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La IA y la tokenización: oportunidad histórica para Venezuela

La probabilidad de tokenización de la economía global en la era de la IA es del 100% por una razón puramente operativa: el software avanzado no puede funcionar sobre las vías del dinero analógico.

A medida que la IA se despliega a escala global, los «tokens» se están convirtiendo en el estándar universal para medir el coste, la energía y otros bienes y servicios en todo el planeta. Esta transición es tan real que las mayores potencias del mundo ya no debaten si ocurrirá; están legislando sobre cómo cobrarle impuestos.

La inevitable  tokenización

La Inteligencia Artificial (IA) opera bajo lógicas que rompen por completo los paradigmas de la economía del siglo XX.

En los próximos años, la mayor parte de las transacciones económicas del mundo no serán realizadas por humanos, sino por agentes de IA autónomos (Machine-to-Machine o M2M). Un agente de IA diseñado para optimizar el inventario de una fábrica global necesitará comprar materias primas, contratar servidores y asegurar fletes por sí mismo.

Una IA no puede abrir una cuenta bancaria tradicional, firmar un pagaré físico, ni esperar 48 horas a que una transferencia SWIFT internacional «se haga efectiva». La IA requiere activos tokenizados y dinero programable (stablecoins) que se liquiden en milisegundos mediante contratos inteligentes.

La propia IA se computa y se cobra en «tokens» (fracciones de palabras o imágenes que los modelos procesan). Tokenizar los recursos que alimentan esa IA (como los chips de silicio o los megavatios de energía) permite que todo el ecosistema hable el mismo idioma matemático.

El caso de  Estados Unidos (impuesto al token de IA)

El impacto de la IA en el mercado laboral y la infraestructura energética ha encendido las alarmas. Un reflejo directo de esto es la introducción de iniciativas como el proyecto de ley H.R.10044 en el Congreso de los Estados Unidos, una pieza legislativa histórica orientada a abordar el desplazamiento de trabajadores debido a la automatización.

Este proyecto prevé de manera específica la aplicación de un impuesto federal sobre el uso de tokens de IA consumidos por las corporaciones. El proyecto de ley establece que los fondos recaudados mediante este impuesto al token se destinarán directamente a la creación de fideicomisos públicos para financiar programas de reentrenamiento laboral y protecciones para los trabajadores desplazados.

Esto demuestra que, para el gobierno estadounidense, el token ya no es un concepto técnico abstracto, sino la unidad base de la productividad económica nacional.

BlackRock y JPMorgan

BlackRock: Lidera la integración de fondos y activos del mundo real (RWA). Su CEO, Larry Fink, impulsa firmemente la visión de que el futuro de los mercados está en la tokenización. Operan el masivo fondo monetario tokenizado BUIDL y evalúan estrategias completas en tokens individuales.

JPMorgan: Enfocado en la eficiencia operativa e interbancaria. Ha calificado la tokenización como un «salto significativo» y utiliza sus propias redes blockchain corporativas para agilizar la gestión de garantías institucionales y acelerar la velocidad de liquidación de fondos.

La integración del ecosistema mediante stablecoins

Mientras que el token de IA representa la capacidad de cómputo y el token de energía representa el electrón físico, la stablecoin es el pegamento financiero.

Permite que las corporaciones tradicionales interactúen con la economía automatizada de las máquinas sin sufrir las fluctuaciones de precio de los criptoactivos especulativos.

Una ola imparable y la oportunidad histórica para Venezuela

Desde las propuestas tributarias en el Congreso de los Estados Unidos hasta las iniciativas de Wall Street para digitalizar activos del mundo real, las señales son claras: el futuro de la economía global se escribirá en bloques de código y se medirá en tokens.

En este escenario de transformación radical, Venezuela debe asumir un rol pionero en la tokenización de América del Sur. Esto no es solo una alternativa económica, sino una necesidad estratégica de supervivencia y vanguardia.

Para un país que posee una de las reservas de energía más grandes del planeta -tanto en potencial hidroeléctrico como en gas natural subutilizado-, convertirse en el primer impulsor regional de activos energéticos tokenizados representaría beneficios inmediatos:

Atracción de capital directo y blindado:

Al utilizar contratos inteligentes y liquidaciones automatizadas en stablecoins, Venezuela puede saltarse los cuellos de botella de la banca corresponsal tradicional. Esto permite atraer inversiones multimillonarias de corporaciones de IA globales que buscan energía de forma transparente, auditable y segura.

Solución estructural a la crisis eléctrica:

Al integrar a las empresas de datos como «clientes ancla», se puede financiar la modernización de la infraestructura nacional. Esto estabiliza el servicio sin endeudamiento público convencional.

Soberanía tecnológica y reputacional:

Liderar la emisión de activos del mundo real en el continente posicionaría a Venezuela como un referente de innovación regulatoria y tecnológica, atrayendo talento, centros de desarrollo de software e IA.

La era de la Inteligencia Artificial premia la velocidad y la audacia. Venezuela tiene en sus manos la energía que el mundo digital necesita con urgencia; el desafío y la gran oportunidad radican en transformarlos en los tokens que financiarán el desarrollo del país en el siglo XXI.

Fuente: Francisco Ameliach (X).

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La instrumentalización humana de la inteligencia artificial y la erosión del orden constitucional

Por: Rubén Hernández Remón. Cineasta, experto en televisión y neocultura digital.

La narrativa contemporánea sobre los riesgos de la inteligencia artificial suele oscilar entre dos extremos igualmente estériles: el determinismo tecnológico y el alarmismo existencial. Desde la academia, los medios y los grandes foros tecnológicos, se nos ha condicionado a presentar a los algoritmos como entes autónomos, casi demiúrgicos, capaces de subvertir el orden social por su propia voluntad. Nos venden el mito de la «singularidad» y el miedo a la rebelión de las máquinas.

