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Filosofía de la Revolución. Ética del amor revolucionario.

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

La Ética de los fusiles y la Ética de la ternura.

Una consigna ética recorre al mundo. En toda su potencia brilla hoy, más que nunca, la afirmación de Fidel que define: “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. Tal consigna es de suyo un enunciado ético, de primer orden, para los tiempos que corren. ¿Cuáles revolucionarios para cuál revolución? No operemos esto con “manuales”. El carácter “universal” de semejante consigna, su alma humanista, excede a Cuba aún siendo su epicentro. Esa era la voluntad de Fidel. En el carácter marxista-leninista de la Revolución cubana se gesta una de las corrientes éticas más importantes de nuestro tiempo. El deber de todo revolucionario también es producir una revolución en la ética y para la ética. Y la Revolución en Cuba es una guía.

En un mundo infestado de humillaciones contra la clase trabajadora, ahogado en falacias “informativas”, atiborrado de vulgaridad, chapucería y banalidades… nos da luz el fulgor de la Revolución cubana con su apuesta ética revolucionaria. En un mundo hundido en miedos, individualismo y egolatrías; saturado por petulantes y mediocres, doctorados en nadería y creacionismos a medida, donde hacen su festín los publicistas y las iglesias, los pornógrafos y los pedófilos… donde se prostituye todo y se mercantiliza el alma… el capitalismo reina a sus anchas y pudre todo lo que encuentra al paso. Mundo infestado con tanto traidor, tanto blandengue, tanto trepador, tanto oportunista, tanto reformismo… Cuba nos llama a trabajar por una Ética de la solidaridad nueva, activa, combativa, rigurosamente, o de lo contrario nos sepultarán con más basura ideológica burguesa y con más capitalismo. Esto es intolerable.

Qué fenomenales desafíos ha debido enfrentar la Revolución cubana. Desafíos que no sólo han demorado la conquista de la máxima felicidad posible para su pueblo sino que la han sometido a las pruebas más feroces de la resistencia económica, psicológica, política y cultural. El balance de la Revolución, que aquí nos interesa, está pasando todavía por el purgatorio criminal del bloqueo que no sólo no ha terminado, sino que se recrudece. Así y todo, la Revolución cubana nos educa, como brújula y praxis que no dejó de proveernos lecciones e interrogantes, luces y autocríticas, sencillamente porque jamás fue una institución puramente teórica o mental para celebraciones idílicas o abstractas, sino porque la Revolución pasó a ser núcleo de las cosas diarias. En la cabeza, en la panza y en los corazones. En la praxis. No lo ve quien no quiere verlo.

No hay tiempo para diletantes. No hay lugar para burocracias bibliográficas ni para farándulas de gurús. Hay que declarar la abolición de la esclavitud semántica y la supresión de todo fanatismo con manuales esotéricos. El caso más aberrante de “Crimen Organizado” a nivel mundial, se llama Capitalismo. En sus más de tres siglos, organizó la destrucción del planeta, la depredación de la condición humana, pobreza, miseria y hambrunas. Ha humillado a los seres humanos y amenaza al futuro.

Cualquiera habla de Revolución refiriéndose a cualquier cosa, pero el problema está en cuánto y cómo, eso que se llama Revolución, realmente cambia paradigmas o solamente los maquilla. Por eso, tarde o temprano, si hemos de asumirla con seriedad, la Revolución cubana nos interpelará. Nos hará preguntarnos, y respondernos, dónde está nuestro granito de arena, nuestro aporte probadamente solidario, ese que ayuda a modificar los paradigmas dominantes para dar lugar a paradigmas emancipadores infatigables. Como es la propia Revolución.

Debemos entender a la Revolución cubana como la conquista ampliada de un Derecho Humanista Fundamental. El derecho a la Revolución. Como el peldaño más alto de la praxis que asciende desde lo deseable a lo posible y desde ahí a lo realizable. Una Revolución que no acepta ser reducida a una abstracción de esos procesos revolucionarios que la hacen internacionalista en sus tonos y colores político-territoriales. Comprender la superioridad, su valor, como factor decisivo en nuestra Historia reciente, nos hace estar convencidos de que luchar tiene un valor superior, en un mundo común en que se vive bajo la ordinariez de las semiósferas burguesas. La Revolución cubana, al asumir el socialismo sobre una base científica y no utópico-ilusionista, se legitima en cuanto que cambio para la organización de la lucha, que no es cosa del pasado, sino necesidad para salir del capitalismo, sin tergiversaciones ni confusiones, porque es expresión de una fase superior de la sociedad que debe desaparecer toda subordinación esclavizadora contra los seres humanos.

Cuba es una forma de la Ética de nuevo género tanto por las ideas revolucionarias, como las acciones revolucionarias que desenmascaran y combaten al capitalismo. Ética que ha sido blanco de todo género de distorsiones y persecuciones en el terreno de la teoría, del centrismo “cientificista” amorfo y ecléctico; en las filas del reformismo que elude las obligaciones concretas y tiende a privilegiar toda demora de la “práctica revolucionaria”, sin aceptar que sólo la teoría marxista puede impartir una orientación revolucionaria a la práctica. Tal cual lo explicó Fidel:

Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.

Nuestro deber es hacer la revolución. Con el surgimiento de la Revolución cubana, el mundo experimentó una transformación geopolítica, cultural y comunicacional que estremeció al imperio. De inmediato se dispuso a destruir todo cuanto significase Revolución y de inmediato salió a comprar “voluntarios” de las armas y de las ideologías (falsa consciencia y engaño) para organizarlas en una guerra, sin cuartel, que no ha cesado un solo minuto. Guerra contra Cuba revolucionaria en todos los ámbitos de la teoría o de la práctica, se dejó sentir como un odio de clase “nuevo” que encolumnó formas de “pensar” y hacer “política” –en su sentido más burgués- para aniquilar la rebeldía organizada y consciente de su ruta. Pero se encontraron con un pueblo organizado de mil maneras (obreros, estudiantes, ciudadanos comunes y campesinos) decididos a no seguir siendo oprimidos… la clase opresora no pudo seguir oprimiendo. Cambió el rumbo, cambió la dirección y cambiaron los dirigentes. Triunfó una Revolución que parió una Ética nueva.

La Ética de la verdad

¿Qué baratijas ideológicas podrán convencernos de aceptar, más tiempo, el negocio macabro de las industrias bélicas; qué palabrerío podrá convencernos de tolerar el espectáculo de pobreza que se transmuta en miseria y hambrunas; con qué saliva querrán anestesiarnos mientras nos despojan del trabajo, la vivienda, la salud, la educación… mientras insisten en que les aplaudamos como focas adictas? Los 2153 millonarios que hay en el mundo, poseen más riqueza que 4600 millones de personas (un 60% de la población mundial), según revela Oxfam en un informe publicado hoy, la víspera del Foro Económico Mundial de Davos (Suiza). Este mundo debe salir del capitalismo, y todos sus desastres, inmediatamente.

Cuba encontró un camino. Semejante parto ético originado en Cuba, tendría que remover, de la vida cotidiana, las instituciones mentales, las costumbres y los hábitos de esclavitud; los pre-conceptos y las definiciones de la vida misma, inoculadas por la ideología de la clase dominante como vectores centrales de la existencia en cada persona, en su relación con los demás seres humanos y con la naturaleza toda. Ese parto ético de nuevo género, debía abonar la tierra de la mentalidad revolucionaria para hacer florecer las ideas nuevas y de reponer el trabajo justo y colectivo, como la mayor riqueza, por encima de la acumulación del capital. Formidable tarea para revolucionar las cabezas y los valores contra toda telaraña mental, momias ideológicas y creencias con raíces hondas como la resignación, el saqueo irremediable y privación de todo para garantizar la buena vida de los amos. Cuba con su Revolución ha construido, paso a paso, un imaginario social nuevo con seres humanos solidarios dispuestos a rehacer en su cabeza, su corazón y su panza, un modo de relacionarse de manera fraterna para producir lo que necesitamos todos y distribuirlo para el bien de todos. Ética para cambiar la dirección de todos los beneficios.

