Por: Fernando Buen Abad Domínguez
Una televisora pública dedicada exclusivamente a los libros parecería, a primera vista, una extravagancia cultural; llevada hasta sus últimas consecuencias, podría convertirse en una de las instituciones más radicalmente democráticas de nuestro tiempo. Porque un libro no es únicamente un objeto impreso, una mercancía cultural o un depósito de palabras: es una tecnología histórica de producción de conciencia. Hoy, la televisión que más necesita una sociedad alfabetizada es aquella que renuncia a televisar la realidad tal como el mercado la ha organizado. Esta paradoja, en lugar de ser un juego de palabras, posee una verdad palpable: para hacer visible el mundo, es necesario aprender a percibir aquello que el espectáculo intenta enmascarar. En lugares donde la televisión comercial genera espectadores, una televisión pública centrada en los libros podría generar lectores; en lugares donde la industria cultural gestiona la atención como un recurso lucrativo, podría organizarse colectivamente la experiencia del pensamiento. La diferencia parece pequeña. En realidad, contiene una ruptura de época.
Imaginemos una televisora cuya materia prima fueran los libros y cuyo verdadero acontecimiento fuese la inteligencia editorial. No se trata de una pantalla transformada en vitrina de novedades, ni de una serie de celebridades que hablan de sus propias publicaciones, ni de una pedagogía enriquecida con el propósito de tranquilizar al observador. Hablo de una institución pública capaz de convertir cada libro en una expedición hacia las relaciones sociales que lo hicieron posible. Un programa dedicado a la poesía podría recrear las circunstancias materiales que permiten la supervivencia de una lengua; una conversación sobre filosofía podría desvelar qué formas de poder determinaron la difusión histórica de determinadas ideas; una novela podría ser interpretada como un archivo sensible de una época, atravesando salarios, guerras, migraciones, deseos, jerarquías, formas familiares, tecnologías, territorios y conflictos. Hasta un diccionario podría convertirse en un laboratorio político de las palabras, porque cada definición encierra una historia de disputas por nombrar el mundo.
Aquí aparece un dilema decisivo: ¿qué significa publicar la inteligencia? Durante siglos, el acceso a los instrumentos superiores de interpretación estuvo distribuido de manera profundamente desigual. Las clases dominantes no necesitaron prohibir universalmente el pensamiento; les bastó con administrar las condiciones materiales de su circulación. El tiempo destinado a la lectura, la educación, las bibliotecas, la disponibilidad de libros, la formación lingüística, la serenidad requerida para estudiar, la oportunidad de dialogar sin la constante necesidad de sobrevivir: todo esto tiene una historia social. La desigualdad cultural jamás flota por encima de la desigualdad económica. La reproduce, la legitima, a veces la disfraza de mérito individual. Por eso una política revolucionaria de la lectura no puede reducirse a regalar libros. Debe disputar las condiciones de producción, distribución y apropiación del conocimiento.
Una televisora pública de los libros podría intervenir precisamente allí: en el punto donde la mercancía cultural encuentra a la conciencia humana. Su tarea fundamental sería hacer que el libro deje de aparecer como propiedad privada del lector especializado y se transforme en experiencia colectiva. La pantalla entraría en una biblioteca y la biblioteca entraría en la vida cotidiana. Millones de individuos podrían asistir de manera simultánea a una lectura de Shakespeare, dialogar con Marx, explorar a Cervantes, descubrir a Sor Juana, interrogar a Walter Benjamin, escuchar a Fanon, retornar a Aristóteles, debatir con Gramsci, estremecerse con Dostoyevski, comprender a Rosa Luxemburgo, atravesar a Mariátegui, conversar con Simone Weil, confrontar a Brecht, descubrir autores desconocidos, recuperar libros excluidos del canon y cuestionar por qué algunos nombres se elevaron a monumentos mientras otros quedaron sepultados en los márgenes de la historia.
Verdadero lujo de una democracia donde nadie tuviera que pedir permiso para pensar. Y pensar requiere conflicto. Una cultura viva no organiza consensos prematuros: produce preguntas capaces de incomodar las certezas. El lector descubre que detrás de una palabra que aparenta ser inocente se encuentra una relación de poder; detrás de una costumbre, una historia; detrás de una fortuna, trabajo acumulado; detrás de una institución, intereses materiales; detrás de una representación artística, una pugna por el significado. Entonces ocurre algo extraordinario: la literatura deja de ser decoración espiritual y comienza a revelar la arquitectura social de la existencia.
