revolucionaria, sostenemos que ningún proyecto geopolítico puede justificar el daño deliberado a millones de personas, ni convertir el sufrimiento social en un instrumento de presión.

La exigencia de paz implica también rechazar la desinformación, los dobles estándares y la criminalización selectiva de gobiernos que no se alinean con determinados centros de poder, así como promover una mirada crítica, informada y solidaria que permita comprender la complejidad de los procesos internos sin caer en simplificaciones interesadas.

No somos colonia de nadie, no lo fuimos cuando luchamos diariamente por la independencia, no lo seremos y esa convicción se expresa en la defensa de la soberanía venezolana como parte inseparable de la fraternidad con soberanía regional.

La autodeterminación de los pueblos no es una consigna del pasado, sino una tarea permanente que exige coherencia, memoria histórica y compromiso activo frente a cualquier intento de dominación. Por ello, llamamos a la comunidad internacional a abandonar la lógica de la comodidad complaciente y a asumir una responsabilidad de lucha real con la paz, el respeto al derecho internacional y la justicia social ante todos los conflictos, entendiendo que sólo desde la justicia, la igualdad y la solidaridad entre las naciones será posible construir un futuro en el que ningún país sea tratado como colonia y ningún pueblo sea castigado por decidir su propio camino.

Fuente: Aporrea

Tapas - Prensa abad

La democracia venezolana bajo acoso semiótico

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez.


Un análisis semiótico-crítico de la democracia venezolana y de las calumnias burguesas articuladas para desacreditarla exige un abordaje riguroso que distinga entre los procesos reales de producción político-institucional y los dispositivos simbólicos que intentan distorsionar su percepción. No se trata de validar ni refutar modelos de gobierno, sino de examinar cómo se construyen semióticamente las narrativas sobre la democracia, cómo operan las simplificaciones hiper-ideologizadas y cómo ciertos actores del campo político, mediático y económico producen signos destinados a erosionar la legitimidad simbólica del proceso político venezolano. El objetivo es comprender la batalla del sentido, no sustituirla por otra.

En ese marco, la democracia en Venezuela —como cualquier institución política— no existe como esencia abstracta, sino como un proceso histórico en constante disputa. El análisis semiótico exige estudiar cómo ese proceso es representado, recortado, distorsionado o amplificado por discursos de diverso origen burgués, y especialmente por lo que denominamos “las maquinarias ideológicas del capitalismo mediático”. Son estas maquinarias las que construyen, reproducen y exportan significados sobre la democracia según los intereses que representan. Lo que en muchos entornos mediáticos se denomina “calumnia” no debe tratarse en términos morales sino comunicacionales: son operaciones discursivas cuyo objetivo es dislocar la percepción pública, debilitando la legitimidad de un sistema político mediante signos cuidadosamente diseñados.

Una primera clave semiótico-crítica consiste en transparentar la “homogeneización acusatoria” que pretende reducir toda la complejidad institucional venezolana a una narrativa monocorde de ilegitimidad. Este procedimiento opera mediante metonimias selectivas, donde un hecho aislado se presenta como sinécdoque del total. La democracia es representada como una ficción, un simulacro o una fachada. Estas operaciones buscan eliminar la historicidad del proceso político real, sustituyéndola por un relato donde cualquier evidencia empírica favorable queda invisibilizada. No se trata de una crítica política elaborada, sino de una “gramática de deslegitimación automática”, en la cual ciertos términos funcionan como marcadores de cierre: “dictadura”, “fraude”, “régimen”, “autoritarismo”, “represión sistemática”. Cuando tales marcadores aparecen, el receptor es orientado a no analizar, sino a aceptar un diagnóstico cerrado. Son signos que pretenden bloquear el pensamiento. Y omitir, a toda costa, la voluntad democrática del pueblo revolucionario de Venezuela.

Un segundo componente es la exhibición de la agresión como “construcción del déficit democrático”, consistente en una operación en dos fases. En la primera, se define un estándar ideal de democracia basado en modelos occidentales liberales, presentados como universales y a-históricos. En la segunda, se evalúa la democracia venezolana únicamente a partir de ese modelo, sin atender a su propio desarrollo interno ni a sus instituciones específicas. La semiótica crítica identifica este procedimiento como una forma de colonialidad del sentido, en la cual se impone un marco interpretativo externo que invalida cualquier forma no liberal de ejercicio democrático. El análisis científico exige observar este procedimiento como una estrategia discursiva, no como una evaluación institucional neutral.

Una tercera operación de manipulación ideológica (falsa conciencia) es la “demonización del proceso electoral”. La democracia venezolana ha sido objeto de más de veinte procesos electorales en dos décadas, con auditorías multilaterales, participación de múltiples partidos, reformas y concursos constitucionales. Sin embargo, en el campo mediático dominante se ha instalado una estructura narrativa donde cualquier elección se presume ilegítima antes de realizarse. Esto constituye un fenómeno semiótico relevante, la acusación precede al hecho. En este patrón, la narrativa funciona de forma preventiva, anulando el potencial legitimador de la participación popular. Las palabras clave se repiten con una disciplina casi militar: “fraude anunciado”, “elección controlada”, “voto cautivo”, “candidato sin competencia”. La repetición de estos signos crea un régimen perceptivo en el que el evento electoral pierde su valor simbólico antes de existir.

Y una cuarta clave es la ofensiva que propicia la “desaparición del sujeto popular”. En muchas narrativas oposicionales o extranjeras, la ciudadanía venezolana aparece desdibujada, convertida en una masa pasiva, manipulada o prisionera de un aparato institucional. Este procedimiento semiótico borra la agencia política real de millones de personas que participan, votan, debaten y organizan. La democracia es reducida al comportamiento de élites, desplazando el foco del pueblo como productor activo de legitimidad. Para la semiótica crítica, este borramiento del sujeto es una operación ideológica central, quien controla la representación del pueblo controla la representación de la democracia. Las calificaciones que ignoran la participación popular operan como “necropolítica simbólica del demos”: matar al pueblo como sujeto político mediante el lenguaje.

Otro aspecto fundamental es la “hiperindividualización del conflicto”. La democracia venezolana suele ser reducida en el discurso mediático al comportamiento de una sola persona o a la figura del presidente. Esta simplificación produce un efecto semiótico clave: se sustituye la institucionalidad por una subjetividad personalizada, reduciendo la democracia a un antagonismo moral entre individuos. Así se borran las dinámicas institucionales, los poderes públicos, los partidos, las organizaciones sociales y las estructuras constitucionales. Para Buen Abad, este procedimiento forma parte de la “novelización burguesa de la política”: convertir procesos históricos en melodramas para consumo global. Es un acto de despolitización profunda.

En el nivel connotativo, las calumnias —entendidas semióticamente como enunciados acusatorios no sometidos a verificación— utilizan un repertorio de imágenes afectivas que anulan la capacidad crítica: crisis, caos, devastación, ruina moral. Son signos que buscan impactar y saturar antes que informar. Se construye lo que el Laboratorio denomina un “paisaje cognitivo de excepcionalidad permanente”, donde la democracia venezolana aparece como una anomalía inexplicable. La narrativa hegemónica no concibe la posibilidad de un sistema político latinoamericano que combine participación popular, tensiones institucionales, modelos alternativos y disputas reales por la soberanía. La complejidad se sustituye por la alarma.

En términos pragmáticos, estas operaciones discursivas tienen efectos concretos porque condicionan decisiones diplomáticas, justifican sanciones, bloqueos y operaciones de aislamiento internacional. Estos efectos, aunque se inscriben en la política real, dependen de forma decisiva de la efectividad simbólica previa. La semiótica crítica identifica aquí un mecanismo de “preparación comunicacional del castigo”: antes de aplicar una medida coercitiva, se construye una narrativa donde la democracia del país es tan defectuosa que cualquier acción externa aparece no solo legítima, sino necesaria. Esta alineación entre discurso y acción demuestra que el lenguaje no acompaña la política: la produce.

Un análisis semiótico-crítico riguroso debe incluir la dimensión de resistencia revolucionaria. La democracia venezolana, en tanto proceso, genera su propia producción simbólica con narrativas populares, discursos institucionales, prácticas comunitarias, debates internos, movilizaciones, contradicciones y formas de autoafirmación. La semiótica crítica no idealiza estos procesos, pero sí reconoce que configuran un campo discursivo propio que disputa significado frente a la narrativa burguesa global. El estudio científico exige comprender esta dinámica como una lucha entre hegemonía semiótica y contra-hegemonía comunicacional. La democracia no se limita al acto electoral, se expresa también en la disputa por el sentido. Allí donde el lenguaje intenta reducirla a caricatura, emerge la necesidad de devolverle complejidad, historicidad y materialidad.

Nuestro Laboratorio de Semiótica Crítica concluye que las narrativas que pretenden deslegitimar globalmente la democracia venezolana operan mediante dispositivos simbólicos pre-configurados para imponer diagnósticos morales burgueses antes que análisis políticos. La crítica rigurosa exige desmontar estas operaciones no para sustituirlas por otras igualmente dogmáticas, sino para liberar la interpretación del secuestro ideológico. La democracia, como proceso social, debe estudiarse en sus tensiones reales; las calumnias, como artefactos semióticos, deben estudiarse en su funcionamiento material. Sólo así es posible comprender el conflicto simbólico que atraviesa al país y desactivar la ingeniería comunicacional que pretende clausurar su complejidad. Y robarle todas su riquezas.

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¿Quién le teme a la fortaleza cultural cubana?

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Quien entiende la cultura como un campo de batalla estratégico, en la lucha por la emancipación de los pueblos, sabe que la fortaleza cultural cubana no se mide únicamente por la riqueza artística, la literatura o el cine, sino por la capacidad de un pueblo de transformar su conciencia, disputar sentidos hegemónicos y sostener un proyecto histórico que articula soberanía política, justicia social y pensamiento crítico. Es decir, lo realmente nuevo para la especie humana. Desde una nuestra perspectiva semiótica y crítica, la cultura es un instrumento material de la lucha de clases, un terreno donde se juega la hegemonía y la contra-hegemonía, donde se consolidan o debilitan los procesos de emancipación. La cultura cubana, producto de su historia, su revolución y su creatividad popular, representa un obstáculo para los intereses globales que buscan homogeneizar el pensamiento, mercantilizar la vida social y subordinar identidades nacionales a los dictados del capital. Quien le teme a la fortaleza cultural cubana no le teme sólo la música, a la literatura o al cine, sino al potencial de un pueblo que se reconoce actor consciente de su historia, que sabe que la educación, el arte y la memoria son armas estratégicas para disputar la realidad y transformar la vida.

Esa fortaleza cultural de Cuba se construye en la intersección de su revolución histórica y su proyecto humanista, entre creatividad popular y disciplina intelectual. No es un museo ni un espectáculo, es un proceso vivo, que se nutre de la experiencia concreta de la población, de sus victorias y derrotas, y de su capacidad de sostener la revoluciónfrente a presiones ideológicas externas y bloqueos económicos. La cultura no es un reflejo pasivo de las condiciones materiales, sino parte activa de la transformación social, capaz de modificar percepciones, organizar la conciencia y movilizar subjetividades hacia la acción.

Desde la música popular cubana, desde la rumba y el son hasta el jazz afrocubano y la trova, su Cultura no sólo entretiene, especialmente articula historia revolucionaria, memoria y moral de lucha. Cada letra, cada improvisación, es un registro vivo de la lucha y un canal para la transmisión dialéctica de valores colectivos. La obra de trovadores como Silvio Rodríguez, Noel Nicola o Pablo Milanés es ejemplo de cómo el arte puede ser vehículo de crítica social y pedagógica, formando conciencia mientras construye belleza. El cine cubano, desde los documentales del ICAIC hasta las películas de ficción contemporáneas, ha mostrado las complejidades de la vida nacional sin claudicar ante estereotipos externos, abordando temas como la desigualdad, la memoria histórica, la revolución y la vida cotidiana de la población, creando un relato que desafía la narrativa hegemónica global. La literatura, desde Nicolás Guillén hasta Leonardo Padura, ha articulado poesía, novela y ensayo como instrumentos de crítica social y formación de conciencia, mientras que el teatro comunitario y la danza afrocubana mantienen vivas tradiciones populares al tiempo que generan experiencias estéticas con sentido emancipador. Una sola revolución con voces de la cultura diversa.

El temor a la fortaleza cultural cubana surge del reconocimiento de que la cultura puede ser un instrumento de emancipación, un eje que organiza la vida social y consolida la autodeterminación. La educación cubana, desde la alfabetización masiva hasta la formación universitaria, ha producido sujetos capaces de pensar críticamente, de cuestionar el orden establecido y de transformar la realidad social. Esto provoca temor en quienes buscan reducir a los pueblos a consumidores pasivos de información y cultura mercantilizada. La fortaleza cultural de Cuba demuestra que otro mundo es posible, que la dependencia y la alienación no son inevitables, y que la conciencia crítica puede articularse con la práctica transformadora. La cultura cubana se convierte así en contra-hegemonía concreta, una demostración palpable de que la educación, el arte y la memoria pueden organizar la resistencia y sostener un proyecto emancipador frente al poder global. Quien no la conoce se ha perdió de un filón enorme del proyecto civilizatorio más joven de nuestro tiempo.

Esta fortaleza también reside en su capacidad de resistir y reinventarse revolucionariamente. No es rígida ni dogmática; es un proceso que asume la historia con sus contradicciones, reconoce los errores y aprende de la experiencia, incorporando saberes locales e internacionales de manera crítica. Los proyectos culturales comunitarios y los programas educativos integrales permiten la participación activa de la población en la producción de conocimiento, generando sujetos conscientes de su poder transformador. La música, el cine, el teatro y la literatura no solo representan estética, sino que son herramientas pedagógicas y políticas que disputan sentidos, refuerzan la cohesión social y consolidan la memoria histórica.

Quien teme a la fortaleza cultural cubana teme la emancipación de los pueblos, la autonomía de la conciencia y la potencia de una cultura que demuestra que crear, resistir y transformar son actos inseparables. La hegemonía cultural, revolucionaria se conquista no sólo por la fuerza o la economía, sino por la capacidad de producir significados, símbolos y prácticas que orienten la vida social hacia la liberación; en este sentido, Cuba ha construido un espacio simbólico propio que desafía las narrativas hegemónicas, y eso genera temor en quienes desean un mundo uniforme, donde la cultura sea mercancía y no herramienta de conciencia.

Ese temor burgués ante la Cultura cubana se amplifica ante la capacidad de su pueblo de vincular educación, arte y política de manera integral. Los programas de alfabetización masiva, los proyectos culturales comunitarios y la sistematización de la educación artística permiten que la población participe activamente en la producción de conocimiento y sentido. Esto desafía la lógica mercantil y elitista de la cultura globalizada y demuestra que la emancipación no es una utopía, sino práctica histórica y consciente. La fortaleza cultural cubana es, en este sentido, un instrumento de soberanía simbólica, que sostiene la resistencia frente al bloqueo económico, la presión mediática y la intervención extranjera, y que proyecta un modelo de desarrollo humano integral que va más allá del consumo y la homogeneización cultural.

Semejante fortaleza cultural cubana no es exhibición ni nostalgia; es un ejercicio estratégico de emancipación, una praxis de la conciencia, la creatividad y la solidaridad que se constituyen en herramientas de revolución permanente. Comprender que esta fortaleza desafía intereses externos, educa, organiza y fortalece la vida colectiva desde dentro, demostrando que la cultura revolucionaria es pilar irrenunciable de cualquier proyecto de liberación social. Temen a Cuba quienes temen que los pueblos se reconozcan como sujetos de su historia, capaces de crear, transformar y sostener un proyecto emancipador que articule justicia social, soberanía y conciencia crítica. La fortaleza cultural cubana permanece, así como prueba viva de que la emancipación es práctica, no ilusión, y un faro para todos los pueblos que buscan construir un mundo más justo, consciente y libre.

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Militancia Comunicacional: Armar al Pueblo con la Palabra

Prensa LAUICOM – En el marco de la Asamblea de los Pueblos por la Soberanía y la Paz de Nuestra América, la diputada de la Asamblea Nacional y rectora de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), Tania Díaz, afirmó con contundencia que la lucha por la soberanía hoy es inseparable de la batalla por la comunicación. Frente a la escalada del imperialismo norteamericano, que reactiva la Doctrina Monroe bajo nuevas máscaras para mantener su dominio sobre el hemisferio, Venezuela no solo resiste, sino que construye una alternativa emancipadora.

Díaz subrayó que la guerra ahora es militar y cognitiva, se libra con algoritmos que invisibilizan, con medios que mercantilizan la palabra, con mentiras industriales que siembran desesperanza. Por eso, la comunicación no puede ser neutral ni técnica: es un acto político, profundamente humano, que debe recuperarse como herramienta colectiva.

En esa línea, llamó a fortalecer espacios de formación como la Cátedra McBride de LAUICOM, dirigido por el Dr. Fernando Buen Abad, donde se analizan y enfrentan los diez núcleos de la dominación comunicacional global, desde el colonialismo informativo hasta la fragmentación del tejido comunitario.

Pero la defensa no se construye solo en las aulas, sino en la calle. Díaz destacó que el pueblo venezolano ha forjado, a través de la praxis revolucionaria, una “vacuna cognitiva”, un modo de resistir que se expresa en las calles, en las redes, en las paredes y en la radio bemba. Esa estrategia, impulsada por el presidente Nicolás Maduro, se asienta en más de 5.300 circuitos comunales y en la democracia participativa y protagónica que el Comandante Hugo Chávez sembró desde la Constituyente de 1999.

La salida al actual orden imperial no vendrá de las instituciones burguesas ni de la ONU, sino de los pueblos organizados. Porque mientras el imperio confunde para avanzar, nosotros nos encontramos, hablamos y construimos. Y en ese encuentro está la victoria.

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LABORATORIO DE SEMIÓTICA CRÍTICA

∙ Cátedra MacBride

∙ UICOM

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Esa acusación de “narco-terrorismo” hecha por Donald Trump contra Venezuela, entre otras muchas, constituye un dispositivo semiótico de rendimiento ideológico calculado, cuya potencia performativa excede su aparente simplicidad verbal. Desde la perspectiva de nuestra semiótica crítica, esta denominación no puede analizarse como un simple rótulo descriptivo, sino como una operación estratégica que articula intereses geopolíticos, economías discursivas y tecnologías de producción de sentido orientadas a la construcción de un enemigo legitimador. El signo “narco-terrorismo” no remite a hechos verificables, sino a una arquitectura simbólica diseñada para instalar un marco interpretativo que convierte al Estado venezolano en una entidad paria, criminalizable y susceptible de intervención. Es un signo cargado de vectores semánticos que condensan, en una fórmula impactante, varias décadas de ingeniería discursiva estadounidense sobre América Latina.

Desde un punto de vista científico-semiótico, el término funciona como un “signo complejo de coagulaciones ideológicas”: integra dos núcleos semánticos —“narco” y “terrorismo”— que han sido previamente sobre-determinados por la maquinaria comunicacional y jurídica de Estados Unidos. En la historia reciente, ambos conceptos han operado como justificaciones simbólicas para intervenciones militares, sanciones y operaciones encubiertas. El efecto de fusionarlos es multiplicar su carga afectiva y su valor persuasivo. La estrategia semiótica consiste en explotar el capital histórico de miedo, repulsión moral y excepcionalidad jurídica acumulado por esos términos, trasladándolo hacia un Estado soberano mediante un acto performativo de nominación. No se trata solo de un insulto político, es una “clasificación de guerra”, un signo que habilita un régimen de acciones extraordinarias.

Ese dispositivo semiótico “narco-terrorismo” opera entonces como un “signo operador” que no describe, sino que activa. Produce un marco cognitivo en el que Venezuela aparece como amenaza transnacional. Esta operación se sostiene en la lógica del “enemigo total”, donde el antagonista no es un gobierno específico, sino una entidad que combina crimen organizado y violencia política global. En términos de semiótica crítica el signo se incrusta en la “economía política del imaginario”, donde los medios corporativos actúan como máquinas de reproducción de la nominación, amplificando su efecto hasta convertirlo en un hecho socialmente percibido como evidente. La manufactura de consenso se alimenta de la repetición disciplinada: titulares, discursos, informes y declaraciones se alinean para consolidar el signo hasta desmaterializar cualquier análisis empírico que lo cuestione.

Un análisis riguroso requiere observar la estructura sintáctica de la acusación, se trata de una operación de interpelación directa (“Venezuela es un narco-estado terrorista”), donde el sujeto de la frase (el Estado venezolano) es capturado en un predicado intensivo que elimina matices, procesos y contradicciones. La estructura “S = T” (Sujeto = Terrorista) instala una identidad fija, no una descripción temporal o condicional. El signo funciona así como marca ontológica: Venezuela “es”, esencialmente, una amenaza. Esta esencialización transforma un fenómeno geopolítico complejo en una entidad moralmente condenable. Desde el Laboratorio de Semiótica Crítica, esta operación corresponde a la técnica imperial de “metáforas absolutas”, aquellas que transforman un conflicto político en un relato teológico de bien contra mal.

Tal elección del término también responde a un diseño pragmático orientado hacia la opinión pública estadounidense y sectores de la “clase media” internacional fuertemente colonizados. El uso de “narco-terrorismo” activa en el imaginario social una cadena de asociaciones fuertemente instaladas desde la “Guerra contra las drogas” y la “Guerra contra el terrorismo”, carteles mexicanos, 11-S, ISIS, Afganistán, Colombia paramilitar, y toda la iconografía audiovisual creada por Hollywood y los noticieros. Esta semiosis acumulada es puesta en circulación para construir un enemigo latinoamericano moldeado según las necesidades estratégicas del momento. No importa la ausencia de evidencia; importa la eficacia simbólica.

Desde la perspectiva del Laboratorio de Semiótica Crítica, esta acusación se inscribe en la dinámica del “terrorismo semiótico imperial”, el uso de signos aterrorizantes para disciplinar conciencias y justificar agresiones. Estados Unidos declara “narco-terrorista” a un Estado como parte de un procedimiento de “marcado simbólico” que antecede cualquier acto de presión económica o militar. Se trata de una etapa de la guerra comunicacional que busca preparar el terreno para medidas coercitivas: sanciones, cerco diplomático, operaciones psicológicas, narrativas humanitarias y, eventualmente, incursiones militares. El signo es el primer disparo.

Un análisis denotativo revela la paradoja: Estados Unidos es uno de los mayores consumidores de drogas del mundo, su sistema financiero ha servido sistemáticamente de plataforma para lavado de dinero, y ha operado durante décadas con carteles aliados en diferentes regiones. Sin embargo, la enunciación imperial permite invertir la carga semántica: el acusador se presenta como defensor de la ley global y el acusado como foco de criminalidad. Esta operación semiótica se explica por lo que se denomina “inversiones ideológicas” que son mecanismos donde el poder atribuye al otro aquello que caracteriza sus propias prácticas.

En el nivel connotativo, “narco-terrorismo” proyecta imágenes de caos, clandestinidad, violencia extrema, redes internacionales y amenaza inminente. Su eficacia deriva de la saturación sensorial: el concepto llama al miedo como herramienta política. El miedo es uno de los vectores semióticos más eficientes para colonizar la conciencia. En este sentido, el término produce un efecto de “cierre cognitivo”, el destinatario, invadido por la amenaza simbólica, acepta sin resistencia las medidas que se derivan del diagnóstico oficial.

En el nivel pragmático, la acusación cumple tres funciones: 1. Justificar la intensificación del bloqueo económico, presentándolo no como agresión sino como medida de seguridad global. 2. Deslegitimar al gobierno venezolano en el escenario internacional, reduciéndolo a una entidad criminal sin derecho a autodeterminación.3. Preparar la opinión pública para posibles acciones de intervención, ampliando el margen de maniobra del Poder Ejecutivo estadounidense.

Nuestro Laboratorio de Semiótica Crítica reconoce aquí la construcción de una “ingeniería del consentimiento criminalizante”. Para ello, el discurso se presenta como lucha contra el mal absoluto. Es lo que Buen Abad identifica como “teología comunicacional del imperio”: una narrativa donde Estados Unidos se ubica en el lugar del salvador universal y cualquier resistencia se interpreta como amenaza diabólica. Debe notarse también la dimensión colonial del signo. América Latina ha sido históricamente convertida en laboratorio de nominaciones disciplinarias: “patio trasero”, “repúblicas bananeras”, “estados fallidos”, “dictaduras socialistas”, “amenazas narcoterroristas”. Estas categorías no describen realidades: las producen. Funcionan como tecnologías de subjetivación geopolítica. Desde la ciencia semiótica crítica, entender estas nominaciones es indispensable para comprender la arquitectura simbólica del imperialismo.

Esa acusación de Trump no surge aislada, es parte de una cadena discursiva donde el imperialismo norteamericano fabrica enemigos según sus intereses económicos y estratégicos. La retórica del “narco-terrorismo” busca ocultar las razones materiales del conflicto: control del petróleo, disciplinamiento geopolítico, intervención en los procesos de integración regional y apropiación de recursos energéticos. El signo esconde la estructura. Su guerra mediática es siempre un intento de separar el pensamiento de la realidad material para someterlo a la ideología dominante.

Nuestro trabajo como Laboratorio de Semiótica Crítica debe subrayar la necesidad de desmantelar estas operaciones mediante una praxis crítica de la comunicación. Comprender el signo “narco-terrorismo” no basta, es necesario producir contra-semiosis que devuelvan complejidad, historicidad y materialidad al análisis de los conflictos. El pensamiento crítico es un acto de defensa de la conciencia, pero aislado de la praxis es insuficiente, desactivar el terror semiótico es una forma de emancipación. El signo imperial debe ser desmontado para que la realidad vuelva a hablar con su propio espesor y no bajo el ruido ensordecedor de la propaganda. Y articular nuestros propios enunciados para la liberación.

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No queremos un nuevo Guernica en el Caribe

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

No queremos un nuevo Guernica en el Caribe, y esta afirmación no es sólo un grito simbólico, sino un llamado urgente a la conciencia histórica y política de los pueblos del hemisferio. Hablar de Guernica remite inevitablemente al horror, al sufrimiento de los inocentes y a la destrucción indiscriminada que la guerra inflige sobre las vidas de quienes no tienen voz en las decisiones de poder. La evocación de esa ciudad vasca bombardeada en 1937 se convierte, en el contexto caribeño contemporáneo, en una advertencia frente a la amenaza de intervenciones militares, económicas o políticas que podrían reproducir los patrones de violencia histórica, en los que los intereses hegemónicos se imponen por la fuerza y la población civil paga las consecuencias más dolorosas.

Este llamado no es solamente geográfico ni temporal, sino ético y político, y nos interpela a reconocer los signos de una posible repetición de la historia, de un Guernica que aún no ocurre pero que puede perfilarse si se ignoran las lecciones del pasado. La historia del Caribe está marcada por intervenciones externas que, aunque revestidas de discursos de seguridad, democracia o ayuda humanitaria, han tendido a favorecer la dominación económica y militar imperialista, provocando desplazamientos, hambre, desigualdad y fragmentación social. En este sentido, el Guernica no es sólo un cuadro, es un símbolo de lo que sucede cuando el capitalismo impune decide que la población es prescindible, que los cuerpos de los inocentes pueden ser sacrificados por la lógica del interés estratégico que es saquear recursos naturales y castigar rebeldías. La obra de Picasso y su resonancia histórica actúan como un espejo que refleja lo que está en juego cada vez que se prepara un conflicto: la vulnerabilidad de los pueblos y la necesidad de articular la memoria como escudo contra la repetición de la violencia.

Especialmente la Venezuela en nuestro Caribe, con su historia de colonización, intervenciones militares y explotación económica, no puede permitirse el lujo de olvidar estas lecciones. No podemos abstraer la noción de guerra del contexto de la vida cotidiana de los pueblos, porque la guerra no es un fenómeno abstracto; es destrucción, desplazamiento, terror, dolor que se imprime en cuerpos y memorias. Al evocar el Guernica, estamos también señalando la urgencia de reconocer las continuidades entre los crímenes del pasado y las amenazas del presente: intervenciones militares que se justifican con pretextos de seguridad o liberación pueden fácilmente replicar los patrones de devastación que Picasso inmortalizó en su lienzo. El Guernica es, entonces, una advertencia permanente, un testimonio visual que nos obliga a mirar de frente la violencia y a cuestionar las estructuras de poder que la generan.

No se trata únicamente de política internacional; se trata de la defensa de la vida, de la preservación de la memoria colectiva y de la afirmación de la soberanía de los pueblos frente a las fuerzas externas que buscan imponer su voluntad. La memoria del Guernica nos recuerda que los crímenes de guerra no se olvidan, que las cicatrices de la violencia quedan inscritas en la conciencia colectiva y que la justicia histórica es un requisito indispensable para la paz futura. En el Caribe contemporáneo, la posibilidad de un nuevo Guernica se manifiesta en la vulnerabilidad de los Estados frente a la presión militar, económica y mediática, en los desequilibrios de poder que hacen que decisiones de carácter estratégico se tomen sin consulta ni consideración por los derechos de la población, y en la mercantilización de la violencia, donde la guerra se convierte en un instrumento de control más que en un conflicto humanamente inevitable.

No queremos un nuevo Guernica porque entendemos que la historia no es neutral y que la pasividad frente a la injusticia es cómplice de la repetición. Este rechazo se expresa tanto en la resistencia política como en la conciencia cultural: se trata de reconocer que los símbolos del pasado, como el Guernica, siguen teniendo relevancia en la actualidad y que su mensaje debe ser incorporado a la educación, al debate público y a las estrategias de prevención de la guerra. La denuncia de la violencia, la defensa de los derechos humanos y la construcción de alternativas de cooperación y solidaridad regional son formas de proteger al Caribe de la repetición de tragedias históricas. La obra de Picasso nos enseña que la representación artística puede ser un arma ética poderosa, capaz de movilizar la memoria, sensibilizar a la sociedad y generar conciencia frente al horror que de otro modo podría ser naturalizado. Así, no querer un nuevo Guernica implica, al mismo tiempo, rechazar la guerra, cuestionar el imperialismo, fortalecer la memoria histórica y construir mecanismos de resistencia colectiva que privilegien la vida y la justicia.

No se trata de un argumento abstracto ni estético; es una exigencia política y moral que atraviesa los cuerpos, las ciudades y las instituciones. Significa reconocer que cada decisión política, cada intervención militar, cada imposición económica, tiene repercusiones humanas directas, y que ignorarlas es abrir la puerta a la repetición de la historia. En última instancia, la advertencia de no querer un nuevo Guernica en el Caribe es una invitación a la vigilancia ética, a la movilización ciudadana y a la reafirmación de la soberanía y dignidad de los pueblos. Es un recordatorio de que la paz no se decreta ni se impone desde arriba, sino que se construye mediante la memoria, la educación, la justicia y la solidaridad, y que la historia del Guernica nos enseña que la inacción frente al horror es un acto de complicidad.

Cada generación del Caribe tiene la responsabilidad de leer las señales del presente a la luz de las lecciones del pasado, de reconocer los indicios de violencia estructural o directa y de actuar para que la devastación que Picasso plasmó en su obra nunca se reproduzca en su tierra, en sus ciudades ni en sus vidas. Así, el rechazo a un nuevo Guernica se convierte en una práctica activa de preservación de la vida, en un compromiso ético con la historia y en una declaración política de que la memoria y la justicia deben preceder a la guerra, que la dignidad de los pueblos debe protegerse frente a cualquier forma de agresión y que el arte, la memoria y la resistencia colectiva son aliados esenciales en la construcción de un Caribe que no repita los horrores del pasado.

Nuestra defensa de la vida, la justicia y la memoria se entrelazan en esta lucha ética, convirtiéndose en los cimientos sobre los cuales se puede edificar un presente y un futuro que honre la dignidad humana y que garantice que las imágenes de destrucción y sufrimiento que Picasso inmortalizó nunca se materialicen nuevamente en la región. No queremos un nuevo Guernica en el Caribe porque queremos preservar la vida, la memoria, la ética y la soberanía, y porque sabemos que la paz verdadera solo se construye cuando la historia se recuerda, los crímenes se denuncian y los pueblos actúan con conciencia y solidaridad frente a la violencia y la injusticia.

Aporrea

Buen Abad

Quizá la tarea académica más compleja

Fernando Buen Abad Domínguez

En materia de comunicación revolucionaria, un desafío siempre complejo consiste en comprender, de raíz y sin rodeos, que el campo comunicacional no es un terreno neutro, inocente o ingenuo, sino un espacio histórico atravesado por relaciones de poder que configuran sentidos, legitiman estructuras y moldean subjetividades. Esta afirmación, que puede sonar elemental en ciertos círculos críticos, resulta todavía un desafío intelectual, político y metodológico para una gran parte de las instituciones académicas contemporáneas, muchas de las cuales se mantienen aferradas a una noción tecnocrática, mercantil o puramente instrumental de la comunicación. Asumir la comunicación como un campo de disputa, como una arena donde se dirimen proyectos civilizatorios en conflicto, implica desmontar capas de ideología sedimentada y reconocer que ninguna práctica comunicacional se mueve al margen de las tensiones sociales que la producen. De ese punto de partida se desprende prácticamente todo el debate sobre la comunicación revolucionaria, una comunicación que no pretende limitarse a describir el mundo, sino que aspira a transformarlo.

Nuestra tarea académica más compleja no se reduce a identificar, denunciar o cartografiar los mecanismos de dominación simbólica desplegados por las “grandes” corporaciones monopólico-mediáticas. Ese es apenas el primer plano. Lo verdaderamente difícil es diseñar, promover y sostener alternativas comunicacionales capaces de disputar hegemonía, generar nuevas formas de sensibilidad colectiva y empujar procesos de emancipación material y espiritual. La dificultad procede, en gran medida, del hecho de que la comunicación revolucionaria necesita desenredar simultáneamente múltiples nudos: el epistemológico, el ético, el político, el estético, el tecnológico y el organizativo. Cada uno de estos hilos está entrelazado con los demás y ninguno puede resolverse por separado sin afectar el tejido completo del proyecto emancipador.

En el plano epistemológico, la comunicación revolucionaria enfrenta el reto de crear marcos conceptuales que no reproduzcan las lógicas de pensamiento fragmentado y utilitario heredadas de la racionalidad dominante. No se trata sólo de cuestionar las teorías que reducen la comunicación a un proceso de transmisión de mensajes o a un conjunto de operaciones técnicas. Se trata de concebirla como un fenómeno social total, que combina estructuras materiales, condiciones históricas, dispositivos tecnológicos y prácticas culturales cargadas de intencionalidad política. Esto obliga a superar las dicotomías clásicas —emisor/receptor, contenido/código, información/opinión— y a pensar la comunicación como un entramado dinámico donde circulan intereses y proyectos en disputa. Desde esta perspectiva, elaborar una teoría de la comunicación revolucionaria significa asumir que el conocimiento no puede escindirse de su función social y que toda construcción conceptual debe orientarse a fortalecer la conciencia crítica y la organización colectiva.

Es un nudo ético que se vuelve particularmente sensible porque la comunicación revolucionaria requiere un compromiso profundo con la verdad, la solidaridad y la dignidad humana. No basta con denunciar la manipulación o la mentira sistemática de los aparatos ideológicos del capital; es necesario construir modos de comunicar que rehúyan las trampas del sensacionalismo, la desinformación y la instrumentalización del sufrimiento humano. La ética revolucionaria parte del reconocimiento de que las palabras son un acto social y que su potencia política depende de su coherencia con los principios de justicia y emancipación que se busca promover. Esto implica revisar críticamente las prácticas comunicacionales, incluso dentro de los propios movimientos populares, para evitar reproducir vicios que terminan debilitando las luchas transformadoras. La ética no puede ser un adorno discursivo, es el cimiento mismo de la credibilidad y la legitimidad del proyecto comunicacional.

En la lucha política, la tarea se vuelve aún más desafiante. La comunicación revolucionaria no puede existir aislada de los procesos de organización popular, porque su objetivo no es entretener ni persuadir superficialmente, sino contribuir a la construcción de poder colectivo. La política revolucionaria entiende la comunicación como un instrumento central para articular demandas, visibilizar injusticias, disputar sentidos comunes y fortalecer identidades compartidas. Sin embargo, también reconoce que no hay comunicación revolucionaria sin participación activa de las comunidades; no puede ser una operación vertical dictada desde una vanguardia ilustrada, porque su fuerza reside precisamente en ser un proceso abierto, democrático y enraizado en la experiencia cotidiana de las mayorías. El desafío político consiste entonces en crear estructuras comunicacionales que funcionen como órganos vivos del cuerpo social, capaces de escuchar, interpretar y proyectar las voces populares sin domesticar su diversidad ni diluir su potencia transformadora.