Nuestro deber es hacer la revolución. Ética que organiza democráticamente a una sociedad que lucha por vivir sin clases sociales, sin opresores y sin oprimidos, donde además de modificar el modo de producción, han cambiado las relaciones de producción, esta vez ya en manos de personas empeñadas en ser felices —con toda la dificultad que ello implicaba— y en que logren ser felices los seres humanos contra una realidad global sometida a todo género de infelicidades. Esa es la decisión de un pueblo que avanza con dirección distinta para los seres humanos y para el planeta, que a muchos parecía imposible, utópico, mesiánico o loco… y a otros parecía esperanzador, deseable, posible y realizable; exigió claridad meridiana en el qué hacer y en el cómo hacerlo.

El desafío ético que Cuba trajo con la Revolución exigió —y exige— mucha precisión en el orden de las prioridades y los plazos, en la profundidad y en la amplitud de las transformaciones humanistas. Exigió y exige un cambio, de raíz, en la mentalidad y una disposición solidaria a toda prueba. Exigió, y exige, instrumentos para movernos hacia delante en la ciencia, en las artes, en la teoría y en la praxis. Es imposible orientarse sin una Ética nueva, si realmente queremos salir del mapa del pasado. Ética de exigencias nuevas para la práctica en el proceso que implica la creación de una sociedad donde lo más importante sea el bienestar de la sociedad misma y la integridad ético-política “del dicho al hecho”, para alcanzar los objetivos marcados por la dirección del programa revolucionario.

Para comprender esta Ética, es necesario saber, en primer lugar, que tal ciencia, nacida de una Revolución, tiene un objeto de acción permanente en todo el hacer humano. Tal objeto que incide en la moral revolucionaria, se afirma en, al menos, dos grandes territorios de la actividad humana histórica y social. Ya no es una moral inamovible de afirmaciones extra-históricas, como es uso de algunas, sino que es una forma de la práctica humana, un producto histórico que varía profundamente, y se perfecciona, bajo la fuerza de una Revolución Socialista. La Ética para revolucionar debe revolucionarse a sí misma, bajo la influencia del fenómeno histórico que es la Revolución marxista-leninista, que se ocupa, también, de la conducta de los seres humanos ante el planeta sin dejar de imbricarse con la psicología, la sociología, la economía política y la antropología… con toda lucha que tenga una base material y sobre la que se erige la superestructura con su carácter indisolublemente social.

En Cuba se origina una Ética en transición y para la transición que tiene un origen histórico que se encuentra ya en la comunidad primitiva; para superar la división de la sociedad en clases, enriqueciéndose con la dialéctica marxista, en la praxis. Cuba desarrolla una Revolución no sólo para romper con los modos de producción, y con las las relaciones de producción de la moral burguesa con toda su hipocresía, la moral individualista, Cuba nos plantea el desafío de sentar las bases para una Ética verdaderamente humana, universal, en la que no exista la explotación del hombre por el hombre para la abolición definitiva de la sociedad dividida en clases. Dicho como lo diría el Ché, una ética para el amor.

Nuestro deber es hacer la revolución. Ética rigurosa que debe defenderse de los reformistas, los conciliadores, los disfraces, las emboscadas ideológicas y las guerras mediático-psicológicas, diseñadas principalmente para demorar, abortar, deformar y asesinar todo aquello que implique pasos (así sean pequeños) en la dirección emancipadora. Ética para superar lo viejo (aún no superado) y para impulsar lo nuevo que no termina de nacer. En esa transición (explicada así muy apretadamente) nos hemos visto inmersos muchas décadas y eso nos ha costado vidas y recursos incalculables pero, claramente, en Cuba, la fortaleza ética ha permitido resistir tormentos imperiales indescriptibles, en todos los niveles, desde de lo colectivo hasta lo más íntimo. Los enemigos de la Revolución, en sus delirios genocidas, han dado por muerto todo lo que suene a transformación y, así, dan por muerto el poderío ético cubano, sus logros, sus beneficios y aportes… han llegado a dar por muerta la historia misma. Y se han equivocado, la Revolución ha sido más fuerte que todas sus trabas.

Lo esencial de la Ética revolucionaria cubana no pueden borrarlo. Está viva en la revolución permanente que el pueblo cubano despliega en cada una de sus rebeldías y revoluciones (grandes o pequeñas) de esa Revolución cubana permanente, que ocurre en miles de ámbitos distintos, más visibles o menos; de esa lucha pertinaz e incesante nace un nuevo tipo de valores y acciones, marcadas por el pueblo trabajador, una Ética para la creación de una cultura y una comunicación de lo común, de lo comunitario, de lo comunista como fase superior de la felicidad humana. Sus médicos son un ejemplo preclaro, lo son también los cinco héroes, la música, las artes, la cultura del pueblo cubano. No se trata de un simple “re-acomodo de términos filosóficos”, es imprescindible aprender de la Revolución cubana, de su Moral de lucha y de su Ética, porque en el mundo entero avanza la degradación, la desmoralización y la ruina de los pueblos. Es una situación de vida o muerte para la clase oprimida que representa objetivamente el único futuro viable de la Humanidad. Si la Ética no responde a la dirección marcada por las bases, y no se producen cambios, la especie humana quedará cada día más expuesta a peligros históricos, como el neo-nazifascismo.

Ética de lo deseable, lo posible y lo realizable.

Nuestro deber es hacer la revolución. Solidarios con la Revolución cubana desarrollar las fuerzas productivas, la educación crítica y descolonizada, el pensamiento en la formación científica socialista. La definición de la Revolución nos ofrece aspectos esenciales para la Ética nueva donde se combina un carácter objetivo, normativo, con reglas o protocolos de intervención revolucionaria sobre, por ejemplo, la propiedad de las riquezas y sus distribución para todos; y el carácter fáctico en los actos reales, bajo tensión entre lo hecho y lo que debieron ser. Tal tensión, en condiciones revolucionarias, es dialéctica, uno implica al otro, pero en acción directa, no ilusoria. Necesitamos normas revolucionarias para la Ética revolucionaria, no hay práctica correcta sin teoría correcta. Lo normativo para ser realizado, pero no bajo el designio de normas abstractas, generales, idealistas sino bajo los requisitos del proceso revolucionario que demanda hechos concretos a soluciones concretas y, superar todo freno al desarrollo social.

Si la Revolución cubana nos ha obsequiado con bastiones humanistas de nuevo género, si su generosidad ha sido tal que marca el presente, tanto como el futuro, luchando por las mejores condiciones para la vida buena de todos, entonces nos ha puesto a la mesa de la Historia un plato ético exquisito, rico en motivos, rico en consciencia del fin, rico en decisión firme para la realización del acto ético-revolucionario; rico en voluntad para acompañar indisolublemente la determinación del fin común por sobre otros; rico en la predilección por los medios populares probados históricamente en la realización del fin común, en su realización objetiva, asumidas todas las consecuencias, propiamente, de carácter social. Lo deseable, lo posible y lo realizable. (Adolfo Sanchez Vázquez)

Esta estructura ética forjada por la Revolución cubana, forma una totalidad en las partes cobra realidad en el todo como significado moral. Así, por ejemplo, la legitimidad de una motivación revolucionaria se determina en la praxis y en los consensos donde agente puede reconocerla claramente como obra colectiva. Así la elección de un fin ético, y la selección de un medio, no se hace aisladamente porque pierde sentido moral, aun si el acto se realiza. En todo caso es indispensable plasmar el carácter revolucionario del fin, objetivar la conducta revolucionaria, para que garantice un resultado que podemos medir moralmente en colectivo, al ponerlo en relación con una norma marxista-leninista asociada a un sistema de normas de una comunidad histórico-social revolucionaria, como lo es en Cuba.

