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Frío, neblina y sabor a fresa, la Cohorte XIX sube la cuesta

Prensa LAUICOM – Bajo la neblina que envuelve con manto suave las cumbres del Parque Nacional Waraira Repano, la Cohorte XIX del Diplomado en Comunicación Política de LAUICOM se reunió en una tarde marcada por el frío serrano y la calidez de la camaradería.

El viento fresco, propio de las alturas, invitaba a abrigarse el cuerpo y el alma, mientras risas y conversaciones se entrelazaban con el silencio reverente de la montaña.

En medio del paisaje etéreo, donde la neblina jugaba a esconder y revelar los contornos del valle, no faltaron las fresas con crema: un clásico que endulzó el encuentro y recordó a todos que, incluso en la formación para la liberación, hay espacio para lo dulce y lo cotidiano.

Cada bocado fue un homenaje a las pequeñas tradiciones que nos unen, tan necesarias como los grandes discursos. Así, entre frío, neblina y sabor a frutilla, la Cohorte reafirmó su compromiso con una comunicación que no olvida el territorio, ni sus climas, ni sus sabores.

Porque formar desde lo popular también es saborear la vida cotidiana, incluso cuando el termómetro baja y la neblina abraza la montaña.

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LAUICOM Presenta Curso de Fotografía: Domina la Técnica y Captura Momentos Únicos

Prensa LAUICOM- La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) dio inicio a su esperado curso de fotografía, dirigido por el profesor Iván Pernia. La primera sesión se centró en la dimensión técnica de la fotografía, un aspecto esencial para cualquier aficionado o profesional que desee mejorar sus habilidades.

El profesor Pernia comenzó explicando la importancia de la luz, tanto natural como artificial, en la captura de imágenes. Detalló cómo la luz natural varía a lo largo del día y bajo diferentes condiciones climáticas, y cómo estas variaciones pueden influir en la calidad y el impacto visual de una fotografía. La luz solar, como fuente más potente y versátil, ofrece tonalidades y sombras que pueden realzar o disminuir la efectividad de la imagen.

El curso continuó con la exploración de la luz artificial, donde se discutieron las formas de utilizar lámparas y flashes para crear efectos dramáticos y controlar el ambiente visual. Un aspecto crucial abordado fue el sensor de las cámaras, explicando cómo su tamaño y sensibilidad a la luz (ISO) afectan la calidad de la imagen. Se hizo hincapié en la importancia de ajustar el ISO en teléfonos móviles para obtener imágenes nítidas en condiciones de poca luz.

Además, se discutió la óptica, abordando conceptos como la apertura del diafragma y la distancia focal, que son fundamentales para controlar la profundidad de campo. La sesión concluyó con una enriquecedora ronda de preguntas, donde los asistentes pudieron aclarar sus dudas y compartir experiencias. LAUICOM promete un curso transformador para todos los apasionados de la fotografía.

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La atención es un campo de batalla: Así LAUICOM enseña a resistir la manipulación digital y reconstruir la palabra popular

Prensa LAUICOM – En el marco del módulo “Participación Protagónica en la Producción de Contenidos” del Diplomado en Comunicación Política Cohorte XIX de La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), el profesor y diputado Gustavo Villapol ofreció una clase rigurosa y transformadora sobre la guerra cognitiva impulsada por las redes sociales, desmontando el mito del uso inocente de las plataformas digitales en tiempos de ofensiva mediática y manipulación psicológica.

Villapol partió de la confesión de Sean Parker, ex presidente de Facebook, quien reveló que las redes fueron diseñadas para explotar vulnerabilidades psicológicas y generar adicción. Esta intencionalidad, explicó, no es un accidente, sino el eje central de un sistema que domina nuestra atención. Integró esta denuncia con las investigaciones de Johann Hari en El Valor de la Atención, que evidencia cómo el bombardeo digital erosiona nuestro pensamiento profundo, y con el análisis de Zygmunt Bauman en Modernidad Líquida, que alerta sobre un mundo efímero donde los vínculos se disuelven y solo prevalecen reacciones fugaces. Juntas, estas ideas revelan una verdad incómoda: detrás de cada notificación, scroll o algoritmo, hay un diseño calculado para mantenernos atrapados.

Presentó datos contundentes: la atención humana ya no supera los 8 segundos. No es debilidad individual, sino producto de una arquitectura digital que prioriza la permanencia sobre el sentido. Los bots, la manipulación emocional y la ira como combustible son herramientas estratégicas para fomentar la reacción constante y anular la reflexión. “No es casualidad que te alteres, está planeado” señaló.

Su mensaje fue un llamado comunitario: la viralidad no es espontánea, es política. Los ciudadanos no somos usuarios pasivos, sino objetivos en una batalla por la conciencia. La resistencia no está en desconectarse, sino en reconectar: con el pensamiento crítico, con la memoria colectiva, con el diálogo auténtico que nace desde lo popular.

En este contexto, destacó la radio Bemba como arma simbólica: voz sin dueño ni algoritmo, que circula por la calle, el barrio y la confianza. Es allí donde nacen las contranarrativas que desafían el poder. Y es precisamente en ese terreno donde LAUICOM se posiciona: no forma comunicadores técnicos, sino agentes de transformación social.

