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También somos lo que nos falta

Por: Dr. Fernando Buen Abad

No pocas veces nuestras conductas se ven marcadas por lo que nos falta más por lo que tenemos. Y una carencia constante es la educación en las bases de nuestras personalidades y nuestras relaciones con otras personas, con animales o con objetos. Mayormente nos falta conocer la historia, escasea el saber del otro, de lo otro, conocer su origen, su estructura, su base de sustentación dialéctica, a qué necesidades conocidas o desconocidas, obedece y qué conjunto de fuerzas marca la dinámica de su crecimiento o de su decadencia. Solemos tener vínculos atomizados y comprensión de los nexos fragmentada y estereotipada por egolatrías, pereza o soberbia, aprendidas desde las cunas ideológicas del capitalismo. Nos falta mucho por despojo, por lentitud, por descuido o por condición de clase.

También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.

Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación teórica y la praxis histórica ensayan sus gramáticas. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia, sino por la capacidad crítica de interrogar lo dado y suprimir lo que impide avanzar. No se trata de añorar lo perdido, sino de diagnosticar lo pendiente. Falta no como lamento, sino como contradicción operante, como categoría activa que empuja la historia hacia su superación.

El capitalismo ha hecho de la falta una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —fuente de creatividad y de impulso colectivo— en patología administrable. La falta se psicologiza, se privatiza, se vende. Nos enseña a confundir el deseo con el consumo, la carencia con el déficit personal, el horizonte con la ansiedad. Pero la Filosofía de la Semiosis ayuda a entender que el signo de la falta no apunta hacia un objeto que la colme, sino hacia una práctica que la resignifique. La carencia humana no se resuelve sólo en el tener, sino en el comprender y transformar las condiciones que la producen.

Cierto ego burgués interviene como operador ideológico de esa distorsión. No se trata de un mero rasgo psicológico, sino de una forma de subjetividad funcional al orden burgués. El ego es la instancia que privatiza la falta: transforma la incompletud en un problema individual, desvinculado de toda historicidad social. Así, lo que nos falta deja de ser motor de la colectividad para convertirse en espectáculo de autoafirmación. En lugar de abrir una conciencia de la interdependencia humana, el ego fabrica una semántica de la competencia: quien más aparenta plenitud, más domina el campo simbólico. Ese ego burgués no busca comprender la falta; la niega mediante ficciones de plenitud. Construye identidades compensatorias, narrativas de superación personal, espejos ideológicos que disimulan la estructura de dependencia y alienación. Lo que nos falta, en manos del ego, se convierte en mercancía simbólica: autenticidad, éxito, autoestima. Pero tales signos no restituyen la falta, solo la recubren de un simulacro rentable. El ego necesita la falta tanto como la teme: la explota para sostener su ficción de coherencia, pero impide que esa falta se vuelva conocimiento de sí y del mundo.

Por eso, toda crítica del ego implica desmontar la forma subjetiva burguesa. Lo que creemos que nos falta no surge de una interioridad pura, sino de un dispositivo cultural que produce necesidades ideológicas. El ego confunde plenitud con dominio y carencia con derrota. Recuperar la falta como potencia emancipadora exige negar esa lógica de propiedad sobre uno mismo. No hay “yo” emancipado mientras persista la estructura que convierte la falta en mercancía y el deseo en plusvalor. Solo en el reconocimiento común de la falta —como fuerza de conocimiento y transformación— puede comenzar una semiosis liberadora del sujeto.

También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de la historia, las zonas de sombra de la razón, los proyectos mutilados por la barbarie del capital. Lo que nos falta es la justicia no realizada, la palabra no dicha, la conciencia no desarrollada. Pero también es el indicio de una potencia, la señal de una humanidad en tránsito. No hay plenitud fuera de la historia, y no hay historia sin la fricción constante de la falta. La semiosis humana no se clausura. Cada signo abre un intervalo, cada interpretación revela un resto que impide el cierre. La falta es ese resto: lo que ningún sistema logra absorber del todo, lo que siempre desborda el orden de los signos y lo obliga a rehacerse.

En esa diferencia no resuelta reside la historicidad del sentido. Lo que falta es, entonces, la tarea, el trabajo del pensamiento, el ejercicio colectivo de la crítica. Desde una perspectiva materialista, la falta no es metáfora del alma sino categoría política. Falta el control común de los medios de producción, falta el dominio consciente del proceso social, falta la correspondencia entre trabajo y libertad. Esa falta no condena: exige. Es el núcleo dialéctico de la praxis revolucionaria, donde la ausencia se convierte en plan, la carencia en proyecto, la necesidad en saber-hacer histórico.