Necesitamos un Humanismo concreto, histórico y creador, no abstracto, expresión del conjunto de las relaciones sociales, incluso con sus conflictos madre, como perfeccionamiento ético y espiritual, que rescate las mejores luchas emancipadoras contra la alienación y los atentados a la libertad humana. Esta construcción del humanismo real, se necesita para transformar el mundo existente, conservando sólo lo mejor pero no para reconciliarse entre antagónicos. Un humanismo que debe ser condición fundamental en la conciencia, como necesidad y posibilidad de la transformación del mundo. Conciencia que debe tener una interpretación verdadera y científica del mundo y una crítica consensuada de lo existente.

Celebramos la Revolución cubana, a pálpito de Patria Grande, porque es hija de la Historia y al mismo tiempo camino para la especie humana. Nunca en la Historia se había logrado un desafío ético mayor, una obra revolucionaria, de los humildes, de los oprimidos, de los explotados. Por primera vez en la Historia latinoamericana y caribeña se ha establecido, en la práctica, un horizonte ético obrero-campesino duradero. Se hizo sobre bases revolucionarias, sobre bases marxistas, sobre bases leninistas. Eso implica, el marxismo desde su esencia creadora, su esencia dialéctica, sus principios éticos aplicados de manera revolucionaria, aplicados, también, con un sentido moral, en una época concreta, bajo acoso y bloqueo. El triunfo de la Revolución cubana es, también, seguir luchando, sin cansarse, contra el odio, la represión y el crimen imperiales. Su victoria va sedimentando una Ética de nuevo género que no sólo se ocupa de la economía, de la industria, de la cultura… se ocupa del corazón. Esa es una victoria de la Revolución que vive de la verdad humana, de la franqueza, de la honestidad, de la pureza, de sus principios marxistas y leninistas en acción dialéctica crítica y autocrítica. No nace de la nada. Nuestro deber es hacer la revolución. Completarla permanentemente.

Cuba Periodistas

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LAUICOM: Sembrar líderes, cosechar soberanía

Prensa LAUICOM – En el marco del Diplomado en Comunicación Política, con la Cohorte XIX que lleva por lema “Por la Unidad, por la Soberanía y por la Paz”, la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), bajo la coordinación de Tamara Díaz, Vicerrectora de Asuntos Internacionales de dicha casa de estudios, dio inicio al módulo: Comunicación, Influencia y Liderazgo para la Nueva Época, en un impulso decidido por formar líderes éticos, críticos y transformadores, capaces de defender la soberanía cultural y construir espacios de paz desde la palabra consciente y la acción colectiva.

La jornada comenzó con una reflexión en torno a la paz, entendida no como mera ausencia de conflicto, sino como condición ética y política fundada en la palabra responsable. En ese sentido, se destacó que la verdadera comunicación política trasciende las fotos espontáneas o los videos efímeros: no se reduce a gestos mediáticos, sino que responde a un propósito claro, expresar, con ética, coherencia y estrategia, aquello que se aspira a construir.

Precisamente porque la paz exige reconocimiento mutuo, escucha activa y compromiso con el otro, comunicar desde la claridad de un proyecto compartido se convierte en un acto de construcción pacífica. Así, la palabra bien orientada no busca solo visibilidad, sino tejer sentido común, fomentar el entendimiento y tender puentes hacia una convivencia justa, respetuosa y esperanzada.

Liderazgo con propósito:

Se exploraron diversas formas esenciales de liderazgo dentro de la clase, destacando: el colectivo, que se construye desde una visión compartida y el reconocimiento de las fortalezas de cada persona; el transformacional, que parte del cambio personal como condición para transformar el entorno, tal como lo encarnaron el Libertador Simón Bolívar y el Comandante Hugo Chávez; y el situacional, que entiende el liderazgo como una respuesta al contexto y exige sensibilidad para actuar con pertinencia.

En un momento histórico en el que la guerra ya no se dirige principalmente contra los cuerpos, sino contra las mentes, formar líderes con conciencia crítica, humanismo y capacidad comunicacional se convierte en un acto de defensa cultural y de soberanía popular.

Porque el líder no nace: se hace. Y en LAUICOM se siembra esa posibilidad cada día, formando comunicadores, líderes y lideresas comprometidas con la verdad, la justicia y la paz como horizonte común.

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Zapatismo, Comunicación y disputa por el sentido

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

Hubiese sido imposible enterarse, sin distorsiones, sobre la existencia y alcances de una fuerza revolucionaria como la del zapatismo, sin una batalla comunicacional y semiótica, pertinente y pertinaz. Hasta el presente. Esa comunicación zapatista ha sido clave en la lucha por la justicia social y la dignidad de los pueblos originarios en lucha. A su modo, una rebeldía de tierra con sentido histórico propio y con una dialéctica atada profundamente con su cronología y sus coyunturas en cada etapa. Desde 1900 hasta el presente, la lucha armada y la comunicación clandestina, pletórica de artillerías simbólicas y códigos propios, se desplegó para comunicarle al mundo la decisión popular organizada del Ejército Zapatista, desde aquel originario al principio del siglo XX y hasta el corazón de neoliberalismo y su tufo TLC (1994).

Fue acertada la utilización de la imprenta, la palabra, la canción, la pintura y el relato en todas sus variables como armas de guerra ideológica para combatir las falacias y las canalladas del poder latifundista y oponerle el programa histórico de la lucha desde la tierra: el programa zapatista antes, durante y después del Plan de Ayala (1911) Fue decisiva la creación de una red de comunicación revolucionaria para coordinar las acciones militares y políticas. Contra la represión y para la resistencia, porque el uso de la comunicación oral y la tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista, se hicieron munición cotidiana en la consolidación de redes de solidaridad, apoyo y combate desde las comunidades indígenas y campesinas. Y todas esas batallas y escaramuzas diarias siguen activas y productivas.

No faltó la música, incluso en su versión corrido-noticiero, música y poesía de la batalla como formas de expresión y resistencia para la construcción de un pensar pensándose distinto. Así se sostuvo, no sin impasses de reorganización en la comunicación alternativa, que llegó a perfeccionarse más tarde en la Asamblea de los Pueblos de las Montañas del Sureste (APMS) como una plataforma de comunicación y coordinación pionera en más de un sentido. Con la radio comunitaria y la prensa alternativa, activadas para difundir la voz zapatista, su simbología e iconografía, se pudo consolidar y actualizar una identidad visual y comunicativa. Hasta el presente, y contra los diagnósticos de algunos, es inequívoca la presencia de las fuerzas insurgencia en la comunicación global. No hay quien no identifique a hombres y mujeres zapatistas, sepan quiénes son y por qué luchan, desde la propia imagen de Emiliano Zapata hasta los rostros y las máscaras actuales.

Para eso han sabido usar el recurso, nada inocuo ni poco inicuo, de Internet y sus formas de “comunicación digital” por donde han sabido mostrar el protagonismo de la voz zapatista a nivel global. Desde luego con su página web del EZLN y con la utilización de la comunicación en línea para coordinar las acciones y la solidaridad internacional. Sin restar una sola coma al programa de lucha, más vigente que nunca, y hacia una revolución, también, de la comunicación comunitaria contra los latifundios ideológicos y mediáticos burgueses, en todas sus presentaciones y apariencias.

Porque también se trata de fortalecer la democracia y la autonomía de las comunicaciones proletarias. Se trata de la creación de una gran “Junta de Buen Gobierno” hacia la comunicación que ayude organizar fuerzas, sumándolas y capacitándolas para coordinar las acciones y la toma del poder comunicacional en manos de los pueblos y sus decisiones autónomas. Su utilización como herramienta para la educación crítica y la formación de revolucionarios nutridos de historia y ética, capaces de fortalecer la comunicación y la transformación del mundo. Con sus batallas comunicacionales, no pocas veces incomprendidas o ignoradas, las fuerzas zapatistas han marcado la dirección de una infinidad de tareas inconclusas a las que no hemos sabido acudir ni en tiempo ni en forma. Principalmente, para difundir y consolidar la voz zapatista que durante décadas ha exhibido la maldad y criminalidad del latifundismo que, en México como en toda la Patria Grande, ha hecho de las suyas entre saqueos, corrupción asesinatos y monstruosidades de todo tipo. Sin que les toquen un pelo.

