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«Que la ética sea la estética del futuro»

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

En la frase «que la ética sea la estética del futuro» se ha consolidado un territorio simbólico donde la humanidad deposita muchos anhelos de verdad, de justicia y de belleza, aun cuando no sepamos con exactitud quién la pronunció por primera vez. Tal vez nadie, tal vez todos; tal vez se desgajó sola desde la necesidad histórica, como una chispa que brota del choque entre los engranajes de un mundo que ya no soporta su propia fealdad moral. Y es precisamente esa incertidumbre la que la convierte en un arma conceptual poderosa, una suerte de consigna huérfana que rehúsa ser domesticada por los archivos y que, al negarse a ser propiedad de un autor, se abre como herramienta colectiva para la transformación de lo sensible. Porque en el fondo la pregunta no es quién lo dijo, sino quién necesita que sea dicho. Y lo necesitan los pueblos, las comunidades avasalladas, los trabajadores precarizados, las víctimas del despojo y de la desmemoria fabricada. Lo necesita la humanidad que no se resigna a vivir en un mundo donde la estética ha sido capturada por el mercado y convertida en un adorno tóxico que disfraza la explotación.

Todo el capitalismo, en su obsesión por endulzar las cadenas para que no duelan, ha convertido la estética en un dispositivo anestésico. Podría decirse que toda la maquinaria de la publicidad, del entretenimiento, de las plataformas y algoritmos, es una gigantesca fábrica de ilusión sensorial destinada a ocultar la violencia estructural que sostiene al sistema. Una estética de la alienación, donde la belleza es una mercancía más, una fachada para la barbarie. Pero esta frase irrumpe como un relámpago en la tormenta, propone invertir la ecuación. Propone que la belleza no sea un truco sino una consecuencia ética. Propone que la estética del futuro, hoy mismo brote de la justicia y no del mercado, de la dignidad y no del fetichismo, de la humanidad y no del espectáculo. Esta inversión no es un juego literario; es una tarea política radical. Es un llamado a descolonizar la sensibilidad, a arrancarle al capital los hilos con los que manipula nuestras percepciones, a construir un horizonte donde lo bello no sea un privilegio sino una conquista colectiva.

Por eso no sorprende que la frase haya sido atribuida a Lenin. No porque él la haya dicho, sino porque toda una tradición revolucionaria luchó y lucha para unir ética y estética en la praxis. Godard, con su estilo de guerrilla semiótica, supo jugar con esa atribución incierta desde el montaje cinematográfico, abriendo más preguntas que respuestas. Ese gesto godardiano—decir «creo que la dijo Lenin»—no busca engañar sino provocar. Es un dedo que apunta al vacío para que lo llenemos con sentido histórico. ¿Por qué una frase así encajaría tan bien en la tradición revolucionaria? Porque esa tradición sabe que la estética no es neutra, es un campo de disputa económico-ideologica. Sabe que toda ética real es estética actuada. Sabe que la revolución no sólo transforma las estructuras económicas sino también la sensibilidad, el modo en que percibimos y nombramos el mundo. Cuando la ética se hace revolución, la estética cambia de raíz. La estética de un pueblo liberado no puede ser la misma que la estética del sometimiento. Y en ese sentido, aunque Lenin nunca lo haya dicho, la frase podría haberlo expresado.

Pero la búsqueda rigurosa expone la otra genealogía posible, Thomas Sturge Moore, quien habló de la ética como estética de la vida. Allí está el germen, la semilla, el primer temblor de esta idea. Moore no hablaba de lucha de clases, pero intuía que la vida encuentra su forma sensible en sus actos morales. La frase, sin embargo, debió atravesar el siglo y sus catástrofes para adquirir el tono político que hoy la nutre. Pasó por guerras, revoluciones, derrotas, victorias, genocidios, esperanzas, gritos apagados y gritos encendidos. Pasó por la fábrica, por el sindicato, por la comuna, por el barrio, por la pantalla, por el libro. Pasó por millones de bocas y de manos. Y al final lo que quedó no fue un origen sino una necesidad. El futuro no puede ser estéticamente soportable si éticamente es insoportable. Y el presente, aunque esté saturado de colores, imágenes, espectáculos y pantallas, es éticamente insoportable para la mayoría de la humanidad. De ahí que esta frase sea más que un deseo, es una advertencia.