Hoy vengo a sostener una premisa contrapuesta, y espero que al final de estos minutos, compartan mi convicción: la inteligencia artificial no constituye una amenaza existencial autónoma. El peligro real, el verdadero vector de riesgo para nuestras sociedades, radica en los agentes humanos que instrumentalizan estas tecnologías para alcanzar objetivos ilegítimos contra el bien común. El alarmismo sobre la Inteligencia Artificial, irónicamente, sirve como el escudo perfecto para ocultar las ambiciones de los humanos que la controlan.

Para comprender esta realidad, debemos abandonar la ciencia ficción y aplicar tres lentes analíticas fundamentales: la filosofía de la tecnología, la sociología digital y el derecho constitucional.

Desde la filosofía de la tecnología, debemos recordar que los sistemas algorítmicos están atravesados por lo que la Escuela de Frankfurt denominó «racionalidad instrumental». La Inteligencia Artificial no tiene teleología propia; no busca fines. Es una herramienta ciega de optimización de medios. El peligro surge cuando esta racionalidad instrumental aplasta a la racionalidad sustantiva —es decir, a la ética, a la justicia y a la dignidad humana—. El problema no es que la máquina calcule mal, sino que los fines que los humanos le asignan son antagónicos a la democracia.

Desde la sociología digital, observamos cómo estas herramientas no son neutrales. Como bien advierte el capitalismo de vigilancia, estos sistemas reproducen y amplifican las asimetrías de poder de quienes los diseñan y los financian, convirtiendo la experiencia humana en materia prima gratuita para la extracción de datos.

Y desde el derecho constitucional, el impacto es devastador: la instrumentalización de la IA se ha convertido en el mecanismo predilecto para vulnerar derechos fundamentales, subvertir la soberanía popular, evadir el debido proceso y fracturar el Estado de Derecho desde adentro.


Analicemos cómo esta racionalidad instrumental transforma a los sistemas algorítmicos en vectores de guerra cognitiva e interferencia electoral. No hablamos de teorías abstractas, sino de arquitecturas de desinformación transnacional operando en tiempo real en nuestra región.

El caso de Fernando Cerimedo en América Latina es el arquetipo de esta nueva era, representa la infraestructura de guerra sucia digital de mayor alcance documentada en América Latina.

Cerimedo no es un algoritmo descontrolado; es un operador humano, un nodo en una red de ingeniería social que utiliza la recolección masiva de datos, la segmentación algorítmica y la inteligencia artificial para infiltrarse en los círculos de poder.

En Brasil: Transmitió un dossier apócrifo para denunciar un falso fraude en las urnas electrónicas de 2022, funcionando como combustible comunicacional para el asalto a los poderes del Estado en 2023 e investigado por la Policía Federal en la trama golpista Tempus Veritatis.

En Argentina: Actuó como jefe de estrategia digital y principal donante individual en la campaña presidencial de 2023.

En Bolivia, Chile, Honduras, México y Colombia: Desplegó estrategias de desestabilización mediante hashtags virales simulados, encuestas sesgadas e inyección de perfiles automáticos en comicios y gabinetes gubernamentales

Lo que casos como el de Cerimedo revelan es la militarización de la comunicación política. No estamos ante simples «campañas de marketing» o «guerras de memes». Estamos ante operaciones de guerra cognitiva diseñadas por humanos para alterar la episteme democrática.

Cuando un asesor utiliza Inteligencia Artificial para inyectar narrativas falsas, micro-segmentadas y emocionalmente cargadas en el ecosistema digital de un país, no está usando una herramienta; está ejecutando un ataque a la soberanía cognitiva del electorado.

El algoritmo procesa los datos y encuentra las vulnerabilidades emocionales, pero es la ambición política humana la que decide usar esos datos para secuestrar la voluntad popular, polarizar a la sociedad hasta el quebranto y colocar títeres en las sillas presidenciales. La máquina no odia; la máquina solo segmenta el odio que los humanos le ordenan explotar.

Y esta arquitectura de manipulación no se limita a nuestra región; ha globalizado la vulnerabilidad de los procesos electorales a través de los contenidos sintéticos.

Hablemos de los deepfakes. La narrativa alarmista nos dice que los deepfakes son peligrosos porque «la máquina puede falsificar la realidad». Pero la realidad es que la máquina solo genera píxeles y fonemas. El peligro constitucional de los contenidos sintéticos radica en la intencionalidad humana de desplegarlos para destruir la confianza en las instituciones.

Cuando un actor estatal o un grupo de poder utiliza un deepfake para difamar a un candidato horas antes de una elección, o para incitar a la violencia, el algoritmo de generación de video es irrelevante. Lo que está en juicio es la acción humana de envenenar el espacio público.

La Inteligencia Artificial aquí actúa como un multiplicador de la malicia humana, permitiendo que un pequeño grupo de actores ilegítimos paralice el debate democrático de una nación entera. Peor aún, crea lo que los expertos llaman el «dividendo del mentiroso»: un entorno donde, al existir videos falsos perfectos, los políticos corruptos pueden descartar cualquier evidencia real de sus crímenes alegando que es una «inteligencia artificial». La Inteligencia Artificial no destruye la verdad; los humanos la usan para hacer que la verdad sea irrelevante.

Pero si de las urnas pasamos al campo de batalla, la instrumentalización humana de la Inteligencia Artificial alcanza sus consecuencias más letales en el ámbito militar y geopolítico.
Empresas como Palantir no fabrican armas cinéticas; fabrican la matriz de decisiones. Son los arquitectos del big data aplicado a la inteligencia militar. En los conflictos modernos, la Inteligencia Artificial se utiliza para cruzar datos de telecomunicaciones, movimientos financieros y vigilancia masiva para designar «objetivos legítimos».

La filosofía de la tecnología nos advierte aquí sobre el peligro de la delegación moral. El sistema inteligente de Palantir puede calcular la probabilidad de éxito de un bombardeo y el «daño colateral aceptable» en milisegundos. Pero el algoritmo no declara la guerra. El algoritmo no decide invadir un territorio ni ordenar el exterminio de una población.

