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Mantener viva la filosofía del Informe MacBride

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Cátedra MacBride / UICOM

Mantener viva la filosofía del Informe MacBride, “Un solo mundo, voces múltiples”, implica sostener una concepción de la comunicación como derecho colectivo y como campo estratégico de disputa histórica, no como simple servicio mercantil ni como flujo técnico desideologizado. El informe, elaborado en el marco de la UNESCO bajo la presidencia de Sean MacBride y publicado en 1980 con el título Un solo mundo, voces múltiples, condensó una crítica estructural al desequilibrio informativo mundial y propuso un horizonte normativo sintetizado en la noción de Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación. Su vigencia no radica en la nostalgia, sino en la persistencia —y profundización— de las asimetrías que diagnosticó.

Ya el Informe MacBride identificó que el flujo internacional de noticias estaba concentrado en pocas agencias situadas en el norte global, configurando una representación del mundo filtrada por intereses geopolíticos y económicos específicos. Esa concentración no sólo determinaba qué acontecimientos adquirían visibilidad, sino también cómo eran narrados y desde qué marcos interpretativos. La actualidad digital, lejos de disolver esa estructura, la ha reconfigurado en plataformas globales cuya arquitectura algorítmica amplifica desigualdades previas. Mantener viva la filosofía del informe significa reconocer que el problema ya no es únicamente la concentración de agencias noticiosas, sino la centralización de infraestructuras, datos y algoritmos que modelan la experiencia comunicacional planetaria.

Desde su origen, el NOMIC (Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación) proponía democratizar la comunicación a escala internacional, ampliando la noción de libertad de expresión hacia el derecho efectivo de los pueblos a producir y difundir sus propias narrativas. Esa ampliación sigue siendo crucial. Sin acceso equitativo a tecnologías, espectro radioeléctrico, conectividad y financiamiento sostenible, la libertad formal se convierte en privilegio. En un entorno donde la economía de la atención mercantiliza cada interacción y transforma la subjetividad en dato explotable, la reivindicación del derecho a la comunicación adquiere un carácter estructuralmente emancipador.

Y tal filosofía del Informe MacBride también subrayó la dimensión cultural de la comunicación. No se trataba sólo de corregir balances cuantitativos de información, sino de afirmar la diversidad lingüística, simbólica y epistemológica frente a la homogeneización industrial. Hoy, la circulación masiva de contenidos estandarizados y la hegemonía de lenguas dominantes en entornos digitales reproducen formas de colonialidad cultural que el informe ya advertía. Mantener su espíritu exige políticas públicas que fortalezcan medios comunitarios, producciones locales y sistemas educativos críticos capaces de decodificar las operaciones ideológicas incrustadas en los discursos mediáticos.

Otro aspecto central es la relación entre comunicación y desarrollo. El Informe MacBride cuestionó la idea de que el desarrollo comunicacional consistiera simplemente en importar tecnologías o replicar modelos empresariales. Propuso, en cambio, pensar la comunicación como herramienta para la participación social, la soberanía y la construcción democrática. En la actualidad, donde la brecha digital no es sólo técnica, sino también cognitiva y económica, esta perspectiva resulta decisiva. La mera expansión de conectividad no garantiza pluralismo ni justicia informativa si las condiciones estructurales de producción simbólica permanecen intactas.

No tardó la resistencia política contra el informe en su momento para demostrar que la disputa por el orden comunicacional es inseparable de intereses geoestratégicos. Reactualizar su filosofía implica comprender que toda arquitectura mediática expresa una correlación de fuerzas. No hay neutralidad en la distribución global de frecuencias, satélites, cables submarinos o servidores; tampoco en los criterios de moderación de contenidos ni en las reglas de monetización digital. La pregunta por quién controla la infraestructura comunicacional es, en última instancia, una pregunta por el poder.

Mantener viva la filosofía del NOMIC supone también evitar simplificaciones. No se trata de sustituir un monopolio por otro ni de justificar controles autoritarios bajo el pretexto de soberanía. El núcleo ético del Informe MacBride es la ampliación democrática: más voces, más participación, más diversidad, más responsabilidad social. La pluralidad no se opone a la libertad; la radicaliza al distribuirla. En ese sentido, la vigencia del informe radica en su apuesta por un equilibrio entre derechos individuales y derechos colectivos, entre libertad de expresión y derecho a la información veraz y contextualizada.

En la era de la desinformación industrializada y de las campañas coordinadas de manipulación, el llamado del informe a fortalecer la ética profesional, la cooperación internacional y la formación crítica adquiere renovada urgencia. Sin alfabetización mediática y sin estructuras públicas y comunitarias robustas, el ecosistema informativo queda subordinado a lógicas de rentabilidad que premian la polarización y el sensacionalismo. La democracia se vuelve entonces vulnerable a la distorsión sistemática de la esfera pública.

Sostener la filosofía de “Un solo mundo, voces múltiples” implica afirmar que la comunicación no es un lujo cultural, sino una condición de posibilidad para la autodeterminación de los pueblos. En un mundo interconectado, la interdependencia no debe traducirse en uniformidad impuesta, sino en diálogo plural. El ideal macbridiano no era clausurar el intercambio global, sino equilibrarlo; no era aislar naciones, sino crear condiciones justas para su interlocución.

Por eso la importancia contemporánea del Informe MacBride reside en su capacidad para ofrecer un marco conceptual que articula economía política, ética y diversidad cultural. Frente a la ilusión de que la tecnología resolverá por sí sola los desequilibrios informativos, su legado recuerda que toda tecnología está inscrita en relaciones sociales. Democratizar la comunicación es transformar esas relaciones. Mientras persistan asimetrías estructurales en la producción y circulación de sentido, la filosofía del NOMIC seguirá siendo una brújula crítica indispensable para orientar políticas públicas, luchas sociales y debates académicos en favor de un orden comunicacional más justo, plural y verdaderamente mundial.

Una comisión internacional para el estudio de los problemas de la comunicación, inspirada en el pensamiento crítico y en la tradición emancipadora que dialoga con la experiencia histórica del Informe de Sean MacBride para la UNESCO, debe estructurarse sobre diez ítems fundamentales capaces de articular análisis semiótico, economía política y praxis transformadora. Sin concesiones al fetichismo tecnológico ni a la retórica neutralista.