También el reto estético añade otra capa de complejidad. La comunicación revolucionaria debe disputar no sólo el contenido, sino también las formas de sensibilidad que dominan el ámbito mediático. El capitalismo ha desarrollado un sofisticado arsenal estético destinado a capturar la atención, fragmentar la percepción y producir emociones acordes con su lógica de consumo. Combatir ese entramado requiere una imaginación creativa que revalorice la belleza vinculada a la vida, a la comunidad y a la lucha por la justicia. La estética revolucionaria no repudia la innovación ni los lenguajes contemporáneos; los reinterpreta desde una perspectiva que permita revelar lo invisible, dignificar lo silenciado y generar resonancias afectivas capaces de fortalecer el tejido social. La estética no es un accesorio: es un espacio donde se juega la disputa por la sensibilidad colectiva y por la capacidad de imaginar futuros alternativos.

Incluso desafío tecnológico, por su parte, es doble agudizado por la dependencia feroz que padecemos. Por un lado, es necesario comprender que las tecnologías de la comunicación no son artefactos neutrales, sino dispositivos diseñados en consonancia con intereses económicos y militares. Esto obliga a desarrollar una crítica radical que permita identificar los mecanismos de vigilancia, segmentación y control que operan en plataformas digitales, redes sociales y sistemas algorítmicos. Pero, por otro lado, tampoco es posible renunciar al uso de estas tecnologías, porque forman parte del ecosistema cotidiano en el que se mueven millones de personas. La comunicación revolucionaria debe, entonces, apropiarse críticamente de las herramientas existentes, hackear sus lógicas cuando sea posible y, al mismo tiempo, impulsar el desarrollo de tecnologías soberanas que respondan a necesidades públicas y no a intereses corporativos. Esta doble tarea exige un conocimiento técnico sólido combinado con una perspectiva política capaz de orientar la innovación hacia fines emancipadores.

Y, el nudo organizativo es quizá el más complejo de todos porque implica articular en la práctica aquello que en el plano teórico puede parecer claro. Crear estructuras comunicacionales revolucionarias demanda procesos de formación, distribución de responsabilidades, mecanismos de participación comunitaria, sistemas de producción de contenidos, redes de colaboración y estrategias de sostenibilidad a largo plazo. Todo esto debe construirse en un entorno donde los recursos suelen ser escasos, las condiciones laborales precarias y las presiones externas constantes. Sostener un proyecto comunicacional revolucionario requiere disciplina colectiva, capacidad autocrítica, vocación pedagógica y una claridad estratégica que permita sortear obstáculos sin desmoronar el sentido profundo de la propuesta. La organización, por tanto, no puede ser improvisada ni dependiente del entusiasmo momentáneo: necesita raíces profundas y una estructura flexible capaz de adaptarse sin renunciar a sus principios.

Cada uno de estos planos —epistemológico, ético, político, estético, tecnológico y organizativo— se entrelaza en la tarea académica de la comunicación revolucionaria. La academia, en este sentido, enfrenta un reto fundamental que es romper con la tendencia a aislar la teoría de la práctica y construir un conocimiento que pueda dialogar con los movimientos populares, alimentarse de sus experiencias y contribuir al fortalecimiento de sus luchas. No se trata de utilizar a las comunidades como objeto de estudio ni de explotar sus dinámicas para producir publicaciones indexadas. La verdadera tarea académica es ponerse al servicio de la transformación social, construir herramientas conceptuales y metodológicas que permitan comprender los procesos comunicacionales en toda su complejidad y generar propuestas que puedan ser apropiadas y reelaboradas por quienes enfrentan las injusticias en su vida cotidiana.

Este desafío obliga a repensar también la función de la universidad. Una institución académica que pretenda abordar la comunicación revolucionaria debe revisar sus propios vínculos con las lógicas de mercado, con los intereses corporativos que financian investigaciones y con las políticas de estandarización que subordinan la producción de conocimiento a criterios cuantitativos. Las universidades han sido, en muchos casos, espacios donde se reproduce la ideología dominante, no solo en los contenidos curriculares, sino también en sus formas de gestión, sus jerarquías y sus prioridades institucionales. Transformar la enseñanza de la comunicación implica abrir las puertas a experiencias populares, reconocer saberes comunitarios y generar espacios de co-creación donde docentes, estudiantes y organizaciones sociales puedan construir colectivamente conocimientos útiles para la emancipación.

Este proceso exige valentía intelectual para cuestionar las disciplinas establecidas, pero también humildad para escuchar lo que nace de la experiencia de lucha. Autocrítica. La comunicación revolucionaria no puede ser enseñada únicamente desde bibliotecas o laboratorios de medios: necesita imbricarse con el territorio, con la historia de las resistencias populares y con los sueños de quienes enfrentan cotidianamente la explotación.

A esta complejidad se suma el contexto global actual, marcado por una concentración mediática sin precedentes, por la proliferación de discursos de odio y por el avance de tecnologías que amplifican la desinformación y la manipulación algorítmica. En este escenario, la comunicación revolucionaria se vuelve más urgente y más desafiante. La velocidad de circulación de contenidos, la saturación informativa y la lógica de la viralidad imponen formas de interacción que dificultan la elaboración reflexiva y favorecen la reproducción automática de emociones prefabricadas. La academia debe analizar críticamente estas dinámicas, evitar la tentación de adaptar sus métodos a la lógica del impacto superficial y recuperar la importancia del pensamiento riguroso como herramienta para enfrentar el caos informacional.

Sin embargo, no todo es sombrío. También emergen nuevas posibilidades. La proliferación de proyectos colaborativos, medios comunitarios, radios populares, plataformas autogestionadas y redes de solidaridad digital demuestra que existen alternativas reales capaces de disputar el sentido común. Estos espacios no solo producen contenido: producen formas de relación que desafían la lógica individualista y fortalecen la posibilidad de una comunicación basada en la cooperación y la conciencia colectiva. La academia tiene la responsabilidad de aprender de estas experiencias, apoyarlas, investigarlas con respeto y contribuir a su expansión sin intentar subsumirlas a marcos teóricos que no les hacen justicia.

Y, la tarea más compleja consiste en articular todas estas dimensiones en un proyecto coherente. La comunicación revolucionaria requiere pensamiento crítico, ética, política, estética, tecnología y organización, pero también necesita un horizonte utópico que permita orientar cada esfuerzo, cada investigación, cada pieza de contenido, hacia la construcción de un mundo más justo. Ese horizonte no se encontrará en ninguna doctrina cerrada ni en ningún manual. Se construye colectivamente, día a día, en la práctica comunicacional que acompaña y fortalece las luchas de los pueblos.

Nuestra comunicación revolucionaria no puede reducirse a un estilo de discurso, a una estética militante o a una narrativa heroica. Es un modo de existir en el mundo, de relacionarse con los otros, de asumir la palabra como acto de liberación. Quien comunica desde una perspectiva revolucionaria no lo hace para acumular prestigio académico ni para alimentar la vanidad intelectual, sino para contribuir a la formación de sujetos críticos capaces de transformar su realidad. La tarea académica más compleja, por tanto, es aprender a desaprender: abandonar los moldes rígidos, desconfiar de las categorías heredadas, reconocer la historicidad de todo conocimiento y aceptar que la teoría debe moverse al ritmo de los pueblos en lucha.

Nuestra responsabilidad académica tiene un papel fundamental en ese proceso, no como autoridad incuestionable que dicta el camino, sino como espacio de porblematización, reflexión, creación, acompañamiento e intervención crítica y autocrítica. Comprender la magnitud de esta tarea implica asumir que la comunicación no es un accesorio de la política, sino uno de sus corazones más profundos. Allí donde se disputa el sentido, se disputa también la posibilidad de otro mundo. Y es precisamente en esa disputa donde la comunicación revolucionaria encuentra su razón de ser y su desafío más grande.

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«Que la ética sea la estética del futuro»

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

En la frase «que la ética sea la estética del futuro» se ha consolidado un territorio simbólico donde la humanidad deposita muchos anhelos de verdad, de justicia y de belleza, aun cuando no sepamos con exactitud quién la pronunció por primera vez. Tal vez nadie, tal vez todos; tal vez se desgajó sola desde la necesidad histórica, como una chispa que brota del choque entre los engranajes de un mundo que ya no soporta su propia fealdad moral. Y es precisamente esa incertidumbre la que la convierte en un arma conceptual poderosa, una suerte de consigna huérfana que rehúsa ser domesticada por los archivos y que, al negarse a ser propiedad de un autor, se abre como herramienta colectiva para la transformación de lo sensible. Porque en el fondo la pregunta no es quién lo dijo, sino quién necesita que sea dicho. Y lo necesitan los pueblos, las comunidades avasalladas, los trabajadores precarizados, las víctimas del despojo y de la desmemoria fabricada. Lo necesita la humanidad que no se resigna a vivir en un mundo donde la estética ha sido capturada por el mercado y convertida en un adorno tóxico que disfraza la explotación.

Todo el capitalismo, en su obsesión por endulzar las cadenas para que no duelan, ha convertido la estética en un dispositivo anestésico. Podría decirse que toda la maquinaria de la publicidad, del entretenimiento, de las plataformas y algoritmos, es una gigantesca fábrica de ilusión sensorial destinada a ocultar la violencia estructural que sostiene al sistema. Una estética de la alienación, donde la belleza es una mercancía más, una fachada para la barbarie. Pero esta frase irrumpe como un relámpago en la tormenta, propone invertir la ecuación. Propone que la belleza no sea un truco sino una consecuencia ética. Propone que la estética del futuro, hoy mismo brote de la justicia y no del mercado, de la dignidad y no del fetichismo, de la humanidad y no del espectáculo. Esta inversión no es un juego literario; es una tarea política radical. Es un llamado a descolonizar la sensibilidad, a arrancarle al capital los hilos con los que manipula nuestras percepciones, a construir un horizonte donde lo bello no sea un privilegio sino una conquista colectiva.

Por eso no sorprende que la frase haya sido atribuida a Lenin. No porque él la haya dicho, sino porque toda una tradición revolucionaria luchó y lucha para unir ética y estética en la praxis. Godard, con su estilo de guerrilla semiótica, supo jugar con esa atribución incierta desde el montaje cinematográfico, abriendo más preguntas que respuestas. Ese gesto godardiano—decir «creo que la dijo Lenin»—no busca engañar sino provocar. Es un dedo que apunta al vacío para que lo llenemos con sentido histórico. ¿Por qué una frase así encajaría tan bien en la tradición revolucionaria? Porque esa tradición sabe que la estética no es neutra, es un campo de disputa económico-ideologica. Sabe que toda ética real es estética actuada. Sabe que la revolución no sólo transforma las estructuras económicas sino también la sensibilidad, el modo en que percibimos y nombramos el mundo. Cuando la ética se hace revolución, la estética cambia de raíz. La estética de un pueblo liberado no puede ser la misma que la estética del sometimiento. Y en ese sentido, aunque Lenin nunca lo haya dicho, la frase podría haberlo expresado.

Pero la búsqueda rigurosa expone la otra genealogía posible, Thomas Sturge Moore, quien habló de la ética como estética de la vida. Allí está el germen, la semilla, el primer temblor de esta idea. Moore no hablaba de lucha de clases, pero intuía que la vida encuentra su forma sensible en sus actos morales. La frase, sin embargo, debió atravesar el siglo y sus catástrofes para adquirir el tono político que hoy la nutre. Pasó por guerras, revoluciones, derrotas, victorias, genocidios, esperanzas, gritos apagados y gritos encendidos. Pasó por la fábrica, por el sindicato, por la comuna, por el barrio, por la pantalla, por el libro. Pasó por millones de bocas y de manos. Y al final lo que quedó no fue un origen sino una necesidad. El futuro no puede ser estéticamente soportable si éticamente es insoportable. Y el presente, aunque esté saturado de colores, imágenes, espectáculos y pantallas, es éticamente insoportable para la mayoría de la humanidad. De ahí que esta frase sea más que un deseo, es una advertencia.

Decir que la ética será la estética del futuro es declarar que la estética actual está podrida por dentro. Que la belleza que nos ofrecen no es belleza sino maquillaje. Que la sensibilidad hegemónica está secuestrada. Que el capitalismo privatizó incluso el derecho a sentir. Que lo estético ha sido arrancado de los cuerpos y puesto en vitrinas donde sólo puede acceder quien paga. Que la emoción ha sido convertida en insumo publicitario. Que el arte se ha vuelto un lujo o un instrumento de prestigio para quienes saquean al mundo. Contra eso se inscribe la frase. Contra eso arde. Porque propone recuperar la estética desde abajo, desde los pueblos, desde las luchas que producen dignidad, no mercancías.

Cuando una comunidad se levanta, cuando un pueblo recupera sus territorios, cuando los cuerpos se organizan para resistir, aparece una estética distinta, la estética de la lucha. Una estética que no necesita adornarse porque es verdad. La ética del presente —esa ética que nace del hambre, de la memoria, de la dignidad, de la rabia— ya engendra formas estéticas que el capital no puede reproducir en serie. Esa estética de la rebeldía, esa estética de la solidaridad, esa estética del abrazo y de la barricada, no entra en ningún museo sin desbordarlo. Y esa es la estética del futuro. No la estética de la mercancía, sino la estética del pueblo. No la estética del éxito individual, sino la estética de la victoria colectiva. No la estética del simulacro, sino la estética del sentido.

Una frase así se convierte en tarea histórica, construir un futuro donde la ética revolucionaria le dé forma a la sensibilidad común. Donde la belleza no sea un privilegio sino una consecuencia natural de vivir sin explotación. Donde la estética no glorifique al poder sino a la vida. Donde los colores, los ritmos, las voces y los gestos sean obra de la cooperación y no del mercado. Donde cada acto ético —el compartir, el organizarse, el luchar, el cuidar— produzca belleza. Donde la sensibilidad sea un territorio emancipado.

Y quizá ese sea el motivo por el cual la frase no tiene origen cierto, porque el origen real está en la necesidad histórica de los pueblos. La frase es de quien la lucha. La frase pertenece a quienes la convierten en praxis. Ningún archivo podrá reclamarla porque su patria no está en el pasado sino en el porvenir. La frase, como consigna, muestra que la estética realmente transformadora es aquella que brota de la ética colectiva. No la ética de las élites, sino la ética de los pueblos que se saben capaces de reinventar el mundo. Y así, al final, el misterio de su origen se convierte en el mejor homenaje, nació donde nacen las verdaderas consignas, en el deseo profundo de un mundo distinto.

Semejante declaración de batalla pertenece a todos. Esa es su paradoja y acto de emancipación semiótica, que se desliza como un objeto rebelde que no acepta dueños. Y lo hace porque nació, o fue adoptada, en un territorio donde la lucha simbólica es inseparable de la lucha material, donde las palabras no se coleccionan en vitrinas de academia, sino que se arrojan como semillas —o piedras— contra las estructuras que pretenden administrar el sentido y formatear la sensibilidad humana. La frase no necesita firma porque su contenido exige una colectividad para hacerse carne, exige millones de gestos éticos para convertirse en estética transformadora. La frase sobrevive porque dice algo que la humanidad quiere escuchar desde mucho antes de que apareciera, que la estética —que hoy el mercado ha convertido en un adorno pegado a la mercancía— puede ser un territorio de reapropiación, que puede recuperar su fuerza política, su dignidad y su capacidad para revelar la verdad. Esa idea, que no es moderna ni posmoderna sino profunda como las luchas originarias, se filtra entre los dedos del capitalismo como un agua que se niega a ser privatizada. Y por eso la frase resuena, porque nos promete una estética donde la belleza ya no será el lujo de pocos sino una dimensión sensible de la justicia para todos.

No quiere quedar archivada en el mausoleo del palabrerío célebre, ni exhibida en el museo donde las palabras se fosilizan. Funciona como dinamita semiótica, impide la certeza, deja un hueco, una grieta por donde se hace lo contrario de la ideología dominante, que impone certezas huecas, aquí se ofrece una incertidumbre fértil. Y las incertidumbres fértiles son peligrosas para un sistema que se sostiene con dogmas y con obediencias. Tal vez la frase sólo exista para recordarnos que la politización del arte y la estetización de la ética no se decretan desde un escritorio; se construyen en la historia viva, en la contradicción, en la praxis. La frase quiere convertirse en praxis, y por eso rechaza la comodidad del origen fijo. En un mundo dividido por imperios y explotaciones, la estética establecida es cómplice de la opresión, neutraliza la potencia sensible de la vida para convertirla en espectáculo. La frase rompe las sensiblerías de mercado para que la estética del futuro brote de la ética de la justicia.

Desde hoy, la ética del futuro… si la pensamos desde la lucha política, no es un conjunto de reglas morales abstractas; es la conducta organizada de un pueblo que decide no tolerar más la explotación. La ética del futuro no habla en singular; habla en plural, como las asambleas, como los comités, como las comunas que recuperan su destino. Y si esa ética produce estética, entonces la estética del futuro no será jamás una colección de estilos ni una moda pasajera sino un modo sensible de habitar la dignidad. No una belleza que adorna la injusticia, sino una belleza que emerge de haberla superado. No una estética de escaparates, sino una estética de la vida liberada. Cuando la ética se vuelve colectiva, la estética se vuelve revolucionaria. Esa idea es intolerable para quienes gobiernan el mercado del arte, porque pulveriza la ilusión de que la belleza es propiedad de quienes pueden pagarla. Por eso la frase molesta; por eso la frase no tiene autor, porque si lo tuviera, ya estaría encapsulada en estudios académicos, domesticada, abstracta, incapaz de incendiar la imaginación popular.

Si decimos que la frase es de todos, entonces también decimos que su verdad depende de que la practiquemos. Y la práctica implica transformar el modo en que hoy vivimos la estética. La publicidad, los algoritmos, la aceleración digital, la industria cultural, todos han convertido la estética en anestesia. El capitalismo estetiza todo para esconder su violencia detrás de colores y ritmos seductores. Pero detrás del diseño, de la moda, de la felicidad envasada, late la maquinaria del trabajo precarizado, de los cuerpos explotados, de las vidas descartadas. La frase viene a romper esa cortina de humo, exige que devolvamos la estética a la ética para que la sensibilidad pueda ver lo que la dominación quiere ocultar. Una estética unida a la ética no se deja comprar; no se deja manipular; no adorna la guerra ni maquilla la pobreza. Una estética unida a la ética crea nuevas formas de percepción para revelar el mundo y para transformarlo.

Por eso la frase, aunque sin origen comprobable, es un acto de insurrección. Es una consigna para reconstruir la sensibilidad. Es una herramienta para desmontar la mentira estética del capitalismo. Es un pretexto para politizar la belleza y para embellecer la política. Y si la ética es la estética del futuro, entonces el presente debe prepararse, debe ser el laboratorio donde las prácticas emancipadoras generen nuevas formas de mirar, sentir, crear y vivir colectivamente. La ética revolucionaria no sólo transforma la economía y la política; transforma también la percepción. La estética del futuro será la de los pueblos que recuperen su potencia creadora. Será la estética del trabajo liberado, de la cooperación, de la comunidad que redefine sus valores y sus formas de vivir la belleza. Es una estética de la alegría compartida, de la igualdad, de los cuerpos afirmados en su dignidad.

Aporrea

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El opio navideño del pueblo

Mientras el capitalismo celebre su Navidad de consumo, la humanidad seguirá atrapada en su propio espejismo

Por: Dr. Fernando Buen Abad

En el fondo, la Navidad secuestrada por el capitalismo es una operación ideológica que refuerza la estructura de la alienaciónMarx explicó que la religión funciona como un consuelo ilusorio ante la miseria real. En la era del capital global, esa función ha sido asumida por la religión del consumo.

El opio navideño no promete la salvación del alma, sino la ilusión del bienestar inmediato. Las familias se endeudan para comprar símbolos de felicidad. Las grandes cadenas acumulan ganancias obscenas mientras los trabajadores soportan jornadas extenuantes en nombre del “espíritu navideño”. En los países pobres, la miseria se maquilla con luces artificiales; en los países ricos, la soledad se disfraza de abundancia. Todo se uniforma bajo la consigna del goce obligatorio.

Su Navidad, convertida en mercancía universal, se ha vuelto uno de los dispositivos ideológicos más eficaces para anestesiar la conciencia social y reafirmar la lógica del consumo. Lo que alguna vez fue una celebración de esperanza, solidaridad y renacimiento simbólico de la vida, ha sido secuestrado por la maquinaria del capital hasta transformarlo en un opio dulce y luminoso que adormece el pensamiento y entumece la indignación.

Cada diciembre, millones de personas son arrastradas por la corriente hipnótica de luces, jingles y promociones, mientras se repite la fábula de la “alegría compartida” en un mundo atravesado por la desigualdad, la guerra y el hambre. La Navidad moderna es un espectáculo ideológico: un guion cuidadosamente escrito por las industrias del consumo y del entretenimiento, donde cada signo —desde el árbol adornado hasta el villancico— está diseñado para reproducir la obediencia a la lógica del mercado.

En su fase actual el capitalismo logró lo que ningún dogma religioso alcanzó: convertir la fe en un sistema de consumo, la espiritualidad en publicidad y la fraternidad en compra compulsiva. El fetichismo de la mercancía, denunciado por Marx, encuentra en la Navidad su laboratorio perfecto. Las mercancías hablan, brillan, prometen felicidad, y los sujetos, transformados en compradores, creen que participan de una fiesta cuando en realidad participan de un ritual de subordinación. En lugar del pesebre pobre y solidario, se levanta el templo del centro comercial. En lugar del niño humilde, el niño consumidor. El símbolo del nacimiento se transfigura en el símbolo de la venta. El capitalismo convirtió la ternura en marketing y la generosidad en tarjeta de crédito.

Este opio navideño funciona con una eficacia semiótica impecable. Combina emoción, tradición y espectáculo. Nadie quiere parecer un “aguafiestas”; todos son invitados a participar del consenso sentimental. Se exalta la “unidad familiar” mientras se encubre la violencia doméstica, se celebra la “paz” mientras se venden armas, se glorifica la “solidaridad” mientras se destruyen los lazos sociales. El discurso navideño opera como un hechizo afectivo: produce una sensación de armonía momentánea que disuelve la percepción del conflicto. La injusticia social queda suspendida en un paréntesis de luces de colores. Durante unas semanas, el sistema parece amable, la pobreza parece invisible, el dolor parece lejano.

Su industria mediática es el coro litúrgico de este culto moderno. Televisoras, plataformas, redes y publicistas repiten, con variaciones infinitas, los mismos mensajes: “sé feliz”, “compra”, “regala”, “vive el espíritu de la Navidad”. Se trata de un bombardeo semiótico que busca saturar el campo cognitivo y afectivo. Las películas navideñas, las publicidades emotivas, las campañas de beneficencia corporativa y los espectáculos de fin de año configuran una narrativa única: la de un mundo que se redime cada diciembre gracias al consumo. Es el guion de la felicidad programada. Una semiótica de la anestesia, donde la sonrisa sustituye al pensamiento, el regalo sustituye al vínculo y la emoción sustituye a la conciencia.

Es un capitalismo emocional que gobierna la Navidad opera como una máquina de deseo administrado. No se trata de que las personas “quieran” cosas, sino de que sus deseos sean previamente formateados para sostener la lógica de acumulación. El sistema produce el anhelo y luego lo satisface, fabrica la carencia y luego vende su alivio. La felicidad se mide por la cantidad de paquetes debajo del árbol. La estética de la abundancia se convierte en la moral dominante: quien no consume, queda excluido del “espíritu” común. La tristeza, la crítica, la austeridad o la reflexión son percibidas como fallas emocionales. En nombre de la felicidad, se excomulga la conciencia.

Su opio navideño, además, funciona como dispositivo de control político. En tiempos de crisis, los gobiernos y las corporaciones apelan a la retórica de la “unidad navideña” para desactivar el descontento social. Se suspenden las protestas, se difieren los debates, se adormece la rabia. El calendario festivo del capital no es inocente: diciembre es el mes del consenso forzado, de la reconciliación mediática y del olvido temporal. La crítica se pospone “para después de las fiestas”. El poder sabe que ninguna droga es más eficaz que la mezcla de ternura prefabricada y consumo compulsivo.

Sus “medios” monopolizan el relato navideño como una religión audiovisual. Cada anuncio publicitario es una parábola; cada canción una homilía. En ellas se predica la doctrina de la felicidad individual, del éxito personal, del hogar perfecto. Pero en la periferia de ese espectáculo brilloso, los pueblos cargan con la realidad: migrantes que no pueden regresar, niños sin regalos, trabajadores explotados en las fábricas que producen los adornos y juguetes, familias que apenas sobreviven. La desigualdad estructural del mundo capitalista se oculta tras una cortina de purpurina. La “magia” navideña es el nombre amable de la alienación colectiva.

Su opio navideño tiene su materialidad concreta. Los flujos de dinero que se mueven en torno a la Navidad equivalen, en algunos países, a porcentajes significativos del PIB anual. Las grandes cadenas comerciales dependen de este pico de consumo. La economía emocional de diciembre sostiene la maquinaria de crédito, publicidad, logística y medios. Millones de trabajadores son explotados para sostener el ritmo del mercado festivo. La espiritualidad ha sido reemplazada por la contabilidad. En el altar del capitalismo se celebra cada año el mismo milagro: la conversión del sufrimiento humano en ganancia.

Desde la perspectiva de la Filosofía de la Semiosis, la Navidad es un texto ideológico que debe ser leído y desmontado. Cada signo —el árbol, el regalo, el pesebre, el Papá Noel, la estrella, la cena— actúa como unidad simbólica de una gran narrativa de sumisión. Su función es producir cohesión afectiva al interior de la sociedad de consumo. La semiosis navideña articula lo religioso, lo económico y lo mediático en una sola sintaxis de dominación. El signo del “amor” se convierte en propaganda; el signo del “milagro” se convierte en marketing. Así, la Navidad deja de ser una celebración de la vida para ser una celebración del capital.

Sin embargo, el opio navideño no actúa solo por imposición. También seduce, persuade, conquista. Se apoya en las emociones más nobles del ser humano: el deseo de amar, de compartir, de sentirse parte de algo. Por eso su poder es tan profundo. El sistema no reprime esos sentimientos; los explota. Se apropia de la ternura y la transforma en espectáculo. Así, el amor se vuelve mercancía y la bondad se vuelve publicidad. Pero en el fondo de esa manipulación aún late la posibilidad de una resistencia: la de recuperar el sentido humano y comunitario que el capital ha secuestrado.

Nuestro desafío, entonces, no es abolir la Navidad, sino liberarla. Desenmascarar su estructura ideológica mercantil para rescatar su contenido humano. Reencontrar en la fiesta el gesto solidario, la memoria de los oprimidos, la esperanza de los que luchan. Convertir la reunión familiar en espacio de reflexión crítica; convertir el brindis en acto de compromiso; convertir el pesebre en símbolo de dignidad proletaria. La Navidad podría ser una celebración de la vida contra la muerte capitalista, si se liberara del fetichismo de la mercancía y de la colonización mediática.

Su opio navideño se perpetúa porque satisface una necesidad real: la necesidad de consuelo, de sentido, de esperanza. Pero ese consuelo, en manos del capital, se vuelve veneno dulce. La humanidad no necesita opio: necesita justicia. No necesita luces artificiales: necesita verdad. No necesita jingles: necesita conciencia. La auténtica “paz en la Tierra” no vendrá de los escaparates, sino de la lucha por la emancipación. Y la verdadera “alegría” no será un eslogan comercial, sino una conquista colectiva de dignidad.

Mientras el capitalismo celebre su Navidad de consumo, la humanidad seguirá atrapada en su propio espejismo. Pero en algún lugar, entre los pueblos que resisten, se enciende cada diciembre otra luz: la de la crítica, la de la solidaridad, la de la memoria. Esa luz no se compra ni se vende. Es la que mantiene viva la posibilidad de un mundo donde la fiesta no sea anestesia, sino afirmación de la vida plena. Donde la alegría no oculte el dolor, sino lo transforme en energía de transformación. Donde la risa no sirva al mercado, sino al humanismo nuevo que todavía lucha por nacer. Porque solo cuando la conciencia despierte del opio navideño, el ser humano podrá celebrar de verdad su renacimiento sobre la Tierra.

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La insoportable hipocresía de ciertos “medios progres”. Conductores “buenaondita” contra Venezuela.

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez.

Sufrimos la insoportable hipocresía de ciertos “medios progres” que se han convertido en bandera de las más reveladoras operaciones de la manipulación política contemporánea. Primero defendiendo sus negocios, obviamente. Se presentan como heraldos de la conciencia crítica, defensores de causas justas, comprometidos con la verdad y con los pueblos del mundo, pero en el fondo reproducen buena parte de los marcos ideológicos que la maquinaria comunicacional burguesa dominante necesita para despolitizar, distorsionar y domesticar la opinión pública. Su progresismo es más de estilo que de contenido; más de pose que de confrontación estructural. Y en ningún terreno se evidencia tanto esa hipocresía convenenciera como en su tratamiento de Venezuela, donde múltiples conductores “buenaondita”, expertos en gestos de empatía televisiva, organizan un discurso supuestamente equilibrado que termina reforzando prejuicios, ocultando condiciones materiales y desactivando cualquier posibilidad de análisis profundo y serio.

Esta necedad no es accidental, es parte de un dispositivo comunicacional que se sostiene en la idea de que su “neutralidad” está por encima del conflicto, que la crítica debe ser “constructiva” sólo si no incomoda a los poderes de sus anunciantes, y que el público necesita una versión edulcorada del mundo para no caer en posiciones “extremas”. Los medios progres se especializan en administrar apariencias. Sus conductores sonrientes, siempre listos para el comentario irreverente pero inocuo, compiten por demostrar que pueden hablar “sin fanatismos”, lo que en la práctica significa evitar cualquier señalamiento estructural al imperialismo, al bloqueo económico o a la guerra mediática que durante años ha construido una imagen de Venezuela desconectada de su realidad compleja. En su afán por diferenciarse de los medios abiertamente conservadores, reproducen una forma más sofisticada de alineamiento con la narrativa hegemónica.

En la estrategia discursiva de estos comunicadores radica la estupidez de sentenciar a Venezuela desde su falso equilibrio de comerciantes, reconocen “errores” del intervencionismo externo, pero insisten en que el problema central radica en la “incapacidad del gobierno”, en la “crisis irreversible”, en la “falta de libertades”, siempre citando fuentes de organismos afines a los intereses geopolíticos hegemónicos y sus mafias mediáticas golpistas. La necedad se vuelve insoportable cuando se blindan tras la idea de que su crítica “ayuda al pueblo venezolano”, aunque en realidad su relato refuerza la justificación simbólica de las sanciones, la criminalización del proceso político bolivariano y la legitimación de agendas que han buscado sistemáticamente subordinar al país a los intereses de potencias extranjeras. Pero los conductores buenaondita jamás mencionan que esas sanciones han impactado directamente en la vida cotidiana del pueblo, ni que la demonización mediática de Venezuela ha servido para justificar medidas económicas que en cualquier otro contexto serían reconocidas como actos de guerra no declarada. Y robarse los recursos natrales mientras castigan las ideas socialistas.

Lo que los medios progres omiten no es accidental, es funcional a su naturaleza mercenaria. Su tono “suave”, su humor ligero, su constante apelación al sentido común, son mecanismos que permiten desactivar cualquier lectura que conecte la situación venezolana con la lucha histórica de los pueblos por la soberanía revolucionaria. Hablan de Venezuela como si fuera una anomalía, una excepción irracional, y no un territorio donde se disputa abiertamente la confrontación entre modelos políticos y económicos antagónicos. El progresismo “buenaondita” es experto en el arte de la ambigüedad calculada, lo suficiente para parecer crítico, lo suficiente para no incomodar a los patrocinadores, lo suficiente para parecer alternativo sin correr el riesgo de ser verdaderamente subversivo.

En su relato, Venezuela aparece como una advertencia, un ejemplo de lo que ocurre cuando la política se aparta de los dictados del mercado. Con risas, guiños y comentarios desenfadados, los conductores progres venden la idea de que la izquierda “seria” debe evitar “convertirse en Venezuela”, una muletilla que utilizan para delimitar los márgenes de lo aceptable. Así, lo que llaman progresismo no es más que un reformismo domesticado, que renuncia a la confrontación estructural con el capitalismo para mantener un espacio cómodo de crítica superficial. No luchan contra la hegemonía, compiten por un lugar dentro de ella. Y Venezuela, con todo su peso simbólico, se vuelve una pieza fundamental de ese teatro discursivo.

Pero la necedad no se limita al contenido, también se expresa en la forma. Estos medios recurren a un lenguaje emocional que se presenta como “cercano al pueblo” mientras despolitiza cada aspecto de la discusión. Hablan de “historias humanas” sin hablar de relaciones de fuerza, de “dramas personales” sin mencionar la responsabilidad de las sanciones, de “falta de oportunidades” sin analizar el intento sistemático de estrangular la economía venezolana para provocar un colapso político. Su narrativa sentimental sustituye el análisis histórico y convierte la política en un melodrama apto para la audiencia que exige entretenimiento incluso cuando se habla de procesos sociales complejos. En ese tránsito, el pueblo venezolano se vuelve un objeto de compasión mediática, no un sujeto político. Y disculpar las aventuras de invasión militar.

El progresismo mediático necesita de esa necedad para preservar su marca, si fueran coherentes, tendrían que confrontar a los poderes económicos, a las empresas comunicacionales que los financian, a la lógica mercantil que convierte toda opinión en un producto vendible. Pero la lógica comercial exige neutralidad aparente, crítica controlada y un progresismo sin riesgo. De ahí que su discurso sobre Venezuela esté lleno de lugares comunes: “no defiendo a ningún gobierno”, “solo quiero lo mejor para la gente”, “hay que escuchar todas las voces”, frases que funcionan como escudos morales que les permiten reproducir sin culpa los marcos narrativos dominantes.

Desmontar esta necedad implica revelar que estos medios no son un espacio de contrahegemonía, sino una capa más de la hegemonía cultural. Su función es impedir que las audiencias progresistas se radicalicen, que conecten las luchas locales con las internacionales, que entiendan que la defensa de la soberanía venezolana no es un asunto de simpatías partidistas sino una cuestión de dignidad histórica frente a las intervenciones extranjeras. Los conductores buenaondita contribuyen a moldear una izquierda dócil, culpabilizada, temerosa de ser asociada con cualquier proceso que desafíe de manera frontal al poder imperial.

Nuestro desafío consiste en construir una comunicación verdaderamente crítica, capaz de denunciar sin ambigüedades el cerco mediático y económico contra Venezuela, capaz de desarticular la comodidad discursiva de los medios progres y de reivindicar la necesidad de un análisis estructural que no le tema al conflicto. La tarea no es defender ciegamente a ningún gobierno, sino defender la verdad histórica, la soberanía de los pueblos y el derecho de las naciones a construir caminos propios sin ser asfixiadas por campañas internacionales de manipulación.

Toda esa necedad de los medios “progres” resulta insoportable porque se vende como lucidez, pero opera como confusión; se presenta como defensa del pueblo, pero reproduce dispositivos de dominación; se disfraza de crítica, pero funciona como eco moderado del poder. Desenmascararlos no es un capricho, es un acto necesario para recuperar la capacidad de pensar la realidad política sin los filtros edulcorados que la industria comunicacional impone a nombre de un progresismo que, en su versión más superficial, no es más que un apéndice del mismo sistema que dice querer transformar. En esa clarificación se juega también la posibilidad de una comunicación verdaderamente emancipadora.

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Los intereses y amagos de Trump en Latinoamérica y el mundo | Fernando Buen Abad, Dr. en Filosofía

Prensa LAUICOM – En un encuentro por Rompeviento TV, el doctor en Filosofía Fernando Buen Abad, presentó una reflexión sobre la ofensiva mediática y política que actualmente se despliega contra Venezuela.

Destacó que las acusaciones formuladas desde Washington, en particular por el gobierno de Donald Trump, sobre supuestos vínculos del Estado venezolano con el “narcoterrorismo” carecen de sustento y responden a una estrategia de justificación para avanzar en el control de los recursos naturales del país, especialmente el petróleo.

Buen Abad subrayó que los grandes medios de comunicación en Europa y otras regiones actúan como caja de resonancia de esta narrativa, reproduciendo sin crítica las versiones elaboradas en la Casa Blanca. Esta dinámica, señaló, no es nueva: ya en 1980 el informe MacBride de la UNESCO advertía sobre los riesgos que la concentración de los medios de comunicación representa para las democracias, al convertirse en instrumentos de manipulación más que en espacios de información veraz y plural.

