Fernando Buen Abad en videoconferencia mostrando el libro «Claves para saber qué sentido tiene todo» durante la Cátedra MacBride en la LAUICOM.

LAUICOM impulsa análisis crítico sobre los desafíos de la comunicación global en la Cátedra MacBride

Prensa LAUICOM – En una reciente jornada virtual, la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), transmitiendo desde su sede en Caracas, Venezuela, llevó a cabo una nueva sesión formativa de la Cátedra Internacional Seán MacBride, centrada en analizar la vigencia del Informe MacBride. El encuentro, dictado por el Dr. Fernando Buen Abad desde la Ciudad de México y conectado vía Zoom con estudiantes, especialistas y voceros comunitarios de diversas partes del mundo, tuvo como objetivo examinar los principales desafíos del panorama comunicacional contemporáneo e impulsar herramientas de análisis para la emancipación semiótica y la soberanía informativa de los pueblos.

10 problemáticas de la comunicación global

Durante la actividad se abordó un diagnóstico de diez problemáticas centrales que caracterizan el entorno informativo actual, destacando la creciente concentración monopólica de medios y plataformas digitales, la desinformación industrializada, la censura algorítmica y el uso geopolítico de la guerra cognitiva. En la discusión se remarcó que la propiedad de las principales redes e infraestructuras mundiales se ha reducido drásticamente en las últimas décadas, consolidando una hegemonía tecnológica e ideológica que promueve modelos individualistas en deterioro de los lazos comunitarios y los procesos de organización colectiva.

Frente a este escenario, la Cátedra MacBride enfatizó la urgencia de transitar de la mera resistencia hacia una contraofensiva comunicacional estructurada. En este sentido, se planteó la necesidad de promover una profunda alfabetización crítica en la sociedad, defender la diversidad cultural frente al colonialismo informativo y consolidar redes de medios comunitarios y alternativos que fortalezcan el tejido social.

Unidad estratégica: El legado de MacBride por la soberanía informativa

Las reflexiones compartidas durante el espacio dejaron sobre la mesa la imperiosa necesidad de articular alianzas sólidas entre instituciones académicas, organizaciones sociales y movimientos populares a escala regional y global. Desde este espacio de formación y debate, LAUICOM sostiene su apuesta por dotar a las comunidades de herramientas analíticas capaces de desmontar la hegemonía mediática y abrir paso a un modelo comunicativo genuinamente ético, soberano y liberador.

Participantes de la Cátedra Macbrideconversando e interviniendo con un micrófono durante una jornada de debate en LAUICOM.
Participante interveniendo con un micrófono durante una sesión de la Cátedra Macbride en LAUICOM, acompañado por otra asistente.
Profesor interviniendo con un micrófono durante una sesión de la Cátedra en LAUICOM.

Autor: Prensa LAUICOM – Y.W.

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La Inteligencia Artificial en las agendas de la ONU

Tecnologías, monopolios tecnológicos y guerra cognitiva.

Lo que se ve y lo que no.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Esta semana se reúne la Asamblea General de las Naciones Unidas en su 81.º período de sesiones, entre el 22 y el 28 de septiembre de 2026. Su lema central será: “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”. Y estará atravesada por un clima global de belicismo mercantil imperial y su niña mimada en el presente, la mal llamada Inteligencia Artificial.

Democratizar la Inteligencia Artificial no debería significar solamente ampliar el acceso de los usuarios al menú del mercado de aplicaciones, sino democratizar las capacidades para crearla, manejarla, comprenderla, auditarla, producirla, cuestionarla y decidir colectivamente sus usos. Desarrollar una política tecnológica soberana. La pregunta estratégica para las Naciones Unidas y para los pueblos no es únicamente cómo controlar los excesos de la IA monopolizada, sino cómo impedir que una transformación civilizatoria quede subordinada a intereses mercantiles e ideológicos bajo una lógica en la que la eficiencia burguesa termine reemplazando la deliberación social. Finalmente, la disputa debería centrarse en algo más profundo: el derecho de las sociedades a participar en la construcción de los lenguajes con los que interpretan la realidad que experimentan, se interpretarán y podrán erradicar todos sus horrores. En este contexto, la Inteligencia Artificial trasciende la mera función de herramienta y se transforma en un territorio de conflicto cultural: una contienda por quién designa, quién clasifica, quién recuerda, quién hace visible y quién consigue que una representación del mundo se acepte como la correcta. Disputa por el sentido.

Porque la, mal llamada, Inteligencia Artificial está lejos de ser asunto reservado a los vendedores de mercancías tecnológicas, a las corporaciones digitales o a los especialistas en computación y a todas sus alianzas militares, de espionaje y represión. El incremento de su presencia en las agendas de las Naciones Unidas evidencia una transformación de magnitud histórica: no se trata únicamente del desarrollo de nuevas herramientas, sino también del control de infraestructuras capaces de influir en la producción de conocimiento, la circulación de información, la organización laboral, la seguridad, la economía, la cultura y, en constante crecimiento, en las condiciones en las que los seres humanos construyen sus percepciones de la realidad. Lo que está en discusión bajo la palabra “Inteligencia Artificial” es mucho más que una tecnología.

Se está en disputa la habilidad para producir, procesar, ordenar y jerarquizar grandes volúmenes de datos; quién tendrá el control sobre los sistemas de computación y las redes de infraestructura; quién determinará los criterios con los que las máquinas clasifican el mundo; quién podrá imponer sus modelos lingüísticos y culturales; quién tendrá acceso privilegiado a las capacidades de cálculo y quién quedará reducido a un consumidor dependiente de tecnologías producidas en otros centros de poder. Por eso resulta anestésico mirar la IA solamente desde la fascinación tecnológica o desde el temor a una futura rebelión de las máquinas.

Hay que mirar al capitalismo y las relaciones sociales, económicas y geopolíticas que existen detrás de ellas. Una cantidad relativamente pequeña de corporaciones concentra capacidades extraordinarias de cómputo, datos, infraestructura, modelos, plataformas y capital. Ese proceso de concentración transforma a los monopolios tecnológicos en actores con una capacidad de intervención que excede ampliamente el mercado tradicional. No únicamente comercializan productos: gestionan infraestructuras de comunicación, poseen grandes repositorios de datos, supervisan plataformas donde se genera y distribuye cultura, participan en los circuitos de información y desarrollan sistemas capaces de generar textos, imágenes, sonidos, código y respuestas que millones de individuos integran en sus procesos cotidianos de adquisición de conocimiento. Y algunos gobiernos son cómplices de tal canallada.

Así resulta que unas pocas empresas pueden controlar las infraestructuras mediante las cuales millones de personas buscan información, producen contenidos, interpretan acontecimientos y toman decisiones; estamos frente a una forma de poder que no puede analizarse únicamente con las categorías tradicionales (y frecuentemente ilusionistas) de la economía burguesa. El problema es también semiótico y político. La IA puede convertirse en una gigantesca maquinaria de producción y administración de sentidos. Se le permite seleccionar lo que se manifiesta, lo que se oculta, lo que se considera relevante, lo que se presenta como verdadero, lo que se descarta como marginal y el lenguaje disponible para denominar los sucesos.

No hace falta imaginar una conspiración centralizada para comprender el problema. Basta observar que los sistemas funcionan mediante datos, modelos, criterios de clasificación, objetivos comerciales, políticas de plataforma y decisiones humanas que no son neutrales. Cada sistema incorpora determinadas concepciones del mundo y, al mismo tiempo, puede reproducir las desigualdades, prejuicios y jerarquías presentes en los materiales con los que se construyó. Por eso la discusión internacional sobre gobernanza de la IA es inseparable de una discusión sobre soberanía. Soberanía tecnológica, pero también soberanía cultural, lingüística, científica y cognitiva.

Para los mal llamados países periféricos, el riesgo no consiste solamente en llegar tarde a una revolución tecnológica. Se trata de quedar inmersos en una nueva división global laboral en la que unos pocos centros producen modelos, chips, infraestructura y conocimiento, mientras que grandes regiones del planeta aportan datos, usuarios, recursos naturales, energía, mercados y trabajo, y posteriormente adquieren las tecnologías resultantes. La dependencia podría adoptar así una forma nueva: no solamente depender de máquinas fabricadas afuera, sino depender de sistemas que participan en la producción de nuestras propias representaciones del mundo.

En este punto aparece la dimensión de la guerra cognitiva. No se trata de reducir toda IA a una herramienta militar ni de afirmar que toda manipulación informativa proviene de algoritmos. Consiste en admitir que la contienda contemporánea por el poder incorpora cada vez más la habilidad de influir en la atención, las percepciones, las emociones, la memoria social y los marcos interpretativos a través de los cuales las sociedades interpretan los sucesos. Una sociedad cuya información puede ser personalizada hasta el extremo, cuya agenda pública puede ser modulada por sistemas algorítmicos y cuyos ciudadanos reciben contenidos distintos de acuerdo a perfiles invisibles, experimenta una profunda transformación de su espacio público. La guerra cognitiva, en ese sentido, no necesita comenzar con una falsedad espectacular.

Puede operar mediante saturación, fragmentación, repetición, invisibilización, polarización, fabricación de tendencias o desplazamiento permanente de la atención. Puede hacer que determinados problemas parezcan centrales mientras otros desaparecen del campo perceptivo. Puede producir la ilusión de que una determinada interpretación es espontáneamente mayoritaria cuando, en realidad, ha sido amplificada por mecanismos tecnológicos. Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿qué estamos viendo cuando miramos una pantalla y qué parte de la realidad ha quedado fuera del encuadre?

