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Venezuela. Con el Mazo Dando, la resistencia del cuero contra el talón de hierro imperialista

Por Geraldina Colotti. Resumen Latinoamericano 25 de abril 2026.

En un momento histórico en el que la agresión imperialista no da tregua y las complejidades de la transición económica bajo chantaje provocan estremecimientos en algunos de los componentes más radicales de la revolución, las palabras expresadas por Diosdado Cabello en la última emisión de Con el Mazo Dando asumen el peso de proponer una brújula necesaria para orientarse en la niebla de la guerra híbrida y de las noticias manipuladas por el enemigo.

Para quienes analizan las dinámicas venezolanas desde el exterior, es fundamental comprender qué es Con el Mazo Dando: no se trata de un simple talk show televisivo, sino del principal espacio de contraofensiva mediática y pedagogía política del chavismo, conducido semanalmente por el vicepresidente del PSUV.

Es un ágora televisiva en la que la dirección bolivariana habla directamente a las bases, desenmascara las maniobras de la oposición a través de las denuncias capilares de los “patriotas cooperantes” y analiza la geopolítica global con el lenguaje de la praxis revolucionaria y con ironía.

En la última emisión (el pasado miércoles), como siempre el análisis no se limitó a la crónica de los hechos, sino que fue una operación de verdad orientada a explicar cómo y por qué el chavismo está reorganizando sus fuerzas: en una fase que a algunos les parece un retroceso peligroso, pero que, en los hechos y sobre todo en la voluntad de los dirigentes bolivarianos, se entiende como una reorganización estratégica de las fuerzas populares.

La metáfora del cuero, que Cabello utilizó para indicar el temple del venezolano (“que si lo jalas por un lado se encoge por el otro”), no es un simple llamado a la resistencia pasiva o a la resignación. En la cultura profunda de la Venezuela rural, el cuero es un material orgánico que debe ser tratado y golpeado para servir, y que bajo los golpes no se rompe, sino que se hace más grueso.

Cabello trasladó esta dureza al cuerpo político del país: las sanciones y las agresiones imperialistas han actuado como golpes que, en lugar de destruir el material humano de la revolución, lo han hecho más aguerrido. Para los sindicatos, para los cuadros de la Central Socialista Bolivariana de Trabajadores y para la base revolucionaria que vive el trauma cotidiano del bloqueo, esta imagen significa que el sufrimiento de estos años no ha sido en vano, que la agresión del 3 de enero no anuló el coraje de un pueblo, sino que forjó un nuevo tipo de subjetividad política, capaz de superar también esta ardua prueba tras el secuestro del presidente y de la “primera combatiente”.

Mientras el sistema financiero occidental muestra toda su fragilidad estructural, derrumbándose bajo el peso de deudas abstractas y burbujas especulativas, la piel de la revolución se ha endurecido a través del sacrificio. Esta dureza es la premisa indispensable para el lanzamiento de la nueva campaña nacional “Venezuela Vuela Libre”, una iniciativa que va más allá de la simple propaganda y se plantea el objetivo de reconquistar la soberanía plena y la cohesión política, demostrando que Venezuela no solo resiste, sino que está lista para retomar el vuelo con sus propias fuerzas, rompiendo las cadenas del chantaje impuesto por Washington.

El discurso de Cabello fue particularmente técnico y detallado para responder directamente a esa parte de la base revolucionaria que, con honestidad militante pero también sin proponer alternativas, teme que las necesidades del pragmatismo económico puedan abrir la puerta a un retorno del neoliberalismo. La respuesta fue contundente, especialmente respecto al caso de los Derechos Especiales de Giro (DEG) ante el Fondo Monetario Internacional. Es un punto – dice Cabello – que los militantes internos y los solidarios internacionales deben comprender bien: estamos hablando de cerca de 5.000 millones de dólares que el FMI mantiene congelados por las presiones políticas estadounidenses.

Cabello aclaró con extrema firmeza que estos fondos no son un préstamo. No hay ninguna negociación para una deuda condicionada que implicaría recortes en el gasto social o privatizaciones, como ocurre trágicamente en Argentina bajo el yugo de los dictados del Fondo. Se trata de recursos que corresponden por derecho a Venezuela y que han sido secuestrados ilegalmente. Y que deben ser recuperados. El ejemplo utilizado por el capitán fue fulgurante en su sencillez: es como si el banco te bloqueara el sueldo que ya has ganado en tu cuenta corriente y luego alguien te acusara de ser un capitalista porque intentas retirarlo para las necesidades de tu familia.

Esta recuperación de recursos es un acto de justicia soberana, funcional al mantenimiento de los servicios públicos esenciales. Cabello dio ejemplos directos que tocan la vida del barrio, ya ilustrados por la presidenta encargada: ese dinero sirve para adquirir transformadores eléctricos, repuestos para las tuberías de agua y medicamentos de alta tecnología que el bloqueo impide importar regularmente. Es la demostración de que el pragmatismo financiero del gobierno bolivariano está enteramente al servicio de la vida cotidiana y de la protección del pueblo, no del lucro de unos pocos.

En este marco de contraofensiva diplomática se inserta el encuentro crucial ocurrido precisamente hoy entre la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y el presidente colombiano Gustavo Petro. Este diálogo marca un hito fundamental en la consolidación del eje andino y representa el fracaso de la estrategia de aislamiento intentada durante años por los gobiernos reaccionarios de Bogotá bajo la dirección del Departamento de Estado. El encuentro entre Rodríguez y Petro no solo trata de la necesaria normalización de las relaciones comerciales transfronterizas, sino que toca temas de seguridad energética regional y protección de la Amazonía.

Es la puesta en práctica de una visión multipolar que desafía la dictadura del dólar y las “tutelajes” impuestos, y propone una integración basada en la complementariedad productiva. Mientras el imperialismo intenta erigir muros, la Venezuela y la Colombia de Petro dialogan para construir puentes, demostrando que la estabilidad de la región pasa por el reconocimiento de la legitimidad del gobierno bolivariano y por la cooperación entre naciones hermanas. Esta es la verdadera naturaleza de la retirada estratégica: cerrar las brechas abiertas por la agresión para luego avanzar en un terreno diplomático y comercial más amplio y seguro, y sin derogar a los principios, dijo Diosdado.

La batalla, sin embargo, no solo se juega en las mesas de la diplomacia, sino también en el plano de la percepción cognitiva. Cabello analizó lúcidamente cómo la oposición extremista utiliza las redes sociales para conducir una guerra de sexta generación, orientada a producir un trauma colectivo y una sensación de derrota inminente. A través del uso masivo de cuentas automatizadas, los llamados bots, e influencers generosamente pagados por el imperialismo, se construye una narrativa de caos, hambruna y guerra civil que no encuentra eco en la realidad de las calles venezolanas.

El programa mostró videos de plazas llenas y de una normalidad laboriosa, evidenciando la discrepancia total entre la situación de caos y crisis narrada en las redes y la paz social que se respira en el país.

Esta resistencia cognitiva es fundamental para sanar las heridas del trauma causado por la guerra económica y, sobre todo, por la agresión del 3 de enero y el secuestro de Nicolás y Cilia. Las revelaciones de los “patriotas cooperantes” sobre María Corina Machado —quien voló a Madrid para gritar, junto al partido Vox, “¡Fuera la mona!” a la presidenta encargada — han puesto al desnudo la naturaleza manipuladora de esta estrategia: Machado fue descrita como una funcionaria de bajo nivel de las agencias estadounidenses, cuya única tarea es orquestar incidentes mediáticos: como en el caso de las provocaciones organizadas contra el periodista Prieto, para pintar al gobierno como una dictadura brutal justo cuando ella misma goza de una libertad de movimiento que usa para planificar sabotajes. Desenmascarar estos montajes sirve para devolver al pueblo la confianza en sus instituciones y en su propia fuerza organizada. Sin embargo, para comprender realmente el alcance de esta operación, que gira en torno a la “peregrinación” colectiva por todo el país, hay que ir más allá de la crónica y de los cánones de la militancia europea, y analizar cómo el chavismo está reforzando su consenso a través de una operación, en el fondo, propiamente gramsciana.

En esta búsqueda de unidad nacional, el gobierno bolivariano no se limita a la gestión del poder, sino que busca sanar las heridas del trauma colectivo a través de un hálito místico que recuerda al cristianismo primitivo. Es aquí donde se inserta el llamado a los valores del compartir, del cuidado y de la paz, transformando la resistencia política en una misión ética.

Como decir: por un lado la barbarie imperialista, que quisiera empujarnos a un abismo de violencia, por el otro la “fuerza tranquila” de una comunidad que sabe transformar el dolor en esperanza y que sabe mantener el gobierno del país.

La peregrinación semanal de Cabello, Delcy y Jorge Rodríguez en las provincias no es solo praxis marxista para hacer crecer la conciencia de las masas, sino un ejercicio de presencia que evoca el descenso a las catacumbas del pueblo tan querido por Chávez. Este contacto físico sirve para construir un nuevo sentido común donde la fuerza del cuero se une con la dulzura de la gratuidad.

Esta presencia constante de la dirección del chavismo por las calles del país es la negación de la política entendida como oficina burocrática o administración aséptica de algoritmos, típica del neoliberalismo europeo, y también síntoma de la crisis atravesada por la revolución. Es la actualización del mandato de Hugo Chávez de bajar a las «catacumbas del pueblo»: para decir que no existe una teoría revolucionaria correcta que no esté constantemente sumergida y verificada en el movimiento real de las cosas y por este constantemente puesta a prueba.

El dirigente revolucionario es un caminante que construye la línea política junto a las masas, pisando la tierra de los barrios y escuchando directamente las necesidades de los trabajadores. Esta pedagogía política gramsciana es lo que permite al chavismo mantener una hegemonía moral incluso en las dificultades materiales: el consenso no viene de los medios internacionales, sino de una narrativa “nuestramericana” compartida, en la que la familia que ayuda al vecino, y el soldado que defiende la frontera se reconocen en el mismo proyecto de dignidad nacional.

El ejemplo citado en el programa de Diosdado, el de una familia del Táchira que cuida a niños con problemas en su propio barrio, es el corazón palpitante del discurso sobre la gratuidad y el cuidado en el socialismo bolivariano. En el sistema capitalista, el cuidado es una mercancía o un costo social que el Estado recorta brutalmente para cuadrar las cuentas. En la Venezuela que sigue declarándose socialista, en cambio, incluso en una sociedad profundamente probada por años de “sanciones” que han golpeado los proyectos sociales, el cuidado es un acto de amor organizado que escapa a la métrica del valor de cambio.

Esta gratuidad no es beneficencia compasiva, sino un acto político de reapropiación de la vida: es la demostración práctica de que el pueblo organizado puede producir protección social de manera autónoma, haciendo que el bloqueo económico y la barbarie sean ineficaces en el plano moral y humano. Es aquí donde la durezza del cuero se une con la dulzura de la solidaridad comunitaria, creando una sólida barrera contra el individualismo liberal.

Finalmente, el análisis del actuar descompuesto y rabioso de Donald Trump en la escena política estadounidense e internacional fue realizado por Cabello con un realismo carente de toda ilusión diplomática. Trump representa el rostro ostentado y brutal del imperialismo, aquel que no usa la máscara de los derechos humanos para invadir, sino que declara abiertamente querer poner las manos sobre los recursos naturales venezolanos para apuntalar la economía estadounidense que hace aguas por todas partes.

En este escenario, la campaña “Venezuela Vuela Libre” (eslogan del programa) se convierte en un grito de independencia y por el regreso de Cilia y Nicolás (“Los queremos de vuelta!”): el grito de un pueblo que, aun bajo chantaje, está decidido a no convertirse en una colonia energética, sino que pretende seguir siendo un sujeto activo en el mundo multipolar.

Comunicado cubanos (10)

COMUNICADO | El amor y convivencia pacífica anulan al fascismo racista

La comunidad en pleno de la Universidad Internacional de las Comunicaciones se suma al rechazo nacional e internacional generado  por las expresiones racistas, fascistas y clasistas expresadas por la extrema derecha venezolana en el exterior, en un evento público ocurrido en la ciudad de Madrid, España, bajo losauspicios de la alcaldía de esa ciudad.                              

Esta acción que pretendió sin éxito ofender nuestros orígenes étnicos -resultado de la fusión histórica de genes europeos, indios, negros y mestizos- evidencia la naturaleza mezquina e inmoral de quienes la suscriben y alertan a los pueblos del sur global que llevamos en la piel la historia de siglos de hermandad.

En tal sentido esta casa de estudios manifiesta:

1.- Su absoluto rechazo a las expresiones y acciones de odio, racismo, fascismo y clasismo que caracterizan a la extrema derecha mundial en general, y a la derecha radical venezolana en particular.

2.- Su respaldo absoluto e irrestricto a la presidenta (e) Delcy Rodríguez Gómez, como mujer valiente y humanista, protectora de nuestra Patria y como hermosa expresión genuina lo que somos: negros, indios, pardos, los humildes, los buenos, la inmensa mayoría.

3.- Su exhorto al pueblo venezolano a concentrarnos en el propósito superior de lograr la Paz y la unidad nacional, el amor y la convivencia pacífica en esta tierrade gracia bendecida por Dios y que nos ha sido dada en bendición.   

Somos las mujeres de LAUICOM
Somos Comunicación para la Liberación

Caracas 20 de abril 2026

Comunicado

COMUNICADO | LAUICOM repudia detención y deportación de Thiago Ávila

La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) repudia la detención y deportación de Thiago Ávila, coordinador de la Global Sumud Flotilla, por parte de las autoridades argentinas, impidiéndole participar en las actividades programadas en la tierra de San Martín, a favor del pueblo de Gaza.
 
LAUICOM llama a la unidad de las organizaciones sociales y políticas del mundo y especialmente de Nuestramérica en la condena a estas acciones de persecución a los líderes y activistas internacionales que apoyan la causa palestina y el derecho de la humanidad a vivir en paz.
 
Viva la solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo y la lucha por las causas justas.
 

¡Venceremos!

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Un secuestro, acicate de la Revolución

Fernando Buen Abad Domínguez

Quienes han podido desarrollar alguna conversación profunda con Nicolás Maduro podrían dar fe de la intensidad y la complejidad con que opera una inteligencia tan especial y tan transparente. Su cabeza es una multitud de ideas y reflexiones operando en tiempo real 24×7. Y eso debe estar multiplicándose en estas horas de secuestro que, nadie lo dude, está sirviendo como multiplicador de planes con rumbo al perfeccionamiento de la revolución socialista de Venezuela. Con Chávez como insignia. Son encierros que liberan capítulos heroicos de la historia.

Esto no es un elogio impresionista de culto a la personalidad; basta de eso. Esto es una reflexión amiga y un aprendizaje teórico en el cruce actual entre la subjetividad política, la dirección histórica revolucionaria y la lucha de clases. La lucha de Nicolás Maduro no puede ofenderse con caricaturas apologéticas y menos con demonizaciones simplistas; las horas y los días de su secuestro exigen una lectura hermana y respetuosa, capaz de valorar a un compañero, apartado contra su voluntad del proceso histórico que lo parió y que también lo eligió para completarse. En pie de lucha.

Indudablemente, aquellos que han interactuado directamente con él pueden destacar su modalidad y moralidad, caracterizada por la simultaneidad del estratega. Este juega una especie de ajedrez de 30 tableros simultáneos entre redes de sinapsis política, desplazamientos tácticos, reformulación constante de perspectivas y una autocrítica singular que oscila entre la introspección y la codificación estratégica. Esa forma de operar no es una excepción personal, sino un producto histórico madurado en la sedimentación de experiencias obreras, diplomáticas y partidarias en presión permanente y con no pocas victorias populares. Su trayectoria, que abarca desde el liderazgo sindical hasta el cargo de jefe de Estado, no es resultado de una formación académica estereotipada, sino de una práctica política intensiva. No obstante, su relevancia es notable en la generación de teorías que se moldean por y en la dialéctica de la lucha social y la geopolítica.