Aquí nos encontramos con lo que Hannah Arendt llamó la «banalidad del mal», actualizada al siglo XXI. El peligro existencial en la guerra no es que la máquina decida matar; el peligro es que los gobiernos y las corporaciones militares utilicen la frialdad matemática de la IA para lavar su propia conciencia moral. La tecnología se instrumentaliza para crear una distancia psicológica y legal, perpetuando la falacia del «humano en el bucle», donde el operador militar solo actúa como un notario que sella la decisión de la máquina. Es la racionalidad instrumental llevada a su extremo más oscuro: la burocratización algorítmica de la muerte.

Pero esta instrumentalización de la Inteligencia Artificial para la guerra, la manipulación cognitiva y la extracción de datos no ocurre en un vacío ideológico.

Si observamos con atención hacia dónde apuntan las enormes inversiones de capital y la concentración de poder computacional, nos encontramos con un proyecto filosófico y político subyacente: el transhumanismo contemporáneo.

No me refiero a la promesa ingenua y loable de erradicar enfermedades genéticas, sino a su vertiente tecno-capitalista y oligárquica. Para las élites que diseñan y controlan estas arquitecturas, la fusión entre el capital, los datos y la biología no es un fin democrático, sino la estrategia definitiva de dominación.

En este horizonte transhumanista, la ciudadanía desarmada deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en mera biomasa obsoleta o, en el mejor de los casos, en materia prima para la extracción de datos. Este transhumanismo de mercado no busca elevar a la humanidad en su conjunto; busca forjar una casta de «mejorados» que, al fusionarse con el algoritmo y la biotecnología, se liberen de las ataduras de la ética, la ley y la propia condición humana, consolidando así un poder indiscutible y perpetuo sobre el resto. La Inteligencia Artificial es el cimiento sobre el cual pretenden construir esta nueva y aterradora desigualdad biológica y cognitiva.

Señoras y señores, hemos analizado la interferencia electoral, la manipulación con contenidos sintéticos, la aplicación letal en la geopolítica militar y el proyecto ideológico que los engloba.

Si seguimos debatiendo si la Inteligencia Artificial desarrollará consciencia, estamos cayendo en la trampa del determinismo. Estamos debatiendo sobre la peligrosidad del martillo, mientras ignoramos al carpintero que está demoliendo la casa. La Inteligencia Artificial no es una amenaza autónoma; es un amplificador de la codicia, la ambición y la violencia.

Y por eso, al mirar hacia el horizonte que nos plantean, debemos decirlo con absoluta claridad:

Que no nos vendan el apocalipsis de las máquinas, cuando el apocalipsis ya tiene firma humana.

Que no nos hagan creer que el algoritmo es un dios sin rostro, cuando detrás hay banqueros, asesores y gobiernos con nombre y apellido.

La Inteligencia Artificial no nos quitará la libertad; nos la quitarán quienes se esconden en su código para no mirarnos a los ojos.

La Inteligencia Artificial no nos quitará la verdad; nos la quitarán quienes la usan para fabricar realidades a la medida de su poder.

La Inteligencia Artificial no nos quitará la paz; nos la quitarán quienes convierten la guerra en una hoja de cálculo y el miedo en un mercado.

Por eso, la batalla no es contra las máquinas: es contra la codicia que las programa, la impunidad que las protege y la indiferencia que las deja crecer.

Recuperemos el control humano de la tecnología. Exijamos transparencia, responsabilidad y justicia. Y no permitamos que la ilusión algorítmica nos haga olvidar lo esencial.

Porque el futuro no será salvado por un código más inteligente… sino por una humanidad más consciente, más valiente y más humana.

Muchas gracias.

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El código Bolívar en la ONU ¿De qué lado está Venezuela?

En la reciente 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, la Presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, lanzó una pregunta que retumbó en el plenario y que, sin embargo, muy pocos en el viejo continente supieron decodificar en toda su dimensión: ¿De qué lado está Venezuela?

Para la izquierda europea tradicional, acostumbrada a interpretar el mundo a través de rígidos manuales eurocéntricos, la respuesta del gobierno venezolano suele ser un enigma.

Ven giros pragmáticos, alianzas incómodas o discursos de apertura económica, y de inmediato asumen que la Revolución Bolivariana ha claudicado en sus principios o que carece de brújula ideológica.

El error de fondo de la izquierda es crónico: no estudian a Simón Bolívar. Al ignorar las raíces doctrinarias del Libertador, son incapaces de comprender que las acciones de Venezuela no responden al libreto de la socialdemocracia europea ni al dogma soviético, sino a una raíz emancipadora con más de dos siglos de vigencia.

La igualdad social: Un concepto venezolano anterior a Marx

Cuando Delcy Rodríguez señaló en la ONU que la meta irrenunciable del país es “consolidar un sistema de justicia e igualdad social como lo concibió nuestro Padre Libertador Simón Bolívar”, no estaba recurriendo a un eslogan vacío. Estaba invocando el núcleo de la identidad política venezolana.

Hagamos memoria histórica. En el Congreso de Angostura de 1819, Simón Bolívar pronunció una sentencia categórica:

“El fundamento de nuestro sistema depende inmediata y exclusivamente de la igualdad establecida y practicada…La naturaleza hace a los hombres desiguales en el genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia, porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad, propiamente llamada política y social”.

Este pensamiento es 29 años más antiguo que el mismísimo Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels (1848). Si recurrimos a la célebre definición del filósofo político italiano Norberto Bobbio, quien establecía que el rasgo inequívoco de la izquierda es la búsqueda incansable de la igualdad como mecanismo para corregir las opresiones sociales, el pensamiento de Bolívar es, por definición, socialista originario.

Es un socialismo profundamente republicano, ético y antiimperialista nacido de las venas abiertas de la América colonial. La izquierda europea, al desconocer este fundamento, pierde de vista que la prioridad por la justicia social en Venezuela tiene raíces autóctonas y premarxistas.

