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Filosofía de la Revolución. Ética del amor revolucionario.

Por: Dr. Fernando Buen Abad.

La Ética de los fusiles y la Ética de la ternura.

Una consigna ética recorre al mundo. En toda su potencia brilla hoy, más que nunca, la afirmación de Fidel que define: “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. Tal consigna es de suyo un enunciado ético, de primer orden, para los tiempos que corren. ¿Cuáles revolucionarios para cuál revolución? No operemos esto con “manuales”. El carácter “universal” de semejante consigna, su alma humanista, excede a Cuba aún siendo su epicentro. Esa era la voluntad de Fidel. En el carácter marxista-leninista de la Revolución cubana se gesta una de las corrientes éticas más importantes de nuestro tiempo. El deber de todo revolucionario también es producir una revolución en la ética y para la ética. Y la Revolución en Cuba es una guía.

En un mundo infestado de humillaciones contra la clase trabajadora, ahogado en falacias “informativas”, atiborrado de vulgaridad, chapucería y banalidades… nos da luz el fulgor de la Revolución cubana con su apuesta ética revolucionaria. En un mundo hundido en miedos, individualismo y egolatrías; saturado por petulantes y mediocres, doctorados en nadería y creacionismos a medida, donde hacen su festín los publicistas y las iglesias, los pornógrafos y los pedófilos… donde se prostituye todo y se mercantiliza el alma… el capitalismo reina a sus anchas y pudre todo lo que encuentra al paso. Mundo infestado con tanto traidor, tanto blandengue, tanto trepador, tanto oportunista, tanto reformismo… Cuba nos llama a trabajar por una Ética de la solidaridad nueva, activa, combativa, rigurosamente, o de lo contrario nos sepultarán con más basura ideológica burguesa y con más capitalismo. Esto es intolerable.

Qué fenomenales desafíos ha debido enfrentar la Revolución cubana. Desafíos que no sólo han demorado la conquista de la máxima felicidad posible para su pueblo sino que la han sometido a las pruebas más feroces de la resistencia económica, psicológica, política y cultural. El balance de la Revolución, que aquí nos interesa, está pasando todavía por el purgatorio criminal del bloqueo que no sólo no ha terminado, sino que se recrudece. Así y todo, la Revolución cubana nos educa, como brújula y praxis que no dejó de proveernos lecciones e interrogantes, luces y autocríticas, sencillamente porque jamás fue una institución puramente teórica o mental para celebraciones idílicas o abstractas, sino porque la Revolución pasó a ser núcleo de las cosas diarias. En la cabeza, en la panza y en los corazones. En la praxis. No lo ve quien no quiere verlo.

No hay tiempo para diletantes. No hay lugar para burocracias bibliográficas ni para farándulas de gurús. Hay que declarar la abolición de la esclavitud semántica y la supresión de todo fanatismo con manuales esotéricos. El caso más aberrante de “Crimen Organizado” a nivel mundial, se llama Capitalismo. En sus más de tres siglos, organizó la destrucción del planeta, la depredación de la condición humana, pobreza, miseria y hambrunas. Ha humillado a los seres humanos y amenaza al futuro.

Cualquiera habla de Revolución refiriéndose a cualquier cosa, pero el problema está en cuánto y cómo, eso que se llama Revolución, realmente cambia paradigmas o solamente los maquilla. Por eso, tarde o temprano, si hemos de asumirla con seriedad, la Revolución cubana nos interpelará. Nos hará preguntarnos, y respondernos, dónde está nuestro granito de arena, nuestro aporte probadamente solidario, ese que ayuda a modificar los paradigmas dominantes para dar lugar a paradigmas emancipadores infatigables. Como es la propia Revolución.

Debemos entender a la Revolución cubana como la conquista ampliada de un Derecho Humanista Fundamental. El derecho a la Revolución. Como el peldaño más alto de la praxis que asciende desde lo deseable a lo posible y desde ahí a lo realizable. Una Revolución que no acepta ser reducida a una abstracción de esos procesos revolucionarios que la hacen internacionalista en sus tonos y colores político-territoriales. Comprender la superioridad, su valor, como factor decisivo en nuestra Historia reciente, nos hace estar convencidos de que luchar tiene un valor superior, en un mundo común en que se vive bajo la ordinariez de las semiósferas burguesas. La Revolución cubana, al asumir el socialismo sobre una base científica y no utópico-ilusionista, se legitima en cuanto que cambio para la organización de la lucha, que no es cosa del pasado, sino necesidad para salir del capitalismo, sin tergiversaciones ni confusiones, porque es expresión de una fase superior de la sociedad que debe desaparecer toda subordinación esclavizadora contra los seres humanos.