Y la Revolución Bolivariana, impulsada por Hugo Chávez, es su contención fundamental y no se explica su papel en ella por una genialidad individual, sino por la articulación de una lucha histórica colectiva en torno a la democratización del petróleo, la ampliación de mecanismos de participación y la construcción de una narrativa antiimperialista. Como Simón Bolívar en el discurso chavista, analizado desde la semiótica política, que opera como dispositivo de producción de sentido en torno a categorías como “pueblo”, “patria” y “socialismo”.

En el campo de batalla que significa su secuestro, Nicolás debe estar afilando las armas de la razón revolucionaria y velándolas bajo una doble tensión: por un lado, la necesidad de preservar la continuidad simbólica de Chávez como significante unificador; por otro, la obligación de superar la canallada imperial y sus estragos en la vida —económica, geopolítica e institucional— de su pueblo. Y no son momentos fáciles, aunque uno conozca las fortalezas de Nicolás, para convertir las adversidades en claridad de lucha. Ninguna contrariedad erosiona las convicciones que hicieron posible el consenso inicial. La intensidad de las ideas en las horas del secuestro debe interpretarse como gesto de militancia y como expresión viva de ese encargo histórico que Hugo Chávez y su pueblo le dieron para gobernar, incluso bajo asedio interno y externo. Nicolás lo sabe muy bien.

Quienes conocen a Nicolás saben que el contexto reciente lo radicalizará aún más en todas sus mejores convicciones. Su secuestro y traslado a las fauces del imperio, entre disparates y delirios burgueses sobre “narcoterrorismo”, sólo ha abierto un escenario de excepcionalidad geopolítica donde la inteligencia de Nicolás excederá ampliamente la coyuntura. Por ejemplo, desde su reclusión, ha emitido mensajes humanistas que apelan al diálogo y la convivencia sin resignar una sola de sus convicciones. Y eso introduce en la historia reciente de Latinoamérica una dimensión ética y moral nueva: el líder de un proyecto revolucionario, invocando formas de organización y resistencia, para enfrentar el menú macabro imperial y la dictadura de sus coerciones. Esta contribución no debe pasarse por alto; contiene un mensaje táctico brillante dentro de un campo de fuerzas asimétrico. Bajo la presión de horas muy duras. 

Esa situación de secuestro debe estar funcionando en Nicolás como “multiplicador de ideas” y como laboratorio de precisión conceptual. Su historia muestra que los momentos de adversidad extrema pueden operar como catalizadores de reflexión estratégica, pero también como dispositivos de consolidación política. El fallecimiento de Hugo Chávez es un ejemplo incontestable. No se trata de una apología del determinismo heroico en la adversidad: se trata de explicar con toda crudeza que la conciencia revolucionaria no se intensifica automáticamente; depende de las mediaciones organizativas, del vínculo con las masas y de la capacidad de traducir experiencia en programa. La adversidad como acicate en la revolución de las conciencias.

Nicolás no es un malabarista de eufemismos. Quienes lo conocen pueden dar fe de su palabra amiga, a veces cruda y dura, no dogmática, que no es cualidad individual del dirigente, sino fortaleza dinámica de la dirección política y la conciencia de clase. La revolución no se perfecciona en la lamentación de un líder, sino en la praxis colectiva que articula organización, producción y sentido. Incluso en los escenarios más dramáticos, el problema decisivo sigue siendo si las fuerzas revolucionarias logran transformar su experiencia en poder efectivo, o si quedan subsumidas en estructuras que reproducen nuevas formas de dominación. Con Nicolás secuestrado, cualquier análisis serio debe evitar ilusiones románticas: la fetichización del líder como fuente exclusiva de racionalidad histórica no nos sirve y tampoco la negación de su papel en la condensación de fuerzas sociales para garantizar la unidad.

Nada quisiéramos más que hacer llegar a Nicolás y a Cilia un abrazo fuerte y fraterno, y con él, hacerles saber que estamos entendiendo la coyuntura en unidad proactiva y en compromiso disciplinado con la revolución socialista y bolivariana. Que nos duelen todas las canalladas y las muertes que este episodio maldito impuso a su pueblo y que la “intensidad” de sus señales desde el encierro se lee con disciplina y responsabilidad. Que el significado del dolor por el secuestro y por las muertes no obnubila las tareas de la lucha social que vuelven más necesaria la praxis colectiva. Quienes conocen a Nicolás, es decir, su pueblo, saben bien que ese hombre está luchando por convertir la adversidad actual en acción revolucionaria superadora. Que está luchando para mantener la unidad porque, incluso en las horas amargas del secuestro, brilla la inteligencia chavista de un compañero cuyo destino, como el nuestro, es realizar el proyecto emancipador de la patria grande. Lo saben bien quienes lo conocen.

Comunicado

LAUICOM se une a la condena global por el asesinato de periodistas en el  Sur del Líbano

La Universidad Internacional de las Comunicaciones condena y repudia contundentemente el asesinato, desde un ataque aéreo israelí, de Fatima Ftouni, Muhammad Ftouni y Ali Choeib, periodistas quienes ejercían labores como equipo de prensa al Sur del Líbano.

Alzamos nuestras voces indignadas ante la descarada, vil y repugnante escalada de asesinatos a profesionales de la comunicación que se encontraban plenamente identificados, tal y como lo establece el capítulo III; artículo Nº 79 de la Convención de Ginebra sobre las medidas de  protección a los periodistas.

El ataque a periodistas y trabajadores de la prensa, además de ser una flagrante violación a los derechos humanos y por ende a la vida, a la comunicación y a la información, representa peligrosamente una agresión profunda, directa y con una carga de amenaza simbólica que pretende cegar los ojos de la humanidad a  la luz de la verdad,  la veracidad y la justicia.

Hoy más que nunca, es necesario que el dolor se convierta en fuerza transformadora para levantar las voces, fortalecer el trabajo y la protección internacional de las niñas, los niños, así como de  las mujeres y los hombres que ejercen con dignidad, resistencia y valentía, el ejercicio de la comunicación liberadora, porque  defender la verdad de los pueblos, es defender a la humanidad.

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Cómo los barrios venezolanos están re-diseñando el futuro urbano

Por: Armando Carrieri

La ciudadanía insurgente es una respuesta a la tendencia de desplazar a los pobres de sus espacios históricos

Esta Caracas del siglo XXI ha dejado de ser una simple acumulación de concreto para revelarse como un campo de batalla de ideas. Mientras la planificación impuesta —anclada en una lógica técnica y de negocios que favorece a los centros de poder— insiste en reducir el territorio a una mercancía sujeta a la especulación del dinero, en los barrios populares emerge una respuesta contundente: el urbanismo insurgente. No se trata solo de levantar muros o delinear veredas, sino de una lucha por el sentido mismo de la vida (disputa ontológica) por el derecho a existir y decidir sobre el hogar. A través del ingenio colectivo y el uso de la historia como defensa, comunidades como las de San Agustín, El Calvario y los Comités de Tierra Urbana rompen el control de los «expertos» para demostrar que, frente al robo sistemático que significa la gentrificación (expulsión de los pobres para dar paso a comercios o élites), la autogestión es la herramienta más poderosa de libertad política.

El suelo: ¿hogar o negocio de bancos?

La dinámica de la ciudad hoy está cruzada por una financiarización agresiva, un proceso que transforma el suelo y la vivienda en simples activos para generar intereses bancarios. En este esquema, la vivienda deja de ser un refugio para convertirse en un objeto de acumulación de riqueza, donde el derecho a la vida queda por debajo del valor de venta y la lógica del dinero frío.

Esta lógica se manifiesta con crudeza a través de la gentrificación, que lejos de ser una mejora «natural» de la zona, es una operación planeada de desplazamiento forzado. Bajo el barniz seductor de términos como «revitalización» o «rescate patrimonial», se oculta la expulsión de las comunidades originales para dar paso a personas con mayor poder adquisitivo. Esta reconfiguración no solo altera el mapa físico, sino que transforma al habitante en un consumidor pasivo de políticas públicas, quitándole su capacidad de actuar y toda decisión sobre la gestión de su propio hábitat.

Completando este desplazamiento económico, se despliega una criminalización de la vida en los barrios que actúa como herramienta de control. Usando etiquetas como «ilegalidad» o «marginalidad», el discurso oficial desprecia y deshumaniza los asentamientos populares, justificando la exclusión en lugar de resolver las causas del problema. Este marco no busca un orden justo, sino que crea una jerarquía donde solo el habitante con dinero es reconocido como ciudadano, mientras que las formas alternativas de construir comunidad son perseguidas y despojadas de su valor político.

Planificación de élite vs. urbanismo del pueblo

La disputa por el territorio nace de visiones opuestas sobre qué es la ciudad y para quién se construye. Por un lado, la planificación tradicional ve a la ciudad como un producto terminado, una mercancía diseñada para el negocio inmobiliario y el consumo, donde el espacio es una estructura rígida gestionada por una élite de técnicos que centraliza las decisiones. En este esquema, el vecino queda reducido a una «ciudadanía de consumo», siendo un receptor pasivo o «cliente» del Estado que prioriza el valor de venta sobre las necesidades humanas básicas.

Frente a este modelo, surge el Paradigma Insurgente de la Práctica Popular, una visión —basada en los aportes del investigador James Holston— que define el territorio como un escenario de lucha política y una construcción que nace del conflicto social. En contraste con la lógica del mercado, el urbanismo insurgente pone al vecino como un actor político que transforma su realidad. Esta visión rompe el monopolio del saber de los expertos mediante el uso del «intelecto colectivo», poniendo la dignidad de la vida por encima de la rentabilidad económica. De este modo, el territorio deja de ser un objeto de especulación para convertirse en el soporte de la soberanía.

Cómo los barrios venezolanos están rediseñando el futuro urbano

La ciudad no es algo que ya viene dado, sino una construcción histórica que nace de la participación activa. Este modelo apuesta por una «ciudadanía insurgente» donde el habitante se reconoce como alguien con poder para cambiar las cosas, sustituyendo el monólogo de los técnicos por el conocimiento de la comunidad. La gestión compartida y la producción de saber propio son los motores principales para garantizar que el espacio urbano recupere su valor humano y sirva fielmente a la dignidad de la vida.

Cuando el barrio toma las riendas de su espacio

La propuesta de una planificación alternativa comienza por dejar de ver la ciudad como un objeto estático, rechazando el urbanismo de oficina para entender que las propias comunidades producen su propio tiempo y espacio. En este proceso, el saber del pueblo surge como la herramienta política capaz de romper el control de los expertos, permitiendo que la producción social del hogar anteponga el derecho a la vida sobre los intereses del capital. Bajo esta lógica de autogestión y ayuda mutua, el acto de vivir se convierte en un ejercicio de libertad, donde la historia y la memoria del barrio no son nostalgia, sino un escudo táctico para resistir el desplazamiento.

Este nuevo modelo exige quitarle el estigma a lo «informal»: hay que dejar de verlo como una falta de orden para reconocerlo como una organización legítima que responde a las fallas de las instituciones tradicionales. Al impulsar una ciudadanía activa, se busca que el vecino deje de ser un beneficiario pasivo, promoviendo que todos controlen los recursos y el conocimiento técnico. El horizonte final apunta hacia el «Vivir Bien», donde los intereses económicos se sometan a las necesidades de la gente y el cuidado del ambiente, garantizando una convivencia armónica y justa en el territorio.

El saber del barrio y la resistencia política

La base de este movimiento se apoya en los pilares definidos por la investigadora Faranak Miraftab, quien ve la planificación como un ejercicio de resistencia. Ella identifica tres claves: romper las normas que excluyen, ir en contra de los intereses de los poderosos y tener una gran capacidad imaginativa para proyectar realidades fuera de los marcos del mercado.

Según James Holston, «la Ciudadanía Insurgente» es una acción política colectiva donde las luchas van más allá de pedir ‘un techo’ para exigir el control de los recursos y del saber (intelecto colectivo). Se basa en democratizar las decisiones para romper con el monopolio del Estado y que el vecino deje de ser un espectador que solo espera ayuda.

Casos de estudio: el barrio como escudo territorial

En Venezuela, la resistencia no es solo de palabras; es táctica. Tres ejemplos demuestran cómo la memoria y la organización funcionan como defensas:

Los Comités de Tierra Urbana (CTU)

Estas organizaciones rompieron la dependencia del Estado al realizar el catastro popular. Al mapear ellos mismos sus barrios, las comunidades desafiaron la etiqueta de «ilegalidad», transformando los datos técnicos en una herramienta de lucha y reconocimiento legal. Los CTU surgieron tras la Constitución de 1999 como una organización de base popular para impulsar la propiedad de la tierra en asentamientos espontáneos. Representan a ciudadanos que dejan de ser sujetos pasivos para ser los arquitectos de su propia realidad, desafiando mediante la autogestión el desprecio histórico de la planificación tradicional.

El fundamento central es combatir la inseguridad jurídica usando la «Carta del Barrio». A través de este documento, los vecinos cuentan su historia e identidad, transformando una ocupación en un proceso de reconocimiento legal. Este ejercicio organiza el territorio y fortalece el tejido social al convertir los recuerdos de la comunidad en un instrumento contra la exclusión. El catastro popular se distingue de las mediciones frías de oficina porque lo hacen los vecinos con especialistas, democratizando el saber. Este proceso, respaldado por el Decreto 8.198 de 2011, permite gestionar la propiedad sin los costos excesivos de los registros convencionales.

El barrio El Calvario de El Hatillo

Ubicado cerca de una zona de alto turismo y consumo, El Calvario ha enfrentado presiones para ser desplazado. En respuesta, la comunidad se definió como un “museo a cielo abierto”. Murales y rutas culturales son su herramienta para afirmar que el valor del barrio les pertenece a ellos. En lugar de aceptar que el patrimonio es algo que viene de fuera, lo usan para frenar intervenciones externas. Este «escudo» patrimonial no es estético, sino diseñado para evitar que el barrio se rompa frente a las lógicas de exclusión social de las zonas ricas vecinas.

El Calvario es emblemático porque la transformación vino de adentro. Líderes locales lograron pacificar el barrio sustituyendo la violencia por dinámicas culturales y deportivas. El territorio dejó de estar dividido por conflictos para ser una zona de encuentro que defiende la arquitectura popular frente al estilo colonial de El Hatillo. La recuperación de espacios como el Callejón Bruzual rompe con la narrativa de la «marginalidad». Al conectar historias ancestrales con el turismo comunitario, demuestran que la verdadera mejora urbana nace del ingenio colectivo y el sentido de pertenencia.

San Agustín del Sur

El proyecto 100% San Agustín es vanguardia en turismo comunitario y autogestión. Mediante los «Cumbe Tours», la comunidad muestra la autenticidad de su gastronomía y herencia afrovenezolana, tomando el control de su propia historia frente a los prejuicios externos. Los vecinos son los guías y administradores de sus recursos, asegurando que los beneficios económicos se queden en el barrio.

Un hito es la creación de la primera galería aérea del mundo en los techos de las casas, visible desde el Metrocable, lo que constituye una toma política del espacio. Este modelo de «libertad en el vivir» quita la etiqueta de zona peligrosa para posicionar a San Agustín como la parroquia cultural de Venezuela, protegiéndola mediante el arte contra los procesos de expulsión por dinero. Con su Plan 2020-2030, demuestran que el reconocimiento de la identidad colectiva es la herramienta más poderosa para combatir la exclusión.

En el sector Santa Eduvigis de la parroquia Santa Rosalía, en Caracas, se lleva a cabo una intervención que redefine la relación entre el urbanismo y la justicia social. La construcción de una carretera estratégica no solo busca mejorar la movilidad, sino también romper con el aislamiento histórico que ha marcado a los sectores populares. Más allá de la infraestructura, este proyecto encarna un modelo de gestión compartida, donde el Ministerio de Obras Públicas, los equipos técnicos del Gobierno de Caracas y las organizaciones del Poder Popular trabajan de manera articulada. Este enfoque asegura que las obras no solo cumplan con estándares de calidad, sino que también reflejen las necesidades y aspiraciones de la comunidad, posicionando a los habitantes como protagonistas activos de su propio desarrollo.