En LAUICOM no se enseña solo a comunicar, se aprende a liberar la palabra. Se forman ciudadanos capaces de desarmar la lógica del dominio mediático y construir, con ética y creatividad, nuevas formas de decir la verdad. La comunicación, aquí, es dignidad, memoria y emancipación.

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Zapatismo, Comunicación y disputa por el sentido

Por Dr: Fernando Buen Abad

Hubiese sido imposible enterarse, sin distorsiones, sobre la existencia y alcances de una fuerza revolucionaria como la del zapatismo, sin una batalla comunicacional y semiótica, pertinente y pertinaz. Hasta el presente. Esa comunicación zapatista ha sido clave en la lucha por la justicia social y la dignidad de los pueblos originarios en lucha. A su modo, una rebeldía de tierra con sentido histórico propio y con una dialéctica atada profundamente con su cronología y sus coyunturas en cada etapa. Desde 1900 hasta el presente, la lucha armada y la comunicación clandestina, pletórica de artillerías simbólicas y códigos propios, se desplegó para comunicarle al mundo la decisión popular organizada del Ejército Zapatista, desde aquel originario al principio del siglo XX y hasta el corazón de neoliberalismo y su tufo TLC (1994).

Fue acertada la utilización de la imprenta, la palabra, la canción, la pintura y el relato en todas sus variables como armas de guerra ideológica para combatir las falacias y las canalladas del poder latifundista y oponerle el programa histórico de la lucha desde la tierra: el programa zapatista antes, durante y después del Plan de Ayala (1911) Fue decisiva la creación de una red de comunicación revolucionaria para coordinar las acciones militares y políticas. Contra la represión y para la resistencia, porque el uso de la comunicación oral y la tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista, se hicieron munición cotidiana en la consolidación de redes de solidaridad, apoyo y combate desde las comunidades indígenas y campesinas. Y todas esas batallas y escaramuzas diarias siguen activas y productivas.

No faltó la música, incluso en su versión corrido-noticiero, música y poesía de la batalla como formas de expresión y resistencia para la construcción de un pensar pensándose distinto. Así se sostuvo, no sin impasses de reorganización en la comunicación alternativa, que llegó a perfeccionarse más tarde en la Asamblea de los Pueblos de las Montañas del Sureste (APMS) como una plataforma de comunicación y coordinación pionera en más de un sentido. Con la radio comunitaria y la prensa alternativa, activadas para difundir la voz zapatista, su simbología e iconografía, se pudo consolidar y actualizar una identidad visual y comunicativa. Hasta el presente, y contra los diagnósticos de algunos, es inequívoca la presencia de las fuerzas insurgencia en la comunicación global. No hay quien no identifique a hombres y mujeres zapatistas, sepan quiénes son y por qué luchan, desde la propia imagen de Emiliano Zapata hasta los rostros y las máscaras actuales.

Para eso han sabido usar el recurso, nada inocuo ni poco inicuo, de Internet y sus formas de “comunicación digital” por donde han sabido mostrar el protagonismo de la voz zapatista a nivel global. Desde luego con su página web del EZLN y con la utilización de la comunicación en línea para coordinar las acciones y la solidaridad internacional. Sin restar una sola coma al programa de lucha, más vigente que nunca, y hacia una revolución, también, de la comunicación comunitaria contra los latifundios ideológicos y mediáticos burgueses, en todas sus presentaciones y apariencias.

Porque también se trata de fortalecer la democracia y la autonomía de las comunicaciones proletarias. Se trata de la creación de una gran “Junta de Buen Gobierno” hacia la comunicación que ayude organizar fuerzas, sumándolas y capacitándolas para coordinar las acciones y la toma del poder comunicacional en manos de los pueblos y sus decisiones autónomas. Su utilización como herramienta para la educación crítica y la formación de revolucionarios nutridos de historia y ética, capaces de fortalecer la comunicación y la transformación del mundo. Con sus batallas comunicacionales, no pocas veces incomprendidas o ignoradas, las fuerzas zapatistas han marcado la dirección de una infinidad de tareas inconclusas a las que no hemos sabido acudir ni en tiempo ni en forma. Principalmente, para difundir y consolidar la voz zapatista que durante décadas ha exhibido la maldad y criminalidad del latifundismo que, en México como en toda la Patria Grande, ha hecho de las suyas entre saqueos, corrupción asesinatos y monstruosidades de todo tipo. Sin que les toquen un pelo.

No ha habido cansancio abajo y a la izquierda, incluso cuando los retos y los peligros de la batalla comunicacional se han multiplicado y, por eso, sigue siendo urgente el fortalecimiento de la plataforma de comunicación “Enlace Zapatista” para difundir la información y la voz de las luchas, para denunciar la represión y la violencia en contra de las comunidades. Y para expandir la lucha por la justicia social, de abajo hacia arriba en México. Desde la comunicación interpersonal y local repotenciadas, hasta la comunicación global, porque todos deberíamos entender cuánto tenemos de zapatistas en la medida en que somos, también, víctimas permanentes del latifundismo ahí donde estemos.

