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La instrumentalización humana de la inteligencia artificial y la erosión del orden constitucional

Por: Rubén Hernández Remón. Cineasta, experto en televisión y neocultura digital.

La narrativa contemporánea sobre los riesgos de la inteligencia artificial suele oscilar entre dos extremos igualmente estériles: el determinismo tecnológico y el alarmismo existencial. Desde la academia, los medios y los grandes foros tecnológicos, se nos ha condicionado a presentar a los algoritmos como entes autónomos, casi demiúrgicos, capaces de subvertir el orden social por su propia voluntad. Nos venden el mito de la «singularidad» y el miedo a la rebelión de las máquinas.

Hoy vengo a sostener una premisa contrapuesta, y espero que al final de estos minutos, compartan mi convicción: la inteligencia artificial no constituye una amenaza existencial autónoma. El peligro real, el verdadero vector de riesgo para nuestras sociedades, radica en los agentes humanos que instrumentalizan estas tecnologías para alcanzar objetivos ilegítimos contra el bien común. El alarmismo sobre la Inteligencia Artificial, irónicamente, sirve como el escudo perfecto para ocultar las ambiciones de los humanos que la controlan.

Para comprender esta realidad, debemos abandonar la ciencia ficción y aplicar tres lentes analíticas fundamentales: la filosofía de la tecnología, la sociología digital y el derecho constitucional.

Desde la filosofía de la tecnología, debemos recordar que los sistemas algorítmicos están atravesados por lo que la Escuela de Frankfurt denominó «racionalidad instrumental». La Inteligencia Artificial no tiene teleología propia; no busca fines. Es una herramienta ciega de optimización de medios. El peligro surge cuando esta racionalidad instrumental aplasta a la racionalidad sustantiva —es decir, a la ética, a la justicia y a la dignidad humana—. El problema no es que la máquina calcule mal, sino que los fines que los humanos le asignan son antagónicos a la democracia.

Desde la sociología digital, observamos cómo estas herramientas no son neutrales. Como bien advierte el capitalismo de vigilancia, estos sistemas reproducen y amplifican las asimetrías de poder de quienes los diseñan y los financian, convirtiendo la experiencia humana en materia prima gratuita para la extracción de datos.

Y desde el derecho constitucional, el impacto es devastador: la instrumentalización de la IA se ha convertido en el mecanismo predilecto para vulnerar derechos fundamentales, subvertir la soberanía popular, evadir el debido proceso y fracturar el Estado de Derecho desde adentro.


Analicemos cómo esta racionalidad instrumental transforma a los sistemas algorítmicos en vectores de guerra cognitiva e interferencia electoral. No hablamos de teorías abstractas, sino de arquitecturas de desinformación transnacional operando en tiempo real en nuestra región.

El caso de Fernando Cerimedo en América Latina es el arquetipo de esta nueva era, representa la infraestructura de guerra sucia digital de mayor alcance documentada en América Latina.

Cerimedo no es un algoritmo descontrolado; es un operador humano, un nodo en una red de ingeniería social que utiliza la recolección masiva de datos, la segmentación algorítmica y la inteligencia artificial para infiltrarse en los círculos de poder.

En Brasil: Transmitió un dossier apócrifo para denunciar un falso fraude en las urnas electrónicas de 2022, funcionando como combustible comunicacional para el asalto a los poderes del Estado en 2023 e investigado por la Policía Federal en la trama golpista Tempus Veritatis.

En Argentina: Actuó como jefe de estrategia digital y principal donante individual en la campaña presidencial de 2023.

En Bolivia, Chile, Honduras, México y Colombia: Desplegó estrategias de desestabilización mediante hashtags virales simulados, encuestas sesgadas e inyección de perfiles automáticos en comicios y gabinetes gubernamentales

Lo que casos como el de Cerimedo revelan es la militarización de la comunicación política. No estamos ante simples «campañas de marketing» o «guerras de memes». Estamos ante operaciones de guerra cognitiva diseñadas por humanos para alterar la episteme democrática.

Cuando un asesor utiliza Inteligencia Artificial para inyectar narrativas falsas, micro-segmentadas y emocionalmente cargadas en el ecosistema digital de un país, no está usando una herramienta; está ejecutando un ataque a la soberanía cognitiva del electorado.

El algoritmo procesa los datos y encuentra las vulnerabilidades emocionales, pero es la ambición política humana la que decide usar esos datos para secuestrar la voluntad popular, polarizar a la sociedad hasta el quebranto y colocar títeres en las sillas presidenciales. La máquina no odia; la máquina solo segmenta el odio que los humanos le ordenan explotar.

Y esta arquitectura de manipulación no se limita a nuestra región; ha globalizado la vulnerabilidad de los procesos electorales a través de los contenidos sintéticos.

Hablemos de los deepfakes. La narrativa alarmista nos dice que los deepfakes son peligrosos porque «la máquina puede falsificar la realidad». Pero la realidad es que la máquina solo genera píxeles y fonemas. El peligro constitucional de los contenidos sintéticos radica en la intencionalidad humana de desplegarlos para destruir la confianza en las instituciones.

