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La guerra cognitiva como mutación del imperialismo contemporáneo: efectos sobre las subjetividades de clase y de los pueblos en Venezuela, América Latina y el mundo


Una aproximación desde la dialéctica del materialismo histórico

Pedro Penso
Director General del Centro de Investigación Contrahegemónica de la Universidad Internacional de las Comunicaciones
Red Internacional de Investigación Antifascista

La guerra como forma fenoménica de la lucha de clases en el siglo XXI


Para comprender lo que hoy llamamos guerra cognitiva y sus efectos sobre las subjetividades en Venezuela, América Latina y el mundo, es necesario partir de una proposición fundamental del materialismo histórico: la guerra no es un accidente de la historia ni una patología de las relaciones internacionales, sino una continuación de la política —y, por tanto, de la lucha de clases— por otros medios. Como nos enseñó Clausewitz, mediado por la lectura leninista, la guerra expresa, en su forma más concentrada y violenta, las contradicciones que atraviesan un modo de producción determinado.
Ahora bien, la mutación que nos ocupa —la emergencia de la guerra cognitiva como modalidad predominante de agresión imperialista en el siglo XXI— no representa un mero cambio técnico en los instrumentos bélicos. Tampoco es un fenómeno que pueda explicarse por la simple adición de «nuevas tecnologías» al repertorio militar. Se trata, más bien, de una transformación cualitativa en la forma que asume la guerra imperialista cuando las condiciones objetivas de la correlación de fuerzas global —el ascenso de nuevos polos de poder, la crisis de la hegemonía unipolar estadounidense, la emergencia de proyectos contrahegemónicos en el Sur Global— vuelven inviable la guerra clásica de ocupación territorial. Es, en palabras de algunos analistas, una guerra vicaria (Waldman, 2021) [1], que busca lograr los objetivos del imperialismo sin exponer a sus fuerzas al costo político y humano de una invasión directa.
Como sostienen Tan y Perlmutter (2006) [2], el concepto mismo de «guerra de información» encierra una paradoja: cuanto más se cree saber sobre ella, menos se comprende su dinámica real, pues la información no es un recurso neutral sino un campo de batalla donde se dirimen proyectos de sociedad antagónicos.

Mutaciones de la guerra cognitiva
Del 11 de septiembre al 3 de enero

La trayectoria de la guerra cognitiva como modalidad imperialista puede trazarse a partir de hitos que marcan saltos cualitativos en su desarrollo. Si la guerra mediática contra Irak en 1991 y 2003 mostró el poder de la manufactura del consenso (Herman y Chomsky, 1988) aplicada a gran escala, la experiencia venezolana de 2002 —el golpe de Estado mediático contra Hugo Chávez— reveló que, en América Latina, los medios de comunicación privados podían operar como arietes de desestabilización política con la misma eficacia que un batallón de infantería. Como documenta Cañizález (2003) [3], el golpe de abril de 2002 contra Chávez fue un «golpe mediático»: la televisión privada venezolana no solo informó, sino que produjo los acontecimientos, creando una realidad virtual que justificaba la ruptura del orden constitucional.


Esta primera fase —que podríamos llamar guerra mediática clásica— evolucionó hacia una forma más sofisticada con la irrupción de las plataformas digitales y las redes sociales. El uso de bots políticos para la manipulación de la opinión pública en Venezuela, estudiado por Forelle et al. (2015) [4], muestra cómo actores automatizados generan contenido que simula apoyo o rechazo popular, creando una falsa impresión de consenso o disenso. Los investigadores encontraron que los bots más activos en la conversación política venezolana eran utilizados por la oposición radical, y que se hacían pasar por líderes políticos y agencias gubernamentales más que por ciudadanos comunes.


Sin embargo, el salto cualitativo más significativo ocurre en la coyuntura que usted señala: el período pre y post 3 de enero. En esta fase, la guerra cognitiva ya no se limita a informar tendenciosamente o a manipular la opinión pública, sino que busca reconfigurar las subjetividades mismas de los pueblos, alterando su percepción de la realidad, su memoria histórica y su capacidad de agencia política. Se trata de una guerra que opera en el plano de lo que Gramsci llamó la hegemonía: la disputa no es solo por el gobierno, sino por la dirección intelectual y moral de la sociedad (Hesketh, 2019) [5].


En el caso venezolano, esta mutación se expresó en la estrategia de doble poder implementada a partir de enero de 2019, cuando Juan Guaidó se autoproclamó «presidente encargado» con el respaldo inmediato de Estados Unidos y sus aliados. Como señala Buxton (2019) [6], la estrategia de la oposición venezolana estuvo marcada por errores de cálculo y por una dependencia excesiva del respaldo internacional, lo que revela que la guerra cognitiva no puede suplir indefinidamente la falta de arraigo social y de correlación de fuerzas favorable en el terreno material.

El secuestro del derecho internacional y la ruptura del orden jurídico.


El desconocimiento de los principios más elementales del derecho internacional —la soberanía, la autodeterminación de los pueblos, la no intervención— constituye la base jurídico-política sobre la cual se despliega la guerra cognitiva contra Venezuela. La estrategia de reconocimiento selectivo de gobiernos, analizada por López-Rodríguez (2021) [7] a través del caso venezolano, revela cómo las potencias imperialistas instrumentalizan el derecho internacional para legitimar injerencias: más de cincuenta países reconocieron a Guaidó como presidente legítimo, a pesar de que Maduro ejercía el control efectivo del territorio, de las instituciones y de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.


Esta fractura del orden jurídico internacional tiene consecuencias profundas sobre las subjetividades. Cuando el derecho se convierte en un arma de guerra, la percepción de lo legítimo y lo ilegítimo se desestabiliza. Sectores enteros de las clases medias venezolanas —formadas en la idea de que «Occidente» representa la legalidad y la democracia— experimentaron una ruptura cognitiva al ver que sus referentes tradicionales de autoridad moral avalaban una ficción jurídica: la de un «presidente» sin control territorial, sin ejército y sin capacidad de gobernar. Para las clases populares, en cambio, la defensa de la soberanía se convirtió en una experiencia de reafirmación identitaria, en la medida en que la agresión externa operó como catalizador de una conciencia nacional y antiimperialista.


Las sanciones económicas unilaterales impuestas por Estados Unidos —que, como documenta Mooney (2021) [8], fueron tan severas que la propia relatora especial de Naciones Unidas sugirió que podrían constituir crímenes de lesa humanidad— operan no solo como mecanismo de asfixia económica, sino como dispositivo de guerra cognitiva. Al bombardear a la población venezolana con la narrativa de que «las sanciones no afectan al pueblo sino al gobierno», y al mismo tiempo generar escasez inducida e hiperinflación, se produce una disociación esquizofrénica en la conciencia popular: se vive la catástrofe económica mientras se niega su causa real.

Efectos sobre las subjetividades de clase


El materialismo histórico nos enseña que la conciencia de clase no es un reflejo mecánico de la posición en las relaciones de producción, sino una construcción política y cultural mediada por la lucha ideológica. En este sentido, la guerra cognitiva opera directamente sobre lo que Lukács denominó la conciencia de clase psicológica (la percepción inmediata que los individuos tienen de su situación) para impedir el desarrollo de la conciencia de clase atribuida (la comprensión de los intereses históricos objetivos de su clase) (Melo, 2018) [9].


En Venezuela, el efecto ha sido paradójico y contradictorio. Por un lado, la guerra cognitiva ha profundizado la polarización de clase que ya caracterizaba la sociedad venezolana desde la llegada de Chávez al poder. Como documentan Hawkins et al. (2018) [10], la polarización en Venezuela no fue simplemente política, sino que expresó la división de la clase en la sociedad venezolana: el chavismo aglutinó a los sectores populares y a las clases medias empobrecidas, mientras que la oposición concentró a las élites económicas, a las clases medias altas y a los sectores profesionales formados bajo el paradigma neoliberal. La guerra cognitiva intensificó esta división de las clases al naturalizar las diferencias de clase como diferencias morales e identitarias: el chavista era presentado como «ignorante», «populista» o «violento», mientras que el opositor era retratado como «ciudadano», «demócrata» o «profesional».