El financiamiento de estas iniciativas responde a una lógica que prioriza el bienestar colectivo sobre las dinámicas del mercado. Con recursos garantizados por el Gobierno nacional, la recuperación de los espacios públicos se convierte en una política de inversión social que reivindica el derecho a la ciudad. Este modelo también democratiza el conocimiento técnico, involucrando a las comunidades en todas las etapas del proceso. Durante las inspecciones lideradas por autoridades como la presidenta encargada Delcy Rodríguez, no solo se verifica el avance de las obras, sino que se fomenta un intercambio de saberes que rompe con el monopolio de los expertos y fortalece el tejido social.

Inauguración de los espacios rehabilitados del sector Santa Eduviges en Santa Rosalía por la presidenta (e) Delcy Rodríguez e integrantes de la Comuna Estrella del Sur. Foto Prensa Presidencial.

La planificación insurgente rompe con las normas urbanas que excluyen a las mayorías. Cuando el Estado falla como proveedor único, las comunidades crean un cambio de paradigma. En este contexto, la autoconstrucción se une a la «cultura maker» (la cultura del ingenio y el «hazlo tú mismo»), transformando el trabajo individual en un aprendizaje colaborativo. Esta práctica no es solo una respuesta a la pobreza, sino un acto de participación ciudadana y libertad. Al apropiarse de los medios para construir su espacio, las comunidades ejercen una arquitectura de la autonomía, convirtiendo la gestión del hogar en un ejercicio de soberanía colectiva que reclama el derecho político a decidir sobre el territorio.

El horizonte del «Vivir Bien»

Para construir un modelo de ciudad que no sea una «cárcel de cemento», se requiere que el Estado deje de ser un facilitador de negocios inmobiliarios y pase a ser un auténtico garante de derechos. El horizonte es el «Vivir Bien», donde el bienestar social y la ecología manden sobre los criterios económicos. Bajo este paradigma, los indicadores de felicidad y sostenibilidad deben ser el eje de toda política pública.

Para materializar esta soberanía local, se proponen dos herramientas legales: la consulta vinculante (ninguna intervención se hace sin aprobación comunitaria previa, libre e informada) y el veto comunitario (la capacidad legal de los vecinos para detener proyectos que amenacen su equilibrio social o ambiental). Esta última no es solo defensa, sino la garantía de que el territorio no puede ser vendido sin el permiso de quienes lo cuidan.

El urbanismo insurgente demuestra que las comunidades son capaces de producir su propio tiempo y espacio. Al final, la disputa por la ciudad es la disputa por nuestra propia autonomía: el derecho a vivir no es un regalo del Estado ni una transacción del mercado, sino un ejercicio fundamental de libertad. El horizonte no es solo pintar un mural, sino construir una ciudad donde el «Vivir Bien» subordine la acumulación de dinero a la dignidad de la vida. En la medida en que los vecinos sigan siendo dueños de su destino, la ciudad dejará de ser un activo financiero para volver a ser lo que siempre debió ser: el soporte vital de nuestra soberanía colectiva.

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CRONOLOGÍA | El secuestro que estremeció al mundo: Maduro y Cilia, símbolos de dignidad

Se están escribiendo nuevas páginas de nuestra historia con la impronta de la valentía, la solidaridad, la fuerza y la dignidad de un pueblo que sigue construyendo en paz su futuro. Esta epopeya, por supuesto, tiene sus grandes héroes y heroínas, hombres y mujeres que iluminan, guían y encarnan en sí misma la esencia de nuestra Patria.

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Palabras de Jenniree Pérez, participante de la Cohorte XX del Diplomado en Comunicación Política

«Buen día para todos los presentes»

Agradeciendo de antemano a las autoridades presentes en especial a nuestra diputada a la Asamblea Nacional, Militante del PSUV, líder y rectora Tania Díaz, gracias a usted y a todo su equipo de trabajo hoy estamos aquí, dándolo todo para siempre hablar con la verdad. Gracias

Compañeros y compañeras hoy cerramos una etapa, pero más que un certificado, nos llevamos una nueva forma de mirar el mundo.

Al iniciar este diplomado en Comunicación Política, buscaba técnicas de persuasión; sin embargo, me encontré con algo más valioso: la ética de la palabra.

Aprendí que comunicar no es solo emitir mensajes, sino tener la valentía de conectar con las necesidades reales de la gente.

Me voy con el corazón lleno de gratitud.

Gracias a nuestros profesores por desafiar mis pensamientos y a mis compañeros por cada debate que nos hizo crecer.

Ahora me toca y nos toca salir de aquí y convertir lo aprendido en puentes que sirvan para llevar nuestra a verdad a otras fronteras.

Que nuestras palabras nunca sirvan para dividir, sino para construir soluciones y dar voz a quienes no la tienen.

Estoy muy feliz de conocer gente tan maravillosa el cual a futuro espero trazar trabajos juntos!

Hoy, Mañana y Siempre, GRACIAS A LAUICOM.

Que viva Chávez
Que viva Maduro y Cilia.
¡Los queremos de vuelta!

MUCHAS GRACIAS!

¡Felicidades, graduados! Lo logramos.»

Lic. Jenniree Pérez
Minppal Ministerio del Poder Popular para la Alimentación

pregrado

Lea aquí: Presentación del Programa Nacional de Formación en Comunicación de Lauicom

Hoy presentamos un programa académico en Comunicación. Hoy levantamos una trinchera de pensamiento, un acto de insurgencia epistémica en medio de la guerra cognitiva que vive nuestra América. Este Programa Nacional de Formación en Comunicación, con sus menciones en: Comunicación Política, Comunicación Digital, Comunicación Popular y Gestión de la Comunicación, es un proyecto pedagógico profundamente político, un gesto de amor a la patria y de defensa de la humanidad.

Desde sus fundamentos, este programa se erige sobre una triada epistémica irrenunciable para nuestra patria: Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Hugo Chávez. De Bolívar heredamos la convicción que la comunicación es “artillería del pensamiento”, un arma contrahegemónica para denunciar imperios y fundar proyectos civilizatorios basados en la mayor suma de felicidad posible. Por ello, no formaremos meros operadores técnicos, sino soldados de la palabra, que como el Libertador, comprendan que la primera de todas las fuerzas es la opinión pública.

De Simón Rodríguez, nuestro maestro Robinson, asumimos el mandato descolonial: “Inventamos o erramos”. Este programa no copia modelos eurocéntricos; es una creación situada, contextualizada, que vincula el saber con el hacer, la teoría con el territorio, la educación con la producción de vida. Es una educación popular en el sentido robinsoniano: para todos y todas, desde lo nuestro, orientada a la mudanza cultural que requiere la verdadera independencia.

De Hugo Chávez, el comunicador popular, aprendimos que la comunicación noes un oficio neutral, sino una herramienta de combate para la revolución de las conciencias. Chávez nos enseñó a democratizar la palabra, a crear medios del pueblo, a entender la economía política de la comunicación y a asumir la pedagogía política como acto de amor. Este programa es hijo de su visión estratégica y de su llamado a formar comunicadores con perfiles críticos, teóricos y militantes.

En la actualidad, nuestro presidente obrero, Nicolás Maduro, como muestra de gran fortaleza y compromiso irreductible con el pueblo venezolano, ha consolidado todo este legado comunicacional en el método: medios, redes, calles, paredes y radio bemba; del cual nos apropiamos para asirlo como estrategia en defensa de la humanidad y del respeto al derecho internacional, al unirnos a su mensaje “Nosotros y nosotras venceremos”.

De este modo, el PNF en Comunicación que hoy presentamos, es una propuesta curricular innovadora, organizada en ejes que integran la convivencia eco-territorial, lo sociohistórico-político, lo técnico-innovador y el proyecto socio integrador comunicacional. Donde formaremos profesionales comprometidos con una nueva ética y estética de la comunicación, a través de cuatro menciones especializadas, que responden a urgencias concretas presentes en el contexto actual de nuestros pueblos:

Comunicación Política: Para el ejercicio de la vocería popular, el liderazgo colectivo y la disputa del sentido en escenarios de guerra cognitiva.

Comunicación Digital: Para el desarrollo de la soberanía tecnológica, el manejo crítico de plataformas y la creación de contenidos contrahegemónicos en el entorno y plataformas digitales.

Comunicación Popular: Para la sistematización de la voz territorial, organización del pueblo, producción del cine comunal y la agitación cultural desde las bases del poder popular.

Gestión de la Comunicación: Para el diseño de campañas, la producción intelectual y el despliegue de estrategias comunicacionales en organizaciones al servicio del pueblo.

Todas confluyen en un mismo perfil del egresado o egresada, profesionales con potencialidades éticas, conciencia de clase y patria, investigadores, investigadoras, transformadores, transformadoras, capaces de descodificar la guerra cognitiva y producir narrativas emancipadoras.

En consecuencia, este programa es pertinente y urgente, pues vivimos un tiempo de cerco mediático, de algoritmos que homogeneizan el pensamiento, estamos en el medio de una guerra no convencional donde el campo de batalla es la subjetividad. Frente a la colonización de la mente, oponemos la comunicación para la liberación. Formaremos comunicadores y comunicadoras que no serán voceadores de agendas ajenas, de intereses foráneos, sino constructores de soberanía cognitiva, defensores de la verdad como principio bolivariano, y tejedores de la dicha comunal.

Este programa es, en sí mismo, un acto de resistencia y creación. Nace de una construcción colectiva entre universidades del pueblo, como lo son la Universidad Internacional de las Comunicaciones, la Universidad Politécnica Territorial de los Altos Mirandinos Cecilio Acosta y la Universidad Nacional de las Comunas, quienes hermanadas despliegan una pedagogía crítica que asume la educación como praxis transformadora por el derecho a ejercer la ternura de los pueblos. No queremos profesionales desarraigados; queremos comunicadores y comunicadoras con los pies en el barrio, en la comuna, en la
fábrica, en la lucha.

Convocamos a nuestras y nuestros jóvenes a asumir este desafío histórico. Los necesitamos escribiendo, grabando, difundiendo, organizando. Los necesitamos con un micrófono, una cámara, un mural, un algoritmo propio como armas para ganar la batalla por las ideas. Los necesitamos siendo, como soñó Chávez, artillería del pensamiento y el sentimiento revolucionario.

Que este Programa Nacional de Formación en Comunicación sea, entonces, un faro en la noche del monopolio mediático. Un espacio donde se forje el comunicador y la comunicadora para la patria nueva. Donde la palabra vuelva a ser, como en Angostura, un acto fundacional.

¡Con Bolívar, con Rodríguez, con Chávez y con Maduro: Que viva la
comunicación liberadora!
¡Leales Siempre, Traidores Nunca! ¡Viviremos y Venceremos!

Caracas, 09 de febrero de 2026.

Libertad

Diccionario de la lucha: la paz venezolana también significa unidad

Hoy la paz en Venezuela dejó de ser, después de la invasión imperial yanqui y del secuestro del presidente en funciones, una noción ingenua asociada al simple silencio de las armas o a la estabilidad administrativa garantizada por el orden heredado. Desde ese punto de quiebre histórico, la paz se resignifica como una conquista política, ética y cultural, inseparable de la soberanía y de la conciencia popular. La revolución bolivariana, al emerger de ese trauma colectivo, no sólo resistió una agresión concreta, sino que inauguró horizontes inéditos para pensar la paz como proceso histórico, como praxis transformadora y como antagonismo activo frente a la violencia estructural del capitalismo imperial.

Tal invasión no fue únicamente un episodio militar o un acto puntual de fuerza; fue la manifestación descarnada de una lógica imperial que concibe a los pueblos como objetos administrables y a sus gobiernos como piezas descartables. El secuestro del presidente, más que una interrupción institucional, fue un intento de secuestro de la voluntad popular, un mensaje dirigido a toda América Latina, la democracia sólo es tolerable mientras no cuestione la arquitectura del poder global. En ese contexto, hablar de paz sin desmontar las condiciones que hacen posible la agresión habría sido una forma de complicidad. La revolución bolivariana comprendió que la paz no podía seguir siendo un valor abstracto separado de las relaciones de fuerza reales.

Desde entonces, la paz comienza a definirse como capacidad colectiva de resistir en unidad sin reproducir la lógica del verdugo, de defender la vida sin someterla al chantaje de la dominación. No es una paz pasiva ni contemplativa, sino una paz en disputa, que se construye enfrentando las causas materiales y simbólicas de la violencia. El imperialismo yanqui no necesita siempre bombardear para destruir; le basta imponer bloqueos, sanciones, narrativas criminalizadoras y asfixias económicas que convierten la vida cotidiana en un campo de batalla silencioso. Frente a esa guerra difusa, la revolución bolivariana plantea una paz activa, consciente y organizada.

Este nuevo significado de la paz rompe con la tradición liberal que la reduce a equilibrio institucional o a consenso entre élites. La paz revolucionaria es, ante todo, justicia social en movimiento. No puede haber paz donde el hambre es inducida, donde la salud es mercancía o donde la educación es privilegio. La revolución bolivariana aporta a la teoría política latinoamericana la idea de que la paz no se negocia desde la debilidad ni se implora al agresor; se construye fortaleciendo al sujeto popular, ampliando derechos y democratizando el poder. En esa clave, la paz deja de ser un fin distante y se convierte en método de lucha.

Esa experiencia venezolana demuestra que el imperialismo teme más a los pueblos organizados que a los ejércitos convencionales. Por eso la agresión se dirige contra la moral colectiva, contra la memoria histórica y contra la capacidad de imaginar futuros distintos. La revolución responde con pedagogía política, con comunicación popular y con una ética de la solidaridad que desafía el individualismo impuesto. La paz, aquí, es también una batalla cultural, disputar el sentido común que naturaliza la dominación y presentar la resistencia como un acto de amor a la vida.

En este horizonte, la paz se redefine como soberanía integral. No sólo soberanía territorial, sino soberanía económica, alimentaria, tecnológica y comunicacional. Cada dependencia impuesta es una grieta por donde se filtra la violencia imperial. Cada capacidad recuperada es un acto de pacificación profunda, porque reduce la posibilidad de chantaje y de sometimiento. La revolución bolivariana entiende que un pueblo dependiente es un pueblo permanentemente amenazado, y que la paz duradera exige autonomía real para decidir el propio rumbo.

En la dialéctica de la lucha bolivariana esta nueva paz no es conciliadora con la injusticia. No busca armonizar intereses irreconciliables ni esconder el conflicto bajo el lenguaje de la neutralidad. Asume que hay contradicciones históricas entre imperio y pueblo, entre capital y vida, entre dominación y emancipación. La paz revolucionaria no elimina esas contradicciones por decreto, pero las enfrenta desde una racionalidad distinta, donde la violencia no es glorificada, pero tampoco se acepta como destino inevitable. Se trata de desplazar la guerra del terreno militar al terreno político, cultural y moral, donde el pueblo organizado tiene ventajas decisivas.

Después del secuestro presidencial, Venezuela aprendió que la institucionalidad sólo es fuerte cuando está sostenida por un sujeto popular consciente. La paz, entonces, ya no se deposita en las manos de intermediarios, sino que se distribuye como responsabilidad colectiva. Cada comuna, cada consejo, cada espacio de participación se convierte en un núcleo de paz activa, porque fortalece el tejido social que el imperialismo intenta fragmentar. La paz deja de ser centralizada y se vuelve capilar, cotidiana, defendida desde abajo.

Este aporte de la revolución bolivariana trasciende las fronteras nacionales. Propone a los pueblos del mundo una lectura crítica de la paz como categoría política secuestrada por los vencedores de la historia. Frente a la “paz” de los cementerios, la “paz” de los mercados y la “paz” de la obediencia, Venezuela plantea una paz con conflicto, con memoria y con proyecto. Una paz que no se arrodilla ante el agresor ni renuncia a la justicia para evitar el castigo.

Así, el nuevo significado de la paz en Venezuela nace de una herida abierta por la invasión imperial, pero se transforma en una fuente de pensamiento y acción emancipadora. No es una paz ingenua ni derrotada, sino una paz que sabe defenderse, que se sabe histórica y que se sabe incompleta mientras exista un sólo pueblo sometido. En esa conciencia reside su potencia dialéctica, la paz como lucha permanente por la dignidad, la autodeterminación y la vida plena, frente a un imperio que sólo puede ofrecer silencio impuesto y orden para pocos.