Cuando un actor estatal o un grupo de poder utiliza un deepfake para difamar a un candidato horas antes de una elección, o para incitar a la violencia, el algoritmo de generación de video es irrelevante. Lo que está en juicio es la acción humana de envenenar el espacio público.

La Inteligencia Artificial aquí actúa como un multiplicador de la malicia humana, permitiendo que un pequeño grupo de actores ilegítimos paralice el debate democrático de una nación entera. Peor aún, crea lo que los expertos llaman el «dividendo del mentiroso»: un entorno donde, al existir videos falsos perfectos, los políticos corruptos pueden descartar cualquier evidencia real de sus crímenes alegando que es una «inteligencia artificial». La Inteligencia Artificial no destruye la verdad; los humanos la usan para hacer que la verdad sea irrelevante.

Pero si de las urnas pasamos al campo de batalla, la instrumentalización humana de la Inteligencia Artificial alcanza sus consecuencias más letales en el ámbito militar y geopolítico.
Empresas como Palantir no fabrican armas cinéticas; fabrican la matriz de decisiones. Son los arquitectos del big data aplicado a la inteligencia militar. En los conflictos modernos, la Inteligencia Artificial se utiliza para cruzar datos de telecomunicaciones, movimientos financieros y vigilancia masiva para designar «objetivos legítimos».

La filosofía de la tecnología nos advierte aquí sobre el peligro de la delegación moral. El sistema inteligente de Palantir puede calcular la probabilidad de éxito de un bombardeo y el «daño colateral aceptable» en milisegundos. Pero el algoritmo no declara la guerra. El algoritmo no decide invadir un territorio ni ordenar el exterminio de una población.

Aquí nos encontramos con lo que Hannah Arendt llamó la «banalidad del mal», actualizada al siglo XXI. El peligro existencial en la guerra no es que la máquina decida matar; el peligro es que los gobiernos y las corporaciones militares utilicen la frialdad matemática de la IA para lavar su propia conciencia moral. La tecnología se instrumentaliza para crear una distancia psicológica y legal, perpetuando la falacia del «humano en el bucle», donde el operador militar solo actúa como un notario que sella la decisión de la máquina. Es la racionalidad instrumental llevada a su extremo más oscuro: la burocratización algorítmica de la muerte.

Pero esta instrumentalización de la Inteligencia Artificial para la guerra, la manipulación cognitiva y la extracción de datos no ocurre en un vacío ideológico.

Si observamos con atención hacia dónde apuntan las enormes inversiones de capital y la concentración de poder computacional, nos encontramos con un proyecto filosófico y político subyacente: el transhumanismo contemporáneo.

No me refiero a la promesa ingenua y loable de erradicar enfermedades genéticas, sino a su vertiente tecno-capitalista y oligárquica. Para las élites que diseñan y controlan estas arquitecturas, la fusión entre el capital, los datos y la biología no es un fin democrático, sino la estrategia definitiva de dominación.

En este horizonte transhumanista, la ciudadanía desarmada deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en mera biomasa obsoleta o, en el mejor de los casos, en materia prima para la extracción de datos. Este transhumanismo de mercado no busca elevar a la humanidad en su conjunto; busca forjar una casta de «mejorados» que, al fusionarse con el algoritmo y la biotecnología, se liberen de las ataduras de la ética, la ley y la propia condición humana, consolidando así un poder indiscutible y perpetuo sobre el resto. La Inteligencia Artificial es el cimiento sobre el cual pretenden construir esta nueva y aterradora desigualdad biológica y cognitiva.

Señoras y señores, hemos analizado la interferencia electoral, la manipulación con contenidos sintéticos, la aplicación letal en la geopolítica militar y el proyecto ideológico que los engloba.

Si seguimos debatiendo si la Inteligencia Artificial desarrollará consciencia, estamos cayendo en la trampa del determinismo. Estamos debatiendo sobre la peligrosidad del martillo, mientras ignoramos al carpintero que está demoliendo la casa. La Inteligencia Artificial no es una amenaza autónoma; es un amplificador de la codicia, la ambición y la violencia.

Y por eso, al mirar hacia el horizonte que nos plantean, debemos decirlo con absoluta claridad:

Que no nos vendan el apocalipsis de las máquinas, cuando el apocalipsis ya tiene firma humana.

Que no nos hagan creer que el algoritmo es un dios sin rostro, cuando detrás hay banqueros, asesores y gobiernos con nombre y apellido.

La Inteligencia Artificial no nos quitará la libertad; nos la quitarán quienes se esconden en su código para no mirarnos a los ojos.

La Inteligencia Artificial no nos quitará la verdad; nos la quitarán quienes la usan para fabricar realidades a la medida de su poder.

La Inteligencia Artificial no nos quitará la paz; nos la quitarán quienes convierten la guerra en una hoja de cálculo y el miedo en un mercado.

Por eso, la batalla no es contra las máquinas: es contra la codicia que las programa, la impunidad que las protege y la indiferencia que las deja crecer.

Recuperemos el control humano de la tecnología. Exijamos transparencia, responsabilidad y justicia. Y no permitamos que la ilusión algorítmica nos haga olvidar lo esencial.

Porque el futuro no será salvado por un código más inteligente… sino por una humanidad más consciente, más valiente y más humana.

Muchas gracias.

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