Cuba es una forma de la Ética de nuevo género tanto por las ideas revolucionarias, como las acciones revolucionarias que desenmascaran y combaten al capitalismo. Ética que ha sido blanco de todo género de distorsiones y persecuciones en el terreno de la teoría, del centrismo “cientificista” amorfo y ecléctico; en las filas del reformismo que elude las obligaciones concretas y tiende a privilegiar toda demora de la “práctica revolucionaria”, sin aceptar que sólo la teoría marxista puede impartir una orientación revolucionaria a la práctica. Tal cual lo explicó Fidel:

Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.

Nuestro deber es hacer la revolución. Con el surgimiento de la Revolución cubana, el mundo experimentó una transformación geopolítica, cultural y comunicacional que estremeció al imperio. De inmediato se dispuso a destruir todo cuanto significase Revolución y de inmediato salió a comprar “voluntarios” de las armas y de las ideologías (falsa consciencia y engaño) para organizarlas en una guerra, sin cuartel, que no ha cesado un solo minuto. Guerra contra Cuba revolucionaria en todos los ámbitos de la teoría o de la práctica, se dejó sentir como un odio de clase “nuevo” que encolumnó formas de “pensar” y hacer “política” –en su sentido más burgués- para aniquilar la rebeldía organizada y consciente de su ruta. Pero se encontraron con un pueblo organizado de mil maneras (obreros, estudiantes, ciudadanos comunes y campesinos) decididos a no seguir siendo oprimidos… la clase opresora no pudo seguir oprimiendo. Cambió el rumbo, cambió la dirección y cambiaron los dirigentes. Triunfó una Revolución que parió una Ética nueva.

La Ética de la verdad

¿Qué baratijas ideológicas podrán convencernos de aceptar, más tiempo, el negocio macabro de las industrias bélicas; qué palabrerío podrá convencernos de tolerar el espectáculo de pobreza que se transmuta en miseria y hambrunas; con qué saliva querrán anestesiarnos mientras nos despojan del trabajo, la vivienda, la salud, la educación… mientras insisten en que les aplaudamos como focas adictas? Los 2153 millonarios que hay en el mundo, poseen más riqueza que 4600 millones de personas (un 60% de la población mundial), según revela Oxfam en un informe publicado hoy, la víspera del Foro Económico Mundial de Davos (Suiza). Este mundo debe salir del capitalismo, y todos sus desastres, inmediatamente.

Cuba encontró un camino. Semejante parto ético originado en Cuba, tendría que remover, de la vida cotidiana, las instituciones mentales, las costumbres y los hábitos de esclavitud; los pre-conceptos y las definiciones de la vida misma, inoculadas por la ideología de la clase dominante como vectores centrales de la existencia en cada persona, en su relación con los demás seres humanos y con la naturaleza toda. Ese parto ético de nuevo género, debía abonar la tierra de la mentalidad revolucionaria para hacer florecer las ideas nuevas y de reponer el trabajo justo y colectivo, como la mayor riqueza, por encima de la acumulación del capital. Formidable tarea para revolucionar las cabezas y los valores contra toda telaraña mental, momias ideológicas y creencias con raíces hondas como la resignación, el saqueo irremediable y privación de todo para garantizar la buena vida de los amos. Cuba con su Revolución ha construido, paso a paso, un imaginario social nuevo con seres humanos solidarios dispuestos a rehacer en su cabeza, su corazón y su panza, un modo de relacionarse de manera fraterna para producir lo que necesitamos todos y distribuirlo para el bien de todos. Ética para cambiar la dirección de todos los beneficios.