En América Latina, la guerra cognitiva ha producido un efecto de archaización de la conciencia política, como lo denominan Morozov y Erofeev (2017) [11] en su análisis de las guerras híbridas. Este concepto se refiere al retorno de mitologías políticas arcaicas —el «enemigo interno», la «conspiración comunista», la «amenaza a la civilización occidental»— que reemplazan el análisis racional de las contradicciones sociales por una lógica amigo-enemigo despolitizada. En Brasil, la elección de Bolsonaro fue un caso paradigmático: el uso de WhatsApp como arma de propaganda masiva —analizado por Luz y Miller (2020) [12]— permitió construir una realidad paralela donde la amenaza del «comunismo» justificaba cualquier atrocidad. La guerra cognitiva, en este sentido, produce una involución de la subjetividad política: en lugar de la conciencia crítica que debiera emerger de la experiencia material de la explotación, se implanta una conciencia mistificada que identifica como enemigos a otros explotados o a proyectos emancipatorios.

La dimensión geopolítica y los pueblos: imperialismo y guerra vicaria.


La guerra cognitiva no puede entenderse al margen de la reconfiguración geopolítica global. La tesis de la «guerra vicaria» —desarrollada por Waldman (2021) [1] y retomada por otros analistas (Krieg y Rickli, 2018) [13]— sostiene que Estados Unidos ha optado por delegar en actores proxies la realización de sus guerras, manteniendo su propia fuerza militar en la sombra, operando desde las sombras (operaciones encubiertas, fuerzas especiales, drones, guerra cibernética), mientras transfiere los costos humanos y políticos a otros.


En el contexto latinoamericano, esta guerra vicaria asume la forma de una agresión multidimensional que combina sanciones económicas, manipulación mediática, financiamiento de oposiciones, reconocimiento selectivo de gobiernos y guerra cognitiva digital. El objetivo es producir un colapso inducido que justifique la intervención humanitaria o el cambio de régimen. Como señalan Main y Dangl (2019) [14], el caso venezolano representa un momento crítico para desafiar la intervención imperialista en la región: lo que está en juego no es solo un país, sino la posibilidad de que exista un proyecto soberano, independiente y antiimperialista en el hemisferio.


Para los pueblos de América Latina, la guerra cognitiva produce una subjetividad escindida. Por un lado, las clases populares que han sido protagonistas de procesos emancipatorios —el bolivarianismo en Venezuela, el evismo en Bolivia, el correísmo en Ecuador, el lulismo en Brasil— desarrollan una conciencia defensiva, una subjetividad de resistencia que se fortalece frente a la agresión externa pero que corre el riesgo de cristalizarse en una postura reactiva que dificulta la autocrítica y la renovación. Por otro lado, las clases medias y altas que se identifican con el discurso hegemónico occidental experimentan una subjetividad de resentimiento: al ver bloqueadas sus expectativas de consumo y movilidad social por la crisis económica —crisis que la guerra cognitiva les presenta como resultado de la «incompetencia» o «corrupción» del gobierno popular, y no como efecto de las sanciones y la guerra económica—, estas clases se vuelcan hacia posiciones políticas cada vez más radicalizadas, llegando a justificar la intervención extranjera.


A escala global, la guerra cognitiva produce un efecto aún más inquietante: la disolución del principio de realidad. En un mundo donde cada hecho puede ser negado, cada verdad puede ser disputada y cada narrativa puede ser fabricada, la posibilidad misma del conocimiento objetivo —condición de posibilidad de cualquier política emancipatoria— se ve socavada. La guerra cognitiva no busca convencer, sino confundir; no busca ganar adeptos, sino neutralizar la capacidad de juicio. Es, en este sentido, una guerra contra la razón histórica misma.

Para cerrar en tono dialéctico.


Entre la determinación estructural y la agencia histórica
Desde una perspectiva dialéctica, la guerra cognitiva no es un destino ineluctable ni una fuerza todopoderosa. Como toda forma de lucha de clases, encuentra sus límites en las condiciones materiales y en la praxis de los sujetos históricos. El fracaso del intento de derrocar a Maduro en 2019 —a pesar de la maquinaria cognitiva global desplegada a su favor— demuestra que la guerra cognitiva, por sí sola, no puede suplir la ausencia de una base social sólida ni la falta de una correlación de fuerzas favorable en el terreno material (Buxton, 2019) [6].


La guerra cognitiva ha mutado y se ha sofisticado, pero la contradicción fundamental que recorre la historia latinoamericana —la que enfrenta a los proyectos de soberanía popular con los intereses del imperialismo y sus aliados locales— permanece intacta. Lo que ha cambiado es el escenario donde esta contradicción se dirime: de los campos de batalla físicos, la guerra se ha trasladado a los territorios de la conciencia. Pero la conciencia, como nos enseñó Marx, no es una esfera autónoma de la realidad: es expresión y reflejo —activo, no pasivo— de las condiciones materiales de existencia.


El mayor peligro de la guerra cognitiva no reside en su capacidad de engañar, sino en su capacidad de desmovilizar, de producir una subjetividad fatalista que acepte la realidad presente como inmutable. Frente a ello, la tarea del pensamiento crítico —y de la praxis política que le corresponde— es restituir el vínculo entre la experiencia vivida y la comprensión de la totalidad social, entre el sufrimiento cotidiano y sus causas estructurales, entre la memoria histórica de las luchas pasadas y la posibilidad de un futuro emancipado.


Como sostienen Petras y Veltmeyer (2018) [15] en su análisis de la lucha de clases en América Latina, cada avance del capital en la región ha generado una respuesta correspondiente de las clases trabajadoras y populares. La guerra cognitiva es el más reciente capítulo de esta dialéctica de dominación y resistencia. La pregunta que se abre ante nosotros —pueblos de Venezuela, de América Latina y del mundo— es si seremos capaces de desarrollar las formas organizativas, las subjetividades y las conciencias que nos permitan no solo resistir, sino vencer en este nuevo terreno de batalla.

Referencias:


[1] Waldman, T. (2021). Vicarious Warfare: The Counterproductive Consequences of Modern American Military Practice. Contemporary Security Policy, 38(3), 409-431. https://doi.org/10.1080/13523260.2017.1393201
[2] Tan, A., & Perlmutter, D. (2006). The more you know, the less you understand: The problem with information warfare. Journal of Strategic Studies, 29(3), 497-521. https://doi.org/10.1080/01402390600765900
[3] Cañizález, A. (2003). Breaking Democracy: Venezuela’s Media Coup. Media International Australia, 108(1), 75-85. https://doi.org/10.1177/1329878×0310800114
[4] Forelle, M., Howard, P., Monroy-Hernández, A., & Savage, S. (2015). Political Bots and the Manipulation of Public Opinion in Venezuela. SSRN Electronic Journal. https://doi.org/10.2139/ssrn.2635800
[5] Hesketh, C. (2019). A Gramscian Conjuncture in Latin America? Reflections on Violence, Hegemony, and Geographical Difference. Antipode, 51(4), 1179-1199. https://doi.org/10.1111/anti.12559
[6] Buxton, J. (2019). The Missteps of Venezuela’s Opposition—Again. NACLA Report on the Americas, 51(2), 125-130. https://doi.org/10.1080/10714839.2019.1617472
[7] López-Rodríguez, A. M. (2021). Legal Consequences of and Approaches to the Question of Recognition of a Government of a State: Disputes involving Venezuela. ICSID Review – Foreign Investment Law Journal, 36(3), 491-514. https://doi.org/10.1093/icsidreview/siab022
[8] Mooney, J. (2021). Economic Sanctions, International Law, and Crimes Against Humanity: Venezuela’s Referral to the International Criminal Court. American Journal of International Law, 115(2), 305-312. https://doi.org/10.1017/ajil.2021.20
[9] Melo, B. P. (2018). To Be or Not to Be, That Is the Question?—Fragments of Marxist Theory on the Movements of Class Consciousness. International Critical Thought, 8(1), 102-118. https://doi.org/10.1080/21598282.2018.1430602
[10] Hawkins, K., Rovira Kaltwasser, C., & Andreadis, I. (2018). Polarization, Participatory Democracy, and Democratic Erosion in Venezuela’s Twenty-First Century Socialism. The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science, 681(1), 62-79. https://doi.org/10.1177/0002716218817733
[11] Morozov, E., & Erofeev, S. (2017). Hybrid wars: the archaization of political consciousness and involution of media. Russian Journal of Communication, 9(1), 62-76. https://doi.org/10.1080/19409419.2017.1323177
[12] Luz, N., & Miller, E. (2020). Minimal Effects, Maximum Panic: Social Media and Democracy in Latin America. Social Media + Society, 6(4), 1-12. https://doi.org/10.1177/2056305120984452
[13] Krieg, A., & Rickli, J.-M. (2018). Surrogate warfare: the art of war in the 21st century? Defence Studies, 18(2), 159-186. https://doi.org/10.1080/14702436.2018.1429218
[14] Main, A., & Dangl, B. (2019). Venezuela: A Critical Moment to Challenge Intervention. Socialism and Democracy, 33(2), 118-125. https://doi.org/10.1080/08854300.2019.1638184
[15] Petras, J., & Veltmeyer, H. (2018). Class Struggle Back on the Agenda in Latin America. Journal of Developing Societies, 34(1), 1-23. https://doi.org/10.1177/0169796×17753000
[16] Youngers, C. (2000). Cocaine Madness Counternarcotics and Militarization in the Andes. NACLA Report on the Americas, 34(3), 16-23. https://doi.org/10.1080/10714839.2000.11722614
[17] Morales, G. (2018). Comparative analysis of the emerging projects in Latin America after the crisis of the neoliberal modernity project in the early 21st century. Thesis Eleven, 149(1), 48-66. https://doi.org/10.1177/0725513618813382
[18] Robinson, W. I. (2024). Downplaying U.S. Imperialism Despite its Ongoing Tenacity: The Latin American Dimension. Latin American Perspectives, 51(2), 3-22. https://doi.org/10.1177/0094582×241256896