Entonces las agendas de Naciones Unidas son importantes precisamente porque se ha vuelto escandaloso el plan imperial llamado Inteligencia Artificial que se disfraza de marco multilateral de gobernanza, derechos, desarrollo y cooperación. Debemos denunciar lo que queda fuera de las agendas, qué conceptos predominan y quiénes tienen capacidad efectiva para intervenir en su definición. “Inteligencia Artificial responsable”, “Inteligencia Artificial segura” o “Inteligencia Artificial centrada en el ser humano” son importantes, pero no son suficientes si no se cuestiona quién tiene las infraestructuras, quién tiene el control de los datos, quién determina los estándares, quién obtiene los beneficios y quién asume la responsabilidad de los costos sociales y ambientales. Cómo sirve a los negocios bélicos.

Tampoco alcanza con discutir la desinformación sin discutir la arquitectura económica de las plataformas que convierten la atención humana en mercancía. La cuestión decisiva no es solamente qué puede hacer la Inteligencia Artificial, sino quién puede hacer qué con ella, bajo qué condiciones y para beneficio de quién. Allí se encuentra lo que se ve y lo que no se ve. Vemos modelos cada vez más poderosos, interfaces seductoras, máquinas capaces de producir imágenes, voces y textos extraordinariamente convincentes.

Vemos la promesa de productividad, innovación y progreso. Lo que frecuentemente no observamos es el uso de centros de procesamiento de datos, el consumo energético, los minerales, las cadenas de suministro, los trabajadores invisibilizados, los grandes volúmenes de datos, las decisiones corporativas, los intereses geopolíticos y las relaciones de propiedad que posibilitan esa aparente magia. Y tampoco vemos suficientemente el desplazamiento silencioso de una batalla fundamental: la lucha por determinar quién tendrá capacidad de producir sentido en sociedades cada vez más mediadas por sistemas algorítmicos.

Por eso la discusión sobre Inteligencia Artificial no puede quedar encerrada en la ingeniería. Es una discusión económica, geopolítica, cultural y semiótica. Es una discusión sobre el poder. La auténtica preocupación radica en la posibilidad de que los pueblos tengan la capacidad de interpretar su propia realidad, generar sus propios saberes y disputar los sentidos con los que se organiza la vida colectiva. La verdadera pregunta estratégica no es si las máquinas pensarán como los seres humanos. Es quién está consiguiendo que los seres humanos piensen cada vez más dentro de las condiciones diseñadas por las máquinas y por quienes las controlan.

Es imperativo solicitar a la Organización de las Naciones Unidas que se pronuncie sobre el dilema actual de la Inteligencia Artificial. Uno de los problemas fundamentales es la soberanía cognitiva, en particular la capacidad de una sociedad para preservar sus propios márgenes de interpretación, deliberación y decisión cuando una gran cantidad de sus mediaciones culturales comienza a depender de sistemas tecnológicos desarrollados y gestionados por actores transnacionales. Especialmente en el centro de la Guerra Cultural desplegada por el capitalismo en su fase imperial. Esto obliga a ampliar la noción de soberanía más allá del territorio, las fronteras y los recursos materiales. Además, será necesario debatir sobre la soberanía sobre los datos, las lenguas, los archivos culturales, los conocimientos colectivos y las condiciones a través de las cuales una comunidad puede hacerse visible en los sistemas que organizan el saber. La problemática adquiere una magnitud particularmente delicada para las comunidades cuyas experiencias históricas, lenguajes y formas de conocimiento han sido tradicionalmente subrepresentadas en las arquitecturas de información. Si las ofensivas comerciales, tecnológicas y militares de los propietarios de la Inteligencia Artificial se transforman en mediadores privilegiados entre los individuos y el mundo, estar fuera de su construcción equivale a estar parcialmente fuera de la definición tecnológica del presente y del futuro. Es decir, quedar dentro de una nueva esclavitud.

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Una televisora sólo para los libros

Por: Fernando Buen Abad Domínguez

Una televisora pública dedicada exclusivamente a los libros parecería, a primera vista, una extravagancia cultural; llevada hasta sus últimas consecuencias, podría convertirse en una de las instituciones más radicalmente democráticas de nuestro tiempo. Porque un libro no es únicamente un objeto impreso, una mercancía cultural o un depósito de palabras: es una tecnología histórica de producción de conciencia. Hoy, la televisión que más necesita una sociedad alfabetizada es aquella que renuncia a televisar la realidad tal como el mercado la ha organizado. Esta paradoja, en lugar de ser un juego de palabras, posee una verdad palpable: para hacer visible el mundo, es necesario aprender a percibir aquello que el espectáculo intenta enmascarar. En lugares donde la televisión comercial genera espectadores, una televisión pública centrada en los libros podría generar lectores; en lugares donde la industria cultural gestiona la atención como un recurso lucrativo, podría organizarse colectivamente la experiencia del pensamiento. La diferencia parece pequeña. En realidad, contiene una ruptura de época.

Imaginemos una televisora cuya materia prima fueran los libros y cuyo verdadero acontecimiento fuese la inteligencia editorial. No se trata de una pantalla transformada en vitrina de novedades, ni de una serie de celebridades que hablan de sus propias publicaciones, ni de una pedagogía enriquecida con el propósito de tranquilizar al observador. Hablo de una institución pública capaz de convertir cada libro en una expedición hacia las relaciones sociales que lo hicieron posible. Un programa dedicado a la poesía podría recrear las circunstancias materiales que permiten la supervivencia de una lengua; una conversación sobre filosofía podría desvelar qué formas de poder determinaron la difusión histórica de determinadas ideas; una novela podría ser interpretada como un archivo sensible de una época, atravesando salarios, guerras, migraciones, deseos, jerarquías, formas familiares, tecnologías, territorios y conflictos. Hasta un diccionario podría convertirse en un laboratorio político de las palabras, porque cada definición encierra una historia de disputas por nombrar el mundo.

Aquí aparece un dilema decisivo: ¿qué significa publicar la inteligencia? Durante siglos, el acceso a los instrumentos superiores de interpretación estuvo distribuido de manera profundamente desigual. Las clases dominantes no necesitaron prohibir universalmente el pensamiento; les bastó con administrar las condiciones materiales de su circulación. El tiempo destinado a la lectura, la educación, las bibliotecas, la disponibilidad de libros, la formación lingüística, la serenidad requerida para estudiar, la oportunidad de dialogar sin la constante necesidad de sobrevivir: todo esto tiene una historia social. La desigualdad cultural jamás flota por encima de la desigualdad económica. La reproduce, la legitima, a veces la disfraza de mérito individual. Por eso una política revolucionaria de la lectura no puede reducirse a regalar libros. Debe disputar las condiciones de producción, distribución y apropiación del conocimiento.

Una televisora pública de los libros podría intervenir precisamente allí: en el punto donde la mercancía cultural encuentra a la conciencia humana. Su tarea fundamental sería hacer que el libro deje de aparecer como propiedad privada del lector especializado y se transforme en experiencia colectiva. La pantalla entraría en una biblioteca y la biblioteca entraría en la vida cotidiana. Millones de individuos podrían asistir de manera simultánea a una lectura de Shakespeare, dialogar con Marx, explorar a Cervantes, descubrir a Sor Juana, interrogar a Walter Benjamin, escuchar a Fanon, retornar a Aristóteles, debatir con Gramsci, estremecerse con Dostoyevski, comprender a Rosa Luxemburgo, atravesar a Mariátegui, conversar con Simone Weil, confrontar a Brecht, descubrir autores desconocidos, recuperar libros excluidos del canon y cuestionar por qué algunos nombres se elevaron a monumentos mientras otros quedaron sepultados en los márgenes de la historia.

Verdadero lujo de una democracia donde nadie tuviera que pedir permiso para pensar. Y pensar requiere conflicto. Una cultura viva no organiza consensos prematuros: produce preguntas capaces de incomodar las certezas. El lector descubre que detrás de una palabra que aparenta ser inocente se encuentra una relación de poder; detrás de una costumbre, una historia; detrás de una fortuna, trabajo acumulado; detrás de una institución, intereses materiales; detrás de una representación artística, una pugna por el significado. Entonces ocurre algo extraordinario: la literatura deja de ser decoración espiritual y comienza a revelar la arquitectura social de la existencia.

Esa revelación constituye una forma superior de alfabetización. No consiste únicamente en comprender lo que dice un texto, sino también en comprender qué mundo habla a través de él. La lectura de verdad conlleva la comprensión de que las ideas están condicionadas por condiciones históricas, que las conciencias se constituyen dentro de relaciones específicas y que ninguna experiencia individual puede ser entendida de manera completa e independiente de las estructuras que la circundan. El protagonista de una novela que pierde su empleo, la mujer que espera una remuneración que rara vez recibe, el campesino expulsado de su territorio, el migrante que atraviesa una frontera, el trabajador que vende su fuerza laboral, el propietario que transforma dicha fuerza en acumulación: todos pueden presentarse como individuos aislados hasta que una lectura meticulosa descubre la relación que los vincula. Allí comienza la inteligencia crítica.

Una televisora semejante tendría que ser, por tanto, una fábrica pública de mediaciones. Su excelencia no dependería de la espectacularidad del presupuesto, tampoco de la cantidad de cámaras. Dependería de la calidad de las preguntas. Cada emisión podría ilustrar cómo se lleva a cabo la investigación de un libro, la elaboración de una edición, la traducción de una obra, la construcción de un aparato crítico, la recuperación de un manuscrito, la determinación de una portada, la disputa de una interpretación. El trabajo editorial aparecería entonces como trabajo intelectual colectivo. El editor se convertiría en una figura intangible; el traductor recuperaría su estatus de creador; el corrector exhibiría la dignidad de su profesión; el impresor revelaría la materialidad del libro; el bibliotecario se presentaría como custodio de una memoria social. La cadena editorial completa adquiriría rostro, voz, historia y conflicto.