Autor: Fernando Buen Abad

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¿Qué hay de nuevo, Davos?

Fernando Buen Abad Domínguez*

Davos es un ritual anual de apareamiento simbólico (y no sólo) entre capitales, Estados y corporaciones. Davos, y su reunión de jerarcas del Foro Económico Mundial (WEF), del 19 al 23 de enero de 2026, no empieza con sus discursos, sino con su escenografía, un valle alpino pulcro, blindado, nevado, donde el frío funciona como metáfora de la distancia social y moral entre quienes deciden y quienes padecen. Davos es un signo antes que ser un evento. Un signo que se repite cada año para reafirmar una idea central del capitalismo tardío: el mundo está en crisis, pero la crisis se administra mejor desde salones calefaccionados, con credenciales colgadas al cuello y un lenguaje que simula preocupación mientras protege intereses. Hablar de Davos es leer un texto cargado de símbolos hegemónicos, silencios y gestos calculados, donde el significado nunca coincide del todo con lo que se dice. El lema de este año es “A spirit of dialogue” (Un espíritu de diálogo) y su plan es fomentar cooperación y conversaciones francas en un mundo cada vez más dividido. 

Será un “encuentro al borde del abismo” y no es una fórmula retórica. El abismo aparece como un fenómeno natural, casi geológico, no como el resultado histórico de políticas extractivas, jugosas guerras planificadas, saqueos financieros y devastaciones sociales. Nadie en Davos dice “nosotros cavamos este abismo”. Se dice “el mundo enfrenta riesgos”, “la humanidad vive tensiones”, “la incertidumbre crece”. El sujeto se diluye, la responsabilidad se evapora, el sistema queda intacto. Su escenografía opera como anestesia, sus palabras adormecen al público, sus conceptos desactivan el conflicto de clase, sus narrativas convierten la catástrofe del capitalismo en un problema técnico de gestión. 

Un número nutrido de comerciantes de guerras no llegará con botas ni fusiles, llegará con trajes oscuros y powerpoints. Hablarán de “seguridad”, “estabilidad regional”, “reconstrucción”, “industria de defensa”. Cada palabra como eufemismo cuidadosamente pulido para ocultar la sangre detrás del balance. Las guerras, vistas en Davos, no son una tragedia, sino una oportunidad de inversión. Un mercado emergente. Hablarán de contratos, innovación tecnológica, alianzas estratégicas. La semiótica bélica del foro transforma la muerte en externalidad, y la destrucción, en indicador de crecimiento. 

Estarán los engañadores mediáticos seriales. Son los intérpretes oficiales del sentido. Traducen el cinismo en optimismo, la codicia en liderazgo, el saqueo en reforma. Presentan a Davos como un espacio plural, diverso, dialogante, cuando en realidad es un coro afinado en torno a una partitura única: la continuidad del orden existente. El pluralismo es escenográfico. La semiótica mediática de Davos consiste en mostrar debate donde hay consenso estructural, y diversidad donde hay homogeneidad ideológica. 

Irán los buitres financieros que siempre sobrevuelan el foro como aves sagradas del capital. No necesitan hablar mucho; su lenguaje es el movimiento invisible de los mercados, las expectativas, las calificaciones de riesgo. Allí se negocian futuros que no les pertenecen a quienes los van a vivir. Países enteros aparecen reducidos a gráficos, poblaciones convertidas en variables, derechos transformados en costos. El abismo, para ellos, no es un peligro, sino una ventaja competitiva; cuanto más profunda la crisis, más barata la oportunidad. 

Davos funciona como un gran dispositivo de legitimación. No produce decisiones vinculantes, pero produce sentido. Y el sentido es poder. Define qué es un problema y qué no, qué es urgente y qué puede esperar, quién habla con autoridad y quién queda fuera del encuadre. La pobreza se discute, pero nunca como consecuencia necesaria de la riqueza concentrada. La desigualdad preocupa, pero no lo suficiente como para alterar la estructura que la reproduce. Todo se dice en un lenguaje que simula autocrítica, sin tocar el núcleo del sistema. 

Su “espíritu de diálogo”, otro ejercicio de signos amenazantes. ¿Diálogo entre quiénes? No dialogan los pueblos con quienes deciden sobre sus recursos. Dialogan élites entre sí, negociando matices, no fundamentos. Es un diálogo endogámico, autorreferencial. La semiótica del diálogo en Davos es profundamente antidemocrática porque confunde conversación entre poderosos con deliberación colectiva. ¿Qué esperar entonces de este encuentro al borde del abismo? No soluciones estructurales, sino relatos tranquilizadores. No justicia, sino filantropía cosmética. Davos no es el lugar donde se evita el abismo, es el lugar donde se aprende a convivir con él, a administrarlo, a sacarle provecho sin caer dentro. Es la sala de control simbólico de un sistema que sabe que está en crisis, pero no está dispuesto a dejar de ser lo que es. 

Davos, leído críticamente, se convierte en evidencia. Muestra con claridad obscena la desconexión entre el poder global y la vida de los pueblos. Exhibe la obscenidad de un mundo donde quienes hablan de salvar el planeta llegan en jets privados, quienes hablan de paz invierten en armas, quienes hablan de igualdad acumulan fortunas inimaginables. Una de las batallas centrales es semiótica: quién nombra el mundo, con qué palabras, para beneficio de quién. Davos es una fábrica de nombres falsos. Llaman “crisis” a lo que es saqueo, “riesgo” a lo que es injusticia planificada, “futuro” a lo que es repetición ampliada del desastre. 

Mientras los comerciantes de guerras, los engañadores mediáticos y los buitres financieros sigan monopolizando el sentido, el mundo seguirá al borde, no por fatalidad, sino por diseño. Lo peligroso no es Davos en sí, sino la naturalización de su narrativa como si fuera la única posible. Frente a eso, la semiótica crítica no es un lujo académico, es una herramienta de supervivencia simbólica. Porque quien controla el significado, controla el rumbo. Y Davos lo sabe. 

*Doctor en filosofía 

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Lucha histórica: Simón Bolívar vs. James Monroe, 200 años de pugna

Sistematizado por: Francisco Quevedo

Si crees que el problema de Estados Unidos contra Venezuela es reciente, pues necesitas más información para entender la magnitud del conflicto.

El papel de John Baptiste Irvine, el enviado que intentó desafiar nuestra soberanía

La historia de nuestra Patria no es solo una de batallas con espadas, sino también de una lucha de ideas que aún resuena hoy. En el siglo XIX, mientras Venezuela derramaba sangre para ser libre, se gestaba un choque entre dos visiones del mundo: la de nuestro Libertador Simón Bolívar y la del presidente estadounidense James Monroe.

¿Quiénes eran estos protagonistas?

Simón Bolívar (El Libertador): El gigante de nuestra tierra. Presidente de Venezuela y de la Gran Colombia, cuya visión no se detenía en fronteras locales. Él buscaba la unión de los pueblos americanos que habían sido colonias españolas para formar una sola nación, tan grande y poderosa que pudiera tratar de igual a igual con el resto del mundo.

James Monroe: El quinto presidente de los Estados Unidos (1817-1825). Fue el autor de la famosa «Doctrina Monroe», que bajo el lema «América para los americanos», escondía en realidad la intención de que Estados Unidos fuera el nuevo tutor del continente, desplazando a las potencias europeas para quedarse ellos con el control.

Mientras Bolívar fundaba repúblicas y luchaba contra el imperio español, Monroe gobernaba en Washington. Sus caminos se cruzaron políticamente entre 1817 y 1825, un periodo crítico donde Venezuela exigía respeto a su soberanía y Estados Unidos solo buscaba proteger sus intereses comerciales.

El insolente John Baptiste Irvine y la respuesta de Bolívar

En 1818, James Monroe envió a Venezuela a un agente diplomático llamado John Baptiste Irvine. Pero no vino a reconocer nuestra independencia, sino a reclamar dinero. Dos barcos estadounidenses (Tigre y Libertad) habían sido capturados por los patriotas venezolanos mientras intentaban vender suministros y armas a los realistas españoles que masacraban a nuestro pueblo.

Irvine, con una actitud arrogante y colonialista, exigía que se le devolvieran los barcos, argumentando que Estados Unidos era «neutral». Fue aquí donde Bolívar sacó la casta por nuestra soberanía. En una serie de cartas famosas, el Libertador le puso un freno histórico al enviado de Monroe, explicándole que no permitiría que se ultrajara al Gobierno de Venezuela. Bolívar fue enfático: para nosotros era lo mismo combatir contra España que contra el mundo entero si se nos ofendía. El Libertador dejó claro que Venezuela no se arrodillaba ante nadie, ni ante España ni ante la potencia del norte que pretendía lucrarse con la guerra de otros.

Santander: El enviado que prefirió el norte

Mientras Bolívar defendía la soberanía con firmeza, en las sombras crecía una figura que terminaría traicionando el ideal de unión Grancolombiana: Francisco de Paula Santander. Santander, quien fue vicepresidente de la República de Colombia (algunos la llaman Gran Colombia), sentía una admiración excesiva por el modelo de los Estados Unidos.

Su traición no fue solo política, sino de principios: prefirió las leyes y el sistema de Washington antes que el sueño de Bolívar de una confederación de pueblos hermanos. Santander paso de ser Centralista a llamarse Federalista. Mientras Bolívar desconfiaba de las verdaderas intenciones de Monroe, Santander buscaba su aprobación, facilitando la división de la Gran Colombia y debilitando la fuerza que el Libertador había construido con tanto sacrificio.

El Congreso de Panamá vs. el Panamericanismo

En 1826, Bolívar convocó al Congreso Anfictiónico de Panamá. Su idea era formar una «Sociedad de Naciones» americanas. Bolívar no quería una unión bajo el mando de EE. UU.; de hecho, su intención era unir a los pueblos que compartían la misma historia de lucha contra el colonialismo.

Sin embargo, sectores influenciados por la visión de Santander permitieron que el espíritu de este Congreso fuera infiltrado por lo que hoy conocemos como Panamericanismo. La diferencia es clave: el ideal de Bolívar era una unión de repúblicas hermanas y soberanas para resistir a cualquier imperio, mientras que el Panamericanismo de Monroe terminó siendo una estrategia para que Estados Unidos pusiera las reglas en todo el continente.

Doctrina Bolívar vs. Doctrina Monroe

Para entender nuestra lucha actual por la independencia, debemos entender estas dos visiones opuestas. Por un lado, la Doctrina Monroe planteaba que América debía estar bajo la influencia de Estados Unidos, practicando el intervencionismo y decidiendo por los demás países. Por el otro, la Doctrina Bolivariana defendía que la Patria es la América, basándose en la autodeterminación y el derecho absoluto de Venezuela a ser dueña de su destino sin interferencias extranjeras.

Hoy, el espíritu de Bolívar sigue vivo en cada venezolano que defiende su tierra y su orgullo nacional. James Monroe pasó a la historia como el autor de una doctrina de control; Simón Bolívar es y será siempre el faro eterno de la libertad y la soberanía absoluta de Venezuela.

Las preguntas a las lectoras y los lectores

1) Para quien lee ¿Estás con Bolívar o Monroe?

2) Para los venezolanos en particular ¿Eres patriota venezolano o agente gringo en Venezuela?

Cuba, Venezuela

LAUICOM rinde tributo a los 32 hermanos cubanos que defendieron la soberanía de nuestro país

La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) rinde tributo a los 32 hermanos cubanos dignos herederos del Apóstol José Martí quienes han pasado a la inmortalidad defendiendo la soberanía de la patria del Libertador Simón Bolívar, al Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros y de la Diputada – Primera Dama, Cilia Flores.

En nombre de la Rectora Tania Díaz, de los profesores y trabajadores de LAUICOM extendemos nuestra solidaridad al pueblo cubano en momentos de gran dolor que refuerzan el compromiso en seguir firmes y más unidos que nunca en el pensamiento y la acción de los Comandantes Fidel Castro Ruz y Hugo Chávez Frías.

Con Alí Primera levantamos nuestros puños en alto y les prometemos seguir luchando por la alborada.

Hasta la victoria siempre, camaradas.

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Trump y su “fuck you” | No es “fake”, no es “IA”

Fernando Buen Abad Domínguez

Rector Internacional de la UICOM y Director de la Cátedra Sean MacBride

Esto no puede reducirse a un “descuido” de estilo personal ni a una mera desviación del decoro institucional; constituye un fenómeno estructural que revela la forma en que el poder se representa, se impone y se naturaliza en una coyuntura histórica determinada. Cuando un mandatario recurre sistemáticamente a gestos ofensivos, insultos públicos, descalificaciones humillantes y una teatralidad agresiva, no estamos ante un error comunicacional, sino ante una estrategia semiótica consciente o inconsciente que desfigura el vínculo entre gobernante y gobernados. La obscenidad, en este contexto, opera como un signo de dominación que busca erosionar el pacto simbólico entre autoridad y pueblo, sustituyendo la legitimidad ética por la dictadura de la imposición emocional, el escándalo permanente y la violencia discursiva. El cuerpo del mandatario, su voz, su gesto, su mímica y su léxico se convierten en dispositivos de poder que comunican desprecio, superioridad y amenaza, produciendo una semiosis donde la ofensa no es un exceso, sino el personaje mismo.

Desde una perspectiva filosófico-crítica, esta obscenidad política puede leerse como una forma de cinismo del poder, en el que la negación de la dignidad del otro se transforma en espectáculo. El insulto deja de ser una anomalía para convertirse en una disfunción de gobierno, deshumanizar al adversario, ridiculizar al diferente, estigmatizar al débil y exhibir impunidad frente a las normas que rigen la convivencia democrática. En este marco, la obscenidad funciona como una pedagogía autoritaria que enseña a la sociedad que el poder puede hablar sin límites, que la violencia simbólica es aceptable si proviene de arriba y que el respeto ya no es una condición del mando, sino una debilidad. La semiótica del insulto produce una reorganización del campo político, desplaza el debate racional, degrada el lenguaje público y normaliza la agresión como forma legítima de intervención en lo social.

Este gesto obsceno, entre muchos otros, del mandatario no interpela a la ciudadanía como sujeto político, sino como masa emocional a ser provocada, dividida y movilizada por impulsos primarios. Ese gesto “fuck you” no busca convencer, sino someter; no intenta argumentar, sino marcar territorio. Se trata de una semiosis del desprecio, donde el dedo no apunta a la construcción de sentido compartido, sino a la imposición de una jerarquía simbólica. En este esquema, el pueblo es reducido a objeto de burla, sospecha o amenaza, mientras el gobernante se autoerige como figura excepcional, situada por encima de toda norma moral y de todo límite discursivo. La obscenidad se vuelve así un signo de dictadura absoluta, el poder se exhibe precisamente en su capacidad de violar las reglas sin consecuencias.

Esta dinámica revela una profunda regresión del espacio público, donde la gestualidad deja de ser un instrumento de mediación social para convertirse en un arma de desprecio. La obscenidad no sólo degrada al receptor del mensaje, sino que corrompe el propio tejido simbólico de la comunidad política. Al repetirse, el insulto presidencial erosiona la frontera entre lo decible y lo indecible, banaliza la violencia verbal y prepara el terreno para formas más explícitas de exclusión y coerción. Nuestra semiótica crítica muestra que no hay neutralidad en estos signos, cada ofensa es un acto político que refuerza estructuras de poder desiguales, legitima prejuicios históricos y reactiva narrativas de supremacía, miedo y odio.

Desde una lectura más radical, puede afirmarse que la obscenidad del mandatario expresa una crisis de representación, incapaz de sostener su autoridad en un proyecto ético o racional, el poder recurre a la provocación obscena como sustituto de legitimidad. El insulto opera como cortina de humo que oculta la ausencia de propuestas transformadoras, mientras captura la atención mediática y mantiene a la sociedad atrapada en una dinámica reactiva. La ofensa se convierte en mercancía simbólica, reproducida hasta el agotamiento por los medios de comunicación, que funcionan como amplificadores acríticos del gesto obsceno. Así, la semiosis del poder se articula en un circuito perverso donde la violencia discursiva se recicla como entretenimiento político.