No ha habido cansancio abajo y a la izquierda, incluso cuando los retos y los peligros de la batalla comunicacional se han multiplicado y, por eso, sigue siendo urgente el fortalecimiento de la plataforma de comunicación “Enlace Zapatista” para difundir la información y la voz de las luchas, para denunciar la represión y la violencia en contra de las comunidades. Y para expandir la lucha por la justicia social, de abajo hacia arriba en México. Desde la comunicación interpersonal y local repotenciadas, hasta la comunicación global, porque todos deberíamos entender cuánto tenemos de zapatistas en la medida en que somos, también, víctimas permanentes del latifundismo ahí donde estemos.

Están a la vista documentos, videos, manifiestos, canciones, películas… Símbolos y códigos para comunicar la voz rebelde de los pueblos en lucha. Símbolos y códigos conocidos planetariamente y mantenidos en pie de lucha, también, para una comunicación de pensamiento, palabra y corazón red. Está a la vista la voluntad incansable, capaz de coordinar las acciones para la defensa y para la política. Está a la vista la red de mensajeros, correos y otros protagonistas que transmiten información y órdenes entre los diferentes grupos y líderes. Está a la vista la comunicación también oral y con tradición para mantener viva la memoria histórica y la identidad zapatista. Transmitir historias, leyendas y valores zapatistas de generación en generación. No hay manera eludir el lugar que tenemos todos desde donde estemos.

Sabemos que la comunicación zapatista es un instrumento vital para la difusión de las ideas revolucionarias y para la defensa de la vida. Es mucho más que “memoria histórica” e “identidad”, es un plan de lucha crucial bajo las amenazas de terratenientes, gobiernos y grupos criminales camuflados. No es un romance filantrópico con los indígenas. No es bonhomía de coyuntura. En las tareas de comunicación zapatista, y su disputa por el sentido, está la vida de miles de revolucionarios que han ofrendado la vida por rescatar todas las tierras usurpadas desde la invasión colonial española y hasta esta mañana en todas partes. Es una revolución comunicacional que habla muchos idiomas y nos interpela en muchas lenguas. Es una lucha por la producción y reproducción de la conciencia, es una red de relaciones que se ejerce a través de la producción y circulación de pensamiento y praxis revolucionaria que expresa la disputa por el sentido como una lucha por la liberación de los medios, los modos y las relaciones de producción y circulación de significados. Es arma de nuestra revolución. Lo sabía perfectamente Emiliano Zapata.

Alma Plus TV

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(+Comunicado) Venezuela rechaza rotundamente la farsa de Rubio: “Cartel de los Soles” es pretexto para intervención ilegal

La República Bolivariana de Venezuela rechaza de manera categórica, firme y absoluta la nueva y ridícula patraña del secretario del Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, Marco Rubio, que designa como organización terrorista al inexistente Cartel de los Soles, reeditando así una infame y vil mentira para justificar una intervención ilegítima e ilegal contra Venezuela, bajo el clásico formato estadounidense de cambio de régimen. Esta nueva maniobra seguirá la suerte de las anteriores y recurrentes agresiones contra nuestro país: fracasar.

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Al Presidente Obrero, con el Corazón del Pueblo: ¡Feliz Cumpleaños Nicolás Maduro!

Prensa LAUICOM – En el alba de un día como hoy, cuando la luz dorada besa los cerros del llano y los ríos murmuran los versos de la libertad, Venezuela se levanta con el alma en alto para celebrar el natalicio de quien ha nacido entre el pueblo y por el pueblo: el presidente obrero, Nicolás Maduro Moros.

Camarada que conoce la política como compromiso cotidiano con los que construyen la Patria desde abajo. Su mirada no se eleva por encima del pueblo, sino que se entrelaza con sus luchas, sus sueños y su inquebrantable voluntad de vivir en dignidad. Ha caminado con los que madrugan, ha escuchado a los que callan por hambre y ha transformado esa escucha en acción: en leyes justas, en protección social, en defensa intransigente de la soberanía nacional.

Mientras el imperio insiste en cercar la palabra y en silenciar la verdad, su voz resuena con la claridad del que defiende lo justo. Frente a sanciones, bloqueos y campañas de odio, no retrocede: avanza construyendo alianzas entre pueblos libres, reafirmando la soberanía y tejiendo, paso a paso, un mundo multipolar donde América Latina es sujeto, no objeto.

Su firmeza no es de piedra, sino de raíz: profunda, viva, alimentada por el ideario del Libertador Simón Bolívar y el fuego eterno del Comandante Hugo Chávez. No defiende una idea, defiende un sueño colectivo: el de una Venezuela libre, soberana, justa.

Hoy, mientras el sol abraza la tierra que tanto amamos, lo saludamos con el latido unánime de un pueblo que ve en él no un jefe, sino un hermano de lucha. Que los caminos se le abran claros, que la salud lo envuelva como manto, y que cada día de su vida sea un verso más en la epopeya que juntos escribimos.

Desde las aulas, talleres, oficinas y pasillos de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) le enviamos un abrazo revolucionario y le deseamos, con profundo cariño y admiración, salud, fortaleza, alegría y muchos años más al servicio de la Patria y del pueblo que tanto amamos.

¡Feliz cumpleaños, Presidente de la Esperanza!

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Transparentar el costo de las guerras

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Transparentar el costo de las guerras

Semiótica de una industria macabra.

Las partes íntimas del capitalismo.

¿Qué posibilidades reales tenemos para superar esto?

Parece ser una imposibilidad del destino transparentar el costo real de las guerras y eso constituye una de las operaciones semióticas más feroces, eficaces, persistentes y criminales del capitalismo contemporáneo. Todo comienza por un principio rector de la ideología bélica, si los pueblos conocieran, con exactitud y sin anestesia simbólica, cuánto cuestan las guerras —en dinero, en vidas, en recursos naturales, en infraestructura, en tiempo humano amputado, en salud física y mental, en destrucción cultural, en retrocesos científicos, en devastación ecológica—, ningún gobierno podría sostener, sin ruptura interna, la maquinaria que perpetúa este negocio macabro. La guerra es un producto de lujo obsceno en los mercados de la muerte; su rentabilidad exige opacidad. Y la opacidad exige un dispositivo semiótico complejo encargado de falsificar los signos del gasto, de disolver la responsabilidad, de normalizar la sangre como si fuera un acontecimiento contable y no un crimen planificado.

Sus guerras son un negocio monstruoso. Y como todo negocio de gran escala, necesita una gramática. Esa gramática no se limita a justificar la violencia; construye las condiciones de inteligibilidad para que sus genocidios parezcan un precio inevitable de la «civilización». Cada misil tiene dos costos, el económico, medible; y el semiótico, indecible. Lo que vemos en los balances públicos es sólo la huella digital de una economía de la muerte cuidadosamente maquillada. Lo que no vemos —lo que sistemáticamente se nos impide ver— es la cadena de signos mercantiles, jurídicos, mediáticos y emocionales que convierten el asesinato en un producto de consumo político. La guerra funciona porque su negocio-relato funciona. Y su relato funciona porque ha logrado inocular la noción de que hay costos asumibles si el objetivo es proteger la seguridad, la democracia, la libertad o cualquier abstracción útil al capitalismo. Es una mascarada sangrienta celebrada por ellos en púbico y en privado.