Comenta sobre la situación actual que refleja una emboscada permanente contra los procesos soberanos de América Latina, en la que se combina la desinformación, los intereses geopolíticos y el desprecio por la autodeterminación de los pueblos. La defensa de la verdad exige un ejercicio constante de pensamiento crítico, formación ciudadana y una mirada atenta sobre quiénes controlan las narrativas públicas.

Su intervención no busca alarmar, sino invitar a comprender con serenidad los mecanismos mediante los cuales se construyen las percepciones sobre Venezuela en el ámbito internacional.

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Venezuela ha sido siempre un crisol de Paz

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

No porque esté exenta de contradicciones —ningún pueblo lo está— sino porque en su seno se ha gestado una dialéctica histórica donde la dignidad popular ha sabido sobreponerse a cada agresión imperialista con una obstinación creadora que sólo puede explicarse por la profundidad humanista de su proceso revolucionario. La Paz, entendida no como reposo sino como trabajo emancipador, ha sido allí una fuerza activa que brota de la memoria ancestral, de las luchas por la independencia, de la siembra bolivariana que resuena todavía como mandato ético. Paz de pueblo que no se arrodilla. Paz de pueblo que piensa. Paz de pueblo que resiste sin renunciar jamás a la esperanza transformadora. Y esa Paz, continuamente amenazada por quienes quisieran reducirla a mercancía o a colonia, es precisamente lo que convierte a Venezuela en una luz imprescindible en la geopolítica contemporánea, una Paz indoblegable, creativa, insurgente, que se expresa en los colores vivos del humanismo bolivariano.

Todos los colores de la Paz bolivariana iluminan al humanismo revolucionario porque en ellos se entrelazan los símbolos de una sociedad que aprendió a convertir la diversidad en potencia política. El rojo de su historia insurgente, el amarillo de sus soles comunitarios, el azul profundo de su horizonte marítimo que une pueblos en la misma lucha contra el dominio, y el verde de sus territorios originarios que recuerdan que la Paz es también un pacto con la Tierra, todos ellos conforman una paleta viva que hace visible la densidad moral de una nación que ha decidido no entregar su destino a los dictámenes del capitalismo en su fase imperial y macabra. La semiosis bolivariana no es una estética de museo; es una estética de vida y combate, de organización y ternura, donde cada color es una memoria colectiva y cada símbolo una declaración de autonomía.

En Venezuela, la Paz revolucionaria nunca ha sido sinónimo de quietud. Es una Paz que se construye en la calle, en la escuela, en la comuna; una Paz que se defiende de agresiones económicas, mediáticas y diplomáticas que buscan fracturar la unidad del pueblo para imponer el viejo guion extractivista. Pero allí donde otros quisieran ver caos, hay en realidad un laboratorio ético de enorme vitalidad. Venezuela aprendió a navegar la tormenta sin renunciar a la dignidad y sin traicionar sus conquistas sociales. Esa capacidad de conjugar firmeza humanista, con creatividad cotidiana, constituye uno de los mayores aportes del proceso bolivariano a la historia universal de la Paz.

Quien observa superficialmente podría confundir esta Paz activa con simple resistencia. Pero la resistencia venezolana es mucho más, es una pedagogía política que enseña a los pueblos del mundo que la Paz verdadera no se decreta, sino que se construye desde abajo con conciencia crítica y solidaridad concreta. Allí, donde el imperialismo ha lanzado sanciones criminales, campañas de desestabilización, golpes, barbarie y guerras mediáticas, la revolución venezolana ha respondido con un humanismo que desborda el marco de la defensa nacional y se proyecta como referencia global de dignidad. La semiótica de esta Paz no está hecha sólo de discursos, está hecha de gestos cotidianos de organización comunal, de redistribución solidaria, de militancia cultural, de alfabetización política y simbólica.

Los colores de la Paz bolivariana también alumbran una sensibilidad profundamente latinoamericana. En Venezuela se expresa una síntesis continental donde confluyen los sueños de Bolívar, Martí, Hidalgo, Morelos y Chávez en una misma corriente ética que afirma que la emancipación debe ser integral o no será. Esa sensibilidad está en las músicas populares, en los murales callejeros, en la palabra comunitaria que sabe convertir la adversidad en conciencia. Comuna o nada. Está en la identidad mestiza que no se avergüenza de sus raíces sino que las celebra como fundamento de su proyecto político socialista. Está en los símbolos que la oligarquía quiso destruir y que el pueblo resignificó como armas de fraternidad.

La Paz venezolana es, por eso, una Paz en pie de lucha que se enfrenta a los dispositivos simbólicos del capitalismo global y sus métodos de desfiguración mediática. La guerra contra Venezuela ha sido, en gran parte, una guerra semiótica, se ha querido reducir al pueblo a una caricatura, borrar su complejidad, manipular su imagen hasta convertirla en pretexto para la intervención. Y, sin embargo, allí donde los laboratorios de propaganda imperial intentaron imponer una narrativa de caos, la creatividad bolivariana respondió con la construcción de nuevos códigos comunitarios, nuevas formas de representación de sí misma, nuevas articulaciones de identidad democrática que fortalecen al país precisamente en el campo donde pretendían debilitarlo. La Paz bolivariana se defiende en el terreno simbólico con la misma fuerza que en el terreno material.

Venezuela ha sido siempre un crisol de Paz porque su pueblo ha sabido convertir las tensiones históricas en oportunidades de solidaridad. La virtud de su proceso es que la Paz no es un adorno discursivo sino una práctica que atraviesa la vida cotidiana, desde la democracia participativa hasta la organización comunal; desde la soberanía energética hasta la cultura popular; desde la defensa de la autodeterminación hasta la pedagogía política que abraza a las nuevas generaciones. La revolución bolivariana entiende que la Paz sólo puede sostenerse si existe justicia social, y que sólo hay justicia social cuando el pueblo se reconoce a sí mismo como sujeto creador de su destino.

Por todo ello, los colores de la Paz bolivariana son hoy faro y advertencia, faro para los pueblos que luchan por emanciparse de las cadenas coloniales y advertencia para quienes insisten en someterlos. Ese crisol de Paz que es Venezuela demuestra que la dignidad no es una abstracción sino una fuerza histórica capaz de irradiarse más allá de sus fronteras. Su humanismo revolucionario, nutrido de diversidad, memoria, lucha y ternura, se ha convertido en una de las reservas éticas más importantes de nuestro continente. Y en cada uno de sus colores late la certeza de que la Paz verdadera —la que no se vende, la que no se rinde, la que no se negocia— sigue viva y seguirá creciendo allí donde un pueblo decida defender su historia con la fuerza de su conciencia. Con nosotros, todos y todas, a su lado.

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Los “nervios de acero” de Nicolás Maduro

Por: Dr Fernando Buen Abad Domínguez 

Esos “nervios de acero”, entendidos como categoría político-semiótica y no como figura retórica individualista, designan una disposición ética que enfrenta la provocación imperial sin caer en el chantaje emocional, la intimidación mediática ni el impulso reactivo que las potencias hegemónicas desean desatar. En un escenario donde la agresión ya no se expresa solamente mediante ejércitos y sanciones, sino a través de un dispositivo multimodal de signos —rumores, operaciones psicológicas, montajes, discursos diplomáticos envenenados, campañas de odio, sabotajes económicos y un incesante terrorismo comunicacional—, la serenidad estratégica del dirigente se vuelve parte constitutiva de la defensa nacional. Aquí no se exalta un temperamento personal; se analiza un gesto político que sintetiza la racionalidad de un proyecto colectivo. Los “nervios de acero” no son el aplauso romántico al aguante individual, sino el nombre provisional de un método para impedir que la histeria imperial desfonde la vida democrática de un país asediado por décadas.

Porque el imperialismo ha comprendido que la “ventana de oportunidad” para desestabilizar procesos soberanos se abre cuando logran colonizar el estado afectivo de la población, ansiedad, miedo, incertidumbre, ira. No es casual que las operaciones contra Venezuela busquen, antes que nada, empujar al liderazgo a una reacción irreflexiva que sirva de pretexto para la escalada. Washington necesita que Caracas grite para poder presentarse como “bombero”. Necesita que Venezuela pierda la compostura para justificar la intervención “humanitaria”, la tutela y el cerco. Y en ese tablero, cada provocación se calcula con precisión, un insulto diplomático, un reconocimiento ilegítimo a un autoproclamado, un bloqueo energético, una mentira amplificada por miles de medios, un informe intoxicado en organismos internacionales. La guerra moderna se libra también en el plano de la afectividad pública.

Frente a todo eso, la serenidad estructural del proceso bolivariano —en su conducción política y en su tejido institucional— ha sido un muro de contención. Y no se trata de pasividad. Se trata de una ética democrática que comprende que la reacción impulsiva favorece a los agresores. El temple no es inacción; es cálculo, es lectura estratégica del signo hostil, es un modo de desactivar la carga semántica de la provocación para impedir que se convierta en detonador. El imperialismo diseña signos para producir efectos inmediatos, indignación, desesperanza, fractura moral. Lo que Venezuela ha hecho es disputar el significado antes de que el signo opere. Es decir, desactivar la semiótica de la agresión.

Cuando Maduro enfrenta una amenaza —sea militar, diplomática o comunicacional— sin perder el equilibrio, lo que está activando es un dispositivo pedagógico, demuestra que la fortaleza revolucionaria no depende de la furia, sino de la claridad. Su calma es un mensaje a la militancia, al pueblo y al mundo, la dignidad no se grita, se construye. Esa calma es también una defensa contra la guerra psicológica, que pretende instalar la idea de que Venezuela vive en estado terminal. Es una respuesta moral a un sistema global que se alimenta de la ansiedad social para gobernar. Y es, además, una lección política, no se derrota a la mentira con gritos, sino con un horizonte de verdad sostenido con firmeza.

Los ataques contra Venezuela siempre han buscado erosionar las condiciones de deliberación democrática. Pensar, analizar, discutir serenamente, todo eso resulta intolerable para las estrategias del caos. Por eso las provocaciones son espectaculares, buscan que la razón quede atrapada por la vorágine del odio mediático. Cada insulto de una potencia, cada maniobra de un títere extranjero, cada sanción económica diseñada para castigar al pueblo, pretende que el país reaccione bajo el clima emocional dictado desde afuera. Y sin embargo, Venezuela ha insistido en sostener el método del diálogo, la diplomacia activa, el debate interno y la construcción institucional. Ese es, precisamente, el terreno donde el imperialismo no sabe pelear.

Tal serenidad democrática frente a la agresión también implica algo más profundo, rechazar la lógica del enemigo absoluto. Mientras las potencias hegemónicas se permiten demonizar a Venezuela como si fuera un “peligro para el mundo”, la conducción bolivariana evita responder en el mismo registro. Mantener la compostura no significa olvidar la naturaleza criminal de las sanciones ni suavizar la denuncia; significa no permitir que el odio ajeno determine la forma de la política propia. Los “nervios de acero” son una ética porque subrayan que la defensa de la soberanía debe sostenerse en la altura moral que el enemigo no posee.

Esa ética democrática supone un trabajo doble, por un lado, resistir el chantaje emocional; por otro, cultivar una afectividad revolucionaria que no sea mero entusiasmo, sino conciencia colectiva organizada. No se trata sólo de soportar agresiones, se trata de construir una racionalidad política capaz de leer cada movimiento del adversario como mensaje cifrado, como signo intruso, como maniobra. En este marco, la serenidad no es un lujo psicológico sino un instrumento de decodificación. La calma es una herramienta crítica, permite ver la estructura de la ofensiva y desmontar sus premisas antes de que logren seducir a sectores vulnerables a la propaganda.

Toda la oposición venezolana que se deja tutelar por Estados Unidos, ha intentado, una y otra vez, quebrar esta ecuanimidad. Ha ensayado golpes mediáticos, llamados a la violencia, maniobras diplomáticas sin sustento jurídico, operaciones de sabotaje económico y un sinfín de provocaciones destinadas a forzar una reacción que valide la narrativa imperial: “dictadura”, “violación de derechos humanos”, “crisis humanitaria inducida”. El objetivo es simple, fabricar imágenes. Imágenes que circulen sin contexto, sin historia, sin geopolítica. Imágenes útiles para desactivar la solidaridad internacional. Tener “nervios de acero” es impedir que esas imágenes nazcan.

Ese temple no es improvisado. Es resultado de una tradición política que viene de Bolívar, de Zamora, de Chávez, una tradición que sabe distinguir entre firmeza y estridencia, entre autoridad ética y teatralidad, entre soberanía y bravata. La serenidad revolucionaria es una forma de inteligencia colectiva, sabe cuándo hablar, cuándo callar, cuándo denunciar, cuándo responder y cuándo simplemente permitir que la provocación se consuma en su propia impotencia. La agresión imperial no soporta el silencio firme porque lo desarma; no soporta la calma porque revela su desesperación.

Hay un punto crucial, la serenidad ética de Maduro y del proceso bolivariano no implica reconciliación ingenua ni desmovilización política. No se trata de tolerar la injusticia, sino de impedir que el enemigo nos dicte el ritmo. El imperialismo quiere urgencia, ruido, caos. La revolución necesita paciencia, análisis, organización. Los “nervios de acero” son el arte de gobernar sin dejarse poseer por la urgencia enemiga. Una democracia acosada debe desarrollarse no en el grito, sino en la lucidez. Y esa lucidez exige un tipo de fortaleza que no depende del espectáculo sino de la convicción.

Finalmente, la serenidad revolucionaria es un acto de confianza en el pueblo. Es la certeza de que el proceso histórico no se quiebra por un tuit de un mandatario extranjero ni por una amenaza de sanciones adicionales. Es la confianza en que la conciencia popular, formada durante años de lucha, sabrá distinguir entre manipulación y verdad. La serenidad del dirigente convoca a la serenidad del país entero, no para que se desmovilice, sino para que piense, para que actúe con madurez política, para que mantenga el pulso firme en medio de la tormenta.

Por eso, cuando se habla de los “nervios de acero” de Nicolás Maduro, se está hablando también de una pedagogía de resistencia, de un método para sostener la dignidad en tiempos de guerra híbrida. Se habla de una ética democrática que no concede al enemigo el poder de dictar la forma de nuestro ánimo. Se habla de la capacidad de un pueblo y de su conducción para enfrentar la agresión multinivel sin sacrificar los principios que los constituyen. Se habla, en última instancia, de la comprensión profunda de que la libertad exige no solamente valentía, sino también serenidad, una serenidad que el imperialismo jamás podrá comprender porque nace de la dignidad, no del cálculo cínico; de la historia compartida, no de la soberbia colonial; de un proyecto de futuro, no de la rapiña del presente.

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Para un análisis semiótico de TV azteca

Por: Dr. Fernando Buen Abad

TV Azteca no nació como un fenómeno cultural autónomo ni como un emprendimiento empresarial aislado; nació como un manotazo ideológico-mercantil oligarca en sus alianzas neoliberales como vector de una semiótica del poder que encontró en la televisión una prótesis para la reproducción de su estulticia. Los favores del poder fueron televisados.

Toda su historia —desde su privatización exprés hasta la consolidación de su retórica sensacionalista, doctrinaria y mercantil— es una crónica de cómo el capital mediático se fusiona con el poder político que manipula para fabricar consensos, disciplinar percepciones y naturalizar los privilegios. La frase «los favores del poder fueron televisados» no es un juicio moral sino una descripción materialista: hubo beneficios, hubo pactos, hubo mecanismos de blindaje político, hubo propaganda disfrazada de entretenimiento, y todo ello se volvió espectáculo para que la relación entre la élite gobernante y la élite mediática pareciera algo normal, inevitable, incluso patriótico.

Un análisis semiótico-histórico exige revisar el origen del signo televisivo que reproduce TV Azteca. No se trata solo de imágenes: es un régimen de signos. La pantalla funciona como dispositivo de simplificación, dramatización y alineamiento. El signo televisivo empresarial se articula alrededor de tres operaciones semióticas: primero, la espectacularización, que convierte todo conflicto social en entretenimiento para neutralizarlo; segundo, la personalización, que reduce la lucha de clases a un drama individual y sentimental; tercero, la mercantilización, que convierte incluso la desgracia en una mercancía. TV Azteca se especializó en estas operaciones desde su origen, porque así se correspondía con la exigencia política de su nacimiento, ofrecer estabilidad simbólica al mismo poder que le regaló concesiones, ventajas regulatorias y un mercado publicitario prácticamente cautivo. Mucho embute y mucho gasto propagandístico gubernamental

Cuando en los años noventa el Estado mexicano transfirió parte de su poder televisivo a la nueva empresa, no estaba democratizando el espectro: estaba sustituyendo un monopolio estatal- privado por un duopolio funcional al modelo neoliberal emergente. Se reconfiguró la semiótica de la obediencia. TV Azteca aparece como «competencia», pero en realidad es un doble reforzado, dos bocas para una sola ideología dominante. El signo de la pluralidad operaba como una máscara. Al mismo tiempo, se vendía como un imaginario colectivo en el que la televisión ya no era sólo entretenimiento, sino árbitro moral, juez emocional y orientador político. Aunque la empresa se presentaba como la modernización mediática de México, en realidad actuó como amplificador de la política de despojo económico que avanzaba, y como legitimadora de gobiernos que se beneficiaban de la violencia simbólica que ella misma producía. La semiótica del «país que avanza» fue construida a contracorriente de la realidad social que se deterioraba.

Con mucho fútbol.En la pantalla de TV Azteca, los favores políticos no solamente se mencionaban, se narraban como épica. Se disfrazaban de éxito empresarial, de patriotismo económico o de renovación generacional. El poder político necesitaba un medio que dramatizara la narrativa del nuevo México: competitivo, privatizado, «global», obediente al capital financiero. Y TV Azteca cumplió. Sus noticieros fabricaron una estética de la urgencia donde el conflicto social minimizado o presentado como anomalía, nunca como consecuencia estructural. Sus programas de opinión funcionaron como dispositivos de persecución simbólica contra cualquiera que amenazara la estabilidad del régimen. La semiótica no es solo contenido: es tono, es ritmo, es encuadre, es silencio. TV Azteca dominó el arte de los silencios estratégicos, que son tan ideológicos como sus editoriales.

Su televisión privada no se limita a informar: codifica comportamientos. La historia semiótica de TV Azteca es la historia de cómo una nación fue enseñada a mirar. Mirar con desconfianza al pobre, con fascinación al millonario, con sumisión al poderoso, con morbo al crimen, con indiferencia al origen social de la violencia. La pantalla construyó un país donde la desigualdad aparece como un paisaje natural, donde el sufrimiento se vuelve espectáculo y donde la corrupción es un escándalo momentáneo que no altera el orden jerárquico. En esa narrativa, el poder político siempre aparece como árbitro, nunca como responsable estructural. Así se televisan los favores: convirtiendo la complicidad en paisaje, la violencia en rating y la injusticia en costumbre.

Esa semiótica histórica de TV Azteca incluye, necesariamente, la arquitectura legal que la sostiene. Leyes hechas a la medida, concesiones eternizadas, regulaciones laxas o inexistentes, y una clase política que utiliza la pantalla como mercado negro de legitimidad. La reciprocidad es total, el poder garantiza el negocio; el negocio garantiza la narrativa. Así, la empresa se convierte en un ministerio no oficial de la ideología, uno que opera sin necesidad de uniformes ni discursos solemnes, porque su poder reside en la naturalidad, en que el espectador crea que lo que ve es «la realidad». Esa es la victoria suprema de la semiótica burguesa, cuando ya no se siente como ideología, sino como sentido común. Y todo sin pagar impuestos.

Su historia semiótica como empresa está todavía presente. Cada noticiero, cada novela, cada reality reproduce un orden semiótico que invisibiliza las causas y exhibe las consecuencias, que culpabiliza al de abajo y disculpa al de arriba, que convierte la política en escándalo y el escándalo en mercancía. En ese circuito, el poder se televisa no para ser comprendido, sino para ser aceptado.

Es la empresa que el poder necesitó, y que contribuyó a consolidar un modelo de control social donde la obediencia es espectáculo. Los favores del poder fueron televisados, sí, pero no como excepciones, como normalidad. La pantalla no mostró la complicidad, la celebró. No la ocultó, la estetizó. No la denunció, la convirtió en parte de la identidad nacional.

Ese es el núcleo del problema, mientras la televisión siga siendo un aparato para anestesiar la conciencia crítica, cualquier proyecto emancipador deberá confrontar su semiótica, desmontar sus signos, revelar sus operaciones y disputar su hegemonía. Porque la historia de TV Azteca es una lección sobre cómo el poder se transmite no solamente por decretos, sino por imágenes; no sólo por leyes, sino por narrativas; no sólo por coerción, sino por «seducción». Y mientras esa maquinaria siga intacta, la democracia será una escenografía y la verdad una mercancía.

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Filosofía de la Revolución. Ética del amor revolucionario.

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

La Ética de los fusiles y la Ética de la ternura.

Una consigna ética recorre al mundo. En toda su potencia brilla hoy, más que nunca, la afirmación de Fidel que define: “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. Tal consigna es de suyo un enunciado ético, de primer orden, para los tiempos que corren. ¿Cuáles revolucionarios para cuál revolución? No operemos esto con “manuales”. El carácter “universal” de semejante consigna, su alma humanista, excede a Cuba aún siendo su epicentro. Esa era la voluntad de Fidel. En el carácter marxista-leninista de la Revolución cubana se gesta una de las corrientes éticas más importantes de nuestro tiempo. El deber de todo revolucionario también es producir una revolución en la ética y para la ética. Y la Revolución en Cuba es una guía.

En un mundo infestado de humillaciones contra la clase trabajadora, ahogado en falacias “informativas”, atiborrado de vulgaridad, chapucería y banalidades… nos da luz el fulgor de la Revolución cubana con su apuesta ética revolucionaria. En un mundo hundido en miedos, individualismo y egolatrías; saturado por petulantes y mediocres, doctorados en nadería y creacionismos a medida, donde hacen su festín los publicistas y las iglesias, los pornógrafos y los pedófilos… donde se prostituye todo y se mercantiliza el alma… el capitalismo reina a sus anchas y pudre todo lo que encuentra al paso. Mundo infestado con tanto traidor, tanto blandengue, tanto trepador, tanto oportunista, tanto reformismo… Cuba nos llama a trabajar por una Ética de la solidaridad nueva, activa, combativa, rigurosamente, o de lo contrario nos sepultarán con más basura ideológica burguesa y con más capitalismo. Esto es intolerable.

Qué fenomenales desafíos ha debido enfrentar la Revolución cubana. Desafíos que no sólo han demorado la conquista de la máxima felicidad posible para su pueblo sino que la han sometido a las pruebas más feroces de la resistencia económica, psicológica, política y cultural. El balance de la Revolución, que aquí nos interesa, está pasando todavía por el purgatorio criminal del bloqueo que no sólo no ha terminado, sino que se recrudece. Así y todo, la Revolución cubana nos educa, como brújula y praxis que no dejó de proveernos lecciones e interrogantes, luces y autocríticas, sencillamente porque jamás fue una institución puramente teórica o mental para celebraciones idílicas o abstractas, sino porque la Revolución pasó a ser núcleo de las cosas diarias. En la cabeza, en la panza y en los corazones. En la praxis. No lo ve quien no quiere verlo.

No hay tiempo para diletantes. No hay lugar para burocracias bibliográficas ni para farándulas de gurús. Hay que declarar la abolición de la esclavitud semántica y la supresión de todo fanatismo con manuales esotéricos. El caso más aberrante de “Crimen Organizado” a nivel mundial, se llama Capitalismo. En sus más de tres siglos, organizó la destrucción del planeta, la depredación de la condición humana, pobreza, miseria y hambrunas. Ha humillado a los seres humanos y amenaza al futuro.

Cualquiera habla de Revolución refiriéndose a cualquier cosa, pero el problema está en cuánto y cómo, eso que se llama Revolución, realmente cambia paradigmas o solamente los maquilla. Por eso, tarde o temprano, si hemos de asumirla con seriedad, la Revolución cubana nos interpelará. Nos hará preguntarnos, y respondernos, dónde está nuestro granito de arena, nuestro aporte probadamente solidario, ese que ayuda a modificar los paradigmas dominantes para dar lugar a paradigmas emancipadores infatigables. Como es la propia Revolución.

Debemos entender a la Revolución cubana como la conquista ampliada de un Derecho Humanista Fundamental. El derecho a la Revolución. Como el peldaño más alto de la praxis que asciende desde lo deseable a lo posible y desde ahí a lo realizable. Una Revolución que no acepta ser reducida a una abstracción de esos procesos revolucionarios que la hacen internacionalista en sus tonos y colores político-territoriales. Comprender la superioridad, su valor, como factor decisivo en nuestra Historia reciente, nos hace estar convencidos de que luchar tiene un valor superior, en un mundo común en que se vive bajo la ordinariez de las semiósferas burguesas. La Revolución cubana, al asumir el socialismo sobre una base científica y no utópico-ilusionista, se legitima en cuanto que cambio para la organización de la lucha, que no es cosa del pasado, sino necesidad para salir del capitalismo, sin tergiversaciones ni confusiones, porque es expresión de una fase superior de la sociedad que debe desaparecer toda subordinación esclavizadora contra los seres humanos.

Cuba es una forma de la Ética de nuevo género tanto por las ideas revolucionarias, como las acciones revolucionarias que desenmascaran y combaten al capitalismo. Ética que ha sido blanco de todo género de distorsiones y persecuciones en el terreno de la teoría, del centrismo “cientificista” amorfo y ecléctico; en las filas del reformismo que elude las obligaciones concretas y tiende a privilegiar toda demora de la “práctica revolucionaria”, sin aceptar que sólo la teoría marxista puede impartir una orientación revolucionaria a la práctica. Tal cual lo explicó Fidel:

Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.

Nuestro deber es hacer la revolución. Con el surgimiento de la Revolución cubana, el mundo experimentó una transformación geopolítica, cultural y comunicacional que estremeció al imperio. De inmediato se dispuso a destruir todo cuanto significase Revolución y de inmediato salió a comprar “voluntarios” de las armas y de las ideologías (falsa consciencia y engaño) para organizarlas en una guerra, sin cuartel, que no ha cesado un solo minuto. Guerra contra Cuba revolucionaria en todos los ámbitos de la teoría o de la práctica, se dejó sentir como un odio de clase “nuevo” que encolumnó formas de “pensar” y hacer “política” –en su sentido más burgués- para aniquilar la rebeldía organizada y consciente de su ruta. Pero se encontraron con un pueblo organizado de mil maneras (obreros, estudiantes, ciudadanos comunes y campesinos) decididos a no seguir siendo oprimidos… la clase opresora no pudo seguir oprimiendo. Cambió el rumbo, cambió la dirección y cambiaron los dirigentes. Triunfó una Revolución que parió una Ética nueva.

La Ética de la verdad

¿Qué baratijas ideológicas podrán convencernos de aceptar, más tiempo, el negocio macabro de las industrias bélicas; qué palabrerío podrá convencernos de tolerar el espectáculo de pobreza que se transmuta en miseria y hambrunas; con qué saliva querrán anestesiarnos mientras nos despojan del trabajo, la vivienda, la salud, la educación… mientras insisten en que les aplaudamos como focas adictas? Los 2153 millonarios que hay en el mundo, poseen más riqueza que 4600 millones de personas (un 60% de la población mundial), según revela Oxfam en un informe publicado hoy, la víspera del Foro Económico Mundial de Davos (Suiza). Este mundo debe salir del capitalismo, y todos sus desastres, inmediatamente.

Cuba encontró un camino. Semejante parto ético originado en Cuba, tendría que remover, de la vida cotidiana, las instituciones mentales, las costumbres y los hábitos de esclavitud; los pre-conceptos y las definiciones de la vida misma, inoculadas por la ideología de la clase dominante como vectores centrales de la existencia en cada persona, en su relación con los demás seres humanos y con la naturaleza toda. Ese parto ético de nuevo género, debía abonar la tierra de la mentalidad revolucionaria para hacer florecer las ideas nuevas y de reponer el trabajo justo y colectivo, como la mayor riqueza, por encima de la acumulación del capital. Formidable tarea para revolucionar las cabezas y los valores contra toda telaraña mental, momias ideológicas y creencias con raíces hondas como la resignación, el saqueo irremediable y privación de todo para garantizar la buena vida de los amos. Cuba con su Revolución ha construido, paso a paso, un imaginario social nuevo con seres humanos solidarios dispuestos a rehacer en su cabeza, su corazón y su panza, un modo de relacionarse de manera fraterna para producir lo que necesitamos todos y distribuirlo para el bien de todos. Ética para cambiar la dirección de todos los beneficios.

Nuestro deber es hacer la revolución. Ética que organiza democráticamente a una sociedad que lucha por vivir sin clases sociales, sin opresores y sin oprimidos, donde además de modificar el modo de producción, han cambiado las relaciones de producción, esta vez ya en manos de personas empeñadas en ser felices —con toda la dificultad que ello implicaba— y en que logren ser felices los seres humanos contra una realidad global sometida a todo género de infelicidades. Esa es la decisión de un pueblo que avanza con dirección distinta para los seres humanos y para el planeta, que a muchos parecía imposible, utópico, mesiánico o loco… y a otros parecía esperanzador, deseable, posible y realizable; exigió claridad meridiana en el qué hacer y en el cómo hacerlo.

El desafío ético que Cuba trajo con la Revolución exigió —y exige— mucha precisión en el orden de las prioridades y los plazos, en la profundidad y en la amplitud de las transformaciones humanistas. Exigió y exige un cambio, de raíz, en la mentalidad y una disposición solidaria a toda prueba. Exigió, y exige, instrumentos para movernos hacia delante en la ciencia, en las artes, en la teoría y en la praxis. Es imposible orientarse sin una Ética nueva, si realmente queremos salir del mapa del pasado. Ética de exigencias nuevas para la práctica en el proceso que implica la creación de una sociedad donde lo más importante sea el bienestar de la sociedad misma y la integridad ético-política “del dicho al hecho”, para alcanzar los objetivos marcados por la dirección del programa revolucionario.

Para comprender esta Ética, es necesario saber, en primer lugar, que tal ciencia, nacida de una Revolución, tiene un objeto de acción permanente en todo el hacer humano. Tal objeto que incide en la moral revolucionaria, se afirma en, al menos, dos grandes territorios de la actividad humana histórica y social. Ya no es una moral inamovible de afirmaciones extra-históricas, como es uso de algunas, sino que es una forma de la práctica humana, un producto histórico que varía profundamente, y se perfecciona, bajo la fuerza de una Revolución Socialista. La Ética para revolucionar debe revolucionarse a sí misma, bajo la influencia del fenómeno histórico que es la Revolución marxista-leninista, que se ocupa, también, de la conducta de los seres humanos ante el planeta sin dejar de imbricarse con la psicología, la sociología, la economía política y la antropología… con toda lucha que tenga una base material y sobre la que se erige la superestructura con su carácter indisolublemente social.

En Cuba se origina una Ética en transición y para la transición que tiene un origen histórico que se encuentra ya en la comunidad primitiva; para superar la división de la sociedad en clases, enriqueciéndose con la dialéctica marxista, en la praxis. Cuba desarrolla una Revolución no sólo para romper con los modos de producción, y con las las relaciones de producción de la moral burguesa con toda su hipocresía, la moral individualista, Cuba nos plantea el desafío de sentar las bases para una Ética verdaderamente humana, universal, en la que no exista la explotación del hombre por el hombre para la abolición definitiva de la sociedad dividida en clases. Dicho como lo diría el Ché, una ética para el amor.

Nuestro deber es hacer la revolución. Ética rigurosa que debe defenderse de los reformistas, los conciliadores, los disfraces, las emboscadas ideológicas y las guerras mediático-psicológicas, diseñadas principalmente para demorar, abortar, deformar y asesinar todo aquello que implique pasos (así sean pequeños) en la dirección emancipadora. Ética para superar lo viejo (aún no superado) y para impulsar lo nuevo que no termina de nacer. En esa transición (explicada así muy apretadamente) nos hemos visto inmersos muchas décadas y eso nos ha costado vidas y recursos incalculables pero, claramente, en Cuba, la fortaleza ética ha permitido resistir tormentos imperiales indescriptibles, en todos los niveles, desde de lo colectivo hasta lo más íntimo. Los enemigos de la Revolución, en sus delirios genocidas, han dado por muerto todo lo que suene a transformación y, así, dan por muerto el poderío ético cubano, sus logros, sus beneficios y aportes… han llegado a dar por muerta la historia misma. Y se han equivocado, la Revolución ha sido más fuerte que todas sus trabas.

Lo esencial de la Ética revolucionaria cubana no pueden borrarlo. Está viva en la revolución permanente que el pueblo cubano despliega en cada una de sus rebeldías y revoluciones (grandes o pequeñas) de esa Revolución cubana permanente, que ocurre en miles de ámbitos distintos, más visibles o menos; de esa lucha pertinaz e incesante nace un nuevo tipo de valores y acciones, marcadas por el pueblo trabajador, una Ética para la creación de una cultura y una comunicación de lo común, de lo comunitario, de lo comunista como fase superior de la felicidad humana. Sus médicos son un ejemplo preclaro, lo son también los cinco héroes, la música, las artes, la cultura del pueblo cubano. No se trata de un simple “re-acomodo de términos filosóficos”, es imprescindible aprender de la Revolución cubana, de su Moral de lucha y de su Ética, porque en el mundo entero avanza la degradación, la desmoralización y la ruina de los pueblos. Es una situación de vida o muerte para la clase oprimida que representa objetivamente el único futuro viable de la Humanidad. Si la Ética no responde a la dirección marcada por las bases, y no se producen cambios, la especie humana quedará cada día más expuesta a peligros históricos, como el neo-nazifascismo.

Ética de lo deseable, lo posible y lo realizable.

Nuestro deber es hacer la revolución. Solidarios con la Revolución cubana desarrollar las fuerzas productivas, la educación crítica y descolonizada, el pensamiento en la formación científica socialista. La definición de la Revolución nos ofrece aspectos esenciales para la Ética nueva donde se combina un carácter objetivo, normativo, con reglas o protocolos de intervención revolucionaria sobre, por ejemplo, la propiedad de las riquezas y sus distribución para todos; y el carácter fáctico en los actos reales, bajo tensión entre lo hecho y lo que debieron ser. Tal tensión, en condiciones revolucionarias, es dialéctica, uno implica al otro, pero en acción directa, no ilusoria. Necesitamos normas revolucionarias para la Ética revolucionaria, no hay práctica correcta sin teoría correcta. Lo normativo para ser realizado, pero no bajo el designio de normas abstractas, generales, idealistas sino bajo los requisitos del proceso revolucionario que demanda hechos concretos a soluciones concretas y, superar todo freno al desarrollo social.

Si la Revolución cubana nos ha obsequiado con bastiones humanistas de nuevo género, si su generosidad ha sido tal que marca el presente, tanto como el futuro, luchando por las mejores condiciones para la vida buena de todos, entonces nos ha puesto a la mesa de la Historia un plato ético exquisito, rico en motivos, rico en consciencia del fin, rico en decisión firme para la realización del acto ético-revolucionario; rico en voluntad para acompañar indisolublemente la determinación del fin común por sobre otros; rico en la predilección por los medios populares probados históricamente en la realización del fin común, en su realización objetiva, asumidas todas las consecuencias, propiamente, de carácter social. Lo deseable, lo posible y lo realizable. (Adolfo Sanchez Vázquez)

Esta estructura ética forjada por la Revolución cubana, forma una totalidad en las partes cobra realidad en el todo como significado moral. Así, por ejemplo, la legitimidad de una motivación revolucionaria se determina en la praxis y en los consensos donde agente puede reconocerla claramente como obra colectiva. Así la elección de un fin ético, y la selección de un medio, no se hace aisladamente porque pierde sentido moral, aun si el acto se realiza. En todo caso es indispensable plasmar el carácter revolucionario del fin, objetivar la conducta revolucionaria, para que garantice un resultado que podemos medir moralmente en colectivo, al ponerlo en relación con una norma marxista-leninista asociada a un sistema de normas de una comunidad histórico-social revolucionaria, como lo es en Cuba.

Necesitamos un Humanismo concreto, histórico y creador, no abstracto, expresión del conjunto de las relaciones sociales, incluso con sus conflictos madre, como perfeccionamiento ético y espiritual, que rescate las mejores luchas emancipadoras contra la alienación y los atentados a la libertad humana. Esta construcción del humanismo real, se necesita para transformar el mundo existente, conservando sólo lo mejor pero no para reconciliarse entre antagónicos. Un humanismo que debe ser condición fundamental en la conciencia, como necesidad y posibilidad de la transformación del mundo. Conciencia que debe tener una interpretación verdadera y científica del mundo y una crítica consensuada de lo existente.