La alta diplomacia como escudo: El lenguaje de una República bajo asedio

Uno de los puntos más incomprendidos del discurso de la Presidenta (E.) Rodríguez fue su tono. Quienes esperaban una retórica estridente o una confrontación dogmática lineal, quedaron desconcertados ante una alocución caracterizada por una altísima sofisticación y lenguaje diplomático.

Para entender esto, hay que asumir la cruda realidad geopolítica: Rodríguez habló ante el mundo como la estadista de una República que sufre un férreo bloqueo económico y que existe bajo la constante amenaza latente de agresión militar.

En la tradición bolivariana, el lenguaje no es un adorno; es un arma de defensa estratégica. Bolívar mismo fue un maestro del equilibrio epistolar y de la negociación asimétrica cuando la República estaba en ciernes y rodeada de enemigos poderosos. La Presidenta encargada empleó una diplomacia quirúrgica no por debilidad, sino por responsabilidad de Estado:

  • Neutralizar la narrativa del uso de la fuerza: Al expresarse en los códigos más pulcros del derecho internacional, desarmó los pretextos de quienes buscan justificar intervenciones militares o el recrudecimiento de sanciones.
  • Proteger al pueblo desde la tribuna: Utilizar un tono constructivo y firme a la vez le permitió abrir compases de negociación energética y política vitales para el país, demostrando que la soberanía no se defiende con aislamiento, sino con audacia geopolítica.

Destino propio, libre comercio y el desafío de la Inteligencia Artificial

La Presidenta (E.) Delcy Rodríguez fue tajante al denunciar el fracaso del libre comercio mundial, un sistema corporativo global que ha mercantilizado los derechos humanos y que utiliza los flujos financieros y los bloqueos económicos como herramientas de castigo colectivo para impedir que naciones como Venezuela “construyan su propio destino”.

Pero el discurso no se quedó en el diagnóstico del siglo XX. La Presidenta encargada alertó que en la geopolítica actual la inteligencia artificial (IA) desempeñará un papel de primer orden.

La IA y el control de los datos no son tecnologías neutrales; hoy corren el riesgo de convertirse en el nuevo instrumento de dominación neocolonial, automatizando las desigualdades globales y concentrando el poder en unas pocas corporaciones.

Volver a Bolívar en la era de los algoritmos

La izquierda europea seguirá entrampada en su propia incomprensión mientras persista en aplicar recetas e interpretaciones coloniales a los procesos del Sur Global. Estudiar a Simón Bolívar en pleno siglo XXI no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una urgencia de supervivencia geopolítica.

Frente a un orden mundial fragmentado, amenazado por el colapso del multilateralismo y el auge de una arquitectura tecnológica que busca subordinar a los pueblos, la doctrina del Libertador se erige como una guía de resistencia.

Solo la igualdad practicada, el blindaje de la soberanía nacional y la audacia diplomática frente al asedio, permitirán a las naciones del Sur Global navegar la era de la inteligencia artificial sin amo ni tutelajes. Ya es hora de que Europa encienda las luces de Angostura para empezar a entender, por fin, el ser de la Revolución Bolivariana.

Fuente: Francisco Ameliach.

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Debates en ONU: fiscalización democrática de la IA frente a los monopolios digitales

Durante la 81.° Asamblea General de las Naciones Unidas, líderes globales dejan claro que los Gobiernos deben poner límites claros a las máquinas y los algoritmos, y de ese modo impedir el desenlace distópico del clásico del cine «2001: Odisea del Espacio»

La gobernanza de la inteligencia artificial (IA) y el control de las infraestructuras digitales se convirtió en tema transversal de las intervenciones y agendas de numerosos líderes que participan en la 81 Asamblea General de las Naciones Unidas, que entre el 22 y el 28 de septiembre sesiona en Nueva York, tema que se encuentra signado por una disputa geopolítica e ideológica central.

Diversas voces alzaron su voz durante los debates y cuestionaron la concentración de poder en manos de un reducido grupo de corporaciones transnacionales al frente del desarrollo de esta tecnología. El debate multilateral busca frenar el avance de un modelo puramente mercantilista y sentar las bases de una soberanía tecnológica que subordine el desarrollo algorítmico a la ética, la protección de la infancia y la autodeterminación social de los pueblos.

Límites urgentes frente al avance descontrolado de la tecnología

El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, señaló durante la apertura del 81.° período de sesiones de la Asamblea General la urgencia de establecer mecanismos de gobernanza sobre la IA antes de que la tecnología consolide un avance sin fiscalización democrática.

En la última intervención de su mandato al frente de la organización, el diplomático situó el desarrollo algorítmico entre las principales dinámicas del siglo XXI y afirmó que su conducción determinará las condiciones del futuro global. «La IA debe ser moldeada por la humanidad, con la humanidad y para toda la humanidad», argumentó.

Precisó que los riesgos del modelo actual no residen en la innovación científica en áreas como la medicina o los descubrimientos técnicos, sino en la proliferación de sistemas carentes de rendición de cuentas, la toma de decisiones opaca y el despliegue de capacidades bélicas autónomas. Las máquinas no deben determinar la vida humana, remarcó.

Frente a la concentración de poder tecnológico en un reducido número de actores privados, Guterres propuso un marco de gestión de riesgos supervisado por entidades independientes y exhortó a las potencias desarrolladoras a asumir obligaciones proporcionales ante la comunidad internacional.

Alianza multilateral por la equidad social y el clima

En el contexto de la semana de Alto Nivel en Nueva York, Guterres sostuvo un encuentro de trabajo con el mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, para evaluar estrategias multilaterales en materia de IA, transformación económica y la arquitectura financiera internacional.

Durante la cita se abordó la necesidad de reformas estructurales en las instituciones multilaterales ante el escenario de crisis económica global, y la posibilidad de asignar un rol clave a la diplomacia suramericana en la preservación del equilibrio ecológico y la lucha contra el cambio climático.

Lula asumió la apertura de los discursos de los Estados miembro En su discurso vinculó la soberanía institucional con la estabilidad democrática y el rechazo a injerencias externas en los procesos electorales. El líder progresista definió la coyuntura como un debate decisivo entre la garantía de derechos y la imposición de modelos de exclusión.