Transparentar el costo de las guerras implica desmontar esta arquitectura de significados. Requiere mostrar que cada cifra es una mentira parcial. Que cada informe presupuestario es una pieza de propaganda. Que cada estipulación fiscal oculta una transferencia de recursos gigantesca desde los pueblos hacia los fabricantes de armas, las empresas privadas de servicios militares, los bancos que financian la deuda bélica y los gobiernos que la legitiman. Transparentar significa romper el hechizo de la «necesidad histórica» con que la burguesía cubre sus masacres. Significa exponer la equivalencia material entre cada misil lanzado y cada hospital no construido, cada dron comprado y cada escuela cerrada, cada tanque desplegado y cada salario impago, cada campaña mediática de odio y cada niño obligado a crecer entre ruinas.

Pero la semiótica de esta industria macabra va más lejos. No sólo oculta, también produce. Produce sentidos específicos diseñados para convertir la guerra en un objeto deseable para el imaginario colectivo. La estetización de la tecnología militar —con su brillo metálico, sus formas aerodinámicas, su «precisión quirúrgica»— es un acto de seducción simbólica. La industria bélica sabe que la forma es parte del crimen. Un misil de apariencia «inteligente» genera más aceptación que un artefacto rugoso y grotesco, aunque ambos despedacen cuerpos por igual. La forma suaviza el horror; lo vuelve compatible con el consumo audiovisual; lo adapta a la pantalla, que es hoy el principal laboratorio de anestesia política. El capitalismo militarista opera, por tanto, como un diseñador de percepciones que necesita convencernos de que la destrucción es un espectáculo fascinante, un ritual de soberanía tecnológica y no la aniquilación de pueblos enteros.

Transparentar el costo de las guerras implica revelar que la información no es un dato, sino un campo de batalla. Cada cifra es un territorio. Cada silencio es un arma. Cada eufemismo es un soldado semiótico que oculta un cadáver real. «Daños colaterales», «operación preventiva», «ataques selectivos», «objetivos estratégicos», estas expresiones son ingeniería lingüística diseñada para desensibilizar la percepción de masas. Son productos sintácticos elaborados con el rigor calculado de quien sabe que la palabra es la primera línea del frente. El capitalismo de guerra no puede permitir que la población hable de los muertos con precisión. Necesita una lengua que neutralice la emoción, que convierta el duelo en estadística, que disuelva la compasión en gráficos. Esta es la verdadera batalla cultural de la guerra, sustituir la experiencia humana por una gramática despersonalizada, higiénica, supuestamente racional.

Los costos humanos, más irreparables, son también los más in-visibilizados. Ningún presupuesto nacional consigna el precio simbólico de convertir ciudades enteras en traumatismos colectivos. No hay rubro para la reconstrucción psíquica de generaciones. No existe una casilla contable donde colocar el valor económico de romper vínculos comunitarios, destruir archivos históricos, arrasar con las culturas materiales y las tradiciones inmateriales. No se registra cuánto cuesta perder los cantos, los ritos, las memorias familiares, las lenguas locales, los saberes artesanales. La guerra es un proceso de des-semiotización, borra los signos que permiten a un pueblo narrarse a sí mismo, arrancando de cuajo los hilos simbólicos que sostienen la continuidad histórica. Transparentar su costo exige medir —aunque sea en términos éticos y políticos, no contables— esa devastación simbólica que ningún Estado reconoce, aunque determine el destino de los pueblos durante siglos.

Su «economía» bélica también produce una semiótica de la inevitabilidad. Sus medios de difusión hacen creer que la guerra es un fenómeno natural, como un terremoto o una tormenta. Normalizan la idea de que «siempre ha habido guerras» y «siempre las habrá», (las que les benefician) inoculando en el imaginario social la imposibilidad de pensar alternativas. Pero la guerra no es un fenómeno natural, es el resultado de decisiones políticas, empresariales y geoestratégicas tomadas por minorías que buscan ampliar sus zonas de ganancia. Transparentar el costo de la guerra significa denunciar que estas decisiones se toman en oficinas, no en leyes naturales; que quienes aprietan los botones no son fuerzas metafísicas, sino personas concretas con nombres, apellidos y cuentas bancarias. Significa, también, recordar que la guerra es evitable y que su permanencia responde a una lógica de acumulación que transforma el sufrimiento en capital.

Si la guerra es una industria, su principal activo simbólico es la mentira. Una mentira estratégica, repetida con disciplina militar, que exige el funcionamiento articulado de todos los dispositivos del Estado burgués, sus medios, sus intelectuales orgánicos, sus expertos, sus instituciones financieras, sus laboratorios de «opinión pública». Transparentar el costo es evidenciar que el gasto militar no se destina sólo a armas, una porción significativa se invierte en propaganda. La industria bélica necesita construir consenso, y ese consenso no se obtiene sólo con discursos, se obtiene con la producción industrial de miedo. El miedo moviliza recursos, permite justificar gastos exorbitantes, disciplina a la población y genera obediencia. De este modo, el miedo se convierte en una materia prima central de la economía bélica, una mercancía que se fabrica y distribuye con precisión comunicacional.

Una transparencia —real, no simulada— es incompatible con su lógica de la guerra. Porque ver el costo real implica ver la estructura que la sostiene. Ver la estructura implica ver sus beneficiarios. Y ver sus beneficiarios implica enfrentar la pregunta decisiva, ¿por qué las sociedades modernas permiten que un puñado de corporaciones determine la vida y la muerte de millones? La respuesta es semiótica, porque se ha logrado imponer un sistema de signos que hace parecer razonable lo irracional, inevitable lo evitable, justo lo injusto, técnico lo criminal. Desarmar esta red de signos es una tarea central para los pueblos. Y sólo puede hacerse desde una crítica radical que no se limite a «informar», sino que desarticule el corazón simbólico del militarismo.

Transparentar el costo de las guerras significa devolver a los pueblos la posibilidad de pensar su futuro sin la sombra de la devastación programada. Significa construir una semiótica emancipadora capaz de desactivar los códigos de la muerte y reemplazarlos por los de la vida. Significa comprender que toda lucha contra la guerra es una lucha contra su lenguaje, contra su estética, contra su lógica de mercado, contra su maquinaria de invisibilización. Significa, en última instancia, restituir la soberanía simbólica de la humanidad frente a la industria más destructiva que haya producido la historia, la industria que convierte el sufrimiento en negocio, la mentira en política y la muerte en mercancía.

No hay una lista de conocimiento público con los informes más recientes aunque SIPRI porvee datos referidos a 2023. Pero con base en esos datos recientes y algunas proyecciones, podemos hacer una actualización bastante precisa y crítica de quiénes son las grandes empresas bélicas en 2025, qué tan poderosas están y cuáles son algunas tendencias clave.

Empresas clave y cifras actualizadas (hasta 2025, con base en datos de SIPRI y otras fuentes) Lockheed Martin (EE.UU.) Líder absoluto en ingresos bélicos, según SIPRI, sus ingresos en armas en 2023 fueron 60.810 millones USD. Sigue siendo uno de los pilares de la industria militar estadounidense y global. RTX (antes Raytheon Technologies, EE.UU.)
 En 2023, ~ 40.660 millones USD en ingresos por armas. Como gran proveedor de misiles, sistemas de radar, defensa aérea, mantiene una posición estratégica muy fuerte en 2025. Northrop Grumman (EE.UU.)
 Ingresos por armas en 2023, ~35.570 millones USD. Con su experiencia en aeronaves estratégicas, sistemas de defensa y tecnología espacial, continúa siendo un actor central. Boeing (EE.UU.) Parte de su negocio está dedicado a defensa; en 2023 reportó ~31.100 millones USD en «arms revenues» según SIPRI. La división militar de Boeing sigue siendo poderosa, especialmente en aviación, misiles y sistemas de apoyo. General Dynamics (EE.UU.)Según SIPRI, unos 30.200 millones USD en ventas de armamento en 2023. Produce tanques, vehículos blindados, submarinos, sistemas terrestres y mucho más. BAE Systems (Reino Unido)
Según SIPRI, en 2023 sus ingresos bélicos fueron 29.810 millones USD.