Celebramos la Revolución cubana, a pálpito de Patria Grande, porque es hija de la Historia y al mismo tiempo camino para la especie humana. Nunca en la Historia se había logrado un desafío ético mayor, una obra revolucionaria, de los humildes, de los oprimidos, de los explotados. Por primera vez en la Historia latinoamericana y caribeña se ha establecido, en la práctica, un horizonte ético obrero-campesino duradero. Se hizo sobre bases revolucionarias, sobre bases marxistas, sobre bases leninistas. Eso implica, el marxismo desde su esencia creadora, su esencia dialéctica, sus principios éticos aplicados de manera revolucionaria, aplicados, también, con un sentido moral, en una época concreta, bajo acoso y bloqueo. El triunfo de la Revolución cubana es, también, seguir luchando, sin cansarse, contra el odio, la represión y el crimen imperiales. Su victoria va sedimentando una Ética de nuevo género que no sólo se ocupa de la economía, de la industria, de la cultura… se ocupa del corazón. Esa es una victoria de la Revolución que vive de la verdad humana, de la franqueza, de la honestidad, de la pureza, de sus principios marxistas y leninistas en acción dialéctica crítica y autocrítica. No nace de la nada. Nuestro deber es hacer la revolución. Completarla permanentemente.

Cuba Periodistas

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Zapatismo, Comunicación y disputa por el sentido

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

Hubiese sido imposible enterarse, sin distorsiones, sobre la existencia y alcances de una fuerza revolucionaria como la del zapatismo, sin una batalla comunicacional y semiótica, pertinente y pertinaz. Hasta el presente. Esa comunicación zapatista ha sido clave en la lucha por la justicia social y la dignidad de los pueblos originarios en lucha. A su modo, una rebeldía de tierra con sentido histórico propio y con una dialéctica atada profundamente con su cronología y sus coyunturas en cada etapa. Desde 1900 hasta el presente, la lucha armada y la comunicación clandestina, pletórica de artillerías simbólicas y códigos propios, se desplegó para comunicarle al mundo la decisión popular organizada del Ejército Zapatista, desde aquel originario al principio del siglo XX y hasta el corazón de neoliberalismo y su tufo TLC (1994).

Fue acertada la utilización de la imprenta, la palabra, la canción, la pintura y el relato en todas sus variables como armas de guerra ideológica para combatir las falacias y las canalladas del poder latifundista y oponerle el programa histórico de la lucha desde la tierra: el programa zapatista antes, durante y después del Plan de Ayala (1911) Fue decisiva la creación de una red de comunicación revolucionaria para coordinar las acciones militares y políticas. Contra la represión y para la resistencia, porque el uso de la comunicación oral y la tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista, se hicieron munición cotidiana en la consolidación de redes de solidaridad, apoyo y combate desde las comunidades indígenas y campesinas. Y todas esas batallas y escaramuzas diarias siguen activas y productivas.

No faltó la música, incluso en su versión corrido-noticiero, música y poesía de la batalla como formas de expresión y resistencia para la construcción de un pensar pensándose distinto. Así se sostuvo, no sin impasses de reorganización en la comunicación alternativa, que llegó a perfeccionarse más tarde en la Asamblea de los Pueblos de las Montañas del Sureste (APMS) como una plataforma de comunicación y coordinación pionera en más de un sentido. Con la radio comunitaria y la prensa alternativa, activadas para difundir la voz zapatista, su simbología e iconografía, se pudo consolidar y actualizar una identidad visual y comunicativa. Hasta el presente, y contra los diagnósticos de algunos, es inequívoca la presencia de las fuerzas insurgencia en la comunicación global. No hay quien no identifique a hombres y mujeres zapatistas, sepan quiénes son y por qué luchan, desde la propia imagen de Emiliano Zapata hasta los rostros y las máscaras actuales.

Para eso han sabido usar el recurso, nada inocuo ni poco inicuo, de Internet y sus formas de “comunicación digital” por donde han sabido mostrar el protagonismo de la voz zapatista a nivel global. Desde luego con su página web del EZLN y con la utilización de la comunicación en línea para coordinar las acciones y la solidaridad internacional. Sin restar una sola coma al programa de lucha, más vigente que nunca, y hacia una revolución, también, de la comunicación comunitaria contra los latifundios ideológicos y mediáticos burgueses, en todas sus presentaciones y apariencias.

Porque también se trata de fortalecer la democracia y la autonomía de las comunicaciones proletarias. Se trata de la creación de una gran “Junta de Buen Gobierno” hacia la comunicación que ayude organizar fuerzas, sumándolas y capacitándolas para coordinar las acciones y la toma del poder comunicacional en manos de los pueblos y sus decisiones autónomas. Su utilización como herramienta para la educación crítica y la formación de revolucionarios nutridos de historia y ética, capaces de fortalecer la comunicación y la transformación del mundo. Con sus batallas comunicacionales, no pocas veces incomprendidas o ignoradas, las fuerzas zapatistas han marcado la dirección de una infinidad de tareas inconclusas a las que no hemos sabido acudir ni en tiempo ni en forma. Principalmente, para difundir y consolidar la voz zapatista que durante décadas ha exhibido la maldad y criminalidad del latifundismo que, en México como en toda la Patria Grande, ha hecho de las suyas entre saqueos, corrupción asesinatos y monstruosidades de todo tipo. Sin que les toquen un pelo.

No ha habido cansancio abajo y a la izquierda, incluso cuando los retos y los peligros de la batalla comunicacional se han multiplicado y, por eso, sigue siendo urgente el fortalecimiento de la plataforma de comunicación “Enlace Zapatista” para difundir la información y la voz de las luchas, para denunciar la represión y la violencia en contra de las comunidades. Y para expandir la lucha por la justicia social, de abajo hacia arriba en México. Desde la comunicación interpersonal y local repotenciadas, hasta la comunicación global, porque todos deberíamos entender cuánto tenemos de zapatistas en la medida en que somos, también, víctimas permanentes del latifundismo ahí donde estemos.

Están a la vista documentos, videos, manifiestos, canciones, películas… Símbolos y códigos para comunicar la voz rebelde de los pueblos en lucha. Símbolos y códigos conocidos planetariamente y mantenidos en pie de lucha, también, para una comunicación de pensamiento, palabra y corazón red. Está a la vista la voluntad incansable, capaz de coordinar las acciones para la defensa y para la política. Está a la vista la red de mensajeros, correos y otros protagonistas que transmiten información y órdenes entre los diferentes grupos y líderes. Está a la vista la comunicación también oral y con tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista. Transmitir historias, leyendas y valores zapatistas de generación en generación. No hay manera eludir el lugar que tenemos todos desde donde estemos.

Sabemos que la comunicación zapatista es un instrumento vital para la difusión de las ideas revolucionarias y para la defensa de la vida. Es mucho más que “memoria histórica” e “identidad”, es un plan de lucha crucial bajo las amenazas de terratenientes, gobiernos y grupos criminales camuflados. No es un romance filantrópico con los indígenas. No es bonhomía de coyuntura. En las tareas de comunicación zapatista, y su disputa por el sentido, está la vida de miles de revolucionarios que han ofrendado la vida por rescatar todas las tierras usurpadas desde la invasión colonial española y hasta esta mañana en todas partes. Es una revolución comunicacional que habla muchos idiomas y nos interpela en muchas lenguas. Es una lucha por la producción y reproducción de la conciencia, es una red de relaciones que se ejerce a través de la producción y circulación de pensamiento y praxis revolucionaria que expresa la disputa por el sentido como una lucha por la liberación de los medios, los modos y las relaciones de producción y circulación de significados. Es arma de nuestra revolución. Lo sabía perfectamente Emiliano Zapata.

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Zapatismo, Comunicación y disputa por el sentido

Por Dr: Fernando Buen Abad

Hubiese sido imposible enterarse, sin distorsiones, sobre la existencia y alcances de una fuerza revolucionaria como la del zapatismo, sin una batalla comunicacional y semiótica, pertinente y pertinaz. Hasta el presente. Esa comunicación zapatista ha sido clave en la lucha por la justicia social y la dignidad de los pueblos originarios en lucha. A su modo, una rebeldía de tierra con sentido histórico propio y con una dialéctica atada profundamente con su cronología y sus coyunturas en cada etapa. Desde 1900 hasta el presente, la lucha armada y la comunicación clandestina, pletórica de artillerías simbólicas y códigos propios, se desplegó para comunicarle al mundo la decisión popular organizada del Ejército Zapatista, desde aquel originario al principio del siglo XX y hasta el corazón de neoliberalismo y su tufo TLC (1994).

Fue acertada la utilización de la imprenta, la palabra, la canción, la pintura y el relato en todas sus variables como armas de guerra ideológica para combatir las falacias y las canalladas del poder latifundista y oponerle el programa histórico de la lucha desde la tierra: el programa zapatista antes, durante y después del Plan de Ayala (1911) Fue decisiva la creación de una red de comunicación revolucionaria para coordinar las acciones militares y políticas. Contra la represión y para la resistencia, porque el uso de la comunicación oral y la tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista, se hicieron munición cotidiana en la consolidación de redes de solidaridad, apoyo y combate desde las comunidades indígenas y campesinas. Y todas esas batallas y escaramuzas diarias siguen activas y productivas.

No faltó la música, incluso en su versión corrido-noticiero, música y poesía de la batalla como formas de expresión y resistencia para la construcción de un pensar pensándose distinto. Así se sostuvo, no sin impasses de reorganización en la comunicación alternativa, que llegó a perfeccionarse más tarde en la Asamblea de los Pueblos de las Montañas del Sureste (APMS) como una plataforma de comunicación y coordinación pionera en más de un sentido. Con la radio comunitaria y la prensa alternativa, activadas para difundir la voz zapatista, su simbología e iconografía, se pudo consolidar y actualizar una identidad visual y comunicativa. Hasta el presente, y contra los diagnósticos de algunos, es inequívoca la presencia de las fuerzas insurgencia en la comunicación global. No hay quien no identifique a hombres y mujeres zapatistas, sepan quiénes son y por qué luchan, desde la propia imagen de Emiliano Zapata hasta los rostros y las máscaras actuales.

Para eso han sabido usar el recurso, nada inocuo ni poco inicuo, de Internet y sus formas de “comunicación digital” por donde han sabido mostrar el protagonismo de la voz zapatista a nivel global. Desde luego con su página web del EZLN y con la utilización de la comunicación en línea para coordinar las acciones y la solidaridad internacional. Sin restar una sola coma al programa de lucha, más vigente que nunca, y hacia una revolución, también, de la comunicación comunitaria contra los latifundios ideológicos y mediáticos burgueses, en todas sus presentaciones y apariencias.

Porque también se trata de fortalecer la democracia y la autonomía de las comunicaciones proletarias. Se trata de la creación de una gran “Junta de Buen Gobierno” hacia la comunicación que ayude organizar fuerzas, sumándolas y capacitándolas para coordinar las acciones y la toma del poder comunicacional en manos de los pueblos y sus decisiones autónomas. Su utilización como herramienta para la educación crítica y la formación de revolucionarios nutridos de historia y ética, capaces de fortalecer la comunicación y la transformación del mundo. Con sus batallas comunicacionales, no pocas veces incomprendidas o ignoradas, las fuerzas zapatistas han marcado la dirección de una infinidad de tareas inconclusas a las que no hemos sabido acudir ni en tiempo ni en forma. Principalmente, para difundir y consolidar la voz zapatista que durante décadas ha exhibido la maldad y criminalidad del latifundismo que, en México como en toda la Patria Grande, ha hecho de las suyas entre saqueos, corrupción asesinatos y monstruosidades de todo tipo. Sin que les toquen un pelo.

No ha habido cansancio abajo y a la izquierda, incluso cuando los retos y los peligros de la batalla comunicacional se han multiplicado y, por eso, sigue siendo urgente el fortalecimiento de la plataforma de comunicación “Enlace Zapatista” para difundir la información y la voz de las luchas, para denunciar la represión y la violencia en contra de las comunidades. Y para expandir la lucha por la justicia social, de abajo hacia arriba en México. Desde la comunicación interpersonal y local repotenciadas, hasta la comunicación global, porque todos deberíamos entender cuánto tenemos de zapatistas en la medida en que somos, también, víctimas permanentes del latifundismo ahí donde estemos.

Están a la vista documentos, videos, manifiestos, canciones, películas… Símbolos y códigos para comunicar la voz rebelde de los pueblos en lucha. Símbolos y códigos conocidos planetariamente y mantenidos en pie de lucha, también, para una comunicación de pensamiento, palabra y corazón red. Está a la vista la voluntad incansable, capaz de coordinar las acciones para la defensa y para la política. Está a la vista la red de mensajeros, correos y otros protagonistas que transmiten información y órdenes entre los diferentes grupos y líderes. Está a la vista la comunicación también oral y con tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista. Transmitir historias, leyendas y valores zapatistas de generación en generación. No hay manera eludir el lugar que tenemos todos desde donde estemos.

Sabemos que la comunicación zapatista es un instrumento vital para la difusión de las ideas revolucionarias y para la defensa de la vida. Es mucho más que “memoria histórica” e “identidad”, es un plan de lucha crucial bajo las amenazas de terratenientes, gobiernos y grupos criminales camuflados. No es un romance filantrópico con los indígenas. No es bonhomía de coyuntura. En las tareas de comunicación zapatista, y su disputa por el sentido, está la vida de miles de revolucionarios que han ofrendado la vida por rescatar todas las tierras usurpadas desde la invasión colonial española y hasta esta mañana en todas partes. Es una revolución comunicacional que habla muchos idiomas y nos interpela en muchas lenguas. Es una lucha por la producción y reproducción de la conciencia, es una red de relaciones que se ejerce a través de la producción y circulación de pensamiento y praxis revolucionaria que expresa la disputa por el sentido como una lucha por la liberación de los medios, los modos y las relaciones de producción y circulación de significados. Es arma de nuestra revolución. Lo sabía perfectamente Emiliano Zapata.

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Fuerzas semióticas de la violencia burguesa

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

Esa violencia histriónica de las ultraderechas no se sostiene únicamente por la coacción física que despliegan con aparatos represivos ni sólo por las maniobras económicas que esclavizan la vida material, sino —sobre todo— por un dispositivo complejo de fuerzas semióticas y mediáticas que penetran hasta los pliegues más íntimos de la cotidianidad. Allí, en el teatro microscópico de los signos, se forjan obediencias, se disciplina la sensibilidad y se fabrica un horizonte común de percepción que naturaliza lo inhumano. La burguesía, en su evolución histórica, ha aprendido que ningún orden de dominación es estable sin una arquitectura semiótica capaz de convertir lo denigrante en destino, lo injusto en normalidad y lo arbitrario en sentido común. Esa es, quizá, la operación más profunda de su violencia: no dejar evidencia judicializable o visible, estetizar sus golpes y humillaciones, inocular la gramática de la impotencia. Y ellos evadiendo impuestos.

Lo que llaman capitalismo perfeccionó un régimen de significación basado en la administración del miedo y el deseo rentables. Ambos polos funcionan como engranajes complementarios, se infunde temor a la pérdida, al fracaso, a la exclusión, mientras se promete realización, éxito y reconocimiento dentro de los mismos cánones que generan miseria. Este doble vínculo constituye una violencia semiótica que actúa antes de la acción policial, antes del decreto jurídico y antes del ajuste económico. Se trata de una prefiguración de su mundo, un modo de guiar la mirada y de anticipar la interpretación, de forma tal que todo lo que contradice la hegemonía parezca «irreal», «imposible» o «peligroso». El campo simbólico burgués es una disneylandia donde la rebeldía es desactivada antes de nacer, colonizada en su misma gestación, obligada a nacer ya deformada por las categorías dominantes. Sin dejar de ser negocio.

Su ofensiva mediática es el principal laboratorio de esta violencia que no sólo produce heridas y muerte, produce semióticas. A fuerza de repeticiones, montajes, omisiones y modulaciones afectivas, modela comportamientos y determina el rango de las emociones legítimas. Una parte fundamental de este poder reside en la capacidad de vaciar el lenguaje hasta dejarlo reducido a clichés, eslóganes y simplificaciones que obstaculizan el pensamiento crítico. La burguesía opera como una gran trituradora semiótica que convierte en polvo cualquier experiencia humana que no sea útil para la reproducción del capital. La violencia simbólica es entonces una violencia epistemológica: la expropiación de las categorías con las que el pueblo podría interpretar y transformar su realidad. Por eso la manipulación del lenguaje no es un daño colateral: es el núcleo estratégico de la dominación.

Pero la violencia burguesa no actúa sólo en los medios, intoxica el diseño de la vida cotidiana. La publicidad, por ejemplo, transforma los objetos en fetiches que prometen identidad y prestigio, convirtiendo los signos en equivalentes de valor subjetivo. La arquitectura de las ciudades reparte espacios de dignidad y espacios de desecho, ordena trayectorias, impone velocidades y jerarquías, y hace de cada esquina un escenario de la lucha de clases implícita. La educación formal perpetúa genealogías ideológicas donde la historia aparece como una secuencia naturalizada de «progresos» que culminan en el mercado como forma superior de libertad. Cada institución —la escuela, la oficina, la familia, la calle— ejerce una pedagogía violenta del sometimiento que se transmite no sólo por contenidos explícitos, sino por hábitos, gestos, silencios y protocolos. Es una violencia de muchos rostros burgueses que «enseñan» a cada sujeto su «lugar» en el orden social, obediente, normal, rentable.

Toda la violencia simbólica de la burguesía opera también como una economía de la sensibilidad. Los afectos son alineados con los intereses del capital mediante narrativas que glorifican la competencia, ridiculizan la cooperación, exaltan el egoismo como virtud y presentan la solidaridad como debilidad o atraso. Como la mejor herencia para la prole. El sufrimiento social es transformado en espectáculo; la incertidumbre laboral en motivación meritocrática; la precariedad en oportunidad. No hay gesto más violento que obligar al explotado a sentirse culpable por su propia explotación o a agradecer la migaja que recibe como si fuera un privilegio. Esta colonización afectiva inhibe la empatía colectiva y rompe la posibilidad de una moral emancipadora. Allí donde la humanidad podría reconocerse en su dolor compartido, la burguesía instala un simulacro de libertad individualista que convierte cada vida en un proyecto de autoexplotación. Con agradecimiento.

Que estas fuerzas simbólicas sean «invisibles» no significa que sean débiles. Al contrario: son la condición de posibilidad de todas las demás violencias. El golpe policial es la prolongación material de un golpe ideológico previo; el recorte presupuestal es la aplicación económica de un relato legitimador que lo hizo aceptable; la guerra es la extensión militar de una operación semiótica que fragmentó el mundo en enemigos absolutos. Nada de esto puede ejecutarse sin una gramática social que ya haya predispuesto la obediencia. La dominación burguesa, en su forma más refinada, logra que los oprimidos repitan los códigos de sus opresores y que reproduzcan incluso las ideas que los dañan. Ése es el triunfo mayor del capital: haber conseguido que su violencia sea administrada también por sus víctimas, bajo la ilusión de que actúan libremente. Y son felices.

Pero allí donde la burguesía intenta fijar significados eternos, la praxis transformadora introduce movimiento, ruptura, creación. Cada asamblea, cada huelga, cada acto de solidaridad emerge como un contra-discurso que reconfigura la sensibilidad, expandiendo el campo de lo posible y desmantelando, poco a poco, las fuerzas simbólicas del poder. La tarea política es entonces una tarea semiótica para desmontar la violencia nada «invisible» que sostiene la dominación visible; y revolucionar el derecho a nombrar el mundo con sus propias categorías; reconstruir un horizonte de sentido capaz de reconocer, en cada gesto cotidiano, la presencia de la lucha de clases. Sin esa batalla por el sentido —que es también una batalla por la dignidad humana—, toda revolución queda mutilada. Ya lo hemos padecido.

Aporrea.

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Marco Rubio: semiótica del “perdonavidas”

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

Marco Rubio encarna, en la escena política contemporánea, la lógica del «perdonavidas», esa operación semiótica imperial que pretende investir a su sirviente golpista con una autoridad destinada a condicionar el comportamiento de nuestros pueblos bajo la amenaza velada de una sanción monetaria o militar. Tal lógica opera como dispositivo de intimidación mafiosa y mediática, como coreografía narrativa del «castigo» burgués y como representación ideológica del poder de fuego estadunidense en clave de arrogancia imperial.

Rubio aparece así como la figura performativa de un orden que pretende pontificar sobre la conducta de los insurrectos, no por fuerza de argumentos, sino por la naturalización de una posición de petulancia supremacista gusana. Su discurso no es sólo un despliegue de frases, sino un sistema de amenazas que pretenden funcionar como advertencias, ultimátums o chantajes, dirigidos a gobiernos, pueblos y adversarios geopolíticos. Es el gesto clásico del perdonavidas: «Yo podría destruirte, pero te concedo la oportunidad de someterte». Esta semiótica del castigo, recubierta de moralismo servilista, produce un personaje siniestro, no porque posea poder propio –que no lo tiene–, sino porque simboliza la estructura de un imperio que lo utiliza como vocero del disciplinamiento global. La náusea.

Rubio cumple su guion con precisión teatral; su figura pública es un manual de gestualidad del castigo, una liturgia del señalamiento, un repertorio de amenazas presentadas como advertencias responsables. En su retórica, la «preocupación» por América Latina es el envoltorio del saqueo, del asesinato y de la intervención; su payasada vestida como denuncia contra gobiernos soberanos es una fórmula asesina en la moral burguesa más macabra; la propuesta de sanciones se presenta como «paso necesario» para defender la libertad. En cada una de esas ofensivas semióticas, el perdonavidas concede –desde arriba– una oportunidad al otro para rectificar, obedecer o «volver al camino correcto». Retórica clásica de gánster que simula cordialidad antes de golpear. Lo siniestro de Rubio no radica solamente en su biografía individual, sino en la manera en que su cuerpo discursivo está diseñado para ser vehículo de esta dramaturgia.

Nuestra semiótica crítica permite mostrar que el perdonavidas no sólo amenaza, también produce un orden perceptivo. Sus mensajes buscan generar un clima de terror administrado, de duda, de inestabilidad calculada. Al mismo tiempo, intenta consolidar una narrativa en la cual Estados Unidos figura como el guardián de los pueblos, el protector magnánimo que –pese a su «paciencia»– se ve obligado a castigar. Rubio dramatiza esa tensión, haciendo del lenguaje un instrumento pedagógico del miedo. Así se construye una pedagogía de la sumisión, cada intervención suya enseña qué comportamientos serán castigados, quiénes serán los «malos» del momento y qué sanciones se consideran legítimas. Lo siniestro emerge de la naturalización de esta estructura, el perdonavidas no se concibe a sí mismo como agresor, sino como salvador. Y ahí reside la violencia más profunda: el castigo se traviste de virtud.

En la escena latinoamericana, Rubio desata una semántica de injerencia que presenta las decisiones soberanas de los pueblos como desviaciones patológicas que necesitan corrección. Su lógica es la del adulto autoritario frente al niño díscolo: «sé lo que te conviene, obedece y te irá mejor». Esta infantilización es uno de los núcleos simbólicos del perdonavidas. Y, de nuevo, el personaje siniestro no es por su capacidad personal, sino por la estructura que encarna, la del imperio que cree tener derecho a decidir qué países merecen vivir y cuáles deben ser disciplinados.

Rubio despliega, además, una textura discursiva obsesionada con la idea del enemigo. Cada palabra suya fabrica un adversario absoluto que debe ser combatido sin matices. Esta absolutización del otro –técnica clásica de la propaganda– permite justificar cualquier medida: sanciones, presiones económicas, golpes blandos, financiamiento a oposiciones desestabilizadoras. El perdonavidas necesita crear enemigos para justificar su propio rol; necesita producir la expectativa de caos para presentarse como el gestor del orden. Por eso, su discurso es siempre apocalíptico: «si no actúo, ocurrirá la catástrofe». Es la semiótica del salvador oscuro, él mismo infla la amenaza que luego promete resolver.

En el fondo, Rubio representa una función: la de traducir la doctrina del intervencionismo en lenguaje cotidiano. Su misión semiótica es «hacer digerible» la agresión imperial. Presenta la injerencia como necesidad, la sanción como responsabilidad, la amenaza como gesto moral. El perdonavidas siempre necesita justificarse: sólo puede mantener su poder si logra que el otro crea –al menos por un instante– que la amenaza es legítima. El personaje siniestro se vuelve eficaz cuando su violencia parece sentido común. Y Rubio trabaja incansablemente para que la violencia imperial parezca razonable, inevitable o moralmente correcta.

Por eso es crucial desmontar la gramática de su lógica, cada palabra suya funciona como dispositivo de dominación simbólica. Sus gestos públicos, sus entrevistas, sus declaraciones en redes, sus intervenciones en el Senado: todo está articulado como una cadena de signos destinados a intimidar, persuadir, sobreactuar y disciplinar. Desenmascarar al perdonavidas no es criticar a Rubio como individuo, sino señalar la maquinaria ideológica que él representa. Es entender cómo un personaje siniestro se convierte en portavoz de una semiótica de la amenaza que busca someter a los pueblos al orden del capital global.

Y es, finalmente, recordar que el perdonavidas no existe sin la complicidad de un sistema que lo instituye. Rubio es la máscara rota de un imperio en decadencia que, incapaz de sostener su hegemonía por consenso, recurre a la teatralización del castigo, con armas y con «aranceles». En esa teatralización macabra se reproduce un viejo gesto colonial, el amo que, antes de golpear, manda a sus sirvientes para conceder al esclavo la oportunidad de arrepentirse. Una farsa cruel, una semiótica del sometimiento. Y, por medio de ella, el intento desesperado de mantener un poder que la historia misma ya está erosionando. Mientras, nosotros muy desorganizados.

Aporrea

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Autopsias políticas extraordinarias… pero los pacientitos mueren

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Nuestra metáfora de la “autopsia” no es caprichosa, señala el modo en que cierta política burguesa, infiltrada por todas partes, ha sido reducida a objeto de estudio post mortem, a fenómeno que sólo contempla la descomposición.

Algunos diseccionan con palabrerío de ocasión los errores del pasado y exhiben su bisturí salivoso, pero lo hacen sin transformar las condiciones materiales que los generaron. A sabiendas o no. Analizan las causas de la derrota como si fueran causas naturales y no el resultado de contradicciones de clase, de las hegemonías simbólicas ni de las estructuras de poder burgués que se reconfiguran mientras el análisis se pronuncia. Su política ha sido convertida en cadáver semiótico, se la estudia, se la interpreta, se la teoriza, pero no se la revive.

Cada vez que el análisis obtura la acción, se firma un nuevo certificado de defunción para la organización. En las morgues de la política contemporánea se acumulan los cadáveres de proyectos emancipadores, partidos, movimientos y esperanzas colectivas que alguna vez prometieron transformar la realidad. Y sobre cada cuerpo, los doctores de la crítica, los anatomistas del fracaso… abren el tejido que dan por muerto con precisión técnica y sabiduría grandiosa para explicar —con brillo teórico y disciplina académica— por qué todo fracasa menos sus “diagnósticos”. Publican sus informes con rigor de laboratorio, multiplican simposios, coloquios y mesas redondas; sin embargo, los pacientitos siguen muriéndose. Es la paradoja del pensamiento político actual: una inteligencia lenguaraz capaz de explicar la muerte, pero incapaz de defender la vida. En la práctica organizada.

Cuando Marx escribió que la crítica de las armas debe ser reemplazada por el arma de la crítica, advirtió que el pensamiento no puede quedarse en la autopsia. Pensar es intervenir. Cada concepto debe ser diseñado para actuar sobre la realidad y no sólo describirla. Sin embargo, hoy la política se complace en su propia lucidez. La autopsia se ha convertido en un género de prestigio: se publican necropsias de gobiernos populares, de partidos obreros, de sindicatos debilitados… pero casi nadie construye instrumentos para revivirlos. El pensamiento revolucionario no puede permitirse ese lujo: debe ser un pensamiento de combate.

Detrás de cada autopsia política se esconde una emboscada de impotencia teórica que el capitalismo disfruta enormemente mientras lo promueve. Porque el sistema necesita críticos lúcidos, pero inofensivos; necesita intelectuales que sepan analizar las contradicciones del capital, pero que no se organicen para combatirlas. Necesita un marxismo sin praxis, una semiosis sin sujeto histórico, un pensamiento que se exalte con la sola disección, pero no toque el tejido vivo del poder. En ese sentido, cada autopsia política, tan extraordinariamente ejecutada, es una victoria de la ideología dominante. El pensamiento queda atrapado en la contemplación y la decoración del cadáver, mientras la dominación se resucita.

Nuestra Filosofía de la Semiosis se propone desarmar esta trampa. Nos enseña que la política no muere, matan los modos, los medios y las relaciones de producción del sentido que la convierten en praxis transformadora. Cuando el discurso se convierte en sustituto de la acción, el signo se fetichiza y deja de ser mediación viva para volverse imagen congelada que congela todo. Así, la autopsia política no sólo examina restos, produce restos. Es un acto semiótico diseñado para consagrar la muerte de la praxis y sustituir la transformación por la representación.

Eso que hoy llaman capitalismo aprendió a administrar el lenguaje del cambio. Permite la crítica como espectáculo, tolera la disidencia como ornamento, celebra el pensamiento rebelde siempre que se mantenga dentro de los márgenes del discurso quieto, reformista. En este teatro, la autopsia política cumple un rol funcional, permite canalizar la energía revolucionaria hacia la reflexión sin consecuencias. El pensamiento deviene terapia paliativa de la frustración colectiva y feliz. Las autopsias son brillantes porque el sistema necesita que lo sean, necesita medicuchos intelectuales que declamen sobre la muerte de la utopía mientras siguen respirando el aire frío de sus morgues académicos.

Pero hay un punto ciego en toda autopsia, el cuerpo que no se resigna a morir. En las calles, en los barrios, en los movimientos que resisten sin nombre ni micrófonos, late una vitalidad semiótica que rehúsa ser cadáver. Allí donde la palabra se organiza con la acción, donde el símbolo se encarna en lucha, donde el signo se vuelve consigna colectiva, el cadáver que ellos loan goza de buena salud y se levanta. No como resurrección mística, sino como reactivación dialéctica del proceso histórico revolucionario que el capitalismo intenta clausurar. La conciencia de clase no es un órgano que se disecciona, sino un proceso de construcción permanente, es el pensamiento que vuelve sobre sí mismo para encontrarse en el otro y en la lucha.

Sus autopsias políticas, por extraordinarias que sean, suelen olvidar que la lucha política es dialéctica. Su movimiento no puede ser analizado en mesas disección porque su sentido se genera en la contradicción viva entre teoría y práctica. Por eso nuestra Filosofía de la Semiosis no se limita a interpretar los signos, los identifica en el proceso histórico de su producción y reproducción. Comprender esto es comprender la gramática de la dominación, pero también la semántica de la revolución. Sus autopsias políticas “extraordinarias”, suelen confundirse con el diagnóstico científico. Pero hay una diferencia esencial: el diagnóstico está orientado a curar; la autopsia, a certificar la muerte. La diferencia entre ambos no es sólo metodológica sino ética. La ciencia revolucionaria del sentido —la Filosofía de la Semiosis— se niega a declarar muerta a la historia. Rechaza la idea de que el fracaso sea irreversible. Insiste en que cada proceso derrotado conserva en su interior un excedente de sentido, una reserva semiótica que puede ser reactivada si se la vincula con las nuevas condiciones materiales de la lucha.

Eso que llaman hoy capitalismo, y sus armas de ofensiva semiótica, no sólo explota fuerza de trabajo, extrae energía simbólica. Fabrica armas simbólicas útiles para reforzar su hegemonía. La autopsia mediática cumple la función de convertir el dolor colectivo en narrativa de impotencia resignada. Por eso nuestra Filosofía de la Semiosis llama a descolonizar la derrota: a romper el circuito de significación que transforma cada caída en justificación de la pasividad. La historia de los pueblos no debe escribirse como serie de autopsias, sino como genealogía de revoluciones. No se trata de negar la crítica, sino de devolverle su función vital. Criticar es vivificar la conciencia, no embalsamarla. La crítica revolucionaria debe ser intervención semiótica y debe desmantelar los significados que nos esclavizan a la lógica de la derrota y, por el contrario, generar nuevos sentidos orientados a la emancipación. Esto exige una pedagogía del sentido viva, militante, capaz de articular pensamiento y práctica, teoría y organización, análisis y acción. Nuestra semiosis crítica no es contemplación: es movimiento dialéctico del pensamiento que se hace praxis en el seno de las luchas concretas.

Si los pacientitos siguen muriéndose es porque la crítica se volvió “clínica sin urgencia”. Es porque son un negocio redondo. Los analistas burgueses confunden (y lo saben) la descripción con la transformación, la lucidez con la eficacia. Mientras tanto, el capitalismo reorganiza su dominio simbólico, fabrica nuevos fetiches, recicla viejos mitos, infiltra el lenguaje mismo con su lógica de mercancía. Cada autopsia que no se transforma en acción de vida se convierte en instrumento de anestesia ideológica. Por eso es urgente romper la fascinación por el cadáver y devolver a la política su respiración.

Nuestra Filosofía de la Semiosis no se contenta con observar cadáveres, escucha los signos del pulso. Reconoce que toda adversidad, padecida por los pueblos, es agonía que contiene sus propios gérmenes de superación. Lo que parece muerte puede ser resurrección, y lo que parece calma, acumulación de fuerzas. La semiosis revolucionaria consiste en identificar esas latencias, leer en los signos del presente las huellas del porvenir y organizarlas en praxis colectiva. Ninguna autopsia reemplaza el acto de revolucionar poder. Ninguna lucidez es útil si no produce organización y conciencia.

Nuestros pueblos en lucha no necesitan más medicastros forenses del fracaso. Necesitan arquitectos del sentido, militantes del signo emancipado y emancipador, constructores de un lenguaje que devuelva a la vida política su capacidad de transformación. Frente a la autopsia, la acción; frente a la necrosis ideológica, la semiosis liberadora. Pensar no es contemplar nostálgicamente la muerte o la miseria, sino producir las condiciones simbólicas de la resurrección histórica revolucionaria. La crítica transformadora cuando se asume como praxis semiótica, deja de ser diagnóstico y se convierte en medicina de la conciencia colectiva. La vida política del porvenir no nacerá de los laboratorios ni de los memoriales del fracaso. Nacerá de la revolución de los signos por parte del pueblo, de la descolonización de los imaginarios, de la reinvención del lenguaje que nombre las luchas y las organice. La Filosofía de la Semiosis no busca interpretar el cadáver del mundo, sino encender su respiración, hacer del sentido una forma de vida revolucionaria y viceversa. Valgan las metáforas.

Alma Plus Tv

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También somos lo que nos falta

Por: Dr. Fernando Buen Abad

No pocas veces nuestras conductas se ven marcadas por lo que nos falta más por lo que tenemos. Y una carencia constante es la educación en las bases de nuestras personalidades y nuestras relaciones con otras personas, con animales o con objetos. Mayormente nos falta conocer la historia, escasea el saber del otro, de lo otro, conocer su origen, su estructura, su base de sustentación dialéctica, a qué necesidades conocidas o desconocidas, obedece y qué conjunto de fuerzas marca la dinámica de su crecimiento o de su decadencia. Solemos tener vínculos atomizados y comprensión de los nexos fragmentada y estereotipada por egolatrías, pereza o soberbia, aprendidas desde las cunas ideológicas del capitalismo. Nos falta mucho por despojo, por lentitud, por descuido o por condición de clase.

También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.

Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación teórica y la praxis histórica ensayan sus gramáticas. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia, sino por la capacidad crítica de interrogar lo dado y suprimir lo que impide avanzar. No se trata de añorar lo perdido, sino de diagnosticar lo pendiente. Falta no como lamento, sino como contradicción operante, como categoría activa que empuja la historia hacia su superación.

El capitalismo ha hecho de la falta una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —fuente de creatividad y de impulso colectivo— en patología administrable. La falta se psicologiza, se privatiza, se vende. Nos enseña a confundir el deseo con el consumo, la carencia con el déficit personal, el horizonte con la ansiedad. Pero la Filosofía de la Semiosis ayuda a entender que el signo de la falta no apunta hacia un objeto que la colme, sino hacia una práctica que la resignifique. La carencia humana no se resuelve sólo en el tener, sino en el comprender y transformar las condiciones que la producen.