Nota al pie

La archaización de la conciencia política, es un fenómeno contemporáneo en el que los discursos, comportamientos y estructuras mentales de la política moderna retroceden hacia formas más primitivas, emocionales o tribales. Este proceso implica abandonar el debate racional y la complejidad democrática en favor de la dinámica basadas en la división, la identidad grupal y lideres.


Se puede reconocer en este fenómeno características y formas de expresión que evidencia culturas políticas populista y emocionales, donde la conciencia política se deforma a alejarse de la comprensión estructural de los problemas y enfocarse en el odio, el rencor social y la división. As mismo, encontramos formas de tribalismo, como un retorno a la lógica de “amigo-enemigo”, donde la pertenencia al grupo es más importante que las propuestas políticas. Se expresa también el liderazgo paternalista, que muestra la reaparición de figuras de autoridad vistas como “pastores del pueblo”, un concepto arcaico descrito por plato donde el líder asume un rol educador o paternalista sobre la ciudadanía. Por último, podemos encontrar la desinformación como herramienta, creando un contexto que permite que la desinformación alimente este retroceso, afectando la toma de decisiones razonables.


Este fenómeno se ve alimentado por la lucha por recursos, la polarización y la arremetida de intereses económicos. En lugar de una conciencia política basada en la ciudadanía moderna, se promueve una que busca “salvadores” o respuestas simples a crisis complejas. La archaización busca concentrar el poder en figuras que apelan a pasiones primarias, eliminado la racionalidad. Es un retroceso hacia formas autoritarias o tribales de entender el poder, impulsando por la polarización y la manipulación emocional, mientras la conciencia política sana busca transformar las relaciones de poder de manera horizontal y colectiva.

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RECONOCIMIENTO, RECONOCEDORES Y RECONOCIENTES


Por Profesor Julio C. Valdez
Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM)
Marzo, 2026

¿Qué significa que el gobierno norteamericano, ante el Tribunal de Nueva York, reconozca a Delcy Rodríguez como “la única jefa de estado” de Venezuela? Como cualquier asunto social, ese significado genera múltiples interpretaciones, cruzadas y a veces incompatibles entre sí. Una primera ojeada rápida nos indicaría que se trata de un simple procedimiento legal para que, una vez reconocidos los actores principales, se allane el camino de las negociaciones económicas entre los gobiernos estadounidense y venezolano. No obstante, este asunto tan importante lleva consigo otras diversas lecturas, dependientes de los puntos de vista y de los intereses de los actores en juego.

Por ejemplo, la oposición más radical ve truncada su intención de tomar de una vez el poder del gobierno venezolano. María Corina Machado ha sostenido internacionalmente la idea de que el ejército del norte nos intervendría para colocarla a ella como presidenta. Sin embargo, a pesar del apoyo de parte de algunos funcionarios del gobierno norteamericano y de varios senadores, no sólo no ha recibido la unción del propio jefe del poder, Donald Trump, sino que ha sido desestimada por él. De este modo, el reconocimiento de la presidenta venezolana, Delcy Rodríguez, parece indicar que por ahora ella será la autoridad absolutamente reconocida por el gobierno de USA.

Por otra parte, el citado reconocimiento también presenta una diversidad de miradas. En primer lugar, ya lo decíamos, es un recurso técnico-legal para formalizar las transacciones comerciales. Pero ello nos reta a hacernos otras preguntas. ¿Por qué un gobierno extranjero ha de pronunciarse sobre la legalidad y legitimidad de un gobierno decidido por sus propios habitantes? Y entramos aquí en el juego político. Un gobierno que, desde el poderoso complejo militar-industrial, amenaza y asedia a otro país para extraer sus recursos naturales, ¿tiene la potestad de decidir quién es la autoridad legítima, sin incurrir en violación a las leyes y los tratados internacionales? Claro que, sabemos, este asunto rebasa la frontera de la legalidad para entrar en la esfera de la geopolítica mundial. Y esa geopolítica (”orden internacional basado en reglas”), al parecer, cada vez reafirma más lo que popularmente llamamos la ley del más fuerte.

Hemos referido que no se trata sólo de un asunto doméstico, puesto que, sin duda, se trata de un mensaje más global, que rebasa el suelo nuestroamericano para adquirir rasgos planetarios: un gobierno, con suficiente poder bélico-político puede abrogarse el poder de determinar qué gobierno es legítimo/legal y cuál no lo es. Es decir, se tienden a diluir las soberanías nacionales, las posibilidades de cada pueblo de decidir quiénes son sus gobernantes y cuál ha de ser su destino colectivamente construido.

Otro aspecto relevante es el tratamiento informativo y cognitivo de este suceso. Por ejemplo, Según CNN (12 de marzo, 2026), el encargado del Departamento de Estado para Latinoamérica, Michael Kozak, se refiere al reconocimiento de USA a Delcy Rodríguez como una “normalización” de las relaciones diplomáticas y consulares para promover “la estabilidad”, dar apoyo a la “recuperación económica” y avanzar a la “reconciliación política” en nuestro país. Mientras, Resumen Latinoamericano (13 de marzo, 2026) enfatiza la necesidad de reanudar las relaciones entre ambos países, con la mayor seguridad jurídica posible, a partir (según el politólogo Luis Millán) de una amenaza visible sustentada en la flota del Caribe y el grupo militar que ha de combatir el narcotráfico y el terrorismo. El Tiempo (11 de marzo, 2026) indica que este reconocimiento deja fuera de juego a Nicolás Maduro, quien ya de ninguna forma ha de optar por ser considerado presidente de Venezuela.

Pero es aún de la mayor importancia cómo es percibido este reconocimiento de USA en nuestro país. En la fuente ya citada, CNN, Delcy Rodríguez responde señalando que tal reconocimiento no es a una persona, ni a un gobierno, sino a un país, desde el derecho de ese país a respirar en materia de servicio, de salud, de educación, es decir, que pueda recuperar su vida. Telesur (14 de marzo, 2026) refiere las palabras de nuestra presidenta encargada como un acto de “justicia institucional”, que el restablecimiento de relaciones debe traducirse en beneficios directos para la población. La Agencia Bolivariana de noticias (12 de marzo, 2026), además de reseñar los aspectos antes nombrados, resalta el llamado de Delcy Rodríguez a la unión nacional, exhortando con fuerza a los diversos sectores de la sociedad presentes en la reunión del Programa para la Paz y la Convivencia Democrática.