Frenos regulatorios contra el neoliberalismo digital

Durante su pronunciamiento ante el plenario, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, denunció la actuación de corporaciones transnacionales y sectores a los que calificó como «tecnoligarcas», por promover un despliegue digital desprovisto de marcos regulatorios y responsabilidad social.

El jefe de Estado señaló que la aceleración de la IA y los entornos de plataformas responde a una tentativa de restaurar esquemas neoliberales en el espacio digital, y de ese modo trasladar a las familias la carga de afrontar la modulación algorítmica y la proliferación de desinformación.

Lula ratificó que Brasil mantendrá la protección de la soberanía sobre sus infraestructuras estratégicas. Entre sus medidas en tal sentido citó la preservación del sistema público de pagos PIX frente a presiones extranjeras, así como la adopción de normativas para resguardar a niños y adolescentes en entornos virtuales.

Escudo internacional para proteger a la infancia en la red

En el marco del foro de alto nivel «Protegiendo a los niños en la era de la IA», mandatarios de diversos continentes demandaron límites internacionales sobre las aplicaciones dirigidas a la infancia, y advirtieron que los Estados no deben replicar las omisiones regulatorias ocurridas durante el surgimiento de las plataformas de redes sociales.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, señaló que la inacción normativa durante la década pasada facilitó dinámicas perjudiciales para la salud mental de la juventud y alertó sobre la interacción directa de menores con agentes conversacionales no evaluados. En ese sentido, demandó evaluaciones previas y autorizaciones obligatorias antes del despliegue público de estos modelos.

Por su parte, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, abogó por fijar límites éticos vinculantes al uso de la IA, y rechazó que la tecnología opere al servicio de la rentabilidad corporativa por encima de la protección de los derechos humanos. Asimismo, alertó sobre la proliferación de contenidos íntimos falsos generados mediante herramientas automatizadas.

El primer ministro de Australia, Anthony Albanese, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, coincidieron en establecer controles estrictos de edad y defensas soberanas sobre el espacio digital. La postura de los líderes contrastó con la intervención de Donald Trump, quien rechazó regulaciones globales a la industria tecnológica.

Soberanía digital para devolver el control a los usuarios

Albanese reafirmó la posición del Gobierno australiano respecto a la necesidad de implementar mecanismos internacionales para regular el acceso a las plataformas digitales y limitar la influencia de los algoritmos en la población infantil.

Sus declaraciones se produjeron en respuesta a los cuestionamientos formulados por la representación diplomática de Estados Unidos, que tildó de «censura» las iniciativas normativas orientadas a permitir que la ciudadanía desactive la personalización algorítmica en sus dispositivos.

El jefe de Gobierno australino argumentó que las medidas legislativas buscan restituir el control de la información a las personas y proteger el interés nacional frente a las presiones de las corporaciones tecnológicas. Rechazó que la regulación pública configure una intervención indebida en el espacio digital.

Frente común global contra abusos corporativos

En otra intervención sobre la gobernanza de la tecnología, Pedro Sánchez instó a conformar una alianza internacional de Gobiernos, organismos y sociedad civil para frenar el poder acumulado por los monopolios digitales.

El jefe de Gobierno español advirtió que la concentración de capital e infraestructura en manos de un reducido grupo de empresarios tiene consecuencias negativas directas en la privacidad, la convivencia democrática y el bienestar de las familias. Dejó claro que las corporaciones no pueden privatizar los beneficios del sector mientras transfieren los costos sociales al conjunto de la comunidad.

Citó el incremento en la producción de contenidos ilícitos generados por algoritmos y el deterioro de los entornos de aprendizaje para enfatizar que el espacio digital requiere normas claras. Sánchez concluyó que la tecnología debe subordinarse a las prioridades sociales y al desarrollo integral de la humanidad.

El debate en torno a la IA en el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU expone las contradicciones entre un modelo de desarrollo controlado por monopolios privados y las demandas de regulación pública para preservar la soberanía cognitiva, los derechos de la infancia y la autodeterminación de los pueblos.

Autor: teleSUR

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La Inteligencia Artificial en las agendas de la ONU

Tecnologías, monopolios tecnológicos y guerra cognitiva.

Lo que se ve y lo que no.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Esta semana se reúne la Asamblea General de las Naciones Unidas en su 81.º período de sesiones, entre el 22 y el 28 de septiembre de 2026. Su lema central será: “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”. Y estará atravesada por un clima global de belicismo mercantil imperial y su niña mimada en el presente, la mal llamada Inteligencia Artificial.

Democratizar la Inteligencia Artificial no debería significar solamente ampliar el acceso de los usuarios al menú del mercado de aplicaciones, sino democratizar las capacidades para crearla, manejarla, comprenderla, auditarla, producirla, cuestionarla y decidir colectivamente sus usos. Desarrollar una política tecnológica soberana. La pregunta estratégica para las Naciones Unidas y para los pueblos no es únicamente cómo controlar los excesos de la IA monopolizada, sino cómo impedir que una transformación civilizatoria quede subordinada a intereses mercantiles e ideológicos bajo una lógica en la que la eficiencia burguesa termine reemplazando la deliberación social. Finalmente, la disputa debería centrarse en algo más profundo: el derecho de las sociedades a participar en la construcción de los lenguajes con los que interpretan la realidad que experimentan, se interpretarán y podrán erradicar todos sus horrores. En este contexto, la Inteligencia Artificial trasciende la mera función de herramienta y se transforma en un territorio de conflicto cultural: una contienda por quién designa, quién clasifica, quién recuerda, quién hace visible y quién consigue que una representación del mundo se acepte como la correcta. Disputa por el sentido.