En 2024, BAE reportó un salto fuerte en ventas gracias a los presupuestos de defensa crecientes, según WSJ, sus ventas crecieron un 14 % ese año. Su backlog (órdenes pendientes) es muy grande, lo que indica una demanda sostenida → creciente poder económico en 2025. Rostec (Rusia) Empresa estatal rusa. Sus ingresos en «arms revenues» para 2023 fueron ~21.730 millones USD, según SIPRI. Su crecimiento ha sido relevante recientemente, según SIPRI, los productores rusos en el Top-100 mostraron un aumento marcado. Rostec representa una parte importante de la industria bélica rusa, con fuerte control estatal, lo que la convierte en un actor clave para entender la guerra-industria en Rusia. AVIC (China) Compañía china con ingresos por armas de ~20.850 millones USD en 2023 según SIPRI. Parte del auge militar chino; en 2025 la presión por la modernización militar y la competencia global hacen que firmas como AVIC tengan un peso aún mayor.

Otras tendencias y datos emergentes para 2025: El total combinado de ingresos armamentísticos del Top 100 alcanzó 632 mil millones USD en 2023, un aumento real del 4,2 % respecto a 2022. En la actualización de SIPRI se señala que 73 de las 100 empresas incrementaron sus ingresos bélicos, ¡39 de ellas con crecimiento de dos dígitos! Las empresas estadounidenses mantienen un dominio abrumador, 41 empresas del Top 100 son norteamericanas, con un total de ingresos de 317 mil millones USD. Empresas chinas también tienen un peso cada vez más grande, combinadas, sus 9 firmas del Top-100 sumaron unos 103 mil millones USD en ingresos bélicos. En la zona de Oriente Medio, los ingresos crecieron mucho, seis compañías de la región aumentaron sus ingresos de armas a 19,6 mil millones USD en 2023. En particular, Israel vio un récord histórico, sus empresas en el Top 100 generaron 13,6 mil millones USD en 2023, impulsados por el conflicto en Gaza. Turquía también, tres contratistas turcos (Aselsan, Baykar y TUSAŞ) incrementaron sus ventas en un 24 % y totalizaron unos 6.000 millones USD en 2023. También hay una tendencia tecnológica fuerte, según Defense News (2025), empresas de drones, IA y robótica están desafiando el statu quo tradicional de los fabricantes de armas.

Estas cifras, aproximadas, confirman que la industria bélica sigue siendo uno de los centros de acumulación más rentables del capitalismo global, y que su lógica no es simplemente técnica, sino profundamente política y simbólica. El hecho de que 73 de 100 compañías hayan crecido en ingresos bélicos en 2023 sugiere que no es una «anomalía de guerra», sino una estructuración permanente, la guerra (o al menos la preparación para ella) se ha convertido en un motor estructural de negocio. La concentración en empresas de EE.UU. (41 de 100) muestra que el complejo militar-industrial norteamericano sigue siendo la columna vertebral de esta economía macabra. A la vez, el creciente protagonismo de China y de países del Medio Oriente indica una reconfiguración geopolítica en la industria armamentística. Las empresas tecnológicas (IA, drones, robótica) no sólo agregan valor económico, sino también simbólico, alimentan la narrativa de la «guerra futurista», de la tecnología que salva, pero es letal, reforzando el mito de que el progreso técnico justifica la destrucción.

Tal ontología bélica del capitalismo ya superó el punto de retorno.
Su industria global de muerte crece sistemáticamente incluso sin guerras directas entre grandes potencias. Las tensiones son suficientes para garantizar rentabilidad. La guerra dejó de ser «excepción» y se convirtió en un régimen semiótico-económico permanente.
El conflicto ya es un modelo de negocios estable y previsible; las empresas planifican su crecimiento con base en escenarios de muerte. El back-office de la barbarie está en manos de unas 40 corporaciones.
Con sólo 15 empresas ya superamos los 350 mil millones USD, más de la mitad del total mundial. El aumento 2024–2025 no proviene sólo de Ucrania.
Influye Gaza, mar Rojo, Indo-Pacífico, Mediterráneo oriental, tensiones India-Pakistán, rearme europeo, Corea del Sur, Japón, Australia y la carrera naval global. La semiótica militarista instala la idea de «necesidad», «defensa» y «seguridad», cuando en realidad opera una economía programada del caos. Las cifras son un espejo moral,
cada punto porcentual de aumento equivale a hospitales no construidos, infraestructuras civiles destruidas, escuelas sin recursos, planetas devastados por extracción bélica.

Así, la transparencia que exige la justicia histórica choca aquí con la economía real, la industria armamentística global no es ya un sector marginal ni un mero proveedor de los Estados, sino una maquinaria de acumulación que dicta ritmos de política, producción simbólica y vida social. Las cifras públicas más fiables nos dicen que las cien mayores corporaciones de armas y servicios militares del mundo registraron 632.000 millones de dólares en ingresos por armamento en 2023, una cifra que, aun referida a aquel año, sirve como umbral para comprender por qué en 2025 la industria sigue expandiéndose y recomponiendo sus hegemonías. (SIPRI, Top-100 2023).

No lo olvidemos. Detrás del número global hay un mapa de concentración brutal, Lockheed Martin figura como líder con 60.810 millones USD en ingresos armamentísticos (2023), seguida por RTX (≈40.660 MUSD), Northrop Grumman (≈35.570 MUSD), Boeing (≈31.100 MUSD), y General Dynamics (≈30.200 MUSD). Estas cifras no son ornamentales, representan la densidad productiva y la dependencia estratégica de los Estados hacia unas empresas cuyos «backlogs» (carteras de pedidos) han crecido más rápido que sus ingresos, lo que indica contratos firmes y capacidades industriales orientadas a la continuidad bélica. (SIPRI Top-100, hoja de datos y base de datos).

Traducir esas magnitudes a su costo social no es una metáfora, cada punto porcentual de crecimiento en los ingresos armamentísticos equivale, en términos comparativos presupuestarios, a miles de escuelas no construidas, hospitales no inaugurados o programas de agua y saneamiento postergados. La semiótica del negocio de la muerte aparece aquí en crudo, la industria no sólo vende sistemas de armas, vende relatos—seguridad, disuasión, modernidad tecnológica—que existen para justificar las transferencias masivas de recursos públicos a balances privados. Los estados que «recomponen» sus arsenales venden esas compras como inversiones de seguridad; las empresas las empaquetan como innovación; los medios convierten la compra en noticia especializada, técnica y legitimadora. La consecuencia, la muerte se naturaliza como gasto público eficiente. Desmontar esta gramática implica mostrar con números quién gana, cuánto y en qué plazos; significa que la palabra «transparencia» deje de ser un gesto retórico y pase a ser una herramienta de denuncia y reconstrucción democrática. (Análisis a partir de SIPRI y evolución de ventas 2023–2025).

Finalmente, la lectura política es implacable, la aceleración 2022–2025 (y los pronósticos realistas que la sitúan en una barbarie financiera de 660–710 mil millones USD para el conjunto del Top-100 si se consolidan tendencias de conflicto) confirma que la guerra es hoy estructura y negocio. No basta con enumerar empresas y cifras, es imprescindible enlazar esos datos con los efectos materiales (desvío de inversión social, dependencia tecnológica, creación de cadenas de valor militares) y con los efectos simbólicos (normalización del miedo, estetización tecnológica de la violencia). Para transparentar verdaderamente el costo de las guerras hay que convertir cada línea de balance en pregunta pública, ¿qué se deja de hacer cuando se compra un sistema? ¿quién se beneficia políticamente de que la población no tenga acceso a esa información en términos comparables y comprensibles? Las cifras, crudas y verificadas, son la palanca para que la semiótica de la industria deje de ser el barniz que oculta su naturaleza extractiva y criminal.