Esa obscenidad presidencial también cumple una función disciplinaria, envía un mensaje claro a quienes disienten, advirtiendo que la crítica será respondida con humillación pública. Se instaura así un régimen de intimidación simbólica que busca desalentar la participación política consciente y sustituirla por el miedo, la burla o el fanatismo. El lenguaje se degrada hasta convertirse en un instrumento de castigo, y la figura del mandatario encarna una autoridad que no dialoga, sino que agrede. Desde la semiótica del poder, este fenómeno puede entenderse como una forma de violencia simbólica institucionalizada, donde el insulto oficial legitima la reproducción social del desprecio y la exclusión.

En última instancia, la obscenidad del gobernante no es un problema de modales, sino un síntoma de una forma de poder que ha renunciado a la ética pública y ha convertido la comunicación política en un campo de batalla emocional. El signo obsceno revela una concepción del pueblo como enemigo potencial, como masa a ser controlada mediante la provocación y el miedo. Esta semiosis no sólo daña a quienes son directamente ofendidos, sino que empobrece el horizonte democrático en su conjunto, al sustituir el diálogo por el escarnio y la deliberación por el espectáculo. La crítica filosófica y semiótica permite comprender que estas señales obscenas no son anecdóticas, sino estructurales, expresan un modelo de dominación que necesita humillar para gobernar, provocar para existir y ofender para reafirmarse. En esa obscenidad se condensa una verdad incómoda del poder contemporáneo, cuando el lenguaje se vuelve arma y el gesto se vuelve insulto, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se transforma en un ejercicio de violencia simbólica permanente contra la dignidad del pueblo.

Este mandatario que utiliza gestos, palabras y conductas obscenas frente a la ciudadanía constituye un fenómeno semiótico de múltiples capas, donde lo visible y lo simbólico se entrelazan para generar significados complejos, conflictivos y a menudo polarizadores. En la esfera política, la obscenidad no es simplemente un acto vulgar; es un signo que despliega una narrativa de poder y de legitimación, a la vez que expone tensiones profundas entre lo institucional y lo personal, entre la autoridad formal y la ética del discurso público. Los gestos que ofenden, las expresiones que humillan, las palabras que transgreden convenciones de respeto y decoro se convierten en signos cargados de un contenido ideológico, emocional y social que trasciende su mera forma.

Cada señal, cada gesto, cada insulto se inscribe en un sistema de comunicación donde el cuerpo del mandatario funciona como un texto abierto, interpretable desde múltiples perspectivas. Desde una lectura semiótica, la obscenidad en el liderazgo político no es accidental; es un recurso performativo que articula el poder de manera directa, inmediata y, muchas veces, transgresora, generando un efecto de shock que obliga al espectador a posicionarse. Este tipo de comunicación rompe con la narrativa tradicional de la política como espacio de moderación y racionalidad, introduciendo la emoción cruda, la confrontación explícita y la provocación como herramientas de control discursivo y mediático.

Esa semiosis que se produce en este contexto no se limita al intercambio convencional de signos; se configura como un acto de poder performativo que redefine los límites de lo aceptable y lo ilegítimo, desafiando la noción de autoridad basada en la ética y la responsabilidad pública. Al observar la obscenidad del mandatario, se evidencia un uso estratégico de la corporalidad y del lenguaje, en el que la agresión verbal o gestual funciona como signo de autoridad, al mismo tiempo que establece fronteras simbólicas con aquellos que son percibidos como adversarios o como parte de una audiencia subordinada. La ofensa se transforma, así, en un marcador identitario que delimita quién pertenece al círculo de poder y quién queda fuera, generando una narrativa de inclusión y exclusión donde el mandato se legitima a través de la transgresión misma de normas sociales y culturales.

Esa conducta es un ejercicio de poder que se manifiesta a través del signo, una hegemonía que no sólo regula comportamientos materiales, sino que también moldea la percepción de lo que es políticamente posible y lo que se considera moralmente reprochable. La obscenidad se convierte en un modo de performar la soberanía, de declarar que el mando no está sujeto a los códigos tradicionales, que la autoridad se ejerce por encima de las normas sociales y que el discurso público puede ser territorio de confrontación explícita, agresión simbólica y manipulación emocional. La interacción entre signo y receptor adquiere aquí una intensidad particular, el gesto obsceno del mandatario funciona como detonador de emociones, polariza opiniones y provoca la activación de estructuras cognitivas y afectivas que reconfiguran la percepción de legitimidad y de poder.

Trump con sus obscenidades genera un campo semiótico en el que la violencia simbólica, la provocación y la teatralidad se articulan para sostener un estilo de liderazgo que depende de la atención constante, del escándalo y de la polarización. En este sentido, el mandatario que ofende no sólo actúa sobre el público, sino que produce un efecto de retroalimentación semiótica, las respuestas de la sociedad, la cobertura mediática, la indignación pública y la polarización se convierten en signos que refuerzan y amplifican el propio gesto original, creando un sistema dinámico de significación que trasciende la intención inicial y establece un nuevo lenguaje político basado en la transgresión.

Su obscenidad (toda) se convierte en signo performativo que articula poder, identidad y emoción, un espacio donde la ética tradicional se encuentra tensionada y donde el mandato se ejerce a través de la capacidad de provocar, de dividir y de movilizar afectos. La narrativa que surge de este estilo de liderazgo es, en consecuencia, profundamente ambivalente, por un lado, revela la fragilidad de las instituciones frente a la personalidad y las emociones del líder; por otro, demuestra la fuerza del signo como herramienta de construcción de autoridad, de legitimación simbólica y de manipulación social. La semiótica de la ofensa pública muestra que los gestos y palabras obscenos no son meros deslices de mal gusto, sino elementos constitutivos de un lenguaje político que articula el poder a través de la emoción, la transgresión y la provocación. La obscenidad se convierte en estrategia de visibilidad, en un código que establece jerarquías, delineando quién está dentro y quién está fuera de la esfera de influencia, y generando un diálogo conflictivo con los valores de respeto, decoro y ética que tradicionalmente sostienen la autoridad política.

Así la ofensa sistemática y los gestos obscenos de un mandatario constituyen un campo de análisis privilegiado para entender cómo los signos y símbolos se despliegan en la política contemporánea, mostrando que el poder puede performarse a través de la transgresión y que la autoridad se negocia continuamente en el espacio público mediante la manipulación de significados, emociones y expectativas sociales. Este fenómeno revela, además, la tensión permanente entre la ética y la estrategia, entre el signo y el efecto, evidenciando que en la política moderna la obscenidad puede ser tanto una herramienta de dominación como un espejo de los conflictos sociales y culturales que atraviesan a la sociedad, un recordatorio de que la semiótica del poder no se limita a lo formal, sino que reside también en lo provocativo, lo emotivo y lo disruptivo.

Esa fotografía y video en el que Donald Trump muestra el dedo medio en público (fuck you) fue publicado por el sitio de entretenimiento TMZ, que difundió el material de un encuentro ocurrido el 13 de enero de 2026 durante una visita de Trump a una planta de Ford en Dearborn, Michigan. En ese video, se ve al mandatario aparentemente respondiendo con “fuck you” y levantando el dedo medio hacia un trabajador que lo increpó llamándolo “pedophile protector”.  En el video se ve a Trump (presidente de la nación) aparentemente respondiendo a un trabajador que lo llamó “pedophile protector”, antes de levantar el dedo medio y decir “fuck you”.  Varios medios recogieron y confirmaron la publicación del video de TMZ, por ejemplo Forbes, que señala que el clip fue “first obtained by TMZ” mostrando a Trump dando el gesto tras ser abucheado mientras estaba en el evento.  Además, La Nación informó que el video fue difundido por TMZ y circuló en redes sociales como TikTok y X, donde se veía a Trump haciendo la seña obscena después de escuchar el grito del público.

Fuentes exactas: Forbes, “Trump Gives Middle Finger After Heckler…” — video first obtained by TMZ mostrando el gesto.  La Nación (Argentina), Video divulgado por TMZ que muestra al mandatario levantando el dedo medio tras el increpador.  El clip fue descrito por la agencia Reuters y otros medios como primeramente difundido por TMZ y confirmado como auténtico por la Casa Blanca, donde se ve al presidente levantando el dedo medio al supuesto heckler durante su recorrido por la planta.

 Enlaces a las fuentes originales donde se publicó o se menciona la publicación,

TMZ, “President Trump Filmed Flipping Off Ford Worker Who Yells ‘Pedophile Protector’ at Him” — artículo con el video publicado directamente por TMZ. Reuters, Cubriendo el mismo video inicialmente compartido por TMZ y confirmando el gesto en Dearborn, Michigan. Video original publicado por TMZ.

https://www.facebook.com/reel/1367673964600537

https,//www.tmz.com/2026/01/13/trump-flips-off-ford-worker/

https,//www.spokesman.com/stories/2026/jan/13/trump-flips-off-michigan-auto-worker-who-criticize/

https,//www.nbcchicago.com/news/national-international/trump-flips-off-apparent-heckler/3875731/

https,//es-us.noticias.yahoo.com/trump-se%C3%B1ales-obscenas-trabajador-ford-033051834.html

https,//www.nbcchicago.com/news/national-international/trump-flips-off-apparent-heckler/3875731/

https,//www.fox5ny.com/news/video-appears-show-trump-flipping-off-ford-worker-who-yelled-him-dearborn-plant

https,//news.sky.com/story/white-house-defends-trump-after-video-appears-to-show-him-swearing-at-heckler-13494016

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Comisión de alto nivel agotará instancias diplomáticas y jurídicas tras secuestro del presidente Maduro y Cilia Flores

Palacio de Miraflores, Caracas– El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, anunció este miércoles que la recién instalada comisión de alto nivel para la liberación del Mandatario Constitucional, Nicolás Maduro, y la Primera Dama, Cilia Flores, agotará todas las instancias internacionales y capacidades del Estado hasta conseguir el retorno de ambos a sus funciones.

Tras una reunión con la presidenta encargada de la República, Delcy Rodríguez, el parlamentario enfatizó que el grupo de trabajo operará sin límites temporales ni de recursos. La instancia no se limitará a la gestión interna, sino que «desplegará todas las capacidades diplomáticas, jurídicas, políticas, humanas y multilaterales».

El vocero calificó el secuestro del presidente Maduro y de la Primera Dama como un «acto sin precedentes». En sus declaraciones, argumentó que este evento representa un quiebre de la arquitectura institucional global, afirmando que la detención «violenta el orden internacional y en general todo el tinglado diplomático, jurídico, político, que fue establecido en este planeta después de la Segunda Guerra Mundial».

Respecto a la operatividad de la comisión, el diputado advirtió que el alcance de las acciones gubernamentales será total. «No descansaremos, todo lo que podamos hacer lo haremos y más allá», declaró, agregando que «todas nuestras capacidades y más allá de nuestras capacidades serán invertidas en este proceso».

Rodríguez enmarcó los esfuerzos de la comisión no solo como una gestión personal o institucional, sino como una «búsqueda de justicia» y un paso necesario para la «consolidación de la paz» tanto en Venezuela como a nivel global.

El equipo de trabajo, que incluye al canciller Yván Gil, al procurador Reynaldo Muñoz y a especialistas en derechos humanos y campañas internacionales como Larry Devoe y Camilla Fabri de Saab, trabajará bajo la premisa de que el retorno de los detenidos ocurrirá «más temprano que tarde».

Fuente: Prensa Presidencial

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Venezuela y toda América Latina bajo amenaza: piratería, fascismo global y la responsabilidad histórica de los Estados soberanos

Manu Pineda (*)

La declaración de Donald Trump, ordenando “un bloqueo total y completo contra los buques petroleros sancionados que entren o salgan de Venezuela”, marca un punto de inflexión de extrema gravedad en la agresión permanente contra la República Bolivariana de Venezuela. No se trata de una provocación retórica ni de un exceso verbal, sino de la formulación explícita de una criminal política de Estado, asumida con plena conciencia y ejecutada desde la impunidad que otorga el poder imperial.

Estados Unidos ya no intenta ocultar ni maquillar sus acciones. Ha decidido situarse abiertamente fuera del derecho internacional, sustituyendo las normas jurídicas y las instituciones multilaterales por la ley del más fuerte, y normalizando prácticas que solo pueden definirse como piratería internacional y como una peligrosa espiral de neofascismo imperialista, en la que la violencia sustituye definitivamente a la legitimidad y el chantaje reemplaza a la diplomacia.

Un bloqueo petrolero total es un acto de guerra. Se trata de un instrumento de asfixia económica diseñado para destruir la base material de un país, colapsar su vida social y castigar colectivamente a su población con el objetivo explícito de forzar una rendición política.

El petróleo constituye el eje central de la economía venezolana y un recurso indispensable para garantizar derechos básicos. Impedir su comercialización equivale a atacar directamente a la población civil. Esta práctica, prohibida por el derecho internacional humanitario, convierte al bloqueo en un arma de destrucción social masiva que se inscribe en una lógica abiertamente criminal y de castigo colectivo.

Estados Unidos pretende imponer, por la vía de la piratería, el robo y la agresión directa, lo que no ha logrado ni mediante la desestabilización interna, ni mediante la guerra psicológica, ni mediante el sabotaje económico prolongado. La economía se convierte así en un campo de batalla permanente y el comercio marítimo en un espacio crecientemente militarizado.

La acusación de “narcotráfico” contra Venezuela cumple exactamente la misma función política que las supuestas “armas de destrucción masiva” en Iraq hace veinticinco años. Es una mentira deliberada, construida para fabricar consenso, justificar la agresión y encubrir el verdadero objetivo: el saqueo de recursos estratégicos y el control de un espacio de enorme importancia geopolítica.

Ayer fue Iraq; hoy es Venezuela. Cambian los pretextos, pero no el método ni el fin. La mentira se consolida como pilar ideológico del imperialismo contemporáneo y como paso previo indispensable para legitimar la violencia, la ocupación y el robo ante la opinión pública internacional.

No existe lucha alguna contra el narcotráfico ni defensa real de la legalidad. Lo que hay es una operación de rapiña a gran escala en un contexto de crisis energética global, ejecutada con el mismo cinismo con el que se destruyeron países enteros en nombre de una legalidad inexistente, y una operación de escarmiento dirigida contra un pueblo y un gobierno que pretenden ejercer su soberanía sin aceptar los dictados de una potencia imperialista que se resiste a asumir su decadencia histórica.

Cuando Trump se refiere al petróleo venezolano como “SU” petróleo y afirma que debe ser “recuperado”, no comete un error ni incurre en un exceso retórico: confiesa abiertamente una concepción colonial del mundo en la que los recursos naturales de los pueblos del Sur Global son considerados propiedad del imperio.

Este lenguaje niega de raíz la soberanía venezolana y la de los pueblos de Nuestra América, y reduce a sus poblaciones a simples obstáculos que deben ser sometidos, disciplinados o eliminados. Es el mismo razonamiento que justificó siglos de colonialismo, esclavitud y saqueo, ahora reformulado bajo la cobertura de la superioridad militar, la coerción económica y la impunidad política.

Aceptar este discurso equivale a aceptar la muerte definitiva del principio de soberanía nacional y del propio orden internacional basado en normas.

Este atropello no es solo una agresión contra Venezuela. Es una agresión contra toda América Latina y el Caribe. Es un mensaje inequívoco dirigido a todos los pueblos: quien se niegue a someterse será castigado.

La decisión unilateral, imperial e ilegal de imponer un bloqueo petrolero total sienta un precedente de una peligrosidad extrema. Normaliza la idea de que Estados Unidos puede decidir quién comercia, quién gobierna y quién merece existir. América Latina vuelve a ser tratada como un espacio colonial, como una zona de sacrificio disponible para el saqueo, la coerción y el disciplinamiento político.

Defender a Venezuela hoy es defender también a Cuba y a todos los pueblos de América Latina y el Caribe que aspiran a vivir sin tutelas imperiales ni amenazas militares encubiertas.