Nuestro deber es hacer la revolución. Ética que organiza democráticamente a una sociedad que lucha por vivir sin clases sociales, sin opresores y sin oprimidos, donde además de modificar el modo de producción, han cambiado las relaciones de producción, esta vez ya en manos de personas empeñadas en ser felices —con toda la dificultad que ello implicaba— y en que logren ser felices los seres humanos contra una realidad global sometida a todo género de infelicidades. Esa es la decisión de un pueblo que avanza con dirección distinta para los seres humanos y para el planeta, que a muchos parecía imposible, utópico, mesiánico o loco… y a otros parecía esperanzador, deseable, posible y realizable; exigió claridad meridiana en el qué hacer y en el cómo hacerlo.

El desafío ético que Cuba trajo con la Revolución exigió —y exige— mucha precisión en el orden de las prioridades y los plazos, en la profundidad y en la amplitud de las transformaciones humanistas. Exigió y exige un cambio, de raíz, en la mentalidad y una disposición solidaria a toda prueba. Exigió, y exige, instrumentos para movernos hacia delante en la ciencia, en las artes, en la teoría y en la praxis. Es imposible orientarse sin una Ética nueva, si realmente queremos salir del mapa del pasado. Ética de exigencias nuevas para la práctica en el proceso que implica la creación de una sociedad donde lo más importante sea el bienestar de la sociedad misma y la integridad ético-política “del dicho al hecho”, para alcanzar los objetivos marcados por la dirección del programa revolucionario.

Para comprender esta Ética, es necesario saber, en primer lugar, que tal ciencia, nacida de una Revolución, tiene un objeto de acción permanente en todo el hacer humano. Tal objeto que incide en la moral revolucionaria, se afirma en, al menos, dos grandes territorios de la actividad humana histórica y social. Ya no es una moral inamovible de afirmaciones extra-históricas, como es uso de algunas, sino que es una forma de la práctica humana, un producto histórico que varía profundamente, y se perfecciona, bajo la fuerza de una Revolución Socialista. La Ética para revolucionar debe revolucionarse a sí misma, bajo la influencia del fenómeno histórico que es la Revolución marxista-leninista, que se ocupa, también, de la conducta de los seres humanos ante el planeta sin dejar de imbricarse con la psicología, la sociología, la economía política y la antropología… con toda lucha que tenga una base material y sobre la que se erige la superestructura con su carácter indisolublemente social.

En Cuba se origina una Ética en transición y para la transición que tiene un origen histórico que se encuentra ya en la comunidad primitiva; para superar la división de la sociedad en clases, enriqueciéndose con la dialéctica marxista, en la praxis. Cuba desarrolla una Revolución no sólo para romper con los modos de producción, y con las las relaciones de producción de la moral burguesa con toda su hipocresía, la moral individualista, Cuba nos plantea el desafío de sentar las bases para una Ética verdaderamente humana, universal, en la que no exista la explotación del hombre por el hombre para la abolición definitiva de la sociedad dividida en clases. Dicho como lo diría el Ché, una ética para el amor.

Nuestro deber es hacer la revolución. Ética rigurosa que debe defenderse de los reformistas, los conciliadores, los disfraces, las emboscadas ideológicas y las guerras mediático-psicológicas, diseñadas principalmente para demorar, abortar, deformar y asesinar todo aquello que implique pasos (así sean pequeños) en la dirección emancipadora. Ética para superar lo viejo (aún no superado) y para impulsar lo nuevo que no termina de nacer. En esa transición (explicada así muy apretadamente) nos hemos visto inmersos muchas décadas y eso nos ha costado vidas y recursos incalculables pero, claramente, en Cuba, la fortaleza ética ha permitido resistir tormentos imperiales indescriptibles, en todos los niveles, desde de lo colectivo hasta lo más íntimo. Los enemigos de la Revolución, en sus delirios genocidas, han dado por muerto todo lo que suene a transformación y, así, dan por muerto el poderío ético cubano, sus logros, sus beneficios y aportes… han llegado a dar por muerta la historia misma. Y se han equivocado, la Revolución ha sido más fuerte que todas sus trabas.