Sería además una escuela de estética. Porque una revolución de las conciencias que desprecie la forma está condenada a empobrecer su propio horizonte. La belleza también organiza nuestra relación con el mundo. Una edición meticulosa, una lectura en voz alta, una ilustración, una tipografía meticulosa, una música seleccionada meticulosamente y una conversación mantenida sin vulgaridad pueden ilustrar que la dignidad humana merece formas de representación dignas. La ética y la estética hallarían una alianza tangible: el aprendizaje de una mejor capacidad de pensamiento implica también el aprendizaje de una mayor profundidad en las emociones, una escucha más precisa y el reconocimiento de una humanidad que el orden social tiende a fragmentar.Y la televisora de los libros tendría que resistir una tentación decisiva: convertir la cultura en sermón. La conciencia no se emancipa mediante consignas repetidas hasta el cansancio. Se transforma cuando encuentra relaciones que antes permanecían invisibles. La tarea pedagógica más elevada consiste en entregar herramientas para que cada espectador pueda producir sus propias conexiones, comprobarlas, discutirlas, corregirlas y llevarlas a la práctica. El conocimiento deja de ser una respuesta administrada desde arriba y se convierte en capacidad social para formular preguntas mejores.Por consiguiente, la programación podría estructurarse en torno a problemas humanos y sociales de gran relevancia: trabajo, riqueza, pobreza, amor, guerra, territorio, ciencia, infancia, memoria, lenguaje, tecnología, poder, colonialismo, naturaleza, tiempo, muerte, emancipación. Cada problema abriría una constelación de libros. Cada libro conduciría a otros. Cada programa produciría una biblioteca mental que continuaría creciendo después de apagar la pantalla. El objetivo no sería retener al espectador frente al aparato; sería expulsarlo de la pantalla hacia el mundo con una mirada nueva.

Ahí reside la paradoja final: una televisora verdaderamente dedicada a los libros tendría como misión conseguir que la televisión dejara de ser el centro de la experiencia. Su triunfo se evaluaría en base a las conversaciones que generara en las residencias, los libros que retornaran a las manos, las bibliotecas que se inundaran, las cuestiones que emergieran en las instituciones educativas, los trabajadores que debatieran una novela durante el descanso, las comunidades que organizaran círculos de lectura y los jóvenes que descubrieran que una idea puede ser más subversiva que una consigna y más peligrosa para un orden injusto que cualquier espectáculo de indignación preestablecido.Entonces comprenderíamos algo que el sentido común mercantil procura mantener separado: leer es una práctica política porque modifica la relación entre experiencia y totalidad. Un pueblo que aprende a leer críticamente comienza a reconocer las mediaciones que producen su propia vida. Explora que lo que aparenta ser un destino posee una historia; que lo que aparenta ser natural tiene relaciones sociales; que lo que aparenta ser individual puede manifestar una contradicción colectiva; y que lo que aparenta ser imposible puede ser apenas impensable dentro de las categorías heredadas. Ese desplazamiento de la mirada constituye una forma concreta de emancipación.Así la televisora pública de los libros debería existir, finalmente, para producir ese desplazamiento. No para enseñarnos qué debemos pensar, tampoco para sustituir la experiencia por comentarios sobre la experiencia. Su función sería mucho más ambiciosa: poner en circulación las herramientas con las que una sociedad puede pensarse a sí misma. Sería una infraestructura pública de la imaginación, una universidad abierta, una biblioteca audiovisual, un taller de interpretación constante, un territorio común para la inteligencia colectiva. El histórico espectáculo colectivo de la inteligencia editorial.

Es posible que allí hallemos la inversión más fructífera de todas: una pantalla que nos instruya en el apagado de la pantalla; una televisión que nos conduzca al libro; un espectáculo cuyo valor reside en recuperar nuestra habilidad para dialogar; una institución pública cuyo producto más valioso no sea una audiencia cautiva, sino una ciudadanía intelectualmente insumisa. Porque cuando los seres humanos aprenden a leer las palabras hasta descubrir las relaciones que las sostienen, empiezan también a leer las relaciones sociales hasta descubrir que pueden transformarlas. Y ese instante, que aparenta ser íntimo, puede transformarse en un suceso histórico: el instante exacto en el que una conciencia descubre que el mundo no concluye en el punto de conclusión de la página, dado que cada página puede abrir una puerta hacia aquello que aún no ha existido.Pensemos que el medio más poderoso para leer un libro podría ser una máquina inventada para impedir que pensemos. La paradoja se inicia: una televisión pública dedicada exclusivamente a la literatura parecería subyugar la lectura a la lógica de la pantalla, cuando podría hacer exactamente lo contrario, emplear la pantalla para retornar a la sociedad aquello que la pantalla comercial le ha privado: tiempo mental. No se trataría de televisar libros. Se trataría de televisar el acto mismo por el cual una sociedad aprende a producir pensamiento. Por consiguiente, la televisión dejaría de ser un dispositivo ubicado frente a nosotros para transformarse en una ventana hacia aquello que habitualmente se encuentra tras todas las ventanas: el trabajo invisible mediante el cual los seres humanos generan significado.Hay una riqueza que casi raras veces aparece en las estadísticas económicas: la riqueza intelectual acumulada durante siglos y puesta a disposición de cualquiera que sepa abrir un libro. Una biblioteca contiene una forma peculiar de abundancia. Simultáneamente, se encuentran muertos que aún debaten, desconocidos que pueden convertirse en interlocutores, derrotados que conservaron una idea, pueblos desaparecidos que dejaron un vocablo, generaciones completas que trabajaron para que nosotros pudiéramos plantear interrogantes que ellas apenas lograron concebir. ¿Por qué esta abundancia debería estar confinada en instituciones frecuentadas de manera desigual, mientras millones de individuos reciben diariamente volúmenes industriales de información diseñada para desaparecer de la memoria pocas horas después?

Una televisora pública de los libros podría comenzar precisamente por ese escándalo. No tendría que preguntarse cómo competir con las plataformas comerciales. Tendría que preguntarse cómo volver innecesaria esa competencia. Su materia preciosa sería la duración. Una hora dedicada a comprender una página. Una noche entera alrededor de una obra. Una semana siguiendo una pregunta. Meses acompañando la lectura de un autor. La televisión descubriría una dimensión que el régimen contemporáneo de la atención considera improductiva: la lentitud. La lentitud, bajo ciertas circunstancias, puede transformarse en una potencia política, dado que facilita la formación de vínculos entre fenómenos que la velocidad mantiene artificialmente separados.Sabemos que el capitalismo conoce perfectamente el valor del tiempo. Por eso lo compra, lo vende, lo fragmenta, lo cronometra y lo convierte en rendimiento. Existe una forma especialmente refinada de desposesión cuando una persona posee acceso formal a la cultura, pero carece de las condiciones temporales para apropiársela. Tener un libro y disponer de tiempo para leerlo pertenecen a universos sociales distintos. Una política pública de la inteligencia debería comprender esa diferencia. Democratizar la lectura significa también democratizar las condiciones que hacen posible la concentración, la conversación y el estudio.

Y la gran televisora de los libros podría convertir ese conflicto en espectáculo, pero en un sentido completamente diferente del que conocemos. Mostraría, por ejemplo, a un traductor trabajando durante seis horas sobre una sola frase. El público vería aparecer ante sus ojos el conflicto entre dos palabras que parecían equivalentes hasta que dejan de serlo. Vería a un historiador perseguir una referencia perdida. A una investigadora, confrontar dos manuscritos. A un impresor explicar por qué una determinada composición tipográfica modifica la respiración de una página. A un editor le cuesta rechazar una solución fácil porque traiciona la arquitectura de una obra. De pronto, el trabajo intelectual dejaría de aparecer como inspiración individual y recuperaría su condición de trabajo social.Ese descubrimiento sería profundamente subversivo. Nuestra época adora presentar los productos acabados y esconder las condiciones de producción. Vemos el libro; raramente vemos la multitud de capacidades humanas que lo hacen posible. Vemos una teoría; rara vez observamos las décadas de lecturas, discusiones, derrotas, archivos y experiencias que la sostienen. Vemos una obra genial y olvidamos la sociedad que permitió, obstaculizó o reprimió su aparición. Una televisión con la capacidad de mostrar dicha trama generaría una pedagogía materialista sin la necesidad de transformarla en una doctrina: instruiría en cuestionar qué labor se encuentra detrás de cada resultado, qué relaciones posibilitan su existencia, quién tiene acceso a ello, quién queda excluido y qué intereses determinan su distribución.

También podría hacer algo todavía más extraño: televisar los libros que fracasaron. No solo los grandes clásicos, sino también aquellos textos que han sido ridiculizados, prohibidos, ignorados, publicados demasiado pronto, considerados inelegibles, derrotados por la moda o condenados por no concordar con el gusto predominante. Una historia de la cultura construida desde sus descartes modificaría nuestra percepción del canon. Exploremos que la posteridad no es una entidad neutral y que la persistencia de una obra depende de instituciones, recursos, escuelas, editoriales, mercados, traducciones, programas educativos y relaciones de poder. El canon dejaría de parecer una montaña natural de obras eternas y aparecería como una geografía histórica de selecciones.Porque la televisora tendría entonces una misión extraordinaria: enseñar a sospechar de lo evidente sin destruir la posibilidad de admirar. Porque la crítica auténtica no consiste en desmontar la belleza hasta convertirla en cadáver sociológico. Consiste en descubrir por qué una forma nos conmueve, qué experiencia humana condensa, qué contradicciones consigue expresar y qué límites históricos también la atraviesan. Una lectura verdaderamente libre no necesita elegir entre la inteligencia y el estremecimiento. Puede analizar un poema y todavía temblar ante él. Puede estudiar la arquitectura económica de una novela y quedar atrapada por una frase. Puede descubrir la lucha social inscrita en una obra sin reducirla a esa lucha.