También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje vibra la huella de lo ausente: todo signo remite a otro, toda palabra apunta a lo aún no dicho. La cultura, como proceso semiótico, es el intento incesante de dar forma a lo que aún no se nombra. Pero cuando el poder monopoliza los signos, la falta se vuelve alienación. Recuperar su dimensión creadora implica reapropiar el sentido como bien común. La falta no es abismo sino estructura de posibilidad. Es el intervalo donde el pensamiento se reconoce como tarea inacabada. En esa tensión entre lo que somos y lo que nos falta se define la condición humana. Mientras exista esa tensión, habrá historia, habrá crítica, habrá posibilidad. Ser es faltar, y faltar es poder transformarse. No hay mayor plenitud que esa contradicción consciente: saber que lo que nos falta no es pérdida, sino forma activa del porvenir.

También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.

Eso que nos falta no siempre es vacío, también en una brújula. Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación revolucionaria se atreve a ensayar su gramática. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia sino por la crítica; no por lo que añoramos de un pasado idealizado sino por lo que nos exigimos construir colectivamente. Somos, entonces, seres de la falta, pero no de la resignación. Falta no como carencia definitiva, sino como impulso de creación, como contradicción viva que exige superarse en la praxis. Lo que hoy se llama capitalismo, ha hecho de la falta misma una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —esa fuente de creatividad y comunidad— en angustia consumible. Nos inocula la idea de que todo vacío se llena comprando, de que toda ausencia se tapa con propiedad. Nos enseña que el signo de la falta se satisface con objetos, no con significados colectivos. No hay completitud en la acumulación privada, sino en la comunión social del sentido.

También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de nuestra historia, las heridas de nuestra humanidad truncada, los proyectos que quedaron mutilados por la barbarie del poder. Lo que nos falta es la justicia que no llegó, el pan que no se reparte, la palabra que no se escucha. Pero también es la promesa de lo que puede ser, el germen de una nueva sensibilidad, el indicio de una conciencia que despierta. Cada cosa que nos falta, en realidad o como fantasía, abre un camino, cada interpretación revela un resto, una diferencia no resuelta. En esa diferencia vive la historia. Lo que falta es, por tanto, el signo aún no dicho, la praxis aún no realizada, la comunión aún no alcanzada. Esa falta nos define porque nos pone en movimiento, nos rescata de la petrificación ideológica y nos recuerda que ser es transformar. Lo que falta no es una abstracción sentimental. Es una categoría objetiva. Falta el control colectivo de los medios de producción, falta la liberación de las conciencias capturadas por el fetichismo, falta el dominio del trabajo sobre el capital. Esa falta no es una culpa: es una tarea de crítica y auto-crítica.

Pero ego mezclado con ignorancia introduce una distorsión fundamental en la percepción de lo que nos falta. Convierte la carencia en un asunto de afirmación individual, no de desarrollo colectivo. Donde podríamos reconocer su falta como vínculo con los otros —como espacio de cooperación, de aprendizaje compartido, de humildad creadora— el ego la transforma en un reflejo narcisista, en una baratija petulante que hace de lo que creo que me falta una herida de orgullo. En lugar de abrirnos a la comunión, nos encierra en la competencia. Así, el ego convierte lo que creemos que nos falta en rivalidad, y convierte la dialéctica del crecimiento en una guerra de apariencias. Hay quien cree, en su individualismo, que “tiene poco” porque merece mucho.

En el plano semiótico burgués, el ego produce signos falsos de completitud. Nos hace creer que la falta se repara con el reconocimiento ajeno, con el éxito, con la posesión simbólica de lo que deseamos y la admiración de todos hacia nosotros. El sujeto colonizado por el ego vive rodeado de simulacros que le ofrecen una falsa plenitud, sostenida por la mirada del otro como espejo. La cultura mediática capitalista se nutre de ese mecanismo, promete completitud a cambio de obediencia, autoestima a cambio de consumo, identidad a cambio de sumisión. Superar la ilusión del ego no significa anular la individualidad, sino liberarla de la forma burguesa del yo propietario. Solo cuando reconocemos que lo que nos falta no se colma desde el aislamiento, sino desde el encuentro con los otros, la falta recupera su poder emancipador. El ego reduce la falta al ámbito de lo privado; la conciencia crítica la expande hacia el campo de lo común. Solo así podemos transformar el deseo de completitud en praxis liberadora: pasar del “yo me falta” al “nos falta”, del deseo posesivo al deseo creador. En esa transición se juega, quizás, la madurez espiritual y política de toda humanidad por venir.