Cierto ego burgués interviene como operador ideológico de esa distorsión. No se trata de un mero rasgo psicológico, sino de una forma de subjetividad funcional al orden burgués. El ego es la instancia que privatiza la falta: transforma la incompletud en un problema individual, desvinculado de toda historicidad social. Así, lo que nos falta deja de ser motor de la colectividad para convertirse en espectáculo de autoafirmación. En lugar de abrir una conciencia de la interdependencia humana, el ego fabrica una semántica de la competencia: quien más aparenta plenitud, más domina el campo simbólico. Ese ego burgués no busca comprender la falta; la niega mediante ficciones de plenitud. Construye identidades compensatorias, narrativas de superación personal, espejos ideológicos que disimulan la estructura de dependencia y alienación. Lo que nos falta, en manos del ego, se convierte en mercancía simbólica: autenticidad, éxito, autoestima. Pero tales signos no restituyen la falta, solo la recubren de un simulacro rentable. El ego necesita la falta tanto como la teme: la explota para sostener su ficción de coherencia, pero impide que esa falta se vuelva conocimiento de sí y del mundo.

Por eso, toda crítica del ego implica desmontar la forma subjetiva burguesa. Lo que creemos que nos falta no surge de una interioridad pura, sino de un dispositivo cultural que produce necesidades ideológicas. El ego confunde plenitud con dominio y carencia con derrota. Recuperar la falta como potencia emancipadora exige negar esa lógica de propiedad sobre uno mismo. No hay “yo” emancipado mientras persista la estructura que convierte la falta en mercancía y el deseo en plusvalor. Solo en el reconocimiento común de la falta —como fuerza de conocimiento y transformación— puede comenzar una semiosis liberadora del sujeto.

También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de la historia, las zonas de sombra de la razón, los proyectos mutilados por la barbarie del capital. Lo que nos falta es la justicia no realizada, la palabra no dicha, la conciencia no desarrollada. Pero también es el indicio de una potencia, la señal de una humanidad en tránsito. No hay plenitud fuera de la historia, y no hay historia sin la fricción constante de la falta. La semiosis humana no se clausura. Cada signo abre un intervalo, cada interpretación revela un resto que impide el cierre. La falta es ese resto: lo que ningún sistema logra absorber del todo, lo que siempre desborda el orden de los signos y lo obliga a rehacerse.

En esa diferencia no resuelta reside la historicidad del sentido. Lo que falta es, entonces, la tarea, el trabajo del pensamiento, el ejercicio colectivo de la crítica. Desde una perspectiva materialista, la falta no es metáfora del alma sino categoría política. Falta el control común de los medios de producción, falta el dominio consciente del proceso social, falta la correspondencia entre trabajo y libertad. Esa falta no condena: exige. Es el núcleo dialéctico de la praxis revolucionaria, donde la ausencia se convierte en plan, la carencia en proyecto, la necesidad en saber-hacer histórico.

También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje vibra la huella de lo ausente: todo signo remite a otro, toda palabra apunta a lo aún no dicho. La cultura, como proceso semiótico, es el intento incesante de dar forma a lo que aún no se nombra. Pero cuando el poder monopoliza los signos, la falta se vuelve alienación. Recuperar su dimensión creadora implica reapropiar el sentido como bien común. La falta no es abismo sino estructura de posibilidad. Es el intervalo donde el pensamiento se reconoce como tarea inacabada. En esa tensión entre lo que somos y lo que nos falta se define la condición humana. Mientras exista esa tensión, habrá historia, habrá crítica, habrá posibilidad. Ser es faltar, y faltar es poder transformarse. No hay mayor plenitud que esa contradicción consciente: saber que lo que nos falta no es pérdida, sino forma activa del porvenir.

También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.

Eso que nos falta no siempre es vacío, también en una brújula. Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación revolucionaria se atreve a ensayar su gramática. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia sino por la crítica; no por lo que añoramos de un pasado idealizado sino por lo que nos exigimos construir colectivamente. Somos, entonces, seres de la falta, pero no de la resignación. Falta no como carencia definitiva, sino como impulso de creación, como contradicción viva que exige superarse en la praxis. Lo que hoy se llama capitalismo, ha hecho de la falta misma una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —esa fuente de creatividad y comunidad— en angustia consumible. Nos inocula la idea de que todo vacío se llena comprando, de que toda ausencia se tapa con propiedad. Nos enseña que el signo de la falta se satisface con objetos, no con significados colectivos. No hay completitud en la acumulación privada, sino en la comunión social del sentido.

También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de nuestra historia, las heridas de nuestra humanidad truncada, los proyectos que quedaron mutilados por la barbarie del poder. Lo que nos falta es la justicia que no llegó, el pan que no se reparte, la palabra que no se escucha. Pero también es la promesa de lo que puede ser, el germen de una nueva sensibilidad, el indicio de una conciencia que despierta. Cada cosa que nos falta, en realidad o como fantasía, abre un camino, cada interpretación revela un resto, una diferencia no resuelta. En esa diferencia vive la historia. Lo que falta es, por tanto, el signo aún no dicho, la praxis aún no realizada, la comunión aún no alcanzada. Esa falta nos define porque nos pone en movimiento, nos rescata de la petrificación ideológica y nos recuerda que ser es transformar. Lo que falta no es una abstracción sentimental. Es una categoría objetiva. Falta el control colectivo de los medios de producción, falta la liberación de las conciencias capturadas por el fetichismo, falta el dominio del trabajo sobre el capital. Esa falta no es una culpa: es una tarea de crítica y auto-crítica.

Pero ego mezclado con ignorancia introduce una distorsión fundamental en la percepción de lo que nos falta. Convierte la carencia en un asunto de afirmación individual, no de desarrollo colectivo. Donde podríamos reconocer su falta como vínculo con los otros —como espacio de cooperación, de aprendizaje compartido, de humildad creadora— el ego la transforma en un reflejo narcisista, en una baratija petulante que hace de lo que creo que me falta una herida de orgullo. En lugar de abrirnos a la comunión, nos encierra en la competencia. Así, el ego convierte lo que creemos que nos falta en rivalidad, y convierte la dialéctica del crecimiento en una guerra de apariencias. Hay quien cree, en su individualismo, que “tiene poco” porque merece mucho.

En el plano semiótico burgués, el ego produce signos falsos de completitud. Nos hace creer que la falta se repara con el reconocimiento ajeno, con el éxito, con la posesión simbólica de lo que deseamos y la admiración de todos hacia nosotros. El sujeto colonizado por el ego vive rodeado de simulacros que le ofrecen una falsa plenitud, sostenida por la mirada del otro como espejo. La cultura mediática capitalista se nutre de ese mecanismo, promete completitud a cambio de obediencia, autoestima a cambio de consumo, identidad a cambio de sumisión. Superar la ilusión del ego no significa anular la individualidad, sino liberarla de la forma burguesa del yo propietario. Solo cuando reconocemos que lo que nos falta no se colma desde el aislamiento, sino desde el encuentro con los otros, la falta recupera su poder emancipador. El ego reduce la falta al ámbito de lo privado; la conciencia crítica la expande hacia el campo de lo común. Solo así podemos transformar el deseo de completitud en praxis liberadora: pasar del “yo me falta” al “nos falta”, del deseo posesivo al deseo creador. En esa transición se juega, quizás, la madurez espiritual y política de toda humanidad por venir.

También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje mismo vibra la huella de lo ausente: toda palabra remite a otra, todo significado remite a un campo de posibles. La cultura es una lucha por llenar con sentido lo que nos falta. Pero cuando ese sentido es expropiado por la ideología dominante, la falta se vuelve dolor y alienación. Recuperar la falta como potencia creadora —y no como servidumbre— es un acto revolucionario. No hay humanidad acabada porque no hay historia terminada. El sentido no está dado: se produce, se disputa, se conquista. Lo que nos falta es también lo que nos convoca. Y lo que nos convoca es siempre colectivo: la emancipación no se alcanza individualmente. Por eso, el reconocimiento de lo que nos falta no es un ejercicio de melancolía, sino de conciencia crítica. Nos falta la humanidad plena, y esa falta nos constituye como especie que lucha, que crea, que se niega a aceptar el orden injusto como destino. Lo que nos falta nos humaniza porque nos impulsa a superar las formas de deshumanización que el poder impone.

También somos lo que nos falta porque el ser humano es una promesa histórica en construcción. Cada vez que decimos “aún no”, afirmamos el poder de lo posible. Cada vez que reconocemos la falta, desnudamos la mentira del sistema que pretende completarnos con su mercancía. Cada vez que luchamos por lo que falta, nos acercamos a lo que somos verdaderamente: humanidad en proyecto, humanidad por venir. Lo que nos falta no es un abismo: es la medida de nuestra dignidad. Es la conciencia de que todavía hay que conquistar el derecho a ser plenamente humanos. En la tensión entre lo que somos y lo que falta se juega toda la historia. Y mientras exista esa tensión, existirá la esperanza como forma de inteligencia colectiva. Porque también somos —y sobre todo— la lucha por la conciencia de lo que falta.

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Nuestra deuda enorme con Armand Mattelart.

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

Armand Mattelart es uno de esos investigadores que desbaratan las comodidades teóricas y obligan a pensar la comunicación, no como técnica ni como adorno cultural, sino como campo de lucha, como dispositivo de poder, como territorio de disputa por el sentido. Su trayectoria representa una síntesis ejemplar de lucidez histórica y capacidad de desnaturalizar las tramas ideológicas que sostienen el orden dominante. No permitió que la teoría se divorciara de la praxis ni que la crítica se convirtiera en refugio académico. Nuestra deuda con él es enorme, no sólo por sus textos, sino por el impulso emancipador que le dio a la crítica de la comunicación en toda América Latina y el mundo.


Mattelart nos enseñó que el sistema de comunicación mundial no es neutro ni espontáneo, sino el resultado de una historia de acumulación capitalista, de una organización material de los flujos simbólicos al servicio de la dominación. Nos enseñó que la comunicación es una estructura que acompaña, reproduce y legitima las relaciones de poder del capitalismo global. Desde sus primeros trabajos con Michéle Mattelart, analizando la industria cultural y la ideología de los medios, hasta sus estudios sobre la geopolítica de la información, supo situar el problema comunicacional en el núcleo mismo de la economía política. Si hoy hablamos de «colonialismo mediático», de «imperialismo cultural», de «economía política de la comunicación» o de «ecología de los flujos informativos», es porque Mattelart nos dio los instrumentos conceptuales para pensar estos procesos sin caer en la ingenuidad técnica ni en el fatalismo culturalista.


En Para leer al Pato Donald, por ejemplo, desnudó la ideología de la dominación en la narrativa de los cómics infantiles, mostrando cómo se naturaliza el imperialismo y cómo se inocula el modelo de consumo y sumisión. Pero su pensamiento no se detuvo ahí. Supo que el poder no sólo se ejerce a través de contenidos, sino mediante redes, infraestructuras, políticas tecnológicas y estrategias globales. De ahí su paso al estudio de la mundialización de las comunicaciones, donde comprendió la transformación del capitalismo en su fase transnacional, informacional y digital.


Mattelart comprendió como pocos la importancia de la historia. No cayó en el mito del «nuevo mundo digital» ni en la fascinación por la novedad tecnológica. Su pensamiento fue una advertencia constante contra el olvido histórico, una defensa del análisis genealógico. En sus estudios sobre la formación de las redes globales de comunicación, rastreó los orígenes coloniales del control informativo, desde las compañías telegráficas imperiales del siglo XIX hasta las corporaciones digitales contemporáneas. Esa mirada larga —dialéctica y materialista— es la que necesitamos recuperar para no quedar atrapados en el fetichismo de los algoritmos o en la ideología del progreso tecnológico.


Nuestra deuda con Mattelart también es política. Fue un intelectual que nunca separó la crítica teórica del compromiso con las luchas emancipadoras. En Chile, participó en la construcción del pensamiento comunicacional de la Unidad Popular, trabajando con Salvador Allende en la definición de políticas de comunicación soberanas, antimonopólicas y orientadas a la democratización del conocimiento. Aquella experiencia, truncada violentamente por el golpe de Estado de 1973, fue también un laboratorio de utopías comunicacionales.


En tiempos de neoliberalismo y digitalización total, su pensamiento es brújula. Cuando el mundo parece rendido a los algoritmos y a las plataformas, cuando el capitalismo ha convertido la comunicación en una extensión de la mercancía y del control, las categorías de Mattelart recobran un valor incalculable. Él comprendió que la hegemonía se reconstruye continuamente mediante la innovación tecnológica y la colonización cultural. La red, la pantalla, el flujo y el dato son hoy los nuevos nombres del poder, y sólo una lectura que combine economía política y semiótica crítica puede desactivarlos. Esa es una de sus herencias más valiosas.


Nuestra deuda es también metodológica. Mattelart enseñó a pensar con complejidad, a no reducir los procesos de comunicación a simples aparatos mediáticos. Su método articula historia, política, economía, ideología, semiótica y cultura en una trama analítica que no deja resquicio para la superficialidad. Nos mostró que la crítica de la comunicación requiere un pensamiento relacional, capaz de captar las dinámicas entre infraestructura y superestructura, entre producción simbólica y materialidad económica. Su obra anticipó, con décadas de ventaja, las discusiones contemporáneas sobre vigilancia digital, biopolítica de los datos y extractivismo informacional.


El pensamiento de Mattelart no es una reliquia, es un arsenal teórico para la acción. Nos da las herramientas para entender por qué las redes sociales no son espacios de libertad, sino nuevos dispositivos de captura ideológica; por qué la concentración mediática no es un accidente de mercado, sino una necesidad estructural del capital; por qué la batalla por la comunicación es, en última instancia, una batalla por el sentido, por la conciencia, por la posibilidad misma de emancipación. Recuperar a Mattelart significa reconstruir una praxis crítica que nos permita intervenir en la guerra comunicacional global sin caer en la trampa de la impotencia o la fascinación. La deuda que tenemos con él no puede saldarse con homenajes ni citas. Debe saldarse continuando su obra, radicalizándola, poniéndola al servicio de las luchas concretas de los pueblos. Porque, como él mismo insistía, la comunicación no es un campo autónomo, sino un terreno estratégico en la lucha de clases. Allí se decide quién define la realidad, quién habla y quién calla, quién educa y quién se somete, quién recuerda y quién olvida. El legado de Mattelart nos llama a pensar una comunicación liberadora, solidaria, dialéctica, capaz de romper la lógica mercantil y abrir paso a nuevas formas de convivencia humana.


Por eso, cuando decimos que le debemos mucho a Armand Mattelart, no sólo es gratitud intelectual, sino de una responsabilidad histórica. Nos toca continuar la tarea de descolonizar los imaginarios, desmontar las industrias del engaño y construir una teoría crítica de la comunicación a la altura de nuestro tiempo. Nos toca convertir la deuda en praxis, la admiración en transformación, la memoria en lucha. Porque, en última instancia, pensar con Mattelart es aprender a leer el mundo para cambiarlo. Y esa, acaso, sea la forma más alta de saldar nuestra deuda con él.

La Jornada

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Diez problemas, una respuesta: organización y conciencia colectiva

Prensa LAUICOM – El Módulo III de la Cátedra Sean MacBride titulada «10 Problemas Actuales de la Comunicación», se realizó en la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), reuniendo a estudiantes de la Cohorte XIX del Diplomado en Comunicación Política junto a participantes internacionales comprometidos con el debate crítico sobre la comunicación en el mundo actual.

La cátedra retoma el legado del Informe MacBride (“Un solo mundo, voces múltiples”, 1980), como espacio para el estudio crítico de los problemas mundiales de la comunicación y la defensa de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC).

El doctor y profesor Fernando Buen Abad expuso que los problemas estructurales de la comunicación van desde la concentración monopólica de medios y plataformas, en donde unas pocas corporaciones controlan la narrativa global, hasta la desesperanza semiótica y el nihilismo informacional, que debilitan la capacidad colectiva de pensar y actuar.

Subrayó que estos fenómenos refuerzan el imperialismo discursivo y socavan la soberanía de los pueblos. No obstante, insistió en que identificar estos problemas no basta: es urgente construir lógicas de intervención colectiva. Destacó que por ello LAUICOM es un pilar para la educación en comunicación, ya que impulsa el método de analizar, debatir y actuar para construir respuestas concretas.

«Nos han dominado más por la ignorancia que por la fuerza. Penetran por la mente, siembran miedo y cambian nuestras percepciones, para que aceptemos lo injusto como natural. Lo mejor que podemos hacer es educarnos colectivamente, desmontar las mentiras del poder y recuperar la palabra como arma de conciencia y liberación» fue la perspectiva de Ernesto Pinzón, estudiante de la Cohorte.

Como dice el compromiso bolivariano: la comunicación no puede estar al servicio del poder, sino de los pueblos organizados. ¡Seguimos en formación, en lucha y en construcción colectiva!

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Mamdani gana, y con él, la esperanza se organiza

Prensa LAUICOM – El Doctor en filosofía Fernando Buen Abad, durante una entrevista realizada por Rompeviento TV, habló del triunfo electoral de Zohran Mamdani en Nueva York, joven alcalde musulmán, demócrata y socialista, lo cual representa un hito simbólico global.

Buen Abad destacó que Mamdani ganó con más del 50% de los votos en una de las ciudades más complejas y polarizadas del mundo, derrotó a candidatos respaldados por megamillonarios y la ideología de Donald Trump. Este resultado es una contundente señal de rechazo al autoritarismo, la xenofobia y la explotación capitalista.

También hizo recordar que mientras Trump enfrenta más de 11 condenas firmes, su impunidad se tambalea ante la movilización popular: trabajadores automotrices en Illinois y Chicago se organizan, exigiendo justicia. Mamdani reconoció su victoria como “una luz en medio de la oscuridad”, agradeciendo a taxistas de diversas culturas, madres mexicanas y la comunidad latinoamericana, pilares fundamentales de la ciudad.

Buen Abad concluyó que esta victoria desafía la narrativa de impotencia frente al poder. No es solo un cambio local, sino un giro continental: la clase trabajadora entiende cada vez mejor la plusvalía y rechaza la humillación. Este es el inicio de una nueva fase: la organización popular puede transformar incluso el corazón del imperio.

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Su “batalla cultural” en las “reformas laborales”

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Todas las parafernalias neoliberales tienen por fondo y forma multiplicar las ganancias burguesas bajo condiciones de explotación irrefrenables. Ya el “trabajo” ha sido sometido a una guerra semiótica violenta, prolongada, intensa y, a ratos, silenciosa. El capitalismo ha comprendido que dominar los significados del tiempo, el salario y la dignidad… equivale a dominar, cínicamente, la realidad misma de los trabajadores y las trabajadoras. Su ofensiva actual –tecnológica, ideológica y cultural– busca aniquilar no sólo los derechos conquistados, sino la memoria de esos derechos. 


Se trata de una “batalla cultural” burguesa también en los territorios simbólicos, cuyo blanco de fuego es la conciencia colectiva hacia una “reingeniería semiótica” diseñada para borrar las huellas históricas del trabajo como fuerza creadora, social y emancipadora, sustituyéndolas por la narrativa empresarial del “empleo flexible”, la “emprendeduría individual”, la “colaboración” y el “retiro voluntario”. En su ofensiva contra la clase trabajadora, la burguesía ha desplegado una estrategia demencial de resignificación. 


Primero transformó la explotación en virtud productiva, el trabajador dejó de ser sujeto para convertirse en “recurso humano”. Así colonizó la imaginación social con la idea de que los derechos laborales eran un “costo”, un obstáculo al “progreso”. Y ahora, bajo la dictadura neoliberal-digital, intenta convertir la precariedad en aspiración y la servidumbre en autogestión. Cada eufemismo –“colaborador”, “freelancer”, “flexibilidad”, “teletrabajo”– funciona como signo anestésico, diseñado para encubrir la explotación con la apariencia de libertad. El lenguaje de la dominación ha mutado en gramática de la alienación. 

Nuestra semiótica crítica se opone a reducir el trabajo a una contienda sólo por salarios o a una sociología pueril de la fábrica; es una disputa revolucionaria. El capitalismo busca desfigurar e invisibilizar el vínculo entre trabajo y humanidad. Quiere que olvidemos que el trabajo es una actividad social creadora, fundamento civilizatorio de toda cultura y de toda forma de comunidad. La ofensiva ideológica consiste en despojar al trabajo de su carácter histórico, social y político para deformarlo como simple función, engorrosa, de mercado. Es la deshumanización del trabajo para borrar de los signos toda memoria de lucha, conciencia de clase y conquista obrera. 


Cuando los mass media repiten que “el trabajo del futuro” será sin sindicatos, sin horarios, sin vigilancia y sin jefe visible, está comunicándose un mensaje oculto: el capitalismo no necesita ya trabajadores organizados, sino individuos fragmentados que se autoexploten con sonrisa corporativa. Es el laboratorio de moda que fabrica el consenso de la precariedad resignada. Plataformas, algoritmos y redes sociales son los “nuevos” capataces semióticos. En ellos se construye la ficción de un “mercado libre” en el que cada trabajador o trabajadora decide su destino libremente, cuando en realidad cada clic y cada tarea están gobernados por sistemas de extracción de plusvalor invisibles; su home office.


En la historia de los derechos laborales, la jornada de ocho horas y la sindicalización, por ejemplo, es una historia de semiosis insurgente. Cada derecho obrero conquistado es también una conquista de sentido. El trabajador que reclama “ocho horas para el trabajo, ocho para el descanso y ocho para la vida” no sólo exige tiempo, está redefiniendo el significado mismo de humanidad. Por eso, la actual guerra semiótica busca arrancar del lenguaje esas conquistas. Se presenta la explotación como una “oportunidad de desarrollo personal”, y la pobreza como “falta de actitud”. La semiótica neoliberal es la pedagogía del autoengaño. 

Todo es parte del plan burgués, sustituir el símbolo del obrero consciente por el del individuo hiperconectado y descolectivizado. El plan es destruir la memoria de la clase trabajadora, rescribir la historia del trabajo en clave de consumo y espectáculo. La destrucción de la historia de los derechos laborales no se hace sólo por decreto ni por ley, sino por signos. Se rescriben manuales, se alteran los significados en los contratos y en los sistemas educativos, se promueven narrativas en las que el conflicto de clases desaparece. Así, la burguesía no necesita censurar la historia, le basta con estetizarla. Convierte la lucha obrera en recuerdo folclórico, en nostalgia sin poder revolucionario. El museo remplaza a la huelga. 


Cuando Marx analizó el trabajo, lo entendió no como mera actividad económica, sino como proceso de objetivación de la vida. El trabajador, al transformar la naturaleza, se transforma a sí mismo. Pero en la lógica capitalista, esa autotransformación se invierte, el trabajo alienado convierte al sujeto en cosa y a la cosa en sujeto. La semiótica del capital opera aquí como fetichismo de los signos, el producto adquiere un aura de independencia, mientras el productor se borra del relato.


Destruir la historia de los derechos laborales significa, entonces, destruir la conciencia de clase. Y destruir esa conciencia es destruir la posibilidad de reconocer los signos de la explotación. En el plano semiótico, el enemigo no actúa sólo con leyes o decretos: actúa con imágenes, discursos y algoritmos que naturalizan la desigualdad. La publicidad, el entretenimiento y la “cultura corporativa” son armas semióticas en esta guerra contra el trabajo. La precarización no es sólo económica: es semántica. Hoy el trabajador es bombardeado por signos que le dicen que “trabajar más es ser más libre”, que “el éxito depende del esfuerzo individual” y que “el fracaso es culpa personal”.


Y todos los signos son terreno en disputa. Cada huelga, cada consigna, cada acto de resistencia comunica. Cuidar la historia de los derechos laborales es una tarea semiótica y política, hay que devolverle al signo “trabajo” su densidad histórica y su potencia emancipadora. Hay que reducar el lenguaje del trabajo desde la verdad material de las luchas. No se trata sólo de recordar, sino de resemantizar el pasado para dotarlo de fuerza presente. Asumir esta tarea, analizar los signos del trabajo no como objetos lingüísticos, sino como motores de la lucha de clases. En cada contrato, en cada símbolo institucional, en cada discurso de “innovación” laten signos del poder que necesitan ser descifrados, transparentados. 


Hacer del trabajo un signo revolucionario y no de opresión. No basta resistir en la calle, hay que resistir, también, en el sentido. Hay que volver a llenar de contenido la palabra “trabajo”, devolverle su vínculo con la vida y con la justicia. Porque el trabajo no es mercancía, es expresión del ser social. La historia de los derechos laborales no ha terminado, está rescribiéndose en cada lucha de resistencia, en cada batalla que se niega a aceptar la esclavitud con resignación.

La Jornada

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Toda la Universidad Internacional de las Comunicaciones debe transformarse en una fábrica de contenidos para la Paz

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

No perder tiempo. Esa afirmación encierra un mandato histórico del pueblo revolucionario de Venezuela, mandato filosófico y político que exige comprender el sentido profundo de las comunicaciones como praxis emancipadora. No se trata de una consigna moralista ni de un programa administrativo, sino de una orientación estratégica de la semiosis social hacia la construcción de una nueva hegemonía cultural capaz de derrotar el belicismo estructural del capitalismo. En una época donde la guerra ha sido convertida en espectáculo y mercancía, donde los medios son arsenales simbólicos al servicio del odio, la mentira y la deshumanización, la tarea de producir contenidos para la Paz es una tarea revolucionaria, científica y profundamente humanista. La Universidad Internacional de las Comunicaciones, nacida como instrumento de cooperación solidaria entre pueblos que resisten el colonialismo mediático, no puede permitirse la neutralidad ni el eclecticismo. Debe actuar como una fábrica de pensamiento y acción, como una maquinaria de conciencia que desmonte la lógica de la violencia estructural y reconstruya las bases comunicacionales del convivir humano sobre los cimientos de la verdad, la justicia y la fraternidad. En revolución.

Esta Paz no es la ausencia de guerra sino la presencia organizada de la justicia. Esa fórmula, tantas veces tergiversada, cobra un sentido materialista cuando se entiende que la guerra, en el capitalismo, es la forma más extrema de la acumulación por desposesión. Cada guerra mediática, cada guerra económica, cada guerra cognitiva es un dispositivo semiótico diseñado para reproducir el dominio del capital sobre la vida. Por eso, transformar la Universidad Internacional de las Comunicaciones en una fábrica de contenidos para la Paz significa construir una ingeniería semiótica contrahegemónica que desarme los aparatos simbólicos del odio. Significa producir significaciones capaces de disputar la subjetividad, reorganizar el deseo y rescatar el sentido de la vida común. No se trata de llenar pantallas con mensajes “positivos” ni de practicar un pacifismo naïf; se trata de comprender la Paz como proyecto histórico de emancipación, como construcción colectiva del porvenir socialista, como revolución de la comunicación y de la cultura.

No perder tiempo implica asumir la claridad dialéctica que exige la hora. Las desviaciones abundan, academicismos vacíos que discuten tecnicismos sin praxis, burocratismos que asfixian la creatividad, neutralismos que confunden la objetividad con la cobardía, fetichismos tecnológicos que subordinan el pensamiento a la moda. Cada desviación es una forma de distracción funcional al enemigo. La fábrica de contenidos para la Paz no puede ser un laboratorio de egos ni una vitrina de simulacros; debe ser un taller colectivo donde cada palabra, cada imagen y cada sonido estén cargados de responsabilidad histórica. El contenido para la Paz es el contenido que desmantela la mentira, que libera la verdad cautiva bajo la propaganda, que devuelve la voz a los pueblos silenciados por el ruido de las oligarquías mediáticas. Hacer comunicación para la Paz es hacer lucha de clases en el terreno del sentido.

Nuestra Universidad debe ser una trinchera creativa. No puede limitarse a la enseñanza de técnicas, sino que debe generar pensamiento emancipador, metodologías de investigación comprometidas con la transformación del mundo. Toda investigación que no contribuya a desmontar las estructuras de dominación mediática es estéril. Toda pedagogía que no enseñe a pensar la comunicación como instrumento de liberación es cómplice de la alienación. La Universidad Internacional de las Comunicaciones está llamada a ser el cerebro colectivo de la semiosis emancipadora, un lugar donde el conocimiento se transforme en acción y donde la acción retroalimente al conocimiento. Fábrica de contenidos, sí, pero entendida en el sentido marxiano de la producción, como proceso social en el que los seres humanos producen su mundo material y simbólico al producirse a sí mismos. Una fábrica de Paz significa un espacio donde el trabajo intelectual y creativo se organiza colectivamente para poner en común las fuerzas de la imaginación, la razón y la sensibilidad.

Ese capitalismo depredador necesita la guerra porque necesita mercados, despojos, destrucción de comunidades. Necesita enemigos para sostener la maquinaria del miedo que garantiza su dominación. Por eso ha convertido los medios de comunicación en armas. La propaganda imperial, el entretenimiento embrutecedor, el sensacionalismo, el racismo mediático, son las municiones de una guerra sin fronteras. Los algoritmos que manipulan las emociones, las redes que uniformizan la opinión, los discursos que demonizan a los pueblos que se rebelan, son instrumentos de combate. En ese contexto, la comunicación para la Paz debe ser una ofensiva intelectual y ética. Una fábrica de contenidos para la Paz no produce silencio, produce pensamiento crítico, produce conciencia. Es la fábrica que combate con la verdad, con la memoria, con la belleza y con la organización. No se trata de moralizar, sino de revolucionar la cultura del sentido.

Nuestro reto consiste en transformar el aparato universitario en un sistema dinámico de producción simbólica articulado con las luchas populares. La Universidad no puede estar aislada de la realidad ni de las necesidades concretas de los pueblos. Cada taller, cada aula, cada laboratorio debe estar conectado con las comunidades, con sus medios, con sus luchas, con sus sueños. Producir contenidos para la Paz significa producir herramientas para la defensa de la soberanía comunicacional. Significa formar profesionales que sean militantes de la verdad, constructores de un lenguaje descolonizado, capaces de desmontar los mitos del poder. Significa crear sistemas de producción audiovisual, gráfica, radiofónica y digital que acompañen las luchas sociales, que visibilicen las resistencias, que construyan una narrativa común de emancipación. La Universidad debe ser una red viva de productores de sentido comprometidos con el destino de la humanidad.

Para que esa fábrica de contenidos para la Paz funcione, debe operar bajo una lógica cooperativa, científica y ética. Cooperativa, porque la producción simbólica emancipadora no se concibe desde el individualismo sino desde la comunidad. Científica, porque la lucha en el terreno de la comunicación exige conocimiento riguroso de la realidad, de la ideología, de la historia y de la técnica. Ética, porque el contenido para la Paz no se fabrica desde el cálculo propagandístico sino desde la convicción de que la verdad y la justicia son inseparables. El comunicador de la Paz no es un repetidor de consignas, sino un investigador del sentido, un trabajador del lenguaje que comprende que cada palabra puede ser instrumento de liberación o de dominación. En la Universidad de las Comunicaciones debe formarse una nueva generación de obreros del signo, capaces de comprender la lucha semiótica en todas sus dimensiones.

No perder tiempo significa también entender que la comunicación no es un adorno del proceso político, sino su nervio. Cada desviación en el discurso, cada concesión a la banalidad o al oportunismo, fortalece la hegemonía enemiga. La fábrica de contenidos para la Paz no puede caer en la lógica de la “industria cultural” que mercantiliza la sensibilidad. No se trata de producir mercancías simbólicas que compitan en el mercado de la atención, sino de producir significaciones que abran conciencia, que siembren organización. La Paz no se comunica como espectáculo, se construye como relación dialéctica entre los pueblos y su historia. Por eso la fábrica de la Paz es también una escuela de rigor epistemológico, enseña a pensar la comunicación como producción material de relaciones humanas, como lucha por el sentido, como praxis histórica del humanismo de nuevo género.

Toda comunicación emancipadora es un acto de desobediencia frente al discurso dominante. Producir contenidos para la Paz es rebelarse contra el lenguaje de la guerra, contra la gramática de la dominación. Es devolverle a las palabras su potencia creadora, su capacidad de unir en vez de dividir, de construir en vez de destruir. La fábrica de contenidos para la Paz debe trabajar el lenguaje como territorio de emancipación, rescatar las palabras expropiadas por el enemigo, devolverles su verdad, su música, su energía popular. Por eso la Universidad Internacional de las Comunicaciones tiene la tarea de investigar la semiótica del poder para desmontarla y convertir sus mecanismos en herramientas de liberación. Cada mensaje emancipador debe ser el resultado de una investigación rigurosa, de una crítica materialista del signo, de una comprensión dialéctica de la historia y de una creatividad transformadora.

No hay Paz posible mientras el capitalismo domine la comunicación. La guerra no se limita a los misiles, se libra también en los discursos, en las imágenes, en los algoritmos, en los silencios. La fábrica de contenidos para la Paz debe comprender esa guerra en todas sus dimensiones y actuar con precisión estratégica. Debe saber identificar los puntos neurálgicos del conflicto simbólico, intervenir con inteligencia y crear relatos que desarmen la manipulación. Debe construir nuevas sensibilidades, nuevos modos de ver, de sentir, de pensar. La Paz como proyecto histórico es inseparable de una nueva estética de la solidaridad, de la ternura, de la justicia. La fábrica de la Paz produce belleza comprometida, verdad encarnada, razón sensible. No puede producir para el mercado; produce para la humanidad.

Nuestra tarea al servicio de “la revolución bonita” es inmensa, pero el tiempo es breve. Las desviaciones son tentaciones del reformismo, del espectáculo, del ego académico. Hay que mantener la brújula. Toda la Universidad Internacional de las Comunicaciones debe militar en la claridad, saber quién es el enemigo, cuál es la verdad que se defiende, cuál es el horizonte que se construye. Fábrica de contenidos para la Paz significa fábrica de conciencia crítica. Significa articular pensamiento, técnica y ética en una unidad de acción. Significa formar comunicadores capaces de intervenir en la historia, no de contemplarla. Significa que la Universidad se reconozca a sí misma como sujeto político y no como institución pasiva. No perder tiempo en desviaciones es no perder el hilo de la historia. Es entender que cada minuto cuenta cuando la humanidad se juega su destino entre la barbarie imperial y la civilización solidaria.

Hacer de la Universidad una fábrica de contenidos para la Paz es, en última instancia, hacer de la comunicación un proceso de humanización consciente. Cada signo emancipador que produzca la Universidad debe ser un gesto de amor organizado, un acto de inteligencia colectiva, un paso hacia la superación de la lógica del capital. No hay mayor urgencia que esa. No hay tarea más alta que poner el conocimiento, la palabra y la imagen al servicio de la vida. No perder tiempo en desviaciones significa entender que la historia no espera, exige compromiso, exige acción, exige verdad. Y la verdad, en nuestro tiempo, sólo puede ser revolucionaria. Comunicación para la liberación.

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Buen Abad alerta sobre el imperialismo y la necropolítica estadounidense

Prensa LAUICOM – El doctor y filósofo de la comunicación Fernando Buen Abad, en una entrevista con Rompiendo TV realizada el 29 de octubre de 2025, habla de los ataques a “lanchas sospechosas“ realizados por Estados Unidos, siendo caracterizado como “un asesinato impregnado de todo el horror del autoritarismo“. El doctor en filosofía afirma que E.E.U.U. sentencia, asesina a personas de las que nada se sabe y que así fueran narcotraficantes, no deben ser juzgadas sin debido proceso, sin juicio y sin pruebas. A su vez expresa el hecho de que no es necesario esperar más asesinatos, “basta con uno, para que el mundo tenga argumentos suficientes de repudio y rechazo ante estos desplantes criminales del gobierno norteamericano“.

Buen Abad menciona que existe un sin número de maneras en las que se podría hacer una caracterización al gobierno de los Estados Unidos, de las cuales destaca la necropolítica, en donde ellos deciden quien vive y quien muere, sin embargo el pensador crítico prefiere realizar una clarificación perfectamente transparente y agrega que “esto es un dispositivo de un gobierno asesino“.

Posteriormente comenta que esta estrategia llamada «lucha contra el narcotráfico», inventada por la Casa Blanca, quienes intentan ocultar que el eje y el mercado de este crimen organizado se encuentra en Estados Unidos, es realizada con el fin de obtener los recursos de latinoamérica.

«Hay que hacer un esfuerzo por entender nuestro presente, no caer en fake news y en los medios de comunicación que aplauden lo que está sucediendo y además nos presentan como ídolos a Donald Trump y a todos sus cómplices» menciona Buen Abad durante la entrevista.