Y aquí aparecería quizá el programa más importante de toda la televisora: aquel en el que nadie explica el libro. Un grupo de lectores se reuniría alrededor de una mesa. Tendrían que enfrentarse con el texto sin autoridad tutelar. El conductor apenas formularía preguntas. ¿Qué contradicción no habían advertido? ¿Qué personaje dice algo que la obra parece desmentir? ¿Qué palabra cambia de significado cuando conocemos su historia? ¿Qué silencio resulta más elocuente que un discurso? ¿Quién tiene derecho a hablar? ¿Quién es hablado por otros? ¿Qué relación de poder aparece donde aparentemente solo había una historia de amor? La inteligencia comenzaría entonces a circular horizontalmente. El espectador dejaría de consumir interpretación y tendría que producirla.Eso sería decisivo porque una conciencia emancipada no es aquella que ha acumulado respuestas correctas. Es aquella que ha desarrollado capacidad para detectar problemas donde antes solo veía normalidad. La verdadera revolución de las conciencias ocurre cuando cambia el campo de lo pensable. Cuando una persona descubre que su pobreza no es una insuficiencia moral. Cuando comprende que una costumbre posee una historia. Cuando advierte que una palabra organiza una jerarquía. Cuando descubre que una relación presentada como natural es una construcción social. Cuando comprende que aquello que parecía inevitable fue producido por seres humanos y, por esa misma razón, puede ser transformado por seres humanos.

Ello se debe a que el libro posee una cualidad extraordinaria para desencadenar ese movimiento: conserva la posibilidad de que una conciencia se encuentre consigo misma sin la obligación de responder inmediatamente. Entre una frase y su comprensión existe un territorio. Ese territorio necesita protección pública. La televisora debería protegerlo. Es posible que exista una franja dedicada a las palabras confiscadas durante aquel periodo: términos que han perdido su densidad, términos empleados para encubrir lo que deberían ocultar, términos convertidos en mercancía publicitaria, términos que han cambiado de propietario. Otra podría reconstruir la biografía material de una idea: dónde nació, qué problemas intentaba resolver, qué instituciones la combatieron, quién la convirtió después en mercancía académica. Otra podría enfrentar dos libros separados por siglos para descubrir que están discutiendo, sin saberlo, sobre el mismo conflicto humano. Otra podría entregar una obra a cien lectores de edades, oficios y territorios diferentes y observar qué mundo descubre cada uno.Porque una sociedad también se organiza mediante aquello que consigue imaginar. Si únicamente podemos imaginar como posibles las relaciones que ya conocemos, terminamos confundiendo realidad con destino. La literatura rompe esa prisión porque inventa vidas que todavía no existen, pero la crítica permite comprender por qué esas vidas no existen todavía. Entre ambas aparece una potencia formidable: imaginar históricamente. Una televisora pública de los libros tendría que vivir en esa tensión. No ofrecería evasión frente al mundo, tampoco convertiría cada novela en un panfleto sobre el mundo. Haría algo más difícil: permitiría entrar en la ficción para regresar a la realidad con instrumentos nuevos. Allí estarían su ética y también su estética. No manipular la emoción. No humillar la inteligencia. No simplificar al pueblo para hacerlo “accesible”. No confundir claridad con pobreza conceptual. No suponer que la excelencia pertenece a una minoría social. Hablarle a cualquiera con la misma dignidad intelectual con que se habla a los especialistas.

Es posible que esa sería la auténtica revolución editorial: comprender que la inteligencia no es un privilegio escaso que debe ser gestionado desde una posición superior, sino una capacidad social cuya expansión depende de las condiciones materiales de su ejercicio. Entonces la televisión podría protagonizar su propia negación dialéctica. Inventaría una pantalla cuya finalidad no fuera producir dependencia de la pantalla. Una institución financiada públicamente cuyo mayor triunfo consistiera en generar actividades que ocurren lejos de ella. Un espectáculo que devolviera silencio. Una programación que produjera conversación. Una industria cultural cuyo producto final fuese una ciudadanía menos manipulable.Y acaso el último programa debería ser siempre el mismo: la cámara se apagaría, quedaría sobre una mesa un libro abierto y nadie explicaría nada. En millones de hogares comenzaría entonces el verdadero programa. Alguien leería una página. Alguien discutiría. Alguien buscaría una palabra. Alguien cerraría el libro indignado. Alguien lo abriría de nuevo. Alguien descubriría, quizá por primera vez, que aquello que había considerado una desgracia privada formaba parte de una historia colectiva. En ese momento, una operación que parecía insignificante habría cambiado de escala: una experiencia individual habría descubierto su vínculo con la totalidad.

Y la televisión habría cumplido su cometido cultural precisamente cuando dejara de ser necesaria. Porque el objetivo último de una política pública de la inteligencia no puede ser llenar el mundo de contenidos. Tiene que ser llenarlo de seres humanos capaces de producir sentido, disputar el sentido y transformar las condiciones bajo las cuales ese sentido se produce. Una sociedad que alcanza semejante capacidad ya no necesita que le expliquen permanentemente la realidad: comienza a interrogarla por cuenta propia. Y ese día los libros dejarían de estar esperando lectores. Estarían esperando revolucionarios de la mirada.

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¿Una crítica para la Escuela de Frankfurt?

Por: Fernando Buen Abad Domínguez

Una paradoja en la Escuela de Frankfurt consiste en haber llevado hasta una lucidez extraordinaria la crítica de una sociedad que, sin embargo, terminó siendo contemplada con frecuencia desde una distancia que debilitó la necesidad de transformación. Su grandeza está en haber comprendido que el dominio no se ejerce solamente sobre los cuerpos y el salario, sino también sobre la imaginación, el lenguaje, el deseo, el tiempo y la memoria; esa tara aparece cuando una conquista teórica contra las formas de dominación convierte a la dominación misma en un laberinto de pura observación casi sin salida. Allí donde Marx había descubierto en el capital una relación social contradictoria históricamente determinada, susceptible de ser abolida por la acción consciente de quienes padecen sus agresiones, ciertos desarrollos frankfurtianos tendieron a convertir la totalidad social en una maquinaria tan envolvente que la emancipación comenzó a parecer una posibilidad metafísica antes que una tarea histórica de clase. Su contradicción es significativa: cuanto más penetrante se vuelve la crítica de la totalidad, más difícil parece encontrar dentro de ella el sujeto capaz de negarla.

Porque la Escuela de Frankfurt no fue, en rigor, una escuela nacida de un manifiesto ni una doctrina homogénea, sino el nombre retrospectivo dado a una constelación intelectual reunida alrededor del Instituto de Investigación Social de Frankfurt, fundado en 1923 con el impulso decisivo de Felix Weil y una orientación inicialmente marxista; su primer director fue Carl Grünberg, historiador del movimiento obrero, y Friedrich Pollock ocupó desde temprano un lugar fundamental en su organización. Fue Max Horkheimer, al asumir la dirección en 1930, quien imprimió al Instituto la fisonomía que luego identificaríamos como Teoría Crítica: una tentativa de pensar la sociedad como totalidad histórica, articulando economía política, filosofía, sociología, psicología y crítica de la cultura, sin someterse al “marxismo ortodoxo” de la época. A su alrededor gravitaron Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse, Erich Fromm, Friedrich Pollock y Leo Löwenthal, entre otros; Walter Benjamin, aunque nunca fue miembro formal del Instituto, mantuvo con ese círculo una relación intelectual decisiva. El ascenso del nazismo obligó al Instituto al exilio y trasladó el centro de su actividad a Ginebra y luego a Nueva York, experiencia que dejó una marca profunda en una generación que contempló el fracaso de la revolución alemana, el triunfo del fascismo y, posteriormente, las formas burocráticas y autoritarias que adoptó parte del socialismo histórico. De esa herida nace buena parte de su originalidad: ya no bastaba con preguntar por qué los trabajadores eran explotados; había que preguntar también por qué una civilización capaz de producir semejante riqueza material podía producir obediencia, barbarie y consentimiento. La Escuela de Frankfurt convirtió esa pregunta en una filosofía de la sospecha sobre la modernidad: allí donde el progreso proclamaba su victoria, ellos buscaban las ruinas que había dejado fuera de su relato.

Una crítica a tal crítica no trata de desconocer la formidable ruptura que la Escuela de Frankfurt produjo frente a un marxismo reducido a catecismo económico. Horkheimer, Adorno, Marcuse y, por otros caminos, Benjamin, comprendieron algo que ningún materialismo digno de ese nombre podía ignorar: la reproducción de una sociedad no depende exclusivamente de sus fábricas, bancos y aparatos jurídicos, sino también de la fabricación cotidiana de consentimiento. La mercancía no termina en el escaparate; prolonga su existencia en la sensibilidad. La dominación aprende a hablar con la voz de sus dominados. La cultura industrializada puede transformar la experiencia estética en circulación de mercancías y, al mismo tiempo, fabricar hábitos de percepción compatibles con la obediencia. Esta ampliación del campo de batalla fue una contribución decisiva. Pero precisamente por haber descubierto con tanta precisión la omnipresencia de la mediación ideológica, la teoría crítica corrió el riesgo de perder de vista las mediaciones materiales que hacen posible esa ideología. El peligro consiste en que la crítica de la conciencia termine sustituyendo la crítica de las relaciones sociales que producen esa conciencia.