La magnitud de esta agresión exige una respuesta a la altura. Los comunicados diplomáticos y las declaraciones de condena pueden ser necesarios, pero resultan claramente insuficientes. Es imprescindible e inaplazable que los gobiernos que no estén dispuestos a arrodillarse ante el imperio, aquellos Estados que defienden el derecho internacional, el respeto a la soberanía de los pueblos y la igualdad entre naciones, asuman que tienen una responsabilidad histórica ineludible.

Es necesario que los Estados soberanos adopten medidas políticas, económicas y diplomáticas concretas, que incluyan la coordinación activa de la resistencia, por todas las vías posibles, frente a esta espiral violenta del neofascismo imperialista; la condena firme y coherente de cualquier intento de bloqueo ilegal contra Venezuela; la defensa efectiva de la libre navegación y del comercio legítimo conforme al derecho internacional; la creación de mecanismos de protección colectiva frente a sanciones extraterritoriales; y acciones coordinadas en los organismos internacionales que enfrenten de forma directa la impunidad imperial.

Defender a Venezuela es defender la posibilidad misma de un orden internacional basado en normas. Quien no actúe hoy, mañana no podrá reclamar soberanía para sí.

El pueblo venezolano, su gobierno revolucionario y el presidente legítimo y constitucional, Nicolás Maduro, deben sentir nuestro apoyo total, incondicional e irreductible. Venezuela no resiste solo por sí misma: resiste por todos los pueblos que se niegan a vivir sometidos.

La valentía con la que Venezuela enfrenta al imperio más salvaje de la historia la convierte en una trinchera avanzada de la humanidad en la defensa de la paz, la soberanía y la justicia internacional.

La decisión unilateral e ilegal de imponer un bloqueo petrolero total contra Venezuela cruza una línea roja histórica. Si este crimen se normaliza, ningún país del Sur Global estará a salvo. Hoy es Venezuela; mañana será cualquier otro.

Defender a Venezuela es defender a Cuba, a América Latina y el Caribe. Es defender el derecho de los pueblos a existir sin ser saqueados. Es defender a la humanidad frente a la barbarie imperial.

(*) Responsable de Relaciones Internacionales del PCE

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La Internacional Antifascista condena la amenaza imperial y neofascista contra Venezuela

La Internacional Antifascista condena la amenaza imperial y neofascista contra la República Bolivariana de Venezuela y califica las acciones del gobierno estadounidense como crímenes de lesa humanidad.

A continuación el comunicado íntegro:

La Internacional Antifascista condena con la mayor firmeza la amenaza imperial, supremacista y neofascista formulada por el imperialismo norteamericano contra la República Bolivariana de Venezuela, al pretender bloquear todo buque petrolero que se dirija hacia su territorio. Esta acción constituye un crimen de lesa humanidad, una violación abierta del Derecho Internacional y un ataque directo contra los derechos sagrados de los pueblos a existir, comerciar y desarrollarse libremente.

Esta amenaza expresa una de las formas más horrendas, vulgares y peligrosas del neofascismo, la pretensión de decidir quién puede comerciar y quién no, quién puede vivir con dignidad y quién debe ser arrodillado por la fuerza. Es la negación absoluta de la soberanía, la legalidad y la humanidad misma. El bloqueo como arma política revela el desprecio profundo del imperialismo por la vida humana y por cualquier norma civilizatoria que limite su ambición de dominio.

Al imperialismo Neofascista le decimos que NO podrán con la fuerza histórica bolivariana, ni con la sangre viva que corre por las venas del pueblo venezolano, forjada en siglos de lucha contra el colonialismo y el imperialismo. Esta nueva agresión reafirma la posición bolivariana de los Venezolanos, su compromiso inquebrantable con la defensa irrestricta de la soberanía, la autodeterminación y la dignidad nacional. Los recursos de Venezuela pertenecen exclusivamente a su pueblo, y solo el pueblo venezolano tiene derecho a disponer de ellos.

Lo que hoy se intenta es reeditar el pasado oscuro del siglo XX, cuando una oligarquía débil, temerosa y subordinada entregaba las riquezas nacionales al imperialismo norteamericano. Ese tiempo fue derrotado por la conciencia popular y no regresará. Venezuela ya no es colonia, ni protectorado, ni botín de guerra.
Pretender lo contrario es desconocer la historia, la realidad y la voluntad soberana de un pueblo decidido a ser libre.

Desde la Internacional Antifascista hacemos un llamado urgente a todos los movimientos sociales, partidos políticos, organizaciones populares y fuerzas democráticas del mundo a pronunciarse con claridad frente a esta amenaza criminal. El silencio ante el fascismo es complicidad. Defender a Venezuela hoy es defender el derecho de los pueblos a existir sin bloqueos, sin saqueo y sin sometimiento. Venezuela no está sola. Los pueblos del mundo se levantan.

Frente al imperialismo y al neofascismo, la respuesta será colectiva, firme y consciente: NO PODRÁN.

PORTADA

GALERÍA | Certificación del Postdoctorado Internacional en Educación Mediática y Marketing Electoral

Formamos voces críticas para enfrentar la guerra híbrida, tejiendo comunicación popular, antiimperialista y liberadora.
Con el legado del Comandante Chávez como brújula, construimos soberanía cognitiva desde los pueblos.

Descargue las fotografías de la Primera Cohorte del Postdoctorado Internacional en Educación Mediática y Marketing Electoral aquí:

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Semiótica de Dictador (el caso contra Venezuela)

Fernando Buen Abad Domínguez

Bajo la imputación de “dictador” perpetrada contra el presidente Nicolás Maduro, anida una amalgama distorsiva con los signos más densamente cargados de intencionalidad ideológica en la guerra sucia mediática contemporánea. Desde la perspectiva del Laboratorio de Semiótica Crítica, de base humanista, talafirmación no puede ser entendido como una mera clasificación política o una descripción institucional, es un artefacto semiótico diseñado para operar como dispositivo de criminalización, deslegitimación y disciplinamiento simbólico al servicio de intereses geopolíticos específicos. El adjetivo no nace de la observación científica ni de la verificación empírica; nace de una ingeniería del lenguaje configurada para producir efectos cognitivos inmediatos sobre audiencias masivas. Su función central es fijar un marco interpretativo hegemónico donde el gobierno venezolano aparece como un poder ilegítimo, antidemocrático, represivo y moralmente condenable, independientemente de cualquier análisis contextual, histórico o jurídico. En este sentido, “dictador” es un signo de combate, un arma de las guerras burguesas del sentido.

Nuestra semiótica crítica identifica en esta operación una estrategia típica del imperialismo comunicacional, la reducción de fenómenos políticos complejos a esencias ideológicas (falsa conciencia) absolutas. El término “dictador”, en este sentido, se comporta como una “metáfora ontológica de demonización”, un procedimiento discursivo que transforma adversarios políticos en entidades esencialmente malvadas, carentes de derechos y susceptibles de intervención.

La nominación no busca describir la realidad política venezolana, busca crear una realidad simbólica en la conciencia de millones. Denominamos a este mecanismo como “estigmatización ideológica”, un acto performativo mediante el cual el poder nombrante —en este caso, actores mediáticos, diplomáticos y gubernamentales articulados con los intereses de Estados Unidos— establece un marco semántico obligatorio que pretende clausurar la interpretación y el pensamiento crítico.Su manejo del adjetivo “dictador” funciona como un nodo semiótico que condensa décadas de ingeniería ideológica occidental. Su contenido semántico se apoya en un reservorio histórico de imágenes, narrativas y afectos producidos por Hollywood, la prensa corporativa y la retórica geopolítica estadounidense, líderes de uniformes oscuros, represión masiva, censura total, violencias sádicas y abolición completa de derechos civiles.

Esta iconografía, alimentada por ficciones y simplificaciones históricas, se activa automáticamente al escuchar la palabra. Su poder reside en la velocidad con la que despliega una constelación de sentidos negativos sin necesidad de argumentación racional. En términos semióticos, se trata de un signo “hipersaturado”, capaz de operar como un dispositivo automático de rechazo. Allí radica su eficacia fasificadora porque opera como un signo que piensa por el receptor, inhibiendo la reflexión.Desde el enfoque del Laboratorio de Semiótica Crítica, el análisis del epíteto exige descomponer sus operaciones en los niveles sintáctico, semántico, pragmático y político-material. En el plano sintáctico, la estructura “Maduro es un dictador” adopta la forma de identidad ontológica: el predicado no describe un comportamiento específico, sino una esencia. Esta operación lingüística elimina toda relación causal o contextual. No se argumenta que, un conjunto de acciones pueda considerarse “autoritarias”, se decreta que el sujeto es, por naturaleza, una figura ilegítima. Esta esencialización es característica de los discursos de guerra. En lugar de discutir medidas políticas, procesos electorales, estructuras institucionales o correlaciones de fuerza, el signo clausura el debate: quien es “dictador” no puede ser interlocutor. La nominación deshumaniza, des-juridiza y des historializa.En el nivel semántico, “dictador” se inscribe en lo que se define como “cadenas de equivalencia ideológica”. En la prensa hegemónica, el término aparece sistemáticamente combinado con “régimen”, “autoritarismo”, “represión”, “crisis humanitaria”, “violación de derechos humanos”, “narcoestado” y “fraude electoral”.

Estas combinaciones repetidas generan un efecto de naturalización y el signo se integra en un ecosistema discursivo donde la equivalencia entre Venezuela y dictadura se presenta como un hecho obvio. Las cadenas semióticas funcionan como una forma de programación de sentido, orientada a evitar que la realidad contamine el relato. En esta lógica, incluso los procesos electorales auditados, las observaciones internacionales, la participación ciudadana o la institucionalidad constitucional venezolanas son sistemáticamente excluidos o reinterpretados para que no interfieran con la narrativa dominante.En el plano connotativo, ese adjetivo activa emociones intensas: miedo, repulsión, indignación moral. La moralización burguesa del discurso es una de las claves de su eficacia.

El enemigo político se presenta como enemigo ético. No es un adversario con el cual se disputa un proyecto histórico, sino un villano cuya mera existencia amenaza la civilización. Esta carga emocional es fundamental para la construcción de consenso en torno a políticas de agresión: sanciones económicas, aislamiento diplomático, intervención humanitaria o incluso invasión militar. La connotación moral absolutista sirve para justificar la violencia contra el país señalado. Es la lógica colonial, se demoniza al otro para hacerlo intervenible.En el nivel pragmático, el término opera como una orden implícita. Nominar es prescribir. La función del signo es producir conductas sociales y políticas. Cuando un líder es llamado “dictador”, lo que se propone como consecuencia esperada es la ruptura de relaciones diplomáticas, el desconocimiento de autoridades, la activación de sanciones, la justificación de apoyo a actores opositores no-electorales, el reconocimiento de figuras paralelas y la construcción de un cerco comunicacional. Es decir, el epíteto no sólo falsifica, sino que habilita acciones concretas. Es un “signo de guerra blanda”, cuyo objetivo es convertir una agresión real en una obligación moral.Una parte central del análisis semiótico requiere estudiar su carácter performativo en el plano internacional. El término “dictador” ha sido utilizado por Estados Unidos como fase preliminar de intervenciones militares o sanciones en múltiples escenarios: Irak, Libia, Siria, Panamá, Granada, entre otros. La estrategia consiste en construir un estereotipo global que permita encubrir los intereses materiales de la acción geopolítica bajo una retórica humanitaria.

El patrón es recurrente: primero se fija un epíteto demonizante, luego se reorganizan las coberturas mediáticas según ese marco, después se introduce el discurso de la “ayuda” y finalmente se ejecutan acciones de fuerza. La palabra, así, es parte del arsenal.En el caso venezolano, el uso del epíteto se intensificó en momentos estratégicos, procesos electorales, intentos de golpe, fases del bloqueo económico y esfuerzos de desestabilización interna. Esto demuestra que el signo no responde a un análisis institucional objetivo, sino a la necesidad de producir un clima simbólico funcional a la agresión. En este sentido, el Laboratorio de Semiótica Crítica identifica un patrón de sincronización entre la retórica mediática, la diplomacia coercitiva y las operaciones psicológicas. La palabra “dictador” no aparece como diagnóstico, sino como mandato.Un análisis semiótico-crítico del signo también exige observar su función dentro de la economía política del capitalismo global. El epíteto sirve para ocultar que el verdadero conflicto no es institucional, sino económico, petróleo, gas, oro, minerales estratégicos, posición geopolítica y modelos alternativos de integración regional. Demonizar al líder es una estrategia para demonizar al proyecto político que encarna. La palabra “dictador” es el velo semiótico que oculta la disputa por recursos y soberanía. Esta opacidad intencional es parte del diseño comunicacional del imperialismo. El capitalismo necesita manipular el sentido para manipular la historia.En el análisis semiótico-crítico también debe incluirse la dimensión psicológica de la recepción. El epíteto funciona mediante un mecanismo de asociación automática que inhibe la capacidad crítica del receptor. Cuando la palabra se repite en portadas, noticieros, discursos y redes sociales, el público acaba actuando bajo un reflejo condicionado: aceptar la acusación sin preguntar por sus fundamentos. La repetición produce guerras cognitivas.

Aquí opera lo que el Laboratorio denomina “naturalización semiótica”, un proceso mediante el cual un término se convierte en sentido común, aun sin evidencia. La crítica exige desmontar esta automatización.Finalmente, la semiótica crítica entiende que un análisis riguroso debe culminar con la construcción de contra-semiosis emancipadora. Es decir, no basta con desmontar la calumnia, es necesario producir categorías, lenguajes y marcos interpretativos que restituyan complejidad, historicidad y legitimidad a los procesos políticos latinoamericanos.

La disputa por la palabra es disputa por la realidad. En este sentido, el Laboratorio de Semiótica Crítica establece que términos como “dictador”, cuando son utilizados como instrumentos de guerra mediática, deben ser desactivados mediante investigación científica, alfabetización comunicacional y producción de nuevos repertorios simbólicos capaces de desmontar la ingeniería imperial. La verdad debe ser defendida frente a la violencia semiótica burguesa. El análisis científico es una forma de revolución de las conciencias.

National Security

Semiótica del National Security Strategy 2025 de USA

Fernando Buen Abad Domínguez

¿Qué significa todo esto?
Desde nuestra mirada semiótica crítica, este documento no puede leerse meramente como plan militar o diplomático, es una Guerra Cognitiva o Batalla Cultural burguesa sobre el orden económico y simbólico mundial, es una nueva gramática de dominación, un reordenamiento de sentidos sobre patria, soberanía, amenaza, identidad, poder. Constituye una operación de hegemonía simbólica: redefine lo que es normal, deseable, legítimo; lo que es amenaza, inseguridad, decadencia; lo que merece protección, intervención, coerción. Y en ese juego simbólico‑estratégico, hay una apuesta por la domesticación del miedo, por la militarización del imaginario social, por la naturalización de la xenofobia, por la resemantización del nacionalismo como escudo contra el caos. Se instituye una nueva semiótica del Estado‑gendarme, de la frontera fortificada, del antagonismo perpetuo, de la soberanía cerrada, de la identidad homogénea. Es un escenario irrenuncable para la disputa por el sentido.