Están a la vista documentos, videos, manifiestos, canciones, películas… Símbolos y códigos para comunicar la voz rebelde de los pueblos en lucha. Símbolos y códigos conocidos planetariamente y mantenidos en pie de lucha, también, para una comunicación de pensamiento, palabra y corazón red. Está a la vista la voluntad incansable, capaz de coordinar las acciones para la defensa y para la política. Está a la vista la red de mensajeros, correos y otros protagonistas que transmiten información y órdenes entre los diferentes grupos y líderes. Está a la vista la comunicación también oral y con tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista. Transmitir historias, leyendas y valores zapatistas de generación en generación. No hay manera eludir el lugar que tenemos todos desde donde estemos.

Sabemos que la comunicación zapatista es un instrumento vital para la difusión de las ideas revolucionarias y para la defensa de la vida. Es mucho más que “memoria histórica” e “identidad”, es un plan de lucha crucial bajo las amenazas de terratenientes, gobiernos y grupos criminales camuflados. No es un romance filantrópico con los indígenas. No es bonhomía de coyuntura. En las tareas de comunicación zapatista, y su disputa por el sentido, está la vida de miles de revolucionarios que han ofrendado la vida por rescatar todas las tierras usurpadas desde la invasión colonial española y hasta esta mañana en todas partes. Es una revolución comunicacional que habla muchos idiomas y nos interpela en muchas lenguas. Es una lucha por la producción y reproducción de la conciencia, es una red de relaciones que se ejerce a través de la producción y circulación de pensamiento y praxis revolucionaria que expresa la disputa por el sentido como una lucha por la liberación de los medios, los modos y las relaciones de producción y circulación de significados. Es arma de nuestra revolución. Lo sabía perfectamente Emiliano Zapata.

Alma Plus TV

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Fuerzas semióticas de la violencia burguesa

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

Esa violencia histriónica de las ultraderechas no se sostiene únicamente por la coacción física que despliegan con aparatos represivos ni sólo por las maniobras económicas que esclavizan la vida material, sino —sobre todo— por un dispositivo complejo de fuerzas semióticas y mediáticas que penetran hasta los pliegues más íntimos de la cotidianidad. Allí, en el teatro microscópico de los signos, se forjan obediencias, se disciplina la sensibilidad y se fabrica un horizonte común de percepción que naturaliza lo inhumano. La burguesía, en su evolución histórica, ha aprendido que ningún orden de dominación es estable sin una arquitectura semiótica capaz de convertir lo denigrante en destino, lo injusto en normalidad y lo arbitrario en sentido común. Esa es, quizá, la operación más profunda de su violencia: no dejar evidencia judicializable o visible, estetizar sus golpes y humillaciones, inocular la gramática de la impotencia. Y ellos evadiendo impuestos.

Lo que llaman capitalismo perfeccionó un régimen de significación basado en la administración del miedo y el deseo rentables. Ambos polos funcionan como engranajes complementarios, se infunde temor a la pérdida, al fracaso, a la exclusión, mientras se promete realización, éxito y reconocimiento dentro de los mismos cánones que generan miseria. Este doble vínculo constituye una violencia semiótica que actúa antes de la acción policial, antes del decreto jurídico y antes del ajuste económico. Se trata de una prefiguración de su mundo, un modo de guiar la mirada y de anticipar la interpretación, de forma tal que todo lo que contradice la hegemonía parezca «irreal», «imposible» o «peligroso». El campo simbólico burgués es una disneylandia donde la rebeldía es desactivada antes de nacer, colonizada en su misma gestación, obligada a nacer ya deformada por las categorías dominantes. Sin dejar de ser negocio.

Su ofensiva mediática es el principal laboratorio de esta violencia que no sólo produce heridas y muerte, produce semióticas. A fuerza de repeticiones, montajes, omisiones y modulaciones afectivas, modela comportamientos y determina el rango de las emociones legítimas. Una parte fundamental de este poder reside en la capacidad de vaciar el lenguaje hasta dejarlo reducido a clichés, eslóganes y simplificaciones que obstaculizan el pensamiento crítico. La burguesía opera como una gran trituradora semiótica que convierte en polvo cualquier experiencia humana que no sea útil para la reproducción del capital. La violencia simbólica es entonces una violencia epistemológica: la expropiación de las categorías con las que el pueblo podría interpretar y transformar su realidad. Por eso la manipulación del lenguaje no es un daño colateral: es el núcleo estratégico de la dominación.