Así la categoría de industria cultural es ejemplar. Adorno y Horkheimer vieron con enorme anticipación la capacidad del capitalismo avanzado para convertir la cultura otra mercancía y en una rama de la producción serial, sometiendo la diferencia a fórmulas repetibles y haciendo del entretenimiento una prolongación del trabajo. Pero su diagnóstico puede volverse unilateral cuando la cultura popular aparece principalmente como una zona de administración de conciencias. Cierto paternalismo “intelectual”. En semejante perspectiva, las masas parecen condenadas a recibir productos ideológicos, mientras la crítica conserva una posición casi exterior, semejante a la del observador (el observatorio) que descubre los mecanismos secretos de un reloj sin preguntarse quién posee el reloj, quién le da cuerda, quién lo fabrica y qué relaciones de poder determinan su funcionamiento. El problema no es sólo que la industria cultural manipule; evidentemente lo hace. El problema es reducir la cultura a la sola manipulación. Las clases subalternas no son recipientes vacíos de mensajes: interpretan, resignifican, contradicen, mezclan, recuerdan, producen lenguajes propios y disputan sentidos. La hegemonía nunca es idéntica a la omnipotencia. Hay disputa de clase por el sentido.

Aquí reaparece una diferencia fundamental con Marx. El capitalismo no es únicamente un sistema de falsificación de la conciencia, sino una estructura explotadora de producción y reproducción de la vida social. Su fuerza no reside simplemente en que consiga que los explotados piensen como sus explotadores, sino en que usurpa materialmente el plusproducto y las condiciones dentro de las cuales deben vender su fuerza de trabajo para vivir. El fetichismo de la mercancía no significa que las personas sean víctimas de una ilusión psicológica; significa que relaciones sociales entre productores aparecen como relaciones entre cosas. La mistificación tiene, por tanto, una base objetiva. Si se privilegia la crítica de la razón instrumental, de la conciencia administrada o de la cultura cosificada, pero se atenúa la anatomía económica de la valorización, puede terminar confundiéndose el efecto con la causa. El capital no domina porque haya producido una conciencia capitalista; produce determinadas formas de conciencia porque domina las condiciones materiales de reproducción social. Incluidos loes medios, los modos y las relaciones de producción de sentido.

Así el pesimismo de la primera generación frankfurtiana se explica también por su experiencia histórica. El fascismo, el estalinismo y la derrota de las expectativas revolucionarias europeas hicieron añicos la confianza en un progreso emancipatorio de la historia. Esa desconfianza fue saludable: ningún pensamiento emancipador puede permitirse creer que la historia posee una brújula moral incorporada. Pero la crítica del determinismo histórico puede transformarse en otro determinismo, más sombrío: el de una sociedad en la cual las formas de dominación se reproducen con tal eficacia que la negatividad termina siendo casi la única figura disponible de resistencia. Adorno hizo de la no-identidad una poderosa defensa contra el pensamiento que subsume violentamente lo particular bajo conceptos totalizantes. Sin embargo, si toda síntesis es sospechosa de violencia y toda identidad colectiva corre el riesgo de convertirse en dominación, ¿cómo pensar la organización política de quienes necesitan reconocerse como fuerza histórica para disputar el poder? La emancipación exige distinguir entre identidad opresiva e identidad política; entre la totalidad como categoría de dominio y la totalidad como conocimiento de las relaciones que vinculan cada fragmento con el conjunto.

Entonces la dialéctica negativa posee, por ello, una grandeza y una insuficiencia inseparables. Enseña a desconfiar de las reconciliaciones prematuras, de las palabras que cierran demasiado pronto una contradicción y de los sistemas filosóficos que convierten la realidad en una demostración de sí mismos. Pero una dialéctica que sólo preserva la herida de la contradicción corre el riesgo de hacer de la imposibilidad una virtud teórica. Marx no pensó la contradicción para contemplarla indefinidamente, sino para descubrir en ella tendencias objetivas, antagonismos y posibilidades de intervención. La contradicción capital-trabajo no es solamente una desgracia lógica; es una relación histórica en la que se enfrentan intereses materiales. La historia no ofrece garantías de victoria, pero tampoco es una sala cerrada sin puertas. Si la teoría crítica pierde la dimensión de la praxis, su negatividad puede convertirse, paradójicamente, en una forma refinada de contemplación.

Marcuse abrió una fisura importante en ese pesimismo al recuperar la posibilidad de una transformación de las necesidades, del tiempo y de la sensibilidad. Su crítica del hombre unidimensional mostró que el capitalismo puede fabricar necesidades cuya satisfacción reproduce la estructura que las produce. Pero también aquí es necesario radicalizar el problema: no basta con denunciar necesidades falsas. Hay que preguntar quién controla socialmente los medios para satisfacer necesidades reales y quién decide qué cuenta como vida digna. La cuestión ecológica vuelve hoy indispensable esta pregunta. El capital convierte la naturaleza en condición gratuita de valorización y externaliza sus costos sobre comunidades, territorios, cuerpos y generaciones futuras. Una teoría crítica contemporánea no puede limitarse a denunciar la racionalidad instrumental; debe explicar la racionalidad económica que transforma bosques, ríos, minerales, alimentos y tiempo humano en magnitudes subordinadas a la acumulación. La devastación ecológica no es simplemente consecuencia de una razón que calcula demasiado: es consecuencia de una forma social que calcula primordialmente aquello que puede convertirse en valor.

También la cuestión de género exige completar críticamente el legado frankfurtiano. La reproducción social no puede entenderse sólo desde el trabajo asalariado industrial ni desde la cultura administrada. El capitalismo se sostiene sobre una inmensa arquitectura de trabajos históricamente feminizados: cuidados, crianza, reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo, sostenimiento afectivo y doméstico de la vida. Allí donde la teoría crítica observa la colonización de la subjetividad, una crítica materialista debe preguntar quién cocina, quién cuida, quién limpia, quién renuncia a tiempo propio y bajo qué relaciones de poder se distribuyen esas tareas. El dominio sobre la conciencia y el dominio sobre la vida cotidiana no son mundos separados. El patriarcado y el capital han tejido históricamente alianzas variables, y comprenderlas exige abandonar tanto el economicismo que reduce el género a una superestructura secundaria como el culturalismo que pierde de vista la materialidad de la reproducción social.

Habermas intentó reconstruir la posibilidad emancipatoria trasladando el centro de gravedad hacia la acción comunicativa y el espacio público. Su aporte fue decisivo para comprender que la dominación también puede instalarse en las formas de comunicación y que la racionalidad no tiene por qué reducirse a la eficacia instrumental. Sin embargo, la separación tajante entre sistema y mundo de la vida puede dejar intacta una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las estructuras económicas no sólo colonizan la comunicación, sino que determinan materialmente las condiciones de acceso a ella? La esfera pública nunca es un espacio neutral donde argumentos libres compiten en igualdad de condiciones. Quien posee medios de comunicación, plataformas, capital cultural, tiempo disponible y capacidad de organización entra en la conversación con una fuerza que no puede explicarse únicamente mediante reglas discursivas. La libertad de hablar no equivale a la capacidad social de ser escuchado.

Así una crítica fraterna de Frankfurt, no admite desechar a Frankfurt, sino en atravesarlo. Hay que conservar su sospecha ante las formas de dominación cultural, su crítica de la razón convertida en instrumento, su defensa de la memoria de los vencidos y su negativa a confundir progreso técnico con emancipación humana. Pero es necesario devolver esas intuiciones al terreno de las relaciones sociales de producción, de la lucha de clases, de la propiedad, del Estado, de la organización colectiva y de la praxis. La teoría crítica alcanza su plenitud cuando deja de ser solamente una lámpara que ilumina el laberinto y se convierte en conocimiento de sus paredes, de los materiales con que fueron construidas y de las fuerzas que podrían derribarlas. Porque el capitalismo tiene, en efecto, una extraordinaria capacidad para convertir incluso la rebelión en mercancía; pero esa capacidad no demuestra que toda rebelión esté condenada. Demuestra que el conflicto es permanente. Transparentar el financiamiento de la ideología (falsa conciencia)

Quizá el error más profundo de ciertas lecturas de Frankfurt haya sido confundir la dificultad de la emancipación con su imposibilidad. Marx nunca prometió que la historia conduciría por sí sola a una sociedad libre; descubrió, más sobriamente, que en las contradicciones del presente existen posibilidades que ninguna teoría puede realizar en lugar de los sujetos. La libertad no es un regalo de la historia ni una propiedad privada de la conciencia crítica: es una relación social que debe ser construida. Por eso la tarea de la teoría no termina cuando ha desenmascarado la apariencia. Debe explicar qué fuerzas producen esa apariencia, qué intereses la sostienen, qué sujetos pueden disputarla y qué instituciones nuevas podrían impedir su retorno bajo otro nombre. Si Frankfurt nos enseñó que la jaula puede estar también dentro de las palabras, una crítica marxista debe añadir que las palabras de la jaula fueron fabricadas en determinadas relaciones sociales. Y esa precisión cambia todo: porque lo históricamente construido puede ser históricamente transformado. El laberinto deja entonces de ser destino y recupera su condición más inquietante y más esperanzadora: la de una obra humana. Ningún laberinto construido por hombres posee, por el solo hecho de existir, el derecho a durar eternamente.

