Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez
Eso que llamamos “izquierda” y debería llamarse “izquierdas” no es un objeto fijo ni una identidad cristalizada en consignas repetidas, sino un proceso histórico, práctico y crítico que se constituye en la tensión permanente entre la realidad social y el horizonte de su transformación. Es una ética un deber ser de la conciencia en la praxis. Hablar de “izquierda” implica asumir que no existe como esencia metafísica ni como dogma cerrado, sino como una praxis en movimiento, determinada por condiciones materiales concretas y por la conciencia que los sujetos sociales desarrollan de esas condiciones. En este sentido, la izquierda no es simplemente una posición en el espectro político ni una suma de partidos o tradiciones, sino una forma histórica de responder a la injusticia estructural, a la explotación y a la enajenación que caracterizan a las sociedades de clases. Su núcleo no reside en la proclamación moral del bien, sino en la crítica radical de las relaciones sociales de dominación existentes y en la voluntad organizada de superarlas.
Pero es indispensable estar alertas. No todo lo que se autoproclama izquierda “es oro”. Es fundamental distinguir corrientes porque, increíblemente, hay muchas izquierdas organizadas para frenar la revolución en lugar de impulsarla. Así, 1. El reformismo (socialdemocracia) • Acepta el capitalismo como marco permanente. • Confía en reformas graduales, el parlamento y el Estado burgués. • En momentos de crisis, defiende el orden existente antes que una ruptura revolucionaria. Cuando la burguesía se siente en peligro, los reformistas actúan como su última línea de defensa antes de activar a las fuerzas de corte nazi-fascistas.
2. El burocratismo. • La burocratización del Estado parasitario. • El abandono del internacionalismo por el “socialismo en un sólo país”. • La represión interna, los juicios y la eliminación de la democracia obrera. • No quieren un capitalismo clásico, pero tampoco socialismo. • Incuban un Estado obrero degenerado, dirigido por una casta burocrática. Terminan saboteando revoluciones en otros países para proteger sus propios intereses sectarios.
3. El “centrismo” de izquierda panfletaria. •Usan un lenguaje de apariencia revolucionaria, ero actúan con vacilación cuando hay que romper con el sistema. • Despliegan demagogia entre reforma y revolución sin decidirse, pero confundiendo. • Confunde a la clase obrera • Genera falsas expectativas • Desmoviliza en momentos decisivos.
4. Falsifica los “Frentes Populares” entendidos como alianza de partidos obreros con sectores burgueses “progresistas” • Subordina los intereses de la clase trabajadora a la burguesía “democrática”. • Frena expropiaciones y radicalización para no “asustar” aliados.
5. Convierte en cretinos a los representantes en los al parlamentos y sindicatos. • No se lucha por los cargos como fines en sí mismos. • Eso convierte en cretinos a los que deberían servir a la clase trabajadora. • Anestesia al sindicalismo sin horizonte político lo vuelve herramienta para frenar el conflicto.
6. Cuidado con el ultra-izquierdismo (confunden la táctica con los principios), • Suelen rechazar toda táctica • Desprecian las masas reales • Confunden radicalismo verbal con estrategia revolucionaria. Eso es aventurerismo, no revolución. No es problema declararse de izquierda, sino tener una estrategia que realmente permita a la clase trabajadora tomar el poder y transformarlo radicalmente.
Hablar de izquierdas en plural no es una concesión relativista ni un gesto retórico de corrección política, sino el reconocimiento materialista de la diversidad histórica, social y cultural de las prácticas emancipadoras. El plural remite a la imposibilidad de subsumir en una forma única las experiencias concretas de lucha que emergen en contextos distintos, atravesados por configuraciones específicas del capital, del Estado y de la subjetividad. Desde una concepción de la praxis como actividad histórica situada, resulta filosóficamente insostenible postular una izquierda homogénea y universal que se aplique por igual a todas las realidades. El plural de las izquierdas expresa, así, la riqueza conflictiva de un campo político en permanente construcción, donde convergen tradiciones, estrategias y lenguajes diversos, unidos no por la identidad formal sino por la orientación común hacia la emancipación. Negar ese pluralismo conduce al dogmatismo y a la clausura crítica; asumirlo, en cambio, abre la posibilidad de una articulación dialéctica entre diferencias reales, capaz de producir unidad práctica sin anular la heterogeneidad que la nutre.
En Adolfo Sánchez Vázquez, la aceptación del plural de las izquierdas se desprende directamente de su concepción no dogmática del marxismo y de su teoría de la praxis. Para él, no existe una forma única, acabada o canónica de la política emancipadora, porque la praxis revolucionaria está históricamente condicionada y responde a realidades concretas, cambiantes y contradictorias. Sánchez Vázquez rechaza toda pretensión de erigir una izquierda verdadera frente a otras supuestamente desviadas cuando ese juicio se formula desde criterios abstractos o ahistóricos. El marxismo, entendido como filosofía de la praxis, no prescribe modelos universales de acción política, sino que ofrece herramientas críticas para que los sujetos históricos elaboren sus propias respuestas a condiciones específicas de explotación y dominación. Desde esta perspectiva, hablar de izquierdas en plural no significa diluir el proyecto emancipador, sino afirmar su carácter histórico, creativo y abierto. La unidad de la izquierda no se garantiza por la uniformidad doctrinaria, sino por la convergencia práctica en objetivos emancipadores concretos, evaluables en la experiencia histórica y no en la fidelidad a esquemas teóricos cerrados. El plural, en Sánchez Vázquez, es así una exigencia de la praxis misma y una salvaguarda frente a la petrificación ideológica.
Desde la perspectiva filosófica que atraviesa la obra de Adolfo Sánchez Vázquez, la izquierda sólo puede comprenderse desde la categoría de praxis. La praxis no es mera acción ni simple aplicación de una teoría previa, sino una actividad humana consciente, transformadora y socialmente mediada, en la que se articulan conocimiento, valores y acción material. La izquierda se construye, entonces, en la praxis histórica de los sujetos que luchan por transformar las condiciones que los oprimen, y se verifica no por la pureza de sus intenciones, sino por la eficacia emancipadora de sus prácticas. Esto supone una ruptura con toda concepción dogmática que pretenda definir de una vez y para siempre qué es ser de izquierda, al margen de las circunstancias históricas y de las contradicciones reales de la vida social.
En este punto, la crítica de Sánchez Vázquez al dogmatismo adquiere plena vigencia. Aquella izquierda que se encierra en fórmulas doctrinarias, que repite categorías sin someterlas a la prueba de la realidad concreta, traiciona su propio fundamento práctico. El marxismo, entendido no como catecismo sino como teoría crítica de la sociedad, sólo conserva su potencia cuando se mantiene abierto a la autocrítica y a la revisión constante a la luz de la experiencia histórica. Las izquierdas, por tanto, no se definen por la fidelidad ritual a textos o líderes, sino por su capacidad de leer la realidad, interpretar sus contradicciones y actuar organizadamente sobre ellas de manera consciente.
Toda construcción de la izquierda es inseparable de los procesos sociales en los que emerge. No nace en el vacío ni en la abstracción académica, sino en el conflicto, en la lucha de clases, en la resistencia cotidiana de quienes padecen la explotación y la dominación. Es una construcción colectiva que articula experiencias diversas, saberes populares, tradiciones culturales y elaboraciones teóricas, y que se reconfigura permanentemente en función de los cambios en las formas de producción, en las relaciones de poder y en los modos de subjetivación. Por ello, no existe una izquierda única y homogénea, sino múltiples expresiones históricas de una misma aspiración emancipadora, atravesadas por tensiones, errores, avances y retrocesos.
Insistamos, desde una perspectiva semiótica y política, en que la izquierda también se juega en el terreno de la producción de sentido. No basta con transformar las estructuras económicas si se deja intacto el orden simbólico que legitima la dominación. La lucha por el sentido, por el lenguaje, por las narrativas que organizan la percepción de lo social, es parte constitutiva de la praxis política. En este plano, la izquierda debe disputar los significados de conceptos como democracia, libertad, justicia o desarrollo, arrancándolos de su captura por el discurso hegemónico y reinscribiéndolos en un proyecto colectivo de emancipación. La batalla cultural no es un suplemento decorativo de la política, sino uno de sus campos decisivos.
Toda relación entre izquierda y práctica política es, por tanto, una relación de implicación mutua. No hay izquierda sin práctica política concreta, ni práctica política de izquierda sin reflexión crítica que la oriente. La política, entendida en sentido fuerte, no se reduce a la gestión del Estado ni a la competencia electoral, aunque no pueda prescindir de esos espacios. Es, ante todo, una práctica social orientada a la transformación de las relaciones de poder, que se despliega en múltiples niveles, en el trabajo, en la cultura, en la educación, en los medios de comunicación, en la vida cotidiana. La izquierda se realiza en la medida en que logra articular estas dimensiones en un proyecto coherente, capaz de disputar hegemonía y de construir alternativas reales al orden existente.