También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje mismo vibra la huella de lo ausente: toda palabra remite a otra, todo significado remite a un campo de posibles. La cultura es una lucha por llenar con sentido lo que nos falta. Pero cuando ese sentido es expropiado por la ideología dominante, la falta se vuelve dolor y alienación. Recuperar la falta como potencia creadora —y no como servidumbre— es un acto revolucionario. No hay humanidad acabada porque no hay historia terminada. El sentido no está dado: se produce, se disputa, se conquista. Lo que nos falta es también lo que nos convoca. Y lo que nos convoca es siempre colectivo: la emancipación no se alcanza individualmente. Por eso, el reconocimiento de lo que nos falta no es un ejercicio de melancolía, sino de conciencia crítica. Nos falta la humanidad plena, y esa falta nos constituye como especie que lucha, que crea, que se niega a aceptar el orden injusto como destino. Lo que nos falta nos humaniza porque nos impulsa a superar las formas de deshumanización que el poder impone.

También somos lo que nos falta porque el ser humano es una promesa histórica en construcción. Cada vez que decimos “aún no”, afirmamos el poder de lo posible. Cada vez que reconocemos la falta, desnudamos la mentira del sistema que pretende completarnos con su mercancía. Cada vez que luchamos por lo que falta, nos acercamos a lo que somos verdaderamente: humanidad en proyecto, humanidad por venir. Lo que nos falta no es un abismo: es la medida de nuestra dignidad. Es la conciencia de que todavía hay que conquistar el derecho a ser plenamente humanos. En la tensión entre lo que somos y lo que falta se juega toda la historia. Y mientras exista esa tensión, existirá la esperanza como forma de inteligencia colectiva. Porque también somos —y sobre todo— la lucha por la conciencia de lo que falta.

Alma Plus Tv

Foto: Alma Plus Tv

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Soberanía en Cada Nota: Un Encuentro Coral Popular

Prensa LAUICOM – Gracias a la alianza entre la Fundación Museos Nacionales, el Museo de Bellas Artes y el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, en un esfuerzo compartido por cultivar y enriquecer la vida cultural en Venezuela, se realizó en el emblemático Museo de Bellas Artes un encuentro coral que trascendió lo meramente artístico para convertirse en un acto colectivo de memoria, identidad y unidad popular.

La Coral de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), bajo la dirección del maestro William Blanco, ofreció un repertorio profundamente venezolano, donde aguinaldos, “Ángel de mi Tierra” y “Las Estrellas del Cielo” resonaron con sensibilidad y rigor, arrancando ovaciones que celebraban la raíz viva de nuestra música.

Le siguió la Coral del Instituto Socialista de la Pesca y Acuicultura (INSOPESCA), dirigida por el maestro Jesús González, que interpretó con fuerza y ternura “Noche Feliz”, aportando solemnidad y calidez al encuentro. El clímax llegó cuando ambas agrupaciones se unieron en un popurrí conjunto: una fusión de voces, ritmos y emociones que simbolizó la potencia del arte como puente entre instituciones del pueblo

Más que un concierto, fue un abrazo colectivo en forma de canto: una afirmación de que la comunicación más profunda es la que suena a Patria.

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(+ Comunicado) Frente al imperio, América Latina resiste: PSUV alerta sobre la «Operación Lanza del Sur»

Prensa LAUICOM – Este viernes 14 de noviembre, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) expuso la reciente escalada militar de Estados Unidos en el Caribe, expresada en la llamada «Operación Lanza del Sur». Esta maniobra no es un ejercicio inocente, sino una estrategia deliberada para fomentar inestabilidad y justificar intervenciones en la región.

El PSUV hizo un llamado urgente a partidos, movimientos sociales y pueblos conscientes del mundo a levantar una contraofensiva que defienda la paz y rechace la guerra psicológica desatada desde el imperio, evitando que Venezuela se convierta en un trampolín para nuevas aventuras coloniales del imperialismo.

América Latina y el Caribe son zonas de paz, y cualquier intento de imponer conflictos será resistido con unidad y dignidad. La movilización internacional, más que nunca, es un deber antiimperialista.