Su primera matriz histórica se agota y se transforma. Ese agotamiento puede situarse en varios problemas decisivos:

El pesimismo sobre la praxis revolucionaria. En Adorno y Horkheimer, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, la crítica del capitalismo se vuelve cada vez más crítica de las condiciones mismas de posibilidad de la emancipación. El problema deja de ser sólo cómo transformar la sociedad y pasa a ser cómo evitar que toda transformación reproduzca nuevas formas de dominación.

La pérdida de centralidad de la lucha de clases. La clase trabajadora deja de aparecer como sujeto revolucionario privilegiado. La crítica se desplaza hacia la cultura, la subjetividad, la racionalidad, la comunicación y las formas de integración social. Ahí aparece una distancia creciente respecto del núcleo materialista de Marx.

La industria cultural y la sociedad administrada. Su diagnóstico de la cultura de masas fue extraordinariamente fecundo, pero su radicalización pesimista tendió a representar al público como demasiado integrado al sistema. El problema posterior será explicar la resistencia, la apropiación popular y la producción autónoma de cultura.

La crítica de la razón instrumental. La denuncia de una racionalidad reducida a cálculo, eficiencia y dominio alcanza una enorme potencia filosófica, pero corre el riesgo de volverse demasiado abstracta cuando no distingue entre la razón como capacidad humana y las formas históricas concretas bajo las cuales el capital organiza la producción.

La experiencia del fascismo y del estalinismo. Éste es quizá el punto de inflexión más profundo. El fracaso de la revolución alemana, el nazismo y el estalinismo quebraron la confianza en una historia orientada necesariamente hacia la emancipación. La crítica del capitalismo terminó acompañada por una desconfianza hacia los propios proyectos revolucionarios.

La dificultad para pensar una estrategia política. La Escuela de Frankfurt produjo una formidable teoría de la dominación, pero mucho menos una teoría de la organización, del partido, del poder estatal o de la transición hacia otra forma social. Su pregunta “¿cómo funciona la dominación?” fue mucho más desarrollada que “¿cómo se construye el poder capaz de abolirla?”.

La separación entre teoría y praxis. Éste es, desde una crítica marxista, probablemente su límite mayor. La teoría crítica quiso conservar la negatividad frente a toda reconciliación falsa; pero cuando la negatividad no encuentra mediaciones organizativas, puede convertirse en una posición contemplativa: comprender la totalidad sin disponer de un sujeto histórico capaz de transformarla.

La segunda generación: Habermas. Con Habermas se produce un desplazamiento decisivo: de la crítica de la razón instrumental hacia la racionalidad comunicativa, el consenso, la esfera pública y la democracia deliberativa. La Escuela de Frankfurt sobrevive, pero ya no es exactamente la misma. El centro de gravedad se aleja todavía más de la economía política marxiana.

Los nuevos movimientos sociales. Feminismo, ecologismo, anticolonialismo, luchas raciales y culturales obligaron a ampliar el viejo esquema. La explotación no podía comprenderse únicamente desde la fábrica y el salario. Paradójicamente, muchos de esos desarrollos posteriores confirmaron una intuición frankfurtiana —que la dominación penetra la vida cotidiana, el lenguaje y la subjetividad—, pero también mostraron que la clase no podía desaparecer del análisis material.

En términos históricos, la primera Escuela de Frankfurt alcanza su punto de máxima densidad entre los años treinta y sesenta. Después de Adorno —muerto en 1969— y Horkheimer —en 1973—, su núcleo original ya no existe como proyecto intelectual unitario. Habermas consigue reconstruir la tradición desde otro paradigma, y posteriormente Axel Honneth y otros autores la prolongan mediante la teoría del reconocimiento. Pero cuanto más se transforma, menos estrictamente marxista es su fundamento. Desde una perspectiva no dogmática, podría formularse así: Frankfurt no se debilita porque haya visto demasiado poco, sino porque en determinado momento vio tan profundamente las formas de dominación que terminó viendo con insuficiente claridad las condiciones materiales de su superación. Su gran descubrimiento fue que el capital necesita producir sujetos compatibles con su reproducción; su gran debilidad fue no explicar con igual fuerza cómo esos mismos sujetos, insertos contradictoriamente en las relaciones sociales, pueden convertirse en fuerza colectiva capaz de transformarlas. Y ahí está, quizá, el verdadero punto de agotamiento: la Escuela de Frankfurt hizo de la crítica una potencia extraordinaria, pero no logró convertir esa potencia crítica en una teoría suficientemente concreta de la transición histórica.

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Ética, comunicación, Informe MacBride y guerra cognitiva

Por: Fernando Buen Abad Domínguez

Desde su perspectiva, el Informe MacBride (1980) conserva una actualidad extraordinaria. Su defensa de una comunicación más justa advierte que la desigualdad informativa no era un accidente técnico. Allí donde unos pocos monopolios trasnacionales y nacionales concentran canales, tecnologías, agencias y capacidad de nombrar, también concentran poder para desfigurar la realidad. Advierte que la libertad de expresión pierde densidad cuando millones no pueden hablar dentro de un sistema donde unos cuantos deciden qué discursos alcanzarán escala, qué acontecimientos ocuparán la memoria y qué sufrimientos serán convertidos en ruido. Existe además una censura más refinada, ejercida mediante saturación, velocidad, repetición y olvido. Una sociedad puede estar llena de mensajes y padecer una profunda escasez de mundo compartido.

A escala global, la producción y circulación de sentido está cada vez más concentrada en un pequeño núcleo de corporaciones: Alphabet/Google, Meta, Amazon, Comcast/NBCUniversal, Disney, Netflix, Sony, Paramount Skydance, Warner Bros. Discovery y ByteDance. Su poder no se limita a poseer medios: controlan simultáneamente plataformas, algoritmos, datos, publicidad, infraestructura digital, estudios, canales, catálogos y sistemas de distribución, determinando qué contenidos se producen, cuáles circulan, qué adquiere visibilidad y cómo se organiza la atención social. Más que monopolios jurídicos individuales, constituyen un oligopolio global de la comunicación y de las relaciones de producción de sentido.

Hay signos que parecen describir el mundo cuando, en realidad, ya lo han organizado antes de que podamos mirarlo. Ésa es la paradoja inicial de toda comunicación: creemos entrar en contacto con la realidad por medio de palabras, imágenes y cifras, cuando muchas veces entramos en una realidad previamente recortada por ellas. El mapa precede al viaje y puede hacernos confundir el territorio con su leyenda. Allí comienza la ética: en la evidencia de que cada signo hegemónico puede ser una forma de dominación y de que cada poder necesita una conciencia capaz de imponerlo. Comunicar no consiste apenas en transmitir información; significa disputar la forma en que algo puede aparecer para el consenso como verdadero, visible, urgente o inevitable. La pregunta decisiva deja de ser quién posee la voz y pasa a ser quién determina aquello que merece ser escuchado.

Aquí aparece la guerra cognitiva, operación antigua con herramientas nuevas: gobernar la percepción hasta conseguir que los subordinados colaboren con la arquitectura mental de su propia subordinación. Ya no hace falta imponer una mentira única; basta multiplicar versiones incompatibles, erosionar la confianza, convertir toda evidencia en sospecha y toda conversación en combate. El objetivo más eficaz no es convencer de una idea, sino debilitar la capacidad de distinguir, comparar, recordar y deliberar. La mente fatigada termina aceptando como libertad la imposibilidad de saber. El poder alcanza así una forma paradójica: quien cree defenderse de la propaganda puede quedar atrapado en una atmósfera donde nada parece digno de crédito, y en ese vacío la fuerza vuelve a presentarse como realidad. Eso es inadmisible.

Por eso la ética comunicacional comienza donde termina la obediencia automática al flujo. Exige memoria, contraste, responsabilidad y respeto por la dignidad de quienes aparecen representados. Toda imagen contiene una relación de fuerzas. Una mujer convertida en mercancía visual, una trabajadora reducida a cifra de productividad, una comunidad indígena presentada como paisaje exótico, un migrante convertido en amenaza o un territorio descrito como reserva de recursos no son simples errores de encuadre: son operaciones semióticas que distribuyen humanidad de manera desigual. La perspectiva de género revela una antigua ingeniería de la mirada: durante siglos, el cuerpo femenino fue narrado como objeto, mientras autoridad, razón y voz pública se asociaban con lo masculino. Desarmar esa gramática significa dejar de considerar natural una jerarquía producida históricamente.

Por ejemplo, con una perspectiva ecológica se introduce una inversión todavía más profunda. La civilización moderna aprendió a representar la naturaleza como exterioridad, depósito disponible para la producción. La montaña aparece como mineral, el bosque como madera, el río como energía, el aire como recipiente de residuos. Miremos al revés: no vivimos sobre la naturaleza; vivimos dentro de una red viviente que sostiene cada acto económico, político y cultural. El recurso natural es, desde otro ángulo, una relación de dependencia que hemos aprendido a ocultar. El paisaje que parecía estar fuera de nosotros resulta estar dentro de nuestro metabolismo social. Destruirlo no es dañar un decorado exterior: es deteriorar las condiciones materiales de nuestra libertad. La crisis ecológica revela una contradicción escondida por el lenguaje económico: aquello que aparece como gratuito suele ser aquello que alguien, algún territorio o alguna generación está pagando.

