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Hermandad que libera: LAUICOM, la Universidad Popular del Ambiente ‘Fruto Vivas’ y la Fundación CIARA firman convenios de cooperación

Prensa LAUICOM, Caracas 27 de febrero- Hoy, tres gigantes de la Revolución se unen en alianza de hermandad: la Universidad Internacional de las Comunicaciones, la Universidad Popular del Ambiente “Fruto Vivas” (UPAFV) y la Fundación de Capacitación e Innovación para Apoyar la Revolución Agraria (CIARA) firman un convenio de cooperación interinstitucional.

El objetivo es claro: dominar las herramientas comunicacionales para proteger los logros y aflorar la sabiduría del pueblo desde todos los ámbitos.

El Dr. Juan Manuel Parra Salcedo, rector de la UPAFV, fue contundente: «necesitamos comunicación para defendernos», ya que sin narrar nuestra realidad ambiental, el enemigo oculta nuestros avances; por eso, este convenio convierte la formación en una trinchera informativa.

Por su parte, Andrés Antonio Cisneros Peña, presidente de CIARA, añadió que la comunicación es vital para la libertad: «hay que ser cultos para ser libres», y solo transmitiendo nuestro conocimiento productivo rompemos las cadenas de la ignorancia que busca imponer el imperialismo.

Tania Díaz, rectora de LAUICOM, cerró el llamado: la comunicación es el antídoto contra la duda que siembra el enemigo. «Esta fuerza popular debe estar más unida que nunca», dijo, explicando que este convenio permite que las comunidades pasen de ser oyentes a ser protagonistas que cuentan su propia verdad, tal como soñó el Comandante Chávez y guía el presidente Maduro. Exigimos con fe la libertad de Nicolás y Cilia; nuestra voz será el camino para su retorno junto a Delcy Rodríguez.

Frutos de la unión: acciones para la defensa y vida

De esta alianza nacen frutos inmediatos: la creación del Centro de Excursionismo, el apoyo técnico conjunto para embellecer nuestras áreas verdes y el intercambio de sedes para compartir espacios formativos.

Además, el 12 de marzo se inicia el primer taller educomunicacional para los trabajadores de CIARA y la UPAFV, convirtiendo la comunicación en herramienta directa de defensa y soberanía.

¡La unión hace la fuerza! ¡Que viva el amor y el futuro! ¡Venezuela va a vencer!

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Pragmatismo chavista bajo condiciones de asedio y guerra multifactorial

Por: Francisco Ameliach

Pragmatismo absoluto o neoliberal

El pragmatismo absoluto o neoliberal constituye el planteamiento del pragmatismo como motor de la despolitización y la desideologización, uno de los fenómenos sociopolíticos globales más relevantes de las últimas décadas.

Cuando la política se desplaza hacia el pragmatismo absoluto, deja de ser una lucha de valores para convertirse en una administración de recursosEsto trae como consecuencia el fin de los grandes relatos: Siguiendo la lógica de autores como Daniel Bell (El fin de las ideologías), se asume que las grandes disputas históricas han terminado y que solo queda optimizar el sistema actual global predominante.

Hugo Chávez se opone a la tesis del pragmatismo absoluto y de “el fin de las ideologías”. En El Libro Azul, plantea lo siguiente: “Vivimos efectivamente, una era donde las ideologías parecieran extinguirse. ‘El fin de las ideologías’, así la han llamado no pocos estudiosos de la época…Y es precisamente, en este marco desideologizado y con el propósito de hallar recursos válidos para que nuestro pueblo avance por el mapa intrincado y complejo del futuro que nos hemos atrevido a invocar un modelo ideológico autóctono y enraizado en lo más profundo de nuestro origen y en el subconsciente histórico del ser nacional”.

Autores contemporáneos como Slavoj Žižek argumentan que el pragmatismo absoluto es, en sí mismo, la “ideología invisible”. Al decir «no soy ideológico, no soy político, soy práctico», se está aceptando de forma acrítica el statu quo (generalmente el neoliberalismo) como si fuera una ley natural y no una elección política.

El peligro del pragmatismo absoluto es que puede convertir a la política en un simple «mantenimiento del sistema imperialista», perdiendo la capacidad de imaginar futuros distintos o cambios estructurales profundos.

Cuando el pragmatismo absoluto choca con la mística revolucionaria, se produce una ruptura que afecta tanto la identidad del movimiento como su vínculo con el electorado. Para un movimiento basado en la lucha heroica (Revolución Bolivariana), la memoria histórica e ideológica es su principal activo; es lo que legitima su existencia.

