Prensa LAUICOM – Este jueves, la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) ejecutó el cuarto módulo de la Cátedra Internacional Seán MacBride, titulado “Ejes metodológicos para una nueva comisión internacional para estudiar los problemas de la comunicación”. El Dr. Fernando Buen Abad lideró este encuentro virtual con el fin de actualizar los desafíos del Informe MacBride y promover la democratización de la palabra frente a los monopolios mediáticos, destacando que la comunicación no es una mercancía, sino un derecho humano fundamental.
Buen Abad enfatizó que la verdadera calidad de la palabra no reside en retóricas académicas, sino en una expresión sensible y compañera que entienda la historia del otro, bajo esta premisa humanista, sostuvo que una sola palabra basta para sanar o incendiar la cabeza» con reflexiones que transforman permanentemente nuestra mirada del mundo. La comunicación debe recuperar su capacidad curativa mediante el vínculo interpersonal y la fraternidad.
Advirtió que no encontrar la palabra precisa para denunciar las injusticias equivale a sucumbir mudos ante la realidad. Instó a los comunicadores a no ser víctimas de la guerra psicológica impuesta por modelos hegemónicos y a recuperar el sentido ético de la información. La comunicación real requiere ser interpelada y dialogada, trascendiendo la simple descarga de datos o mandamientos digitales que a menudo impone la virtualidad.
Finalmente, se resaltó la importancia de la consigna «más territorio y menos escritorio», promoviendo el contacto directo de calle a calle para vencer el aislamiento burocrático. Buen Abad defendió la «radio bemba» y el mirarse a los ojos como una base ética inquebrantable para la movilización social. LAUICOM reafirma así su compromiso de formar gestores de una comunicación insurgente que una la teoría con la praxis transformadora.
Eso que se llama “guerra cognitiva” se configura hoy como una de las formas más sofisticadas de intervención sobre la vida social, no ya mediante la ocupación territorial clásica ni exclusivamente a través de la coerción económica directa, sino mediante la colonización sistemática de los procesos de producción de sentido.
Su eficacia no radica en la destrucción visible, sino en la infiltración invisible; no en el estruendo de las armas, sino en la modulación silenciosa de las percepciones, los deseos y los marcos interpretativos.
En este sentido, opera como un auténtico caballo de Troya cibernético: se introduce en la cotidianeidad bajo la apariencia de neutralidad tecnológica, de entretenimiento o de comunicación ampliada, para reconfigurar desde dentro las condiciones mismas de la conciencia.
El desplazamiento de la guerra hacia el terreno cognitivo no implica la desaparición de las formas tradicionales de violencia, sino su reorganización dialéctica. La fuerza material sigue siendo decisiva, pero se articula con una dimensión simbólica que busca garantizar la reproducción del orden dominante no sólo en la infraestructura económica, sino en la superestructura cultural y afectiva. La dominación contemporánea exige sujetos que no sólo obedezcan, sino que deseen obedecer; que no sólo consuman mercancías, sino que internalicen los códigos que las legitiman como horizonte de vida.
En esta operación, la guerra cognitiva se convierte en un dispositivo estratégico para la producción de subjetividades funcionales a la acumulación.
El carácter cibernético de este caballo de Troya no debe reducirse a lo meramente digital. Aunque las plataformas, los algoritmos y las redes constituyen su infraestructura privilegiada, lo decisivo es la lógica de retroalimentación constante, de captura de datos y de ajuste permanente de los mensajes en función de las respuestas de los sujetos.
Se trata de un sistema dinámico que aprende, se adapta y perfecciona sus mecanismos de intervención, no desde una exterioridad, sino desde la inmersión total en la vida social. Cada interacción, cada preferencia, cada gesto aparentemente banal se convierte en insumo para la modelización de conductas futuras. Así, la experiencia cotidiana es simultáneamente vivida y explotada, convertida en materia prima para la ingeniería de la conciencia.
En este contexto, la ideología ya no se presenta como un conjunto explícito de doctrinas, sino como una atmósfera difusa que permea todas las dimensiones de la existencia. La guerra cognitiva no busca imponer una verdad única, sino fragmentar la posibilidad misma de la verdad compartida, erosionar los criterios de validación y sustituirlos por una proliferación de narrativas equivalentes en su apariencia, pero profundamente desiguales en su capacidad de incidencia.