Esa revelación constituye una forma superior de alfabetización. No consiste únicamente en comprender lo que dice un texto, sino también en comprender qué mundo habla a través de él. La lectura de verdad conlleva la comprensión de que las ideas están condicionadas por condiciones históricas, que las conciencias se constituyen dentro de relaciones específicas y que ninguna experiencia individual puede ser entendida de manera completa e independiente de las estructuras que la circundan. El protagonista de una novela que pierde su empleo, la mujer que espera una remuneración que rara vez recibe, el campesino expulsado de su territorio, el migrante que atraviesa una frontera, el trabajador que vende su fuerza laboral, el propietario que transforma dicha fuerza en acumulación: todos pueden presentarse como individuos aislados hasta que una lectura meticulosa descubre la relación que los vincula. Allí comienza la inteligencia crítica.
Una televisora semejante tendría que ser, por tanto, una fábrica pública de mediaciones. Su excelencia no dependería de la espectacularidad del presupuesto, tampoco de la cantidad de cámaras. Dependería de la calidad de las preguntas. Cada emisión podría ilustrar cómo se lleva a cabo la investigación de un libro, la elaboración de una edición, la traducción de una obra, la construcción de un aparato crítico, la recuperación de un manuscrito, la determinación de una portada, la disputa de una interpretación. El trabajo editorial aparecería entonces como trabajo intelectual colectivo. El editor se convertiría en una figura intangible; el traductor recuperaría su estatus de creador; el corrector exhibiría la dignidad de su profesión; el impresor revelaría la materialidad del libro; el bibliotecario se presentaría como custodio de una memoria social. La cadena editorial completa adquiriría rostro, voz, historia y conflicto.
Sería además una escuela de estética. Porque una revolución de las conciencias que desprecie la forma está condenada a empobrecer su propio horizonte. La belleza también organiza nuestra relación con el mundo. Una edición meticulosa, una lectura en voz alta, una ilustración, una tipografía meticulosa, una música seleccionada meticulosamente y una conversación mantenida sin vulgaridad pueden ilustrar que la dignidad humana merece formas de representación dignas. La ética y la estética hallarían una alianza tangible: el aprendizaje de una mejor capacidad de pensamiento implica también el aprendizaje de una mayor profundidad en las emociones, una escucha más precisa y el reconocimiento de una humanidad que el orden social tiende a fragmentar.Y la televisora de los libros tendría que resistir una tentación decisiva: convertir la cultura en sermón. La conciencia no se emancipa mediante consignas repetidas hasta el cansancio. Se transforma cuando encuentra relaciones que antes permanecían invisibles. La tarea pedagógica más elevada consiste en entregar herramientas para que cada espectador pueda producir sus propias conexiones, comprobarlas, discutirlas, corregirlas y llevarlas a la práctica. El conocimiento deja de ser una respuesta administrada desde arriba y se convierte en capacidad social para formular preguntas mejores.Por consiguiente, la programación podría estructurarse en torno a problemas humanos y sociales de gran relevancia: trabajo, riqueza, pobreza, amor, guerra, territorio, ciencia, infancia, memoria, lenguaje, tecnología, poder, colonialismo, naturaleza, tiempo, muerte, emancipación. Cada problema abriría una constelación de libros. Cada libro conduciría a otros. Cada programa produciría una biblioteca mental que continuaría creciendo después de apagar la pantalla. El objetivo no sería retener al espectador frente al aparato; sería expulsarlo de la pantalla hacia el mundo con una mirada nueva.