En fin, desde los planteamientos anteriores, pretendemos derivar algunas líneas reflexivas para encarar comunicacionalmente el tema que nos ocupa en el presente texto.

1. Una primera línea es cuestionar el desde dónde miramos los hechos. Invitamos a desplazar la mirada, no desde el Departamento de Estado de USA, sino desde nuestro propio país. Esto es, seguir el ejemplo de nuestra presidenta encargada. Delcy Rodríguez coloca este asunto del reconocimiento desde una óptica colectiva, desde un país que lucha por su derecho a ser, a decidir su futuro, que ejerce su derecho a tener relaciones equitativas y ajustadas a derecho con todas las naciones del mundo. Ello nos mueve a mirar el reconocimiento no como un acto voluntario y deliberado de un presidente extranjero hacia nuestro país, sino como un proceso histórico que construimos de modo permanente, resaltando el protagonismo del pueblo.

2. Una segunda línea reflexiva podemos caracterizarla como contextualización del tema. Ello se refiere a mostrar la actual situación de Venezuela tras el ataque militar del 3 de enero, que bajo asedio y amenaza mortal, obliga a nuestro país a negociar preferencialmente sus recursos con el país del norte. Así, nuestras altas autoridades asumen la responsabilidad de gobernar peligrosamente, en un contexto de coacción y desventaja, pero apoyándose en las fortalezas alcanzadas por nuestro proceso político social bolivariano: unidad en el gobierno, apoyo de las fuerzas armadas, marco legal que sustenta la soberanía y la solidaridad internacional. Desde esta contextualización, el reconocimiento del gobierno norteamericano a nuestra presidenta encargada, ha de mutar desde una legitimación que aceptamos pasivamente, a un momento estratégico que acompaña la marcha global de nuestro proceso bolivariano, orientado a superar esta difícil coyuntura para asumir plenamente el proceso civilizatorio que hemos decidido como pueblo.

3. Una tercera línea reflexiva tiene que ver con las oportunidades que, al interior de nuestro país, siguen abiertas para la construcción progresiva del Estado Comunal. En ello, volvemos a las palabras de nuestra presidenta encargada, referidas a que aprovechemos este reconocimiento para lograr beneficios para el pueblo venezolano, en materia de servicios, de educación, de salud. En la medida que se vuelquen estos recursos al pueblo, a partir de los proyectos comunales, y acompañados de procesos permanentes de educación popular, podemos seguir construyendo fuerzas populares para apuntalar el porvenir, atendiendo al llamado del Comandante eterno Hugo Chávez Frías de la unidad cívico-militar.

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Genealogía de lo abyecto como mecanismo de linchamiento epistémico y civilizatorio: Del debate de Valladolid al 03 de enero de 2026 en Venezuela

Por Profesor Luis Delgado Arria
Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM)

1. Introducción: La abyección como matriz de la colonialidad

El concepto de lo abyecto, entendido más allá de su formulación psicoanalítica original (Kristeva, 1980), se configura como un dispositivo político-ontológico fundamental en la constitución del sistema-mundo moderno/colonial. Siguiendo la genealogía foucaultiana, este ensayo postula que la producción de lo abyecto constituye una praxis concreta de linchamiento —epistémico, civilizatorio y eventualmente físico— sobre las alteridades periféricas. Esta genealogía crítica traza el recorrido de dicho dispositivo desde su cristalización en el siglo XVI hasta su expresión contemporánea en la ofensiva imperial contra Venezuela, particularmente en los eventos del 3 de enero de 2026.

La operación abyectadora, como sostiene Dussel (1992), es consustancial a la modernidad misma: «La modernidad se origina en la conquista, la colonización, la modernidad es un fenómeno europeo, pero es la justificación filosófica de la praxis de la conquista» (p. 23). Este ensayo demuestra cómo este mecanismo ha mutado históricamente, adaptándose a los requerimientos del poder imperial, para culminar en lo que aquí denominamos el linchamiento integral del ser, del poder y del saber de la otredad venezolana en el contexto geopolítico contemporáneo.

2. La génesis colonial del dispositivo abyectador: Sepúlveda, Las Casas y la humanidad en disputa

La disputa de Valladolid (1550-1551) representa el acta fundacional del dispositivo abyectador en la periferia imperial. En este debate, Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas establecieron los paradigmas contrapuestos que, sin embargo, operaban dentro de un mismo marco colonial. Sepúlveda, apelando a Aristóteles, construyó la figura del «bárbaro natural» como justificación ontológica de la dominación: «Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones» (Sepúlveda, 1547/1997, p. 101).

Frente a esta abyección explícita, Las Casas propuso una defensa paradójica que, aunque humanizante, mantenía la estructura tutelar: «Estas gentes son del linaje humano […] capaces de nuestra fe católica y de ser reducidos a la vida humana política y domesticados» (Las Casas, 1552/1992, p. 45). Como analiza Segales (2020), esta defensa operaba dentro del mismo paradigma sacrificial que estructura la colonialidad: «La defensa lascasiana del indio, aunque noble, lo constituye como víctima sacrificial cuya humanidad debe ser reconocida por el verdugo, nunca por sí misma» (p. 78).

3. La independencia como proyecto abyectador interno: Bolívar y la nación inconclusa

La era independentista heredó y reconvirtió el dispositivo abyectador. Simón Bolívar, formado en la Ilustración, enfrentó la paradoja de construir repúblicas modernas en sociedades marcadas por la heterogeneidad colonial. En su Discurso de Angostura (1819), Bolívar revela esta tensión: «Uncido el pueblo al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud» (Bolívar, 1819/1976, p. 112). Para Bolívar, el «pueblo» —entendido como las masas mestizas, indígenas y negras— constituía una realidad abyecta que debía ser «civilizada» para acceder a la ciudadanía.

Contra esta visión, Simón Rodríguez, mentor de Bolívar, proponía una revolución más radical: «La América española es original; originales han de ser sus instituciones y su gobierno, y originales los medios de fundar uno y otro. O inventamos o erramos» (Rodríguez, 1840/2001, p. 56). Rodríguez intuía que la mera reproducción de modelos europeos perpetuaba la lógica abyectadora, ahora dirigida hacia los «otros internos» de la naciente república.

4. Resistencias decoloniales: Zapata, Sandino y Mariátegui frente a la abyección

El siglo XX presenció emergencias políticas que desafiaron radicalmente el dispositivo abyectador desde la periferia de la periferia. Emiliano Zapata en México encarnó la rebelión del campesino indígena abyectado: «La tierra es de quien la trabaja» no era solo una consigna agraria, sino una afirmación ontológica contra la desposesión colonial (Womack, 1968). Augusto C. Sandino, por su parte, enfrentó directamente la máquina imperial estadounidense, declarando: «Soy nicaragüense y me siento orgulloso de que en mis venas circule, más que cualquiera, la sangre india» (Sandino, 1927/1984, p. 45).

José Carlos Mariátegui realizó quizás la crítica más sistemática desde el marxismo heterodoxo. En sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), identificaba que «el problema del indio» no era racial sino económico-social, y que su solución requería una transformación radical: «El socialismo, en fin, está en la tradición americana» (Mariátegui, 1928/2007, p. 56). Mariátegui proponía una epistemología del sur que reivindicara los saberes y modos de vida de los abyectados como fuente de emancipación.

5. Teorías del poder y la abyección en el capitalismo tardío

La crítica teórica contemporánea proporciona herramientas para desmontar el dispositivo abyectador en su fase actual. Michel Foucault, con su genealogía del poder, muestra cómo se producen históricamente las categorías de lo normal y lo patológico: «El poder no es tanto represivo como productivo de subjetividades y saberes» (Foucault, 1976/1998, p. 89). Enrique Dussel radicaliza esta crítica desde la periferia: «El ego conquiro (conquisto, luego soy) es el fundamento del ego cogito moderno» (Dussel, 1992, p. 67).