A continuación se presenta el comunicado:

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Son de Sucre y Cohorte XIX en Comunicación Política: Tejiendo soberanía comunicacional frente al imperialismo

Prensa LAUICOM – En el marco del curso Educomunicacional Son de Sucre, la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) acogió un encuentro formativo centrado en la IA Aplicada a la Comunicación Política, el Análisis Crítico del Discurso y el Monitoreo de Medios. La jornada, realizada en el salón de usos múltiples de LAUICOM, contó con la participación de más de 100 personas, entre ellas estudiantes del Diplomado en Comunicación Política Cohorte XIX, comprometidas con la transformación comunicacional desde lo popular.

La profesora Isabel Rivero abordó las dimensiones del discurso, el lenguaje como herramienta de poder y la comunicación de creencias en contextos sociales, reafirmando que la educación, al igual que la salud, es un derecho irrenunciable.

Posteriormente, el profesor Randy Goitía exploró las emociones como actos de habla y la importancia de la voz activa en la comunicación política. En sintonía con el espíritu crítico y creativo del encuentro, el Vicerrector de Vinculación Social, Ibrahim Infante presentó el trabajo del Laboratorio Creativo de LAUICOM, destacando un video que contrasta las políticas de inteligencia artificial entre Estados Unidos y Venezuela, con foco en las intenciones imperialistas versus la soberanía tecnológica.

Finalmente, el profesor Martín Augusto Román guió una dinámica sensorial sobre percepción y lenguaje, reflexionando sobre los usos éticos y manipuladores de la IA, especialmente en las potencias hegemónicas.

Frente al avance imperialista y su dominio tecnológico, el pueblo organizado responde con conocimiento crítico, creatividad colectiva y comunicación al servicio de la liberación.

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(+Comunicado) 75 Años de Hermandad Venezuela-Egipto

La República Bolivariana de Venezuela celebra con profundo orgullo y alegría el 75 aniversario del Establecimiento de Relaciones Diplomáticas con la República Árabe de Egipto; una fecha en la que ratificamos los auténticos vínculos de hermandad y cooperación entre nuestros Pueblos.

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Buen Abad: la violencia burguesa como mercancía del capitalismo

Prensa LAUICOM – En el marco del 10º aniversario de los atentados del 13 de noviembre en París, donde una serie de personas que participaban en un maratón fueron ejecutadas, el Dr. Fernando Buen Abad ofreció un análisis profundo durante una entrevista con Rompeviento TV. Convirtió ese acontecimiento en un espejo para reflexionar sobre las múltiples formas de violencia que el capitalismo ha convertido en mercancía: no solo la física, sino la psicológica, mediática y subjetiva, arraigada en la memoria colectiva.

Buen Abad trazó un hilo entre aquel episodio y las heridas históricas de México: Tlatelolco y Ayotzinapa. Para él, estos eventos no son recuerdos aislados, sino “tatuajes históricos” que marcan generaciones, cuartan experiencias, asientan amarguras y frenan talentos, dejando una huella de impunidad e injusticia que el sistema capitalista reproduce como carga adicional sobre los pueblos.

Señaló que la violencia hoy es también negocio: una mercancía burguesa promovida por una dictadura mediática que inunda contenidos con imágenes violentas, normalizándolas hasta generar una especie de adicción social. Esta lógica penetra la subjetividad, afecta sensibilidades y desgasta desde dentro la capacidad de resistencia.

En el caso de México, advirtió sobre un sector de la burguesía dolida por la pérdida de privilegios, que orquesta movilizaciones con jóvenes enmascarados bajo discursos de libertad y democracia, pero con presupuestos, planificación y apoyo internacional detrás. Afirmó que no se trata de paranoia, sino de inteligencia popular: la capacidad de reconocer los signos porque ya se han vivido antes.

Ante este escenario, llamó a fortalecer la unidad real de los movimientos populares, no como exhibición, sino como defensa estratégica. Retrasarla, como ocurrió en Argentina, puede tener consecuencias irreversibles. Porque después de la violencia, reparar los daños es un proceso largo, doloroso, y muchas veces imposible.

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Comunicación Política con alma: formando en IA sin perder lo humano

Prensa LAUICOM – En el marco del módulo de Gestión Avanzada de Redes, los estudiantes de la Cohorte XIX del Diplomado en Comunicación Política de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) disfrutaron de la clase magistral «La Productividad Inteligente con IA», impartida por el doctor Henrry Nava, especialista en Productividad, junto al político y filósofo Abner Hernández, reforzando su compromiso con una comunicación crítica y comunitaria frente al auge de la inteligencia artificial.