Traducir crecimiento en armamento a costo social es un ejercicio obligatorio de aritmética política, cada punto porcentual adicional en la facturación armamentística equivale a centenas de miles (o millones) de personas privadas de servicios básicos. La semiótica hace su parte, la compra se presenta como inversión en seguridad; la empresa la exhibe como innovación; los medios la convierten en discusión técnica; la política la transforma en deber patriótico. El efecto simultáneo es simple y demoledor, el sufrimiento humano queda fuera del balance visible —no tiene partida contable— mientras la industria registra beneficios, expansión laboral selectiva y una estética profesional que oculta la biografía concreta de cada víctima. La principal conclusión política es inapelable, la guerra es hoy una fábrica de valor macabro. No se limita a producir armas; produce discursos, ciclos de inversión, empleos especializados y dependencia tecnológica estatal. Por tanto, transparentar no es un acto técnico, es un acto de soberanía. Exponer quién gana, cuánto y en qué plazos obliga a desactivar la gramática que naturaliza la violencia y permite que la corrupción simbólica (miedo, patriotismo tecnocrático, eufemismos) funcione como lubricante del negocio. Es obligación ética transformar las cifras en preguntas públicas, ¿qué capacidades sociales se sacrifican ante cada punto de crecimiento del mercado de armas? ¿quiénes son los beneficiarios directos e indirectos? ¿qué cadenas productivas civiles son sacrificadas para sostener una economía del desastre?

Transparentar el costo de las guerras, en el sentido más radical del verbo, no consiste en contabilizar gastos militares o en «auditar» presupuestos secretos; consiste en perforar la opacidad semiótica que recubre la industria bélica para exponerla como lo que realmente es, una máquina de valorización que metaboliza sufrimiento humano, destrucción de fuerzas productivas y desposesión planetaria bajo la gramática tecnocrática de la «seguridad». Nada en la industria militar existe sin un aura de legitimaciones simbólicas que la envuelven, los lobbies, los discursos gubernamentales, la estética aséptica de los laboratorios, la neolengua de las agencias de defensa, la heroización mediática de la violencia selectiva, los eufemismos que convierten la devastación en «misión». Transparentar es entonces desenmascarar, en un mismo gesto epistemológico y político, la trilogía de la guerra contemporánea, su economía, su ideología y su semiosis. Y hacerlo con la contundencia que exige la lucha de clases en su dimensión comunicacional, mostrar cómo la industria bélica ha capturado no sólo los recursos de los Estados, sino también el imaginario.

Su capitalismo encontró en la guerra no un accidente, sino una de sus formas más sofisticadas de reproducción. El incremento sostenido de la inversión militar global, la concentración corporativa brutal en el sector armamentístico, la interdependencia entre los presupuestos estatales y los ciclos industriales, y la maduración técnica de una semiótica del miedo han producido una estructura que ya no se limita a «responder» a conflictos geopolíticos, los anticipa, los administra, los prolonga. La guerra, hoy, es simultáneamente un dispositivo de política exterior, un estímulo industrial, un laboratorio tecnológico, un régimen de comunicación y un símbolo operativo en la cultura de masas. La pregunta por el costo —real, integral, histórico— es imposible de responder desde la contabilidad convencional. Porque el costo no es únicamente monetario, es semiótico. Cada dron que se arma, cada misil que se perfecciona, cada sistema de defensa que se despliega, implica también una producción de sentido, un relato que naturaliza la escalada, un aparato discursivo que invisibiliza a las víctimas, una pedagogía del miedo que vuelve racional la irracionalidad de la destrucción organizada. El capitalismo belicista depende de esa producción simbólica tanto como de la producción material del armamento. Sin esa semiótica del consenso, la industria se derrumbaría políticamente.

Allí aparece la dimensión verdaderamente macabra del negocio, la industria armamentística es el único sector económico del mundo cuyo producto final sólo tiene eficacia plena cuando destruye. A diferencia de cualquier otro objeto industrial, un arma no se «consume» sino en la medida en que aniquila, hiere o intimida. Su ciclo de valorización no cierra en la fábrica, sino en el campo de batalla, donde la mercancía se realiza mediante la muerte. Y sin embargo, esto se oculta bajo un régimen de signos que convierte la barbarie en tecnicismo. Se habla de «capacidad de disuasión», de «modernización estratégica», de «interoperabilidad», de «efectores», de «vectores», de «respuestas proporcionales». Se evita nombrar lo esencial, que estamos frente a una industria que vive de la destrucción física y social de pueblos enteros.

Por eso el nivel de opacidad asociado a la industria bélica no es un efecto secundario, es un requisito. Ningún negocio que depende de vidas humanas puede sostenerse sin un cerco simbólico que impida la plena visualización de lo que produce. La publicidad de la industria militar es minimalista, técnica, despersonalizada. Sus ferias exhiben prototipos como si fueran artefactos de ciencia aplicada, no instrumentos de muerte. Los gobiernos justifican el gasto sin detallar quién fabrica cada módulo, a qué precio, con qué sobrecostos, con qué corrupción incluida, con qué favores geopolíticos adjuntos. Y los medios reproducen la terminología empresarial como si fuera un lenguaje científico neutral.

Sin embargo, basta abrir la cortina opaca para que la magnitud del negocio aparezca en toda su crudeza. La industria armamentística global —sumando las cien mayores empresas— supera ampliamente el medio billón de dólares al año y se expande incluso en tiempos de recesión en otros sectores. Sus ganancias no dependen del bienestar social, sino del deterioro global. Las guerras no son, para estas empresas, tragedias humanitarias; son ciclos de demanda. Los conflictos prolongados no son fracasos diplomáticos; son entornos favorables de mercado. La inestabilidad, para ellos, no es amenaza; es oportunidad.

Esta inversión del significado —donde lo que es tragedia para los pueblos se vuelve éxito para las corporaciones— es el corazón semiótico de la industria bélica. Esa inversión se sostiene gracias a un gigantesco esfuerzo comunicacional, informes, think tanks, estrategias de comunicación gubernamental, articulación entre organismos de seguridad y conglomerados mediáticos, campañas de legitimación cultural. No hay un sólo misil moderno que no lleve consigo una carga semiótica, un gráfico, una descripción técnica, un video promocional, un discurso parlamentario, una línea narrativa que lo presenta como «necesario», «inevitable», «responsable». Cada arma necesita ser narrada antes de ser comprada, y necesita ser legitimada antes de ser usada. La guerra es, antes que nada, una conquista del lenguaje.

En este régimen semiótico, las cifras —desnudas, brutales, sin maquillaje— tienen un poder político inmenso. Cuando se expone que una sola empresa puede facturar decenas de miles de millones anuales en armamento, se abre una grieta en la narrativa de la «defensa nacional». Cuando se exhibe que los contratos se firman a décadas, que los Estados compiten por acceder a tecnologías de destrucción, que las compras incluyen cláusulas de confidencialidad y sobrecostos escandalosos, entonces aparece el verdadero mapa del poder. No se trata de un mercado neutral; es una arquitectura de dependencia. El Estado comprador queda subordinado al proveedor. El proveedor condiciona la política exterior del Estado. Y el ciudadano queda excluido del conocimiento sobre el destino de sus propios recursos.

Exponer quién fabrica qué, a qué precio, con qué margen de beneficio, con qué financiamiento público, con qué cadenas de subcontratación, con qué lobby ante qué ministerio, es una forma de emancipación. Porque cuando la estructura se vuelve visible, la legitimidad se desploma. La industria militar depende de la opacidad para sostener su estabilidad. De ahí que tantas decisiones se tomen en secreto, que tantos datos se clasifiquen, que tantos contratos terminen blindados frente al escrutinio. La transparencia es peligrosa para quienes lucran con la muerte. Por eso, al hablar de transparentar el costo de las guerras, no basta con auditar presupuestos. Hay que desmontar el dispositivo semiótico. Eso implica señalar cómo se construyen las narrativas que justifican cada arma; implica mostrar la falsedad de la dicotomía seguridad/inseguridad que se utiliza para fomentar compras; implica desmontar la estética tecnológica que convierte la violencia en espectáculo de precisión; implica revelar que los mismos actores que venden armas financian institutos académicos, generan papers, financian conferencias y moldean la opinión pública. La semiósfera de la guerra es tan importante como su base industrial.