Para Rigoberto Lanz, la tarea es deconstruir las «raíces gnoseológicas de la dominación» que naturalizan la abyección (Lanz, 2006, p. 34). Byung-Chul Han diagnostica la mutación contemporánea del dispositivo: en la sociedad del rendimiento, «el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo, voluntariamente, sin coacción externa. Es amo y esclavo en una persona» (Han, 2010/2012, p. 45). La nueva figura abyecta es el «fracasado», el que no rinde según los parámetros del capitalismo cognitivo.

Franco «Bifo» Berardi analiza cómo el semicapitalismo explota no solo el cuerpo sino la mente y los afectos, generando una «precariedad existencial generalizada» (Berardi, 2012, p. 78). István Mészáros, por su parte, señala la crisis estructural del sistema que intensifica los mecanismos de exclusión: «El capitalismo ha llegado a sus límites históricos absolutos» (Mészáros, 1995/2010, p. 112), lo que genera respuestas cada vez más violentas para mantener la dominación.

Juan Bautista Segales, desde una teología política de la liberación, conceptualiza este proceso como «el sacrificio de los pobres»: «El capitalismo tardío requiere de víctimas sacrificiales periódicas para su reproducción simbólica y material» (Segales, 2020, p. 123). Venezuela, con sus vastos recursos petroleros y su proyecto soberanista, se convierte en la víctima sacrificial ejemplar del imperialismo contemporáneo.

6. Venezuela 2026: La actualización del dispositivo abyectador

Los eventos del 3 de enero de 2026 —el ataque militar estadounidense que resultó en la captura del presidente Nicolás Maduro y la ocupación de instalaciones estratégicas— representan la actualización violenta del dispositivo abyectador en el siglo XXI. Esta operación, denominada «Determinación Absoluta», no fue un acontecimiento aislado sino la culminación de un proceso de construcción discursiva del «enemigo abyecto».

En los años previos, el Estado venezolano fue sistemáticamente representado como una anomalía monstruosa en el discurso imperial: «narco-estado», «dictadura», «amenaza a la seguridad hemisférica». Como señala el análisis crítico de estos eventos, «la construcción mediática de Venezuela como espacio de excepción justificaba la intervención como acto de ‘higiene política’ internacional» (Análisis Crítico, 2026, p. 3). Esta retórica reactualiza el gesto sepulvediano de deshumanizar al otro para legitimar la agresión.

El linchamiento ejecutado fue trifronte:

1. Linchamiento del ser (ontológico): La captura y exhibición del presidente constitucional como «criminal» buscaba negar la soberanía corporeizada de Venezuela, reduciendo su liderazgo a mero cuerpo delincuente.

2. Linchamiento del poder (político): La declaración estadounidense de que «gobernará Venezuela hacia una transición segura» y estará «muy involucrado en la explotación del petróleo venezolano» (Comunicado Oficial EE.UU., 2026) reinstaura explícitamente el derecho de conquista en el siglo XXI.

3. Linchamiento del saber (epistémico): La justificación de la operación como acción contra el narcotráfico intentaba despolitizar la agresión, anulando el saber histórico y político producido por el chavismo y sus bases sobre su propia realidad.

Como analiza la prensa crítica latinoamericana, «el ataque a Venezuela funciona como advertencia disciplinaria para cualquier gobierno que intente desafiar los parámetros del orden imperial» (Perucca, 2026, p. 2). Venezuela es castigada por representar lo que Segales (2020) denomina «un límite político a la subordinación geopolítica» (p. 156) y por poseer las mayores reservas petroleras del mundo.

7. Conclusión: Hacia una humanidad inabyectable

La genealogía crítica del concepto de lo abyecto revela su función central como mecanismo de linchamiento epistémico y civilizatorio en la expansión y reproducción del imperialismo. Desde el debate de Valladolid hasta los bombardeos en Caracas, opera una lógica constante: la producción de una alteridad radical cuya humanidad es suspendida para justificar su dominación, explotación o eliminación.

Los eventos del 3 de enero de 2026 en Venezuela no constituyen una anomalía histórica, sino la expresión contemporánea de esta lógica abyectadora cuando se enfrenta a una resistencia soberana que rechaza su lugar asignado en la jerarquía global. Como sintetiza Dussel (1992): «La periferia no es exterioridad geográfica sino exterioridad constitutiva que el sistema centro requiere negar para autoafirmarse» (p. 134).

Frente a este dispositivo, la resistencia venezolana y la solidaridad continental que ha generado representan más que una defensa geopolítica: constituyen un acto de afirmación de una humanidad inabyectable. Defender la soberanía de Venezuela significa defender el principio de que ningún pueblo puede ser reducido a la categoría de «cosa» disponible para el sacrificio en el altar del capital global.

La tarea filosófica y política que surge de este análisis es doble: primero, profundizar la deconstrucción genealógica del dispositivo abyectador en todas sus manifestaciones contemporáneas; segundo, impulsar lo que Rodríguez vislumbraba como «invención» radical de alternativas civilizatorias que partan de los saberes y luchas de los históricamente abyectados. Solo así el linchamiento del ser, del poder y del saber podrá encontrar su antídoto en la afirmación colectiva de una humanidad plural e irreductible.

Referencias

Berardi, F. (2012). La fábrica de la infelicidad. Traficantes de Sueños.

Bolívar, S. (1976). Doctrina del Libertador (2ª ed.). Biblioteca Ayacucho. (Trabajo original publicado en 1819)

Dussel, E. (1992). 1492: El encubrimiento del Otro. Editorial Nueva Utopía.

Foucault, M. (1998). Historia de la sexualidad, Vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI. (Trabajo original publicado en 1976)

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder. (Trabajo original publicado en 2010)

Kristeva, J. (1980). Poderes de la perversión. Siglo XXI.

Las Casas, B. (1992). Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1552)

Lanz, R. (2006). El discurso posmoderno: Crítica de la razón escéptica. CIPOST/FAHE/UV.

Mariátegui, J. C. (2007). 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Biblioteca Ayacucho. (Trabajo original publicado en 1928)

Mészáros, I. (2010). Más allá del capital. Vadell Hermanos. (Trabajo original publicado en 1995)

Rodríguez, S. (2001). Sociedades americanas. Biblioteca Ayacucho. (Trabajo original publicado en 1840)

Sandino, A. C. (1984). El pensamiento vivo de Sandino. Editorial Nueva Nicaragua. (Trabajo original publicado en 1927)

Segales, J. B. (2020). Teología del sacrificio de los pobres. Editorial el perro y la rana.

Sepúlveda, J. G. (1997). Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1547)

Womack, J. (1968). Zapata y la Revolución Mexicana. Siglo XXI.

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¿De las sanciones a la recuperación o del pecado a la sanación?

Por: Profesora Isabel Rivero D’ Armas
Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM)
Marzo, 2026.

El que impone el lenguaje impone también como quiere que la realidad sea entendida. Desde la lingüística cognitiva, la imposición de ciertas palabras condiciona la interpretación de los hechos porque mediante estas se activan ciertos marcos cognitivos: estructuras mentales de vieja data que favorecen la aceptación de creencias que pueden ser falsas, y hasta el rechazo de las verdaderas, por más bien sustentadas que estén. Nuestro modo de ver el mundo depende de estas estructuras que conforman el inconsciente cognitivo y es lo que también llaman sentido común.

Desde la orden ejecutiva estadounidense de marzo de 2015, renovada en febrero de 2026, en la que se nos califica de amenaza inusual y extraordinaria, empezaron las sanciones: una serie de medidas coercitivas que superficialmente parecen económicas pero que son esencialmente morales. Estas formas de coerción se centraron, entre otras acciones, en el congelamiento de activos nacionales, la imposibilidad de vender nuestro petróleo, en el robo de empresas estratégicas, caso de Citgo, en la inhabilitación de autoridades para gestionar gubernamentalmente, hasta en la negación de insumos médicos, como las vacunas, en el contexto de la pandemia por Covid del 2020. 