Además ha expresado su preocupación sobre «¿Qué es lo que van a hacer los pueblos que no quieren más imperialismo, mientras se tiene la actitud del capitalismo en esta fase de destrucción?» y menciona tres necesidades de urgencia real contra la lógica del imperio, fundamentales para dar un batalla a corto plazo, y ayudar a los pueblos a conquistar el poder para sí mismos: primero consolidar la unidad en los pueblos y de los programas de lucha, segundo, es indispensable la autocrítica como ciencia de la reconstrucción de la fraternidad y tercero, recomponer la información de las agendas, realzando las voces de los que están en pie de lucha dando la batalla.

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Buen Abad desmonta el “triunfo” de Milei: fue pírrico y anti popular

Prensa LAUICOM – El doctor en Filosofía Fernando Buen Abad, en una entrevista con Rompeviento TV, calificó como un “triunfo pírrico” los resultados de las elecciones legislativas del 26 de octubre en Argentina, donde el partido de Javier Milei obtuvo una minoría relativa en los comicios de medio término.

Buen Abad indica que apenas el 60 % del padrón electoral acudió a votar, y de ese porcentaje, La Libertad Avanza logró solo el 40 %. El pensador crítico subrayó que la narrativa de “victoria aplastante” es una distorsión mediática que oculta una realidad social crítica: salarios devaluados, servicios básicos dolarizados y una clase trabajadora que no alcanza a cubrir sus necesidades mensuales.

Destacó que este escenario responde a un proyecto de saqueo económico impulsado por Estados Unidos, evidenciado por la celebración pública de Donald Trump, quien calificó a Milei como un “candidato maravilloso” y se atribuyó parte del resultado.

El filósofo advirtió que las reformas anunciadas (laboral y fiscal) buscan desmantelar derechos históricos de los trabajadores, convertir el empleo en trabajo precario y exonerar fiscalmente a grandes empresarios, mientras la carga impositiva recaerá sobre los sectores populares.

Criticó además la fragmentación y desconexión de la oposición argentina, incapaz de articular una alternativa ética y popular. Buen Abad describió una profunda “intoxicación informativa” que ha llevado a amplios sectores, incluso desempleados, a apoyar políticas que los perjudican.

Además emitió una advertencia continental: lo ocurrido en Argentina es una señal de alerta para toda América Latina. Sin una revolución de conciencias, educación popular y defensa de la soberanía comunicacional, los avances progresistas seguirán siendo vulnerables al avance neoliberal respaldado por el imperialismo.

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¿Qué tan emancipada está la emancipación?

Por: Fernando Buen Abad

Preguntar por el grado de emancipación de los “emancipadores” no es devaneo retórico ni capricho incómodo, es ocuparse por una herida abierta en el corazón mismo de los procesos revolucionarios. Interroga no sólo la coherencia subjetiva de quienes luchan por revolucionar las conciencias, sino la estructura semiótica, ética y epistemológica de toda praxis transformadora. Es preguntar, también, por la dialéctica entre conciencia y acción, entre subjetividad y totalidad social, entre discurso y hecho. En ella se condensan siglos de contradicciones no resueltas entre el ideal emancipador y las formas concretas —a veces corrompidas o burocratizadas— de su realización. Preguntarnos qué tan emancipados están los emancipadores es también preguntarnos qué tan libre es el pensamiento que los anima, qué tan descolonizada está su lengua, qué tan radical es su crítica de las formas del poder y qué tan capaces son de revolucionarse a sí mismos mientras intentan revolucionar al mundo. Con una semiótica de combate a fondo.

Urge una crítica sistemática de la cultura y una autocrítica profunda de la intoxicación cultural burguesa que todos, en mayor o menor medida, padecemos. No basta con denunciar los contenidos de la dominación mediática, hay que desentrañar sus mecanismos, sus ritmos, sus estéticas, sus lógicas de seducción que han penetrado incluso en la subjetividad de los revolucionarios. La intoxicación cultural burguesa no sólo habita las pantallas, también se infiltra en el lenguaje, en el humor, en los deseos, en las formas de amar y de imaginar el futuro. Esa contaminación simbólica es tan peligrosa como la represión directa, porque actúa desde dentro, disfrazada de gusto, de modernidad, de diversión. La crítica de la cultura, entonces, no puede ser un ejercicio académico; debe ser un acto político y autotransformador, una purificación dialéctica del pensamiento y de la sensibilidad que permita reconstruir el horizonte estético del pueblo como fuente de emancipación real.

I. La paradoja del emancipador atrapado en la semiosis burguesa

Un emancipador no surge fuera del mundo que combate; se forma en sus entrañas, en el fango de las relaciones sociales que lo determinan y condicionan. Marx lo comprendió con una lucidez insuperable, “Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante”. El emancipador nace en medio de esas ideas, las respira, las reproduce a veces sin advertirlo. Su conciencia crítica, por más elevada que sea, arrastra los signos, los lenguajes y las matrices simbólicas del orden que busca superar. De ahí que la emancipación —si se la entiende como ruptura total con las formas alienadas de conciencia— sea un proceso infinitamente inacabado.

También el emancipador está atrapado en una lucha semiótica, liberar el mundo exige liberar los signos que lo interpretan, y eso implica también liberar el pensamiento que los produce. La burguesía no domina sólo por la fuerza material; domina por la hegemonía semiótica, por la naturalización de su gramática del sentido, por su control del imaginario, del deseo, del tiempo, del valor. El emancipador, si no desmonta críticamente esa maquinaria simbólica, puede reproducir en su discurso los códigos del dominador, disfrazados de consignas redentoras. El capitalismo ha aprendido a neutralizar la radicalidad de los signos, a vaciar de contenido subversivo las palabras que antes ardían en las calles, “revolución”, “democracia”, “pueblo”, “libertad”. Cuando esas palabras se convierten en etiquetas de consumo político o en eslóganes electoralistas, el emancipador corre el riesgo de quedar prisionero del simulacro. Y si no advierte esa trampa semiótica, puede convertirse, sin saberlo, en portavoz de una liberación domesticada. Disfrazada, incluso, de cancionero “popular”.

II. Emancipar la conciencia emancipadora

No hay emancipación verdadera sin autocrítica radical. Toda revolución que no enfrenta el fardo ideológico, estético y cultural burgués, mata la posibilidad de seguir emancipándose. El emancipador debe emanciparse también de sus certezas, de su propio ego mesiánico, de la tentación de creer que ya “posee” la verdad. La verdad revolucionaria no es propiedad de nadie, es proceso dialéctico, construcción colectiva, crítica viva. Marx lo advirtió en su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, “Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz del hombre es el hombre mismo.” Esa radicalidad exige que el emancipador se examine como producto de las contradicciones históricas. No se trata de purismo moral, sino de coherencia científica, sin emancipación del pensamiento no hay emancipación de la praxis. El peligro está en que los emancipadores se burocraticen. Cuando la organización revolucionaria pierde de vista las tareas de liberación en los territorios de las subjetividades, cuando se fetichiza a sí misma con auto-proclamaciones de superioridad, el proceso emancipador degenera en dogmatismo. Entonces el lenguaje revolucionario se transforma en lengua muerta, conserva la forma de la rebeldía, pero pierde su contenido dialéctico. En ese punto, la emancipación se vuelve decorativa; el emancipador, un funcionario del ideal.

III. Emanciparse de la ideología dominante

Quien ha pasado toda su vida combatiendo por la emancipación del proletariado puede creer que él es la revolución. La historia está llena de emancipadores que, en nombre del pueblo, terminaron reprimiendo al pueblo; de liberadores que fundaron nuevas servidumbres; de tribunos que confundieron la autoridad moral con el derecho a decidir por los demás. El narcisismo revolucionario es una forma sofisticada de alienación burguesa. Consiste en sustituir la praxis colectiva por el culto al yo heroico. Y esa forma del yo es producto del mismo individualismo burgués que el emancipador decía combatir. El héroe solitario es la caricatura liberal del sujeto emancipador. La revolución no necesita héroes sino sujetos colectivos con programa anticapitalista, hombres y mujeres en los que la conciencia individual se reconoce como parte de una totalidad social y simbólica más amplia. El emancipador que no se emancipa del poder ideológico y su falsa conciencia, del prestigio, del reconocimiento, de la vanidad intelectual o política, reproduce dentro del movimiento la lógica del capital simbólico. Así como la burguesía acumula plusvalía económica, hay emancipadores que acumulan “plusprestigio”, “pluspalabra”, “plusautoridad”. Son formas de fetichismo del liderazgo que corrompen la confianza colectiva y debilitan la potencia creativa del pueblo.

IV. La emancipación como proceso semiótico

Hay que insistir en que la emancipación no puede reducirse a un acto económico, es una transformación semiótica del mundo. Implica desmantelar los signos que sostienen la dominación y crear nuevos modos de significar la realidad. En este sentido, la emancipación es también una revolución del lenguaje, de las metáforas, de los imaginarios, de la sensibilidad. Nuestra Filosofía de la Semiosis enseña que los sistemas simbólicos son, en última instancia, sistemas de poder. Quien domina los códigos domina las posibilidades del sentido. Por eso, el emancipador verdaderamente emancipado debe actuar como un creador de signos nuevos, no como un repetidor de consignas. Debe poner en crisis las gramáticas heredadas, desmontar las estructuras de clase que definen qué puede decirse, qué puede pensarse, qué puede soñarse.

Un pueblo emancipado es aquel que puede nombrar su mundo con sus propias palabras también emancipadoras. Y un emancipador emancipado es aquel que no teme aprender de ese pueblo en lucha permanente, nuevas formas de lenguaje, nuevas poéticas del sentido. No hay emancipador emancipado si no se deja transformar por la semiosis del pueblo en lucha, si no escucha la sabiduría de las masas rompiendo cadenas.

V. Emanciparse de las hegemonías del dogma

Toda doctrina, incluso la revolucionaria, si se descuida tiende a fosilizarse. Lo que nació como crítica viva puede convertirse en ortodoxia petrificada. La emancipación de los emancipadores radica entonces en des-dogmatizar su pensamiento, por mantener la dialéctica abierta, por defender el espíritu crítico incluso frente a sus propias tradiciones. No se trata de relativismo ni de eclecticismo posmoderno. Se trata de fidelidad a la verdad en movimiento revolucionario. El marxismo, en su forma más elevada, no es un sistema cerrado sino una ciencia crítica abierta a su propia auto-transformación. “No es tarea nuestra —escribió Marx en una carta de 1879— anticipar dogmáticamente el mundo nuevo, sino encontrarlo en el movimiento de la realidad.” El emancipador que se aferra a fórmulas, que sustituye la investigación por la cita, que confunde el estudio con el ritual, que teme el pensamiento nuevo, se des-emancipa. Vuelve a ser esclavo de la tradición, aunque esa tradición sea revolucionaria. La fidelidad al marxismo exige creatividad, no repetición. Exige praxis, no liturgia.

VI. La dimensión ética de la emancipación

Emanciparse es también asumir una ética. Pero no una ética abstracta, sino una ética materialista, nacida del trabajo, de la solidaridad, de la verdad objetiva del sufrimiento humano y de su búsqueda de la felicidad de los iguales. El emancipador que no vive en coherencia con esa ética, que traiciona con su conducta los principios que proclama, destruye la credibilidad de la revolución. No hay emancipación posible sin honestidad, sin autocrítica, sin humildad ante el pueblo. Fidel Castro lo expresó con claridad, “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado.” Ese “todo” incluye también los vicios internos del movimiento revolucionario, las rutinas mentales, las corrupciones simbólicas, las inercias burocráticas. El consumismo, la tolerancia, la vulgaridad, la mediocridad y el mal gusto burgués. Un emancipador emancipado es aquel que se somete al juicio del pueblo y no al de su propio ego o sus placeres. Que se mide por la eficacia colectiva de su acción, no por el brillo personal de su celebridad. Que comprende que la emancipación no se decreta, se conquista; y que esa conquista comienza por uno mismo, por la renuncia a toda forma de privilegio, incluso el privilegio moral de sentirse “más consciente” que los demás.

VII. Emancipar la inteligencia, ciencia y conciencia

Emancipar sin ciencia es imposible. Pero la ciencia emancipadora no es la ciencia positivista, sino la ciencia dialéctica que comprende la totalidad como proceso y el conocimiento como praxis transformadora. Emancipar la inteligencia implica liberarla del pragmatismo, del empirismo fragmentario, del utilitarismo ideológico. El emancipador debe ser un trabajador de la verdad, no un propagandista del entusiasmo. Su tarea no es sólo movilizar, sino organizar. No se trata de “motivar” emocionalmente al pueblo, sino comprender científicamente las causas de su opresión. La conciencia revolucionaria no es un estado de ánimo, es una forma superior del conocimiento social y su praxis. Pero esa ciencia no puede ser elitista. La emancipación científica del pensamiento debe democratizar el saber y su crítica, debe transformar el conocimiento en fuerza productiva de la conciencia colectiva. Cuando la ciencia se encierra en academias o se convierte en propiedad de minorías ilustradas, el emancipador se aleja del pueblo. La verdadera emancipación intelectual consiste en socializar el pensamiento revolucionario, en convertir la crítica en bien común.

VIII. Emancipar el tiempo y la esperanza

Un emancipador también debe emanciparse del tiempo burgués, el tiempo lineal del productivismo, del éxito, del resultado inmediato. La revolución no se mide en calendarios electorales ni en plazos de marketing político. Es un proceso histórico que requiere paciencia estratégica y simultáneamente urgencia ética. Emanciparse del tiempo burgués es recuperar el tiempo de la esperanza en pie de lucha, que no es pasividad sino conciencia de la historia. Es entender que cada acto, por pequeño que parezca, participa de una totalidad de luchas que trasciende generaciones. El emancipador emancipado no se desespera por los lentos ritmos de cierta transformación, sabe que su tarea hoy es preparar el futuro, sembrar y fructificar las condiciones de la emancipación, incluso si no verá algunos frutos.

IX. La autocrítica como forma de emancipación permanente

Un emancipador no debe bailar ni cantar la basura mediática burguesa porque en cada ritmo prefabricado, en cada letra vaciada de sentido, se reproduce la colonización simbólica del capital. La industria cultural no produce arte, produce obediencia estética, domestica los cuerpos, anestesia las conciencias y uniforma la sensibilidad. Cuando el emancipador se deja arrastrar por esa coreografía del mercado, su cuerpo se vuelve signo de rendición; su gestualidad, mercancía; su energía, espectáculo. La burguesía ha convertido el goce en anestesia y la música en dispositivo de control. Frente a eso, el emancipador debe construir otra sensibilidad sonora y visual, un arte de la emancipación, no del adormecimiento.

Por eso el proceso de emancipación del emancipador no tiene fin. Cada conquista abre nuevas contradicciones, cada victoria encierra sus peligros. El único antídoto contra la degeneración del poder revolucionario es la autocrítica colectiva, sistemática, científica. Autocrítica no significa autoflagelación ni confesionalismo moral; significa análisis dialéctico de las contradicciones internas. Significa reconocer los errores, pero también comprender sus causas estructurales, sus raíces en las condiciones materiales y simbólicas del proceso. La autocrítica es la forma superior de la lealtad revolucionaria. El emancipador que se autocritica no se debilita, se fortalece, porque fortalece la inteligencia del colectivo. Sin autocrítica no hay aprendizaje histórico, y sin aprendizaje no hay emancipación.

No se trata de moralismo ni de puritanismo estético. Se trata de comprender que el capitalismo organiza el deseo y el gusto para convertirlos en mercancías de alienación. Cuando el emancipador se apropia del repertorio burgués —sus “rolas”, sus bailes, sus modas—, no está siendo “popular”, está siendo funcional a la hegemonía del enemigo. La cultura del capital infiltra su gramática en los cuerpos; enseña a moverse, a hablar, a sentir, según las coordenadas del consumo. El emancipador no puede repetir esos signos sin corromper su mensaje, sin diluir la potencia simbólica de la revolución. Debe, por el contrario, crear una nueva estética de la dignidad, donde el cuerpo no se mercantilice sino que exprese libertad, donde la música sea comunión y no mercancía.

Un emancipador no necesita los histrionismos ególatras de la farándula ni las poses vacías de la celebridad. Su presencia no debe ser espectáculo sino testimonio. Su palabra no debe competir con los “influencers” del mercado, sino brillar por la verdad que porta. Cada gesto suyo, cada modo de vestir, de hablar, de reír, debe nacer de la ética revolucionaria que lo guía. La revolución también se libra en el terreno de la estética cotidiana, en el modo de mirar, de escuchar, de amar. Por eso el emancipador emancipado no baila la música del opresor ni canta sus himnos, compone otros ritmos, otras palabras, otros gestos donde el pueblo se reconozca libre, sin máscaras ni sometimientos.

X. Hacia una nueva figura del emancipador

Un militante emancipador emancipado no es el líder carismático ni el burócrata disciplinado, sino el militante consciente de su propia incompletud. Es el que entiende que la emancipación es un proceso sin fin, una construcción semiótica, ética y política que requiere permanente renovación. Su figura es colectiva, no se eleva por encima del pueblo, se disuelve en él como semilla. No se mide por el número de discursos pronunciados, sino por la cantidad de conciencias que ayuda a despertar mientras despierta la suya. No se siente “dueño” de la revolución, sino instrumento de una fuerza histórica que lo trasciende. El emancipador emancipado es, en última instancia, un semiólogo de la liberación, alguien que comprende que el poder se disputa también en el terreno del sentido, y que, por tanto, la lucha política es inseparable de la lucha por un lenguaje nuevo, por una estética de la dignidad, por una ética del amor social.

XI. Emanciparse para emancipar

¿Qué tan emancipados están los emancipadores? Depende de su capacidad de mantener viva la dialéctica entre teoría y praxis, entre conciencia y autocrítica, entre revolución del mundo y revolución del pensamiento. Ningún emancipador está plenamente emancipado, porque la emancipación no es un estado, es un movimiento perpetuo. Cada día, cada gesto, cada palabra debe revisarse a la luz del horizonte que se proclama. No se puede liberar al pueblo con las formas mentales del opresor; no se puede construir el comunismo con las categorías simbólicas del capital.

Emanciparse, entonces, es también descolonizar la conciencia, des-patriarcalizar la práctica, des-mercantilizar el lenguaje, des-alienar el deseo. Es hacer de la revolución un acto de creación simbólica constante, una pedagogía de la libertad, una ética de la verdad. Sólo así los emancipadores podrán emanciparse de su propio reflejo, y sólo entonces la emancipación dejará de ser promesa para convertirse en realidad viva, el momento en que la humanidad se reconoce a sí misma en su poder creador, libre de toda dominación, dueña de su destino y de su palabra.

Ninguna izquierda está a salvo de la intoxicación mediática burguesa, sus dispositivos penetran incluso en los espacios más combativos, modelando inconscientemente los hábitos, las emociones y los lenguajes. No hay lugar para el disgusto cuando se detecta el coloniaje simbólico del capital en las entrañas de su cotidianidad, porque reconocerlo es un deber revolucionario, no una ofensa personal. Y no hay lugar tampoco para la coartada de la “diversión” ingenua, nada en el orden cultural burgués es inocente. Cada canción, cada moda, cada bailecito…cada gesto mediático está diseñado para desactivar la conciencia crítica y domesticar la sensibilidad. Asumirlo con serenidad y rigor, sin sentimentalismos, es el primer paso para liberar a la izquierda de sus reflejos coloniales y devolverle la capacidad creadora que necesita para construir una cultura verdaderamente emancipadora.

Telesur

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¡No Kings! La fuerza del pueblo frente al autoritarismo

Prensa LAUICOM- Las movilizaciones masivas en Estados Unidos bajo la consigna “¡No Kings!” (¡No Reyes!) han marcado un hito en la resistencia civil contemporánea. Estas protestas, surgidas principalmente en rechazo a las políticas migratorias y al estilo autoritario de figuras como Donald Trump, descrito por muchos como un “reyzuelo”, van mucho más allá de una simple queja: expresan el cansancio acumulado durante décadas ante la desigualdad, la represión, el racismo y la explotación.

El filósofo Fernando Buen Abad, rector fundador de la Universidad de la Filosofía, subraya que llamarlas simplemente “protestas” es una estrategia mediática para minimizar su verdadero alcance. Buen Abad menciona que detrás de estas movilizaciones hay una demanda profunda por el derecho a la existencia, la libertad ciudadana y la dignidad colectiva.

Las calles se han convertido en espacios de poesía política, donde personas de distintos orígenes (migrantes, trabajadores, mujeres, jóvenes) se unen para decir “¡Ya basta!”. No solo rechazan a un líder, sino todo un sistema que normaliza la injusticia y criminaliza la disidencia.

Estas acciones colectivas demuestran que, incluso en el corazón del poder global, el pueblo sigue siendo sujeto activo de cambio. La consigna “No Kings” no es solo un grito contra la tiranía, sino una afirmación de que ningún ser humano debe someterse a otro.

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Tercera edición del Encuentro Internacional de Publicaciones Teóricas de Partidos y Movimientos de Izquierda

Prensa LAUICOM- En el marco del III Encuentro Internacional de Publicaciones Teóricas de Partidos y Movimientos de Izquierda, celebrado en la Universidad del Partido Ñico López en La Habana, se reafirmó la urgencia de fortalecer la unidad de la izquierda global frente a la ofensiva imperialista y el resurgimiento de un fascismo de nuevo tipo. Roberto Morales Ojeda, miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba, subrayó en la inauguración que estos espacios son “urgentes” para promover “las ideas más avanzadas de la izquierda, el pensamiento crítico y la acción política conjunta”, en un momento marcado por la carrera belicista de Estados Unidos y la necesidad de preservar la paz.

Durante el panel “Teoría revolucionaria frente a nuevos desafíos y fascismo de nuevo tipo”, la diputada venezolana Iris Varela repasó los hitos de la Revolución Bolivariana y destacó la “resistencia especializada” ante sanciones y ciberataques. José Luis Centella, representante de España, alertó sobre la decadencia del Norte global y su giro fascista, mientras que Nguyen Xuan Thuy, representante de Vietnam, compartió la experiencia de desarrollo bajo dirección comunista. Vasuki Umanath representante de India, vinculó la lucha de clases, anticolonialismo y antifascismo, y Tim Joye, representante de Bélgica denunció la manipulación mediática y los recortes sociales en Europa.

El intelectual mexicano Fernando Buen Abad, colaborador de la agencia, rindió homenaje a la pasión lectora de Chávez y Fidel y enfatizó que “la agenda teórica no la resuelven genios académicos, sino las protestas campesinas, laborales y populares”. Por su parte, Abel Prieto llamó a construir un frente comunicacional ético que rescate la verdad frente a la postverdad, recordando la frase de Fidel: “Por Venezuela estamos dispuestos a dar nuestra propia sangre”.

En esta transición histórica, “entre lo viejo que tarda en morir y lo nuevo que demora en nacer”, según Gramsci, LAUICOM reafirma su compromiso con una comunicación antiimperialista, popular y al servicio de la emancipación, formando comunicadores que piensen desde y con los pueblos en resistencia.

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Cuando el Nobel bendice la traición: operación política bajo manto de paz

Prensa LAUICOM- En una vídeollamada con Rompeviento TV, el doctor en Filosofía Fernando Buen Abad destacó que el Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado responde a una operación política orquestada desde el Congreso estadounidense. Una carta firmada en agosto de 2024 por el senador Marco Rubio y otros legisladores ya solicitaba este galardón como parte de una estrategia para legitimar la injerencia en Venezuela.

Buen Abad recordó que Machado ha promovido guarimbas, linchamientos y la intervención militar extranjera, llegando a suplicar ante foros internacionales que EE.UU. bombardee su propio país. “Están premiando la traición, la violencia y el saqueo de los recursos venezolanos”, afirmó.

El intelectual vinculó este reconocimiento con la fase superior del imperialismo descrita por Lenin: el control de recursos estratégicos, petróleo, oro, agua, tierras raras, mediante operaciones políticas encubiertas. Como ejemplo, citó el reciente acuerdo entre EE.UU. y el gobierno argentino de Javier Milei, que entrega el manejo del tipo de cambio al Tesoro estadounidense y exige la expulsión de China del país.

Además, criticó la hipocresía del Comité Nobel, que ha premiado a figuras como Henry Kissinger y Barack Obama, mientras ignora luchas legítimas en África y de pueblos originarios. “Han firmado el acta de defunción del Premio Nobel de la Paz”, señaló. Frente a esta ofensiva imperial, Buen Abad llamó a una contraofensiva continental basada en la unidad popular, la defensa de la soberanía y el rechazo a las divisiones impuestas.

Guerra cognitiva contra Cuba

Por Fernando Buen Abad Domínguez 

Además de todos lo bloqueos económico-políticos, el imperialismo despliega contra Cuba la guerra cognitiva más prolongada, sistemática y sofisticada en el inventario de dominación semiótica en nuestra época. No se libra solamente contra un territorio, ni contra un gobierno, se libra contra una posibilidad histórica del pensamiento humano. Cuba no es sólo un país; es una semiosis emancipadora, una arquitectura simbólica que condensa la experiencia de […]

Además de todos lo bloqueos económico-políticos, el imperialismo despliega contra Cuba la guerra cognitiva más prolongada, sistemática y sofisticada en el inventario de dominación semiótica en nuestra época. No se libra solamente contra un territorio, ni contra un gobierno, se libra contra una posibilidad histórica del pensamiento humano. Cuba no es sólo un país; es una semiosis emancipadora, una arquitectura simbólica que condensa la experiencia de la dignidad organizada. Atacar a Cuba es atacar la hipótesis de la libertad consciente. Por eso, el enemigo despliega sobre ella todo su arsenal de distorsión cognitiva, manipulación perceptiva y colonización emocional.

I. Semiótica de una agresión prolongada

Toda guerra es una disputa por el sentido. Pero en la guerra cognitiva, el sentido mismo es convertido en arma. Se ataca la capacidad de una sociedad para interpretar su realidad, para amarse en su historia, para pensarse desde su propia experiencia. Contra Cuba se ha diseñado una maquinaria de des-semantización, cuyo objetivo no es destruir físicamente, sino vaciar semánticamente los signos de la Revolución, hacer que “soberanía” signifique aislamiento, que “socialismo” signifique atraso, que “revolución” signifique dictadura. El imperialismo semiótico consiste precisamente en imponer el diccionario de la dominación como si fuera lenguaje universal.

Durante más de seis décadas, Cuba ha sido laboratorio y espejo, el laboratorio donde se ensayan nuevas tecnologías de persuasión imperial, y el espejo donde el mundo observa, según su conciencia, la dignidad o la rebeldía de un pueblo que decidió pensarse sin amos. La agresión cognitiva no se limita a los titulares de prensa o los guiones de Hollywood, infiltra las matrices de percepción, los algoritmos de la emoción, las estructuras de deseo.

II. Armas cognitivas, del rumor a la neurosemiótica del odio

Sus armas cognitivas son “invisibles” pero letales. No disparan balas, sino metáforas envenenadas. No ocupan territorios, sino cerebros. La inteligencia imperial trabaja sobre un principio que la semiótica crítica debe desnudar, dominar es controlar la interpretación. Por eso se fabrican microclimas semióticos —escenarios donde las palabras se cargan de pasiones inducidas—, y se suplantan las categorías de análisis por estímulos emocionales prefabricados.

Sus redes sociales imperiales se han convertido en los nuevos campos de batalla, algoritmos de inteligencia artificial monitorean reacciones, segmentan poblaciones y adaptan mensajes según los puntos de quiebre psicológicos de cada grupo. Esta es la neuro-semiótica del odio, una maquinaria que busca detonar emociones disolventes, desactivar la memoria histórica, inducir frustración y culpar al socialismo de los efectos del bloqueo. La estrategia no es debatir ideas, sino saturar la conciencia de afectos tóxicos hasta anular la capacidad crítica. Cuba es sometida a una agresión donde las fake news son una bala simbólica y cada silencio mediático es una bomba de vacío. Así opera la ingeniería del desprestigio, no se busca refutar la Revolución, sino intoxicar la percepción de tal modo que el concepto de Revolución pierda su poder convocante. Y entonces dicen que es una “dictadura”.

III. Ontología del bloqueo cognitivo

Su bloqueo económico, político y financiero tiene correlatos en el bloqueo cognitivo. Se trata de impedir que el mundo piense a Cuba como posibilidad, de aislarla del pensamiento planetario mediante una muralla de prejuicios. El bloqueo cognitivo produce una realidad invertida, el agresor aparece como defensor de la libertad, y la víctima, como represor. Es el terrorismo semántico del lenguaje colonial.Nuestra filosofía de la semiosis propone que cada acto de interpretación es una batalla por el ser. Lo que se bloquea en Cuba no es sólo la entrada de mercancías, sino la circulación de significados emancipadores. El imperialismo necesita impedir que las palabras “educación gratuita”, “médico internacionalista” o “solidaridad” se vuelvan deseables para los pueblos. Por eso promueve un sistema mundial de intoxicación semiótica donde la pobreza espiritual se disfraza de progreso.

IV. Ingeniería de la percepción, el mito de la “sociedad cerrada”

Una de las operaciones más finas del ataque cognitivo es el mito de la “sociedad cerrada”. Se construye una narrativa que pinta a Cuba como un enclave detenido en el tiempo, sin libertades, sin creatividad, sin alegría. Es la vieja retórica colonial, pero ahora con estética de Netflix y gramática de influencer burgués. Se confunde deliberadamente la crítica con la calumnia, el análisis con el sarcasmo. Su objetivo es inducir una culpabilidad ontológica, que el pueblo cubano sienta vergüenza de su revolución, que parezca vieja, que la juventud interiorice como “atraso” lo que es en realidad coherencia ética y fututo pleno. Así se pretende vaciar de sentido el heroísmo cotidiano, las colas compartidas, la invención colectiva frente a la escasez. El enemigo quiere que cada carencia material se traduzca en desmoralización simbólica. En derrota moral.

V. Resistencias cognitivas, semiosis de la dignidad

Pero hay otra guerra —silenciosa, profunda, creadora— que Cuba libra con genialidad, la guerra por el sentido emancipado. Cada alfabetizador, cada médico internacionalista, cada músico o maestro, son guerrilleros de la semiosis. En ellos, el signo no se vende ni se arrodilla, se comparte. La cultura revolucionaria cubana ha demostrado que el signo liberado del fetiche mercantil puede ser fuente ética de belleza y conciencia. Cuba resiste no sólo con vacunas, sino con símbolos. En su cine, su poesía, su educación y su comunicación, late una epistemología de la dignidad. En la palabra y la presencia imborrable de Fidel, de Raúl, del Che y de Camilo. Se trata de una praxis semiótica de nuevo género, no busca “competir” en el mercado simbólico, sino des-mercantilizar la producción del sentido. En un planeta donde el entretenimiento se ha convertido en anestesia global, Cuba insiste en la memoria, en la palabra crítica, en el arte como forma de verdad.

VI. Filosofía del ataque, el miedo a la conciencia

¿Por qué tanto odio contra un pequeño país pleno de dignidad que cura enfermos y enseña a leer? Porque el imperialismo teme más a una idea que a un ejército, teme a la conciencia. La guerra cognitiva contra Cuba no se explica por la geopolítica, sino por la semiótica del miedo. Cuba demuestra que es posible una sociedad donde los medios, los modos y las relaciones de producción de sentido no sean propiedad privada, donde la cultura sea bien común, donde la inteligencia colectiva venza al lucro. Esa demostración, aunque imperfecta y asediada, es insoportable para el orden burgués mundial. El capitalismo necesita que la humanidad crea que no hay alternativa. Cuba demuestra lo contrario. Por eso hay que destruirla no físicamente —sería demasiado evidente— sino simbólicamente, de manera que el mito del “fracaso socialista vetusto” se imponga como verdad psicológica. La guerra cognitiva es la forma contemporánea del terrorismo epistemológico.

VII. Hacia una contraofensiva semiótica

Responder a esta guerra requiere más que comunicación, requiere una Filosofía de la Semiosis revolucionaria. Es preciso crear inteligencia de la conciencia, sistemas científicos para detectar, analizar y desmontar las operaciones cognitivas del enemigo. No se trata de propaganda, sino de epistemología militante. Cuba puede ser vanguardia también en este frente si convierte su acumulado cultural en un laboratorio mundial de comunicación emancipadora. Cada escuela, cada radio comunitaria, cada red de pensamiento puede ser un nodo en la red de la semiosis liberadora. La defensa del pensamiento es la defensa de la vida. Hay que alfabetizar cognitivamente a los pueblos, enseñar a leer los signos del enemigo, a detectar las trampas de la emocionalidad inducida, a desarmar las metáforas del poder. La semiótica de la Revolución debe volverse un método cotidiano, pensar críticamente cada imagen, cada palabra, cada gesto.

VIII. Conclusión, el signo emancipado y emancipador como trinchera

Esa guerra cognitiva contra Cuba es la expresión más avanzada del colonialismo simbólico, pero también el escenario donde se forja la nueva ciencia de la emancipación comunicacional. Frente a los arsenales del engaño, Cuba responde con la lucidez de su pueblo, con el poder de su cultura, con la ética de su memoria. Cuba no es sólo víctima, es maestra. Enseña que la dignidad, cuando se vuelve método de pensamiento, desarma imperios. Enseña que el signo, cuando se libera del fetiche capitalista, puede ser trinchera y horizonte. Enseña que la conciencia, cuando se organiza, es invencible. En la era de la inteligencia artificial y la manipulación masiva, la Revolución cubana sigue siendo el acontecimiento semiótico más audaz del siglo XX que aún pulsa en el XXI, una revolución del sentido, un acto de soberanía cognitiva. Defenderla es defender la posibilidad misma de pensar libremente. Porque la guerra cognitiva contra Cuba es, en el fondo, una guerra contra la humanidad pensante. Y resistirla —con ciencia, arte y conciencia— es la forma más alta de amor por la verdad.

Por todo eso, la operación para quebrar la fuerza simbólica de Fidel Castro combina la técnica fría del sabotaje con la arquitectura emocional de la difamación, no basta con conspirar para eliminar al líder físicamente, había que corroer su aura, transformar su presencia pública en fábula de fracaso y ridículo. Desde planes encubiertos descritos en documentos oficiales hasta campañas de radio y folletos diseñados para sembrar desconfianza, la estrategia fue siempre doble,desautorizar la palabra de Fidel y, simultáneamente, reescribir la memoria colectiva que lo legitimaba. 

Todos los expedientes desclasificados muestran que la CIA y redes asociadas ensayaron tanto la aniquilación física como la degradación simbólica —desde el asedio mediático hasta propuestas grotescas pensadas para humillar (los famosos ‘cigarros’, la manipulación de su imagen, el sabotaje de discursos)— porque sabían que la huella moral de Castro excedía cualquier blanco militar, atacarlo públicamente era atacar el epicentro narrativo de la Revolución. La violencia semiótica fue por tanto una prolongación instrumental de la agresión política. A ese repertorio se sumaron actores exógenos y locales que alimentaron una guerra total de rumores, falsas atribuciones y operaciones de prensa —desde militantes anti-castristas hasta grupos de la diáspora que trabajaron como multiplicadores—. La desinformación se alimentó de una lógica precisa, convertir la excepcionalidad ética del proyecto cubano en anécdota escandalosa; traducir la solidaridad internacional en fraude; hacer creer que el liderazgo moral de Fidel no es otra cosa que cinismo y simulacro. 

Filosóficamente, el ataque a Fidel revela la desesperación del poder hegemónico ante la posibilidad de un ethos alternativo, no se trata sólo de vencer a un hombre, sino de neutralizar una forma de hablar, de actuar y de convocar a la esperanza colectiva. Por eso la contraofensiva emancipadora debe reparar en la dimensión simbólica de la lucha,recuperar la narrativa, reinstalar la memoria crítica, desactivar la bomba semántica del descrédito y volver a convertir la palabra en praxis. Sólo así se desarma la operación que quiso convertir a Fidel en una advertencia y no en un ejemplo de insurgencia moral. “Impedir que sea Dios”.

Tal Guerra Semiótica contra el socialismo es el laboratorio donde el capitalismo fabrica su gramática del miedo. Se trata de una ofensiva total sobre el lenguaje y la imaginación, el enemigo no combate una doctrina económica, sino una forma de sensibilidad. Se manipula el signo “socialismo” hasta saturarlo de connotaciones negativas, fracaso, represión, miseria. Es una guerra donde los conceptos se sustituyen por reflejos condicionados, donde la palabra “colectivo” se asocia a pérdida de libertad y la palabra “mercado” a sinónimo de vida. El capitalismo, maestro en la fabricación de fetiches, necesita que el socialismo sea percibido como una patología de la historia, una desviación contra natura del individuo moderno. Así se implanta la semiótica del miedo al nosotros, la anestesia de clase que impide imaginar cualquier comunión solidaria que no pase por el consumo.