Desde la ética marxista desarrollada por Sánchez Vázquez, la práctica política de la izquierda no puede separarse de una reflexión sobre los fines y los medios. La emancipación no justifica cualquier medio, ni la eficacia inmediata puede erigirse en criterio absoluto. La ética de la praxis exige coherencia entre los valores proclamados y las formas concretas de acción, sin caer en moralismos abstractos ni en pragmatismos cínicos. Esta tensión es constitutiva de la política revolucionaria y no admite soluciones simples. La izquierda madura es aquella que asume esta complejidad, que reconoce sus dilemas y contradicciones, y que los enfrenta sin refugiarse en justificaciones dogmáticas ni en renuncias oportunistas.
Toda la historia de la izquierda está atravesada por derrotas, desviaciones y fracasos, pero también por conquistas, aprendizajes y momentos de profunda creatividad política. Asumir esa historia críticamente es parte esencial de su construcción presente. No se trata de idealizar el pasado ni de repudiarlo en bloque, sino de extraer de él lecciones para el presente. La crítica a las experiencias burocráticas, autoritarias o alienadas que se hicieron en nombre del socialismo no implica abandonar el horizonte emancipador, sino radicalizarlo, devolviéndolo a su fundamento práctico y humanista. En este sentido, la izquierda no puede renunciar a la utopía, entendida no como fantasía irrealizable, sino como anticipación crítica de un futuro posible que orienta la acción presente.
En el mundo contemporáneo, marcado por la financiarización del capital, la precarización de la vida, la crisis ecológica y la colonización mediática de la subjetividad, la izquierda enfrenta desafíos inéditos. La praxis emancipadora debe repensarse en condiciones nuevas, sin perder su anclaje en la crítica de la explotación y la dominación. Esto exige una izquierda capaz de articular luchas diversas, de comprender la intersección entre clase, género, etnia y territorio, y de construir formas de organización flexibles, pero no dispersas, radicales, pero no sectarias. La unidad no puede ser impuesta por decreto ni diluida en un pluralismo sin proyecto; debe construirse en la práctica común y en el debate crítico.
Así entendida, la izquierda no es un lugar cómodo ni una identidad tranquilizadora. Es una posición incómoda frente al mundo, una toma de partido consciente en favor de la transformación radical de las condiciones que producen desigualdad, violencia y alienación. Se construye en la praxis cotidiana, en la reflexión crítica y en la acción colectiva, y se verifica en su capacidad de producir cambios reales en la vida de las mayorías. Su relación con la práctica política no es instrumental ni decorativa, sino constitutiva, las izquierdas son, en última instancia, práctica social consciente orientada a la emancipación humana, siempre inacabada, siempre abierta, siempre en disputa.
Una reflexión final,
La verdadera historia de nuestro tiempo está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha en sus propios planes de lucha. Esa agenda debe orientarnos. No necesitamos más retórica, es necesario estar en el motor de la historia, con quienes hacen la historia y desde dónde se la produce. La historia no la escriben las instituciones, los gobiernos ni los partidos por sí sólos. Los sujetos históricos reales son los movimientos en lucha, cuando actúan colectivamente, organizadamente y con un programa consensuado. La orientación política no debe venir de programas abstractos o agendas externas, sino de los planes de lucha concretos que esos movimientos elaboran. Es una convicción antielitista, antivanguardista rígida y profundamente materialista. La emancipación de la clase trabajadora será obra de la clase trabajadora misma. Porque la historia avanza por la acción de las masas en lucha y sus planes de lucha expresan el nivel real de conciencia y organización. Pero cuisdado, no todo lo que surge espontáneamente orienta bien. La agenda no debe omitir la estrategia, la teoría, ni la necesidad de dirección política con dirigentes a su altura.
Es que la experiencia viva de las masas es insustituible, pero necesita método para ser generalizada, organizada y llevada a sus consecuencias. Contra agendas armadas desde arriba. Contra análisis desconectados de la práctica. Contra izquierdas que “interpretan la realidad” sin pisar los conflictos. Contra el academicismo o el electoralismo que mira la lucha social como un dato más.
Toda izquierda que se precie de ser coherente debe centrar su energía los sujetos reales. Evitar el dogmatismo. Obligarse a escuchar y aprender de la lucha concreta. No idealizar cualquier lucha sólo por existir. No confundir orientación con acompañamiento pasivo. No perder perspectiva estratégica de largo plazo. La brújula política no está en los escritorios ni en los calendarios electorales, sino en la práctica colectiva de quienes pelean ahora. La izquierda debe sustentar una posición fuerte, honesta y exigente.
Porque la verdadera historia de nuestro tiempo no se escribe en los balances oficiales, ni en los discursos institucionales, ni en las memorias pulidas de los vencedores. Se escribe, con una gramática áspera y fragmentaria, en el movimiento real de quienes luchan. Allí donde los cuerpos se organizan, donde las necesidades se convierten en demandas, donde la indignación se transforma en acción colectiva, se produce el único texto histórico que merece ese nombre. No porque sea moralmente superior por definición, sino porque es el único que expresa la relación viva entre estructura y subjetividad, entre condiciones materiales y conciencia en proceso. Todo lo demás —los programas abstractos, las estrategias diseñadas sin anclaje, las lecturas que llegan siempre tarde— no son historia, sino comentarios a posteriori.
Decir que la historia está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha no es una metáfora poética ni una consigna voluntarista. Es una afirmación materialista. La historia no avanza por acumulación de ideas correctas ni por la aplicación mecánica de teorías previas, sino por la irrupción de sujetos colectivos que, empujados por contradicciones objetivas, se ven obligados a actuar. En esa acción, muchas veces confusa, contradictoria, incompleta, se condensan más verdades sobre una época que en cien análisis brillantes desconectados de la práctica. La lucha no es un dato más de la realidad social, es el punto en el que la realidad se vuelve consciente de sí misma.
Entendamos los planes de lucha, no sólo como calendarios de acciones sino como síntesis provisoria de fuerzas, demandas, horizontes y límites, son la forma concreta que adopta esa escritura histórica. No surgen de la nada ni son el producto de una voluntad pura. Son el resultado de una relación de fuerzas determinada, de una experiencia acumulada, de derrotas y aprendizajes, de debates explícitos y tensiones no resueltas. En ellos se expresa el nivel real de conciencia de un movimiento, no en el sentido psicológico, sino en el sentido histórico, qué cree posible, qué considera legítimo, hasta dónde está dispuesto a llegar, qué enemigos identifica y cuáles todavía no.
Por eso esa agenda debe orientarnos. No porque sea infalible, sino porque es el único punto de partida legítimo para cualquier política que aspire a transformar la realidad y no sólo a interpretarla. Orientarse por la agenda de las luchas no implica renunciar a la crítica ni a la elaboración teórica; implica, por el contrario, asumir que la teoría sólo tiene sentido si es capaz de dialogar con ese movimiento real, de esclarecerlo, de empujarlo más allá de sus propios límites sin colocarse por fuera de él. Toda política que se desentiende de los planes de lucha concretos, que los considera secundarios o meramente tácticos frente a un programa cerrado, termina inevitablemente sustituyendo a los sujetos reales por una abstracción.
Aquí aparece una tensión central que atraviesa toda la tradición marxista y que sigue siendo decisiva, la relación entre espontaneidad y dirección, entre experiencia y estrategia, entre lucha inmediata y horizonte histórico. Idealizar la espontaneidad es tan estéril como despreciarla. La lucha, por sí sola, no garantiza una orientación emancipadora; puede estancarse, desviarse, ser derrotada o incluso cooptada. Pero sin lucha real, toda estrategia es una ficción. La dialéctica no se resuelve eligiendo uno de los polos, sino comprendiendo su relación contradictoria. La experiencia de las masas es insustituible, pero necesita ser generalizada; la teoría es indispensable, pero sólo cobra vida cuando se somete a la prueba de la práctica.
En este punto, la afirmación de que la verdadera historia se escribe en los planes de lucha funciona también como una crítica frontal a dos desviaciones recurrentes. Por un lado, al reformismo que reduce la política a la gestión de lo posible dentro de los márgenes del sistema, mirando las luchas como problemas a administrar o como presiones externas que hay que contener. Por otro, al dogmatismo que pretende medir la realidad con una vara doctrinaria, descartando como “insuficiente” o “incorrecto” todo lo que no encaje en un esquema previo. Ambas posiciones comparten, aunque se presenten como opuestas, un mismo rasgo, la incapacidad de aprender de la lucha viva.
Ningún movimiento en lucha es sujeto puro ni homogéneo. Están atravesados por contradicciones internas, por desigualdades, por disputas de sentido. En ellos conviven impulsos radicales y tendencias conservadoras, gestos de solidaridad y reproducciones del orden dominante. Precisamente por eso son históricos. La historia no avanza por sujetos ideales, sino por sujetos reales, situados, atravesados por la sociedad que buscan transformar. Exigirles coherencia absoluta o conciencia plena es una forma sofisticada de negarles el derecho a ser protagonistas.