La fidelidad de los votantes de base dura en movimientos épicos no es racional-económica, es mayormente emocional y moral. El pragmatismo absoluto rompe esa formula causando desmovilización:  la lucha heroica requiere militancia activa. Al desaparecer la «mística», desaparece la voluntad de defender al proyecto en momentos de crisis.

Pragmatismo chavista

Hugo Chávez, sin abandonar su fuerte carga ideológica, planteó el pragmatismo como método o táctica de resistencia activa para alcanzar principios ideológicos y objetivos históricos, por tal motivo fustigó el dogmatismo, especialmente cuando sentía que la teoría alejaba a sus seguidores de la realidad o de la eficiencia necesaria para gobernar.

Chávez solía criticar a quienes pretendían gobernar siguiendo libros al pie de la letra, sin interpretar correctamente los diferentes contextos que prefiguran la realidad existente. En una oportunidad expresó:

“No nos dejemos encajonar en dogmas. El dogmatismo es el peor enemigo de la creación revolucionaria”.

Sobre la unidad por encima de la “pureza ideológica” Chávez era un gran estratega de la unión. Criticaba a los grupos de izquierda radical que se fragmentaban por «purismos».

“Unidad, unidad, unidad. Debemos ser capaces de trabajar con quienes no piensan exactamente igual que nosotros en aras de un objetivo superior.”

La influencia del pensamiento antidogmático de Hugo Chávez en la Ley Antibloqueo en la cual se inspira la reforma de la Ley de Hidrocarburos, ambas leyes propuestas por la actual Presidenta (E). Delcy Rodríguez , es una línea directa que el gobierno de Nicolás Maduro ha utilizado para legitimar un giro necesario para enfrentar el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos. La ley no es una traición a la Revolución Bolivariana, sino una aplicación del pragmatismo chavista bajo condiciones de asedio y guerra multifactorial.

Cuando un gobierno realiza reformas sociales, económicas o políticas para evitar una guerra, está aplicando un cálculo de costo-beneficio. El pragmatismo aquí reside en reconocer que el costo de la reforma es menor que el costo total de una invasión, la guerra civil, la destrucción de la infraestructura y la posible pérdida del poder. Se cede en lo secundario: una ley, una política económica, para salvar lo principal: la existencia de la República Bolivariana de Venezuela.

No tengo la menor duda de que la Presidenta (E). Delcy Rodríguez está haciendo lo correcto según la lógica del pragmatismo chavista. Si Chávez estuviera vivo ante una amenaza de ocupación o colapso total, él no se aferraría a una ley que asfixiara al pueblo, sino que «rompería las amarras» para salvar la República.

El pragmatismo chavista aplicado por la Presidenta (E). Delcy Rodríguez  permite que la República Bolivariana de Venezuela sobreviva mientras mantiene su identidad histórica – ideológica. Es precisamente su identidad histórica – ideológica el principal elemento disuasivo, ante amenazas externas e internas.

Libertad

Diccionario de la lucha: la paz venezolana también significa unidad

Hoy la paz en Venezuela dejó de ser, después de la invasión imperial yanqui y del secuestro del presidente en funciones, una noción ingenua asociada al simple silencio de las armas o a la estabilidad administrativa garantizada por el orden heredado. Desde ese punto de quiebre histórico, la paz se resignifica como una conquista política, ética y cultural, inseparable de la soberanía y de la conciencia popular. La revolución bolivariana, al emerger de ese trauma colectivo, no sólo resistió una agresión concreta, sino que inauguró horizontes inéditos para pensar la paz como proceso histórico, como praxis transformadora y como antagonismo activo frente a la violencia estructural del capitalismo imperial.

Tal invasión no fue únicamente un episodio militar o un acto puntual de fuerza; fue la manifestación descarnada de una lógica imperial que concibe a los pueblos como objetos administrables y a sus gobiernos como piezas descartables. El secuestro del presidente, más que una interrupción institucional, fue un intento de secuestro de la voluntad popular, un mensaje dirigido a toda América Latina, la democracia sólo es tolerable mientras no cuestione la arquitectura del poder global. En ese contexto, hablar de paz sin desmontar las condiciones que hacen posible la agresión habría sido una forma de complicidad. La revolución bolivariana comprendió que la paz no podía seguir siendo un valor abstracto separado de las relaciones de fuerza reales.