Porque la, mal llamada, Inteligencia Artificial está lejos de ser asunto reservado a los vendedores de mercancías tecnológicas, a las corporaciones digitales o a los especialistas en computación y a todas sus alianzas militares, de espionaje y represión. El incremento de su presencia en las agendas de las Naciones Unidas evidencia una transformación de magnitud histórica: no se trata únicamente del desarrollo de nuevas herramientas, sino también del control de infraestructuras capaces de influir en la producción de conocimiento, la circulación de información, la organización laboral, la seguridad, la economía, la cultura y, en constante crecimiento, en las condiciones en las que los seres humanos construyen sus percepciones de la realidad. Lo que está en discusión bajo la palabra “Inteligencia Artificial” es mucho más que una tecnología.

Se está en disputa la habilidad para producir, procesar, ordenar y jerarquizar grandes volúmenes de datos; quién tendrá el control sobre los sistemas de computación y las redes de infraestructura; quién determinará los criterios con los que las máquinas clasifican el mundo; quién podrá imponer sus modelos lingüísticos y culturales; quién tendrá acceso privilegiado a las capacidades de cálculo y quién quedará reducido a un consumidor dependiente de tecnologías producidas en otros centros de poder. Por eso resulta anestésico mirar la IA solamente desde la fascinación tecnológica o desde el temor a una futura rebelión de las máquinas.

Hay que mirar al capitalismo y las relaciones sociales, económicas y geopolíticas que existen detrás de ellas. Una cantidad relativamente pequeña de corporaciones concentra capacidades extraordinarias de cómputo, datos, infraestructura, modelos, plataformas y capital. Ese proceso de concentración transforma a los monopolios tecnológicos en actores con una capacidad de intervención que excede ampliamente el mercado tradicional. No únicamente comercializan productos: gestionan infraestructuras de comunicación, poseen grandes repositorios de datos, supervisan plataformas donde se genera y distribuye cultura, participan en los circuitos de información y desarrollan sistemas capaces de generar textos, imágenes, sonidos, código y respuestas que millones de individuos integran en sus procesos cotidianos de adquisición de conocimiento. Y algunos gobiernos son cómplices de tal canallada.

Así resulta que unas pocas empresas pueden controlar las infraestructuras mediante las cuales millones de personas buscan información, producen contenidos, interpretan acontecimientos y toman decisiones; estamos frente a una forma de poder que no puede analizarse únicamente con las categorías tradicionales (y frecuentemente ilusionistas) de la economía burguesa. El problema es también semiótico y político. La IA puede convertirse en una gigantesca maquinaria de producción y administración de sentidos. Se le permite seleccionar lo que se manifiesta, lo que se oculta, lo que se considera relevante, lo que se presenta como verdadero, lo que se descarta como marginal y el lenguaje disponible para denominar los sucesos.

No hace falta imaginar una conspiración centralizada para comprender el problema. Basta observar que los sistemas funcionan mediante datos, modelos, criterios de clasificación, objetivos comerciales, políticas de plataforma y decisiones humanas que no son neutrales. Cada sistema incorpora determinadas concepciones del mundo y, al mismo tiempo, puede reproducir las desigualdades, prejuicios y jerarquías presentes en los materiales con los que se construyó. Por eso la discusión internacional sobre gobernanza de la IA es inseparable de una discusión sobre soberanía. Soberanía tecnológica, pero también soberanía cultural, lingüística, científica y cognitiva.

Para los mal llamados países periféricos, el riesgo no consiste solamente en llegar tarde a una revolución tecnológica. Se trata de quedar inmersos en una nueva división global laboral en la que unos pocos centros producen modelos, chips, infraestructura y conocimiento, mientras que grandes regiones del planeta aportan datos, usuarios, recursos naturales, energía, mercados y trabajo, y posteriormente adquieren las tecnologías resultantes. La dependencia podría adoptar así una forma nueva: no solamente depender de máquinas fabricadas afuera, sino depender de sistemas que participan en la producción de nuestras propias representaciones del mundo.

En este punto aparece la dimensión de la guerra cognitiva. No se trata de reducir toda IA a una herramienta militar ni de afirmar que toda manipulación informativa proviene de algoritmos. Consiste en admitir que la contienda contemporánea por el poder incorpora cada vez más la habilidad de influir en la atención, las percepciones, las emociones, la memoria social y los marcos interpretativos a través de los cuales las sociedades interpretan los sucesos. Una sociedad cuya información puede ser personalizada hasta el extremo, cuya agenda pública puede ser modulada por sistemas algorítmicos y cuyos ciudadanos reciben contenidos distintos de acuerdo a perfiles invisibles, experimenta una profunda transformación de su espacio público. La guerra cognitiva, en ese sentido, no necesita comenzar con una falsedad espectacular.

Puede operar mediante saturación, fragmentación, repetición, invisibilización, polarización, fabricación de tendencias o desplazamiento permanente de la atención. Puede hacer que determinados problemas parezcan centrales mientras otros desaparecen del campo perceptivo. Puede producir la ilusión de que una determinada interpretación es espontáneamente mayoritaria cuando, en realidad, ha sido amplificada por mecanismos tecnológicos. Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿qué estamos viendo cuando miramos una pantalla y qué parte de la realidad ha quedado fuera del encuadre?

Entonces las agendas de Naciones Unidas son importantes precisamente porque se ha vuelto escandaloso el plan imperial llamado Inteligencia Artificial que se disfraza de marco multilateral de gobernanza, derechos, desarrollo y cooperación. Debemos denunciar lo que queda fuera de las agendas, qué conceptos predominan y quiénes tienen capacidad efectiva para intervenir en su definición. “Inteligencia Artificial responsable”, “Inteligencia Artificial segura” o “Inteligencia Artificial centrada en el ser humano” son importantes, pero no son suficientes si no se cuestiona quién tiene las infraestructuras, quién tiene el control de los datos, quién determina los estándares, quién obtiene los beneficios y quién asume la responsabilidad de los costos sociales y ambientales. Cómo sirve a los negocios bélicos.