Primero, el reconocimiento de la comunicación como campo de disputa material e ideológica, no como simple intercambio simbólico, lo que implica estudiar las condiciones de producción, circulación y consumo de signos en el marco de relaciones de poder concretas; la semiosis no flota en el aire, está anclada en infraestructuras, en propiedad de medios, en regímenes laborales y en marcos regulatorios que configuran qué puede decirse, quién puede decirlo y con qué alcance.

Segundo, el análisis crítico de la concentración monopólica y oligopólica de las industrias culturales y plataformas digitales, entendidas como complejos de acumulación que convierten la atención en mercancía y la experiencia en dato, generando asimetrías cognitivas globales; la comisión debe mapear actores, flujos financieros, marcos jurídicos y arquitecturas algorítmicas para evidenciar cómo la centralización tecnológica redefine la soberanía informativa de los pueblos.

Tercero, la problematización de la colonialidad comunicacional, es decir, la persistencia de matrices simbólicas que jerarquizan lenguas, narrativas y epistemes, reproduciendo dependencias culturales en el sistema-mundo; ello exige estudiar la geopolítica de las agencias de noticias, de las productoras audiovisuales y de los estándares tecnológicos, así como promover políticas que fortalezcan la diversidad lingüística y la producción local con criterios de justicia cognitiva.

Cuarto, la investigación sobre trabajo comunicacional y precarización, considerando tanto a periodistas como a creadores de contenido, programadores, moderadores y trabajadores invisibles de la economía de plataformas; la comisión debe indagar en las nuevas formas de explotación digital, la externalización global de tareas y la captura gratuita del trabajo social que se presenta como participación espontánea.

Quinto, el examen de la arquitectura algorítmica como dispositivo semiótico-político; los algoritmos no son neutrales, organizan visibilidad, priorizan discursos y modelan imaginarios, por lo que es imprescindible exigir transparencia, auditorías públicas y marcos de responsabilidad social que impidan la manipulación sistemática de percepciones colectivas.

Sexto, la alfabetización mediática crítica concebida no como entrenamiento técnico, sino como formación ética y política para la decodificación de discursos, la identificación de operaciones ideológicas y la producción autónoma de sentido; la comisión debe proponer currículos que integren análisis semiótico, historia de los medios y competencias tecnológicas al servicio de la emancipación.

Séptimo, la defensa del derecho humano a la comunicación como principio rector, ampliando la noción clásica de libertad de expresión hacia el acceso equitativo a infraestructuras, frecuencias, espectro radioeléctrico y conectividad, y garantizando marcos normativos que protejan tanto la pluralidad como la participación efectiva de comunidades históricamente marginadas.

Octavo, la creación de observatorios internacionales permanentes que articulen universidades, movimientos sociales y organismos multilaterales para producir diagnósticos rigurosos y comparativos sobre desinformación, violencia simbólica, discursos de odio y censura corporativa o estatal, evitando tanto el moralismo punitivo como el laissez faire que naturaliza la manipulación.

Noveno, el impulso a modelos alternativos de propiedad y gestión de medios y plataformas, incluyendo cooperativas, medios públicos con control social y redes comunitarias, con financiamiento sostenible y gobernanza democrática, capaces de disputar hegemonía en el terreno simbólico sin reproducir lógicas mercantiles.

Décimo, la formulación de una ética internacional de la comunicación basada en la responsabilidad colectiva, la solidaridad entre pueblos y la transparencia estructural, que reconozca que cada acto comunicativo participa en la construcción de realidad y, por tanto, comporta consecuencias materiales; esta ética debe traducirse en compromisos verificables, indicadores de pluralismo y mecanismos de rendición de cuentas a escala global.

Estos diez ítems no constituyen una lista decorativa, sino un programa de acción articulado, la crítica a la concentración mediática se enlaza con la lucha por el derecho a la comunicación; la alfabetización crítica potencia la vigilancia ciudadana sobre algoritmos; los observatorios alimentan políticas públicas; la promoción de modelos alternativos encarna la posibilidad de otra economía del sentido. La comisión, para estar a la altura de los desafíos contemporáneos, debe asumir que la comunicación es territorio estratégico donde se define la correlación de fuerzas cultural y política, y que sin democratización radical de la producción simbólica no hay democracia sustantiva posible. Desde esta perspectiva, el estudio de los problemas de la comunicación no se reduce a describir patologías informativas, sino que apunta a desmantelar estructuras de dominación y a construir horizontes de soberanía cognitiva, donde los pueblos no sean meros consumidores de narrativas ajenas, sino sujetos históricos capaces de producir, circular y validar sus propios sentidos.

Cronología rigurosa y progresiva del proceso de elaboración del Informe MacBride (“Many Voices, One World”) de la UNESCO, basado en fuentes históricas y académicas.

Cronología del informe MacBride (1976–1980)

1976 — Antecedentes y encargo inicial

  • En la 19.ª Conferencia General de la UNESCO (Nairobi, 1976) se reconocen las crecientes tensiones sobre los problemas de comunicación global y la necesidad de investigar ese campo de manera más profunda. Se decide encargar un estudio detallado de esos problemas bajo mandato ampliado. 

1977 — Creación formal de la Comisión MacBride

  • La UNESCO crea la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación, con mandato para analizar la totalidad de los problemas de comunicación en las sociedades modernas y proponer recomendaciones.
  • La comisión es presidida por el jurista y Nobel de la Paz Seán MacBride (Irlanda). 

            Diciembre de 1977 — Inicio oficial de los trabajos de la Comisión

  • La comisión comienza formalmente su trabajo de investigación, consultas y redacción de materiales y borradores. 

            Octubre de 1978 — Primer informe preliminar

  • La Comisión presenta un informe preliminar durante la 20.ª Conferencia General de la UNESCO en París. Este documento resume hallazgos iniciales y plantea puntos centrales del debate. 

Marzo de 1979 — Sesiones temáticas centradas en tecnologías y comunicación

  • Se realiza una sesión seminal en Nueva Delhi (India) donde se discuten aspectos técnicos y estratégicos sobre el papel de las tecnologías de comunicación en la problemática global. 

        1979–1980 — Redacción final y consenso de la Comisión

  • La Comisión MacBride trabaja en múltiples borradores, consultas con expertos y debates internos para sintetizar sus conclusiones y recomendaciones.
  • El acuerdo final entre los 16 miembros representa un consenso tras superar divergencias ideológicas y geopolíticas. 