Romper esa maquinaria implica vincular las cifras con las vidas. Cada punto porcentual de crecimiento de la industria militar significa miles de millones que no terminan en salud, educación, ciencia, transición energética, bienestar social. Significa que se privilegia la destrucción sobre la construcción. Significa que la fuerza de trabajo, la inteligencia humana, la metalurgia, la electrónica, la robótica, la inteligencia artificial, los laboratorios, se organizan en torno a la muerte. Una sociedad que invierte en su capacidad de matar está desinvirtiendo en su capacidad de vivir. Esta es la ecuación elemental que el capitalismo intenta esconder. La tarea crítica es, pues, semiótica y política a la vez, desmontar el significado de la industria bélica, desarticular su aura de inevitabilidad, recontextualizarla como lo que es —un negocio que necesita de la guerra como condición de su reproducción—, y mostrar que ese negocio sólo prospera porque controla la producción del sentido social sobre el miedo, la amenaza y la seguridad.

Transparentar el costo de las guerras exige un doble movimiento, revelar los números y destruir los relatos que los justifican. Sólo así, los pueblos en lucha, podrán reorientar la acción política hacia una ética de la vida y no de la muerte. La guerra no se sostiene sólo por cañones; se sostiene también por relatos anestésicos. Y desmontar su palabrerío macabro exige una crítica radical de la semiótica capitalista de la violencia, capaz de demostrar que la industria armamentística no es un «sector productivo» como cualquier otro, sino una maquinaria de extracción de valor basada en la destrucción programada de la humanidad. Ese es el verdadero significado de transparentar, no sólo iluminar la contabilidad, abrir los libros contables de la burguesía, sino iluminar la conciencia.

Aporrea

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¡Celebrando el Día del Estudiante Universitario!

Por: Daymar Rincón

Hoy es un día especial, un día para recordar y celebrar a todos aquellos que han decidido embarcarse en la aventura del conocimiento. Ser universitario no es solo asistir a clases; es un viaje lleno de desafíos, descubrimientos y amistades que nos acompañarán toda la vida.

Cada uno de nosotros ha enfrentado noches de desvelo, exámenes difíciles y momentos de duda, pero también hemos vivido instantes de alegría, risas compartidas y logros que nos llenan de orgullo. Este día es un homenaje a la dedicación, el esfuerzo y la pasión que ponemos en cada proyecto, cada investigación y cada clase.

Recordemos que ser universitario significa ser parte de una comunidad vibrante, donde cada idea cuenta y donde el futuro se construye con cada paso que damos. Sigamos soñando en grande, cuestionando lo establecido y buscando siempre la verdad.

Hoy, celebremos no solo lo que hemos aprendido, sino también lo que está por venir. ¡Feliz Día del Estudiante Universitario!

Que este día nos inspire a seguir adelante, a nunca rendirnos y a ser siempre curiosos.

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Desmontar el Caos: Educomunicación, Poder y Resistencia Cognitiva

Prensa LAUICOM – En el marco del curso Educomunicacional Son de Sucre, la Universidad Internacional de las Comunicaciones, en acción conjunta con el Movimiento Comunicacional Son de Sucre, ejecutaron un taller formativo, marcando con esta jornada el cierre del ciclo de 4 semanas consecutivas para preparar al pueblo comunicador en la adquisición de herramientas que le permita luchar contra la guerra cognitiva.

Gabriela Berrios, concejala, creadora de contenidos y comunicadora popular del JPSUV en el municipio Sucre, condujo con firmeza revolucionaria el taller “Geopolítica del Caos”, un espacio crítico donde se develaron las estrategias del poder imperial y los medios corporativos para imponer narrativas que siembran confusión, fragmentan la conciencia colectiva y desmovilizan al pueblo.

Desde una perspectiva profundamente arraigada en lo comunitario, el encuentro no solo expuso cómo el caos informativo opera como herramienta de dominación, sino que llamó a fortalecer la organización popular, el pensamiento crítico y la resistencia colectiva como respuestas contundentes ante maniobras desestabilizadoras.

Berrios destacó para los presentes el Carnaval Romano como ejemplo histórico de un acto profundamente comunitario y subversivo: un momento en el que la sátira popular y la inversión simbólica del orden dominante permitían al pueblo cuestionar, desde la fiesta y la risa, las jerarquías impuestas. Tanto era su poder transformador que la Revolución Francesa, temiendo su potencial movilizador, decidió abolirlo.

Hoy, en un contexto de saturación mediática, esa sátira se ha desdibujado: la verdad se mezcla con la farsa, y las emociones, más que los hechos, moldean la percepción colectiva.

Desde una mirada crítica y centrada en el pueblo, Berrios analizó cómo movimientos aparentemente opuestos, como Occupy Wall Street y el Tea Party, terminaron alimentando figuras como Donald Trump que se venden como antisistema no por convicción, sino por estrategia: una narrativa emocional diseñada para capturar indignación, fragmentar la lucha popular y canalizarla a través de plataformas digitales que operan como feudos en un nuevo tecnofeudalismo al servicio del poder establecido.

Frente a esta guerra cognitiva, el taller dejó en claro que la salida está en la organización comunitaria, la educación popular y la producción colectiva de sentido desde los barrios, las plazas y las asambleas.

No permitiremos que el caos impuesto desde los centros del poder imperial y mediático nos arrebate la palabra, la lucidez ni la capacidad de construir juntos un porvenir soberano, digno y profundamente nuestro.

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Defensores de la memoria reciben el Premio Nacional de Historia

Prensa LAUICOM – En celebración del Día Nacional de la Historia Insurgente y de los Derechos Soberanos del Pueblo, se realizó la entrega del Premio Nacional de Historia correspondiente a las ediciones 2023 y 2024.

En la edición 2023 fueron reconocidos Dulce Celeste Marrufo Olivera, José Manuel Hermoso González, Guillermo Luque Carmona, Marco Delgado Rodríguez y Santos Luzardo Himiob Aponte. En la edición 2024, el galardón recayó en Alexandra Mulino, Luis Felipe Pellicer Peñuela, José Gregorio Linares y Liliane Blaser. Todos ellos fueron distinguidos por más de treinta años de labor constante en investigación, docencia y preservación de la memoria histórica desde enfoques colectivos y comprometidos con el pueblo.

La vicepresidenta Ejecutiva, Delcy Rodríguez, presidió la ceremonia y reafirmó la historia como un pilar de la identidad popular y un instrumento de soberanía frente a narrativas externas.

El acto cerró las III Jornadas de Historia Insurgente y Descolonización de la Memoria, un encuentro que durante tres días promovió el diálogo entre académicos, educadores y comunidades en torno a la memoria como territorio de lucha y construcción colectiva del futuro.

Por una historia del pueblo para el pueblo

A todos los galardonados con el Premio Nacional de Historia:

Reciban un homenaje sincero, no solo por el reconocimiento que hoy ostentan, sino por el silencioso y constante trabajo que han tejido durante más de treinta años en favor de la memoria de nuestro pueblo.

La Dra. Dulce Celeste Marrufo Olivera, el Dr. José Gregorio Linares y la Dra. Alexandra Mulino, profesores de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), han marcado con su labor académica y su compromiso ético un camino referente en la enseñanza y defensa de la historia desde las voces del pueblo.

Gracias por no desistir, por no callar lo que debe recordarse, y por entender que la historia no es solo del pasado, sino del futuro que construimos juntos. Su dedicación honra a quienes lucharon antes que nosotros y abre camino a quienes vendrán después.

Que este reconocimiento sea eco de gratitud colectiva y renovación de su compromiso con una historia viva, popular y rebelde. ¡Felicitaciones!