Orientarse por la agenda de las luchas implica aceptar la temporalidad propia de los procesos sociales. No todo ocurre cuando quisiéramos ni como quisiéramos. Hay momentos de ascenso y de repliegue, irrupciones súbitas y largos períodos de acumulación silenciosa. Los planes de lucha expresan esa temporalidad concreta, no la del calendario electoral ni la de los ciclos mediáticos. Obligan a pensar la política no como una sucesión de gestos espectaculares, sino como un proceso sostenido de construcción de fuerzas.
También obligan a repensar el problema de la dirección y de los dirigentes. Dirigir no es sustituir, ni mandar desde afuera, ni imponer una línea ajena a la experiencia colectiva. Dirigir es intervenir dentro del proceso para ayudar a clarificar, a conectar luchas dispersas, a señalar límites y potencialidades. Una dirección que no se deja orientar por la agenda de las luchas termina hablando un lenguaje que nadie reconoce como propio. Pero un movimiento que renuncia a toda forma de elaboración estratégica queda a merced de la inercia o de las fuerzas que sí saben lo que quieren.
Nuestra historia reciente ofrece innumerables ejemplos de movimientos potentes que, al no lograr traducir sus planes de lucha en una perspectiva más amplia, fueron neutralizados o absorbidos. También ofrece ejemplos de organizaciones que, aferradas a una estrategia correcta en abstracto, quedaron al margen de los procesos reales y terminaron hablándose a sí mismas. En ambos casos, el resultado es el mismo, la derrota, aunque adopte formas distintas. La lección no es cínica ni resignada; es exigente. Exige una política capaz de moverse en la contradicción, de aprender sin idealizar, de intervenir sin suplantar.
Decir que esa agenda debe orientarnos es, en última instancia, una toma de posición ética y política. Ética, porque reconoce la dignidad histórica de quienes luchan aquí y ahora, sin pedirles credenciales ni certificados de pureza. Política, porque entiende que la transformación social no se decreta ni se diseña en abstracto, sino que se construye en el conflicto real. No se trata de seguir pasivamente cada giro de la lucha, sino de asumir que allí se juegan las posibilidades efectivas de cambio.
En un tiempo marcado por la fragmentación, la precarización y la descomposición de viejas mediaciones, esta afirmación cobra un peso particular. Cuando las instituciones pierden legitimidad y los relatos oficiales ya no convencen, los movimientos en lucha se convierten en los únicos espacios donde se ensayan nuevas formas de comunidad, de decisión y de sentido. Sus planes de lucha no son sólo instrumentos defensivos; son laboratorios políticos, aun cuando no se nombren como tales. Ignorarlos o subestimarlos es renunciar a comprender el presente.
Nada de esto implica romantizar la derrota ni confundir resistencia con victoria. Implica, más bien, asumir que la única forma de pensar estratégicamente es partir de la realidad tal como es, no como quisiéramos que fuera. La historia no garantiza finales felices. Pero sí ofrece, en cada lucha, la posibilidad de aprender algo decisivo sobre las fuerzas en juego. Orientarse por esa agenda es aceptar el riesgo de la historia, en lugar de refugiarse en la comodidad de las certezas prefabricadas.
Así entendida, la tarea de orientarse con las agendas de las luchas, no es un cierre, sino una apertura. No clausura el debate sobre estrategia, programa o dirección; lo reubica en su terreno correcto. La pregunta ya no es qué deberíamos hacer en abstracto, sino qué están haciendo, pensando y deseando quienes hoy están en movimiento, y cómo intervenir allí para que esas luchas no sólo resistan, sino que abran caminos de transformación real. Todo lo demás es biblioteca política. A veces brillante, a veces sofisticada, pero siempre complementaria a la escritura áspera y decisiva de la historia en acto.
Transparentar el costo de las guerras
Por: Dr. Fernando Buen Abad
Transparentar el costo de las guerras
Semiótica de una industria macabra.
Las partes íntimas del capitalismo.
¿Qué posibilidades reales tenemos para superar esto?
Parece ser una imposibilidad del destino transparentar el costo real de las guerras y eso constituye una de las operaciones semióticas más feroces, eficaces, persistentes y criminales del capitalismo contemporáneo. Todo comienza por un principio rector de la ideología bélica, si los pueblos conocieran, con exactitud y sin anestesia simbólica, cuánto cuestan las guerras —en dinero, en vidas, en recursos naturales, en infraestructura, en tiempo humano amputado, en salud física y mental, en destrucción cultural, en retrocesos científicos, en devastación ecológica—, ningún gobierno podría sostener, sin ruptura interna, la maquinaria que perpetúa este negocio macabro. La guerra es un producto de lujo obsceno en los mercados de la muerte; su rentabilidad exige opacidad. Y la opacidad exige un dispositivo semiótico complejo encargado de falsificar los signos del gasto, de disolver la responsabilidad, de normalizar la sangre como si fuera un acontecimiento contable y no un crimen planificado.
Sus guerras son un negocio monstruoso. Y como todo negocio de gran escala, necesita una gramática. Esa gramática no se limita a justificar la violencia; construye las condiciones de inteligibilidad para que sus genocidios parezcan un precio inevitable de la «civilización». Cada misil tiene dos costos, el económico, medible; y el semiótico, indecible. Lo que vemos en los balances públicos es sólo la huella digital de una economía de la muerte cuidadosamente maquillada. Lo que no vemos —lo que sistemáticamente se nos impide ver— es la cadena de signos mercantiles, jurídicos, mediáticos y emocionales que convierten el asesinato en un producto de consumo político. La guerra funciona porque su negocio-relato funciona. Y su relato funciona porque ha logrado inocular la noción de que hay costos asumibles si el objetivo es proteger la seguridad, la democracia, la libertad o cualquier abstracción útil al capitalismo. Es una mascarada sangrienta celebrada por ellos en púbico y en privado.
Transparentar el costo de las guerras implica desmontar esta arquitectura de significados. Requiere mostrar que cada cifra es una mentira parcial. Que cada informe presupuestario es una pieza de propaganda. Que cada estipulación fiscal oculta una transferencia de recursos gigantesca desde los pueblos hacia los fabricantes de armas, las empresas privadas de servicios militares, los bancos que financian la deuda bélica y los gobiernos que la legitiman. Transparentar significa romper el hechizo de la «necesidad histórica» con que la burguesía cubre sus masacres. Significa exponer la equivalencia material entre cada misil lanzado y cada hospital no construido, cada dron comprado y cada escuela cerrada, cada tanque desplegado y cada salario impago, cada campaña mediática de odio y cada niño obligado a crecer entre ruinas.
Pero la semiótica de esta industria macabra va más lejos. No sólo oculta, también produce. Produce sentidos específicos diseñados para convertir la guerra en un objeto deseable para el imaginario colectivo. La estetización de la tecnología militar —con su brillo metálico, sus formas aerodinámicas, su «precisión quirúrgica»— es un acto de seducción simbólica. La industria bélica sabe que la forma es parte del crimen. Un misil de apariencia «inteligente» genera más aceptación que un artefacto rugoso y grotesco, aunque ambos despedacen cuerpos por igual. La forma suaviza el horror; lo vuelve compatible con el consumo audiovisual; lo adapta a la pantalla, que es hoy el principal laboratorio de anestesia política. El capitalismo militarista opera, por tanto, como un diseñador de percepciones que necesita convencernos de que la destrucción es un espectáculo fascinante, un ritual de soberanía tecnológica y no la aniquilación de pueblos enteros.
Transparentar el costo de las guerras implica revelar que la información no es un dato, sino un campo de batalla. Cada cifra es un territorio. Cada silencio es un arma. Cada eufemismo es un soldado semiótico que oculta un cadáver real. «Daños colaterales», «operación preventiva», «ataques selectivos», «objetivos estratégicos», estas expresiones son ingeniería lingüística diseñada para desensibilizar la percepción de masas. Son productos sintácticos elaborados con el rigor calculado de quien sabe que la palabra es la primera línea del frente. El capitalismo de guerra no puede permitir que la población hable de los muertos con precisión. Necesita una lengua que neutralice la emoción, que convierta el duelo en estadística, que disuelva la compasión en gráficos. Esta es la verdadera batalla cultural de la guerra, sustituir la experiencia humana por una gramática despersonalizada, higiénica, supuestamente racional.
Los costos humanos, más irreparables, son también los más in-visibilizados. Ningún presupuesto nacional consigna el precio simbólico de convertir ciudades enteras en traumatismos colectivos. No hay rubro para la reconstrucción psíquica de generaciones. No existe una casilla contable donde colocar el valor económico de romper vínculos comunitarios, destruir archivos históricos, arrasar con las culturas materiales y las tradiciones inmateriales. No se registra cuánto cuesta perder los cantos, los ritos, las memorias familiares, las lenguas locales, los saberes artesanales. La guerra es un proceso de des-semiotización, borra los signos que permiten a un pueblo narrarse a sí mismo, arrancando de cuajo los hilos simbólicos que sostienen la continuidad histórica. Transparentar su costo exige medir —aunque sea en términos éticos y políticos, no contables— esa devastación simbólica que ningún Estado reconoce, aunque determine el destino de los pueblos durante siglos.