No es un documento neutro; es una operación de poder que respira violencia simbólica, que construye realidades y legitima hegemonías. Desde su primera línea, proclama la soberanía absoluta del Estado-nación como principio irrenunciable, y en esa declaración se inscribe una gramática de exclusión: América no debe compartir su destino, debe defenderlo como un territorio sagrado, como un espacio delimitado por fronteras invisibles y amenazas siempre acechantes. La fuerza no es opción; es mandato, y la legitimidad de la violencia se convierte en norma, en principio rector de la seguridad, en ley no escrita que organiza el mundo y lo redefine. El texto no describe peligros, los produce, los magnifica, los codifica en signos que la sociedad interioriza, que el ciudadano acepta como inevitables. Cada enemigo nombrado —migrantes, potencias extranjeras, actores no estatales— no es simplemente una amenaza; es un significante cargado de miedo, un símbolo que condensa caos, decadencia y peligro, una excusa para justificar el control total y la intervención preventiva. Justificación perfecta para la industria de las armas.
Convierte la historia en mito selectivo y su memoria en instrumento de poder. Europa es decadencia, América Latina es subordinación, Asia es competencia implacable, y cada espacio geopolítico recibe un valor moral y estratégico, un signo que lo posiciona en el tablero de la supremacía. Se establece así un código semiótico de aliados y enemigos que no depende de hechos objetivos, sino de narrativas mercantiles cuidadosamente elaboradas, Europa debe salvarse de sí misma, América Latina debe obedecer, China debe ser contenida, y el orden internacional queda redefinido por la prioridad absoluta del interés estadounidense. La violencia se naturaliza como método, el miedo se normaliza como estado, y la intervención se convierte en derecho inherente del poder que se sabe superior.
En el corazón del documento late una obsesión con la identidad nacional que trasciende la política y toca la cultura misma, lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es diversidad, es amenaza; la mezcla no es riqueza, es descomposición. Los signos de la alteridad —idiomas, costumbres, migración, prácticas culturales— son resignificados como vectores de inseguridad, y esa re-significación opera sobre la percepción social con la fuerza de una máquina disciplinaria: condiciona el imaginario, moldea comportamientos, genera consenso y miedo a la vez. Cada palabra de la estrategia actúa sobre el lector, sobre el ciudadano, sobre la comunidad, construyendo la sensación de que sin control absoluto y vigilancia permanente la nación sucumbiría.
Se despliega además como una coreografía de poder. La fuerza militar no es instrumento, es lenguaje; la economía no es intercambio, es signo de influencia; la diplomacia no es diálogo, es dispositivo de dominación. Cada decisión, cada línea, cada categoría semántica comunica jerarquía y orden: la seguridad se entiende como supremacía, y la supremacía como necesidad moral. La retórica de urgencia y declive articula un crescendo de peligro que legitima cualquier medida, desde la militarización de fronteras hasta la presión económica y la manipulación diplomática. No hay neutralidad; no hay pausa; todo está destinado a producir consentimiento, obediencia, aceptación silenciosa del imperativo de dominio.
Desde la perspectiva de nuestra semiótica crítica, el NSS 2025 es un dispositivo de construcción de realidades, produce enemigos, inventa riesgos, crea consenso mediante la normalización del miedo, y redefine la idea misma de lo legítimo y lo ilegal, lo propio y lo extraño. No se limita a describir la seguridad; la fabrica. No se limita a planear la defensa; condiciona el deseo y la percepción. No se limita a identificar aliados; establece categorías morales que ordenan el mundo y definen la jerarquía de valores. La estrategia, en su esencia, es un acto performativo, produce la realidad que proclama, instituye el orden que anuncia, naturaliza la violencia que necesita para sostenerse.
Finalmente, el documento revela que la seguridad contemporánea no es protección ni bienestar, sino hegemonía. La NSS 2025 nos muestra que la nación se mantiene erguida sobre la exclusión, que la paz se alcanza mediante la fuerza y que la moralidad se mide por la capacidad de imponer un orden global unilateral. Cada signo del texto, cada enunciado, cada construcción discursiva es una herramienta de poder que disciplina cuerpos, moldea imaginarios, crea consentimiento y miedo simultáneamente. Leerlo con semiótica crítica es ver más allá de la estrategia, es reconocer un entramado simbólico que redefine la política, la cultura y la subjetividad, y que revela que el arma del Estadoy del sistema no es solamente el armamento, sino la capacidad de dar sentido al mundo y al peligro, y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable.
Ese NSS 2025 es una operación semiótica que reinscribe al poder global bajo nuevos códigos, redefine enemigos y aliados, reelige valores, legitima estrategias de dominación y condiciona los imaginarios colectivos. Como tal, debe leerse como discurso político‑estratégico —una narrativa de seguridad, amenaza, identidad, soberanía y resguardo— cuyo contenido revela mucho más allá de datos militares, diplomáticos o económicos. La primera semántica sobre la que se levanta el texto es la de la “soberanía nacional” y la “primacía del Estado-nación”. Al afirmar que “los días en que Estados Unidos sostenía el orden mundial como Atlas han terminado”, el NSS marca una ruptura con la pretensión de universalismo exportador de valores —democracia, derechos humanos, liberalismo global— y reivindica, en cambio, un realismo duro, orientado a los intereses propios, al resguardo interno, al control de fronteras, al dominio estratégico.
Esa declaración semiótica implica una reconfiguración simbólica del papel de EE. UU. ya no como gendarme global idealista, sino como potencia que prioriza su integridad cultural, económica, territorial. Se legitima una ética del “nosotros primero”: identidad nacional, control de migraciones, preservación de un imaginario homogéneo frente a lo extraño o lo otro. Ese “nosotros” implica una construcción del otro como amenaza simbólica y existencial. Las “migraciones masivas”, según el NSS, no solamente se describen como un problema administrativo o demográfico, sino como factor de ruptura social: erosionan la cohesión, distorsionan mercados laborales, incrementan crimen, debilitan recursos públicos, perturban la “identidad nacional”. Ese discurso no sólo sataniza a los migrantes, los convierte en signos de desorden, de declive de la nación, de crisis de comunidad. Los migrantes, la movilidad transnacional, se re-semantizan como amenazas simbólicas al orden, al bienestar, a la continuidad del “pueblo‑nación”. Se instituye un régimen semiótico‑político que vincula migración con inseguridad, extranjería con peligro, diversidad con disolución.
Su premisa “paz a través de la fuerza” se convierte en fundamento conceptual, la supremacía militar, la hegemonía económica, el control de fronteras, las alianzas selectivas, la presión comercial —todo ello como instrumentos simbólicos de poder. Su fuerza no aparece como última ratio, sino como medio preferente de legitimación. Esto reconfigura el significado de “seguridad”, ya no como garantía de vida, bienestar o promiscuidad democrática, sino como mantenimiento del dominio, preservación del statu quo, imposición del orden. La violencia —o su mera posibilidad— se normaliza como parte constitutiva del régimen de seguridad.
Advierte sobre una posible “desaparición civilizacional” de Europa, ligada a migraciones, crisis demográficas, declive económico, pérdida de identidad y dependencia de instituciones supranacionales. Esa retórica no solo es estratégica: es simbólica: reconstruye Europa como espacio decadente, impotente, en descomposición, en contraste con la vigorosa identidad nacional‑estadounidense. Esa memoria histórica selectiva y esa narrativa de declive funcionan como dispositivo de miedo, de rechazo, de prohibición a la “mezcolanza”.
Simultáneamente, el documento promueve una re-latinización del dominio estadounidense: bajo el paraguas de un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, el hemisferio occidental es reinstalado como esfera prioritaria de influencia, como patio trasero geoestratégico, económico y militar. Esta revalorización del “patio trasero” conlleva una carga simbólica fuerte: América Latina es rehecha como zona de mampara, de recurso, de control, de subordinación estratégica. Se legitima una hegemonía directa basada en la proximidad geográfica, en la dependencia económica, en la militarización. Esa narrativa reproduce viejos imaginarios neocoloniales, condensados ahora en forma de política de seguridad nacional. Apela al mito de la grandeza nacional, a la memoria de una “América poderosa”, autónoma, soberana, autosuficiente; un pasado imaginado de supremacía, vitalidad cultural, dominio económico y militar. Esa nostalgia simbólica funciona como ethos nacionalista: legitima la restauración del predominio, la recuperación del control, la reafirmación de valores identitarios frente a la globalización, la mezcla, la disolución. El miedo al otro —al inmigrante, al extranjero, al distinto— se convierte en fundamento moral de la seguridad interna y externa.
Los migrantes, por ejemplo, son resignificados como vectores de inseguridad y desestabilización cultural. La amenaza ya no es solo tangible o física, sino simbólica: se construye la idea de que la alteridad, la diferencia y la movilidad social constituyen riesgos para la continuidad del Estado-nación, generando un marco discursivo que naturaliza políticas de exclusión y control. El documento también opera mediante la retórica de la fuerza como medio legitimador. La supremacía militar, la presión económica y la intervención selectiva se presentan no como alternativas, sino como imperativos estratégicos para preservar la integridad nacional. La normalización del uso de la fuerza, incluso preventiva, constituye un signo semiótico que imponeestabilidad, autoridad y dominio. En este sentido, la violencia se convierte en un elemento constitutivo del orden, mientras la diplomacia y la cooperación son relegadas a un plano secundario, subordinadas al imperativo de seguridad entendido como monopolio del Estado sobre la protección de su espacio y su identidad.
Contra la idea de comunidad internacional basada en cooperación y consenso, el documento adopta una semántica de soberanías fragmentadas, de bilateralismo selectivo y de proteccionismo económico. Se construye una lógica en la que la interdependencia se percibe como vulnerabilidad, y la autonomía estratégica se convierte en principio rector. Esta operación simbólica es, en esencia, un reordenamiento del sentido de la seguridad global, que legitima la reducción del multilateralismo y el fortalecimiento del poder unilateral como norma de conducta. No sólo describe un mundo amenazante, sino que lo configura, determina cómo se perciben los enemigos, cómo se legitiman las políticas y cómo se construye la idea misma de lo nacional frente a lo externo. La narrativa simbólica del documento instituye jerarquías, impone categorías de valor y amenaza, y produce una gramática de orden que condiciona la acción y la percepción de la comunidad.
Cada enemigo nombrado en el texto —migrantes, potencias rivales, actores no estatales— no es un problema abstracto; es signo, es símbolo de caos, de decadencia, de peligro inminente. Los migrantes son más que cuerpos en movimiento: son alteridad codificada como amenaza, vector de desorden cultural, riesgo de erosión de la identidad nacional. China y Rusia no son solo competidores estratégicos; son representaciones de desafío, signos de contrariedad que la narrativa resemantiza para justificar la supremacía estadounidense. El documento transforma la percepción social: la amenaza no se encuentra en la realidad objetiva, sino en la forma en que se construye discursivamente, en la cadencia de sus frases, en la insistencia de sus imágenes de crisis y peligro perpetuo.
Su superioridad militar no es instrumento; es lenguaje. La economía no es intercambio; es poder que se impone y se reconoce. La diplomacia no es negociación; es maniobra para consolidar la hegemonía. Cada oración es performativa: produce consenso, disciplina imaginarios, legitima decisiones que en otros contextos serían cuestionadas. La estrategia convierte la violencia en norma y el miedo en herramienta, y en ese acto de semiótica política, lo simbólico y lo material se confunden: lo que se dice construye lo que se hace y condiciona lo que se percibe como inevitable. El texto también manipula la historia y la memoria: construye nostalgia, inventa grandeza, selecciona relatos de gloria y derrota para consolidar un ethos nacionalista. La grandeza estadounidense es ideal, mito y norma; lo otro es siempre riesgo, declive y amenaza.
No es un documento, es un relámpago. Cada palabra fulmina certezas, cada línea reconstruye la realidad bajo la tiranía de la soberanía. América no se defiende: se erige. No protege: impone. Desde su inicio, proclama que el mundo se organiza alrededor de su poder, que la identidad nacional es escudo y espada, que lo otro, lo diferente, lo migrante, es peligro, es amenaza, es fractura de un orden que se sabe absoluto. La seguridad no es una política; es un acto de creación, una semiótica del miedo, una coreografía de hegemonía que obliga a mirar, temer y aceptar.
Lo americano es virtud, lo otro es peligro; la diferencia no es riqueza, es fractura; la alteridad no es pluralidad, es amenaza. Migración, lengua, costumbre, cultura: signos codificados en pánico, vectores de control. Cada palabra del documento es una operación semiótica: disciplina cuerpos, condiciona deseos, convierte la percepción en obediencia y el miedo en legitimidad. La seguridad deja de ser protección y se convierte en espectáculo de dominio, en ritual de imposición, en lógica de inevitabilidad. La estrategia no habla de paz,habla de supremacía. No habla de cooperación, habla de dominio. No habla de comunidad internacional: habla de jerarquía. Cada signo del texto es una señal: obedecer o temer. Cada frase, un acto de poder: producir consenso, fabricar enemigos, normalizar la fuerza, hacer que lo inevitable parezca natural. La fuerza, el miedo, la identidad se entrelazan en un solo código que atraviesa la política, la cultura y la conciencia misma de quienes observan, temen y aceptan.
No organiza sólo ejércitos ni despliega estrategia, organiza imaginarios, construye realidades, instala leyes invisibles de poder. Cada palabra es un martillo, cada oración una tromba. La estrategia no solo predice el mundo; lo fabrica. No sólo describe amenaza; la inventa. No sólo llama a la acción; la impone, desde la percepción hasta la obediencia, desde la identidad hasta la moralidad. La seguridad se vuelve hegemonía, y la hegemonía se vuelve espectáculo, y el espectáculo se convierte en verdad que todos reconocen y aceptan, mientras el mundo gira bajo un código de miedo y poder que nadie osa cuestionar.
El documento arde en su propia cadencia, golpea con ritmo de relámpago, deslumbra con la claridad del poder que se sabe absoluto. Leerlo con semiótica crítica es ver la arquitectura de la dominación: cómo se construyen enemigos, cómo se codifica la amenaza, cómo se fabrica la obediencia, cómo el miedo se vuelve estética y la hegemonía se vuelve belleza terrible y luminosa. Este documento no solo organiza seguridad: organiza percepción, conciencia, imaginación, voluntad. Cada palabra es un acto de fuerza, cada línea un rayo que corta, y cada párrafo es un fuego que ilumina, ciega y obliga a mirar el poder en toda su desnudez.
Su narrativa no sólo construye amenaza; construye identidad. Lo americano es virtud; lo otro es riesgo. La diferencia no es riqueza cultural; es fractura. Cada palabra, cada enunciado, disciplina cuerpos, moldea deseos y dirige la conciencia. La seguridad deja de ser protección para convertirse en espectáculo de poder: un orden visible e invisible, un código que atraviesa lo político, lo social y lo subjetivo, un instrumento que convierte la inevitabilidad del dominio en certeza moral.
Esa es la semiótica de la hegemonía contemporánea: no es suficiente controlar fronteras, desplegar ejércitos o ejercer diplomacia. El poder se ejerce sobre la percepción: cada palabra es arma, cada frase es ritual, cada párrafo es acto performativo que disciplina, moldea y organiza la realidad. La estrategia no predice el mundo; lo fabrica. No describe riesgo; lo produce. No propone seguridad; impone orden y consentimiento. La hegemonía se vuelve narrativa, y la narrativa se vuelve experiencia colectiva: leer la NSS 2025 es observar cómo el poder convierte miedo, identidad y fuerza en un solo código semiótico que atraviesa todo, desde la percepción hasta la moralidad, desde la política hasta la conciencia. En ese entramado se evidencia que la verdadera fuerza de la estrategia no reside en sus recursos materiales, sino en su capacidad de dar sentido al mundo y de hacer que ese sentido se perciba como inevitable, justo y necesario. La geopolítica es traducida a lenguaje moral: no organiza sólo ejércitos ni despliega sólo tropas; organiza percepciones, códigos de miedo y obediencia que atraviesan cultura, política y subjetividad. La historia es seleccionada, el mito es instrumento, la memoria es construcción estratégica: lo americano es virtud, lo otro es peligro. La diferencia no es riqueza; es fractura; la alteridad no es pluralidad; es amenaza.
Su texto arde, golpea, deslumbra, indigna y ciega. La NSS 2025 no sólo comunica; devasta y reconstituye, y quien lo lee no sólo comprende, se enfrenta a un paisaje horrible del poder burgués en su forma más cruda, al acto de creación simbólica que desfigura laidentidad, amenaza, obediencia y futuro. Cada signo es martillo, cada frase es chispa, cada párrafo es relámpago que ilumina y quema la percepción, recordando que la hegemonía no se sostiene solamente con recursos materiales, sino con la fuerza de la narrativa, la fuerza del sentido y la fuerza de la semiótica que atraviesa la conciencia colectiva y convierte miedo, identidad y poder en una sola corriente indomable.Horrible.

Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Buen Abad

Quizá la tarea académica más compleja

Fernando Buen Abad Domínguez

En materia de comunicación revolucionaria, un desafío siempre complejo consiste en comprender, de raíz y sin rodeos, que el campo comunicacional no es un terreno neutro, inocente o ingenuo, sino un espacio histórico atravesado por relaciones de poder que configuran sentidos, legitiman estructuras y moldean subjetividades. Esta afirmación, que puede sonar elemental en ciertos círculos críticos, resulta todavía un desafío intelectual, político y metodológico para una gran parte de las instituciones académicas contemporáneas, muchas de las cuales se mantienen aferradas a una noción tecnocrática, mercantil o puramente instrumental de la comunicación. Asumir la comunicación como un campo de disputa, como una arena donde se dirimen proyectos civilizatorios en conflicto, implica desmontar capas de ideología sedimentada y reconocer que ninguna práctica comunicacional se mueve al margen de las tensiones sociales que la producen. De ese punto de partida se desprende prácticamente todo el debate sobre la comunicación revolucionaria, una comunicación que no pretende limitarse a describir el mundo, sino que aspira a transformarlo.

Nuestra tarea académica más compleja no se reduce a identificar, denunciar o cartografiar los mecanismos de dominación simbólica desplegados por las “grandes” corporaciones monopólico-mediáticas. Ese es apenas el primer plano. Lo verdaderamente difícil es diseñar, promover y sostener alternativas comunicacionales capaces de disputar hegemonía, generar nuevas formas de sensibilidad colectiva y empujar procesos de emancipación material y espiritual. La dificultad procede, en gran medida, del hecho de que la comunicación revolucionaria necesita desenredar simultáneamente múltiples nudos: el epistemológico, el ético, el político, el estético, el tecnológico y el organizativo. Cada uno de estos hilos está entrelazado con los demás y ninguno puede resolverse por separado sin afectar el tejido completo del proyecto emancipador.

En el plano epistemológico, la comunicación revolucionaria enfrenta el reto de crear marcos conceptuales que no reproduzcan las lógicas de pensamiento fragmentado y utilitario heredadas de la racionalidad dominante. No se trata sólo de cuestionar las teorías que reducen la comunicación a un proceso de transmisión de mensajes o a un conjunto de operaciones técnicas. Se trata de concebirla como un fenómeno social total, que combina estructuras materiales, condiciones históricas, dispositivos tecnológicos y prácticas culturales cargadas de intencionalidad política. Esto obliga a superar las dicotomías clásicas —emisor/receptor, contenido/código, información/opinión— y a pensar la comunicación como un entramado dinámico donde circulan intereses y proyectos en disputa. Desde esta perspectiva, elaborar una teoría de la comunicación revolucionaria significa asumir que el conocimiento no puede escindirse de su función social y que toda construcción conceptual debe orientarse a fortalecer la conciencia crítica y la organización colectiva.

Es un nudo ético que se vuelve particularmente sensible porque la comunicación revolucionaria requiere un compromiso profundo con la verdad, la solidaridad y la dignidad humana. No basta con denunciar la manipulación o la mentira sistemática de los aparatos ideológicos del capital; es necesario construir modos de comunicar que rehúyan las trampas del sensacionalismo, la desinformación y la instrumentalización del sufrimiento humano. La ética revolucionaria parte del reconocimiento de que las palabras son un acto social y que su potencia política depende de su coherencia con los principios de justicia y emancipación que se busca promover. Esto implica revisar críticamente las prácticas comunicacionales, incluso dentro de los propios movimientos populares, para evitar reproducir vicios que terminan debilitando las luchas transformadoras. La ética no puede ser un adorno discursivo, es el cimiento mismo de la credibilidad y la legitimidad del proyecto comunicacional.

En la lucha política, la tarea se vuelve aún más desafiante. La comunicación revolucionaria no puede existir aislada de los procesos de organización popular, porque su objetivo no es entretener ni persuadir superficialmente, sino contribuir a la construcción de poder colectivo. La política revolucionaria entiende la comunicación como un instrumento central para articular demandas, visibilizar injusticias, disputar sentidos comunes y fortalecer identidades compartidas. Sin embargo, también reconoce que no hay comunicación revolucionaria sin participación activa de las comunidades; no puede ser una operación vertical dictada desde una vanguardia ilustrada, porque su fuerza reside precisamente en ser un proceso abierto, democrático y enraizado en la experiencia cotidiana de las mayorías. El desafío político consiste entonces en crear estructuras comunicacionales que funcionen como órganos vivos del cuerpo social, capaces de escuchar, interpretar y proyectar las voces populares sin domesticar su diversidad ni diluir su potencia transformadora.

También el reto estético añade otra capa de complejidad. La comunicación revolucionaria debe disputar no sólo el contenido, sino también las formas de sensibilidad que dominan el ámbito mediático. El capitalismo ha desarrollado un sofisticado arsenal estético destinado a capturar la atención, fragmentar la percepción y producir emociones acordes con su lógica de consumo. Combatir ese entramado requiere una imaginación creativa que revalorice la belleza vinculada a la vida, a la comunidad y a la lucha por la justicia. La estética revolucionaria no repudia la innovación ni los lenguajes contemporáneos; los reinterpreta desde una perspectiva que permita revelar lo invisible, dignificar lo silenciado y generar resonancias afectivas capaces de fortalecer el tejido social. La estética no es un accesorio: es un espacio donde se juega la disputa por la sensibilidad colectiva y por la capacidad de imaginar futuros alternativos.

Incluso desafío tecnológico, por su parte, es doble agudizado por la dependencia feroz que padecemos. Por un lado, es necesario comprender que las tecnologías de la comunicación no son artefactos neutrales, sino dispositivos diseñados en consonancia con intereses económicos y militares. Esto obliga a desarrollar una crítica radical que permita identificar los mecanismos de vigilancia, segmentación y control que operan en plataformas digitales, redes sociales y sistemas algorítmicos. Pero, por otro lado, tampoco es posible renunciar al uso de estas tecnologías, porque forman parte del ecosistema cotidiano en el que se mueven millones de personas. La comunicación revolucionaria debe, entonces, apropiarse críticamente de las herramientas existentes, hackear sus lógicas cuando sea posible y, al mismo tiempo, impulsar el desarrollo de tecnologías soberanas que respondan a necesidades públicas y no a intereses corporativos. Esta doble tarea exige un conocimiento técnico sólido combinado con una perspectiva política capaz de orientar la innovación hacia fines emancipadores.

Y, el nudo organizativo es quizá el más complejo de todos porque implica articular en la práctica aquello que en el plano teórico puede parecer claro. Crear estructuras comunicacionales revolucionarias demanda procesos de formación, distribución de responsabilidades, mecanismos de participación comunitaria, sistemas de producción de contenidos, redes de colaboración y estrategias de sostenibilidad a largo plazo. Todo esto debe construirse en un entorno donde los recursos suelen ser escasos, las condiciones laborales precarias y las presiones externas constantes. Sostener un proyecto comunicacional revolucionario requiere disciplina colectiva, capacidad autocrítica, vocación pedagógica y una claridad estratégica que permita sortear obstáculos sin desmoronar el sentido profundo de la propuesta. La organización, por tanto, no puede ser improvisada ni dependiente del entusiasmo momentáneo: necesita raíces profundas y una estructura flexible capaz de adaptarse sin renunciar a sus principios.

Cada uno de estos planos —epistemológico, ético, político, estético, tecnológico y organizativo— se entrelaza en la tarea académica de la comunicación revolucionaria. La academia, en este sentido, enfrenta un reto fundamental que es romper con la tendencia a aislar la teoría de la práctica y construir un conocimiento que pueda dialogar con los movimientos populares, alimentarse de sus experiencias y contribuir al fortalecimiento de sus luchas. No se trata de utilizar a las comunidades como objeto de estudio ni de explotar sus dinámicas para producir publicaciones indexadas. La verdadera tarea académica es ponerse al servicio de la transformación social, construir herramientas conceptuales y metodológicas que permitan comprender los procesos comunicacionales en toda su complejidad y generar propuestas que puedan ser apropiadas y reelaboradas por quienes enfrentan las injusticias en su vida cotidiana.

Este desafío obliga a repensar también la función de la universidad. Una institución académica que pretenda abordar la comunicación revolucionaria debe revisar sus propios vínculos con las lógicas de mercado, con los intereses corporativos que financian investigaciones y con las políticas de estandarización que subordinan la producción de conocimiento a criterios cuantitativos. Las universidades han sido, en muchos casos, espacios donde se reproduce la ideología dominante, no solo en los contenidos curriculares, sino también en sus formas de gestión, sus jerarquías y sus prioridades institucionales. Transformar la enseñanza de la comunicación implica abrir las puertas a experiencias populares, reconocer saberes comunitarios y generar espacios de co-creación donde docentes, estudiantes y organizaciones sociales puedan construir colectivamente conocimientos útiles para la emancipación.

Este proceso exige valentía intelectual para cuestionar las disciplinas establecidas, pero también humildad para escuchar lo que nace de la experiencia de lucha. Autocrítica. La comunicación revolucionaria no puede ser enseñada únicamente desde bibliotecas o laboratorios de medios: necesita imbricarse con el territorio, con la historia de las resistencias populares y con los sueños de quienes enfrentan cotidianamente la explotación.

A esta complejidad se suma el contexto global actual, marcado por una concentración mediática sin precedentes, por la proliferación de discursos de odio y por el avance de tecnologías que amplifican la desinformación y la manipulación algorítmica. En este escenario, la comunicación revolucionaria se vuelve más urgente y más desafiante. La velocidad de circulación de contenidos, la saturación informativa y la lógica de la viralidad imponen formas de interacción que dificultan la elaboración reflexiva y favorecen la reproducción automática de emociones prefabricadas. La academia debe analizar críticamente estas dinámicas, evitar la tentación de adaptar sus métodos a la lógica del impacto superficial y recuperar la importancia del pensamiento riguroso como herramienta para enfrentar el caos informacional.

Sin embargo, no todo es sombrío. También emergen nuevas posibilidades. La proliferación de proyectos colaborativos, medios comunitarios, radios populares, plataformas autogestionadas y redes de solidaridad digital demuestra que existen alternativas reales capaces de disputar el sentido común. Estos espacios no solo producen contenido: producen formas de relación que desafían la lógica individualista y fortalecen la posibilidad de una comunicación basada en la cooperación y la conciencia colectiva. La academia tiene la responsabilidad de aprender de estas experiencias, apoyarlas, investigarlas con respeto y contribuir a su expansión sin intentar subsumirlas a marcos teóricos que no les hacen justicia.

Y, la tarea más compleja consiste en articular todas estas dimensiones en un proyecto coherente. La comunicación revolucionaria requiere pensamiento crítico, ética, política, estética, tecnología y organización, pero también necesita un horizonte utópico que permita orientar cada esfuerzo, cada investigación, cada pieza de contenido, hacia la construcción de un mundo más justo. Ese horizonte no se encontrará en ninguna doctrina cerrada ni en ningún manual. Se construye colectivamente, día a día, en la práctica comunicacional que acompaña y fortalece las luchas de los pueblos.

Nuestra comunicación revolucionaria no puede reducirse a un estilo de discurso, a una estética militante o a una narrativa heroica. Es un modo de existir en el mundo, de relacionarse con los otros, de asumir la palabra como acto de liberación. Quien comunica desde una perspectiva revolucionaria no lo hace para acumular prestigio académico ni para alimentar la vanidad intelectual, sino para contribuir a la formación de sujetos críticos capaces de transformar su realidad. La tarea académica más compleja, por tanto, es aprender a desaprender: abandonar los moldes rígidos, desconfiar de las categorías heredadas, reconocer la historicidad de todo conocimiento y aceptar que la teoría debe moverse al ritmo de los pueblos en lucha.

Nuestra responsabilidad académica tiene un papel fundamental en ese proceso, no como autoridad incuestionable que dicta el camino, sino como espacio de porblematización, reflexión, creación, acompañamiento e intervención crítica y autocrítica. Comprender la magnitud de esta tarea implica asumir que la comunicación no es un accesorio de la política, sino uno de sus corazones más profundos. Allí donde se disputa el sentido, se disputa también la posibilidad de otro mundo. Y es precisamente en esa disputa donde la comunicación revolucionaria encuentra su razón de ser y su desafío más grande.

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(+Comunicado) Capitulo argentino de la Internacional Antifascista en defensa de la Revolución Bolivariana y en repudio a las declaraciones del gobierno de Estados Unidos y a los intentos golpistas en curso.

Buenos Aires, 11 de agosto 2025, Comunicado de Prensa:

La Internacional Antifascista capítulo argentino expresa su más enérgico repudio a las recientes declaraciones del Gobierno de los Estados Unidos, que anunciaron el aumento de la ilegal e inmoral recompensa por la captura del presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros.

Esta acción, propia de una política colonial y criminal, constituye una grave violación al derecho internacional, a la soberanía de los pueblos y a los principios más elementales de la convivencia pacífica entre Estados. Estados Unidos, una vez más, recurre a la extorsión política y a la práctica mafiosa de «poner precio» a la cabeza de líderes que no se subordinan a sus intereses geopolíticos.

Este ataque no es un hecho aislado, sino parte de la guerra integral que Washington libra contra Venezuela desde hace más de dos décadas: bloqueo económico y financiero, sanciones unilaterales, campañas mediáticas dedemonización, operaciones de guerra cognitiva y, ahora, una renovada amenaza contra la vida e integridad del presidente legítimo.

Alertamos a la comunidad internacional sobre las implicaciones de este acto:

1- Profundiza la agresión imperialista contra América Latina y el Caribe, en clara violación de la Carta de la ONU y de la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz.

2- Intenta desestabilizar al Gobierno Bolivariano y al proceso de unidad y emancipación regional, utilizando el chantaje y la criminalización política como armas.

3- Sienta un precedente peligroso que podría ser replicado contra cualquier dirigente que ejerza su soberanía al margen de los dictados de Washington.

Reafirmamos el compromiso inquebrantable con el derecho del pueblo venezolano a decidir libremente su destino, sin injerencias extranjeras, y con el respeto irrestricto a la autodeterminación de los pueblos.

Asimismo, rechazamos cualquier tipo de operación militar, paraestatal o comunicacional que intente deslegitimar el proceso revolucionario venezolano y socavar su legitimidad política y social.

Exigimos:

1-El retiro inmediato de la recompensa y de toda medida coercitiva unilateral contra Venezuela.

2-El cese de la persecución política y mediática contra el presidente Nicolás Maduro y las autoridades legítimas del país.

3- El respeto a los principios de soberanía, no intervención autodeterminación consagrados en el derecho internacional.

Hacemos un llamado a las fuerzas políticas, movimientos sociales, sindicatos, organizaciones de derechos humanos y pueblos del mundo a redoblar la solidaridad con Venezuela y a denunciar esta nueva escalada de agresión.

Frente a la amenaza imperial, respondemos con unidad y dignidad.

¡Nicolás Maduro no está solo!

¡Venezuela no se vende ni se rinde!

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(+Comunicado) Las Madre apoyamos a Nicolás Maduro

Buenos Aires, 10 de agosto de 2025, Asociación Madres de Plaza de Mayo

Las Madres de Plaza de Mayo queremos enviar nuestra solidaridad a Nicolás Maduro, presidente del la República Bolivariana de Venezuela, ante las nuevas amenazas lanzadas contra él por el imperialismo norteamericano.

Hemos estado hace pocos días en Venezuela y pudimos comprobar el carácter democrático y popular de la Revolución Bolivariana, que sigue viva y dando soluciones concretas al pueblo.

Por eso este nuevo ataque a su líder.

Lo único que sabe hacer el imperialismo es ponerle precio a la dignidad de los pueblos. Pero no todo se compra, ni todo se vende. Para las Madres la vida solo vale vida, y los logros de una Revolución se defienden con organización política, estudio, solidaridad y militancia.

No aflojes, Maduro. No bajen los brazos, venezolanos y venezolanas de la Patria Grande. Las Madres de Plaza de Mayo estamos y estaremos junto a ustedes, siempre.

Nuestra eterna compañera Hebe de Bonafini, que tantas veces estuvo al lado de Hugo Chávez, grita junto a nosotras: ¡Viva Nicolás Maduro! ¡Viva la Revolución Bolivariana!

Carmen Arias, Asociación Madres de Plaza de Mayo, y filiales Mar del Plata, Mendoza y Tucumán.