Tampoco alcanza con discutir la desinformación sin discutir la arquitectura económica de las plataformas que convierten la atención humana en mercancía. La cuestión decisiva no es solamente qué puede hacer la Inteligencia Artificial, sino quién puede hacer qué con ella, bajo qué condiciones y para beneficio de quién. Allí se encuentra lo que se ve y lo que no se ve. Vemos modelos cada vez más poderosos, interfaces seductoras, máquinas capaces de producir imágenes, voces y textos extraordinariamente convincentes.

Vemos la promesa de productividad, innovación y progreso. Lo que frecuentemente no observamos es el uso de centros de procesamiento de datos, el consumo energético, los minerales, las cadenas de suministro, los trabajadores invisibilizados, los grandes volúmenes de datos, las decisiones corporativas, los intereses geopolíticos y las relaciones de propiedad que posibilitan esa aparente magia. Y tampoco vemos suficientemente el desplazamiento silencioso de una batalla fundamental: la lucha por determinar quién tendrá capacidad de producir sentido en sociedades cada vez más mediadas por sistemas algorítmicos.

Por eso la discusión sobre Inteligencia Artificial no puede quedar encerrada en la ingeniería. Es una discusión económica, geopolítica, cultural y semiótica. Es una discusión sobre el poder. La auténtica preocupación radica en la posibilidad de que los pueblos tengan la capacidad de interpretar su propia realidad, generar sus propios saberes y disputar los sentidos con los que se organiza la vida colectiva. La verdadera pregunta estratégica no es si las máquinas pensarán como los seres humanos. Es quién está consiguiendo que los seres humanos piensen cada vez más dentro de las condiciones diseñadas por las máquinas y por quienes las controlan.

Es imperativo solicitar a la Organización de las Naciones Unidas que se pronuncie sobre el dilema actual de la Inteligencia Artificial. Uno de los problemas fundamentales es la soberanía cognitiva, en particular la capacidad de una sociedad para preservar sus propios márgenes de interpretación, deliberación y decisión cuando una gran cantidad de sus mediaciones culturales comienza a depender de sistemas tecnológicos desarrollados y gestionados por actores transnacionales. Especialmente en el centro de la Guerra Cultural desplegada por el capitalismo en su fase imperial. Esto obliga a ampliar la noción de soberanía más allá del territorio, las fronteras y los recursos materiales. Además, será necesario debatir sobre la soberanía sobre los datos, las lenguas, los archivos culturales, los conocimientos colectivos y las condiciones a través de las cuales una comunidad puede hacerse visible en los sistemas que organizan el saber. La problemática adquiere una magnitud particularmente delicada para las comunidades cuyas experiencias históricas, lenguajes y formas de conocimiento han sido tradicionalmente subrepresentadas en las arquitecturas de información. Si las ofensivas comerciales, tecnológicas y militares de los propietarios de la Inteligencia Artificial se transforman en mediadores privilegiados entre los individuos y el mundo, estar fuera de su construcción equivale a estar parcialmente fuera de la definición tecnológica del presente y del futuro. Es decir, quedar dentro de una nueva esclavitud.

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Son de Sucre y Cohorte XIX en Comunicación Política: Tejiendo soberanía comunicacional frente al imperialismo

Prensa LAUICOM – En el marco del curso Educomunicacional Son de Sucre, la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) acogió un encuentro formativo centrado en la IA Aplicada a la Comunicación Política, el Análisis Crítico del Discurso y el Monitoreo de Medios. La jornada, realizada en el salón de usos múltiples de LAUICOM, contó con la participación de más de 100 personas, entre ellas estudiantes del Diplomado en Comunicación Política Cohorte XIX, comprometidas con la transformación comunicacional desde lo popular.

La profesora Isabel Rivero abordó las dimensiones del discurso, el lenguaje como herramienta de poder y la comunicación de creencias en contextos sociales, reafirmando que la educación, al igual que la salud, es un derecho irrenunciable.

Posteriormente, el profesor Randy Goitía exploró las emociones como actos de habla y la importancia de la voz activa en la comunicación política. En sintonía con el espíritu crítico y creativo del encuentro, el Vicerrector de Vinculación Social, Ibrahim Infante presentó el trabajo del Laboratorio Creativo de LAUICOM, destacando un video que contrasta las políticas de inteligencia artificial entre Estados Unidos y Venezuela, con foco en las intenciones imperialistas versus la soberanía tecnológica.

Finalmente, el profesor Martín Augusto Román guió una dinámica sensorial sobre percepción y lenguaje, reflexionando sobre los usos éticos y manipuladores de la IA, especialmente en las potencias hegemónicas.

Frente al avance imperialista y su dominio tecnológico, el pueblo organizado responde con conocimiento crítico, creatividad colectiva y comunicación al servicio de la liberación.

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Comunicación Política con alma: formando en IA sin perder lo humano

Prensa LAUICOM – En el marco del módulo de Gestión Avanzada de Redes, los estudiantes de la Cohorte XIX del Diplomado en Comunicación Política de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) disfrutaron de la clase magistral «La Productividad Inteligente con IA», impartida por el doctor Henrry Nava, especialista en Productividad, junto al político y filósofo Abner Hernández, reforzando su compromiso con una comunicación crítica y comunitaria frente al auge de la inteligencia artificial.

Hernández resaltó los tres frentes de impacto sistémico de la IA: su enorme consumo de agua dulce, hasta 216 millones de litros en grandes modelos; su demanda energética, equivalente al consumo de países enteros; y su rol en la destrucción de empleo mediante automatizaciones macro que sustituyen colectivos laborales enteros, no solo tareas.

Por su parte, el Dr. Nava, especialista reconoció los usos prácticos de la IA, redacción, resúmenes, creatividad, terapia emocional, aprendizaje, señalando su potencial para liberar tiempo. Pero también contextualizó estos beneficios en una feroz guerra por el talento, una disputa geopolítica por el control tecnológico de la IA y una industria marcada por costos descomunales, investigación y desarrollo incierta y regulación ética insuficiente.

Ambos coincidieron: la IA no tiene conciencia, no siente, no abraza. Su valor debe medirse no por su velocidad, sino por su aporte real al bien común. Ante cada uso, se impone una pregunta ética: ¿genera más valor al mundo que el agua, la energía y la dignidad que consume?