Su «economía» bélica también produce una semiótica de la inevitabilidad. Sus medios de difusión hacen creer que la guerra es un fenómeno natural, como un terremoto o una tormenta. Normalizan la idea de que «siempre ha habido guerras» y «siempre las habrá», (las que les benefician) inoculando en el imaginario social la imposibilidad de pensar alternativas. Pero la guerra no es un fenómeno natural, es el resultado de decisiones políticas, empresariales y geoestratégicas tomadas por minorías que buscan ampliar sus zonas de ganancia. Transparentar el costo de la guerra significa denunciar que estas decisiones se toman en oficinas, no en leyes naturales; que quienes aprietan los botones no son fuerzas metafísicas, sino personas concretas con nombres, apellidos y cuentas bancarias. Significa, también, recordar que la guerra es evitable y que su permanencia responde a una lógica de acumulación que transforma el sufrimiento en capital.
Si la guerra es una industria, su principal activo simbólico es la mentira. Una mentira estratégica, repetida con disciplina militar, que exige el funcionamiento articulado de todos los dispositivos del Estado burgués, sus medios, sus intelectuales orgánicos, sus expertos, sus instituciones financieras, sus laboratorios de «opinión pública». Transparentar el costo es evidenciar que el gasto militar no se destina sólo a armas, una porción significativa se invierte en propaganda. La industria bélica necesita construir consenso, y ese consenso no se obtiene sólo con discursos, se obtiene con la producción industrial de miedo. El miedo moviliza recursos, permite justificar gastos exorbitantes, disciplina a la población y genera obediencia. De este modo, el miedo se convierte en una materia prima central de la economía bélica, una mercancía que se fabrica y distribuye con precisión comunicacional.
Una transparencia —real, no simulada— es incompatible con su lógica de la guerra. Porque ver el costo real implica ver la estructura que la sostiene. Ver la estructura implica ver sus beneficiarios. Y ver sus beneficiarios implica enfrentar la pregunta decisiva, ¿por qué las sociedades modernas permiten que un puñado de corporaciones determine la vida y la muerte de millones? La respuesta es semiótica, porque se ha logrado imponer un sistema de signos que hace parecer razonable lo irracional, inevitable lo evitable, justo lo injusto, técnico lo criminal. Desarmar esta red de signos es una tarea central para los pueblos. Y sólo puede hacerse desde una crítica radical que no se limite a «informar», sino que desarticule el corazón simbólico del militarismo.
Transparentar el costo de las guerras significa devolver a los pueblos la posibilidad de pensar su futuro sin la sombra de la devastación programada. Significa construir una semiótica emancipadora capaz de desactivar los códigos de la muerte y reemplazarlos por los de la vida. Significa comprender que toda lucha contra la guerra es una lucha contra su lenguaje, contra su estética, contra su lógica de mercado, contra su maquinaria de invisibilización. Significa, en última instancia, restituir la soberanía simbólica de la humanidad frente a la industria más destructiva que haya producido la historia, la industria que convierte el sufrimiento en negocio, la mentira en política y la muerte en mercancía.
No hay una lista de conocimiento público con los informes más recientes aunque SIPRI porvee datos referidos a 2023. Pero con base en esos datos recientes y algunas proyecciones, podemos hacer una actualización bastante precisa y crítica de quiénes son las grandes empresas bélicas en 2025, qué tan poderosas están y cuáles son algunas tendencias clave.
Empresas clave y cifras actualizadas (hasta 2025, con base en datos de SIPRI y otras fuentes) Lockheed Martin (EE.UU.) Líder absoluto en ingresos bélicos, según SIPRI, sus ingresos en armas en 2023 fueron 60.810 millones USD. Sigue siendo uno de los pilares de la industria militar estadounidense y global. RTX (antes Raytheon Technologies, EE.UU.) En 2023, ~ 40.660 millones USD en ingresos por armas. Como gran proveedor de misiles, sistemas de radar, defensa aérea, mantiene una posición estratégica muy fuerte en 2025. Northrop Grumman (EE.UU.) Ingresos por armas en 2023, ~35.570 millones USD. Con su experiencia en aeronaves estratégicas, sistemas de defensa y tecnología espacial, continúa siendo un actor central. Boeing (EE.UU.) Parte de su negocio está dedicado a defensa; en 2023 reportó ~31.100 millones USD en «arms revenues» según SIPRI. La división militar de Boeing sigue siendo poderosa, especialmente en aviación, misiles y sistemas de apoyo. General Dynamics (EE.UU.)Según SIPRI, unos 30.200 millones USD en ventas de armamento en 2023. Produce tanques, vehículos blindados, submarinos, sistemas terrestres y mucho más. BAE Systems (Reino Unido) Según SIPRI, en 2023 sus ingresos bélicos fueron 29.810 millones USD.
En 2024, BAE reportó un salto fuerte en ventas gracias a los presupuestos de defensa crecientes, según WSJ, sus ventas crecieron un 14 % ese año. Su backlog (órdenes pendientes) es muy grande, lo que indica una demanda sostenida → creciente poder económico en 2025. Rostec (Rusia) Empresa estatal rusa. Sus ingresos en «arms revenues» para 2023 fueron ~21.730 millones USD, según SIPRI. Su crecimiento ha sido relevante recientemente, según SIPRI, los productores rusos en el Top-100 mostraron un aumento marcado. Rostec representa una parte importante de la industria bélica rusa, con fuerte control estatal, lo que la convierte en un actor clave para entender la guerra-industria en Rusia. AVIC (China) Compañía china con ingresos por armas de ~20.850 millones USD en 2023 según SIPRI. Parte del auge militar chino; en 2025 la presión por la modernización militar y la competencia global hacen que firmas como AVIC tengan un peso aún mayor.
Otras tendencias y datos emergentes para 2025: El total combinado de ingresos armamentísticos del Top 100 alcanzó 632 mil millones USD en 2023, un aumento real del 4,2 % respecto a 2022. En la actualización de SIPRI se señala que 73 de las 100 empresas incrementaron sus ingresos bélicos, ¡39 de ellas con crecimiento de dos dígitos! Las empresas estadounidenses mantienen un dominio abrumador, 41 empresas del Top 100 son norteamericanas, con un total de ingresos de 317 mil millones USD. Empresas chinas también tienen un peso cada vez más grande, combinadas, sus 9 firmas del Top-100 sumaron unos 103 mil millones USD en ingresos bélicos. En la zona de Oriente Medio, los ingresos crecieron mucho, seis compañías de la región aumentaron sus ingresos de armas a 19,6 mil millones USD en 2023. En particular, Israel vio un récord histórico, sus empresas en el Top 100 generaron 13,6 mil millones USD en 2023, impulsados por el conflicto en Gaza. Turquía también, tres contratistas turcos (Aselsan, Baykar y TUSAŞ) incrementaron sus ventas en un 24 % y totalizaron unos 6.000 millones USD en 2023. También hay una tendencia tecnológica fuerte, según Defense News (2025), empresas de drones, IA y robótica están desafiando el statu quo tradicional de los fabricantes de armas.
Estas cifras, aproximadas, confirman que la industria bélica sigue siendo uno de los centros de acumulación más rentables del capitalismo global, y que su lógica no es simplemente técnica, sino profundamente política y simbólica. El hecho de que 73 de 100 compañías hayan crecido en ingresos bélicos en 2023 sugiere que no es una «anomalía de guerra», sino una estructuración permanente, la guerra (o al menos la preparación para ella) se ha convertido en un motor estructural de negocio. La concentración en empresas de EE.UU. (41 de 100) muestra que el complejo militar-industrial norteamericano sigue siendo la columna vertebral de esta economía macabra. A la vez, el creciente protagonismo de China y de países del Medio Oriente indica una reconfiguración geopolítica en la industria armamentística. Las empresas tecnológicas (IA, drones, robótica) no sólo agregan valor económico, sino también simbólico, alimentan la narrativa de la «guerra futurista», de la tecnología que salva, pero es letal, reforzando el mito de que el progreso técnico justifica la destrucción.
Tal ontología bélica del capitalismo ya superó el punto de retorno. Su industria global de muerte crece sistemáticamente incluso sin guerras directas entre grandes potencias. Las tensiones son suficientes para garantizar rentabilidad. La guerra dejó de ser «excepción» y se convirtió en un régimen semiótico-económico permanente. El conflicto ya es un modelo de negocios estable y previsible; las empresas planifican su crecimiento con base en escenarios de muerte. El back-office de la barbarie está en manos de unas 40 corporaciones. Con sólo 15 empresas ya superamos los 350 mil millones USD, más de la mitad del total mundial. El aumento 2024–2025 no proviene sólo de Ucrania. Influye Gaza, mar Rojo, Indo-Pacífico, Mediterráneo oriental, tensiones India-Pakistán, rearme europeo, Corea del Sur, Japón, Australia y la carrera naval global. La semiótica militarista instala la idea de «necesidad», «defensa» y «seguridad», cuando en realidad opera una economía programada del caos. Las cifras son un espejo moral, cada punto porcentual de aumento equivale a hospitales no construidos, infraestructuras civiles destruidas, escuelas sin recursos, planetas devastados por extracción bélica.