Pero la semiótica socialista, aunque asediada, guarda una potencia latente que el capitalismo teme, su capacidad de traducir la justicia en belleza, la cooperación en conocimiento, la equidad en horizonte simbólico. Por eso el enemigo no deja de atacar su lenguaje, infiltra sarcasmos en la educación, banaliza su historia, caricaturiza sus logros. Quiere envejecerlos a toda costa. Es un intento de vaciar de alma a la idea misma de emancipación. Sin embargo, allí donde la palabra “socialismo” logra recuperarse de la calumnia y volver a ser semilla de esperanza, se produce un milagro epistemológico, la conciencia se emancipa del fetiche, el signo vuelve a ser instrumento de verdad y la lucha de clases se convierte en lucha por la significación del mundo.

Por eso necesitamos la dialéctica de la autocrítica como antídoto científico frente a la petrificación del signo revolucionario en medio de la Guerra Simbólica. Ningún proyecto emancipador puede sostener su potencia si no revisa, con rigor y valentía, las formas en que produce y comunica sus propios significados. En un escenario donde el enemigo domina la semiosis global —las emociones, los relatos, los algoritmos—, el peligro no es sólo ser derrotado por la mentira, sino repetirla sin advertirlo. Síndrome de Estocolmo semiótico. La autocrítica es la forma más alta de inteligencia colectiva, la conciencia de que incluso las causas justas pueden enmudecer bajo los escombros de su propia retórica si no renuevan sus modos de decir y de sentir. En la guerra del sentido, el error no se paga sólo con confusión, sino con desafección. La revolución que no se analiza a sí misma, que no indaga sus fallas comunicacionales, se vuelve su propio enemigo simbólico.

Es extremadamente urgente, para todos nosotros, una redirección en la batalla semiótica par la emancipación. De la mano de Cuba. Autocriticarse no es autodestruirse, sino garantizar que la verdad de los fines no sea traicionada por los medios. Es un ejercicio de higiene semiótica, una pedagogía de la lucidez, una práctica que impide que la conciencia se fosilice en consignas vacías. En la Guerra Simbólica, donde el adversario convierte cada debilidad en espectáculo y cada contradicción en prueba de “fracaso”, la autocrítica es una forma de ofensiva, revela la madurez ética de un movimiento capaz de pensarse y corregirse sin pedir permiso al enemigo. Sólo una semiosis viva —capaz de autorregularse, de integrar el error como aprendizaje— puede mantener la iniciativa cultural. Allí donde hay autocrítica, hay revolución pensante; allí donde falta, comienza la domesticación del símbolo y el triunfo de la impostura. Y no hay tiempo que perder. 

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Acta de defunción para el Premio Nobel de la Paz

Por Fernando Buen Abad Domínguez

I. Declaración inicial

Se extiende el acta de defunción al llamado “Premio Nobel de la Paz”, muerto por causas estructurales y degenerativas propias del sistema capitalista que lo engendró. Su muerte ocurrió en plena era de la guerra económica, militar, financiara y mediática, bajo la presión del golpismo imperialista de una burguesía que convirtió la “paz” en mercancía macabra y espectáculo de inmoralidad. No fue un fallecimiento súbito. Fue una agonía lenta, sostenida por discursos de filantropía hipócrita, por aparatos mediáticos que anestesiaron conciencias, por fundaciones que hicieron de la guerra un negocio y de la paz un pretexto.

La fecha de defunción se inscribe en la cronología difusa del capitalismo tardío, cuando las guerras preventivas se declararon “humanitarias”, cuando las bombas se presentaron como portadoras de democracia y cuando los premios —en lugar de la justicia— se convirtieron en absoluciones para los verdugos.

II. Causas del fallecimiento

Murió el Premio Nobel de la Paz de sobredosis de cinismo. La paz que decía exaltar fue consumida por la misma lógica del capital que fabrica enemigos, que necesita de la guerra para reproducirse, y que lava su rostro ensangrentado en los templos del prestigio burgués. Murió envenenado por su propia contradicción: pretendía celebrar la concordia en un mundo edificado sobre la competencia, la violencia y la expropiación.

El acta “médica”, firmada por la historia, indica que su sistema inmunológico-ideológico fue destruido por la hipocresía. Cada vez que premiaba a un asesino con palabrerío de estadista, su cuerpo sufría una hemorragia de sentido. El Premio Nobel de la Paz murió porque la paz dejó de ser un horizonte emancipador y se volvió un pretexto de dominación. En manos del imperialismo, el galardón fue degradado a sello de legitimación política, a máscara moral que disimula los intereses del poder mundial. Murió de asfixia semiótica: el signo “paz” perdió su contenido emancipador y fue reemplazado por un significante hueco, dócil, rentable.

III. Lugar del fallecimiento

Murió en la catedral del espectáculo macabro global. En el altar de los noticiarios, en los palcos diplomáticos, en los banquetes donde los empresarios de la guerra brindan con champagne por la “paz”. Murió en los pasillos de las cancillerías, en las oficinas de marketing político, en las pantallas que transforman el sufrimiento en rating y la hipocresía en virtud. Murió rodeado de cámaras, aplausos y discursos. No hubo silencio respetuoso ni duelo verdadero. Fue un funeral mediático: los mismos que lo mataron transmitieron su sepelio en vivo, con comentarios sobre “el legado” y “la inspiración humanitaria”. El espectáculo de su muerte fue su última función: un cadáver que aún servía para simular moralidad. Ella sonreía.

IV. Certificado de causas estructurales

-Causa primera: El divorcio entre ética y economía política.

La paz fue transformada en símbolo desvinculado de la producción material de la vida. En lugar de cuestionar las causas de la violencia —la explotación, el saqueo, la dominación imperialista—, el Nobel de la Paz se dedicó a premiar los síntomas. Esa abstracción idealista fue su sentencia de muerte.

-Causa segunda: El fetichismo mediático.

La medalla, el discurso, la ceremonia: todo se convirtió en simulacro. La “paz” fue estetizada hasta volverse irreconocible. En el brillo del oro del medallón se reflejaba el oro del capital.

-Causa tercera: La complicidad institucional.

Las academias, los parlamentos, las corporaciones y los medios se alinearon para canonizar a los verdugos. Así se construyó la narrativa de una paz funcional al orden establecido.

-Causa cuarta: La desfiguración del signo “humanidad”.

Murió el Premio Nobel de la Paz cuando se divorció la palabra “humano” de su contenido histórico. La humanidad fue reducida a un concepto sentimental, vacío, despolitizado. Ganó el golpismo.

V. Autopsia semiótica

Al abrir el cuerpo semiótico del difunto, se hallaron rastros de discursos en descomposición. En el interior del tórax: promesas incumplidas. En los pulmones: aire viciado de diplomacia hipócrita. En el estómago: residuos de marketing humanitario. En el corazón: una cicatriz profunda con forma de dólar. Todo intoxicado conclamores de inasión, muerte, antidemocracia y entreguismo obsceno.

Las vísceras ideológicas mostraron que su metabolismo simbólico dependía de la aprobación mediática. Cada aplauso era una transfusión de legitimidad. Cada silencio cómplice, un analgésico. Se detectaron múltiples infecciones: relativismo moral, neutralidad cobarde, universalismo abstracto.

El cerebro del Premio Nobel de la Paz mostraba una atrofia avanzada de pensamiento crítico. Las áreas dedicadas al análisis de las causas estructurales de la violencia estaban atrofiadas, sustituidas por una hiperactividad de relaciones públicas. En su memoria, fragmentos de discursos se repetían como bucles sin contenido: “esperanza”, “diálogo”, “compromiso”, “valores compartidos”… Palabras que habían perdido toda conexión con la praxis emancipadora.

VI. Contexto histórico de la defunción

Murió en el siglo XXI, cuando la guerra se volvió digital, cuando los ejércitos se camuflaron en redes sociales, cuando las sanciones económicas mataron más que las balas, y cuando los drones bombardearon en nombre de los derechos humanos. Murió cuando el capital aprendió a vender la destrucción como desarrollo, la ocupación como libertad, la tortura como justicia preventiva. En ese contexto, el Premio Nobel de la Paz se convirtió en un fetiche global. Su muerte fue la muerte de una semiosis humanista. Lo que alguna vez pretendió ser símbolo filantrópico burgués de reconciliación se transformó en emblema de hipocresía institucionalizada.

VII. Testigos de la muerte

Firmaron como testigos del fallecimiento los pueblos del mundo que nunca recibieron el premio, aunque soportaron todas las guerras. Testificaron los niños palestinos bajo los escombros, los campesinos africanos desplazados, las madres latinoamericanas que buscan a sus hijos desaparecidos, los trabajadores explotados por las corporaciones que financian los comités del premio. Ellos fueron los verdaderos jueces y notarios de esta defunción. Su silencio, su dignidad y su resistencia son la prueba más elocuente de que la paz auténtica no necesita premios sino justicia.

VIII. Última voluntad del difunto

En sus últimos suspiros, el Premio Nobel de la Paz pidió que no se le erigieran monumentos ni se repitieran sus ceremonias. Dijo que prefería el anonimato del olvido a la perpetuación de su farsa. Pidió que su epitafio dijera:

 “Aquí yace una idea que el capital desfiguró. Murió de tanto ser usada contra los pueblos.”

Pidió, también, que su cuerpo simbólico fuese donado a la filosofía de la semiosis, para su estudio crítico. Que se analicen sus signos, sus discursos, sus metamorfosis, hasta entender cómo un símbolo de emancipación puede convertirse en máscara de dominación.

IX. Acta filosófica de constatación

En rigor dialéctico, esta defunción no es solo la muerte de un premio, sino la manifestación del ocaso de una civilización que ha perdido el sentido del bien común. La “paz” institucionalizada, domesticada y comercializada, revela el agotamiento moral de una ideología que ya no puede sostener su propio discurso sin recurrir a la mentira. El signo “paz”, en manos del capitalismo, se convierte en antónimo de sí mismo. Donde dice “paz” hay estrategia de dominación; donde dice “reconciliación”, hay impunidad; donde dice “esperanza”, hay propaganda. La semiosis burguesa de la paz opera como narcótico colectivo: un opio semántico que calma las conciencias, pero perpetúa las cadenas.

X. Certificación semiótica final

Certifico que el Premio Nobel de la Paz ha muerto, pero declaro simultáneamente que el signo “paz” no está condenado a la extinción. Lo que ha muerto es su fetichización burguesa. Su nueva vida sólo será posible bajo nuevas condiciones históricas, cuando la paz deje de ser consigna y se vuelva praxis material, cuando la justicia no sea premio sino principio, cuando la humanidad sea consciente de que la paz no se decreta: se construye con lucha de clases, con ciencia, con solidaridad, con organización. La paz verdadera no necesita comités de selección, necesita sujetos históricos emancipados. Su lugar de nacimiento no será un palacio sueco, sino los territorios donde los pueblos se niegan a morir.

XI. Epitafio filosófico

 “Murió el Premio Nobel de la Paz, pero no la esperanza de una paz justa.

Murió el signo domesticado, pero la semiosis emancipadora sigue viva.

Murió el simulacro, pero la historia aún respira en los pueblos que luchan.”

XII. Firma del notario

Firmo esta acta no como burócrata del sentido, sino como testigo crítico de su muerte. No hay duelo, hay conciencia. No hay nostalgia, hay análisis. El cadáver del Premio Nobel de la Paz descansa en el panteón del humanismo traicionado.

Filosofía de la semiosis, año de la conciencia crítica.

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Las trampas de la paz: desmontando la falsa diplomacia imperial

Prensa LAUICOM- En una entrevista realizada por videollamada para Rompeviento TV, el doctor Fernando Buen Abad, especialista en Filosofía de la Comunicación, alertó sobre las “trampas de la paz” orquestadas por actores hegemónicos como Donald Trump. Buen Abad indicó que las propuestas presentadas bajo el disfraz de soluciones diplomáticas para Gaza y Palestina no buscan la justicia, sino consolidar mecanismos de dominación: protectorados externos, apropiación de recursos naturales y la legitimación de una violencia sistemática contra poblaciones indefensas.

El intelectual criticó lo que denominó “paz burguesa”: una concepción que prioriza la estabilidad de los mercados y los intereses geopolíticos por encima de la dignidad humana, la soberanía popular y los derechos colectivos. En contraste, destacó la postura del presidente colombiano Gustavo Petro como un ejemplo de liderazgo ético y comprometido con la defensa de los derechos humanos, especialmente frente al silencio o la complicidad de gran parte de la comunidad internacional.

Buen Abad insistió en la necesidad urgente de articular alianzas entre movimientos sociales, gobiernos progresistas y fuerzas populares para construir una convergencia global capaz de actuar con coherencia moral y poder de incidencia frente a las políticas imperialistas. Destacó que la crítica por sí sola resulta insuficiente si no se transforma en acción colectiva y organizada.

En un mundo marcado por crisis ecológicas, políticas y humanitarias, subrayó la importancia de superar la resignación y convertir el compromiso ético en una fuerza capaz de impulsar cambios estructurales, enfatizando que la paz auténtica solo puede florecer cuando se garantizan la justicia social, la equidad material y el derecho de los pueblos a decidir su propio destino.

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Capitalismo de Ignorantes ¿Vivimos una crisis educativa mundial?

Por Fernando Buen Abad Domínguez

Una pregunta seria por la crisis educativa mundial del capitalismo que padecemos, no puede responderse con superficialidades ni con cifras frías tomadas de organismos internacionales que, a menudo, son parte del problema. No basta sólo con contabilizar alumnos matriculados, los índices de deserción, las tasas de alfabetización funcional ni los presupuestos asignados a las universidades. Esa crisis, tal como es, debe entenderse en toda su densidad histórica, política, económica, semiótica y filosófica. Debe pensarse desde las raíces estructurales burguesas que hacen de la educación un campo mercenario de disputa, y no únicamente desde las estadísticas que recubren el drama con barnices de objetividad demagógica. En rigor, lo que atravesamos hoy es un conjunto de crisis superpuestas, y entrelazadas, que tocan a la educación como sistema y como proceso, y que obligan a cuestionar la función misma de la escuela, de la universidad y de los proyectos de formación de la conciencia como mercancías.

Es obligatorio recordar que la educación no flota en una mueca filantrópica neutral, está determinada por la lógica del modo de producción dominante y su ideología (falsa conciencia). En un mundo regido por el capitalismo globalizado, la educación está sometida a la dictadura de su mercado. Sus sistemas educativos son evaluados con criterios de “eficiencia”, “productividad” y “competitividad”, categorías tomadas de la barbarie empresarial y aplicadas mecánicamente a su dictadura pedagógica. Su educación se convierte, así, en adiestramiento mercantil y no en un derecho humano universal. En lugar de formar sujetos críticos capaces de transformar su realidad, se entrenan operadores dóciles para un mercado de trabajo precarizado. Esta es la primera dimensión de la crisis, la subordinación estructural de la educación al capital, que la corrompe en su sentido más hondo.

Sus cifras confirman esta tendencia. Según datos de la UNESCO (2023), más de 244 millones de niños y adolescentes en el mundo están fuera de la escuela. En paralelo, más del 40% de los jóvenes de países de ingresos bajos no completan la educación secundaria. Estos números no expresan sólo un escamoteo de recursos, sino la desigualdad estructural del sistema mundial, en el cual el acceso a la educación de calidad es imposible bajo las normas y reglas del capitalismo. Mientras tanto, la educación superior se expande en términos cuantitativos, pero su calidad crítica se degrada o se anula, proliferan universidades privadas de baja o nula exigencia, programas cortos y diplomados pensados como productos de consumo rápido, con el único fin de habilitar competencias puntuales para el mercado. Titulando ignorantes engreídos.

Su crisis se manifiesta también en el plano del contenido. Nunca antes hubo tanta información disponible, nunca antes existieron tantos dispositivos de acceso al conocimiento chatarra; sin embargo, nunca la ignorancia fue tan funcional al poder. La llamada “infodemia” multiplica contenidos fragmentarios, superficiales, efímeros, sin jerarquía epistemológica. En lugar de conocimiento profundo, se fomenta la hiper-conexión sin reflexión. En lugar de pensamiento crítico, se impone la lógica del “clic”. Esta inundación de información funciona como un distractor masivo que degrada el aprendizaje en las aulas, convirtiendo a profesores y alumnos en petulantes repetidores de flujos comunicacionales vacíos. El capitalismo digital, con sus algoritmos de segmentación y control, ha introducido una nueva dimensión de la crisis educativa, la colonización tecnológica de la conciencia. Mucha basura en muchas cabezas para que nada cambie.

El problema no es sólo cuantitativo ni tecnológico su crisis es también filosófica. En gran parte de los sistemas educativos se ha abandonado la enseñanza de la filosofía, la historia crítica, la teoría política y el arte como herramientas de emancipación. Se las sustituye por competencias instrumentales, por módulos de emprendedurismo, por entrenamientos en resiliencia. Su semiosis en la educación es palabrerío déspota para consumidores engreídos que mastican lenguajes parvularios supuestamente técnicos, para camuflar toda la ignorancia burguesa ante los problemas que ocasiona su poder, con la explotación laboral, con la injusticia social. Se enseña a adaptarse, no a cuestionar. Se entrena para sobrevivir en el sistema, no para transformarlo. Así, su crisis educativa es también una crisis de sentido, su escuela y su universidad olvidan para qué existen. Y son especialistas en eso.

No es casual que los gobiernos neoliberales, en todo el planeta, hayan aplicado políticas de austeridad que desfinancian la educación pública. Desde los años ochenta, siguiendo los dictados del FMI y el Banco Mundial, se promove el modelo de “eficiencia educativa” basado en recortes, privatización, descentralización y competencia entre instituciones. En América Latina, África y Asia, millones de escuelas carecen de infraestructura mínima: agua potable, baños, electricidad, internet. En Europa y Estados Unidos, la masificación de la deuda estudiantil convirtió a la educación superior en una trampa financiera que hipoteca el futuro de generaciones enteras. No es una crisis accidental, es resultado de un programa deliberado que busca debilitar la educación pública para abrir más mercado a la privada.

Pero su crisis también se manifiesta en otro nivel: el ético y comunicacional. En muchas aulas, bajo el disfraz del pluralismo, han penetrado ideologías reaccionarias, discursos de odio y camuflajes ultraderechistas que intoxican a los estudiantes y normalizan la intolerancia. Se simula progresismo mientras se vacía de contenido crítico a las consignas. En este sentido, la crisis educativa mundial es también una crisis de hegemonía semiótica: se disputa en el aula el sentido mismo de la democracia, de los derechos humanos, de la igualdad. Sus discursos autoritarios avanzan bajo la máscara de la modernidad. A esto se suma la crisis laboral docente. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que faltan más de 44 millones de docentes en el mundo para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible hacia 2030. Los salarios bajos, la precariedad, la sobrecarga burocrática y la falta de reconocimiento han deteriorado la profesión docente, desalentando nuevas vocaciones. Un sistema educativo mundial sin maestros suficientemente formados ni reconocidos está condenado a profundizar sus fracturas. Su crisis educativa no es sólo de los estudiantes, es también de quienes enseñan en condiciones cada vez más adversas.

Sin embargo en muchas regiones se producen experiencias pedagógicas emancipadoras, comunidades que defienden la escuela pública, proyectos de educación popular que resisten al mercado, pedagogías críticas que siembran conciencia transformadora. Estas iniciativas muestran que su crisis no es de todos, sino desigual y combinada. Precisamente en el corazón de la crisis se encuentran las semillas de la renovación. La pregunta es: ¿qué fuerza política, qué movimiento social, qué proyecto histórico podrá articular esas experiencias para convertirlas en política educativa global?

Nuestra Filosofía de la Semiosis se empeña en intervenir sobre la crisis educativa burguesa que es, en última instancia, una crisis económica de los signos con los que pensamos y actuamos. Las palabras “calidad”, “eficiencia”, “excelencia” han sido intoxicadas por la lógica empresarial y despojadas de su sentido emancipador. La tarea es revolucionarlas, devolverles su vínculo con la justicia social, con la verdad histórica, con la dignidad humana. Nuestra educación no puede ser un negocio disfrazado de servicio, ni un simulacro de inclusión digital, ni un laboratorio de domesticación ideológica. La educación debe ser la praxis de la libertad, la construcción colectiva de saberes que permitan transformar el mundo.

¿Vivimos una crisis educativa mundial del capitalismo? Sí, pero no como una catástrofe natural, sino como el resultado de un proyecto económico y político global que busca subordinar la conciencia a los intereses del capital. Es una crisis burguesa estructural, semiótica, ética y filosófica. Revela la urgencia de luchar por otra educación, liberada de los dogmas mercantiles, sustentada en la verdad, en la igualdad, en la solidaridad. No se trata de reparar una maquinaria averiada, sino de reinventar la educación como derecho universal y como semillero de emancipación. El porvenir de la humanidad depende de la manera en que enfrentemos y combatimos organizadamente esta crisis. Si se acepta resignadamente, la educación se reducirá a un engranaje más del sistema de explotación. Si se asume críticamente, podrá convertirse en la palanca de una nueva civilización. La disyuntiva está abierta. El desafío es urgente. Y la responsabilidad es de todos los que creemos que la educación no puede ser otra cosa que un avance en la revolución de las conciencias.

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Universos lúdicos secuestrados por el mercantilismo

Por Fernando Buen Abad.

Explora cómo el capitalismo ha secuestrado el juego, transformando un derecho en mercancía y apuestas. Un artículo exclusivo sobre semiosis y libertad lúdica.

¿Todo será apuesta? El juego como derecho, no como mercancíaJugar es una forma originaria de semiosis humana. Es una experiencia primordial de exploración simbólica, un laboratorio de relacionesrolesafectos y sentidos en construcción. Es una actividad en la que no sólo nos divertimos, sino que también organizamos el mundo, lo ensayamos, lo transformamos y nos transformamos con él.

Sin embargo, en el capitalismo, este universo lúdico ha sido secuestrado por el aparato mercantil, privatizado por corporaciones transnacionales que imponen formas, tiempos, objetos y discursos hegemónicos del juego. Jugar ha dejado de ser una actividad libre para convertirse en un negocio de escala global. En esta colonización semiótica del mercantilismo que transforma el derecho a jugar en una plataforma de consumo compulsivo, orientando el deseo hacia productos licenciadosvideojuegos adictivosjuguetes estandarizados y contenidos audiovisuales cargados de ideología neoliberal y modelos de subjetivación funcional al mercado. Esta situación exige una crítica radical y estructural desde una Filosofía de la Semiosis que tome partido por nuestra naturaleza lúdica como campo emancipador.

En las etapas distintas de la vida dominada por el capitalismo, el juego va quedando reducido a una repetición mecánica o un pasatiempo trivial traicionando lo que debería ser una forma de conocimiento, de experiencia corporal y simbólica que permita a las personas modelar la realidadJugar es, en esencia, un acto semiótico: implica seleccionar signos, establecer relaciones, crear reglas, proyectar sentidos. Se juega “como si” el palo fuera un caballo, el cojín una montaña o la palabra “abracadabra” una puerta mágica.

En ese “como si” se genera un mundo, se inaugura una ontología lúdica donde el niño no es pasivo receptor sino productor activo de significados. En la filosofía crítica se ha señalado reiteradamente que el juego espontáneo es una forma de anticipación del pensamiento abstracto, de sociabilidad libre y de autogestión emocional. Pero esta riqueza semiótica es objeto de captura por parte de los dispositivos ideológicos del capital, que buscan convertir el juego en plataforma de adiestramiento para el consumo.

Desde fines del siglo XIX, con la expansión de la industria juguetera, comenzó un proceso de industrialización de lo lúdico. Sin embargo, es en el siglo XX, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, que se consolidó un entramado transnacional dedicado a la producción masiva de juguetesprogramas de televisión y personajes licenciados, bajo la lógica del branding. Aparecieron marcas como Mattel (1945), Hasbro (1923), LEGO (1932) y más tarde los conglomerados mediáticos como Disney (1923), NickelodeonWarner Bros. o DreamWorks, que permitieron una sinergia sin precedentes entre juguetepantalla y mercado. El juego dejó de ser una invención de la creatividad libre para convertirse en una franquicia cerrada: cada muñeca se vende con su historia, cada videojuego con su moralidad, cada serie con su universo de consumo predefinido.

Este proceso se agudiza con la era digital, cuando las aplicaciones móviles, los videojuegos online y las plataformas de streaming infantil modelan la experiencia lúdica desde edades cada vez más tempranas. Con algoritmos se reemplazó al juego libre; la consola al patio; la pantalla al compañero de aventuras. Aparece un capitalismo cognitivo que encontró en la naturaleza lúdica un campo fértil para su expansión. Toda persona es un actor semiótico en formación: está construyendo sus categorías, sus vínculos, sus deseos, su lenguaje. Por ello, representa una presa estratégica para la colonización ideológica.

No se trata solamente de vendernos entretenimientos o esparcimiento: se trata de formatear la imaginación, de anclar afectos y valores en paquetes simbólicos mercantilizados que serán la base del consumidor del futuro. Y las empresas jugueteras y de entretenimiento invierten millones en estudios de neurocienciasegmentación demográfica y análisis semiótico para identificar tendencias, manipular emociones y fabricar modas virales. El objetivo no es que uno juegue, sino que desee objetos y consuma contenidos alineados con la lógica del capital. Y se convierta en adicto a las apuestas.

No se juega “a lo que se quiere”, sino “a lo que hay”, “a lo que está de moda”, “a lo que todos tienen”. El mercado sustituye la creatividad por la repetición; el relato propio por la narrativa licenciada; el objeto encontrado por el producto estandarizado. Hoy con monopolios de las apuestas y la dictadura del entretenimiento global. Los principales monopolios del ludismo ejercen un dominio transmedia y transcontinentalPixarMarvelLucasfilm20th Century Fox y Disney se han convertido en el imperio lúdico global.

Su poder no reside solo en el consumo que genera: muñecosdisfracesvideojuegosparques temáticoscontenidos educativosaplicaciones… Disney no vende historias: vende mundos enteros, y modela con ellos la imaginación infantilMattel y Hasbro. Dos gigantes del juguete que controlan desde Barbie hasta Hot Wheels, pasando por MonopolyTransformers y My Little Pony. Mattel, en particular, ha transformado a Barbie en un símbolo semiótico ambiguo: de ícono de belleza hegemónica a plataforma de discursos mercantilizados.

Hasbro, por su parte, produce no sólo juguetes, sino también películasseries y videojuegos basados en sus franquiciasLEGO Group. Inicialmente una empresa enfocada en el juego constructivo, LEGO ha devenido una plataforma mediática transnacional, con seriespelículasparques temáticos y productos licenciados (Star Wars, Harry Potter, Marvel, etc.). El juego creativo ha sido progresivamente desplazado por la lógica del set cerrado y la narrativa impuestaNintendoMicrosoftSony

Guerra Cultural en juego. Secuestrado el campo lúdico por el mercado, el plan es borrar las identidades de juegos localestradicionalescooperativos o comunitarios. Imponer roles y estereotipos mercantilesGéneroscoloresformas de belleza y relaciones de poder (el héroe musculoso, la princesa pasiva, el villano oscuro). Pérdida del juego colectivo espontáneo: la calle, el barrio, el parque ceden ante la lógica de la pantalla o el juguete exclusivo. Frente a esta situación, diversos movimientos pedagógicosculturales y comunitarios han impulsado la defensa del derecho al juego libre.

Promueven el juego como herramienta de conciencia y liberación. Museos del juego y ludotecas públicas: espacios que brindan acceso gratuito a experiencias lúdicas no mercantilizadas. Campañas contra la adicción a las apuestas como una forma de producción de sentido que debe estar al servicio del desarrollo librecreativosolidario y crítico.

Denunciar el secuestro del juego y restituir el derecho al juego, liberar las conciencias como una tarea ética, política y semiótica: liberar el juego para liberar a la humanidadJugar debe volver a ser una experiencia de descubrimiento, de placer sin dueño, de mundo en construcción. Una humanidad que juega libremente es una fuerza que puede imaginar el futuro sin los barrotes del capital. Y eso es, quizás, lo más subversivo que pueda existir. Sin apuestas.

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El papel de Federico Engels en la transformación del hombre en socialista mundial

Por Fernando Buen Abad Domínguez

El 5 de agosto de 1895 falleció en Londres Federico Engels

«La emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo»

He aquí un camarada necesario siempre, uno de esos que en la teoría y la práctica son únicos y colectivos, que en la amistad y en el debate son firmes y férreos, que no regatean tiempo y talento a las necesidades revolucionarias… Su obra es acción e ideas que constituyen bases revolucionarias indispensables en la dialéctica para la transformación socialista de la sociedad… he aquí una obra, pues, indispensable en lo concreto, obra de un camaradas pleno, a toda hora, empeñado en ser revolucionario íntegro sin glamour y sin snobismos.

Engels es ese tipo de revolucionario con el corazón ardiendo bajo el fuego de razón socialista. Un revolucionario entre relámpagos de futuro, con su reloj histórico afinado a punta de inteligencia y entre ramos de estrellas que anuncian el triunfo obrero más temprano que tarde. Un revolucionario socialista de magnitud implacable, una voz científica como nido de golondrinas. Un vertedero de abrazos fraternales… un amigo poderoso como un sonrisa, como un torbellino… amigo cierto y certero forjado en el lecho del torrente socialista. Su inteligencia es un vientre que despliega coordenadas revolucionarias en el abanico de las luchas obreras. ¡Memoria eterna a Federico Engels, gran luchador y maestro del proletariado1!

Engels es un revolucionario transparente que deja entender la riqueza de la teoría marxista como herramienta magnífica para la práctica revolucionaria que transformará al mundo. «El socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea2 «. La obra de Engels es inspiración organizadora capaz de ver que el socialismo es inevitable; que es nuestro próximo salto genial, el salto cualitativo de la humanidad hacia su historia emancipada y plena. Uno ve bien claro, con Engels, cómo la humanidad se liberará de todo lo que la humilla y explota, cómo la humanidad se hará dueña de sí pero no por «obra y gracia» de las «buenas voluntades», sino triunfando en la lucha de clases como proletariado organizado hacia el socialismo. Engels entendió la lucha de clases como una fuerza vital en desarrollo dialéctico, en el corazón y en la razón de los trabajadores que, día con día, impulsan un movimiento mundial decisivo. Ese es su legado, su poesía y su ejemplo. Imposible ignorarlo, imposible no agradecerlo.

Engels supo que no triunfará el socialismo sin una lucha enamorada, consciente, profunda y promisoria. Que no triunfará el socialismo sin una economía e industria poderosa y rica bajo control obrero. Luchó para hacer visible el socialismo como camino para terminar con la «propiedad privada» y para fundar una solidaridad consciente de su fuerza al calor de la planificación colectiva, económica, política, simbólica… supo Engels que triunfará el socialismo como conocimiento, conciencia y acción capaz de superar todo aquello que aliena, explota y posterga a las sociedades. «He aquí por qué el nombre y la vida de Engels deben ser conocidos de todo obrero; he aquí el motivo de que insertemos en nuestra recopilación, que, como todo lo que editamos, tiene por objeto despertar la conciencia de clase de los obreros rusos, un esbozo sobre la vida y la actividad de Federico Engels, uno de los dos grandes maestros del proletariado contemporáneo»3. Lenin.

Engels pone todo al servicio de la revolución socialista que es la aurora de mil cosas nuevas. La sabe necesaria para alcanzar un mundo sin canalladas. La fuerza de sus convicciones también se hace fundamental al prodigarse como un rocío matinal sobre los campos fértiles de la revolución comunista… y qué es si no poesía el Manifiesto que firmó con Marx… y qué si no poesía socialista es ese espíritu que recorre el mundo y recorre las avenidas del corazón con su aire fresco de revolución como bandada de pájaros insurrectos.

Engels entendió la marcha dialéctica de la humanidad hacia el socialismo con inteligencia, rigor, conocimiento, audacia, seguridad… desde una mirada científica abierta, crítica, sin condescendencias. Se trata de un filósofo revolucionario siempre en combate, un luchador fraternal y en combate. Combate poderoso de la teoría y la práctica para que la humanidad se ayude a transformar el mundo y no sólo a interpretarlo.

La obra de Federico Engels nos da entrada a un proceso donde se alista la humanidad para avanzar hacia su futuro esta vez dueña de sí. Hay que recordarlo a cada paso. La contribución de Engels es un acto de amor y poesía como rayo de sol cuyo fulgor enlaza los brazos obreros con las ideas socialistas en una diligencia de relámpago que hará posible dar pasos definitivos a una era nueva de la humanidad libre de opresiones. Esa es su magnificencia y su legado.

El Socialismo se nutre también entre un murmullo de revoluciones y no da tiempo para preguntar si es oportuno o no a ésta hora. El Socialismo se hace con la dialéctica de las manos y el trabajo des-alienado. El Socialismo tiene el modo de las criaturas humanas que lo impulsan como una fiesta de fiestas a nivel del corazón y la razón. El socialismo en una constante de voces que tienen color de futuro a todas horas, es una constante dialéctica plagada con canciones de esperanzas y certezas que conjuran dudas y peligros sin dejar de estar alertas. El Socialismo deja paso a lo mejor de la especie humana que se impulsa a pesar de ciertas fatigas… y se hace con las manos como el amor y otras cosas. Ese es el Socialismo de Federico y de Carlos amigos del alma.

Los trabajadores del mundo hemos de saber, a toda costa, con todos los medios disponibles, que nuestro único futuro digno es el socialismo; que no somos una clase condenada a sufrir eternamente, que nuestra situación, por miserable que sea, puede ser transformada si nos impulsamos inconteniblemente hacia adelante y luchamos por nuestra emancipación definitiva, que para eso los trabajadores sólo podremos ayudarnos a nosotros mismos. Estas son las ideas fundamentales de Federico Engels, ese es su regalo y nuestro tesoro de lucha.

El socialismo tendrá por finalidad eso que pensó Engels o será nada: que el Trabajo sea dignidad definitiva con alas de riquezas definitorias… riquezas de todo orden que puedan entremezclarse y por las que ascienda la humanidad plena de volutas joviales, divertidas y enamoradas para dejar atrás, dialécticamente, su prehistoria dolorosa. Dialéctica del trabajo emancipado como un cuerpo creado para el amor… como un cuerpo social fraterno cuyo vientre se preña con luchas revolucionarias bajo la verdad inmensa de miradas con extensión absolutamente socialista… para siempre. Cuerpo preñado con revoluciones permanentes.

«Engels siempre, y en general con toda justicia, se posponía a Marx. «Al lado de Marx -escribió en una ocasión a un viejo amigo suyo- me correspondió el papel de segundo violín». Su cariño hacia Marx mientras éste vivió y su veneración a la memoria del amigo muerto fueron infinitos. Engels, el luchador austero y pensador profundo, era hombre de una gran ternura4″. Engels dio instrucciones para que a su muerte su cuerpo fuera incinerado y sus cenizas arrojadas al mar en Beachy Head en el sur de Inglaterra. No quería ningún monumento5. Dijo de Marx lo que aquí ahora decimos de él: «Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra6». F. Engels

1 V.I. Lenin Otoño de 1895 www.engels.org/marxismo/marxis1/marx1.htm

2 V.I. Lenin Otoño de 1895 www.engels.org/marxismo/marxis1/marx1.htm

3 www.engels.org/marxismo/marxis1/marx1.htm

4 http://www.engels.org/

5 http://www.engels.org/libr/razon/raz_0_2.htm

6 Frase final del Discurso pronunciado en inglés por F. Engels, en el cementerio de Highgate, el 17 de marzo de 1883.

PASTE

Comunicado en respaldo al Presidente Nicolás Maduro Moros, a la soberanía y la autodeterminación de la República Bolivariana de Venezuela

La Universidad internacional de las comunicaciones manifiesta su más absoluto y firme respaldo al Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, a su gobierno y al pueblo venezolano, frente a la burda pretensión del gobierno de Donald Trump de escalar la agresión continuada que viene perpetrando contra la soberanía y la estabilidad del país, a través de la imposición de lo que hoy por hoy no dudamos en calificar como una absurda y fracasada “fake News”

Alertamos que la falsa narrativa del “Cartel de los Soles”, impuesta a través del conglomerado militar de la información propiedad de la élite globalista, no es más que una estratagema reciclada del gobierno norteamericano, cuyo fin último es hacer pagar Venezuela y a los demás pueblos de América Latina y el Caribe el costo bestial de una crisis económica, financiera, política y moral, que hace aguas al interior del sistema capitalista y, de manera escandalosamente notoria, en Estados Unidos.