La saturación informativa, la velocidad de circulación y la lógica de la espectacularización generan un entorno en el que la distinción entre conocimiento y opinión se diluye, y donde la crítica pierde terreno frente a la reacción inmediata.
Sin embargo, esta aparente dispersión no implica ausencia de dirección. Por el contrario, la guerra cognitiva opera mediante una racionalidad estratégica que orienta la producción y circulación de contenidos en función de intereses de clase bien definidos.
La concentración de los medios de comunicación, la propiedad de las infraestructuras tecnológicas y la capacidad de inversión en investigación y desarrollo configuran un campo profundamente desigual, donde ciertos actores disponen de una ventaja estructural para intervenir en la formación de la conciencia colectiva. La neutralidad tecnológica es, en este sentido, una ficción funcional a la reproducción de esa desigualdad.
Con las disputas agudizadas entre clases sociales, lejos de desaparecer en la era digital, se desplaza e intensifica en el terreno de la semiosis social. La producción de sentido se convierte en un campo de batalla donde se disputan las interpretaciones del mundo, las narrativas sobre el pasado y las proyecciones del futuro.
La guerra cognitiva busca desarticular la conciencia de clase, fragmentar las experiencias comunes y sustituirlas por identidades aisladas, fácilmente gestionables y orientables. La individualización extrema, presentada como libertad, funciona como un mecanismo de despolitización que impide la articulación de proyectos colectivos emancipadores.
En este escenario, la alienación adquiere nuevas formas. No se limita a la separación entre el trabajador y el producto de su trabajo, sino que se extiende a la relación del sujeto con su propia experiencia.
La mediación constante de dispositivos tecnológicos introduce una distancia entre la vivencia y su representación, entre el acontecimiento y su inscripción en los circuitos de circulación simbólica. La vida se vuelve, en gran medida, una experiencia mediada por interfaces que organizan la percepción, jerarquizan la información y orientan la atención.
La conciencia se configura así en un entorno preformateado, donde las posibilidades de pensamiento están condicionadas por arquitecturas invisibles.
No obstante, reconocer la profundidad de esta ofensiva no implica asumir una posición fatalista. La misma infraestructura que posibilita la guerra cognitiva abre también espacios para la resistencia y la reconfiguración crítica. La conciencia de clase, lejos de ser un residuo del pasado, se revela como una necesidad urgente en un contexto donde la explotación adopta formas cada vez más sofisticadas.
Comprender los mecanismos de la guerra cognitiva es el primer paso para desarticularlos, para interrumpir su funcionamiento y para construir alternativas que restituyan la capacidad colectiva de producir sentido. La tarea no es sencilla, pues implica disputar no sólo contenidos, sino formas de percepción y de relación. Requiere una praxis que articule conocimiento riguroso, sensibilidad ética y compromiso político, capaz de intervenir en los circuitos de la comunicación sin reproducir sus lógicas dominantes.
Se trata de construir espacios de enunciación que no estén subordinados a la lógica del mercado, que no reduzcan la complejidad a simplificaciones rentables, y que apuesten por una inteligibilidad crítica del mundo. La dimensión humanista de esta tarea no puede entenderse como una apelación abstracta a valores universales desvinculados de las condiciones materiales. Por el contrario, se funda en la afirmación concreta de la dignidad humana frente a su reducción a dato, a perfil o a mercancía.
La guerra cognitiva, en su forma actual, tiende a cosificar la conciencia, a tratarla como un objeto manipulable en función de objetivos externos.
Frente a ello, el humanismo crítico reivindica la capacidad de los sujetos para pensar, para decidir y para transformar su realidad, no como individuos aislados, sino como parte de procesos colectivos. La superación de la guerra cognitiva como dispositivo de dominación no pasa por un retorno nostálgico a formas anteriores de comunicación, sino por la construcción de nuevas mediaciones que reorganicen la relación entre tecnología, conocimiento y sociedad.
Esto implica democratizar el acceso a las infraestructuras, transparentar los mecanismos de funcionamiento y, sobre todo, desarrollar una pedagogía crítica que permita a los sujetos reconocer las operaciones a las que están siendo sometidos. La alfabetización mediática, en este sentido, no es un complemento educativo, sino una condición para la emancipación.