Así, la transparencia que exige la justicia histórica choca aquí con la economía real, la industria armamentística global no es ya un sector marginal ni un mero proveedor de los Estados, sino una maquinaria de acumulación que dicta ritmos de política, producción simbólica y vida social. Las cifras públicas más fiables nos dicen que las cien mayores corporaciones de armas y servicios militares del mundo registraron 632.000 millones de dólares en ingresos por armamento en 2023, una cifra que, aun referida a aquel año, sirve como umbral para comprender por qué en 2025 la industria sigue expandiéndose y recomponiendo sus hegemonías. (SIPRI, Top-100 2023).
No lo olvidemos. Detrás del número global hay un mapa de concentración brutal, Lockheed Martin figura como líder con 60.810 millones USD en ingresos armamentísticos (2023), seguida por RTX (≈40.660 MUSD), Northrop Grumman (≈35.570 MUSD), Boeing (≈31.100 MUSD), y General Dynamics (≈30.200 MUSD). Estas cifras no son ornamentales, representan la densidad productiva y la dependencia estratégica de los Estados hacia unas empresas cuyos «backlogs» (carteras de pedidos) han crecido más rápido que sus ingresos, lo que indica contratos firmes y capacidades industriales orientadas a la continuidad bélica. (SIPRI Top-100, hoja de datos y base de datos).
Traducir esas magnitudes a su costo social no es una metáfora, cada punto porcentual de crecimiento en los ingresos armamentísticos equivale, en términos comparativos presupuestarios, a miles de escuelas no construidas, hospitales no inaugurados o programas de agua y saneamiento postergados. La semiótica del negocio de la muerte aparece aquí en crudo, la industria no sólo vende sistemas de armas, vende relatos—seguridad, disuasión, modernidad tecnológica—que existen para justificar las transferencias masivas de recursos públicos a balances privados. Los estados que «recomponen» sus arsenales venden esas compras como inversiones de seguridad; las empresas las empaquetan como innovación; los medios convierten la compra en noticia especializada, técnica y legitimadora. La consecuencia, la muerte se naturaliza como gasto público eficiente. Desmontar esta gramática implica mostrar con números quién gana, cuánto y en qué plazos; significa que la palabra «transparencia» deje de ser un gesto retórico y pase a ser una herramienta de denuncia y reconstrucción democrática. (Análisis a partir de SIPRI y evolución de ventas 2023–2025).
Finalmente, la lectura política es implacable, la aceleración 2022–2025 (y los pronósticos realistas que la sitúan en una barbarie financiera de 660–710 mil millones USD para el conjunto del Top-100 si se consolidan tendencias de conflicto) confirma que la guerra es hoy estructura y negocio. No basta con enumerar empresas y cifras, es imprescindible enlazar esos datos con los efectos materiales (desvío de inversión social, dependencia tecnológica, creación de cadenas de valor militares) y con los efectos simbólicos (normalización del miedo, estetización tecnológica de la violencia). Para transparentar verdaderamente el costo de las guerras hay que convertir cada línea de balance en pregunta pública, ¿qué se deja de hacer cuando se compra un sistema? ¿quién se beneficia políticamente de que la población no tenga acceso a esa información en términos comparables y comprensibles? Las cifras, crudas y verificadas, son la palanca para que la semiótica de la industria deje de ser el barniz que oculta su naturaleza extractiva y criminal.
Traducir crecimiento en armamento a costo social es un ejercicio obligatorio de aritmética política, cada punto porcentual adicional en la facturación armamentística equivale a centenas de miles (o millones) de personas privadas de servicios básicos. La semiótica hace su parte, la compra se presenta como inversión en seguridad; la empresa la exhibe como innovación; los medios la convierten en discusión técnica; la política la transforma en deber patriótico. El efecto simultáneo es simple y demoledor, el sufrimiento humano queda fuera del balance visible —no tiene partida contable— mientras la industria registra beneficios, expansión laboral selectiva y una estética profesional que oculta la biografía concreta de cada víctima. La principal conclusión política es inapelable, la guerra es hoy una fábrica de valor macabro. No se limita a producir armas; produce discursos, ciclos de inversión, empleos especializados y dependencia tecnológica estatal. Por tanto, transparentar no es un acto técnico, es un acto de soberanía. Exponer quién gana, cuánto y en qué plazos obliga a desactivar la gramática que naturaliza la violencia y permite que la corrupción simbólica (miedo, patriotismo tecnocrático, eufemismos) funcione como lubricante del negocio. Es obligación ética transformar las cifras en preguntas públicas, ¿qué capacidades sociales se sacrifican ante cada punto de crecimiento del mercado de armas? ¿quiénes son los beneficiarios directos e indirectos? ¿qué cadenas productivas civiles son sacrificadas para sostener una economía del desastre?
Transparentar el costo de las guerras, en el sentido más radical del verbo, no consiste en contabilizar gastos militares o en «auditar» presupuestos secretos; consiste en perforar la opacidad semiótica que recubre la industria bélica para exponerla como lo que realmente es, una máquina de valorización que metaboliza sufrimiento humano, destrucción de fuerzas productivas y desposesión planetaria bajo la gramática tecnocrática de la «seguridad». Nada en la industria militar existe sin un aura de legitimaciones simbólicas que la envuelven, los lobbies, los discursos gubernamentales, la estética aséptica de los laboratorios, la neolengua de las agencias de defensa, la heroización mediática de la violencia selectiva, los eufemismos que convierten la devastación en «misión». Transparentar es entonces desenmascarar, en un mismo gesto epistemológico y político, la trilogía de la guerra contemporánea, su economía, su ideología y su semiosis. Y hacerlo con la contundencia que exige la lucha de clases en su dimensión comunicacional, mostrar cómo la industria bélica ha capturado no sólo los recursos de los Estados, sino también el imaginario.
Su capitalismo encontró en la guerra no un accidente, sino una de sus formas más sofisticadas de reproducción. El incremento sostenido de la inversión militar global, la concentración corporativa brutal en el sector armamentístico, la interdependencia entre los presupuestos estatales y los ciclos industriales, y la maduración técnica de una semiótica del miedo han producido una estructura que ya no se limita a «responder» a conflictos geopolíticos, los anticipa, los administra, los prolonga. La guerra, hoy, es simultáneamente un dispositivo de política exterior, un estímulo industrial, un laboratorio tecnológico, un régimen de comunicación y un símbolo operativo en la cultura de masas. La pregunta por el costo —real, integral, histórico— es imposible de responder desde la contabilidad convencional. Porque el costo no es únicamente monetario, es semiótico. Cada dron que se arma, cada misil que se perfecciona, cada sistema de defensa que se despliega, implica también una producción de sentido, un relato que naturaliza la escalada, un aparato discursivo que invisibiliza a las víctimas, una pedagogía del miedo que vuelve racional la irracionalidad de la destrucción organizada. El capitalismo belicista depende de esa producción simbólica tanto como de la producción material del armamento. Sin esa semiótica del consenso, la industria se derrumbaría políticamente.
Allí aparece la dimensión verdaderamente macabra del negocio, la industria armamentística es el único sector económico del mundo cuyo producto final sólo tiene eficacia plena cuando destruye. A diferencia de cualquier otro objeto industrial, un arma no se «consume» sino en la medida en que aniquila, hiere o intimida. Su ciclo de valorización no cierra en la fábrica, sino en el campo de batalla, donde la mercancía se realiza mediante la muerte. Y sin embargo, esto se oculta bajo un régimen de signos que convierte la barbarie en tecnicismo. Se habla de «capacidad de disuasión», de «modernización estratégica», de «interoperabilidad», de «efectores», de «vectores», de «respuestas proporcionales». Se evita nombrar lo esencial, que estamos frente a una industria que vive de la destrucción física y social de pueblos enteros.
Por eso el nivel de opacidad asociado a la industria bélica no es un efecto secundario, es un requisito. Ningún negocio que depende de vidas humanas puede sostenerse sin un cerco simbólico que impida la plena visualización de lo que produce. La publicidad de la industria militar es minimalista, técnica, despersonalizada. Sus ferias exhiben prototipos como si fueran artefactos de ciencia aplicada, no instrumentos de muerte. Los gobiernos justifican el gasto sin detallar quién fabrica cada módulo, a qué precio, con qué sobrecostos, con qué corrupción incluida, con qué favores geopolíticos adjuntos. Y los medios reproducen la terminología empresarial como si fuera un lenguaje científico neutral.
Sin embargo, basta abrir la cortina opaca para que la magnitud del negocio aparezca en toda su crudeza. La industria armamentística global —sumando las cien mayores empresas— supera ampliamente el medio billón de dólares al año y se expande incluso en tiempos de recesión en otros sectores. Sus ganancias no dependen del bienestar social, sino del deterioro global. Las guerras no son, para estas empresas, tragedias humanitarias; son ciclos de demanda. Los conflictos prolongados no son fracasos diplomáticos; son entornos favorables de mercado. La inestabilidad, para ellos, no es amenaza; es oportunidad.