            Abril de 1980 — Entrega al Director General

  • El informe final “Many Voices, One World” es formalmente entregado al Director General de la UNESCO, Amadou-Mahtar M’Bow. 

            Octubre de 1980 — Aprobación formal y difusión

  • El Informe se aprueba por consenso en la 21.ª Conferencia General de la UNESCO celebrada en Belgrado (Yugoslavia) y se pone a disposición pública bajo el título oficial “Many Voices, One World”. 

 Luego de la publicación (1980) El documento genera un intenso debate internacional. Algunos países, como Estados Unidos y el Reino Unido, critican el texto por considerarlo una amenaza a la libertad de prensa y se retiran de la UNESCO en los años siguientes. 

 Resumen de fases clave:

FechaEvento
1976Encargo inicial para estudiar comunicación global
1977Creación de la Comisión MacBride
Octubre 1978Informe preliminar en París
Marzo 1979Sesión especial sobre tecnología en comunicación
Abril 1980Entrega del informe final a UNESCO
Octubre 1980Aprobación oficial en Belgrado y difusión pública
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Cátedra MacBride: comunicación al servicio de la liberación

Prensa LAUICOM – La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) llevó a cabo el Módulo IV de su Programa de Formación Internacional, titulado “Desafíos Comunicacionales de América Latina y el Caribe: una mirada crítica desde la Hegemonía y la Resistencia”, impartida por el Dr. Fernando Buen Abad, rector internacional de LAUICOM.

Realizada como parte de la Cátedra Sean MacBride, espacio académico dedicado a estudiar los problemas de la comunicación global desde una perspectiva comprometida con los pueblos para formar comunicadores críticos capaces de identificar cómo los grandes poderes usan los medios para dominar, manipular y desmoralizar a los pueblos.

La palabra no es neutral

«O sirve al imperio o sirve a la liberación”, afirmó Buen Abad, al denunciar que hoy gobiernos, corporaciones y redes bajo control hegemónico reducen a las personas a datos, imponen mentiras como verdades y entierran las luchas populares bajo un ruido digital diseñado para confundir y desmovilizar.

“Lo ocurrido en Venezuela el 3 de enero, cuando fuerzas imperiales bombardearon territorio venezolano y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama y diputada Cilia Flores, es un ejemplo brutal de esta guerra comunicacional y militar”, destacó.

Ese acto no fue solo un crimen contra Venezuela, sino una advertencia al mundo: cualquier pueblo que defienda su soberanía será blanco del imperialismo. Por eso, exigió con firmeza: ¡libertad inmediata para el presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores! Su regreso no es solo una demanda nacional, sino un acto de justicia global.

Buen Abad también hizo referencia a cómo los medios imperialistas tratan a la gente como máquinas de clics, ignorando el hambre, la dignidad y la rebeldía. Otros discursos, aunque suenan “abiertos”, terminan justificando la opresión al decir que “todo es relativo”, mientras, Hollywood y las redes moldean deseos, miedos y silencios pero nunca nos llaman a actuar juntos.

El peligro más reciente es claro: ya no importa lo que piensas, sino lo que puedes ser inducido a hacer, las grandes cadenas ahora pueden manipular con más facilidad. ¡Pero el pueblo no es un dato! El pueblo es conciencia, es memoria, es acción colectiva.

«LAUICOM se muestra como faro de luz en estos tiempos», señaló Buen Abad, como una universidad de la comunicación hecha por el pueblo y para los pueblos del mundo, en donde la academia camina junto al pueblo y se encuentra activa en las luchas populares.

En esta guerra mediática, saber discernir es resistir.
Y resistir, es avanzar.

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Satanización de los zurdos

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Para la satanización de los “zurdos”, opera una tecnología simbólica del poder burgués que antecede y acompaña a las formas materiales de la persecución política en democracias burguesas formales. No se trata de un insulto ocasional ni de una exageración retórica; es una matriz semiótica que organiza percepciones, jerarquiza cuerpos y clausura sentidos antes de que el debate comience. “Zurdo” deja de nombrar una posición ideológica para convertirse en una figura del mal, un significante flotante al que se adhieren rasgos de peligrosidad, irracionalidad, parasitismo o traición. Esa operación no busca refutar argumentos, sino desactivar sujetos; no persuade, incapacita. Desde la ciencia filosófica, esta práctica revela una economía del signo donde el lenguaje no describe la realidad, sino que la produce como campo de exclusión.

Esa descalificación ideológica funciona mediante una reducción ontológica; el adversario es rebajado a esencia negativa. La complejidad histórica de las izquierdas —sus debates internos, sus errores, sus logros, sus mutaciones— es borrada en favor de una caricatura estable y repetible. La repetición es clave; al reiterarse en medios, redes, discursos oficiales y conversaciones cotidianas, el estereotipo adquiere apariencia de evidencia. La semiosis se naturaliza. Así, la crítica se vuelve sospechosa, la protesta se vuelve delito moral, la disidencia se vuelve patología. El “zurdo” no discute, infecta. No propone, conspira. No demanda derechos, amenaza el orden. Esta gramática del miedo no necesita pruebas; se sostiene en la afectividad negativa que moviliza.

En términos filosóficos, estamos ante una operación de despolitización por vía de hipermoralización. La política, entendida como conflicto de proyectos y distribución del poder, es sustituida por un drama ético simplificado donde hay salvadores y demonios. La democracia, en lugar de administrar el disenso, lo expulsa simbólicamente. El consenso se fabrica no por acuerdo racional, sino por expulsión del otro. La sanción comienza en el lenguaje, ridiculización, estigmatización, silenciamiento. Luego se traduce en prácticas institucionales, vigilancia selectiva, criminalización de la protesta, judicialización de la militancia, precarización laboral ideológicamente orientada, censura indirecta mediante algoritmos o pauta. Todo ello puede coexistir con elecciones periódicas y retórica republicana, porque la forma democrática no garantiza por sí misma la sustancia democrática.

Su narrativa de la satanización suele apoyarse en una metafísica del mercado presentada como naturaleza. Quien cuestiona esa “naturaleza” es acusado de anticientífico, resentido o autoritario. Aquí la ciencia es instrumentalizada como fetiche, se invoca para clausurar, no para investigar. La filosofía, por el contrario, recuerda que no hay orden social sin decisiones históricas ni economía sin valores. El intento de expulsar a las izquierdas del campo de lo decible revela el miedo a la politicidad de lo social. Cuando todo se presenta como técnico, el conflicto reaparece como demonio. La figura del “zurdo” concentra ese retorno de lo reprimido.