En última instancia, el caballo de Troya cibernético sólo puede cumplir su función en la medida en la que permanece invisible, en que sus mecanismos son naturalizados y aceptados como parte del orden de las cosas. Hacerlo visible, descomponer sus engranajes y exponer sus finalidades es ya una forma de resistencia. Por el contrario, no basta con la denuncia; es necesario articular prácticas que construyan otros modos de producir y compartir sentido, que restituyan la centralidad de lo común y que fortalezcan la conciencia de clase como horizonte de transformación.
Y la guerra cognitiva no es un destino que elegimos, sino una imposición imperial histórica que puede y debe ser superada. En la medida en la que los sujetos recuperen la capacidad de pensar críticamente su propia situación, de reconocerse en las experiencias de otros y de organizarse colectivamente, el caballo de Troya perderá su eficacia. La conciencia, lejos de ser un territorio conquistado de una vez y para siempre, es un campo en disputa permanente. En esa disputa se juega no sólo la interpretación del mundo, sino la posibilidad misma de transformarlo.
Las guerras imperiales moldean la moral, imponen valores del poder dominante y transforman la conciencia colectiva mediante control cultural y simbólico.
Uno de los efectos más profundos de las guerras imperiales es la producción de una subjetividad alienada que asume como propias las categorías del opresor. Esta alienación no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de un complejo entramado de dispositivos mediáticos, educativos y culturales que operan de manera articulada para reconfigurar el sentido común.
La moral de los pueblos colonizados deja de basarse en sus propias tradiciones y experiencias históricas, y pasa a estructurarse en torno a modelos exógenos que se presentan como universales. Este proceso implica una des-historización de la conciencia, en la medida en que se borran o distorsionan las memorias de resistencia, y se reemplazan por relatos que glorifican la dominación o la presentan como inevitable.
Todo el impacto de las guerras imperiales sobre la moral de los pueblos sometidos a procesos de colonización cultural, constituye uno de los fenómenos más complejos y persistentes de la historia moderna y contemporánea, en tanto no se limita a la devastación material ni a la reconfiguración geopolítica, sino que penetra en las estructuras profundas de la subjetividad, reorganizando los sistemas de valores, las percepciones de lo justo y lo posible, y los horizontes mismos de la acción colectiva.
En este sentido, la guerra imperial no es únicamente un dispositivo de dominación territorial o económica, sino un mecanismo de producción semiótica que modela conciencias, desarticula identidades y reconfigura la moral social en función de los intereses de la clase dominante global.
Sus guerras imperiales operan, en primer término, como pedagogías violentas de la subordinación. Su función no se agota en la imposición de una derrota militar, sino que se prolonga en la instauración de un régimen simbólico donde la violencia del dominador se naturaliza como inevitable, racional o incluso civilizatoria.
Este proceso implica la producción sistemática de narrativas que justifican la agresión bajo categorías como progreso, seguridad o defensa de valores universales, ocultando la lógica de acumulación que subyace a tales conflictos. La moral de los pueblos sometidos se ve así tensionada entre la experiencia directa de la violencia y la internalización de los discursos que la legitiman, generando una fractura entre la vivencia concreta y la interpretación ideológica de esa vivencia.
En el marco de las disputas entre clases sociales, estas guerras deben entenderse como extensiones de la dominación capitalista a escala global. La expansión imperial no responde a una mera voluntad de poder abstracta, sino a la necesidad estructural de reproducir las condiciones de acumulación en contextos de crisis o saturación de mercados.
En este proceso, los pueblos colonizados culturalmente son convertidos en objetos de intervención, despojados de su capacidad de autodeterminación y reconfigurados como sujetos dependientes de las lógicas del capital transnacional.
La moral colectiva, en este contexto, se ve atravesada por un doble movimiento, por un lado, la desmoralización producida por la derrota, la destrucción y la humillación; por otro, la moralización impuesta desde el exterior, que redefine los criterios de legitimidad en función de los intereses del dominador.
Su guerra imperial actúa, en este sentido, como un laboratorio de ingeniería moral. A través de la violencia directa y de la producción simbólica, se ensayan formas de control que luego se institucionalizan en tiempos de paz relativa. La normalización de la violencia, la banalización del sufrimiento ajeno y la fragmentación de la solidaridad son algunos de los efectos más visibles de este proceso.
La moral colectiva se ve así erosionada en sus fundamentos, perdiendo su capacidad de articular proyectos emancipatorios y de sostener prácticas de resistencia coherentes.