Esta inversión del significado —donde lo que es tragedia para los pueblos se vuelve éxito para las corporaciones— es el corazón semiótico de la industria bélica. Esa inversión se sostiene gracias a un gigantesco esfuerzo comunicacional, informes, think tanks, estrategias de comunicación gubernamental, articulación entre organismos de seguridad y conglomerados mediáticos, campañas de legitimación cultural. No hay un sólo misil moderno que no lleve consigo una carga semiótica, un gráfico, una descripción técnica, un video promocional, un discurso parlamentario, una línea narrativa que lo presenta como «necesario», «inevitable», «responsable». Cada arma necesita ser narrada antes de ser comprada, y necesita ser legitimada antes de ser usada. La guerra es, antes que nada, una conquista del lenguaje.
En este régimen semiótico, las cifras —desnudas, brutales, sin maquillaje— tienen un poder político inmenso. Cuando se expone que una sola empresa puede facturar decenas de miles de millones anuales en armamento, se abre una grieta en la narrativa de la «defensa nacional». Cuando se exhibe que los contratos se firman a décadas, que los Estados compiten por acceder a tecnologías de destrucción, que las compras incluyen cláusulas de confidencialidad y sobrecostos escandalosos, entonces aparece el verdadero mapa del poder. No se trata de un mercado neutral; es una arquitectura de dependencia. El Estado comprador queda subordinado al proveedor. El proveedor condiciona la política exterior del Estado. Y el ciudadano queda excluido del conocimiento sobre el destino de sus propios recursos.
Exponer quién fabrica qué, a qué precio, con qué margen de beneficio, con qué financiamiento público, con qué cadenas de subcontratación, con qué lobby ante qué ministerio, es una forma de emancipación. Porque cuando la estructura se vuelve visible, la legitimidad se desploma. La industria militar depende de la opacidad para sostener su estabilidad. De ahí que tantas decisiones se tomen en secreto, que tantos datos se clasifiquen, que tantos contratos terminen blindados frente al escrutinio. La transparencia es peligrosa para quienes lucran con la muerte. Por eso, al hablar de transparentar el costo de las guerras, no basta con auditar presupuestos. Hay que desmontar el dispositivo semiótico. Eso implica señalar cómo se construyen las narrativas que justifican cada arma; implica mostrar la falsedad de la dicotomía seguridad/inseguridad que se utiliza para fomentar compras; implica desmontar la estética tecnológica que convierte la violencia en espectáculo de precisión; implica revelar que los mismos actores que venden armas financian institutos académicos, generan papers, financian conferencias y moldean la opinión pública. La semiósfera de la guerra es tan importante como su base industrial.
Romper esa maquinaria implica vincular las cifras con las vidas. Cada punto porcentual de crecimiento de la industria militar significa miles de millones que no terminan en salud, educación, ciencia, transición energética, bienestar social. Significa que se privilegia la destrucción sobre la construcción. Significa que la fuerza de trabajo, la inteligencia humana, la metalurgia, la electrónica, la robótica, la inteligencia artificial, los laboratorios, se organizan en torno a la muerte. Una sociedad que invierte en su capacidad de matar está desinvirtiendo en su capacidad de vivir. Esta es la ecuación elemental que el capitalismo intenta esconder. La tarea crítica es, pues, semiótica y política a la vez, desmontar el significado de la industria bélica, desarticular su aura de inevitabilidad, recontextualizarla como lo que es —un negocio que necesita de la guerra como condición de su reproducción—, y mostrar que ese negocio sólo prospera porque controla la producción del sentido social sobre el miedo, la amenaza y la seguridad.
Transparentar el costo de las guerras exige un doble movimiento, revelar los números y destruir los relatos que los justifican. Sólo así, los pueblos en lucha, podrán reorientar la acción política hacia una ética de la vida y no de la muerte. La guerra no se sostiene sólo por cañones; se sostiene también por relatos anestésicos. Y desmontar su palabrerío macabro exige una crítica radical de la semiótica capitalista de la violencia, capaz de demostrar que la industria armamentística no es un «sector productivo» como cualquier otro, sino una maquinaria de extracción de valor basada en la destrucción programada de la humanidad. Ese es el verdadero significado de transparentar, no sólo iluminar la contabilidad, abrir los libros contables de la burguesía, sino iluminar la conciencia.
Aporrea
Buen Abad: la violencia burguesa como mercancía del capitalismo
Prensa LAUICOM – En el marco del 10º aniversario de los atentados del 13 de noviembre en París, donde una serie de personas que participaban en un maratón fueron ejecutadas, el Dr. Fernando Buen Abad ofreció un análisis profundo durante una entrevista con Rompeviento TV. Convirtió ese acontecimiento en un espejo para reflexionar sobre las múltiples formas de violencia que el capitalismo ha convertido en mercancía: no solo la física, sino la psicológica, mediática y subjetiva, arraigada en la memoria colectiva.
Buen Abad trazó un hilo entre aquel episodio y las heridas históricas de México: Tlatelolco y Ayotzinapa. Para él, estos eventos no son recuerdos aislados, sino “tatuajes históricos” que marcan generaciones, cuartan experiencias, asientan amarguras y frenan talentos, dejando una huella de impunidad e injusticia que el sistema capitalista reproduce como carga adicional sobre los pueblos.
Señaló que la violencia hoy es también negocio: una mercancía burguesa promovida por una dictadura mediática que inunda contenidos con imágenes violentas, normalizándolas hasta generar una especie de adicción social. Esta lógica penetra la subjetividad, afecta sensibilidades y desgasta desde dentro la capacidad de resistencia.
En el caso de México, advirtió sobre un sector de la burguesía dolida por la pérdida de privilegios, que orquesta movilizaciones con jóvenes enmascarados bajo discursos de libertad y democracia, pero con presupuestos, planificación y apoyo internacional detrás. Afirmó que no se trata de paranoia, sino de inteligencia popular: la capacidad de reconocer los signos porque ya se han vivido antes.
Ante este escenario, llamó a fortalecer la unidad real de los movimientos populares, no como exhibición, sino como defensa estratégica. Retrasarla, como ocurrió en Argentina, puede tener consecuencias irreversibles. Porque después de la violencia, reparar los daños es un proceso largo, doloroso, y muchas veces imposible.
Una propuesta de acción contra el neofascismo y la guerra cognitiva escrita por el Presidente Nicolás Maduro Moros.
CALLES, REDES, MEDIOS, PAREDES Y RADIO BEMBA
Por Prof. Olga Uribe Trujillo
Comenzando a leer este método que nos hace llegar el Presidente Maduro, confieso que se mezclaron muchos sentimientos de afecto, respeto, admiración, cariño, que invaden los sueños de una militante y comprometen con el deber patrio de apoyar hoy y en todo momento a nuestra Patria y, por consiguiente, a nuestro Proyecto Bolivariano y al Presidente Maduro.
En seguida, hice una relación con las enseñanzas del Profesor Fernando Buen Abad y su insistencia en estudiar y conocer el Informe presentado por el Prof. Seán Mac Bride, conocido como “Un solo Mundo, Voces Múltiples”, que en 1980, cuando fue aprobado por la UNESCO, ya se avizoraban una serie de fenómenos comunicacionales y la dominación de las grandes empresas transnacionales mediáticas del mundo, que persiguen justamente anular, mediatizar, colonializar el pensamiento, los conocimientos propios de los pueblos y así, instaurar el mundo ajustado a sus intereses y prioridades económicas, sociales, políticas, ambientales y educativas, impactando en las culturas y las identidades.
La necesidad de crear un NUEVO ORDEN MUNDIAL DE LA COMUNICACIÓN Y LA INFORMACIÓN (NOMIC), se encuentra dentro de las ochenta y dos (82) recomendaciones que presentó el Infome Mac Bride, y nada más urgente ahora que luchar por esto. Quedaron muchos temas pendientes a tratar después de la presentación del informe y es por eso es que este Método Calles, Redes, Medios, Paredes y Radio Bemba, se ajusta oportunamente a esos debates pendientes. Destacan entre ellos:
• Eliminación de los desequilibrios y desigualdades entre el tercer mundo y los países desarrollados;
• Respetar la identidad cultural y el derecho de cada país de informar a los ciudadanos y ciudadanas del mundo de sus aspiraciones y sus valores, tanto sociales como culturales;
• Eliminar los efectos negativos que se producen por la creación de monopolios;
• Tumbar las barreras, tanto internas como externas, que impiden la libre circulación y una difusión equilibrada de la información;
• Garantizar la pluralidad de las fuentes y los canales de la información;
• Garantizar, a su vez, la libertad de prensa y de información;
• Aumentar la capacidad de los países del tercer mundo para mejorar la situación, el equipamiento y la formación profesional de los periodistas;
• Respetar el derecho de todos los pueblos del mundo a participar en los flujos de información internacionales;
• Respetar los derechos de los ciudadanos de acceder a las fuentes de información y de participar activamente en el proceso de comunicación.