Hernández resaltó los tres frentes de impacto sistémico de la IA: su enorme consumo de agua dulce, hasta 216 millones de litros en grandes modelos; su demanda energética, equivalente al consumo de países enteros; y su rol en la destrucción de empleo mediante automatizaciones macro que sustituyen colectivos laborales enteros, no solo tareas.

Por su parte, el Dr. Nava, especialista reconoció los usos prácticos de la IA, redacción, resúmenes, creatividad, terapia emocional, aprendizaje, señalando su potencial para liberar tiempo. Pero también contextualizó estos beneficios en una feroz guerra por el talento, una disputa geopolítica por el control tecnológico de la IA y una industria marcada por costos descomunales, investigación y desarrollo incierta y regulación ética insuficiente.

Ambos coincidieron: la IA no tiene conciencia, no siente, no abraza. Su valor debe medirse no por su velocidad, sino por su aporte real al bien común. Ante cada uso, se impone una pregunta ética: ¿genera más valor al mundo que el agua, la energía y la dignidad que consume?

La Cohorte XIX insiste: en la batalla comunicacional, lo humano no se automatiza. Defender el pensamiento crítico, el trabajo digno y los recursos naturales es parte inseparable de construir tecnologías al servicio de la vida, no del lucro.

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Educación sexual como herramienta para la liberación colectiva y el cuidado comunitario

Prensa LAUICOM – La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) asume su compromiso con la salud colectiva al realizar una campaña de educación sexual dirigida a todo su personal.

Frente al preocupante incremento de infecciones de transmisión sexual en la región, donde los casos de VIH subieron un 98 por ciento respecto a 2023, la universidad impulsa una iniciativa formativa que busca dotar a su comunidad laboral de conocimientos claros, herramientas prácticas y acceso a información científica para comprender, prevenir y actuar frente a estas realidades.

Coordinada por la Dirección de Gestión Humana, el área de Educación para la Salud y dirigida por el Dr. Wilfredo Rojas para enseñar el uso correcto del preservativo, explicar la disponibilidad gratuita del tratamiento antirretroviral y difundir un principio clave: VIH indetectable es igual a intransmisible.

También abordar prevención del cáncer de cuello uterino mediante la vacunación contra el VPH y el cribado temprano, reforzando que la salud es un derecho que se ejerce con conocimiento.

LAUICOM rechaza el silencio y el estigma como obstáculos al bienestar colectivo. Por eso, forma, informa y acompaña a su personal en el ejercicio pleno de su derecho a la salud, convocando a todas y todos a participar, preguntar, realizarse pruebas y cuidarse, porque un entorno laboral informado es, necesariamente, un entorno más justo y humano.

Información de Contacto:

Dr. Wilfredo José Rojas Rondón

Ginecólogo obstetra

Teléfono: 04126019068

Correo electrónico: wilfredorojasmed@gmail.com

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Voces Cátedra MacBride: Disidencia entre la manipulación y la resistencia

En el marco de la Cátedra MacBride, se presentan los aportes críticos, creativos y colectivos de nuestros estudiantes por una comunicación justa y soberana.

La criminalización de las voces disidentes: ciencia, manipulación y resistencia contrahegemónica

Por: Paul Luna Hidalgo. Comisión de Asuntos Internacionales. Unidad de las Izquierdas – México.

Cohorte: XIX del Diplomado en Comunicación Política.

I. Introducción: el nuevo rostro de la persecución
En la era digital, la censura ya no necesita balas ni prisiones. Opera con algoritmos, campañas de desinformación, tribunales mediáticos y etiquetas ideológicas. La criminalización de las voces disidentes no se impone desde la sombra, sino desde los reflectores del poder económico y tecnológico. Hoy, quien cuestiona los intereses del capital financiero global, quien denuncia la desigualdad, el saqueo ambiental o la violencia estructural, es señalado como extremista, radical, enemigo del progreso o incluso, “terrorista informativo”.

En esta nueva guerra simbólica, el control no se ejerce por la fuerza directa, sino por el monopolio de la verdad. Las élites económicas y mediáticas construyen una realidad moldeada a su medida: una verdad fabricada en los laboratorios de la
manipulación digital, validada por supuestos expertos y amplificada por los algoritmos de las grandes corporaciones tecnológicas. El resultado: la sociedad vive dentro de una ilusión informativa donde lo justo parece utópico y lo injusto, inevitable.