Decir que la ética será la estética del futuro es declarar que la estética actual está podrida por dentro. Que la belleza que nos ofrecen no es belleza sino maquillaje. Que la sensibilidad hegemónica está secuestrada. Que el capitalismo privatizó incluso el derecho a sentir. Que lo estético ha sido arrancado de los cuerpos y puesto en vitrinas donde sólo puede acceder quien paga. Que la emoción ha sido convertida en insumo publicitario. Que el arte se ha vuelto un lujo o un instrumento de prestigio para quienes saquean al mundo. Contra eso se inscribe la frase. Contra eso arde. Porque propone recuperar la estética desde abajo, desde los pueblos, desde las luchas que producen dignidad, no mercancías.

Cuando una comunidad se levanta, cuando un pueblo recupera sus territorios, cuando los cuerpos se organizan para resistir, aparece una estética distinta, la estética de la lucha. Una estética que no necesita adornarse porque es verdad. La ética del presente —esa ética que nace del hambre, de la memoria, de la dignidad, de la rabia— ya engendra formas estéticas que el capital no puede reproducir en serie. Esa estética de la rebeldía, esa estética de la solidaridad, esa estética del abrazo y de la barricada, no entra en ningún museo sin desbordarlo. Y esa es la estética del futuro. No la estética de la mercancía, sino la estética del pueblo. No la estética del éxito individual, sino la estética de la victoria colectiva. No la estética del simulacro, sino la estética del sentido.

Una frase así se convierte en tarea histórica, construir un futuro donde la ética revolucionaria le dé forma a la sensibilidad común. Donde la belleza no sea un privilegio sino una consecuencia natural de vivir sin explotación. Donde la estética no glorifique al poder sino a la vida. Donde los colores, los ritmos, las voces y los gestos sean obra de la cooperación y no del mercado. Donde cada acto ético —el compartir, el organizarse, el luchar, el cuidar— produzca belleza. Donde la sensibilidad sea un territorio emancipado.

Y quizá ese sea el motivo por el cual la frase no tiene origen cierto, porque el origen real está en la necesidad histórica de los pueblos. La frase es de quien la lucha. La frase pertenece a quienes la convierten en praxis. Ningún archivo podrá reclamarla porque su patria no está en el pasado sino en el porvenir. La frase, como consigna, muestra que la estética realmente transformadora es aquella que brota de la ética colectiva. No la ética de las élites, sino la ética de los pueblos que se saben capaces de reinventar el mundo. Y así, al final, el misterio de su origen se convierte en el mejor homenaje, nació donde nacen las verdaderas consignas, en el deseo profundo de un mundo distinto.

Semejante declaración de batalla pertenece a todos. Esa es su paradoja y acto de emancipación semiótica, que se desliza como un objeto rebelde que no acepta dueños. Y lo hace porque nació, o fue adoptada, en un territorio donde la lucha simbólica es inseparable de la lucha material, donde las palabras no se coleccionan en vitrinas de academia, sino que se arrojan como semillas —o piedras— contra las estructuras que pretenden administrar el sentido y formatear la sensibilidad humana. La frase no necesita firma porque su contenido exige una colectividad para hacerse carne, exige millones de gestos éticos para convertirse en estética transformadora. La frase sobrevive porque dice algo que la humanidad quiere escuchar desde mucho antes de que apareciera, que la estética —que hoy el mercado ha convertido en un adorno pegado a la mercancía— puede ser un territorio de reapropiación, que puede recuperar su fuerza política, su dignidad y su capacidad para revelar la verdad. Esa idea, que no es moderna ni posmoderna sino profunda como las luchas originarias, se filtra entre los dedos del capitalismo como un agua que se niega a ser privatizada. Y por eso la frase resuena, porque nos promete una estética donde la belleza ya no será el lujo de pocos sino una dimensión sensible de la justicia para todos.