Es precisamente, a través de estrategias populares, comunales, de apropiación del conocimiento, de la información y de la comunicación real, donde se puede desnudar al enemigo que insolentemente manipula para generar caos, violencia, miedo y desasosiego; es aquí, donde este manual “callejero” como diría el Presidente Maduro, que nace de la experiencia en la lucha política y social que se vive en nuestras comunidades, nos enseña la “táctica y la estrategia” que nos recitaba Benedetti: la táctica: la forma de actuar con paciencia y sabiduría; la estrategia: que el otro u otra al que nos dirigimos, entienda ese comportamiento en la subjetividad.En el proceso colonizador, la colonialidad implicó e implica la transformación del conocimiento del ser.Autores como Maldonado-Torres en su tesis 5, señala que, la colonialidad de la estructura del poder opera justamente en el campo de la cultura del sujeto; la colonialidad del ser opera en la subjetividad y la colonialidad del saber en el método.
De acuerdo con esta tesis de la colonialidad, es en el saber dónde debemos incidir con el Método de Calles, Redes, Medios, Paredes y Radio Bemba, porque es allí (sin dejar afuera los otros campos de acción de la colonialidad), donde precisamente han creado métodos invasivos para transformar la realidad y someter a las poblaciones en el mundo.
Es fundamental, estudiar, analizar y compartir lo que nos transmite el Presidente en este método para llegar a todos los espacios de convivencia donde actuamos y, despertar en las conciencias, el peligro que significa permanecer en la ignorancia inducida.
Referencias:
Benedetti,Mario (1975) Poemas de otros “Táctica y Estrategia”.Buen Abad, Fernando. (2025) Cátedra Mac Bride. Lauicom. Caracas.Maduro Moros, Nicolás (2025). Método “Calles, medios, radiom paredes y radio bemba”.Maldonado Torres, Nelson. (2016). Diezos, tesis sobre la colonialidad y la decolonialidad. Artículo.
En horas difíciles pensar críticamente no es pensar rígidamente: Fernando Buen Abad Domínguez
Nuestro pensamiento crítico en REDH, reclama plasticidad conceptual, humor estratega y audacia afirmativa. Esto exige, en primer lugar, superar una confusión frecuente, se asimila la rigurosidad crítica con la inflexibilidad proposicional, como si la inteligencia crítica consistiera en sostener verdades inmutables ante las luchas que son mutable todas y siempre. Tal superación es, en verdad, una necesidad autocrítica y epistemológica para fortalecer nuestra praxis transformadora. La crítica auténtica no conserva dogmas sino problemas; no es un catálogo de certezas, sino una forma de interrogación que permanece viva en la medida en que admite la modificación de sus hipótesis frente a la experiencia y la correlación con los sujetos históricos. Por tanto, el antídoto contra la rigidez es la dialéctica, no una fórmula academicista, sino una práctica que enlaza tesis y praxis, teoría y sensibilidad, análisis y esperanza. Es precisamente en la tensión entre la desconfianza racional y la confianza política donde el pensamiento crítico encuentra su movimiento fecundo, “los filósofos sólo han interpretado el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo.” Esa sentencia, breve y ética, recuerda que la interpretación sin transformación es autoengaño, y que la transformación sin reflexión deviene en catástrofe.
Si se acepta la dialéctica como método, entonces la posición de nuestros intelectuales y artistas debe ser revisitada, su función no es la de guardián de dogmas, sino la de mediador crítico entre memoria social y proyecto colectivo. En ese rol, la intelectualidad no se reduce a una elite desvinculada; tampoco debe renunciar a la autonomía crítica. Esta idea no es una coartada para la servidumbre teórica sino una invitación a que el pensamiento se haga efectivo en las prácticas emancipatorias. En tiempos de agresión imperial incesante y reorganización de fuerzas para la Batalla de las Ideas, los intelectuales y artistas deben cultivar una doble habilidad, la capacidad de leer con precisión las estructuras de poder burgués —sus dispositivos discursivos, simbólicos y materiales— y la capacidad de convertir esa lectura en formas sensibles, comprensibles y motivadoras para la acción organizada de las multitudes. No hay excusa legítima para un divorcio entre análisis y pedagogía, la claridad expositiva es una exigencia ética.
En una sociedad saturada de imágenes, la batalla simbólica es decisiva; ganar o perder sentido puede facilitar o bloquear transformaciones materiales. De ahí que la inteligencia emancipadora no sea un ornamento, sino un componente estratégico de la lucha política. Cuando el pensamiento y la expresión articulan crítica y esperanza —cuando convierten la indignación en formas que movilizan la imaginación colectiva— cumplen su función revolucionaria. Pero esto no se realiza por mera voluntad, exige honestidad estética, disciplina formal y experimentación. El arte emancipador debe conjugar la complejidad reflexiva con la eficacia comunicativa; debe ser simultáneamente exigente para la inteligencia y accesible para los afectos.
En este punto aparece el humor revolucionario, que opera como una palanca insospechadamente poderosa contra la anestesia política. El humor no es trivialidad; es técnica de desactivación del terror simbólico. Donde el discurso hegemónico construye pavor o solemnidad para imponer consenso, la risa política desactiva la autoridad del miedo y abre la posibilidad de una mirada distinta. La sátira, la caricatura, la zamba crítica o la escena teatral que devuelve la farsa del poder a su desnudez, todo ello actúa como una forma de desalienación, permite que las personas reconozcan la arbitrariedad del orden presente y se animen a imaginar alternativas. Más aún, el humor pone en juego una inteligencia afectiva, reduce la distancia entre el intelecto y la vida cotidiana, hace tolerable la crítica y sostiene la práctica colectiva en contextos adversos. Por eso, el humor revolucionario no es complacencia ni escapismo; es táctica de derrota del fatalismo. Lo supo Chaplin.
Optimismo revolucionario y rigor crítico no son incompatibles, son mutuamente condicionales. El optimismo que sirve a la causa emancipadora no es ingenuidad acrítica; se alimenta de análisis realistas sobre fuerzas, correlaciones y límites, pero conserva la certeza útil de que la concatenación de actos conscientes puede alterar trayectorias históricas. Psicologías políticas colectivas —cultura de la esperanza— se construyen mediante prácticas simbólicas y organizativas que producen revoluciones en todas sus escalas. Esos tejidos resistentes dependen de narrativas que articulen memoria, denuncia y proyecto. El relato emancipador debe ser verídico (no se debe mentir sobre las dificultades) y simultáneamente energético (no debe traicionar la aspiración por la transformación).
Nuestro pensamiento crítico flexible, no blandengue, requiere también de una ética de la duda productiva, la capacidad de revisar científicamente las convicciones, de asumir errores, de reconocer límites y de aprender con humildad. Esta ética no debilita la acción; la fortalece. Un intelectual inflexible, prisionero de axiomas intemporales, corre el riesgo de volverse irrelevante o quebradizo… peor, cómplice por omisión. En contraposición, la postura crítica flexible admite debates rigurosos, se alimenta de interdisciplinariedad, y prioriza la articulación con los sujetos sociales.
Un rasgo indispensable de la creatividad intelectual revolucionaria es la experimentación estratégica con formas de comunicación. De la mano de la estrategia comunicacional aparece una práctica política de los afectos, el cultivo de vínculos materiales y simbólicos confiables. La política basada exclusivamente en argumentos racionales y en la denuncia contable no arraiga si no está acompañada por prácticas que permitan a las personas reconocerse como portadoras de una comunidad posible. El intelectual y el artista revolucionario deben desarrollar, entonces, formas de sociabilidad que construyan fraternidades, círculos de estudio, talleres de creación colectiva, proyectos culturales en el territorio que combinen formación y producción estética. Estos espacios crean capital simbólico y afectivo imprescindible para sostener procesos de largo aliento.
La solución no es banalizar la seriedad, sino revolucionarla con prácticas que recuperen la alegría política como componente estratégico. La alegría no es banquete sentimental sino energía y moral histórica. El antídoto es el optimismo informado, confianza prudente y acción planificada y el humor revolucionario con optimismo crítico de quienes participan en la construcción colectiva. Reír no es burlarse de las víctimas; reír con las comunidades es recuperar la capacidad de mirarse mutuamente sin el peso de la culpa impuesta por la dominación. El humor puede ser, entonces, gesto de ternura política, una manera de decir que la humanidad no está completamente perdida, que existen fisuras en la dominación por donde se cuela la posibilidad.
Pensar críticamente en horas difíciles exige desobediencia epistemológica con flexibilidad teórica, disciplina práctica, claridad pedagógica, audacia estética y humor estratégico. Los intelectuales y los artistas de nuestra REDH son piezas clave en ese entramado, no como autoridades que dictan verdades, sino como mediadores creativos que habilitan procesos colectivos de conocimiento y esperanza. Nuestra tarea es construir narrativas verídicas que organicen y movilicen una pedagogía que conecte análisis y deseo; es inventar formas simbólicas que hagan de la crítica un instrumento vivificante. Las luchas hoy demandan, más que custodios de certidumbres, creadores de inteligencia colectiva, personas que piensen con rigor, actúen con prudencia y rían con audacia. Sólo así será posible convertir la dura realidad en un terreno donde la imaginación política —alimentada por disciplina conceptual y alegría radical— produzca transformaciones duraderas. Desde abajo.