En La Uicom denominamos a esta práctica la “narrativa gris”. Se trata de un discurso de guerra, preparado y orquestado para la muerte, pero que se presenta “meticulosamente disfrazado de supuesta práctica institucional, internacional, democrática, legítima y hasta defensora de los derechos humanos» (…) Se propone labrar el descrédito de la dirección política del país, de su modelo de gobierno, pero aún más, de las posibilidades de una convivencia nacional pacífica, digna y confortable”. Una estrategia de propaganda que busca horadar la dignidad nacional, usando el linchamiento moral del liderazgo revolucionario para aniquilar en el imaginario nacional e internacional las grandes victorias que hemos construido poco a poco, amalgamando espacios pequeños de ternura y vida en comunidad. Enumeramos algunas: crecimiento económico del 6,6 por ciento en 2025, plena soberanía en la producción de alimentos, estabilidad política y seguridad ciudadana, golpes certeros al crimen organizado, al narcotráfico y al terrorismo, destacada actuación de nuestra juventud es escenarios deportivos, científicos y culturales nacionales e internacionales y, lo más demoledor, la fe, la alegría creciente del pueblo venezolano, savia vital que recorre y estremece el nervio popular de todo el continente.

Los agresores conocen bien la talla política del Presidente Nicolás Maduro; saben que es leal conductor de la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez, tras la partida de nuestro Comandante Eterno. Resienten porque ha tenido éxito y porque tienen la certeza de que no cejará en su misión de cumplir el mandato del líder supremo. Por eso tratan de imponer el absurdo, devenido en ridículo, como verdad única e incuestionable. Vierten en sus plataformas acusaciones sin asidero real, ni lógica jurídica, ni siquiera con alguna pincelada que las torne al menos un poco verosímiles; engordan groseramente sus misiles de basura desinformativa pretendiendo borrar la voluntad del pueblo venezolano que ha ratificado el mandando del chavismo en 34 elecciones los últimos 25 años.

Denunciamos ante gobiernos y pueblos del sur global la intención inconfesable oculta tras este ataque sin sentido al Presidente en legitimo ejercicio de una nación soberana. Prevenimos que el objetivo es deslegitimar nuestros sistemas democráticos, institucionalizar el desprecio absoluto al derecho internacional, naturalizar el despojo, la guerra y de la ocupación por la fuerza de espacios ajenos ¿ acaso justificar una “solución final” para cualquier gobiernos que les sea incomodo o inconveniente, como la que ejecutan contra el pueblo de Palestina ?

Rechazamos de manera categórica -y sin matices- la política de agresión, chantaje y sabotaje impulsada por Donald Trump contra la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela. Su historial de injerencia, bloqueos y amenazas constituye un atropello inaceptable al derecho internacional y a la autodeterminación de los pueblos.

Reconocemos en el pueblo venezolano un ejemplo de firmeza, creatividad y coraje político, que inspira a las naciones libres a cerrar filas contra el intervencionismo y la guerra mediática.

Ratificamos que ninguna maniobra de injerencia extrajera podrá quebrar la voluntad del pueblo venezolano y su presidente legítimo, Nicolás Maduro Moros, cuya fuerza moral y política les brinda sobrada capacidad para resistir y vencer cualquier nueva arremetida de imperios decadentes.

¡Venezuela vencerá porque guarda celosamente, con amor, semillas para alimentar el nacimiento de un Nuevo Orden Mundial, del nuevo mundo mejor posible! ! Y Nicolás Maduro seguirá al frente de los destinos de esta hermosa construcción colectiva porque así lo decidió el pueblo venezolano, depositario absoluto de la soberanía nacional

!Que viva Venezuela! !Que vía Nicolás Maduro! !Que viva el pueblo venezolano!

En Caracas, a los 14 días del mes de agosto de 2025

Tania Valentina Díaz González
Rectora

Fernando Buen Abad
Rector Internacional

Vicerrectoras, Vicerrectores, cuerpo directivo, estudiantes y trabajadores de la Universidad Internacional de las Comunicaciones

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Por Fernando Buen Abad | Historia universal de las mentiras

Mentir no es solo hablar en falso, mentir es construir sistemas. Mentir ha servido hasta para fundar imperios. Mentir es redactar constituciones, fabricar credos, imprimir billetes, firmar tratados y emitir noticias.

La mentira no es apenas un error o una debilidad moral: es una herramienta sistémica de dominación. Es la materia prima de muchas “verdades” oficiales. Es una metodología semiótica que, bien manejada, produce obediencia, resignación, consenso. Por eso, urge escribir una Historia Universal de las Mentiras que no sea apenas una cronología de falsificaciones, sino una crítica radical de los dispositivos simbólicos con los que la mentira se ha hecho poder.

Hay que decirlo claro: la mentira ha sido sistemáticamente utilizada por las clases dominantes como un modo de producción ideológica. Y ha sido impuesta no sólo con palabras, sino con imágenes, con gestos, con silencios. La mentira es multimodal, multisensorial y multidimensional. Tiene gramática, tiene sintaxis, tiene economía política. No se trata de errores ni deslices: se trata de una maquinaria.

Desde los papiros egipcios hasta las fake news algoritmizadas, la mentira ha ocupado el centro de la escena semiótica. Se ha transformado con las épocas, pero no ha dejado de cumplir su función: ocultar la explotación, desmovilizar la crítica, reescribir la historia y glorificar a los verdugos. ¿Quién ha mentido más y con más impunidad que los vencedores?

Toda mentira poderosa necesita una legitimación narrativa. Y para eso están las mentiras fundacionales. En el fondo de cada imperio late una gran farsa que le da sentido y prestigio: el “pueblo elegido”, la “misión civilizadora”, la “mano invisible del mercado”, el “destino manifiesto”, el “sueño americano” … son todas variantes de la misma lógica semiótica: producir ficciones eficaces.

La invasión de América fue una mentira con tinta de códice. No fue descubrimiento, fue invasión. No fue encuentro de culturas, fue genocidio. Y, sin embargo, la escuela, los libros y las fechas patrias insisten en narrarla con el perfume rancio de la epopeya. ¿Qué semiótica legitima que un saqueo se celebre como avance de la humanidad? La semiótica de la falsedad.

Del mismo modo, la historia de la modernidad capitalista es una historia de mistificaciones. Libertad, igualdad, fraternidad… pero sólo para la burguesía. El “progreso” industrial construyó imperios a costa de la miseria obrera. La democracia representativa institucionalizó la plutocracia. El liberalismo económico se presentó como emancipador mientras consolidaba nuevos yugos.

Mentir es construir narrativas con efectos materiales. Cuando la historia la escriben los vencedores, la mentira se vuelve leyenda. El capitalismo no sólo produce mercancías: produce signos. Produce ideología. Produce significados. Y en ese proceso, la mentira cumple un papel central. No sólo se miente en los discursos políticos, también se miente en las etiquetas, en las publicidades, en las encuestas, en los titulares, en los algoritmos, en los datos supuestamente neutrales. Todo un sistema de fabricación de falsedad camuflada de objetividad.

Su economía política de la mentira requiere analizar quién la produce, cómo circula, a quién beneficia y cómo se naturaliza. Mentir, en este contexto, es fabricar sentido a la medida del capital. Y eso no es una metáfora: es un modelo de negocio. Basta ver cómo operan los grandes medios de comunicación, las plataformas digitales, las consultoras de imagen y las fábricas de bots. No mienten por error, mienten por diseño.

Falsedad sistémica

La mentira, así, deviene industria. Y esa industria tiene nombre: industria cultural, industria mediática, industria de la ignorancia. Walter Benjamin ya lo anticipó: cuando la barbarie se convierte en cultura oficial, la mentira se convierte en patrimonio.

Desde una perspectiva semiótica crítica, la mentira no es una palabra aislada ni un enunciado equivocado. Es una estructura de sentido falseado, sostenida por aparatos de producción simbólica. Podemos identificar al menos cinco operaciones semióticas típicas de la falsedad sistémica: a) Inversión proyectiva: consiste en acusar al otro de lo que el mentiroso mismo hace. Ejemplo: las potencias imperialistas que acusan a los países soberanos de dictaduras, mientras imponen guerras, bloqueos y asesinatos. b) Eufemización: camuflar la violencia con palabras suaves. Ejemplo: llamar “daños colaterales” a las masacres. c) Descontextualización: tomar hechos reales y presentarlos fuera de su contexto para manipular su sentido. d) Omisión selectiva: mentir por lo que se calla, por lo que no se muestra. e) Repetición hipnótica: instalar una mentira como verdad por simple repetición.

Hoy no estamos frente a una decadencia de la verdad, sino frente a una mutación del régimen de falsedad. La llamada “posverdad” no significa que la verdad haya muerto, sino que la mentira se ha perfeccionado. Ha mutado en forma y velocidad. Se ha adaptado al ritmo de las redes, a la estética de los memes, al formato de las aplicaciones digitales.

La mentira contemporánea es acelerada, viral, segmentada y rentable. La posverdad es la fase digital del sistema de falsedades del capitalismo. Ya no hace falta que una mentira sea creíble: basta con que refuerce una emoción. El odio, el miedo, el desprecio… son los vectores afectivos de la falsedad. Y los laboratorios del capitalismo lo saben. Por eso invierten millones en estudiar el comportamiento de los públicos, en diseñar campañas de manipulación emocional, en automatizar la mentira con inteligencia artificial.

¿Ejemplos? Las “armas de destrucción masiva” en Irak. Las “crisis humanitarias” en Venezuela. El “narcoestado” como forma de criminalizar proyectos soberanos en América Latina. Todas, mentiras con función estratégica: justificar la intervención, debilitar la organización, sembrar desesperanza.

Frente a la mentira sistémica, la crítica semiótica no puede limitarse a denunciar errores. Debe desenmascarar estructuras. Debe revelar los intereses detrás de las palabras. Debe construir una pedagogía de la sospecha, pero también una pedagogía de la verdad popular. La verdad no es neutral. Es un campo de disputa. Una trinchera. Una batalla de clase.

Decía Fidel: “La verdad debe ser dicha, aunque duela”. Decía Gramsci: “La verdad es siempre revolucionaria”. Decía Lenin: “Lo más revolucionario que puede hacerse es decir la verdad”. Y dice AMLO: “La mentira es reaccionaria, la verdad es revolucionaria”.

@FBuenAbad

Comunicación para la paz (1)

Comunicación de Paz (humanismo que toma la palabra)

Nuestro mundo sitiado por la semiosis bélica. Vivimos en un planeta intoxicado, también, por el ruido de los cañones, pero aún más por la propaganda que los justifica y endiosa. No sólo bombardean las ciudades: bombardean los signos. El belicismo no se limita a la violencia física, se expande como semiosis que produce su sentido bajo la hegemonía del miedo, la obediencia y la cosificación del otro. No hay guerra sin semiótica de guerra. No hay misil sin metáfora y moraleja.

VOCES MULTIPPLES

Libertad de expresión en la encrucijada: censura, poder y resistencias en el siglo XXI

Fernando Buen Abad Domínguez

Cátedra Sean MacBride • UICOM •

 “La libertad de prensa no es un privilegio de los periodistas, sino un derecho de los pueblos.” Sean MacBride

Nuestra libertad de expresión, la que debería gozar la humanidad entera, atraviesa una de sus coyunturas más críticas en el siglo XXI. A pesar de los avances tecnológicos que han “democratizado” el acceso a la información y ampliado, no sin peligros, las posibilidades de participación ciudadana en los espacios públicos digitales, los mecanismos de censura, control y represión han evolucionado con igual o mayor sofisticación. Es una paradoja histórica a la que asistimos casi sin defensa  en la llamada “era de hiper-comunicación” global que coexiste con formas cada vez más sutiles —y otras abiertamente brutales— de silenciar voces, criminalizar el pensamiento crítico y monopolizar la construcción del sentido común y asesinar periodistas.

Inspirados en el espíritu y los principios de la Cátedra Sean MacBride de la UICOM, necesitamos examinar la colisión entre los ideales de la libertad de expresión y las prácticas sistémicas de censura contemporánea, tanto en contextos autoritarios como en democracias formales. Lo que está en juego no es solo el derecho a hablar, sino el derecho a saber, a disentir y a transformar la realidad desde el lenguaje. Afirmarnos en la dialéctica de la ética y la comunicación.

Censura no es sólo cercenar imprentas, decomiso de ediciones o encarcelamiento y muerte de periodistas. Si bien estas prácticas persisten, con crudeza extrema en no pocos países, el “nuevo” rostro de la censura en muchas democracias burguesas, toma formas más complejas: control algorítmico de visibilidad, discursos de odio institucionalizados, manipulación informativa por conglomerados mediáticos y censura indirecta vía financiamiento, publicidad o presión judicial.

En América Latina, por ejemplo, la criminalización de periodistas, el uso del lawfare, la concentración mediática y la violencia de actores paramilitares o del crimen organizado constituyen formas estructurales de censura. En México, tan solo entre 2000 y 2024, más de 150 periodistas han sido asesinados, en un contexto de impunidad estructural y complicidad institucional. Pero también en Europa y Estados Unidos, la censura toma formas “legítimas”: eliminación arbitraria de contenidos en plataformas digitales, invisibilización de voces disidentes por los monopolios de medios, etiquetado sesgado de discursos contra-hegemónicos, y vigilancia masiva bajo el pretexto de la seguridad nacional. Se trata, como advierte Noam Chomsky, de “una censura por omisión”, una “fabricación del consenso” que opera desde la “normalidad” de los dueños.

En el Informe MacBride de 1980, titulado “Un solo mundo, voces múltiples”, se denunciaba la concentración del poder mediático en manos de unas pocas corporaciones del norte global, advirtiendo que, sin una democratización profunda de las estructuras de comunicación, no habría libertad real de expresión. Cuatro décadas después, sus alertas no sólo conservan vigencia: han sido superadas por una realidad aún más distópica. Hoy, cinco conglomerados controlan más del 80% del flujo global de información en internet. Google, Meta, Amazon, Microsoft y Apple imponen criterios de visibilidad, rentabilidad y censura sin mecanismos transparentes de rendición de cuentas. En lugar de un espacio público global, se ha construido una arquitectura privatizada de dominación del sentido, basada en la lógica del mercado y la ideología de la clase dominante.

Con los algoritmos que deciden qué se ve, qué se ignora y qué se bloquea están diseñados por actores que no responden a los pueblos, sino a los accionistas. Las plataformas se convierten así en nuevos censores globales, capaces de silenciar campañas políticas, borrar memorias históricas, moldear opiniones y sancionar disidencias. No existe censura neutral. Toda forma de censura responde a una correlación de fuerzas, a un campo de disputas ideológicas, políticas y económicas. En ese sentido, censurar una voz —o permitirla— es siempre un acto político.

En muchos países con economías gravemente dependientes, los movimientos sociales, feministas, indígenas o sindicales enfrentan una doble censura: la institucional, que criminaliza sus protestas y discursos; y la mediática, que los estigmatiza como “violentos”, “radicales” o “antidemocráticos”. Esta censura discursiva produce exclusión simbólica: niega legitimidad al otro, clausura la posibilidad de interlocución y habilita la represión. Pero también hay censura selectiva. Mientras se silencia la denuncia popular, se amplifican voces ultraconservadoras, negacionistas o racistas, muchas veces protegidas por el manto de la “libertad de expresión”. Aquí se produce una inversión perversa: se protege la libertad del discurso opresor mientras se persigue la palabra emancipadora.

Sin embargo, no todo es oscuridad. El siglo XXI ha sido también testigo de una explosión de experiencias comunicativas desde abajo: radios comunitarias, medios alternativos, redes de periodistas independientes, colectivos de comunicación popular, canales indígenas y afrolatinos, campañas digitales por la verdad y la justicia. Estas experiencias reivindican no sólo el derecho a informar, sino el derecho a narrar el mundo desde otras epistemologías. Rompen con el monolingüismo mediático del capital y ensayan lenguajes otros, sensibilidades otras, lógicas otras. En Bolivia, el proceso de comunicación indígena-originaria; en México, las radios comunitarias de Oaxaca o Chiapas; en Argentina, las redes de medios populares feministas; en Palestina, los periodistas ciudadanos que narran desde la ocupación… todos ellos constituyen formas de resistencia semiótica. En Venezuela como en Cuba la teoría y la práctica de la comunicación socialista.

Nuestra libertad de expresión no puede reducirse al marco liberal de la tolerancia abstracta. Debe inscribirse en una ética del diálogo emancipador, en una política del reconocimiento mutuo y en una lucha por democratizar no solo el acceso, sino la producción y distribución del sentido. Frente a este panorama de censura múltiple, la Cátedra Sean MacBride propone un horizonte de acción comunicacional que combine la crítica estructural con la construcción de revoluciones comunicacionales concretas. Algunas líneas estratégicas urgentes son: Democratizar los sistemas mediáticos: Impulsar legislaciones antimonopólicas, promover medios autónomos de base social responsable, medios públicos con control ciudadano y garantizar el financiamiento de medios comunitarios e independientes.

Regulación democrática de plataformas digitales: Establecer mecanismos de transparencia algorítmica, protección de derechos digitales y participación social en la gobernanza de internet. Educación crítica en comunicación: Incorporar en los sistemas educativos una pedagogía crítica del lenguaje, los medios y la información, que forme ciudadanías activas contra la manipulación informativa. Protección efectiva a periodistas y comunicadores sociales: Garantizar el derecho a informar sin miedo, con protocolos claros de seguridad, justicia y reparación frente a la violencia. Reconocimiento de la comunicación como derecho humano colectivo: No basta con proteger a individuos. Es necesario construir sistemas que garanticen el derecho de los pueblos a comunicar, a ser informados y a ejercer su soberanía cultural.

Hablar para no morir. La libertad de expresión no es un eslogan. Es una trinchera. Un campo de disputa por el sentido. Defenderla implica confrontar no sólo a los censores explícitos, sino a los regímenes de sentido que naturalizan el silencio, que convierten la mentira en espectáculo y la violencia en rutina. En tiempos de guerra cognitiva, de batallas culturales burguesas, desinformación, pos-verdad y plus-mentira, ejercer la palabra crítica, la palabra que interpela y emancipa, es un acto profundamente revolucionario. Como enseñó MacBride, “una comunicación verdaderamente libre sólo puede florecer en un orden internacional más justo”. Hoy, como nunca, esa libertad está en disputa.

Buen Abad

La Cátedra Seán MacBride profundiza en el papel estratégico de la comunicación

Prensa LAUICOM – La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), se llevó a cabo la segunda clase del Curso Introductorio de la Cátedra Seán MacBride. Impartida por el Rector Internacional de LAUICOM, Fernando Buen Abad, dirigida a los participantes de la Cohorte XV de Comunicación Política.

En esta sesión, el Dr. Buen Abad retomó las ideas centrales del Informe MacBride, un documento histórico que sigue vigente por su relevancia en la lucha contra la concentración monopólica de los medios de comunicación y la democratización de la información. “El informe MacBride no es solo un texto del pasado; es una guía para entender los desafíos actuales de la comunicación”, afirmó.

Realizó una crítica a la desorganización social como un obstáculo para la transformación. “De nada sirve hacer denuncias si estamos desorganizados. El capitalismo gasta una fortuna para mantenernos así”, señaló el Dr. Buen Abad, enfatizando que la columna vertebral de los problemas sociales es económica. “Un concepto económico que no incluya a todos es una trampa”, añadió, subrayando la necesidad de modelos que prioricen el bien común sobre los intereses individuales.

El Dr. Buen Abad planteó “¿De qué hablamos cuando hablamos de comunicación?”. La comunicación va más allá de informar, es un proceso integral que incluye recopilar, almacenar y entender la información para tomar decisiones informadas.

En este contexto, el Dr. Buen Abad criticó la figura del intermediario en los medios de comunicación. “Esta figura controla el tiempo y el contenido”, explicó, cuestionando quiénes son los verdaderos protagonistas de los hechos: ¿los intermediarios o quienes los viven? Al plantear la posibilidad de eliminar a los intermediarios limitantes y dar voz directa a los actores sociales, se abriría la puerta a una comunicación más auténtica y menos manipulada.

Medios concentrados, democracia debilitada

La concentración monopólica de los medios fue otro tema abordado con preocupación. “La manipulación de los medios de comunicación puede influir en procesos políticos y sociales, como hemos visto en casos recientes”, señaló el Dr. Buen Abad, haciendo referencia a ejemplos concretos como el que vive Argentina en la actualidad.

En línea con estas reflexiones, el Dr. Buen Abad habló de la importancia de iniciativas como la creación de un noticiero de luchas sociales, uno de los objetivos de esta cátedra. “Nuestra más grande debilidad política es la comunicación”, afirmó, subrayando que un medio alternativo y crítico podría ser una herramienta poderosa para visibilizar las demandas sociales y contrarrestar la desinformación.

La clase cerró con una reflexión contundente: “¿De qué sirve mandar a reporteros extranjeros a informar en México sobre la historia de Chiapas?”. Con esta pregunta, el Dr Buen Abad invitó a los asistentes a pensar en la importancia de dar voz a las comunidades y construir narrativas desde dentro, en lugar de depender de intermediarios que pueden distorsionar la realidad.

La Cátedra Seán MacBride se consolida como un espacio indispensable para analizar los retos de la comunicación en el siglo XXI, promoviendo la organización social, la crítica mediática y la búsqueda de soluciones colectivas. La próxima clase promete seguir profundizando en estos temas, ofreciendo herramientas para entender y transformar el mundo en el que vivimos.

un solo mundo

¿De qué hablamos cuando hablamos de Comunicación?

Por Fernando Buen Abad

No es posible aceptar políticas de Comunicación e Información sin consultas desde las bases y desde la historia

Uno de los principales problemas de la Comunicación es despojarla de su condición como Derecho Humano Fundamental para reducirla a mercancía prostituida por la avaricia burguesa y la farándula mediocre. Quitarle su vigor emancipador para convertirla en arma ideológica alienante. Por eso en el Informe MacBride de 1980 se pedía ir Hacia un Nuevo Orden Mundial de la Comunicación y la Información

Toda organización política (y, por lo tanto, toda organización) debe tener en su “agenda” la problemática histórica actual en materia de Comunicación e Información. No es mucho pedir y no hay escapatorias. Ya tuvimos tiempo de sobra para aprender que, entre todas las batallas que la humanidad libra hacia su emancipación, los “territorios” de la Información y la Comunicación han sido especialmente colonizados y mayormente plagados con derrotas muy severas.

Pero no se trata de priorizar a la Comunicación y a la Información en una “agenda” donde se las entienda exclusivamente como “espectáculo”, “entretenimiento” o “curiosidad”… como suele hacer cierto sector de las oligarquías y sus burocracias. No se trata de fingir, con discursos, que nos ocupa o preocupa la “diversidad” expresiva de los pueblos. No se trata de repetir la mueca clientelista que reparte becas, o subsidios, a los amigos y a los amigos de los amigos. No se trata de convencernos con sesudas disquisiciones academicistas ni convenciones internacionales plagadas con naderías en la práctica. De lo que sí se trata es de habilitar, profundizar y ensanchar el ejercicio de derechos humanos inalienables como son el Derecho a la Información y el Derecho a la Comunicación, no sólo en igualdad de “oportunidades” sino, principalmente, en igualdad de condiciones.

Una “agenda” de Comunicación e Información para nuestro tiempo, debe interesarse por la democratización de las herramientas de producción, distribución e interlocución del “sentido”. Debe interesarse por el ascenso de una corriente semántica renovada por el fragor de las luchas sociales que en todos los ámbitos (ciencias, artes, filosofías, tecnologías…) viene librando la especie humana para garantizarse un lugar digno en su propio desarrollo y no un lugar de “espectador” sometido por un sector social acaparador e históricamente opresor de las mayorías. Tal “agenda” debe interesarse, (inter, multi y transdisciplinariamente) por erradicar los medios y los modos con que los pueblos han sido infiltrados con “valores” o “antivalores” que solo convienen al statu quo y que han inoculado núcleos de “falsa conciencia” redituables a la ignorancia funcional, al mundo de la mentira como verdad, al sometimiento de consciencias y al mercantilismo desaforado infectado de individualismo y consumismo.

De las fuerzas políticas actuales (que dicen ser emanación de la voluntad popular o de las clases trabajadoras) no podemos esperar, y exigir, que logren menos que un modelo comprensivo y dinámico que, en materia de Comunicación e Información, se disponga a corregir las asimetrías en el campo de la disputa por el sentido. Que sepa desarrollar un arsenal de herramientas para la crítica (en todos los “sentidos”) ante la hegemonía de la “Iniciativa Privada”; contra el burocratismo clientelista y contra el silenciamiento de las comunidades semánticas más variadas que, además de diversas, son mayoría abrumadora. Que, además de las herramientas para la crítica, ponga al alcance de todos los cuerpos legales, las fuentes metodológicas, los espacios de formación, las herramientas de producción, las infraestructuras de transmisión, los modelos de evaluación y la dinámica de la retroalimentación. Abiertas, participativas, autogestionadas, autónomas y de revocabilidad consensuada desde las bases. Para empezar.

No es posible aceptar políticas de Comunicación e Información sin consultas desde las bases y desde la historia. No es aceptable abandonarse a los caprichos del mecenazgo, no es recomendable aspirar al mundo feliz de las “industrias culturales” reproductoras de la lógica de la mercancía en el campo de las ideas y las emociones sociales. Información y Comunicación no son mercancías, son Derechos Humanos Fundamentales y al Estado compete su desarrollo, ensanchamiento y profundización. O será nada.

Una organización política que en su “agenda” no contenga, como prioridad de corto plazo, el desarrollo de una Política de Cultura y Comunicación, descolonizadora y transformadora, debe revisarse a fondo contrastándose con los hechos duros y crudos que han venido amenazando a las democracias en las décadas recientes, tal como lo advirtió el Informe MacBride de 1980. No es que falten casos ejemplo, autores denunciantes ni amarguras realmente existentes en el escenario actual donde la Información y la Comunicación han sido secuestradas por los poderes monopólicos trasnacionales. Lo que sí está faltando es la decisión política de fuerzas organizadas, con mandato de la clase trabajadora, para desplegar una experiencia nueva y renovadora, atenta a las exigencias de los tiempos actuales y del futuro inmediato.

Así, “Se requieren nuevos discursos y enfoques que sirvan de referencia a las políticas culturales” ya lo reclamaba Irina Bokova de la Unesco. En su reclamo, desde luego, están las exigencias cualitativas y cuantitativas, están las consideraciones administrativas y de gestión gubernamental, además de estar a expectativa geopolítica acentuada en una visión Sur-Sur. Y lo que está faltando es la ordenación de las acciones que garanticen un cambio de paradigmas, a fondo, por cuanto compete a la comprensión teórica y práctica de la Comunicación u la Información no sólo como expresiones “reflejo”, “espejo” del pensar y el “sentir” social sino como instrumentos para la acción transformadora directa. Hay que romper con resabios y taras de las “culturas” desarrolladas por los colonialismos para contar con pueblos mansos y tributarios de la riqueza para los “amos”.

Hace falta sepultar a la andanada mercantilista creadora de las “culturas” de la adicción (como el alcoholismo, la farmacodependencia y todas las adicciones autodestructivas). Hay que romper con todo lo que oprime y deprime a los pueblos, obligándolos a resignarse a una cultura de esclavo, a una moral de súbditos y a una estética colonizada que derivan siempre en beneficios comerciales para las clases opresoras. Eso le falta a las Políticas de Comunicación e Información que han de nacer en esta etapa y en el seno de las organizaciones políticas que quieran ser respetadas por su respeto histórico a las luchas de sus pueblos. Comunicación e Información emancipadas para la emancipación. Nuevo orden.

Alma Plus Tv

Buen abad

Inicia Curso Introductorio de la Cátedra Seán MacBride en LAUICOM

Prensa LAUICOM – Este 14 de marzo, se dio inicio al Curso Introductorio de la Cátedra Sean MacBride en la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM). Este evento, dirigido a los participantes de la Cohorte XV de Comunicación Política, tuvo como objetivo principal comprender la comunicación como un territorio estratégico en la lucha de clases y como un dispositivo central usado por la hegemonía.

Durante su intervención, el Dr. Buen Abad resaltó la figura de Sean MacBride, premio Nobel de la Paz en 1974, destacando que es posible identificar los sesgos y desigualdades en la distribución de la información en diversos lugares del mundo mediante el estudio de los medios de comunicación. Subrayó que este enfoque, planteado en el Informe MacBride, sigue siendo de vital relevancia en la actualidad para comprender y abordar las diferencias en los flujos comunicacionales a nivel global.

Profundizó en el Informe MacBride, titulado “Un solo mundo, voces múltiples”, publicado en 1980 por la UNESCO. Este documento histórico denunció la concentración de los medios de comunicación en manos de unos pocos. “Es un peligro que unos cuantos señores sean los dueños de la comunicación”, indicó el Dr. Buen Abad. El informe tuvo un impacto significativo en América Latina, donde se convirtió en un referente para discutir la democratización de los medios y la lucha contra la hegemonía comunicacional.

El experto también abordó el problema de los costos elevados asociados a la tecnología comunicacional, lo que limita el acceso a equipos y herramientas necesarias para una comunicación efectiva. “Solo unos pocos pueden permitirse estos recursos”, señaló, criticando la visión mercantilista de la comunicación promovida por sectores de derecha, que ven en ella un negocio más que un derecho humano.

El Dr. Buen Abad señaló que “una de las mayores debilidades en nuestra esfera política es la comunicación”. Durante su intervención, criticó cómo algunos medios internacionales han construido narrativas que cuestionan la legitimidad de los procesos democráticos y que distorsionan la realidad para promover intereses ajenos a los de la región.

Hizo referencia a los laboratorios de manipulación mediática, espacios donde se emplean técnicas avanzadas de influencia y control sobre la opinión pública. Explicó que la guerra cognitiva es una estrategia diseñada para dominar el pensamiento y las emociones de las personas mediante el uso de información cuidadosamente elaborada.

Este fenómeno se ha intensificado significativamente con el avance de la era digital, donde las herramientas tecnológicas permiten una diseminación rápida y masiva de contenidos dirigidos a moldear percepciones y comportamientos.

Durante el evento, el Dr. Buen Abad dedicó un espacio para interactuar con los asistentes. Uno de los participantes, Felipe Díaz, planteó “¿Cómo podemos evitar que el uso excesivo de los teléfonos inteligentes y la dependencia de la tecnología se conviertan en una forma de esclavitud moderna?”

A lo que el Dr. Buen Abad respondió “no debemos satanizar la tecnología, sino aprender a utilizarla de manera consciente y crítica. Si entendemos sus alcances y limitaciones, podemos evitar caer en extremos de dependencia que limiten nuestra autonomía y libertad”.

El Dr. Fernando Buen Abad cerró su intervención con un llamado a la acción: “Quien se interese, que vaya y haga un efecto multiplicador”. Este curso introductorio marca el inicio de un espacio de reflexión y formación sobre la importancia de la comunicación como herramienta de transformación social, en línea con los principios de justicia y equidad que defendió Seán MacBride.

lauicom congreso

Congreso de Comunicaciones en Caracas llama a contrarrestar la desinformación digital

El encuentro tuvo lugar en la Universidad Internacional de las Comunicaciones (Lauicom), y se extenderá hasta este lunes 13 de enero.

Más de 400 delegados internacionales de 100 países del mundo se reunieron el pasado domingo en el Tercer Congreso Internacional de Comunicación para debatir estrategias en aras de construir una red de comunicación que enfrente al fascismo.

Los participantes debaten sobre temas como la desinformación, el cerco mediático, las nuevas formas de comunicación, el desarrollo de la inteligencia artificial, la hegemonía que practican las grandes televisivas internacionales y cómo el capitalismo digital cierra cada vez más los espacios para los pueblos.

Durante dos días, figuras emblemáticas como Fernando Buen Abad de México, María Fernanda Ruiz de Argentina, Pascual Serrano de España y Ernesto Limia de Cuba acompañan los debates.

Venezuela ha sido víctima de un feroz ataque mediático permanente que, en los últimos días, se agudizó e hizo creer al mundo que el país era epicentro de la violencia. Por ello, en Caracas se conformó la Red Internacional Antifascista por un Mundo Nuevo, que ya tiene articulados capítulos en 77 países y que resguarda sus derechos fundamentales frente al fascismo neocolonial imperialista que pretende imponer Occidente.

Desde la institución donde se desarrolla el evento, informaron que varias universidades, centros de investigación, movimientos sociales, comunicadores, medios comunitarios, partidos políticos, periodistas, escritores e influencers provenientes de distintas regiones del mundo se dieron cita en Caracas para evaluar formas, métodos y rutas para la construcción de una nueva comunicación por y para el nuevo mundo multipolar.

Sobre el espacio, la ministra del Poder Popular para Ciencia y Tecnología, Gabriela Jiménez, en su cuenta en Telegram destacó que en este Congreso “Venezuela muestra al mundo los grandes avances que ha obtenido y la verdad que tanto ocultan los medios hegemónicos aliados del fascismo internacional”.

Asimismo, el rector internacional de Lauicom, Fernando Buen Abad, indicó que “en este tercer congreso, se están concentrando las experiencias de mucho tiempo y se está construyendo una red de redes enorme, mundial, para romper el cerco de la censura, para romper el cerco de la mentira, para romper el cerco de la ignorancia, para romper todos esos cercos que han querido asfixiar a un país tan floreciente, tan positivo, tan grande como es Venezuela”.

TELESUR

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Fernando Buen Abad: En este III Congreso Internacional de las Comunicaciones se está construyendo una red de redes mundial

Prensa PSUV.- Este domingo, en las instalaciones de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), se realiza el III Congreso Internacional de Comunicación.

Durante la actividad, el rector internacional de la Universidad Internacional de las Comunicaciones, Fernando Buen Abad, expresó que hay muchos objetivos principales en esta clase de eventos que tienen esta envergadura académica, científica, política e histórica.

Buen Abad destacó que «el objetivo es aprender de Venezuela los tantos mandatos democráticos que tiene, entre otros, crear esta universidad en la que la idea es democratizar la comunicación y comunicar la democracia».

Asimismo, indicó «en este tercer congreso, se están concentrando las experiencias de mucho tiempo y se está construyendo una red de redes enorme, mundial, para romper el cerco de la censura, para romper el cerco de la mentira, para romper el cerco de la ignorancia, para romper todos esos cercos que han querido asfixiar a un país tan floreciente, tan positivo, tan grande como es Venezuela».

Concluyó su intervención diciendo que con este congreso se está cumpliendo, el mandato del comandante Hugo Chávez, que era construir una universidad que fuera comunicación popular, el polo comunicador.

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Fernando Buen Abad: Tenemos una guerra abierta contra los algoritmos

Caracas 21/05/2024.- Este lunes, Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Máster en Filosofía Política, Fernando Buen Abad indicó el taller Mapa de los Monopolios Mediáticos, en el que aseguró que Venezuela y los pueblos libres del mundo llevan adelante una guerra abierta contra los algoritmos dentro de las redes sociales, que secuestran la información.

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Diez recomendaciones ético-sintácticas para periodistas

Ya sabemos que no hay “periodismo” asexuado, neutro o des-interesado; ya sabemos que entre tendencias, sueldos e ideologías se teje una red de presiones y tensiones que determinan la interpretación “periodística” de los “hechos” y su orientación al servicio de los hilos que la mueven. Ya sabemos que nadie redacta o publica noticias ingenuamente y que en el ejercicio de contar acontecimientos -objetivos y subjetivos- pesa decisivamente la posición y el compromiso de clase del que informa y del que es informado.

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Fernando Buen Abad Domínguez | 26 de julio: La grandeza de una isla pequeña

Era muy caro, para mis recursos monetarios a los 16 años, enviar un telegrama a Cuba desde México. No obstante, hice «las mil y una» y pude poner en la oficina del telégrafo un mensaje: «Comandante Fidel Castro: feliz aniversario del 26 de Julio». ¿A qué domicilio lo envía?, me preguntó el telegrafista, y no supe qué decir. Ponga usted «Palacio de Gobierno de Cuba».

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Guerra mediática, una guerra que no hemos entendido

Algunos dudan de que estemos en el epicentro de una “guerra mediática” híbrida. No ven que están desplegadas todas las armas ideológicas, financieras y militares del capitalismo. Algunos no se percatan de que hablamos los lenguajes colonizantes que nos imponen; que compramos compulsivamente sus tecnologías; que relatamos la historia con las premisas lógicas de ellos; que financiamos sus monopolios mediáticos; que regimos nuestras vidas con “valores” y “cultura” que nos infiltran. Piensan que es conspiranoia. ¿En qué guerra las víctimas financian sus victimarios?