Pero la violencia burguesa no actúa sólo en los medios, intoxica el diseño de la vida cotidiana. La publicidad, por ejemplo, transforma los objetos en fetiches que prometen identidad y prestigio, convirtiendo los signos en equivalentes de valor subjetivo. La arquitectura de las ciudades reparte espacios de dignidad y espacios de desecho, ordena trayectorias, impone velocidades y jerarquías, y hace de cada esquina un escenario de la lucha de clases implícita. La educación formal perpetúa genealogías ideológicas donde la historia aparece como una secuencia naturalizada de «progresos» que culminan en el mercado como forma superior de libertad. Cada institución —la escuela, la oficina, la familia, la calle— ejerce una pedagogía violenta del sometimiento que se transmite no sólo por contenidos explícitos, sino por hábitos, gestos, silencios y protocolos. Es una violencia de muchos rostros burgueses que «enseñan» a cada sujeto su «lugar» en el orden social, obediente, normal, rentable.

Toda la violencia simbólica de la burguesía opera también como una economía de la sensibilidad. Los afectos son alineados con los intereses del capital mediante narrativas que glorifican la competencia, ridiculizan la cooperación, exaltan el egoismo como virtud y presentan la solidaridad como debilidad o atraso. Como la mejor herencia para la prole. El sufrimiento social es transformado en espectáculo; la incertidumbre laboral en motivación meritocrática; la precariedad en oportunidad. No hay gesto más violento que obligar al explotado a sentirse culpable por su propia explotación o a agradecer la migaja que recibe como si fuera un privilegio. Esta colonización afectiva inhibe la empatía colectiva y rompe la posibilidad de una moral emancipadora. Allí donde la humanidad podría reconocerse en su dolor compartido, la burguesía instala un simulacro de libertad individualista que convierte cada vida en un proyecto de autoexplotación. Con agradecimiento.

Que estas fuerzas simbólicas sean «invisibles» no significa que sean débiles. Al contrario: son la condición de posibilidad de todas las demás violencias. El golpe policial es la prolongación material de un golpe ideológico previo; el recorte presupuestal es la aplicación económica de un relato legitimador que lo hizo aceptable; la guerra es la extensión militar de una operación semiótica que fragmentó el mundo en enemigos absolutos. Nada de esto puede ejecutarse sin una gramática social que ya haya predispuesto la obediencia. La dominación burguesa, en su forma más refinada, logra que los oprimidos repitan los códigos de sus opresores y que reproduzcan incluso las ideas que los dañan. Ése es el triunfo mayor del capital: haber conseguido que su violencia sea administrada también por sus víctimas, bajo la ilusión de que actúan libremente. Y son felices.

Pero allí donde la burguesía intenta fijar significados eternos, la praxis transformadora introduce movimiento, ruptura, creación. Cada asamblea, cada huelga, cada acto de solidaridad emerge como un contra-discurso que reconfigura la sensibilidad, expandiendo el campo de lo posible y desmantelando, poco a poco, las fuerzas simbólicas del poder. La tarea política es entonces una tarea semiótica para desmontar la violencia nada «invisible» que sostiene la dominación visible; y revolucionar el derecho a nombrar el mundo con sus propias categorías; reconstruir un horizonte de sentido capaz de reconocer, en cada gesto cotidiano, la presencia de la lucha de clases. Sin esa batalla por el sentido —que es también una batalla por la dignidad humana—, toda revolución queda mutilada. Ya lo hemos padecido.

Aporrea.

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Haití y la torre Eiffel

Por: Alí Ramón Rojas Olaya

El 18 de noviembre de 1803, un ejército de cimarrones haitianos derrotó a las tropas de Napoleón Bonaparte, que en el Caribe se encontraban desde febrero de 1802, en la Batay Vètyè (así el pueblo haitiano conoce la Batalla de Vertières en creole). Los invasores franceses deseaban recuperar el control de la isla. Ésta fue la última batalla importante de la Revolución haitiana, y la parte final de la Revolución bajo la dirección de Jean Jacques Dessalines.

En 1802, el revolucionario Toussaint Louverture fue capturado por las tropas de Napoleón. Desde el barco que le llevaría a su celda de prisión, y eventual muerte, Louverture dijo: “Al derrocarme, no habéis hecho más que cortar el tronco del árbol de la libertad negra en St. Domingue. Volverá a nacer de sus raíces, pues son numerosas y profundas”. Después de la muerte de Louverture, Jean Jacques Dessalines tomó el testigo.

El 1° de enero de 1804, Haití fue proclamada República independiente por Dessalines. El reino de Francia rechazó reconocer la independencia adquirida de la República Francesa. En 1825, el rey Carlos X exigió que Haití pagara una  indemnización inicial de 150 millones de francos de oro a Francia a cambio del reconocimiento de su independencia. Esta suma buscaba compensar a los antiguos colonos esclavistas franceses por la pérdida de sus propiedades y «esclavos» tras la revolución haitiana. En 1838, la suma se redujo a 90 millones de francos, a pagar durante 30 años. Los pagos forzados continuaron durante décadas, y los últimos se realizaron, de hecho, hasta 1947, casi 150 años después de la independencia.

Haití no tenía el dinero para pagar, por lo que tuvo que pedir préstamos a bancos franceses con altos intereses, lo que sumió al país en una trampa de deuda perpetua. Se estima que más del 80% del presupuesto nacional se destinó a pagar esta «indemnización».