Ahí reside la paradoja final: una televisora verdaderamente dedicada a los libros tendría como misión conseguir que la televisión dejara de ser el centro de la experiencia. Su triunfo se evaluaría en base a las conversaciones que generara en las residencias, los libros que retornaran a las manos, las bibliotecas que se inundaran, las cuestiones que emergieran en las instituciones educativas, los trabajadores que debatieran una novela durante el descanso, las comunidades que organizaran círculos de lectura y los jóvenes que descubrieran que una idea puede ser más subversiva que una consigna y más peligrosa para un orden injusto que cualquier espectáculo de indignación preestablecido.Entonces comprenderíamos algo que el sentido común mercantil procura mantener separado: leer es una práctica política porque modifica la relación entre experiencia y totalidad. Un pueblo que aprende a leer críticamente comienza a reconocer las mediaciones que producen su propia vida. Explora que lo que aparenta ser un destino posee una historia; que lo que aparenta ser natural tiene relaciones sociales; que lo que aparenta ser individual puede manifestar una contradicción colectiva; y que lo que aparenta ser imposible puede ser apenas impensable dentro de las categorías heredadas. Ese desplazamiento de la mirada constituye una forma concreta de emancipación.Así la televisora pública de los libros debería existir, finalmente, para producir ese desplazamiento. No para enseñarnos qué debemos pensar, tampoco para sustituir la experiencia por comentarios sobre la experiencia. Su función sería mucho más ambiciosa: poner en circulación las herramientas con las que una sociedad puede pensarse a sí misma. Sería una infraestructura pública de la imaginación, una universidad abierta, una biblioteca audiovisual, un taller de interpretación constante, un territorio común para la inteligencia colectiva. El histórico espectáculo colectivo de la inteligencia editorial.
Es posible que allí hallemos la inversión más fructífera de todas: una pantalla que nos instruya en el apagado de la pantalla; una televisión que nos conduzca al libro; un espectáculo cuyo valor reside en recuperar nuestra habilidad para dialogar; una institución pública cuyo producto más valioso no sea una audiencia cautiva, sino una ciudadanía intelectualmente insumisa. Porque cuando los seres humanos aprenden a leer las palabras hasta descubrir las relaciones que las sostienen, empiezan también a leer las relaciones sociales hasta descubrir que pueden transformarlas. Y ese instante, que aparenta ser íntimo, puede transformarse en un suceso histórico: el instante exacto en el que una conciencia descubre que el mundo no concluye en el punto de conclusión de la página, dado que cada página puede abrir una puerta hacia aquello que aún no ha existido.Pensemos que el medio más poderoso para leer un libro podría ser una máquina inventada para impedir que pensemos. La paradoja se inicia: una televisión pública dedicada exclusivamente a la literatura parecería subyugar la lectura a la lógica de la pantalla, cuando podría hacer exactamente lo contrario, emplear la pantalla para retornar a la sociedad aquello que la pantalla comercial le ha privado: tiempo mental. No se trataría de televisar libros. Se trataría de televisar el acto mismo por el cual una sociedad aprende a producir pensamiento. Por consiguiente, la televisión dejaría de ser un dispositivo ubicado frente a nosotros para transformarse en una ventana hacia aquello que habitualmente se encuentra tras todas las ventanas: el trabajo invisible mediante el cual los seres humanos generan significado.Hay una riqueza que casi raras veces aparece en las estadísticas económicas: la riqueza intelectual acumulada durante siglos y puesta a disposición de cualquiera que sepa abrir un libro. Una biblioteca contiene una forma peculiar de abundancia. Simultáneamente, se encuentran muertos que aún debaten, desconocidos que pueden convertirse en interlocutores, derrotados que conservaron una idea, pueblos desaparecidos que dejaron un vocablo, generaciones completas que trabajaron para que nosotros pudiéramos plantear interrogantes que ellas apenas lograron concebir. ¿Por qué esta abundancia debería estar confinada en instituciones frecuentadas de manera desigual, mientras millones de individuos reciben diariamente volúmenes industriales de información diseñada para desaparecer de la memoria pocas horas después?
Una televisora pública de los libros podría comenzar precisamente por ese escándalo. No tendría que preguntarse cómo competir con las plataformas comerciales. Tendría que preguntarse cómo volver innecesaria esa competencia. Su materia preciosa sería la duración. Una hora dedicada a comprender una página. Una noche entera alrededor de una obra. Una semana siguiendo una pregunta. Meses acompañando la lectura de un autor. La televisión descubriría una dimensión que el régimen contemporáneo de la atención considera improductiva: la lentitud. La lentitud, bajo ciertas circunstancias, puede transformarse en una potencia política, dado que facilita la formación de vínculos entre fenómenos que la velocidad mantiene artificialmente separados.Sabemos que el capitalismo conoce perfectamente el valor del tiempo. Por eso lo compra, lo vende, lo fragmenta, lo cronometra y lo convierte en rendimiento. Existe una forma especialmente refinada de desposesión cuando una persona posee acceso formal a la cultura, pero carece de las condiciones temporales para apropiársela. Tener un libro y disponer de tiempo para leerlo pertenecen a universos sociales distintos. Una política pública de la inteligencia debería comprender esa diferencia. Democratizar la lectura significa también democratizar las condiciones que hacen posible la concentración, la conversación y el estudio.