Durante siglos ser zurdo, en el sentido del uso de la mano izquierda, estuvo cargado de prejuicios y supersticiones. En muchas culturas occidentales, la mano izquierda se asociaba con lo impuro, lo torcido o incluso lo demoníaco (no por nada “sinister” viene del latín sinistra, izquierda). A los niños zurdos se les forzaba a escribir con la derecha —a veces con castigos físicos o humillaciones— porque se veía como algo que había que “corregir”. Eso dejó secuelas reales, problemas de aprendizaje, tartamudez, ansiedad… todo por no encajar en una norma arbitraria.

Y es interesante cómo se repite el patrón: lo diferente se convierte en sospechoso. Pasó con los zurdos, con ciertas formas de pensar, con identidades, con prácticas culturales. Hoy lo vemos más claro y nos parece absurdo, pero en su momento era “sentido común”. Con todo eso, muchísimos artistas, científicos y líderes históricos eran zurdos. Al final, la realidad terminó desmintiendo al prejuicio. Y lo “curioso”: los zurdos son sólo el 10% de la población, pero están sobrerrepresentados en áreas creativas y estratégicas. Muchos estudios lo relacionan con una mayor comunicación entre hemisferios cerebrales (aunque no es magia, claro).

Desde una semiótica crítica, la persecución política no comienza con el golpe ni con la cárcel, sino con la metáfora. El “virus”, el “cáncer”, la “plaga”, el “enemigo interno” son imágenes que preparan el terreno para la excepción. La excepción, una vez instalada, se normaliza. Se tolera la censura “por seguridad”, la represión “por orden”, la desigualdad “por mérito”. La sanción democrática se vuelve paradójica; se castiga en nombre de la libertad. La ley se aplica selectivamente mientras se proclama neutral. El pluralismo se celebra en abstracto mientras se castiga en concreto.

¿Existen sanciones a estas prácticas en democracia? Formalmente, sí, constituciones, tratados de derechos humanos, jurisprudencia sobre libertad de expresión, asociación y protesta. Materialmente, son frágiles cuando el clima simbólico legitima la exclusión. La eficacia normativa depende de la correlación cultural de fuerzas. Si la semiosis dominante convierte al disidente en amenaza, la sanción jurídica se diluye o llega tarde. Por eso la lucha no es sólo legal, sino cultural: disputar el sentido, reabrir la escena del lenguaje, devolver complejidad a lo simplificado. La inteligencia crítica no responde con espejo ni insulto, sino con desmontaje, mostrar cómo opera la máquina, quién gana con ella, qué miedos administra, qué futuros cancela.

Y la ciencia filosófica aporta aquí un método: historizar lo naturalizado, analizar los dispositivos, interrogar los afectos políticos. No para ocupar un pedestal moral, sino para restituir la política como espacio de conflicto legítimo. La democracia no se defiende persiguiendo ideas, sino garantizando condiciones de igualdad para que se enfrenten sin aniquilarse. Cuando una sociedad tolera la satanización del “zurdo”, ensaya una pedagogía de la obediencia que mañana puede girar contra cualquier otro. La descalificación no es un accidente; es un ensayo general de la persecución. Resistirla exige una ética del lenguaje y una política del sentido: nombrar sin demonizar, criticar sin borrar, disputar sin exterminar. Sólo así la democracia deja de ser un decorado y vuelve a ser una práctica viva.

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Entre líneas: desmontando el diccionario del invasor


Porque nombrar el mundo con nuestras propias palabras es un acto de amor, resistencia y libertad

Prensa LAUICOM – Desde el alma de la Universidad Internacional de las Comunicaciones, el programa especial #11 de Radio LAUICOM “Entre líneas: desmontando el diccionario del invasor” fue conducido con pasión, claridad y compromiso revolucionario por los profesores Beverly Serrano, Wilman Verdú y Tibisay León.

Ellos guían este espacio como moderadores y como militantes de la verdad, porque saben que el imperialismo, además de atacar con bombas, ataca con palabras diseñadas para confundirnos, dividirnos y hacernos creer que lo nuestro, nuestra forma de hablar, sentir y pensar, no vale.

Un mensaje desde la serenidad y la firmeza

En medio de la movilización nacional que exige el regreso inmediato del presidente constitucional Nicolás Maduro Moros y la primera dama Cilia Flores, se conoció un mensaje transmitido por su hijo, Nicolás Maduro Guerra, que refleja con exactitud el temple del pueblo venezolano: ambos se encuentran serenos, con buen ánimo y plena claridad de su rol histórico.

Reafirman que, aun en la adversidad, Venezuela no se detiene, debe mantener la paz, la unidad y seguir avanzando en todos los frentes, con la certeza de que la patria está en buenas manos… las del pueblo.

Llamar las cosas como son

El profesor Julio Valdez, con voz clara y corazón encendido, destacó cómo nos quieren engañar al decir “ley de la selva”. ¡La selva no mata! La selva cuida, protege, equilibra. Lo que Estados Unidos impone es la ley del más fuerte: la del que tiene armas nucleares y cree que puede robar la riqueza ajena.

Y peor aún: hacen ver frases nuestras como “me negrearon”, para borrar el valor de nuestras palabras y hacernos creer que lo nuestro es sucio, feo o pequeño. ¡Nada más falso!

El doctor Fernando Buen Abad, recordó que quieren normalizar la dominación, como si fuera natural que unos pocos manden sobre todos. Pero eso ya ha destruido pueblos enteros… y hoy apunta contra Venezuela.

Luis Darío Bernal, con la ternura de un poeta y la fuerza de un maestro, dijo: “Sin lectura no hay libertad”. Y añadió: “Nos han hecho más daño con la ignorancia que con las armas”. Para él, Chávez nos enseñó a ser “senti-pensantes”: a amar con el alma y a pensar con claridad, porque solo así se construye una patria digna.