La Torre Eiffel se construyó entre el 28 de enero de 1887 y el 31 de narzo de 1889, para la Exposición Universal. Un banco francés, Crédit Industriel et Commercial (CIC), financió en parte la construcción del ícono parisino utilizando parte del dinero que obtenía a través de préstamos con intereses abusivos al Banco Nacional de Haití. Esto significa que la Torre Eiffel se construyó con capital que se benefició directamente de la extorsión económica impuesta por Francia a Haití.

Un análisis de The New York Times de 2022 estimó que, ajustando por inflación y considerando el impacto en la economía haitiana, el monto total pagado ascendería a 115 mil millones de dólares en la actualidad. Esta deuda es considerada la principal causa histórica de la miseria de Haití y una de las mayores transferencias de riqueza forzadas de la historia, de una nación empobrecida a un imperio esclavista.

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¡Inician las Maestrías en LAUICOM: Formando Comunicadores para la Defensa del Pueblo y la Verdad!

Prensa LAUICOM – La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) recibió con entusiasmo a las y los nuevos estudiantes de las maestrías en Comunicación Política y Contrahegemonía y Comunicación Estratégica para la Defensa Cognitiva, programas concebidos como herramientas formativas al servicio del pueblo, la soberanía comunicacional y la construcción colectiva del conocimiento crítico.

La jornada de bienvenida contó con la presencia de Walter Nieto, figura clave en el impulso y desarrollo de estos postgrados, quien destacó la importancia de formar comunicadores capaces de intervenir con lucidez en los escenarios políticos actuales y de acompañar los procesos organizativos desde una perspectiva transformadora.

Ibrahim Infante, Vicerrector de Vinculación Social, subrayó el carácter estratégico de estas maestrías como espacios donde se articulan teoría, praxis y compromiso popular. Enfatizó que la comunicación, en estos tiempos, es una trinchera necesaria para la defensa de los ideales emancipadores y el fortalecimiento de los lazos comunitarios.

Tibisay León, Vicerrectora Académica, resaltó que la institución camina junto a sus estudiantes en la búsqueda de una formación integral, ética y comprometida con las necesidades del territorio y del proyecto bolivariano.

Isabel Rivero, Magister y docente de los programas, hizo énfasis en las condiciones pedagógicas que facilitan el aprendizaje: materiales accesibles, clases grabadas y un enfoque que reconoce las múltiples responsabilidades que asumen quienes estudian mientras construyen desde sus comunidades.

Con esperanza y determinación, LAUICOM inicia este nuevo ciclo académico convencida de que en cada estudiante late el potencial para convertirse en un actor consciente, creativo y comprometido con la liberación de los pueblos a través de la palabra y la acción colectiva.

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Marco Rubio: semiótica del “perdonavidas”

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

Marco Rubio encarna, en la escena política contemporánea, la lógica del «perdonavidas», esa operación semiótica imperial que pretende investir a su sirviente golpista con una autoridad destinada a condicionar el comportamiento de nuestros pueblos bajo la amenaza velada de una sanción monetaria o militar. Tal lógica opera como dispositivo de intimidación mafiosa y mediática, como coreografía narrativa del «castigo» burgués y como representación ideológica del poder de fuego estadunidense en clave de arrogancia imperial.

Rubio aparece así como la figura performativa de un orden que pretende pontificar sobre la conducta de los insurrectos, no por fuerza de argumentos, sino por la naturalización de una posición de petulancia supremacista gusana. Su discurso no es sólo un despliegue de frases, sino un sistema de amenazas que pretenden funcionar como advertencias, ultimátums o chantajes, dirigidos a gobiernos, pueblos y adversarios geopolíticos. Es el gesto clásico del perdonavidas: «Yo podría destruirte, pero te concedo la oportunidad de someterte». Esta semiótica del castigo, recubierta de moralismo servilista, produce un personaje siniestro, no porque posea poder propio –que no lo tiene–, sino porque simboliza la estructura de un imperio que lo utiliza como vocero del disciplinamiento global. La náusea.

Rubio cumple su guion con precisión teatral; su figura pública es un manual de gestualidad del castigo, una liturgia del señalamiento, un repertorio de amenazas presentadas como advertencias responsables. En su retórica, la «preocupación» por América Latina es el envoltorio del saqueo, del asesinato y de la intervención; su payasada vestida como denuncia contra gobiernos soberanos es una fórmula asesina en la moral burguesa más macabra; la propuesta de sanciones se presenta como «paso necesario» para defender la libertad. En cada una de esas ofensivas semióticas, el perdonavidas concede –desde arriba– una oportunidad al otro para rectificar, obedecer o «volver al camino correcto». Retórica clásica de gánster que simula cordialidad antes de golpear. Lo siniestro de Rubio no radica solamente en su biografía individual, sino en la manera en que su cuerpo discursivo está diseñado para ser vehículo de esta dramaturgia.