Y la gran televisora de los libros podría convertir ese conflicto en espectáculo, pero en un sentido completamente diferente del que conocemos. Mostraría, por ejemplo, a un traductor trabajando durante seis horas sobre una sola frase. El público vería aparecer ante sus ojos el conflicto entre dos palabras que parecían equivalentes hasta que dejan de serlo. Vería a un historiador perseguir una referencia perdida. A una investigadora, confrontar dos manuscritos. A un impresor explicar por qué una determinada composición tipográfica modifica la respiración de una página. A un editor le cuesta rechazar una solución fácil porque traiciona la arquitectura de una obra. De pronto, el trabajo intelectual dejaría de aparecer como inspiración individual y recuperaría su condición de trabajo social.Ese descubrimiento sería profundamente subversivo. Nuestra época adora presentar los productos acabados y esconder las condiciones de producción. Vemos el libro; raramente vemos la multitud de capacidades humanas que lo hacen posible. Vemos una teoría; rara vez observamos las décadas de lecturas, discusiones, derrotas, archivos y experiencias que la sostienen. Vemos una obra genial y olvidamos la sociedad que permitió, obstaculizó o reprimió su aparición. Una televisión con la capacidad de mostrar dicha trama generaría una pedagogía materialista sin la necesidad de transformarla en una doctrina: instruiría en cuestionar qué labor se encuentra detrás de cada resultado, qué relaciones posibilitan su existencia, quién tiene acceso a ello, quién queda excluido y qué intereses determinan su distribución.
También podría hacer algo todavía más extraño: televisar los libros que fracasaron. No solo los grandes clásicos, sino también aquellos textos que han sido ridiculizados, prohibidos, ignorados, publicados demasiado pronto, considerados inelegibles, derrotados por la moda o condenados por no concordar con el gusto predominante. Una historia de la cultura construida desde sus descartes modificaría nuestra percepción del canon. Exploremos que la posteridad no es una entidad neutral y que la persistencia de una obra depende de instituciones, recursos, escuelas, editoriales, mercados, traducciones, programas educativos y relaciones de poder. El canon dejaría de parecer una montaña natural de obras eternas y aparecería como una geografía histórica de selecciones.Porque la televisora tendría entonces una misión extraordinaria: enseñar a sospechar de lo evidente sin destruir la posibilidad de admirar. Porque la crítica auténtica no consiste en desmontar la belleza hasta convertirla en cadáver sociológico. Consiste en descubrir por qué una forma nos conmueve, qué experiencia humana condensa, qué contradicciones consigue expresar y qué límites históricos también la atraviesan. Una lectura verdaderamente libre no necesita elegir entre la inteligencia y el estremecimiento. Puede analizar un poema y todavía temblar ante él. Puede estudiar la arquitectura económica de una novela y quedar atrapada por una frase. Puede descubrir la lucha social inscrita en una obra sin reducirla a esa lucha.
Y aquí aparecería quizá el programa más importante de toda la televisora: aquel en el que nadie explica el libro. Un grupo de lectores se reuniría alrededor de una mesa. Tendrían que enfrentarse con el texto sin autoridad tutelar. El conductor apenas formularía preguntas. ¿Qué contradicción no habían advertido? ¿Qué personaje dice algo que la obra parece desmentir? ¿Qué palabra cambia de significado cuando conocemos su historia? ¿Qué silencio resulta más elocuente que un discurso? ¿Quién tiene derecho a hablar? ¿Quién es hablado por otros? ¿Qué relación de poder aparece donde aparentemente solo había una historia de amor? La inteligencia comenzaría entonces a circular horizontalmente. El espectador dejaría de consumir interpretación y tendría que producirla.Eso sería decisivo porque una conciencia emancipada no es aquella que ha acumulado respuestas correctas. Es aquella que ha desarrollado capacidad para detectar problemas donde antes solo veía normalidad. La verdadera revolución de las conciencias ocurre cuando cambia el campo de lo pensable. Cuando una persona descubre que su pobreza no es una insuficiencia moral. Cuando comprende que una costumbre posee una historia. Cuando advierte que una palabra organiza una jerarquía. Cuando descubre que una relación presentada como natural es una construcción social. Cuando comprende que aquello que parecía inevitable fue producido por seres humanos y, por esa misma razón, puede ser transformado por seres humanos.