La Cohorte XIX insiste: en la batalla comunicacional, lo humano no se automatiza. Defender el pensamiento crítico, el trabajo digno y los recursos naturales es parte inseparable de construir tecnologías al servicio de la vida, no del lucro.

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¿Quién construye los algoritmos del futuro?

Prensa LAUICOM— En un encuentro entre tecnología y cultura, el Magister Martín Augusto Román, docente de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) presentó la ponencia de «El lenguaje: El Primer Algoritmo de la Humanidad. La Inteligencia Artificial y el Lenguaje Humano» en la histórica Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

El evento giró en torno a una idea central: el lenguaje no solo es la herramienta fundamental de la comunicación humana, sino que también representa el primer sistema simbólico, el primer código, el primer algoritmo que la humanidad construyó para organizar el pensamiento, transmitir conocimiento y crear significado.

El lenguaje como origen del pensamiento algorítmico
Durante su exposición, Román destacó que, en la era de la inteligencia artificial, el lenguaje ha vuelto a ocupar un lugar central, aunque ahora bajo nuevas reglas. Explicó que cada palabra, cada frase que escribimos o pronunciamos, es descompuesta por los modelos de IA en unidades mínimas llamadas tokens, que constituyen la materia prima con la que las máquinas “aprenden” a entender y generar lenguaje. Una transformación silenciosa que convierte el habla humana en datos procesables. Sin embargo, esta conversión no es neutral: depende de qué lenguas se usan, quiénes las producen y cómo se priorizan en los sistemas tecnológicos.

El Magister presentó datos sobre la hegemonía lingüística en el mundo digital: el 98% de los artículos científicos se publican en inglés, el 50% de los libros digitales están en inglés, y más del 50% de los contenidos audiovisuales globales también lo están. Esta dominancia tiene consecuencias profundas: los modelos de inteligencia artificial se entrenan predominantemente con datos en inglés, lo que sesga su comprensión del mundo y marginaliza otras lenguas, culturas y formas de pensamiento.

Esta concentración del poder tecnológico se refuerza porque Estados Unidos y China lideran la carrera global por el dominio de la IA, no solo por su inversión y capacidad técnica, sino porque controlan los ecosistemas lingüísticos y digitales desde los cuales se desarrolla la inteligencia artificial. Los códigos se escriben en inglés o mandarín, las plataformas globales operan en estos idiomas, y los modelos más avanzados reproducen una visión del mundo que rara vez incluye las realidades del Sur Global.

Ante este panorama, el Magister lanzó un llamado al desarrollo del pensamiento crítico como herramienta esencial para enfrentar la era algorítmica. “No se trata de rechazar la IA, sino de comprender cómo funciona, qué intereses sirve y cómo podemos transformarla desde nuestras propias realidades”, indicó.

También destacó la necesidad de una alianza estratégica entre la experiencia de los pensadores críticos, historiadores y educadores, y la fluidez digital de las nuevas generaciones para no repetir las desigualdades del pasado y promover la soberanía tecnológica y justicia cognitiva.

Construir desde el Sur: una posibilidad real y urgente
Román determinó que es posible construir algoritmos desde el Sur Global. Gracias al acceso a modelos de inteligencia artificial abiertos, a una formación comunicacional crítica y al trabajo colaborativo, Venezuela tiene el potencial para desarrollar soluciones tecnológicas propias en sectores estratégicos como la industria petrolera, la minería, la salud pública, la educación y las ciencias tecnológicas.

Por lo cual hoy, en plena era algorítmica, se plantea un desafío histórico: definir quién diseña los códigos que moldearán el futuro. Si bien las grandes plataformas globales imponen sus lógicas, es viable y urgente que países del Sur asuman su protagonismo.

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LAUICOM realizará segunda jornada de precongreso sobre IA

Prensa LAUICOM.- La Universidad Internacional de las Comunicaciones la segunda jornada de precongreso de Inteligencia Artificial: «¿Quién construye los algoritmos del futuro? Miradas críticas del Sur, el próximo 21 de julio. Esto con miras a un gran Congreso Internacional, el próximo mes de octubre.

La segunda jornada de precongreso sobre Inteligencia Artificial se tiene prevista para el 21 de julio, desde las 4: 00 pm (hora Venezuela), vía on line, y las personas que quieran participar como ponentes o participantes, pueden inscribirse desde ya, a través de la página web www.congresointernacional-ia.lauicom.edu.ve

En este sentido, el organizador de esta jornada y profesor de LAUICOM, Martín Román precisó que esta actividad hace un llamado a todos los investigadores de las ciencias sociales para dar su mirada sobre este fenómeno de transformación tecnológica que está empujando la Inteligencia Artificial en todo el planeta y en todos los ámbitos de la vida humana.

“Es un tema muy importante porque el tratamiento que le demos desde las ciencias sociales, puede ser determinante para la formulación de políticas públicas, para la organización de las comunidades, para la organización de los gremios profesionales, para las iniciativas de trabajo y empresas de trabajo”, señaló Martín Román.

A su vez, añadió que es fundamental “No tratar la IA estrictamente desde lo técnico, sino desde las ciencias sociales es fundamental para consolidar nuestra mirada del sur global a propósito de esta nueva tecnología de procesamiento de información que conocemos como Inteligencia Artificial que técnicamente son redes neuronales digitales”, indicó el profesor.

Martín Román también explicó que, en esta segunda jornada participarán ponentes nacionales e internacionales, quienes abordarán el tema sobre Inteligencia Artificial en los ámbitos de: Educativo, sociológico, legal, geopolítico. Asimismo, herramientas desarrolladas en Venezuela para el levantamiento de datos y la simplificación del uso de la IA.

Al mismo tiempo, precisó que, en esta oportunidad se realizarán 4 conferencias y se activará la comunidad de LAUICOM, una herramienta donde los participantes serán parte de debates, exposiciones y acceso a material exclusivo de investigación que viene desarrollando esta casa de estudio.