Lo esencial de la Ética revolucionaria cubana no pueden borrarlo. Está viva en la revolución permanente que el pueblo cubano despliega en cada una de sus rebeldías y revoluciones (grandes o pequeñas) de esa Revolución cubana permanente, que ocurre en miles de ámbitos distintos, más visibles o menos; de esa lucha pertinaz e incesante nace un nuevo tipo de valores y acciones, marcadas por el pueblo trabajador, una Ética para la creación de una cultura y una comunicación de lo común, de lo comunitario, de lo comunista como fase superior de la felicidad humana. Sus médicos son un ejemplo preclaro, lo son también los cinco héroes, la música, las artes, la cultura del pueblo cubano. No se trata de un simple “re-acomodo de términos filosóficos”, es imprescindible aprender de la Revolución cubana, de su Moral de lucha y de su Ética, porque en el mundo entero avanza la degradación, la desmoralización y la ruina de los pueblos. Es una situación de vida o muerte para la clase oprimida que representa objetivamente el único futuro viable de la Humanidad. Si la Ética no responde a la dirección marcada por las bases, y no se producen cambios, la especie humana quedará cada día más expuesta a peligros históricos, como el neo-nazifascismo.

Ética de lo deseable, lo posible y lo realizable.

Nuestro deber es hacer la revolución. Solidarios con la Revolución cubana desarrollar las fuerzas productivas, la educación crítica y descolonizada, el pensamiento en la formación científica socialista. La definición de la Revolución nos ofrece aspectos esenciales para la Ética nueva donde se combina un carácter objetivo, normativo, con reglas o protocolos de intervención revolucionaria sobre, por ejemplo, la propiedad de las riquezas y sus distribución para todos; y el carácter fáctico en los actos reales, bajo tensión entre lo hecho y lo que debieron ser. Tal tensión, en condiciones revolucionarias, es dialéctica, uno implica al otro, pero en acción directa, no ilusoria. Necesitamos normas revolucionarias para la Ética revolucionaria, no hay práctica correcta sin teoría correcta. Lo normativo para ser realizado, pero no bajo el designio de normas abstractas, generales, idealistas sino bajo los requisitos del proceso revolucionario que demanda hechos concretos a soluciones concretas y, superar todo freno al desarrollo social.

Si la Revolución cubana nos ha obsequiado con bastiones humanistas de nuevo género, si su generosidad ha sido tal que marca el presente, tanto como el futuro, luchando por las mejores condiciones para la vida buena de todos, entonces nos ha puesto a la mesa de la Historia un plato ético exquisito, rico en motivos, rico en consciencia del fin, rico en decisión firme para la realización del acto ético-revolucionario; rico en voluntad para acompañar indisolublemente la determinación del fin común por sobre otros; rico en la predilección por los medios populares probados históricamente en la realización del fin común, en su realización objetiva, asumidas todas las consecuencias, propiamente, de carácter social. Lo deseable, lo posible y lo realizable. (Adolfo Sanchez Vázquez)

Esta estructura ética forjada por la Revolución cubana, forma una totalidad en las partes cobra realidad en el todo como significado moral. Así, por ejemplo, la legitimidad de una motivación revolucionaria se determina en la praxis y en los consensos donde agente puede reconocerla claramente como obra colectiva. Así la elección de un fin ético, y la selección de un medio, no se hace aisladamente porque pierde sentido moral, aun si el acto se realiza. En todo caso es indispensable plasmar el carácter revolucionario del fin, objetivar la conducta revolucionaria, para que garantice un resultado que podemos medir moralmente en colectivo, al ponerlo en relación con una norma marxista-leninista asociada a un sistema de normas de una comunidad histórico-social revolucionaria, como lo es en Cuba.

Necesitamos un Humanismo concreto, histórico y creador, no abstracto, expresión del conjunto de las relaciones sociales, incluso con sus conflictos madre, como perfeccionamiento ético y espiritual, que rescate las mejores luchas emancipadoras contra la alienación y los atentados a la libertad humana. Esta construcción del humanismo real, se necesita para transformar el mundo existente, conservando sólo lo mejor pero no para reconciliarse entre antagónicos. Un humanismo que debe ser condición fundamental en la conciencia, como necesidad y posibilidad de la transformación del mundo. Conciencia que debe tener una interpretación verdadera y científica del mundo y una crítica consensuada de lo existente.