Desde entonces, la paz comienza a definirse como capacidad colectiva de resistir en unidad sin reproducir la lógica del verdugo, de defender la vida sin someterla al chantaje de la dominación. No es una paz pasiva ni contemplativa, sino una paz en disputa, que se construye enfrentando las causas materiales y simbólicas de la violencia. El imperialismo yanqui no necesita siempre bombardear para destruir; le basta imponer bloqueos, sanciones, narrativas criminalizadoras y asfixias económicas que convierten la vida cotidiana en un campo de batalla silencioso. Frente a esa guerra difusa, la revolución bolivariana plantea una paz activa, consciente y organizada.

Este nuevo significado de la paz rompe con la tradición liberal que la reduce a equilibrio institucional o a consenso entre élites. La paz revolucionaria es, ante todo, justicia social en movimiento. No puede haber paz donde el hambre es inducida, donde la salud es mercancía o donde la educación es privilegio. La revolución bolivariana aporta a la teoría política latinoamericana la idea de que la paz no se negocia desde la debilidad ni se implora al agresor; se construye fortaleciendo al sujeto popular, ampliando derechos y democratizando el poder. En esa clave, la paz deja de ser un fin distante y se convierte en método de lucha.

Esa experiencia venezolana demuestra que el imperialismo teme más a los pueblos organizados que a los ejércitos convencionales. Por eso la agresión se dirige contra la moral colectiva, contra la memoria histórica y contra la capacidad de imaginar futuros distintos. La revolución responde con pedagogía política, con comunicación popular y con una ética de la solidaridad que desafía el individualismo impuesto. La paz, aquí, es también una batalla cultural, disputar el sentido común que naturaliza la dominación y presentar la resistencia como un acto de amor a la vida.

En este horizonte, la paz se redefine como soberanía integral. No sólo soberanía territorial, sino soberanía económica, alimentaria, tecnológica y comunicacional. Cada dependencia impuesta es una grieta por donde se filtra la violencia imperial. Cada capacidad recuperada es un acto de pacificación profunda, porque reduce la posibilidad de chantaje y de sometimiento. La revolución bolivariana entiende que un pueblo dependiente es un pueblo permanentemente amenazado, y que la paz duradera exige autonomía real para decidir el propio rumbo.

En la dialéctica de la lucha bolivariana esta nueva paz no es conciliadora con la injusticia. No busca armonizar intereses irreconciliables ni esconder el conflicto bajo el lenguaje de la neutralidad. Asume que hay contradicciones históricas entre imperio y pueblo, entre capital y vida, entre dominación y emancipación. La paz revolucionaria no elimina esas contradicciones por decreto, pero las enfrenta desde una racionalidad distinta, donde la violencia no es glorificada, pero tampoco se acepta como destino inevitable. Se trata de desplazar la guerra del terreno militar al terreno político, cultural y moral, donde el pueblo organizado tiene ventajas decisivas.

Después del secuestro presidencial, Venezuela aprendió que la institucionalidad sólo es fuerte cuando está sostenida por un sujeto popular consciente. La paz, entonces, ya no se deposita en las manos de intermediarios, sino que se distribuye como responsabilidad colectiva. Cada comuna, cada consejo, cada espacio de participación se convierte en un núcleo de paz activa, porque fortalece el tejido social que el imperialismo intenta fragmentar. La paz deja de ser centralizada y se vuelve capilar, cotidiana, defendida desde abajo.

Este aporte de la revolución bolivariana trasciende las fronteras nacionales. Propone a los pueblos del mundo una lectura crítica de la paz como categoría política secuestrada por los vencedores de la historia. Frente a la “paz” de los cementerios, la “paz” de los mercados y la “paz” de la obediencia, Venezuela plantea una paz con conflicto, con memoria y con proyecto. Una paz que no se arrodilla ante el agresor ni renuncia a la justicia para evitar el castigo.

Así, el nuevo significado de la paz en Venezuela nace de una herida abierta por la invasión imperial, pero se transforma en una fuente de pensamiento y acción emancipadora. No es una paz ingenua ni derrotada, sino una paz que sabe defenderse, que se sabe histórica y que se sabe incompleta mientras exista un sólo pueblo sometido. En esa conciencia reside su potencia dialéctica, la paz como lucha permanente por la dignidad, la autodeterminación y la vida plena, frente a un imperio que sólo puede ofrecer silencio impuesto y orden para pocos.

Autor: Fernando Buen Abad