II. La ciencia del control y la manipulación de la realidad

Desde las neurociencias hasta la psicología cognitiva, el capitalismo ha aprendido a leer y manipular la mente humana. El neoliberalismo no solo domina los medios de producción, sino también los medios de percepción. Las redes sociales, los motores de búsqueda y las plataformas digitales operan como dispositivos de ingeniería social. No son neutrales: clasifican, jerarquizan y dirigen la atención colectiva hacia los contenidos que consolidan el sistema económico existente.

Los algoritmos, diseñados bajo lógicas de rentabilidad y consumo, premian la docilidad y castigan la disidencia. Cuando una voz rebelde denuncia los abusos del poder, los filtros automáticos reducen su visibilidad, los bots la acosan, los medios la
desacreditan y el discurso oficial la margina. Esta cadena de silenciamiento se justifica en nombre de la “seguridad digital”, la “verificación de hechos” o la “lucha contra la desinformación”, cuando en realidad se trata de una sofisticada forma de
represión simbólica.

La manipulación científica de la opinión pública se apoya en principios básicos de la psicología conductual: el refuerzo (likes, aprobación social) y el condicionamiento emocional (miedo, culpa, ansiedad). Así, el capitalismo contemporáneo ya no necesita censurar con violencia: basta con programar la atención y colonizar la emoción.

III. De la persecución política a la persecución simbólica

La historia está marcada por mártires de la palabra libre: desde Giordano Bruno hasta Salvador Allende, desde Rosa Luxemburgo hasta Berta Cáceres. Todos ellos fueron castigados por confrontar una estructura de poder que no tolera la conciencia crítica. En el siglo XXI, la persecución ha mutado: ya no se asesina siempre al cuerpo, sino a la credibilidad, al prestigio, a la voz pública.

En América Latina, esta criminalización se expresa en el hostigamiento judicial y mediático contra periodistas, líderes comunitarios, defensores de derechos humanos y movimientos sociales. Se les acusa de “perturbar el orden público”, “dañar
la imagen del país” o “difundir discursos de odio”. Los gobiernos —incluso los autoproclamados progresistas— reproducen, consciente o inconscientemente, la lógica del enemigo interno: toda voz que incomoda al poder económico o político es
neutralizada mediante el descrédito.

Ejemplos sobran: el asesinato de periodistas en México, la persecución judicial a líderes sociales en Colombia, el espionaje político en Brasil o el silenciamiento mediático en países europeos contra las organizaciones anticapitalistas. En todos los casos, la estrategia es la misma: convertir al disidente en sospechoso y al poder en víctima.

IV. La psicología del silencio

mayor triunfo del sistema no es encarcelar al disidente, sino hacer que los demás teman convertirse en uno. Esa es la función del miedo: producir conformidad. La criminalización no solo castiga a quien habla, sino que paraliza a quien escucha.
Las campañas de odio en redes sociales, las sanciones laborales por “malas opiniones” o las leyes ambiguas sobre “discursos nocivos” buscan precisamente eso: desactivar la empatía social y aislar a quien se atreve a decir lo que todos
saben pero pocos se animan a pronunciar.

El miedo se vuelve un instrumento de regulación emocional masiva. A través de él, el sistema garantiza que el ciudadano sea un consumidor dócil, un espectador constante y un trabajador silencioso. Es la dictadura de la normalidad: todos parecen libres, pero solo dentro del margen que permite el mercado.

V. La disidencia como función vital de la humanidad

Desde una perspectiva humanista, la disidencia no es un problema que el Estado deba erradicar, sino un derecho biológico y moral de la especie. La evolución misma depende del error, del pensamiento divergente, de la capacidad de imaginar
alternativas. Una sociedad sin disidentes es una sociedad muerta, incapaz de transformarse.

El pensamiento científico —al igual que el pensamiento revolucionario— avanza precisamente cuando rompe paradigmas. Galileo, Marx, Darwin o Einstein fueron en su momento voces incómodas para la hegemonía de su tiempo. La criminalización de la disidencia, entonces, es una forma de suicidio civilizatorio: reprime la posibilidad de evolución social.

VI. La hegemonía cultural y la batalla por el sentido
Antonio Gramsci enseñó que el poder no se sostiene solo con coerción, sino mediante hegemonía: el dominio de las ideas, de las costumbres, de la moral. En este contexto, las redes digitales son los nuevos campos de batalla de la hegemonía
cultural. Los grandes capitales controlan no solo las plataformas, sino también el lenguaje, los símbolos y las emociones colectivas.