La voz ‘sanción’ es una de esas palabras impuestas por el que ejerce el rol dominador para mantener sumiso a un grupo. La interpretación de esta palabra está condicionada por el marco cognitivo de la moral conservadora, anclada a su vez en el marco del padre autoritario, aquel que castiga al hijo desobediente y que enseña que el mundo es un lugar peligroso, en el que hay que competir, por lo que lo divide en ganadores y en perdedores; existe un mal absoluto y un bien igualmente absoluto. Este marco es parte de otro marco mayor que es la familia, centrado en cómo nos relacionamos con la figura de autoridad, que se forma desde temprana edad.

Concretamente, en el marco del padre estricto se sustenta la ideología del libre mercado. Desde esa estructura, las sanciones económicas son entendidas como sanciones morales, porque el significado subyacente de este constructo es que el país sancionado debe ser castigado por desobediente. Es como el hijo descarriado de la familia.

Asimismo, la sanción está anclada a un marco religioso que ubica al grupo dominado en el lado del mal, entendido como mal absoluto, desde el cual es visto como pecador, por desobediencia, y por ello debe tener una pena, en este contexto, una sanción. Etimológicamente la voz en cuestión proviene de latín sanctio, sanctionis, derivada del verbo sancire, que significa santificar o hacer inviolable.

Después de la invasión a la República Bolivariana de Venezuela hace dos meses, en la que se secuestró al presidente constitucional Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores, se anunció por parte de la administración de Trump un plan de tres fases. Una de ellas es la recuperación.  Ahora los pronósticos de crecimiento económico resultan optimistas por el levantamiento de algunas medidas coercitivas como las relacionadas con el petróleo venezolano que liberan el producto de la renta petrolera.

La situación anterior oxigena la economía venezolana que viene de una crisis por el bloqueo. A pesar de la asfixia, el gobierno avanzó en años recientes con el plan soberano orientado a la producción nacional para el abastecimiento alimentario, así como en aspectos como garantizar el derecho a la salud, por las medicinas de los laboratorios venezolanos que sustituyen las importadas, y la tecnología, de empresas nacionales, lo que ha incidido en un aumento de la capacidad exportadora.

Todo lo anterior se suma a favor en la recuperación, que no es otra cosa que la disminución de la coerción, pues el gobierno venezolano ha avanzado en la recuperación económica desde el 2022 presentando importantes logros como es la sustitución de la importación por la producción nacional. Recordemos que en la cuarta república éramos sobre todo un país importador.

Finalmente, las sanciones, mejor medidas coercitivas, que afectaban al pueblo venezolano, desde la moral conservadora, representan la pena impuesta al pecador por coerción, que una vez redimido encuentra la sanación en la salvación, en el tránsito de la amenaza a la amistad, cuando un enemigo deja de ser hostil, representado así por defender su soberanía.

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Deepfakes y fraude comunicacional en la ciberguerra contra Venezuela

Por: Irene León

Decir que la comunicación internacional es el escenario predilecto para la acción de la oposición al proyecto bolivariano, no es una hipotésis sino una constatación, que puede ser contrastada en una linea de tiempo de más de dos décadas, donde las estrategias comunicacionales han actuado como dispositivo complementario, y en casos central, en la disputa geopolítica y geoeconómica por los destinos de Venezuela.

Es tan así, que esto puede graficarse con la metáfora de las dos Venezuelas: la de verdad con los aciertos y contradicciones que se viven in situ y, por otro lado, aquella que se produce en los laboratorios de comunicación internacional y, más recientemente, en los laboratorios de guerra cognitiva, una estrategia de daño estructural, diseñada ya no solo para disputar los sentidos, sino para moldear las mentes y los comportamientos individuales y colectivos¹ en función del proyecto del capitalismo corporativo y digital².

Una de las herramientas de uso recurrente para esto último son las deepfakes, conocidas como el prototipo de las mentiras profundas, aquellas “con capacidad de convencer o poner a dudar hasta a los más incrédulos»³. Y es que con el recurso a la inteligencia artificial y sus derivados, como el Machine Learning, se logran ensamblajes de simulaciones audiovisuales y contenidos multimedia cada vez más reales, para manipular la verdad y posicionar lo ultra falso. Es más, la proliferación de estos productos tecnológicos es considerada como un avance en la generación de los procesos de desinformación, que son parte del engranaje de la guerra cognitiva.

El ejemplo más fehaciente de su aplicación se evidencia en la invasión estadounidense contra Venezuela, sucedida el 3 de enero de 2026, que se consumó con una táctica de sorpresa, velocidad y gran violencia⁴, precedida de un caos organizado, un caos digital en el espacio aéreo y un monumental proceso de desinformación mundial, donde se constata un protagonismo sin precedentes de las deepfakes, la mitomanía y el fraude comunicacional, que son utilizados como elemento consustancial de la arremetida bélica y política. Más aún, es ostensible el uso procaz de estos recursos por las más altas esferas del poder estadounidense.

Así, luego de embelecar a la opinión pública con los bulos sobre el narcotráfico, que se diseminaron para legitimar la militarización del Caribe, el ulterior bombardeo estadounidense a Venezuela y el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia Flores, en la actual fase, para convalidar el poder estadounidense y la invasión como un hecho, se acude a las deepfakes como un recurso clave para fracturar el poder bolivariano, posicionando versiones sobre rupturas y traiciones internas, en las más altas esferas, especialmente desde la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y sus entornos.

El día de la invasión a Venezuela, una foto recorrió el mundo, fue la falsa prueba de vida del presidente Nicolás Maduro, publicada en Truth Social por el mandatario etadounidense, Donald Trump. En la imágen figura una imitación del presidente Maduro, esposado y con los ojos vendados, presuntamente a bordo del USS Iwo Jima. Esta y otras cinco deepfakes, que circularon profusamente y sin verificación previa, según la verificadora de la información digital, NewsGuard, en menos de dos días obtuvieron 14,1 millones de visitas en X y otros tantos en otras plataformas, pero luego de verificación: “las cinco imágenes eran fabricadas y fuera de contexto y dos videos que también se difundieron eran tergiversados”⁵.

El New York Times expresó tantas dudas sobre la autenticidad de esos materiales, especialmente de la foto del Presidente en el Iwo Jima, que sólo reprodujo el mensaje de la fuente original, es decir el post de Trump y no la foto como evidencia, y señaló que eso fue porque: “El Times ha informado sobre la costumbre de Trump de difundir imágenes generadas con inteligencia artificial y deepfakes en las redes sociales, así que teníamos motivos para ser escépticos sobre la autenticidad..”⁶. Además, no existe ninguna herramienta que verifique imágenes de manera inequívoca, afirmó.

En el episodio previo, con estas tecnologías y modalidades, aún si toda la institucionalidad internacional evidenciaba lo contrario, se difundió como una verdad de Estado, desde las más altas vocerías estadounidenses, el presidente y el canciller, la mentira profunda de la existencia de un “Cartel de los Soles”, presuntamente dirigido por el presidente venezolano, a quien se responsabilizó, por esa vía, de narcotráfico e incluso de las adicciones dentro del país del norte. Detalles sobre esto recorrieron el mundo en tiempo real, fueron noticia diaria, multiplicada al infinito en las plataformas digitales.

Asimismo, lobbies y autoridades estadounidenses promovieron condenas para los supuestos responsables de aquel cartel ficticio y, contrariando la legislación internacional, llegaron a difundir un precio a la cabeza del presidente venezolano, asuzando el interés de mercenarios y otros matones. Hubo incluso otros Estados e instancias que hicieron propia la versión de la supuesta peligrosidad de ese cartel para la seguridad nacional estadounidense y para el hemisfério, y adoptaron medidas.

No obstante, la única evidencia que se exhibió fueron las deepfakes y azarosas declaraciones, sin contrastar, provenientes de una de las partes: del presidente estadounidense. Y, con la conjunción entre estos productos comunicacionales y el proyecto expansionista, se cometió un delito internacional: el secuestro del Jefe de Estado de un país soberano. No depende solo de esto claro, pero fue un ultrafalso comunicacional y político tan real, que cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos desestimó la existencia del ‘Cartel de los Soles’⁷ y descartó el liderazgo de Maduro, la curva del sensacionalismo fake persistió y el presidente sigue secuestrado en el país del Norte

Otra deepfake, proveniente de ese mismo escenario, la protagonizó nuevamente el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando en las horas siguientes al bombardeo de Caracas afirmó que: fue una operación tecnológica, limpia y rápida, que no encontró resistencia y logró el objetivo de “extraer a Maduro” con facilidad. Fue una mentira profunda, transmitida como verdad por todos los medios digitales y convencionales, que influyó para que ajenos y cercanos llegaran a dudar y hasta la replicaran.