Sanar las heridas invisibles

En la cápsula informativa de “El Conuco de los Saberes”, Olga Uribe y Yaloha Rodríguez hablaron con profundidad de esas heridas invisibles que intentan borrar nuestros saberes, nuestras formas de sanar, de sembrar, de nombrar el mundo. Pero al reconocerlas, las sanamos. No hay vergüenza en ser quienes somos. Al contrario: ¡hay orgullo, hay amor, hay revolución!

Porque Venezuela no se doblega. ¡Venezuela abraza, resiste y avanza… con el pueblo en el alma y la verdad en la palabra!

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¡Radio LAUICOM: Desmontemos juntos las palabras del imperialismo!

Prensa LAUICOM- Desde Caracas, Radio LAUICOM emitió su séptimo programa especial: Entre Líneas – “Desmontando el Diccionario del Invasor”, conducido por las y los profesores Beverly Serrano, Wilman Verdú y Tibisay León. El hilo conductor de esta entrega fue claro: las palabras no son neutras, y detrás de muchas que hoy circulan como “verdad universal” late una larga historia de violencia cognitiva.

Esa violencia se expresa en foros como Davos, donde bajo la fachada de “diálogo” se diseñan nuevas formas de control sobre territorios ricos como Venezuela y Groenlandia.

Allí, el lenguaje técnico y diplomático oculta una lógica imperial que el Doctor Fernando Buen Abad desmonta con precisión: la imposición de complejos de inferioridad para justificar la dominación.

En este sentido, el vicerrector de Investigación de Lauicom, Luis Delgado Arria, profundiza en la revista Toparquía al identificar las cuatro dimensiones de la narrativa gris —teológica simbólica, mercantil, política y geopolítica— que naturalizan esa jerarquía global de deshumanización.

Pero el pueblo resiste ante los embates del imperialismo, las cartas colectivas entregadas en plazas Bolívar de todo el país en apoyo al presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores fueron actos de soberanía comunicacional, ejercicios de escritura popular que rompen con la idea de que solo unos pocos tienen derecho a nombrar el mundo.

Es en ese espíritu que nace la cápsula Conuco del Saber, a cargo de las profesoras Yaloha Rodríguez y Olga Uribe, para recordar que el conocimiento no es propiedad exclusiva de occidente.

Explican que a lo largo de la historia, hemos sufrido al menos cuatro grandes epistemicidios: contra el saber árabe, los saberes afrodescendientes, los pueblos latinoamericanos y las mujeres.

Esa misma lógica de borrado se reproduce en las películas estadounidenses que consumimos, siempre el mismo centro, la misma voz, la misma historia contada desde el poder.

Por eso, desmontar el diccionario del invasor es recuperar el derecho a pensar, nombrar y construir el mundo desde nuestros propios suelos.

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Radio LAUICOM presenta programa especial: Entre Líneas: “Desmontando el Diccionario del Invasor”

Prensa LAUICOM- Desde Radio LAUICOM se transmitió el programa especial número 3 Entre Líneas: “Desmontando el Diccionario del Invasor”, transmitido desde la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), se develó con rigor y pasión cómo el lenguaje se ha convertido en una trinchera de la guerra cognitiva contra Venezuela. En un momento de agresión imperial sin precedentes, el espacio reafirmó que nombrar con precisión los hechos es un acto revolucionario.

Bajo la moderación de la profesora Beverly Serrano, el profesor Wilman Verdú y la profesora Tibisay León de LAUICOM, se expuso cómo el vocabulario del invasor busca imponer una narrativa falsa: llamar “captura” a un secuestro, “inversión” al saqueo o “terrorismo” a la resistencia. El asedio no es nuevo, desde el bloqueo a medicamentos para diálisis en 2018 hasta los recientes ataques a Venezuela y el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores por parte de las fuerzas imperialistas de Donald Trump, se han cometido crímenes de lesa humanidad. Pese a ello, el pueblo mantiene su normalidad cotidiana: los niños van a la escuela, el transporte público sigue cubriendo sus rutas y quienes trabajan en las calles siguen adelante con dignidad.

Lo ocurrido no fue una detención legal, sino una invasión para secuestrar a un jefe de Estado en funciones, sin orden judicial ni sustento jurídico ni diplomático. Aceptar el lenguaje del imperio legitima una agresión ilegal y crea un peligroso precedente en el derecho internacional. La guerra multidimensional busca fracturar la conciencia colectiva, pero el pueblo venezolano responde con unidad, amor y movilización permanente.

El doctor en filosófia Fernando Buen Abad, afirmó que la comunicación es una fuerza humanizante, y que hoy más que nunca se requiere construir puentes colectivos desde la solidaridad y la verdad en donde las cosas sean llamadas por sus nombres. LAUICOM se erige como trinchera comunicacional del pueblo, llamando a radicalizar la unidad bolivariana y exigir el regreso inmediato del Presidente Maduro y la primera dama Flores. Porque, como dijo nuestro presidente: “Nadie nos ha regalado nada, todo lo hemos construido con el sudor de nuestra frente, de nuestro trabajo, y así seguiremos haciéndolo, porque esta patria es indestructible.”

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Carta dirigida al Corazón de los venezolanos y venezolanas con Cabeza

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Todas y todos repudiamos de manera firme y categórica cualquier forma de agresión imperial contra la República Bolivariana de Venezuela, porque parte del principio básico de la dignidad humana radica en reconocer que ningún pueblo puede ser sometido, asfixiado o castigado por ejercer su derecho soberano a decidir su propio destino político, económico y social.

La historia de Nuestra América está marcada por siglos de colonización, saqueo y dominación externa, y precisamente por esa memoria colectiva resulta inaceptable que, en pleno siglo XXI, se intente reeditar prácticas de intervención, bloqueo, chantaje diplomático o guerra híbrida bajo discursos que dicen defender la democracia mientras vulneran el derecho internacional y agravan el sufrimiento de las poblaciones civiles.

Nuestra solidaridad con Venezuela no es un gesto ideológico vacío ni una consigna automática, sino una postura profundamente humanista que coloca en el centro la vida, la autodeterminación de los pueblos y la necesidad urgente de resolver los conflictos por vías pacíficas, dialogadas y respetuosas.

Exigir el fin de las agresiones externas es también exigir paz, porque no puede haber paz verdadera cuando se imponen sanciones que afectan el acceso a alimentos, medicinas, energía y desarrollo, ni cuando se promueven escenarios de confrontación que buscan desestabilizar gobiernos legítimos a costa del bienestar colectivo.