No quiere quedar archivada en el mausoleo del palabrerío célebre, ni exhibida en el museo donde las palabras se fosilizan. Funciona como dinamita semiótica, impide la certeza, deja un hueco, una grieta por donde se hace lo contrario de la ideología dominante, que impone certezas huecas, aquí se ofrece una incertidumbre fértil. Y las incertidumbres fértiles son peligrosas para un sistema que se sostiene con dogmas y con obediencias. Tal vez la frase sólo exista para recordarnos que la politización del arte y la estetización de la ética no se decretan desde un escritorio; se construyen en la historia viva, en la contradicción, en la praxis. La frase quiere convertirse en praxis, y por eso rechaza la comodidad del origen fijo. En un mundo dividido por imperios y explotaciones, la estética establecida es cómplice de la opresión, neutraliza la potencia sensible de la vida para convertirla en espectáculo. La frase rompe las sensiblerías de mercado para que la estética del futuro brote de la ética de la justicia.

Desde hoy, la ética del futuro… si la pensamos desde la lucha política, no es un conjunto de reglas morales abstractas; es la conducta organizada de un pueblo que decide no tolerar más la explotación. La ética del futuro no habla en singular; habla en plural, como las asambleas, como los comités, como las comunas que recuperan su destino. Y si esa ética produce estética, entonces la estética del futuro no será jamás una colección de estilos ni una moda pasajera sino un modo sensible de habitar la dignidad. No una belleza que adorna la injusticia, sino una belleza que emerge de haberla superado. No una estética de escaparates, sino una estética de la vida liberada. Cuando la ética se vuelve colectiva, la estética se vuelve revolucionaria. Esa idea es intolerable para quienes gobiernan el mercado del arte, porque pulveriza la ilusión de que la belleza es propiedad de quienes pueden pagarla. Por eso la frase molesta; por eso la frase no tiene autor, porque si lo tuviera, ya estaría encapsulada en estudios académicos, domesticada, abstracta, incapaz de incendiar la imaginación popular.

Si decimos que la frase es de todos, entonces también decimos que su verdad depende de que la practiquemos. Y la práctica implica transformar el modo en que hoy vivimos la estética. La publicidad, los algoritmos, la aceleración digital, la industria cultural, todos han convertido la estética en anestesia. El capitalismo estetiza todo para esconder su violencia detrás de colores y ritmos seductores. Pero detrás del diseño, de la moda, de la felicidad envasada, late la maquinaria del trabajo precarizado, de los cuerpos explotados, de las vidas descartadas. La frase viene a romper esa cortina de humo, exige que devolvamos la estética a la ética para que la sensibilidad pueda ver lo que la dominación quiere ocultar. Una estética unida a la ética no se deja comprar; no se deja manipular; no adorna la guerra ni maquilla la pobreza. Una estética unida a la ética crea nuevas formas de percepción para revelar el mundo y para transformarlo.

Por eso la frase, aunque sin origen comprobable, es un acto de insurrección. Es una consigna para reconstruir la sensibilidad. Es una herramienta para desmontar la mentira estética del capitalismo. Es un pretexto para politizar la belleza y para embellecer la política. Y si la ética es la estética del futuro, entonces el presente debe prepararse, debe ser el laboratorio donde las prácticas emancipadoras generen nuevas formas de mirar, sentir, crear y vivir colectivamente. La ética revolucionaria no sólo transforma la economía y la política; transforma también la percepción. La estética del futuro será la de los pueblos que recuperen su potencia creadora. Será la estética del trabajo liberado, de la cooperación, de la comunidad que redefine sus valores y sus formas de vivir la belleza. Es una estética de la alegría compartida, de la igualdad, de los cuerpos afirmados en su dignidad.

