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El discurso de la ciencia como instancia de poder: la exclusión del «saber otro»

Por: Dr. Merwin Pérez

Existe la falsa creencia de que el discurso científico es un territorio completamente neutral, un conjunto de métodos dedicados exclusivamente a la búsqueda objetiva de la verdad. Sin embargo, desde una mirada crítica y pedagógica, es evidente que la ciencia no es solo una herramienta de conocimiento; constituye, fundamentalmente, una poderosa instancia de hegemonía.

Este discurso posee una doble cara: tiene la capacidad de descubrir y fascinar, pero también opera como un mecanismo coercitivo que descalifica e inmoviliza los saberes que no se ajustan a sus moldes tradicionales.

El lenguaje y el discurso no son accesorios externos; son las dimensiones con las que construimos nuestra identidad. Si el discurso controla las mentes y las mentes controlan las acciones, el dominio de la discursividad se vuelve un imperativo para las estructuras de poder. Esto es lo que hoy denominamos guerra cognitiva.

Como señala Teun van Dijk (2008), el poder se inscribe en el lenguaje y se reproduce mediante prácticas discursivas que restringen el acceso al espacio público y naturalizan ciertas formas de entender el mundo en detrimento de otras. El campo científico, como afirmaba Michel Foucault (1970) en su análisis sobre el orden del discurso, es también un espacio de lucha que responde a imposiciones políticas y ejerce efectos de coacción sobre la sociedad.

Históricamente, el modelo eurocéntrico y positivista ha funcionado como un tribunal supremo que descalifica los conocimientos ancestrales, populares y de los pueblos originarios. Boaventura de Sousa Santos (2010) ilustra este fenómeno mediante el concepto de la línea abisal, una frontera invisible que divide la realidad en dos universos:

A «este lado de la línea»: Se encuentra el conocimiento científico tradicional, validado por la academia institucionalizada como el único riguroso y verdadero.

«Al otro lado de la línea»: Quedan confinados los saberes indígenas, campesinos y populares. Bajo la óptica dominante, estas formas de conocimiento son rebajadas a meras creencias, supersticiones o intuiciones intuitivas, negándoles su validez epistémica por no cumplir con las normas estrictas del método formal.

Frente a este modelo, diversos pensadores latinoamericanos plantean la urgencia de un desprendimiento colonial de las estructuras cognitivas:

Zulma Palermo (2005): Propone desmontar el andamiaje positivista y dar paso, a proyectos nacidos de los debates comunitarios, sin la necesidad de buscar la aprobación de instituciones anglosajonas o eurocéntricas.

Aníbal Quijano (2000): Explica que la colonialidad del poder impone una clasificación racial y étnica que jerarquiza los saberes, y que superarla exige validar racionalidades históricamente subalternizadas.

Enrique Dussel (1977) y Catherine Walsh (2009): Coinciden en la urgencia de una filosofía de la liberación y una interculturalidad epistémica que descentren el discurso metropolitano para dar voz a la experiencia de la periferia.

Esta epistemología otra, situada en el Sur Global, parte del reconocimiento de que la comprensión del mundo es mucho más amplia que la perspectiva occidental, que la diversidad de saberes es infinita y que no puede ser monopolizada por una teoría general (Santos, 2009).

El objetivo no es desechar el avance de la investigación académica tradicional, sino complementarlo mediante el diálogo de saberes. Como advierte Luis Bigott (1992), los sistemas escolares y universitarios corren el riesgo de actuar como instrumentos de coloniaje cultural si permanecen aislados de su entorno.

Para romper estas fronteras rígidas, el matemático Ubiratan D’Ambrosio (1997) propone asumir la transdisciplinariedad no solo como un método, sino como una actitud ética y política que valide las estrategias legítimas de cada cultura para explicar y transformar su realidad.

Como última palabra, el reconocimiento del discurso científico como una instancia de poder históricamente utilizada para descalificar y excluir nos exige, en tiempos de importantes cambios sociales, una acción transformadora y contundente. Para que su poder se reoriente hacia la inclusión y el reconocimiento del saber otro, y para asombrar desde la inventiva popular, es imperativo que la labor investigativa trascienda los límites de la comodidad académica.

La verdad sobre los saberes de los pueblos no reside únicamente en la frialdad de las oficinas con aire acondicionado o en la lectura solitaria frente a la computadora de vastas bibliotecas virtuales. Por el contrario, la consolidación de una epistemología del Sur y el espíritu de la transdisciplinariedad demandan bajar al terreno, tocar la realidad tangible y propiciar el diálogo de saberes directo con las colectividades populares, minoritarias e indígenas.

Solo al confrontar y validar rigurosamente el conocimiento contextualizado en estas realidades diversas, podemos desmantelar el paradigma cartesiano y abrir nuevas puertas a la generación de profundos cambios en las esferas de poder, para el beneficio equitativo de todos los habitantes de nuestra Pachamama, nuestra «Madre Tierra», y para las nuevas generaciones.