Sin embargo, esta dinámica no es unívoca ni lineal. La imposición de una moral imperial encuentra resistencias que se expresan en múltiples niveles, desde la insurgencia armada hasta las prácticas culturales cotidianas que desafían la hegemonía simbólica. La lucha de clases se manifiesta aquí no sólo en el terreno económico o político, sino también en el ámbito de la producción de sentido.
Los pueblos colonizados no son meros receptores pasivos de la ideología dominante, sino sujetos activos que reinterpretan, resignifican y, en muchos casos, subvierten los discursos que se les imponen.
En este marco, la conciencia de clase adquiere un papel central como herramienta de descolonización moral. La capacidad de identificar las raíces estructurales de la dominación, de reconocer la articulación entre guerra, capital y cultura, y de construir alternativas colectivas basadas en la solidaridad y la justicia, constituye un elemento clave para contrarrestar los efectos de la colonización cultural.
La moral emancipadora no puede surgir de una simple negación de la moral imperial, sino que requiere la elaboración de nuevos marcos éticos que integren la experiencia histórica de los pueblos y las demandas de transformación social.
Su guerra imperial, al desarticular las formas tradicionales de organización social, genera también condiciones para la emergencia de nuevas configuraciones de la moral colectiva.
En contextos de crisis, las comunidades se ven obligadas a redefinir sus valores y prioridades, lo que puede dar lugar tanto a procesos de fragmentación como a formas renovadas de solidaridad. La dirección que tomen estos procesos depende en gran medida de la capacidad de las fuerzas sociales para articular proyectos políticos que canalicen el descontento hacia la transformación estructural, en lugar de permitir su cooptación por discursos reaccionarios o individualistas.
Desde una perspectiva crítico semiótica, es necesario analizar las guerras imperiales no sólo como eventos históricos, sino como procesos continuos que se reconfiguran en función de las transformaciones del sistema capitalista. La colonización cultural no se limita a los contextos de ocupación militar, sino que se extiende a través de mecanismos más sutiles como la industria cultural, los medios de comunicación y las plataformas digitales, que reproducen y amplifican las lógicas de dominación.
En este sentido, la moral de los pueblos colonizados se encuentra permanentemente en disputa, atravesada por tensiones entre la reproducción de la hegemonía y la posibilidad de su superación.
Nuestra crítica a las guerras imperiales debe, por tanto, ir más allá de la denuncia de sus efectos inmediatos y abordar las condiciones estructurales que las hacen posibles.
Esto implica cuestionar no sólo las políticas específicas de los Estados hegemónicos, sino también las formas de organización económica y social que sustentan la expansión imperial. La lucha por una moral emancipadora está indisolublemente ligada a la lucha por la transformación de estas estructuras, en la medida en que la ética no puede separarse de las condiciones materiales que la hacen posible.
Porque el impacto de las guerras imperiales sobre la moral de los pueblos colonizados revela la profundidad de la articulación entre poder, cultura y subjetividad.
La dominación no se ejerce únicamente a través de la fuerza, sino también mediante la producción de sentidos que configuran lo que los sujetos consideran legítimo, deseable o inevitable. Frente a esta realidad, la construcción de una moral alternativa requiere no sólo resistencia, sino también creatividad y rigor crítico, capaces de desarticular las narrativas dominantes y de abrir espacios para la imaginación de otros mundos posibles.
La tarea no es menor, se trata de reconstruir la dignidad colectiva en un contexto donde esta ha sido sistemáticamente erosionada, y de afirmar la capacidad de los pueblos para definir sus propios destinos en contra de las imposiciones de un orden que, bajo la apariencia de universalidad, encubre las formas más sofisticadas de explotación y subordinación.
Sus guerras imperiales no sólo destruyen territorios y economías, instauran un régimen de violencia material y simbólica que reconfigura la moral de los pueblos sometidos, imponiendo como “natural” la dominación y como “inevitable” la subordinación.
En ese proceso, la conciencia de clase es sistemáticamente atacada mediante dispositivos culturales que fragmentan la memoria histórica, disuelven la solidaridad y convierten la explotación en norma, de modo que la verdadera magnitud del crimen imperial no radica únicamente en la devastación visible, sino en la colonización profunda de los criterios con que los oprimidos interpretan su propia realidad, y por ello toda ética emancipadora exige desenmascarar esa operación, restituir la historicidad de la lucha de clases y reconstruir una moral colectiva capaz de nombrar la dominación, negarla radicalmente y organizar su superación.