Celebramos la Revolución cubana, a pálpito de Patria Grande, porque es hija de la Historia y al mismo tiempo camino para la especie humana. Nunca en la Historia se había logrado un desafío ético mayor, una obra revolucionaria, de los humildes, de los oprimidos, de los explotados. Por primera vez en la Historia latinoamericana y caribeña se ha establecido, en la práctica, un horizonte ético obrero-campesino duradero. Se hizo sobre bases revolucionarias, sobre bases marxistas, sobre bases leninistas. Eso implica, el marxismo desde su esencia creadora, su esencia dialéctica, sus principios éticos aplicados de manera revolucionaria, aplicados, también, con un sentido moral, en una época concreta, bajo acoso y bloqueo. El triunfo de la Revolución cubana es, también, seguir luchando, sin cansarse, contra el odio, la represión y el crimen imperiales. Su victoria va sedimentando una Ética de nuevo género que no sólo se ocupa de la economía, de la industria, de la cultura… se ocupa del corazón. Esa es una victoria de la Revolución que vive de la verdad humana, de la franqueza, de la honestidad, de la pureza, de sus principios marxistas y leninistas en acción dialéctica crítica y autocrítica. No nace de la nada. Nuestro deber es hacer la revolución. Completarla permanentemente.

Cuba Periodistas

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Contra la traición a la patria: Ética Bolivariana

“Hay que reconstruir la historia a partir de la visión de los oprimidos, de los sometidos, de los torturados, de los asesinados, de los desplazados. A partir de la mentira en la historia se creó el molde que imponen los imperios para que veamos de rodillas sus inventos, sus negocios y sus falacias.. José Sant Roz, Nos duele Bolívar 1983.


Estas reflexiones sobre la conciencia ética socialista bolivariana se corresponden con el debate de ayer y hoy sobre un asunto estratégico del sistema de ideas y pensamientos que orientan la Revolución Bolivariana. Fue siempre un tema abordado por el Comandante Chávez como propósito estratégico y es una ocupación permanente de la gestión de presidente Maduro. Ya hemos visto algunos resultados sobre la titánica lucha contra la corrupción que de repente aparece como la mítica culebra de mil cabezas a la que se anteponen las millones de cabezas pensantes del pueblo venezolano con conciencia ética e histórica.
La ética es el planteamiento filosófico del bien, mientras que la moral son las prácticas, legaciones y costumbres derivadas de la ética. Para Sócrates “la verdad se identifica con el bien moral, esto significa que quien conozca la verdad no podrá menos que practicar el bien. Saber y virtud coinciden, por lo tanto quien conoce lo recto actuará con rectitud y el que hace el mal es por ignorancia.”


Es Bolívar con su narrativa ética del honor, el deber, la honradez y la virtud del bien la que se replicó en los padres y madres, en los maestros y en la escuela, la que está empollada en el ser profundo del pueblo venezolano, es un asunto de orden ontológico nuestro.
Los postulados ético-políticos del Libertador Simón Bolívar y su historia, hoy se han convertido en protagonistas de nuestro presente, los vivenciamos como si los extrajéramos de sus discursos donde siempre él previó el pensamiento prospectivo de los tiempos por venir y hoy doscientos después nos guía y nos da luces para su realización en la redención social y en una categoría política suprema soberanía: La Independencia.


Pero para llevar a cabo ese apostolado hay que reconocer en el Libertador toda la carga ética de su pensamiento, tamizarlo críticamente y convertirlo en acción cotidiana. En sus conceptos de libertad, de justicia y de igualdad hay un relato épico que lo hace único y que le ha graneado la identidad emocional de un pueblo granamericano y caribeño.
Ya no es el hombre que escribió unos discursos donde retrató la trascendencia de su moralidad construida en un sistema de ideas, sino una guía de acción para las luchas políticas presentes, de la comprensión geopolítica en identidad común y que se destila en unidad e integración continental para poder controlar sus dominios nacionales y tener fuerzas para razonar sus libertades ciudadanas con el derecho de ser libres y no dominados por alguna otra fuerza superior a los designios de sus propios pueblos.


Casi toda la narrativa historiográfica sobre la independencia está referida al hecho militar- territorial, no menos importante, pero pocas veces reconocemos al Bolívar cultural, que fue capaz de comprender su momento histórico y exigir a la generación política de su época la liberación de los esclavizados, el reconocimiento de la igualdad y la diversidad como valores principistas de exigencia colectiva y el sentido de identidad incluso continental hecha por quien alcanzó una estatura ética y épica insuperable.