Nuestra semiótica crítica permite mostrar que el perdonavidas no sólo amenaza, también produce un orden perceptivo. Sus mensajes buscan generar un clima de terror administrado, de duda, de inestabilidad calculada. Al mismo tiempo, intenta consolidar una narrativa en la cual Estados Unidos figura como el guardián de los pueblos, el protector magnánimo que –pese a su «paciencia»– se ve obligado a castigar. Rubio dramatiza esa tensión, haciendo del lenguaje un instrumento pedagógico del miedo. Así se construye una pedagogía de la sumisión, cada intervención suya enseña qué comportamientos serán castigados, quiénes serán los «malos» del momento y qué sanciones se consideran legítimas. Lo siniestro emerge de la naturalización de esta estructura, el perdonavidas no se concibe a sí mismo como agresor, sino como salvador. Y ahí reside la violencia más profunda: el castigo se traviste de virtud.

En la escena latinoamericana, Rubio desata una semántica de injerencia que presenta las decisiones soberanas de los pueblos como desviaciones patológicas que necesitan corrección. Su lógica es la del adulto autoritario frente al niño díscolo: «sé lo que te conviene, obedece y te irá mejor». Esta infantilización es uno de los núcleos simbólicos del perdonavidas. Y, de nuevo, el personaje siniestro no es por su capacidad personal, sino por la estructura que encarna, la del imperio que cree tener derecho a decidir qué países merecen vivir y cuáles deben ser disciplinados.

Rubio despliega, además, una textura discursiva obsesionada con la idea del enemigo. Cada palabra suya fabrica un adversario absoluto que debe ser combatido sin matices. Esta absolutización del otro –técnica clásica de la propaganda– permite justificar cualquier medida: sanciones, presiones económicas, golpes blandos, financiamiento a oposiciones desestabilizadoras. El perdonavidas necesita crear enemigos para justificar su propio rol; necesita producir la expectativa de caos para presentarse como el gestor del orden. Por eso, su discurso es siempre apocalíptico: «si no actúo, ocurrirá la catástrofe». Es la semiótica del salvador oscuro, él mismo infla la amenaza que luego promete resolver.

En el fondo, Rubio representa una función: la de traducir la doctrina del intervencionismo en lenguaje cotidiano. Su misión semiótica es «hacer digerible» la agresión imperial. Presenta la injerencia como necesidad, la sanción como responsabilidad, la amenaza como gesto moral. El perdonavidas siempre necesita justificarse: sólo puede mantener su poder si logra que el otro crea –al menos por un instante– que la amenaza es legítima. El personaje siniestro se vuelve eficaz cuando su violencia parece sentido común. Y Rubio trabaja incansablemente para que la violencia imperial parezca razonable, inevitable o moralmente correcta.

Por eso es crucial desmontar la gramática de su lógica, cada palabra suya funciona como dispositivo de dominación simbólica. Sus gestos públicos, sus entrevistas, sus declaraciones en redes, sus intervenciones en el Senado: todo está articulado como una cadena de signos destinados a intimidar, persuadir, sobreactuar y disciplinar. Desenmascarar al perdonavidas no es criticar a Rubio como individuo, sino señalar la maquinaria ideológica que él representa. Es entender cómo un personaje siniestro se convierte en portavoz de una semiótica de la amenaza que busca someter a los pueblos al orden del capital global.

Y es, finalmente, recordar que el perdonavidas no existe sin la complicidad de un sistema que lo instituye. Rubio es la máscara rota de un imperio en decadencia que, incapaz de sostener su hegemonía por consenso, recurre a la teatralización del castigo, con armas y con «aranceles». En esa teatralización macabra se reproduce un viejo gesto colonial, el amo que, antes de golpear, manda a sus sirvientes para conceder al esclavo la oportunidad de arrepentirse. Una farsa cruel, una semiótica del sometimiento. Y, por medio de ella, el intento desesperado de mantener un poder que la historia misma ya está erosionando. Mientras, nosotros muy desorganizados.

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Comunicar es decidir: el poder invisible en los discursos

Prensa LAUICOM – El diputado Alberto Alvarado inauguró con rigor crítico el módulo “Participación Protagónica en la Producción de Contenidos”, en la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), dirigido a los estudiantes de la Cohorte XIX del diplomado en Comunicación Política. Con una intervención que combinó lucidez teórica y compromiso político, Alvarado destacó que “todo comunica” y que, como seres profundamente sociales, «somos seres políticos»: sujetos atravesados por relaciones de poder desde el mismo instante de nuestro nacimiento.

Resaltó que incluso nuestras decisiones aparentemente más personales, como elegir una profesión, definir nuestro estilo de vida, amar a quien amamos, responden a estructuras previamente construidas: normas, saberes institucionalizados, categorías morales y económicas que circulan como sentido común. “El poder es más eficiente cuando no se ve”, recordó, frase atribuida al filósofo Michel Foucault, invitando a revelar los intereses ocultos tras los discursos.

Porque no es mediante la imposición abierta, sino a través de la seducción de lo razonable, lo saludable, lo moderno o lo exitoso, que el poder modela conductas, deseos y hasta nuestra propia subjetividad, haciéndonos creer que actuamos en libertad, cuando en realidad repetimos, sin cuestionar, las líneas invisibles trazadas por regímenes que benefician a unos pocos mientras naturalizan la desigualdad.