Noticias de primera plana, medios digitales, videos y hasta memes mostraron la ficticia rendición de la revolución bolivariana como una verdad. Fue una mentira tan real que cuando salió a la luz que los bolivarianos se fajaron por horas, en desigualdad de condiciones, y lograron en buena parte repeler al invasor y que incluso expertos estadounidenses como Wes Bryant, luego de visualizar imágenes reales, afirmaron que «Dada la gran resistencia que vemos, podría haber sido una operación imposible en cualquier contexto»⁸, ya pocas personas prestaron atención. Hasta especialistas en geopolítica, olvidando que la guerra comunicacional y cognitiva también es guerra, llegaron a parafrasear las deepfake de Trump.

Con este breve recuento quiero llamar la atención sobre tres puntos:

1- La guerra cognitiva es guerra. Es una ofensiva que en su etapa avanzada exhibe como objetivo la fractura, la implosión y el control de una sociedad y como posibles resultados desde la pérdida de la voluntad colectiva hasta diversos niveles de autodestrucción⁹, por lo que la defensa cognitiva es ineludible.

Según sus propias fuentes, en el caos organizado que fue decisivo el 3 de enero, Estados Unidos empleó guerra electrónica cognitiva, engaños temporales y otros recursos similares. Así, no es exagerado insistir en que la soberanía tecnológica, digital, del conocimiento y comunicacional son cuestiones prioritarias para la defensa cognitiva, que incumbe a todos los campos de la sociedad e incluye lo internacional

2- En la guerra cognitiva, que es indisociable de la ciberguerra contra Venezuela, el recurso a la mentira es medular, pues en esta modalidad bélica, como señala la Revista de Historia Militar de Francia, “ se ha redefinido el lugar jerárquico de la verdad y la mentira … al punto que, querer y poder mentir confiere una calidad superior a quien logra hacerlo”¹⁰. Además, enfatiza esa misma fuente que, ”la mentira está en el corazón de la acción económica y del auge del capitalismo” o en otras palabras, ese modelo conlleva una dimensión de timo estructurante.

Así, la proliferación de las mencionadas deepfakes, muestra sólo una de las tácticas de un proceso más complejo, que tiene que ver con las disputas sistémicas. Por lo que la defensa cognitiva debe priorizar el fortalecimiento del pensamiento propio y la ética, en todo y en todas partes.

3- El caso del secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, además del desacato de la legislación internacional, pone sobre la mesa la relevancia de interrelacionar la ética con los avances tecnológicos, como la inteligencia artificial y sus derivados, que deben estar siempre al servicio de la convivencia humana y no al contrario

Finalmente, el reconocimiento de la inexistencia del ‘Cartel de los Soles’ por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos y la supresión de la acusación relacionada, no sólo invalida la batería de deepfakes que se difundieron sobre el tema, sino que deja sin piso el ilícito secuestro del presidente venezolano, por lo que a más de la liberación inmediata, debería ser sujeto de una reparación moral, que siente un precedente ante el uso del fraude comunicacional como recurso político.


¹John Hopkins University & Imperial College London (2021) Countering cognitive warfare: awareness and resilience. En NATO Review. 20 may 2021, pg 1https://www.nato.int/docu/review/articles/2021/05/20/countering-cognitive-warfare-awareness-and-resilience/index.html

²Irene León (2026.2.2) La guerra cognitiva y su propuesta de daño estructural. https://www.elsaltodiario.com/revista-pueblos/guerra-cognitiva-propuesta-dano-estructural

³Ray Alberto (2022). Seguridad cognitiva. Ultima línea de defensa. https://albertoray.com/seguridad-cognitiva-herramienta-para-mitigar-riesgos-liquidos

⁴Isaac Yee, Avery Schmitz, Thomas Bordeaux, Katie Polglase, Allegra Goodwin, Alfredo Meza and Mark Baron.Capturing a president: CNN analysis reveals extraordinary risks taken to seize Maduro. Jan 23 2026https://edition.cnn.com/2026/01/23/americas/venezuela-maduro-fort-tiuna-compound-operation-reconstruction-intl-invs#:~:text=CNN%20has%20reconstructed,at%20Maduro%E2%80%99s%20compound

⁵Meaghan Looram (enero 5 2026) Así verificó el Times la foto que Trump publicó de Maduro esposado. https://www.nytimes.com/es/2026/01/05/espanol/nicolas-maduro-fotos.html

⁶Idem 5

⁷Nicholas Dale Leal (enero 6 2026) Estados Unidos elimina la referencia a Maduro como lider del Cartel de los Soles en su nueva imputación. https://elpais.com/us/2026-01-06/estados-unidos-elimina-la-referencia-a-maduro-como-lider-del-cartel-de-los-soles-en-su-nueva-imputacion.html

⁸Idem 4. Wes Bryant,sargento mayor retirado de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y ex controlador aéreo táctico de operaciones especiales.

⁹Idem 2

¹⁰La revue d’histoire Militaire (2023) L’attaque des cerveaux : qu’est-ce que la guerre cognitive ? https://larevuedhistoiremilitaire.fr/2022/11/03/lattaque-des-cerveaux-quest-ce-que-la-guerre-cognitive/

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¡Radio LAUICOM: Desmontemos juntos las palabras del imperialismo!

Prensa LAUICOM- Desde Caracas, Radio LAUICOM emitió su séptimo programa especial: Entre Líneas – “Desmontando el Diccionario del Invasor”, conducido por las y los profesores Beverly Serrano, Wilman Verdú y Tibisay León. El hilo conductor de esta entrega fue claro: las palabras no son neutras, y detrás de muchas que hoy circulan como “verdad universal” late una larga historia de violencia cognitiva.

Esa violencia se expresa en foros como Davos, donde bajo la fachada de “diálogo” se diseñan nuevas formas de control sobre territorios ricos como Venezuela y Groenlandia.

Allí, el lenguaje técnico y diplomático oculta una lógica imperial que el Doctor Fernando Buen Abad desmonta con precisión: la imposición de complejos de inferioridad para justificar la dominación.

En este sentido, el vicerrector de Investigación de Lauicom, Luis Delgado Arria, profundiza en la revista Toparquía al identificar las cuatro dimensiones de la narrativa gris —teológica simbólica, mercantil, política y geopolítica— que naturalizan esa jerarquía global de deshumanización.

Pero el pueblo resiste ante los embates del imperialismo, las cartas colectivas entregadas en plazas Bolívar de todo el país en apoyo al presidente Nicolás Maduro y la primera dama, Cilia Flores fueron actos de soberanía comunicacional, ejercicios de escritura popular que rompen con la idea de que solo unos pocos tienen derecho a nombrar el mundo.

Es en ese espíritu que nace la cápsula Conuco del Saber, a cargo de las profesoras Yaloha Rodríguez y Olga Uribe, para recordar que el conocimiento no es propiedad exclusiva de occidente.

Explican que a lo largo de la historia, hemos sufrido al menos cuatro grandes epistemicidios: contra el saber árabe, los saberes afrodescendientes, los pueblos latinoamericanos y las mujeres.

Esa misma lógica de borrado se reproduce en las películas estadounidenses que consumimos, siempre el mismo centro, la misma voz, la misma historia contada desde el poder.

Por eso, desmontar el diccionario del invasor es recuperar el derecho a pensar, nombrar y construir el mundo desde nuestros propios suelos.

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Desmontar el Caos: Educomunicación, Poder y Resistencia Cognitiva

Prensa LAUICOM – En el marco del curso Educomunicacional Son de Sucre, la Universidad Internacional de las Comunicaciones, en acción conjunta con el Movimiento Comunicacional Son de Sucre, ejecutaron un taller formativo, marcando con esta jornada el cierre del ciclo de 4 semanas consecutivas para preparar al pueblo comunicador en la adquisición de herramientas que le permita luchar contra la guerra cognitiva.