Ello se debe a que el libro posee una cualidad extraordinaria para desencadenar ese movimiento: conserva la posibilidad de que una conciencia se encuentre consigo misma sin la obligación de responder inmediatamente. Entre una frase y su comprensión existe un territorio. Ese territorio necesita protección pública. La televisora debería protegerlo. Es posible que exista una franja dedicada a las palabras confiscadas durante aquel periodo: términos que han perdido su densidad, términos empleados para encubrir lo que deberían ocultar, términos convertidos en mercancía publicitaria, términos que han cambiado de propietario. Otra podría reconstruir la biografía material de una idea: dónde nació, qué problemas intentaba resolver, qué instituciones la combatieron, quién la convirtió después en mercancía académica. Otra podría enfrentar dos libros separados por siglos para descubrir que están discutiendo, sin saberlo, sobre el mismo conflicto humano. Otra podría entregar una obra a cien lectores de edades, oficios y territorios diferentes y observar qué mundo descubre cada uno.Porque una sociedad también se organiza mediante aquello que consigue imaginar. Si únicamente podemos imaginar como posibles las relaciones que ya conocemos, terminamos confundiendo realidad con destino. La literatura rompe esa prisión porque inventa vidas que todavía no existen, pero la crítica permite comprender por qué esas vidas no existen todavía. Entre ambas aparece una potencia formidable: imaginar históricamente. Una televisora pública de los libros tendría que vivir en esa tensión. No ofrecería evasión frente al mundo, tampoco convertiría cada novela en un panfleto sobre el mundo. Haría algo más difícil: permitiría entrar en la ficción para regresar a la realidad con instrumentos nuevos. Allí estarían su ética y también su estética. No manipular la emoción. No humillar la inteligencia. No simplificar al pueblo para hacerlo “accesible”. No confundir claridad con pobreza conceptual. No suponer que la excelencia pertenece a una minoría social. Hablarle a cualquiera con la misma dignidad intelectual con que se habla a los especialistas.
Es posible que esa sería la auténtica revolución editorial: comprender que la inteligencia no es un privilegio escaso que debe ser gestionado desde una posición superior, sino una capacidad social cuya expansión depende de las condiciones materiales de su ejercicio. Entonces la televisión podría protagonizar su propia negación dialéctica. Inventaría una pantalla cuya finalidad no fuera producir dependencia de la pantalla. Una institución financiada públicamente cuyo mayor triunfo consistiera en generar actividades que ocurren lejos de ella. Un espectáculo que devolviera silencio. Una programación que produjera conversación. Una industria cultural cuyo producto final fuese una ciudadanía menos manipulable.Y acaso el último programa debería ser siempre el mismo: la cámara se apagaría, quedaría sobre una mesa un libro abierto y nadie explicaría nada. En millones de hogares comenzaría entonces el verdadero programa. Alguien leería una página. Alguien discutiría. Alguien buscaría una palabra. Alguien cerraría el libro indignado. Alguien lo abriría de nuevo. Alguien descubriría, quizá por primera vez, que aquello que había considerado una desgracia privada formaba parte de una historia colectiva. En ese momento, una operación que parecía insignificante habría cambiado de escala: una experiencia individual habría descubierto su vínculo con la totalidad.
Y la televisión habría cumplido su cometido cultural precisamente cuando dejara de ser necesaria. Porque el objetivo último de una política pública de la inteligencia no puede ser llenar el mundo de contenidos. Tiene que ser llenarlo de seres humanos capaces de producir sentido, disputar el sentido y transformar las condiciones bajo las cuales ese sentido se produce. Una sociedad que alcanza semejante capacidad ya no necesita que le expliquen permanentemente la realidad: comienza a interrogarla por cuenta propia. Y ese día los libros dejarían de estar esperando lectores. Estarían esperando revolucionarios de la mirada.