Es como cuando una red social promueve, como si fuera una elección espontánea de los usuarios, que pasen más tiempo en la plataforma, compartan datos personales o sigan ciertos tipos de contenido, todo presentado como “tendencia”, “recomendación” o “lo que está sonando”, mientras oculta que esas dinámicas responden a algoritmos diseñados para maximizar la atención, servir a anunciantes y reforzar comportamientos predecibles, no necesariamente deseos auténticos.

Este taller invitó a los participantes a mirar más allá de la superficie: no solo interrogar lo dicho, sino también lo silenciado; no solo iluminar los discursos dominantes, sino rastrear sus zonas de sombra. El propósito fue claro: formar profesionales críticos, capaces de desarmar narrativas hegemónicas y construir, desde las voces y realidades de las comunidades, contenidos comprometidos con la verdad y el bien común.

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Autopsias políticas extraordinarias… pero los pacientitos mueren

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Nuestra metáfora de la “autopsia” no es caprichosa, señala el modo en que cierta política burguesa, infiltrada por todas partes, ha sido reducida a objeto de estudio post mortem, a fenómeno que sólo contempla la descomposición.

Algunos diseccionan con palabrerío de ocasión los errores del pasado y exhiben su bisturí salivoso, pero lo hacen sin transformar las condiciones materiales que los generaron. A sabiendas o no. Analizan las causas de la derrota como si fueran causas naturales y no el resultado de contradicciones de clase, de las hegemonías simbólicas ni de las estructuras de poder burgués que se reconfiguran mientras el análisis se pronuncia. Su política ha sido convertida en cadáver semiótico, se la estudia, se la interpreta, se la teoriza, pero no se la revive.

Cada vez que el análisis obtura la acción, se firma un nuevo certificado de defunción para la organización. En las morgues de la política contemporánea se acumulan los cadáveres de proyectos emancipadores, partidos, movimientos y esperanzas colectivas que alguna vez prometieron transformar la realidad. Y sobre cada cuerpo, los doctores de la crítica, los anatomistas del fracaso… abren el tejido que dan por muerto con precisión técnica y sabiduría grandiosa para explicar —con brillo teórico y disciplina académica— por qué todo fracasa menos sus “diagnósticos”. Publican sus informes con rigor de laboratorio, multiplican simposios, coloquios y mesas redondas; sin embargo, los pacientitos siguen muriéndose. Es la paradoja del pensamiento político actual: una inteligencia lenguaraz capaz de explicar la muerte, pero incapaz de defender la vida. En la práctica organizada.

Cuando Marx escribió que la crítica de las armas debe ser reemplazada por el arma de la crítica, advirtió que el pensamiento no puede quedarse en la autopsia. Pensar es intervenir. Cada concepto debe ser diseñado para actuar sobre la realidad y no sólo describirla. Sin embargo, hoy la política se complace en su propia lucidez. La autopsia se ha convertido en un género de prestigio: se publican necropsias de gobiernos populares, de partidos obreros, de sindicatos debilitados… pero casi nadie construye instrumentos para revivirlos. El pensamiento revolucionario no puede permitirse ese lujo: debe ser un pensamiento de combate.

Detrás de cada autopsia política se esconde una emboscada de impotencia teórica que el capitalismo disfruta enormemente mientras lo promueve. Porque el sistema necesita críticos lúcidos, pero inofensivos; necesita intelectuales que sepan analizar las contradicciones del capital, pero que no se organicen para combatirlas. Necesita un marxismo sin praxis, una semiosis sin sujeto histórico, un pensamiento que se exalte con la sola disección, pero no toque el tejido vivo del poder. En ese sentido, cada autopsia política, tan extraordinariamente ejecutada, es una victoria de la ideología dominante. El pensamiento queda atrapado en la contemplación y la decoración del cadáver, mientras la dominación se resucita.

Nuestra Filosofía de la Semiosis se propone desarmar esta trampa. Nos enseña que la política no muere, matan los modos, los medios y las relaciones de producción del sentido que la convierten en praxis transformadora. Cuando el discurso se convierte en sustituto de la acción, el signo se fetichiza y deja de ser mediación viva para volverse imagen congelada que congela todo. Así, la autopsia política no sólo examina restos, produce restos. Es un acto semiótico diseñado para consagrar la muerte de la praxis y sustituir la transformación por la representación.

Eso que hoy llaman capitalismo aprendió a administrar el lenguaje del cambio. Permite la crítica como espectáculo, tolera la disidencia como ornamento, celebra el pensamiento rebelde siempre que se mantenga dentro de los márgenes del discurso quieto, reformista. En este teatro, la autopsia política cumple un rol funcional, permite canalizar la energía revolucionaria hacia la reflexión sin consecuencias. El pensamiento deviene terapia paliativa de la frustración colectiva y feliz. Las autopsias son brillantes porque el sistema necesita que lo sean, necesita medicuchos intelectuales que declamen sobre la muerte de la utopía mientras siguen respirando el aire frío de sus morgues académicos.