Gabriela Berrios, concejala, creadora de contenidos y comunicadora popular del JPSUV en el municipio Sucre, condujo con firmeza revolucionaria el taller “Geopolítica del Caos”, un espacio crítico donde se develaron las estrategias del poder imperial y los medios corporativos para imponer narrativas que siembran confusión, fragmentan la conciencia colectiva y desmovilizan al pueblo.

Desde una perspectiva profundamente arraigada en lo comunitario, el encuentro no solo expuso cómo el caos informativo opera como herramienta de dominación, sino que llamó a fortalecer la organización popular, el pensamiento crítico y la resistencia colectiva como respuestas contundentes ante maniobras desestabilizadoras.

Berrios destacó para los presentes el Carnaval Romano como ejemplo histórico de un acto profundamente comunitario y subversivo: un momento en el que la sátira popular y la inversión simbólica del orden dominante permitían al pueblo cuestionar, desde la fiesta y la risa, las jerarquías impuestas. Tanto era su poder transformador que la Revolución Francesa, temiendo su potencial movilizador, decidió abolirlo.

Hoy, en un contexto de saturación mediática, esa sátira se ha desdibujado: la verdad se mezcla con la farsa, y las emociones, más que los hechos, moldean la percepción colectiva.

Desde una mirada crítica y centrada en el pueblo, Berrios analizó cómo movimientos aparentemente opuestos, como Occupy Wall Street y el Tea Party, terminaron alimentando figuras como Donald Trump que se venden como antisistema no por convicción, sino por estrategia: una narrativa emocional diseñada para capturar indignación, fragmentar la lucha popular y canalizarla a través de plataformas digitales que operan como feudos en un nuevo tecnofeudalismo al servicio del poder establecido.

Frente a esta guerra cognitiva, el taller dejó en claro que la salida está en la organización comunitaria, la educación popular y la producción colectiva de sentido desde los barrios, las plazas y las asambleas.

No permitiremos que el caos impuesto desde los centros del poder imperial y mediático nos arrebate la palabra, la lucidez ni la capacidad de construir juntos un porvenir soberano, digno y profundamente nuestro.

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La OCS y los Aliados del Orden Multipolar: Diálogo, Soberanía y Cooperación en un Mundo en Reconfiguración

Prensa LAUICOM – El 1 de septiembre de 2025, se celebró en Tianjin, China, el 25º Consejo de Jefes de Estado de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), presidido por el Presidente de China, Xi Jinping, en el Centro Internacional de Convenciones y Exposiciones de Meijiang. Participaron líderes de los países miembros, entre ellos Vladimir Putin (Rusia), Narendra Modi (India), Kassym-Jomart Tokayev (Kazajistán), Sadyr Japarov (Kirguistán) y otros, además del Secretario General de la OCS, Nurlan Yermekbayev. El encuentro, marcado por una intensa agenda de cooperación regional y global, reafirmó el compromiso colectivo con una geopolítica más equilibrada.

Bajo el lema “Impulsando el Espíritu de Shanghái: La OCS en Acción”, los líderes reforzaron la cooperación en seguridad, economía, desarrollo sostenible y tecnología. Se aprobaron 24 documentos, incluida la Declaración de Tianjin y la Estrategia de Desarrollo de la OCS hasta 2035, así como una declaración conmemorativa por el 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial y la creación de la ONU, resaltando el papel histórico de los países miembros en la lucha contra el fascismo y su compromiso actual con un orden mundial más justo, democrático y multipolar, que desafíe las estructuras hegemónicas del sistema internacional.

Además, se firmaron acuerdos clave para establecer el Centro Antidrogas de la OCS y el Centro Universal para Contrarrestar Amenazas a la Seguridad, mecanismos que refuerzan la capacidad de la organización para enfrentar desafíos transnacionales con enfoques coordinados y soberanos. Estos consolidan la OCS como un actor central en la geopolítica euroasiática, promoviendo soluciones autónomas frente a las intervenciones unilaterales y las imposiciones externas.

La cumbre otorgó a la República Democrática Popular de Laos el estatus de Socio de Diálogo de la OCS y a la Comunidad de Estados Independientes (CEI) el de Observador, ampliando así su influencia en Asia Central y más allá. Cholpon-Ata, en Kirguistán, fue designada “Capital Turística y Cultural de la OCS” para 2025–2026, destacando el papel del intercambio cultural en la construcción de una identidad compartida basada en el respeto mutuo y la diversidad.

El evento coronó la presidencia china (2024–2025), un periodo en el que China impulsó una visión estratégica de integración regional, soberanía tecnológica y justicia en el sistema internacional. La responsabilidad pasó ahora a Kirguistán, que presentó como tema de su mandato: “25 años de la OCS: juntos por un mundo estable, desarrollo y prosperidad”. Entre sus propuestas destaca la creación de un mecanismo de ayuda en desastres, reflejando una dimensión humanitaria que fortalece la solidaridad entre los Estados miembros y proyecta la OCS como un actor clave en la geopolítica de la cooperación.

Tras la cumbre principal, se realizó la reunión “OCS Plus”, con participación de socios de diálogo y organizaciones internacionales, centrada en multilateralismo, seguridad regional y desarrollo sostenible. Este espacio reafirmó la necesidad de construir un orden global más inclusivo, donde los países del Sur Global puedan ejercer su voz sin subordinación, promoviendo una geopolítica de cooperación, no de confrontación, y avanzando hacia un mundo verdaderamente multipolar.

Al finalizar, el Ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, y el Secretario General de la OCS ofrecieron una rueda de prensa conjunta, destacando los logros del encuentro y el fortalecimiento del papel de la OCS en la gobernanza global y regional. Subrayaron que la OCS no es una alianza militar ni una coalición de bloque, sino un espacio de diálogo estratégico que defiende la soberanía, la no intervención y la cooperación horizontal —valores esenciales para una geopolítica justa y un sistema internacional multipolar.

Voces del Sur en la construcción de un mundo multipolar

En este escenario de transformación geopolítica, Venezuela emerge como el país de América Latina que más se alinea con la visión estratégica de la OCS. Su política exterior, basada en el rechazo al intervencionismo, la defensa de la soberanía nacional y el fortalecimiento de alianzas sur-sur, refleja una profunda sintonía con el «Espíritu de Shanghái». A través de vínculos crecientes con China, Rusia, Irán y otros Estados miembros, Venezuela impulsa una alternativa concreta a la hegemonía unipolar, posicionándose como un actor clave en la articulación de una geopolítica más equilibrada y justa.

Esta visión no solo se expresa en lo político, sino también en lo simbólico y comunicacional. Es aquí donde entra en escena la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), institución que, como Venezuela, defiende una transformación radical del sistema de información global. Ambos actores comparten una visión común: la necesidad de desmantelar las narrativas dominantes que legitiman el poder hegemónico y construir, desde los pueblos, una comunicación liberadora, crítica y autónoma.

LAUICOM entiende que el control de los medios de comunicación ha sido históricamente un instrumento de dominación en la geopolítica global. Por eso, su misión se centra en formar comunicadores comprometidos con la justicia social, la descolonización del conocimiento y la defensa de la soberanía simbólica. Al promover periodismo de resistencia, medios comunitarios y tecnologías de comunicación alternativas, LAUICOM impulsa una geopolítica de la palabra, donde las voces del Sur Global puedan ser protagonistas, no espectadoras.

Foto: Sputnik Mundo

Los orígenes del lawfare, su motivación disciplinaria y su aplicación regional

El legislador trumpista Ted Cruz, integrante del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, exigió al secretario de Estado, Anthony Blinken, que Cristina Fernández de Kirchner sea catalogada como corrupta y que se le impida a ella y a sus familiares el ingreso a Estados Unidos. Ocho meses antes de las elecciones en Paraguay, el candidato a presidente Hugo Velázquez –actual vicepresidente del país– fue catalogado como “significativamente corrupto” por el embajador en Asunción, Marc Ostfield, motivo por el cual renunció a su candidatura.