Esta inversión permite comprender de otro modo la relación entre comunicación y estructura social. Las mercancías circulan también como signos. Un teléfono contiene minerales, trabajo, energía, deseo, prestigio y promesa de pertenencia. Una plataforma que parece gratuita puede obtener riqueza de nuestra atención, nuestros datos y nuestra conducta predecible. El consumidor aparece como soberano justo cuando sus elecciones son anticipadas por sistemas que conocen sus hábitos. La libertad queda invertida: aquello que parece elección individual puede ser resultado de una arquitectura colectiva de incentivos. La conciencia crítica comienza cuando dejamos de preguntar solamente “¿qué quiero?” y preguntamos “¿quién ha contribuido a producir la forma de mi querer?”.

Entonces una ética nuestra contra la guerra cognitiva es una revolución de la conciencia en pie de lucha que consiste en revertir las categorías que parecían evidentes. Entonces comprendemos que la comunicación no fracasa solamente cuando recibimos demasiadas mentiras; fracasa antes, cuando dejamos de preguntar quién construyó las condiciones de nuestra percepción. Transparentar el financiamiento del discurso hegemónico. La conciencia emancipada no es la que posee todas las respuestas, sino la que recupera el derecho a formular preguntas que el poder preferiría mantener invisibles. Allí comienza una comunicación verdaderamente humana: cuando el signo deja de cerrar el mundo y vuelve a abrirlo.

El Informe recomiensa promover “la diversidad cultural y lingüística en los medios”, anticipando debates actuales sobre representación, género y reconocimiento de pueblos históricamente marginados (Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980). La comunicación democrática debía expresar la pluralidad de experiencias humanas y no reproducir únicamente los códigos culturales de los grupos dominantes. Desde esta perspectiva, la igualdad comunicacional incluye también la lucha contra las representaciones que convierten a las mujeres, a las comunidades indígenas y a los sectores populares en objetos pasivos de narraciones construidas desde afuera.

Finalmente, MacBride y la Comisión insistieron en que “la comunicación debe contribuir al entendimiento entre los pueblos y a la cooperación internacional”, situando la ética comunicativa en relación con la paz, la justicia y el desarrollo humano (Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980). Estas recomendaciones muestran que el Informe no propuso una moral para corregir excesos individuales, sino una transformación profunda de las relaciones comunicacionales. Su intuición decisiva permanece: una sociedad que no controla democráticamente sus procesos de producción de sentido termina viendo el mundo con los ojos de quienes controlan esos procesos. “Los monopolios y las concentraciones excesivas de los medios pueden constituir una amenaza para la democracia.” Informe MacBride et al., Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980.

· Fernando Buen Abad Domínguez es rector internacional de la UICOMy director de la Cátedra Internacional Sean MacBride.

Referencias:

MacBride, Sean et al. Un solo mundo, voces múltiples: Comunicación e información en nuestro tiempo. Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación. París: UNESCO, 1980.UNESCO. Many Voices, One World: Towards a New More Just and More Efficient World Information and Communication Order. París: UNESCO, 1980.

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Un hombre que amaba al futuro

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

-Esto no es una elegía-

“Pienso que en vez de invertir tanto en el desarrollo de armas cada vez más sofisticadas,los que tienen los recursos para ello debieran promover las investigaciones médicasy poner al servicio de la humanidad los frutos de la ciencia…”

Fidel Castro, inauguración de obras de ampliación del Hospital Clínico Quirúrgico “Joaquín Albarrán”, La Habana, 5 de junio de 1989.

Hay vidas más anchas y profundas que una biografía porque su verdadera dimensión no está solamente en los años que ocupan un calendario, sino en la cantidad de conciencia, esperanza y voluntad que lograron inspirar en otros seres humanos. Fidel Castro es ante todo un humanista de acción: un revolucionario que no contempla la historia como un espectador distante, sino como un territorio donde debe intervenir la voluntad. Su pensamiento está marcado por la convicción de que ningún pueblo debe resignarse a la subordinación, que ninguna nación está destinada al silencio y que la dignidad de los hombres no puede depender del poder económico, militar o político que bloquea su desarrollo. En esa convicción está la fuerza que lo acompaña hoy y siempre. No hay lugar para romantizar su lucha.

Fidel pertenece a esa clase de revolucionarios paridos bajo la presión de una época entera: una existencia donde converge la pasión por la justicia, la defensa de la soberanía, la fe en la capacidad creadora de los pueblos y una inagotable confianza en la que los seres humanos han de elevarse por encima de las circunstancias que intentan condenarlos. Hay algo profundamente humano en quien dedica su existencia a una causa que considera superior a sí mismo. Fidel Castro encarnó esa figura del hombre comprometido con una misión: alguien que acepta la responsabilidad de una época porque entiende que la historia no es una sucesión inevitable de acontecimientos, sino una obra abierta donde la voluntad humana puede escribir nuevos capítulos. Su vida es una afirmación constante de que los pueblos tienen derecho a imaginar su propio futuro.

Una de sus grandes pasiones es la educación, entendida no como un simple instrumento técnico, sino como la llave para la conquista de la libertad intelectual. Para él, un niño que aprende a leer, un joven que accede al conocimiento y un ciudadano que comprende el mundo que lo rodea representan victorias profundas contra la ignorancia y la desigualdad. La cultura, la ciencia y la formación humana ocupan un lugar central en su visión de humanista, porque ve, como Martí, en ellas la posibilidad de construir hombres y mujeres más libres, más conscientes y más capaces de participar en la transformación de la realidad. Con absoluto realismo y poesía.

También concede como expresión concreta de solidaridad humana. Eso se expresa en la expansión de la medicina cubana y en la formación de profesionales dedicados al cuidado solidario de la vida como una de las manifestaciones más nobles del socialismo. Toda enfermedad es un desafío colectivo que exige compasión, conocimiento y organización, y eso es parte esencial de su praxis humanista. Sin embargo, acaso una de las características más extraordinarias de Fidel Castro es su capacidad de lucha. Pocos líderes han sostenido durante tanto tiempo una coherencia histórica de semejante magnitud. A lo largo de décadas enfrentó, junto a su pueblo, amenazas, presiones internacionales y adversidades de todo tipo sin abandonar la convicción revolucionaria asumida. Esa perseverancia es una expresión de carácter: la prueba de un hombre que no vivía según la comodidad del presente, sino según la responsabilidad que atribuía al futuro.

Esa es la talla de los grandes personajes históricos que suelen convertirse en espejos donde cada generación busca sus propias preguntas. En el caso de Fidel Castro, millones de personas encuentran la imagen de un líder esperanza frente al escepticismo. La grandeza de un hombre histórico no se mide únicamente por la duración de su presencia, sino por la intensidad de las huellas que deja. Hay nombres que desaparecen con el tiempo porque nunca lograron tocar el corazón colectivo; otros permanecen porque encarnaron sueños, conflictos y aspiraciones que continúan interrogando a la humanidad. Fidel pertenece a esa segunda categoría: la de aquellos cuya figura supera el ámbito privado y se convierte en parte de la memoria y del futuro de millones. Así es el humanismo revolucionario.

Un homenaje verdadero no es una estatua inmóvil, sino una conversación entre la revolución y la humanidad. Es reconocer que detrás de cada acontecimiento está un ser humano con convicciones, sacrificios, esperanzas y una voluntad extraordinaria. Fidel Castro es entrega total en una praxis-herramienta de combate del presente en páginas del futuro, imagen de un hombre con una intensidad excepcional que atravesó fronteras, que desafió adversidades con un proyecto que tiene como horizonte fundamental la dignidad humana. Porque las figuras históricas no pertenecen solamente a su tiempo: pertenecen también a la memoria de quienes encuentran en ellas una parte de sus propios sueños.

Y así, en el vasto libro de la historia de las revoluciones, donde cada generación añade nuevas páginas y cada pueblo incuba sus símbolos, está la figura de Fidel que orienta a la humanidad hacia una nueva declaración de independencia, con la educación como herramienta de emancipación y la lucha política como expresión de compromiso con los seres humanos.

Hay revolucionarios que pertenecen a su tiempo y otros que lo exceden, por una extraña conjunción de destino y voluntad, que parecen pertenecer también a la conciencia histórica de todos los pueblos. Fidel Castro es para millones de seres humanos una figura inscrita en la historia y, al mismo tiempo, una presencia donde los hechos dejan de ser solamente acontecimientos y comienzan a convertirse en símbolos. En pie de lucha e incluso con crudeza.

Fidel es un revolucionario vivo que convirtió su lucha en argumento, en ejemplo tatuado sobre la piel de nuestra historia. Es una voluntad inquebrantable contra los calendarios imperiales; un espejo con el rostro de pueblos. Un compendio de destinos emancipados y emancipadores y su obra es una ciencia de la dirección revolucionaria, con una épica de la voluntad que se hace símbolo y sobrevive en la memoria de las luchas como un viajero que va de puerta en puerta, de una casa a otra, sabiéndose inquilino del futuro propio y colectivo. Más vivo que nunca.

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100 años de Fidel: brújula revolucionaria que renueva el espíritu de los pueblos

Prensa LAUICOM – Ante la conmemoración por los cien años de Fidel Castro,el rector internacional de la Universidad Internacional de las Comunicaciones, Fernando Buen Abad, definió esta fecha como una «responsabilidad política» de trascendencia global.

Destacó que el líder cubano legó una «síntesis crucial para pensarnos» y las herramientas necesarias para «transformar este mundo» frente a la depredación del sistema capitalista.

Para el académico, este siglo de historia representa apenas «un parpadeo en la historia de la humanidad» frente a las luchas urgentes por superar la barbarie actual.

En este sentido, subrayó la necesidad de transitar hacia los «derechos colectivos, los derechos sociales, los derechos socialistas», integrando la voluntad y el pensamiento en una acción donde, precisamente, en Fidel encontramos la decisión de entregar la vida en esa lucha.