El discurso dominante define quién es “racional” y quién “radical”; quién merece voz y quién debe callar. Por eso, toda propuesta contrahegemónica debe comenzar por reconstruir el sentido común: descolonizar la mente, desmontar la naturalización de la injusticia, devolverle a la palabra su potencia transformadora.

VII. Hacia una propuesta contrahegemónica: comunicación, ciencia y organización popular
Superar la criminalización de las voces disidentes exige más que indignación: requiere una estrategia integral. Tres ejes resultan fundamentales:


Comunicación emancipadora
Crear y fortalecer medios populares, comunitarios y autónomos. Usar la tecnología no para competir con los monopolios, sino para tejer redes de conciencia. Democratizar la información científica y cultural, romper la dependencia tecnológica y
promover el pensamiento crítico desde las escuelas hasta los barrios. La comunicación debe volver a ser un acto colectivo, no un producto comercial.

Ciencia y conocimiento liberador
Recuperar la ciencia como bien común. Hoy, las corporaciones financian investigaciones que legitiman su poder, mientras se oculta o ridiculiza toda línea de pensamiento que cuestione el modelo de acumulación. Una perspectiva socialista de la ciencia implica colocarla al servicio de la humanidad: ecología integral, tecnologías abiertas, educación pública, neurociencia del bienestar y ética digital.

La lucha contra la manipulación algorítmica exige la creación de inteligencias colectivas: proyectos tecnológicos transparentes, cooperativos y soberanos.


Organización y poder popular
Sin organización no hay resistencia duradera. La defensa de las voces disidentes debe ser tarea de todos: colectivos, sindicatos, movimientos campesinos, redes culturales. No basta con solidarizarse individualmente; hay que construir mecanismos de protección social, jurídica y mediática.

La contrahegemonía se edifica desde abajo, en la práctica cotidiana: compartir información verificada, denunciar colectivamente los abusos, generar espacios de diálogo comunitario y cultivar una cultura política de cuidado mutuo.

VIII. Conclusión: del miedo a la dignidad
La criminalización de la disidencia es, en el fondo, la expresión del miedo del poder. Temen a quienes piensan, a quienes se organizan, a quienes imaginan un mundo distinto. Pero cada intento de silencio engendra una nueva voz, y cada voz reprimida resuena con más fuerza en la conciencia colectiva.

El desafío histórico de nuestro tiempo es pasar de la resistencia dispersa a la acción consciente. De la denuncia aislada a la construcción de alternativas reales. Romper el cerco informativo, reconstruir la confianza social, reapropiarnos de la ciencia y del lenguaje.

La solución no está en pedir permiso al poder, sino en desbordarlo con humanidad, con creatividad y con amor revolucionario.
Porque la disidencia no es un delito: es la más alta forma de lealtad con la vida.




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Voces Cátedra MacBride: Democratizar la Comunicación para Transformar la Educación

En el marco de la Cátedra MacBride, se presentan los aportes críticos, creativos y colectivos de nuestros estudiantes por una comunicación justa y soberana.

Por: Rosalba González Durán.

Cohorte XIX del Diplomado en Comunicación Política.

El Informe MacBride (1980), titulado: “Un solo mundo, voces múltiples” alertó sobre los peligros de la concentración informativa y la exclusión de voces diversas en el sistema comunicacional global. En la actualidad, sus advertencias cobran fuerza ante el dominio de los monopolios tecnológicos, que han transformado el ecosistema digital en un terreno fértil para la manipulación, la vigilancia y la desigualdad. Dicho informe denunciaba que pocas agencias de noticias controlaban el flujo de información mundial. Hoy, ese poder ha sido heredado y amplificado por gigantes tecnológicos como Google, Meta, Amazon y Apple, que no solo distribuyen contenido, sino que también deciden qué se ve, qué se oculta y cómo se interpreta. Esta concentración vulnera el principio de pluralidad informativa y reduce la diversidad de voces en el espacio público, al generar una visión sesgada del mundo, centrada en los intereses de los países desarrollados.