Reafirmamos que América Latina y el Caribe no son patio trasero de ninguna potencia, que no aceptamos tutelajes ni órdenes disfrazadas de ayuda, y que la soberanía no se negocia ni se condiciona a intereses ajenos. Defender a Venezuela es defender el principio de igualdad entre las naciones, grandes o pequeñas, ricas o empobrecidas, y recordar que el multilateralismo solo tiene sentido si se basa en el respeto mutuo y no en la imposición unilateral.

La firmeza que reclamamos no es belicista ni excluyente, sino ética y política, una firmeza que rechaza el uso de la fuerza, las amenazas y la coerción como herramientas de la política internacional, y que apuesta por la cooperación, el diálogo y la integración regional como caminos para superar las diferencias.

Desde una perspectiva humanista revolucionaria, sostenemos que ningún proyecto geopolítico puede justificar el daño deliberado a millones de personas, ni convertir el sufrimiento social en un instrumento de presión.

La exigencia de paz implica también rechazar la desinformación, los dobles estándares y la criminalización selectiva de gobiernos que no se alinean con determinados centros de poder, así como promover una mirada crítica, informada y solidaria que permita comprender la complejidad de los procesos internos sin caer en simplificaciones interesadas.

No somos colonia de nadie, no lo fuimos cuando luchamos diariamente por la independencia, no lo seremos y esa convicción se expresa en la defensa de la soberanía venezolana como parte inseparable de la fraternidad con soberanía regional.

La autodeterminación de los pueblos no es una consigna del pasado, sino una tarea permanente que exige coherencia, memoria histórica y compromiso activo frente a cualquier intento de dominación. Por ello, llamamos a la comunidad internacional a abandonar la lógica de la comodidad complaciente y a asumir una responsabilidad de lucha real con la paz, el respeto al derecho internacional y la justicia social ante todos los conflictos, entendiendo que sólo desde la justicia, la igualdad y la solidaridad entre las naciones será posible construir un futuro en el que ningún país sea tratado como colonia y ningún pueblo sea castigado por decidir su propio camino.

Fuente: Aporrea

Tapas - Prensa abad

La democracia venezolana bajo acoso semiótico

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez.


Un análisis semiótico-crítico de la democracia venezolana y de las calumnias burguesas articuladas para desacreditarla exige un abordaje riguroso que distinga entre los procesos reales de producción político-institucional y los dispositivos simbólicos que intentan distorsionar su percepción. No se trata de validar ni refutar modelos de gobierno, sino de examinar cómo se construyen semióticamente las narrativas sobre la democracia, cómo operan las simplificaciones hiper-ideologizadas y cómo ciertos actores del campo político, mediático y económico producen signos destinados a erosionar la legitimidad simbólica del proceso político venezolano. El objetivo es comprender la batalla del sentido, no sustituirla por otra.

En ese marco, la democracia en Venezuela —como cualquier institución política— no existe como esencia abstracta, sino como un proceso histórico en constante disputa. El análisis semiótico exige estudiar cómo ese proceso es representado, recortado, distorsionado o amplificado por discursos de diverso origen burgués, y especialmente por lo que denominamos “las maquinarias ideológicas del capitalismo mediático”. Son estas maquinarias las que construyen, reproducen y exportan significados sobre la democracia según los intereses que representan. Lo que en muchos entornos mediáticos se denomina “calumnia” no debe tratarse en términos morales sino comunicacionales: son operaciones discursivas cuyo objetivo es dislocar la percepción pública, debilitando la legitimidad de un sistema político mediante signos cuidadosamente diseñados.

Una primera clave semiótico-crítica consiste en transparentar la “homogeneización acusatoria” que pretende reducir toda la complejidad institucional venezolana a una narrativa monocorde de ilegitimidad. Este procedimiento opera mediante metonimias selectivas, donde un hecho aislado se presenta como sinécdoque del total. La democracia es representada como una ficción, un simulacro o una fachada. Estas operaciones buscan eliminar la historicidad del proceso político real, sustituyéndola por un relato donde cualquier evidencia empírica favorable queda invisibilizada. No se trata de una crítica política elaborada, sino de una “gramática de deslegitimación automática”, en la cual ciertos términos funcionan como marcadores de cierre: “dictadura”, “fraude”, “régimen”, “autoritarismo”, “represión sistemática”. Cuando tales marcadores aparecen, el receptor es orientado a no analizar, sino a aceptar un diagnóstico cerrado. Son signos que pretenden bloquear el pensamiento. Y omitir, a toda costa, la voluntad democrática del pueblo revolucionario de Venezuela.

Un segundo componente es la exhibición de la agresión como “construcción del déficit democrático”, consistente en una operación en dos fases. En la primera, se define un estándar ideal de democracia basado en modelos occidentales liberales, presentados como universales y a-históricos. En la segunda, se evalúa la democracia venezolana únicamente a partir de ese modelo, sin atender a su propio desarrollo interno ni a sus instituciones específicas. La semiótica crítica identifica este procedimiento como una forma de colonialidad del sentido, en la cual se impone un marco interpretativo externo que invalida cualquier forma no liberal de ejercicio democrático. El análisis científico exige observar este procedimiento como una estrategia discursiva, no como una evaluación institucional neutral.

Una tercera operación de manipulación ideológica (falsa conciencia) es la “demonización del proceso electoral”. La democracia venezolana ha sido objeto de más de veinte procesos electorales en dos décadas, con auditorías multilaterales, participación de múltiples partidos, reformas y concursos constitucionales. Sin embargo, en el campo mediático dominante se ha instalado una estructura narrativa donde cualquier elección se presume ilegítima antes de realizarse. Esto constituye un fenómeno semiótico relevante, la acusación precede al hecho. En este patrón, la narrativa funciona de forma preventiva, anulando el potencial legitimador de la participación popular. Las palabras clave se repiten con una disciplina casi militar: “fraude anunciado”, “elección controlada”, “voto cautivo”, “candidato sin competencia”. La repetición de estos signos crea un régimen perceptivo en el que el evento electoral pierde su valor simbólico antes de existir.