Aporrea

PLAZA DE MAYO

En defensa de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo: memoria

Fernando Buen Abad Domínguez*

Hoy más que nunca debemos defender a la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo como un patrimonio ético del pueblo argentino y de toda América Latina. Pero no basta con defender: es tiempo también de pasar a la ofensiva cultural, de disputar el sentido de la educación, de denunciar la pedagogía del ajuste, de multiplicar las experiencias de educación popular, de levantar universidades desde abajo. 

No es una universidad cualquiera, la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo no nació de un decreto burocrático ni de una planificación técnica, sino de una herida abierta en el corazón de América Latina. Nació del grito desgarrado de las madres que se negaron a aceptar el olvido, que enfrentaron con pañuelos blancos a la maquinaria genocida de una dictadura militar y, en lugar de replegarse al silencio, decidieron construir una institución que vinculara el saber con la justicia, el pensamiento con la memoria y el conocimiento con la militancia. 

Hoy, esa universidad –única en el mundo por su origen ético– se encuentra bajo amenaza directa de un régimen que desprecia el pensamiento crítico, ataca la educación pública y promueve un proyecto de país regresivo, clasista y autoritario. Defender a la Universidad de las Madres no es sólo un acto de solidaridad, es una obligación ética y política con la historia de lucha de nuestros pueblos. 

Un alma mater de la militancia y del conocimiento con una perspectiva política, filosófica y educativa, la necesidad ineludible de defender la existencia, autonomía y proyección histórica de la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo como símbolo vivo de resistencia, pedagogía insurgente y conciencia transformadora. El anarcocapitalismo busca destruir la memoria. Su lógica es la del mercado sin historia, del individuo sin comunidad, del presente sin pasado ni futuro. 

En este contexto, la Universidad de las Madres encarna una anomalía radical: es un espacio donde el saber académico no se separa del dolor histórico ni de las luchas populares. En ella, las ciencias sociales, la filosofía, el derecho y la historia se enseñan con los pies en la calle y el corazón en las plazas. 

Frente al negacionismo, la pedagogía de la memoria que promueve esta universidad no se limita a la conmemoración. La memoria que cultivan las madres es activa, insurgente y profundamente ética. No se trata de recordar por recordar, sino de transformar el presente a partir del dolor asumido como responsabilidad política. Como dijo Hebe de Bonafini: “Nuestros hijos no murieron por nada. Murieron por una patria justa, libre y soberana. Y por eso los seguimos buscando y por eso seguimos luchando”. 

A la oligarquía le duele que la Universidad de las Madres sea una trinchera contra el olvido. Y en tiempos donde el negacionismo se disfraza de libertad de expresión, sostener esa trinchera es una forma de resistencia intelectual y afectiva profundamente revolucionaria. La ofensiva actual contra la Universidad de las Madres se inscribe en un proceso mayor de desmantelamiento del Estado social y de persecución de las experiencias educativas populares y emancipadoras. En nombre de la eficiencia, el ajuste y la “modernización”, se pretende privatizar la educación, subordinar el pensamiento a las lógicas del mercado y despolitizar el conocimiento. 

Pero la Universidad de las Madres representa lo contrario: una universidad que no responde a las empresas, sino a los pueblos, que no produce capital humano, sino conciencia crítica. Una universidad que no se arrodilla ante rankings ni financiamientos externos, sino que se sostiene sobre el principio irrenunciable de la dignidad humana. 

En tiempos de ofensiva brutal conservadora, donde la cultura represora vuelve a instalarse como sentido común, la existencia misma de una universidad fundada por mujeres que desafiaron a los militares –mujeres sin títulos académicos, pero con una sabiduría política indestructible– constituye una herejía intolerable para el poder neoliberal. Por eso la atacan. Porque es peligrosa. Porque no se vende. Porque enseña a pensar desde abajo. 