Finalmente, desde su perspectiva, resaltó que Fidel constituye una «gran escuela de comunicación» cuya oratoria «renueva la palabra porque la renueva en el espíritu», reafirmando que, en la batalla permanente por la emancipación, «la brújula que es Fidel es indispensable» como una enseñanza viva que debe guiar a las generaciones actuales y futuras.

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Amor sin límites: Proteger y reencontrar a las mascostas con sus familias es la mayor prioridad

Prensa LAUICOM- Este lunes, fue transmitida una nueva edición de ¡Por la vida, lo que sea!, una programación especial que lleva a cabo la Universidad Internacional de las Comunicaciones a través de Radio LAUICOM y que arrancó esta semana con un tema de interés: la protección y el reencuentro que han tenido las mascotas con sus familias luego del doblete sísmico y cómo ha sido el trabajo de rescate y atención que reciben en los campamentos transitorios.

La vicerrectora de Asuntos Académicos, Tibisay León dirigió este encuentro donde el rescate se posiciona como una prioridad ética y ecosocialista; el espacio visibilizó la labor de cuatro especialistas que, arriesgando todo, salvaron vidas en las zonas más afectadas del país.

Asimismo, destacó los esfuerzos con iniciativas como Misión Nevado y organizaciones locales para garantizar el bienestar y esterilización masiva.

Héroes frente al colapso en las regiones

Durante el espacio, Humberto Oropeza detalló las estrategias de las brigadas en bicicleta que dirige desde hace 35 años, movilizando medicinas y alimentos esenciales hacia las zonas más colapsadas del estado La Guaira.

Por su parte, Aida Malavé expuso la gestión del refugio «Mara y Aida» en San Bernardino, donde actualmente albergan y atienden a 34 perros recuperados en el marco de la sexta transformación nacional.

Ambos rescatistas enfatizaron ante la audiencia la importancia crítica de garantizar un riguroso cuidado pre y postoperatorio para consolidar la salud de todos los animales que fueron recuperados de los escombros.

​Esterilización y protección

Asimismo, Marelis Espinoza, proteccionista en el Hospital Vargas, visibilizó su lucha de veinte años promoviendo la esterilización sistemática como la única vía eficiente para controlar la alarmante población de animales en situación de abandono.

​En este sentido, Raquel Cárdenas, con tres décadas de labor en Altagracia y Misión Nevado, enfocó su derecho de palabra en la protección de la fauna del Panteón Nacional y en facilitar procesos de adopción responsable.

Finalmente, exhortaron a la población a desmontar noticias falsas sobre especies silvestres como serpientes o rabipelados, solicitando además donaciones urgentes de insumos básicos y transporte para los campamentos transitorios.

Canales de contacto y adopción responsable

Para impulsar adopciones de perros y gatos sin importar raza, edad o tamaño, el público puede seguir a Marelis Espinoza en Instagram mediante @ecoanimalistasverdes o registrar casos a través de la red @michisdelaguaira.​

Igualmente, la Fundación Peludos del Panteón coordina donaciones y rescates desde su cuenta oficial @peluditos.del.panteon y vía telefónica al 0412-5404989, promoviendo una profunda empatía comunitaria para marcar la diferencia.

​Por su parte, el rescatista Humberto Oropeza mantiene habilitada la línea telefónica 0412-9708246 para la recepción de insumos médicos, alimentos y apoyo logístico en traslados, demostrando que en Venezuela los buenos somos más.

Autora: Daymar Rincón

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Mensaje urgente para Venezuela. Hermosa Venezuela: diez cosas que aprendimos de su dolor y de su valentía

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Venezuela enseñó que ningún pueblo puede reducirse a los titulares canallas de una mafia mediática. Detrás de cada estadística permanecen rostros, memorias, afectos, trabajos, canciones y una voluntad de existir que ninguna crisis consigue extinguir. El sufrimiento jamás agotó la riqueza espiritual de una sociedad que continúa produciendo cultura, ciencia, solidaridad y esperanza.

Aprendimos que el dolor colectivo posee memoria. Cada dificultad deja marcas profundas en las familias, en las instituciones, en los barrios y en el lenguaje cotidiano. Esa memoria no reclama venganza; exige comprensión, avance y la decisión de impedir que las heridas vuelvan a repetirse.

Aprendimos que la dignidad puede sobrevivir incluso cuando las condiciones materiales parecen negarla. Millones de personas sostiene la vida mediante redes familiares, iniciativas comunitarias, creatividad económica y ayuda mutua. Su socialismo bolivariano. La revolución adquirió la forma de un gesto cotidiano: compartir un alimento, cuidar a un vecino, mantener abierta una escuela, preservar una biblioteca, continuar investigando, sembrar, enseñar y curar. Emprender misiones humanistas. Comuna o nada.

Aprendimos que ninguna diferencia política justifica el abandono de la humanidad compartida. Las discrepancias forman parte de toda sociedad democrática. La deshumanización del adversario destruye los puentes indispensables para fecundar la nueva convivencia. El respeto constituye una condición de la paz, nunca una concesión.

Aprendimos que la soberanía posee una dimensión ética antes que retórica. Defender la capacidad de un pueblo para decidir su destino implica proteger la vida, el conocimiento, la producción, la cultura y las instituciones capaces de garantizar el bienestar colectivo. La igualdad. La independencia pierde sentido cuando olvida a las personas concretas.

Aprendimos que la lucha emancipadora nunca representa únicamente una cifra demográfica. Cada acción por la justicia social contiene una biografía, una familia y un proyecto que busca continuar en otra con la unidad de su pueblo.

Aprendimos que la solidaridad latinoamericana deja de ser una consigna cuando se convierte en solidaridad, hospitalidad, cooperación científica, intercambio cultural y defensa recíproca de la dignidad humana. Las fronteras organizan los Estados; la fraternidad organiza los pueblos.

Aprendimos que la información constituye un territorio decisivo. Las palabras moldean percepciones, legitiman decisiones y pueden contribuir tanto a la comprensión como al enfrentamiento. La responsabilidad intelectual exige distinguir entre análisis, propaganda, rumor y evidencia. Ninguna sociedad prospera cuando el diálogo es sustituido por caricaturas.

Aprendimos que la cultura permanece como uno de los patrimonios más resistentes. La poesía, la música, el teatro, el cine, la pintura y las tradiciones populares conservaron espacios para la imaginación incluso durante las circunstancias más difíciles. Allí donde el desaliento pretendía imponerse, el arte recordó que toda comunidad necesita símbolos capaces de renovar la confianza.

Aprendimos que la esperanza auténtica no consiste en esperar pasivamente. La esperanza trabaja, organiza, estudia, dialoga, produce y corrige errores. Requiere instituciones firmes y abiertas, ciudadanía activa, pensamiento crítico y voluntad permanente de encuentro. Ningún futuro digno nace del resentimiento burgués; cada futuro sólido requiere aprendizaje de pueblo compartido.

Finalmente, aprendimos que Venezuela pertenece al patrimonio moral de Nuestra América por la fuerza de su gente. La historia de ese país reúne sacrificios inmensos y extraordinarias capacidades de creación. Cada generación recibe la responsabilidad de transformar el sufrimiento en sabiduría, la adversidad en cooperación y la memoria en una fuente de justicia. Quien contempla a Venezuela con atención descubre mucho más que una nación enfrentada a desafíos complejos: descubre una sociedad que continúa defendiendo su derecho a imaginar un porvenir más humano, más libre, más culto y más solidario. Esa lección trasciende cualquier coyuntura y permanece como un llamado dirigido a todos los pueblos que aspiran a convertir el dolor en una escuela de dignidad y la valentía en una práctica cotidiana de construcción colectiva. No nos alcanzará la eternidad para arrepentirnos si no sabemos generar un gran movimiento planetario en defensa de la Revolución Venezolana

Mil gracias pueblo hermano.

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Resiliencia y verdad: La respuesta de Venezuela ante el doblete sísmico

Prensa LAUICOM- Este miércoles, desde el programa «Entre Líneas», conducido por Beverly Serrano, Wilman Verdú y Olga Uribe, profesores de Lauicom, exaltaron la respuesta gubernamental para atender a miles de familias afectadas. Este espacio busca informar la verdad sobre la recuperación nacional y contrarrestar las noticias falsas.

Se detalló el alcance de la Gran Misión Venezuela Renace, la cual atiende actualmente a más de 86,000 familias damnificadas. Equipos técnicos evalúan miles de edificaciones bajo protocolos internacionales para garantizar la seguridad habitacional de toda la población venezolana.

Asimismo, desmintieron rumores sobre fosas comunes, confirmando trato digno e identificación científica para todas las víctimas fatales del sismo.

El rector internacional de esta Casa de Estudios, Fernando Buen Abad instó a practicar una «comunicación para la humanización» frente al «tsunami comunicacional» de las corporaciones mediáticas transnacionales. Rescatistas de diversos países elogiaron la solidaridad del pueblo, mientras los expertos denunciaron operaciones criminales que buscan desestabilizar al Estado.

Es de importancia destacar que la ética periodística es la herramienta principal para enfrentar las narrativas de odio y manipulación internacional.

En este sentido, se propueso la creación de una Red Latinoamericana de Respuesta ante emergencias para fortalecer la soberanía y la cooperación científico-técnica regional. Dicha iniciativa busca compartir protocolos sin condicionamientos políticos, exigiendo también la eliminación inmediata de las medidas coercitivas contra Venezuela.

Autora: Daymar Rincón