A la dignidad bolivariana se contrapone la traición, tal cual como ocurrió hoy, también sucedió ayer. Veamos el caso de la traición a Bolívar por quien fuera Presidente de la Colombia grande, Francisco Antonio Zea. El Libertador ya venía molesto por la actitud de Zea y en una carta al Vicepresidente Santander le escribió el 30 de mayo de 1820:
(el) señor Zea es tan bueno que ha hecho cosas que usted no puede imaginar. Ha hecho que unos nuevos Welzares se apoderen de las misiones (del Caroní) influyendo en el Congreso para que se les regalasen a unos aventureros extranjeros, con agravio de la justicia, de la razón y de los libertadores. Le ha dado licencia a Mariño para que se vaya a trinidad y me ha escrito que se lo llevaba para el Norte para agente. Lo primero es atroz porque nos deja un germen de guerra civil, y lo segundo es absurdo porque iba a desacreditarnos más aun de lo que estamos.


Pero luego Francisco Antonio Zea fue enviado a renovar los empréstitos de Gran Bretaña a la República de Colombia, lo que generó nuevas quejas del Bolívar por malversación de fondos para la República y luego la manera como intentó que España reconociera a Colombia al proponer unos acuerdos por cuenta propia:
En 1821 Zea viajó a Madrid, donde se unió a los plenipotenciarios José Rafael Revenga y Tiburcio Echeverría, que trataban sobre la paz con el gobierno liberal de España en los términos de reconocimiento de la independencia y de República tal cual las orientaciones del Libertador.

Zea por iniciativa propia, presentó al Gobierno español una proposición para llegar a un acuerdo basado en el reconocimiento de la independencia por España, el establecimiento de regímenes monárquicos en varias naciones de Hispanoamérica y un sistema que estructurase una Comunidad Hispánica de Naciones con participación de España y de sus excolonias emancipadas. (Diccionario de historia de la Fundación Polar)


En otra carta de Bolívar a Santander el 14 de enero de 1823 escribió:
Mucho me ha gustado esta hermosa carta en que usted nos pinta el estado de la república tan brillante. Gual [1] me ha hecho lo mismo con respecto a las relaciones exteriores; sólo el empréstito del señor Zea [2] es horrible. No dudo que seremos reconocidos por España y por el mundo entero; que pronto tendremos la paz….
Francisco Antonio Zea se mostró muy blando ante las demandas de Bolívar por las incursiones de agentes de Gran Bretaña más allá del rio Esequibo, en 1821, donde estaba la frontera de la Colombia bolivariana. Zea murió pobre de solemnidad, hoy a casi nadie lo recuerda…sin embargo la ética de Bolívar tiene brillo y trascendencia.


Los tiempos de ahora
La cruzada que ha emprendido el presidente Maduro en la lucha por los valores éticos revolucionarios honra al Bolívar cultural al que nos referimos, tiene urgencias de orden coyuntural contra la corrupción hecha arma contra la Revolución Bolivariana y en el orden estructural para la formación de la ciudadanía bolivariana.
La historia no se repite, pero los procesos de corrupción y falta de ética bolivariana se muestran en estos tiempos con características extravagantes en la que se mezclan conspiración con corrupción y muerte que son sinónimos.
Los liderazgos bolivarianos deben ser capaces de entender las vueltas del tiempo y la historia, capaces de historiar la ética política, de comprender y practicar la unidad de fuerzas del deber, el honor y que la humildad, como los valores de la dignidad que se remontan sobre el individualismo, las parcialidades partidistas, la corrupción, la riqueza fácil que se va igualmente ligera porque su maleta está vacía de virtudes,
Es necesario recuperar la confianza, reabrir los diálogos entre nosotros, seguir consolidando el tejido social, reagrupar las fuerzas patriotas bolivarianas, analizar y estudiar luego de batallas de resistencia y revitalizar las esperanzas siguen siendo tareas por hacer.
Los medios punitivos ejemplarizantes son recursos para amedrentar a los que están dentro del aparato burocrático, susceptibles de ser tentados por la corrupción, pero es la acción pedagógica y formativa la que genera la fundamentación de una conciencia ética.
En las escuelas, liceos y universidades debe incluirse la formación ética como materia exclusiva para la comprensión de la personalidad individual y colectiva, que se enseñe y se muestre el ejemplo de la Doctrina Ética del Libertador Simón Bolívar.


Aldemaro Barrios Romero
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