Por Fernando Buen Abad
Trump como síntoma de la decadencia Imperial
No más imperio de armas, imperio de saqueos, imperio de engaños
Por Fernando Buen Abad Domínguez
Donald Trump no es un accidente “rentable” aislado en la historia de USA. Es la cristalización grotesca de un sistema que lleva siglos nutriéndose de la violencia organizada, del saqueo sistemático, de la explotación de los pueblos y de la mentira institucionalizada. Su figura concentra, como una botarga obscena, todo lo que el capitalismo-imperialismo estadounidense produce en su fase más degenerada; la adoración a las armas, la codicia sin límites, la manipulación mediática, el racismo estructural y la glorificación de la ignorancia cínica como estrategia política. Trump es el síntoma y la enfermedad a la vez; síntoma de un imperio en decadencia y enfermedad que acelera la descomposición del planeta bajo el yugo de las armas, el saqueo y el engaño. La muerte misma.
Su imperio de las armas. En la trayectoria de Trump, el negocio de las armas no aparece sólo como política de Estado, sino como espectáculo mediático. Desde su presidencia se multiplicaron los presupuestos militares, se fortaleció el complejo industrial-armamentista y se celebraron abiertamente las alianzas con fabricantes de muerte. Trump convirtió los desfiles militares, los despliegues de tropas y la venta de armas en símbolos de “grandeza nacional”. En su retórica, las armas no son instrumentos de muerte sino emblemas de patriotismo, poder y masculinidad. Nuestro análisis semiótico nos obliga a mirar más allá de las cifras del gasto militar. Cada discurso suyo sobre la “defensa de la nación” era, en realidad, un signo destinado a infundir miedo, a fabricar enemigos externos e internos. Trump necesitaba enemigos para justificar el negocio de las armas; inmigrantes, musulmanes, gobiernos soberanos que no se sometían al dictado estadounidense. Bajo su mandato se intensificó la lógica del miedo como recurso electoral, se armó ideológicamente a sectores reaccionarios de la sociedad y se dio oxígeno al supremacismo armado. Trump es la encarnación del imperio de las armas porque no sólo las promueve en términos económicos, sino porque convierte el signo de la violencia en mercancía política. En él se funden el empresario del espectáculo con el comandante en jefe, en una obscena naturalización de la guerra como entretenimiento.
Su imperio de saqueos. Trump es empresario del saqueo. Su fortuna se levantó sobre fraudes inmobiliarios, evasiones fiscales, estafas disfrazadas de universidades, casinos quebrados y negocios turbios. Pero más allá de su biografía personal, en su presidencia impulsó con crudeza la lógica saqueadora del capitalismo estadounidense. Redujo impuestos a los millonarios, entregó recursos naturales a corporaciones extractivistas, privatizó bienes públicos y subordinó todo al lucro de las élites. El saqueo con Trump no se limitó al interior de EE.UU. También intensificó el expolio externo; sanciones económicas contra países soberanos, robos de recursos energéticos en Oriente Medio, agresiones financieras contra América Latina. Bajo su mandato se multiplicaron los bloqueos, las confiscaciones de activos y la presión sobre gobiernos que no se arrodillaban. Fue un saqueo global disfrazado de “defensa de la libertad”.
En términos semióticos, Trump elevó a rango de virtud la figura del saqueador. Su narrativa presentaba la codicia como prueba de inteligencia, el enriquecimiento personal como objetivo de vida, la depredación de recursos como “crecimiento económico”. Convirtió la lógica mafiosa en programa político. Cada vez que aparecía en televisión jactándose de su éxito empresarial, fabricaba un signo que naturalizaba el saqueo como modelo de conducta. Trump es el rostro obsceno del imperio saqueador porque no tiene siquiera la máscara de civilización con que otros presidentes disfrazaron sus crímenes. Él se vanagloria del robo, lo exhibe, lo celebra. Es la honestidad brutal de un imperio que ya no necesita fingir moralidad.
Su imperio de engaños. Pero si Trump es síntoma de la decadencia imperial, lo es sobre todo en el terreno del engaño. Su carrera política se levantó sobre una catarata de mentiras; el “birtherismo” contra Obama, la negación del cambio climático, las promesas de un muro que nunca se construyó como lo anunciaba, las cifras infladas de logros económicos, las teorías conspirativas sobre las elecciones. Mintió con descaro porque descubrió que la mentira, en la era digital, no necesita ser verosímil; basta con ser ruidosa, basta con viralizarse.
Trump convirtió la mentira en arma de masas. Sus tuits eran misiles semióticos cargados de odio, racismo y falsedad. Sus discursos eran espectáculos diseñados para movilizar emociones antes que para comunicar verdades. Fue el gran estafador semiótico que entendió cómo manipular la indignación, cómo explotar el resentimiento, cómo fabricar enemigos y cómo victimizarse al mismo tiempo. Bajo su mandato, la mentira dejó de ser un defecto político para convertirse en estrategia central. No importaba cuántas veces fuese desmentido; sus seguidores no buscaban verdad, buscaban pertenencia a una narrativa emocional. Trump creó un ecosistema de engaño donde los hechos eran irrelevantes y lo único importante era la lealtad al líder. Así, se consolidó como figura arquetípica del imperio de los engaños; un vendedor de humo que sabe que la mercancía simbólica más rentable es la ilusión de grandeza. El “Make America Great Again” no es un programa político; es un signo vacío diseñado para manipular deseos colectivos.
Síntomas de la decadencia imperial. Trump no inventó el militarismo, ni el saqueo, ni la mentira política. Pero los llevó a una forma de obscenidad inédita. Representa la etapa en la que el imperio ya no necesita ocultar sus crímenes; los exhibe con orgullo. Su figura es la confesión más clara de que el capitalismo estadounidense se sostiene únicamente en la violencia, el robo y la manipulación. Cada gesto de Trump nos muestra que el imperio ya no puede sostenerse con promesas de bienestar colectivo. Sólo le queda la imposición del miedo, el despojo sistemático y el engaño masivo. Trump es el síntoma de un orden que se descompone y que, en su decadencia, se vuelve más peligroso. En términos semióticos, su figura es un signo saturado de contradicciones; un millonario que se presenta como defensor de los pobres; un evasor fiscal que dice proteger a los trabajadores; un mentiroso compulsivo que acusa a todos de falsedad; un imperialista que se disfraza de nacionalista. Ese juego de espejos es la expresión más acabada de un imperio que vive de su propia impostura.
No más imperio decadente. Decir no más imperio de armas, saqueos y engaños es decir también no más Trump. No como individuo, sino como modelo de dominación. No más la lógica del empresario saqueador convertido en presidente. No más la política de la mentira como espectáculo. No más la normalización de la violencia como identidad nacional. Trump es una advertencia para el mundo; lo que él representa no es sólo una presidencia fallida, es la dirección hacia la que el capitalismo arrastra a la humanidad si no se lo detiene. Es la barbarie maquillada de reality show. Es la democracia convertida en circo. Es la verdad convertida en mercancía descartable. La tarea histórica es desmontar no sólo a Trump, sino a todo el sistema que lo produce y lo sostiene. Desarmar el imperio de las armas que multiplica guerras. Desmantelar el imperio de saqueos que destruye pueblos y ecosistemas. Desenmascarar el imperio de engaños que manipula conciencias y fabrica consensos para la opresión.
Insurrección de los pueblos contra la decadencia imperial.
Nuestro desafío no es simplemente derrotar electoralmente a personajes como Trump. El desafío es más profundo; construir una semiosis revolucionaria emancipadora que rompa con el círculo de miedo, codicia y mentira. Entender que cada signo es campo de batalla. Derrotar cada palabra, cada imagen, cada relato del imperio y gestionar las semiosis para la emancipación. Trump utilizó los signos como armas de dominación. Nuestra tarea es revolucionar el sentido como herramienta de liberación. No más miedo, sino solidaridad. No más saqueo, sino justicia. No más engaño, sino verdad organizada. Trump es síntoma de un imperio en ruinas. Nuestra tarea es que esas ruinas no nos sepulten, no las necesitamos lo que nos urge es un nuevo humanismo de género nuevo, de paz pero no sin armas, (armas de la independencia: San Martinianas, de Morazán, de Artigas, de Hidalgo, de Morelos de Bolívar) contra los saqueos y contra los engaños. No más Trump. No más imperio de armas burguesas. No más imperio de saqueos. No más imperio de engaños.
BRICS, comunicación y cultura
Si la idea de desdolarizar las economías es fuerza clave del BRICS, entonces es tarea urgente desideologizar. Todos saben que el imperialismo es también una invasión cultural y mediática, que sus intereses y dominios son mucho más que económicos y que sería imposible su existencia sin una base de adoraciones implantadas y cimentadas largamente.