Pero hay un punto ciego en toda autopsia, el cuerpo que no se resigna a morir. En las calles, en los barrios, en los movimientos que resisten sin nombre ni micrófonos, late una vitalidad semiótica que rehúsa ser cadáver. Allí donde la palabra se organiza con la acción, donde el símbolo se encarna en lucha, donde el signo se vuelve consigna colectiva, el cadáver que ellos loan goza de buena salud y se levanta. No como resurrección mística, sino como reactivación dialéctica del proceso histórico revolucionario que el capitalismo intenta clausurar. La conciencia de clase no es un órgano que se disecciona, sino un proceso de construcción permanente, es el pensamiento que vuelve sobre sí mismo para encontrarse en el otro y en la lucha.

Sus autopsias políticas, por extraordinarias que sean, suelen olvidar que la lucha política es dialéctica. Su movimiento no puede ser analizado en mesas disección porque su sentido se genera en la contradicción viva entre teoría y práctica. Por eso nuestra Filosofía de la Semiosis no se limita a interpretar los signos, los identifica en el proceso histórico de su producción y reproducción. Comprender esto es comprender la gramática de la dominación, pero también la semántica de la revolución. Sus autopsias políticas “extraordinarias”, suelen confundirse con el diagnóstico científico. Pero hay una diferencia esencial: el diagnóstico está orientado a curar; la autopsia, a certificar la muerte. La diferencia entre ambos no es sólo metodológica sino ética. La ciencia revolucionaria del sentido —la Filosofía de la Semiosis— se niega a declarar muerta a la historia. Rechaza la idea de que el fracaso sea irreversible. Insiste en que cada proceso derrotado conserva en su interior un excedente de sentido, una reserva semiótica que puede ser reactivada si se la vincula con las nuevas condiciones materiales de la lucha.

Eso que llaman hoy capitalismo, y sus armas de ofensiva semiótica, no sólo explota fuerza de trabajo, extrae energía simbólica. Fabrica armas simbólicas útiles para reforzar su hegemonía. La autopsia mediática cumple la función de convertir el dolor colectivo en narrativa de impotencia resignada. Por eso nuestra Filosofía de la Semiosis llama a descolonizar la derrota: a romper el circuito de significación que transforma cada caída en justificación de la pasividad. La historia de los pueblos no debe escribirse como serie de autopsias, sino como genealogía de revoluciones. No se trata de negar la crítica, sino de devolverle su función vital. Criticar es vivificar la conciencia, no embalsamarla. La crítica revolucionaria debe ser intervención semiótica y debe desmantelar los significados que nos esclavizan a la lógica de la derrota y, por el contrario, generar nuevos sentidos orientados a la emancipación. Esto exige una pedagogía del sentido viva, militante, capaz de articular pensamiento y práctica, teoría y organización, análisis y acción. Nuestra semiosis crítica no es contemplación: es movimiento dialéctico del pensamiento que se hace praxis en el seno de las luchas concretas.

Si los pacientitos siguen muriéndose es porque la crítica se volvió “clínica sin urgencia”. Es porque son un negocio redondo. Los analistas burgueses confunden (y lo saben) la descripción con la transformación, la lucidez con la eficacia. Mientras tanto, el capitalismo reorganiza su dominio simbólico, fabrica nuevos fetiches, recicla viejos mitos, infiltra el lenguaje mismo con su lógica de mercancía. Cada autopsia que no se transforma en acción de vida se convierte en instrumento de anestesia ideológica. Por eso es urgente romper la fascinación por el cadáver y devolver a la política su respiración.

Nuestra Filosofía de la Semiosis no se contenta con observar cadáveres, escucha los signos del pulso. Reconoce que toda adversidad, padecida por los pueblos, es agonía que contiene sus propios gérmenes de superación. Lo que parece muerte puede ser resurrección, y lo que parece calma, acumulación de fuerzas. La semiosis revolucionaria consiste en identificar esas latencias, leer en los signos del presente las huellas del porvenir y organizarlas en praxis colectiva. Ninguna autopsia reemplaza el acto de revolucionar poder. Ninguna lucidez es útil si no produce organización y conciencia.

Nuestros pueblos en lucha no necesitan más medicastros forenses del fracaso. Necesitan arquitectos del sentido, militantes del signo emancipado y emancipador, constructores de un lenguaje que devuelva a la vida política su capacidad de transformación. Frente a la autopsia, la acción; frente a la necrosis ideológica, la semiosis liberadora. Pensar no es contemplar nostálgicamente la muerte o la miseria, sino producir las condiciones simbólicas de la resurrección histórica revolucionaria. La crítica transformadora cuando se asume como praxis semiótica, deja de ser diagnóstico y se convierte en medicina de la conciencia colectiva. La vida política del porvenir no nacerá de los laboratorios ni de los memoriales del fracaso. Nacerá de la revolución de los signos por parte del pueblo, de la descolonización de los imaginarios, de la reinvención del lenguaje que nombre las luchas y las organice. La Filosofía de la Semiosis no busca interpretar el cadáver del mundo, sino encender su respiración, hacer del sentido una forma de vida revolucionaria y viceversa. Valgan las metáforas.

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