Y una cuarta clave es la ofensiva que propicia la “desaparición del sujeto popular”. En muchas narrativas oposicionales o extranjeras, la ciudadanía venezolana aparece desdibujada, convertida en una masa pasiva, manipulada o prisionera de un aparato institucional. Este procedimiento semiótico borra la agencia política real de millones de personas que participan, votan, debaten y organizan. La democracia es reducida al comportamiento de élites, desplazando el foco del pueblo como productor activo de legitimidad. Para la semiótica crítica, este borramiento del sujeto es una operación ideológica central, quien controla la representación del pueblo controla la representación de la democracia. Las calificaciones que ignoran la participación popular operan como “necropolítica simbólica del demos”: matar al pueblo como sujeto político mediante el lenguaje.

Otro aspecto fundamental es la “hiperindividualización del conflicto”. La democracia venezolana suele ser reducida en el discurso mediático al comportamiento de una sola persona o a la figura del presidente. Esta simplificación produce un efecto semiótico clave: se sustituye la institucionalidad por una subjetividad personalizada, reduciendo la democracia a un antagonismo moral entre individuos. Así se borran las dinámicas institucionales, los poderes públicos, los partidos, las organizaciones sociales y las estructuras constitucionales. Para Buen Abad, este procedimiento forma parte de la “novelización burguesa de la política”: convertir procesos históricos en melodramas para consumo global. Es un acto de despolitización profunda.

En el nivel connotativo, las calumnias —entendidas semióticamente como enunciados acusatorios no sometidos a verificación— utilizan un repertorio de imágenes afectivas que anulan la capacidad crítica: crisis, caos, devastación, ruina moral. Son signos que buscan impactar y saturar antes que informar. Se construye lo que el Laboratorio denomina un “paisaje cognitivo de excepcionalidad permanente”, donde la democracia venezolana aparece como una anomalía inexplicable. La narrativa hegemónica no concibe la posibilidad de un sistema político latinoamericano que combine participación popular, tensiones institucionales, modelos alternativos y disputas reales por la soberanía. La complejidad se sustituye por la alarma.

En términos pragmáticos, estas operaciones discursivas tienen efectos concretos porque condicionan decisiones diplomáticas, justifican sanciones, bloqueos y operaciones de aislamiento internacional. Estos efectos, aunque se inscriben en la política real, dependen de forma decisiva de la efectividad simbólica previa. La semiótica crítica identifica aquí un mecanismo de “preparación comunicacional del castigo”: antes de aplicar una medida coercitiva, se construye una narrativa donde la democracia del país es tan defectuosa que cualquier acción externa aparece no solo legítima, sino necesaria. Esta alineación entre discurso y acción demuestra que el lenguaje no acompaña la política: la produce.

Un análisis semiótico-crítico riguroso debe incluir la dimensión de resistencia revolucionaria. La democracia venezolana, en tanto proceso, genera su propia producción simbólica con narrativas populares, discursos institucionales, prácticas comunitarias, debates internos, movilizaciones, contradicciones y formas de autoafirmación. La semiótica crítica no idealiza estos procesos, pero sí reconoce que configuran un campo discursivo propio que disputa significado frente a la narrativa burguesa global. El estudio científico exige comprender esta dinámica como una lucha entre hegemonía semiótica y contra-hegemonía comunicacional. La democracia no se limita al acto electoral, se expresa también en la disputa por el sentido. Allí donde el lenguaje intenta reducirla a caricatura, emerge la necesidad de devolverle complejidad, historicidad y materialidad.

Nuestro Laboratorio de Semiótica Crítica concluye que las narrativas que pretenden deslegitimar globalmente la democracia venezolana operan mediante dispositivos simbólicos pre-configurados para imponer diagnósticos morales burgueses antes que análisis políticos. La crítica rigurosa exige desmontar estas operaciones no para sustituirlas por otras igualmente dogmáticas, sino para liberar la interpretación del secuestro ideológico. La democracia, como proceso social, debe estudiarse en sus tensiones reales; las calumnias, como artefactos semióticos, deben estudiarse en su funcionamiento material. Sólo así es posible comprender el conflicto simbólico que atraviesa al país y desactivar la ingeniería comunicacional que pretende clausurar su complejidad. Y robarle todas su riquezas.

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¿Quién le teme a la fortaleza cultural cubana?

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Quien entiende la cultura como un campo de batalla estratégico, en la lucha por la emancipación de los pueblos, sabe que la fortaleza cultural cubana no se mide únicamente por la riqueza artística, la literatura o el cine, sino por la capacidad de un pueblo de transformar su conciencia, disputar sentidos hegemónicos y sostener un proyecto histórico que articula soberanía política, justicia social y pensamiento crítico. Es decir, lo realmente nuevo para la especie humana. Desde una nuestra perspectiva semiótica y crítica, la cultura es un instrumento material de la lucha de clases, un terreno donde se juega la hegemonía y la contra-hegemonía, donde se consolidan o debilitan los procesos de emancipación. La cultura cubana, producto de su historia, su revolución y su creatividad popular, representa un obstáculo para los intereses globales que buscan homogeneizar el pensamiento, mercantilizar la vida social y subordinar identidades nacionales a los dictados del capital. Quien le teme a la fortaleza cultural cubana no le teme sólo la música, a la literatura o al cine, sino al potencial de un pueblo que se reconoce actor consciente de su historia, que sabe que la educación, el arte y la memoria son armas estratégicas para disputar la realidad y transformar la vida.

Esa fortaleza cultural de Cuba se construye en la intersección de su revolución histórica y su proyecto humanista, entre creatividad popular y disciplina intelectual. No es un museo ni un espectáculo, es un proceso vivo, que se nutre de la experiencia concreta de la población, de sus victorias y derrotas, y de su capacidad de sostener la revoluciónfrente a presiones ideológicas externas y bloqueos económicos. La cultura no es un reflejo pasivo de las condiciones materiales, sino parte activa de la transformación social, capaz de modificar percepciones, organizar la conciencia y movilizar subjetividades hacia la acción.