A diferencia de las universidades tradicionales, en la de las madres no se enseña desde la neutralidad, sino desde el compromiso. Esta pedagogía no niega la rigurosidad académica, sino que la reubica: el saber es riguroso cuando está comprometido con la vida. Como afirmaban Paulo Freire y los educadores populares de América Latina, no hay educación neutral: toda educación es un acto político. 

En esa línea, la Universidad de las Madres ha formado generaciones de estudiantes que entienden el derecho no como un instrumento para conservar el orden, sino como una herramienta para disputar la justicia; que conciben la historia no como una cronología de próceres, sino como una lucha entre opresores y oprimidos; que ven en la filosofía no una especulación vacía, sino una brújula para la acción. En esta universidad se enseña que el saber debe estar al servicio de la transformación social y que la dignidad no se mendiga: se defiende. 

Este ataque que es síntoma, no es un hecho aislado. Forma parte de una guerra semiótica, política y cultural contra todo lo que huela a pueblo, a memoria, a derechos humanos, a justicia social. Es la revancha de los sectores que nunca aceptaron la verdad, que nunca pidieron perdón, y que hoy vuelven con la furia acumulada de décadas de impunidad. 

Quieren clausurar esta universidad como quisieron clausurar la historia de los desaparecidos. Pero no pueden, porque la Universidad de las Madres no es sólo un edificio ni una matrícula: es un proyecto de país. Un símbolo. Una promesa encarnada de que otro saber es posible, de que otra justicia es necesaria, de que otra Argentina es urgente. 

Y no lo lograrán. Porque cada intento de silenciarla despierta más voces, más alianzas, más solidaridad internacional. Porque donde intentan apagar, renace la llama. La Universidad de las Madres es semilla y raíz. Es escuela de la memoria, universidad del coraje, aula de la dignidad. No la toquen. No la cierren. No la profanen. Porque donde florece el pensamiento de las madres no hay olvido posible. 

*Doctor en filosofía

fernando

Ética y Comunicación

POR: Fernando Buen Abad

Es indispensable enseñar ética transformadora, difundirla sistemáticamente, científicamente. Si privilegiamos, del concepto “comunicación”, su significado como “construcción de comunidad”, avanzamos directamente al campo de la ética que se opone a los contenidos como propiedad privada. Por sí mismo tal razonamiento incluye la idea de que la comunicación, sus medios, sus modos y sus relaciones de producción, no son una mercancía y mucho menos propiedad usurpable al colectivo para beneficios “individuales”. Aunque la lógica de la mercancía diga lo contrario, necesitamos una ética muy dinámica para transparentar el financiamiento de la política toda. La comunicación es un derecho fundamental.

Por eso es que en los reductos de la mercantilización de la comunicación, incluso con pretextos “académicos”, huyen al compromiso dialéctico con la ética de lo común y prefieran regodeos escapistas, o palabrerío de distorsiones, fabricadas para no incomodar al status monopólico de los mercenarios de medios y mensajes. Por eso es que la ética, para la construcción de la comunidad de iguales, es indispensable ante el debate capital-trabajo y es inexcusable para definir posiciones, e identidades, de la lucha de clases en sociedades donde las mayorías están sometidas, por la fuerza de las armas, del dinero o de la enajenación, a minorías usureras. Por decirlo suavemente.

Es una prioridad ética inexcusable que la comunicación incluya la agenda y la verdad de las luchas sociales, todas. Se inspire en los contenidos que están escribiendo la historia, en pie de lucha, desde todos los frentes de base. Campesinos, obreros, indígenas, estudiantiles, científicos, artísticos… la suma de los contenidos, sus tácticas y estrategias emancipadoras. La verdad plena y cruda construida desde consensos de los malestares que están luchando para transformar el mundo en un lugar de igualdad y de felicidad posible, deseable, realizable. Para todos los seres humanos. Es una urgencia de ética renovándose como iniciativa de emancipación, en su praxis como crítica a las formas de alienación. Ética que no es un humanismo abstracto, sino práctico, que encuentra su expresión revolucionaria no sólo en interpretar conductas sino transformarlas y transformarse.