Las plataformas digitales operan con algoritmos que priorizan la rentabilidad sobre la veracidad. El usuario promedio desconoce cómo se seleccionan los contenidos que consume, lo que facilita la manipulación emocional, la polarización política y la difusión de noticias falsas. Asimismo, los monopolios tecnológicos perpetúan la exclusión ya que, millones de personas en diferentes partes del mundo, carecen de acceso a internet de calidad, mientras que las plataformas dominantes imponen estándares culturales y lingüísticos que marginan identidades locales. La brecha digital se convierte así en una brecha comunicacional y ética. Esta realidad, contradice el llamado del Informe MacBride a una comunicación responsable, ética, orientada al bien común y a el derecho de todos los pueblos a comunicar y ser escuchados.

Las grandes empresas tecnológicas han convertido los datos personales en mercancía, sin consentimiento informado ni control ciudadano. Esta práctica vulnera derechos fundamentales y transforma la comunicación en un instrumento de vigilancia masiva ya que la ética comunicacional también implica respetar la privacidad. En ese sentido, los monopolios tecnológicos han reconfigurado el paisaje comunicacional, pero lo han hecho ignorando principios éticos esenciales. Recuperar el espíritu del Informe MacBride es urgente: necesitamos un nuevo orden digital que garantice pluralidad, transparencia, equidad y respeto por los derechos humanos. Solo así podremos construir un entorno comunicativo verdaderamente democrático. Pero los problemas que denuncia el profesor Buen Abad muestran que ese orden aún está lejos de concretarse. Sin embargo, debemos tener presente que la comunicación es un derecho, no un privilegio, y que su democratización es clave para la justicia social.

Es importante señalar que el Informe MacBride no solo diagnosticó problemas, sino que propuso soluciones que siguen vigentes:

  • Democratizar los medios: fomentar la participación ciudadana en la producción de contenidos.
  • Promover la diversidad cultural: proteger lenguas, narrativas y expresiones locales.
  • Establecer marcos éticos y legales: regular el poder mediático y tecnológico con criterios de justicia social.

En ese contexto, la psicología comunicacional sostiene que las personas construyen subjetivamente la realidad a partir de lo que leen, escuchan o miran. Estas construcciones no solo afectan su percepción individual, sino también su conducta social, ya que los medios de comunicación moldean interpretaciones colectivas sobre hechos y temas relevantes. En este marco, la educación enfrenta hoy un desafío profundo: los estudiantes están cada vez más inmersos en redes sociales, expuestos a flujos constantes de información, muchas veces falsa o superficial que perjudica su capacidad crítica, su concentración y su motivación para aprender. Esta situación no es un fenómeno aislado, sino el resultado de una estructura comunicacional dominante que condiciona la forma en que se accede, procesa y valora el conocimiento.

Tanto el Informe MacBride como los análisis del profesor Fernando Buen Abad coinciden en denunciar los efectos nocivos de la concentración mediática, la mercantilización de la información, la manipulación ideológica y la exclusión de voces populares. Esto ha tenido indudables efectos tanto para las comunidades, como para la educación, la cultura, el comercio, la participación política, el diálogo y la comprensión intercultural. Pero, se hace notar que, así como pueden usarse para el bien las tecnologías también pueden ser usadas para explotar, manipular, dominar y corromper las personas y las sociedades.

Frente a este panorama, desde el ámbito de la educación se vuelve urgente diseñar estrategias que orienten al colectivo institucional a transformar esa realidad que ha reproducido una cultura digital desinformada y despolitizada que desborda al sistema educativo y debilita su función formadora.

 Estas estrategias deben:

  • Promover una educación mediática crítica que forme ciudadanos capaces de analizar y cuestionar los mensajes que consumen.
  • Fomentar espacios de diálogo y producción de contenidos propios que valoren la diversidad cultural y el pensamiento autónomo.
  • Recuperar el sentido ético y social de la comunicación como herramienta para la emancipación y la justicia cognitiva.
  • Establecer vínculos entre comunicación, cultura y educación para fortalecer la identidad y la participación.

En las últimas décadas, las nuevas tecnologías se han integrado a nuestra existencia diaria de forma casi imperceptible, modificando profundamente la manera en que aprendemos, nos relacionamos y construimos sentido. Sin que lo advirtiéramos plenamente, las plataformas digitales, redes sociales y dispositivos móviles han reconfigurado nuestras rutinas, nuestros vínculos y nuestras fuentes de información. Aplicar los principios del Informe MacBride y los aportes del profesor Fernando Buen Abad implica asumir que la lucha por una educación crítica también es la lucha por una comunicación libre, plural y ética. Solo así podremos revertir el daño que esta estructura mediática está causando a toda nuestra población. Es por ello, que la transformación educativa no puede desligarse de una transformación comunicacional.