Desde la música popular cubana, desde la rumba y el son hasta el jazz afrocubano y la trova, su Cultura no sólo entretiene, especialmente articula historia revolucionaria, memoria y moral de lucha. Cada letra, cada improvisación, es un registro vivo de la lucha y un canal para la transmisión dialéctica de valores colectivos. La obra de trovadores como Silvio Rodríguez, Noel Nicola o Pablo Milanés es ejemplo de cómo el arte puede ser vehículo de crítica social y pedagógica, formando conciencia mientras construye belleza. El cine cubano, desde los documentales del ICAIC hasta las películas de ficción contemporáneas, ha mostrado las complejidades de la vida nacional sin claudicar ante estereotipos externos, abordando temas como la desigualdad, la memoria histórica, la revolución y la vida cotidiana de la población, creando un relato que desafía la narrativa hegemónica global. La literatura, desde Nicolás Guillén hasta Leonardo Padura, ha articulado poesía, novela y ensayo como instrumentos de crítica social y formación de conciencia, mientras que el teatro comunitario y la danza afrocubana mantienen vivas tradiciones populares al tiempo que generan experiencias estéticas con sentido emancipador. Una sola revolución con voces de la cultura diversa.

El temor a la fortaleza cultural cubana surge del reconocimiento de que la cultura puede ser un instrumento de emancipación, un eje que organiza la vida social y consolida la autodeterminación. La educación cubana, desde la alfabetización masiva hasta la formación universitaria, ha producido sujetos capaces de pensar críticamente, de cuestionar el orden establecido y de transformar la realidad social. Esto provoca temor en quienes buscan reducir a los pueblos a consumidores pasivos de información y cultura mercantilizada. La fortaleza cultural de Cuba demuestra que otro mundo es posible, que la dependencia y la alienación no son inevitables, y que la conciencia crítica puede articularse con la práctica transformadora. La cultura cubana se convierte así en contra-hegemonía concreta, una demostración palpable de que la educación, el arte y la memoria pueden organizar la resistencia y sostener un proyecto emancipador frente al poder global. Quien no la conoce se ha perdió de un filón enorme del proyecto civilizatorio más joven de nuestro tiempo.

Esta fortaleza también reside en su capacidad de resistir y reinventarse revolucionariamente. No es rígida ni dogmática; es un proceso que asume la historia con sus contradicciones, reconoce los errores y aprende de la experiencia, incorporando saberes locales e internacionales de manera crítica. Los proyectos culturales comunitarios y los programas educativos integrales permiten la participación activa de la población en la producción de conocimiento, generando sujetos conscientes de su poder transformador. La música, el cine, el teatro y la literatura no solo representan estética, sino que son herramientas pedagógicas y políticas que disputan sentidos, refuerzan la cohesión social y consolidan la memoria histórica.

Quien teme a la fortaleza cultural cubana teme la emancipación de los pueblos, la autonomía de la conciencia y la potencia de una cultura que demuestra que crear, resistir y transformar son actos inseparables. La hegemonía cultural, revolucionaria se conquista no sólo por la fuerza o la economía, sino por la capacidad de producir significados, símbolos y prácticas que orienten la vida social hacia la liberación; en este sentido, Cuba ha construido un espacio simbólico propio que desafía las narrativas hegemónicas, y eso genera temor en quienes desean un mundo uniforme, donde la cultura sea mercancía y no herramienta de conciencia.

Ese temor burgués ante la Cultura cubana se amplifica ante la capacidad de su pueblo de vincular educación, arte y política de manera integral. Los programas de alfabetización masiva, los proyectos culturales comunitarios y la sistematización de la educación artística permiten que la población participe activamente en la producción de conocimiento y sentido. Esto desafía la lógica mercantil y elitista de la cultura globalizada y demuestra que la emancipación no es una utopía, sino práctica histórica y consciente. La fortaleza cultural cubana es, en este sentido, un instrumento de soberanía simbólica, que sostiene la resistencia frente al bloqueo económico, la presión mediática y la intervención extranjera, y que proyecta un modelo de desarrollo humano integral que va más allá del consumo y la homogeneización cultural.

Semejante fortaleza cultural cubana no es exhibición ni nostalgia; es un ejercicio estratégico de emancipación, una praxis de la conciencia, la creatividad y la solidaridad que se constituyen en herramientas de revolución permanente. Comprender que esta fortaleza desafía intereses externos, educa, organiza y fortalece la vida colectiva desde dentro, demostrando que la cultura revolucionaria es pilar irrenunciable de cualquier proyecto de liberación social. Temen a Cuba quienes temen que los pueblos se reconozcan como sujetos de su historia, capaces de crear, transformar y sostener un proyecto emancipador que articule justicia social, soberanía y conciencia crítica. La fortaleza cultural cubana permanece, así como prueba viva de que la emancipación es práctica, no ilusión, y un faro para todos los pueblos que buscan construir un mundo más justo, consciente y libre.

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Militancia Comunicacional: Armar al Pueblo con la Palabra

Prensa LAUICOM – En el marco de la Asamblea de los Pueblos por la Soberanía y la Paz de Nuestra América, la diputada de la Asamblea Nacional y rectora de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), Tania Díaz, afirmó con contundencia que la lucha por la soberanía hoy es inseparable de la batalla por la comunicación. Frente a la escalada del imperialismo norteamericano, que reactiva la Doctrina Monroe bajo nuevas máscaras para mantener su dominio sobre el hemisferio, Venezuela no solo resiste, sino que construye una alternativa emancipadora.

Díaz subrayó que la guerra ahora es militar y cognitiva, se libra con algoritmos que invisibilizan, con medios que mercantilizan la palabra, con mentiras industriales que siembran desesperanza. Por eso, la comunicación no puede ser neutral ni técnica: es un acto político, profundamente humano, que debe recuperarse como herramienta colectiva.

En esa línea, llamó a fortalecer espacios de formación como la Cátedra McBride de LAUICOM, dirigido por el Dr. Fernando Buen Abad, donde se analizan y enfrentan los diez núcleos de la dominación comunicacional global, desde el colonialismo informativo hasta la fragmentación del tejido comunitario.

Pero la defensa no se construye solo en las aulas, sino en la calle. Díaz destacó que el pueblo venezolano ha forjado, a través de la praxis revolucionaria, una “vacuna cognitiva”, un modo de resistir que se expresa en las calles, en las redes, en las paredes y en la radio bemba. Esa estrategia, impulsada por el presidente Nicolás Maduro, se asienta en más de 5.300 circuitos comunales y en la democracia participativa y protagónica que el Comandante Hugo Chávez sembró desde la Constituyente de 1999.

La salida al actual orden imperial no vendrá de las instituciones burguesas ni de la ONU, sino de los pueblos organizados. Porque mientras el imperio confunde para avanzar, nosotros nos encontramos, hablamos y construimos. Y en ese encuentro está la victoria.