Ética para la comunicación de una sociedad en la que el ser humano pueda realizarse plenamente. Ética de liberación material y espiritual, que se opone a toda forma de opresión y alienación, para la vida digna de todos los seres humanos. Contra las formas idealistas de la ética, proponiendo que sea coherente con las bases materiales y concretas de la sociedad. No se trata de proclamar a una especie humana “ideal”, sino de crear las condiciones materiales en las que todas las personas puedan desarrollarse integralmente.

Ética para construir comunidad transformadora y rechazar abstracciones ante la construcción de una sociedad en la que los individuos puedan realizarse en plena dignidad y libertad y ética como disciplina cotidiana que no sólo se enfoca en el análisis de los “valores” y “normas” morales abstractas, sino que incida directamente con la práctica social, especialmente en las luchas por la emancipación y transformación social. Ética como reflexión sobre la moral práctica y la praxis transformadora. Ética no como una pura “reflexión teórica”, diferenciándose de la moral social como si sólo fuese un conjunto de normas o principios que rigen la conducta individual. Ética no para la mera formulación de juicios morales subjetivos, sino para que se inserte en la praxis como herramienta dinámica de transformación. Insistamos. Este enfoque se alinea con una concepción humanista de la filosofía donde la teoría debe estar en función de la práctica transformadora. Ética es aquí, pues, una intervención por consensos sobre la moral de la lucha, o mejor, una teoría o filosofía de la moral revolucionaria. No una mera contemplación de ideales abstractos, si en cambio, vinculada a la praxis, entendida como la actividad humana práctica, concreta y socialmente determinada. No sólo el acto de hacer, sino la capacidad de transformar la realidad en función de acuerdos colectivos éticos. Con la comunidad como uno de sus valores supremos.

Querer una ética de la comunicación como praxis que construye a la humanidad misma, no es otra cosa que la actividad que transforma el mundo y se transforma a sí misma. Ética de la comunicación con capacidad de actuar empeñada en la libertad y en la verdad que sólo se realizan plenamente en una sociedad donde los individuos tienen la posibilidad de desarrollar sus potencialidades sin ser oprimidos. Porque sólo en la libertad cabe la realización plena de la moral y de la verdad y porque sólo la humanidad libre puede, a la vez, ser responsable de sus actos y autor de sus normas. Democratizadas en serio.

Queremos una ética de la comunicación que esté en diálogo constante con la práctica social y contribuya a la creación de condiciones de libertad y justicia social. No reo de la abstracción. Ética que se ocupe, en el sentido más amplio, de los proyectos poscoloniales contemporáneos, para la emancipación de la economía y de la inteligencia, la liberación y la crítica a la ideología de la clase dominante, es decir ética capaz de liberarnos de influencias ideológicas mercantilistas, lo cual es un elemento clave para la descolonización intelectual ante la opresión de las ideologías que justifican la explotación y el colonialismo económico y cultural. Hay que ver, críticamente, la Declaración sobre los Principios Fundamentales relativos a la Contribución de los Medios de Comunicación de Masas al Fortalecimiento de la Paz y la Comprensión Internacional, a la Promoción de los Derechos Humanos y a la Lucha contra el Racismo, el Apartheid y la Incitación a la Guerra.1 Y analizar su ética.

Queremos una ética de la comunicación para construir comunidad, lejos de toda actitud acomodaticia o conformista. Ética de la comunicación para la emancipación y crítica a la opresión no sólo política y económica, sino también cultural e ideológica. La verdadera ética de la comunicación sólo puede desarrollarse mediante una lucha por la emancipación que abra las puertas a una creación genuina, sin las ataduras de la ideología dominante. Para la comunicación auténtica y libre, es necesario emanciparse de toda forma de dependencia tecnológica e ideológica y asumir la responsabilidad de crear una cultura propia, que no repita los modelos impuestos por las potencias dominantes. Y luchar filosóficamente para lograrlo.