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Venezuela se mueve

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Toda catástrofe natural actúa como un revelador histórico. Bajo el estremecimiento de la corteza terrestre afloran también las estructuras profundas de la sociedad. Aparecen las fortalezas acumuladas durante décadas de organización popular, las capacidades institucionales construidas colectivamente, las debilidades heredadas por procesos de dependencia económica y las virtudes sedimentadas por largos ciclos de conciencia comunitaria. 

Allí donde un terremoto derrumba edificios, también pone a prueba la arquitectura moral de una nación. La pregunta decisiva deja de ser exclusivamente cuántos grados alcanzó el movimiento telúrico y pasa a ser cómo responde una comunidad organizada frente al sufrimiento de sus integrantes. 

La solidaridad es un derecho humano, no una dádiva. La solidaridad pertenece al patrimonio ético de la humanidad. Y los dos sismos de Venezuela (24 de junio de 2026). Primer sismo: magnitud 7.2, y el segundo sismo: 7.5, con diferencia temporal de 39 segundos. El evento principal ocurrió a una distancia aproximada de Caracas de 160 kilómetros al oeste. Y las razones vienen del contacto entre la placa tectónica del Caribe y la placa sudamericana. 

Ambas se desplazan lateralmente una respecto de la otra, acumulando tensiones durante décadas o siglos hasta liberarlas súbitamente mediante terremotos. Los informes preliminares sitúan el fenómeno en el sistema de fallas activo del norte venezolano, particularmente asociado al corredor tectónico que atraviesa Carabobo y la costa central. 

La ruptura produjo un fenómeno poco frecuente denominado “doblete sísmico”: dos terremotos mayores de magnitud superior a 7 ocurridos prácticamente en la misma zona y separados por menos de un minuto. Hasta ahora, 920 fallecidos confirmados y más de 3 mil heridos. Miles de personas siguen buscándose tras un colapso de edificios residenciales y comerciales. Y mucho más. Es el evento sísmico más destructivo registrado en Venezuela en más de un siglo. 

Supera claramente al terremoto de Caracas de 1967 (236 muertos y unos 2 mil heridos). Constituye uno de los pocos dobletes sísmicos mayores registrados en América Latina durante el siglo XXI. El terremoto de 7.5 liberó cerca de tres veces más energía que el de 7.2. Por eso el segundo evento fue el verdadero terremoto principal y concentró la mayor parte de la destrucción observada.

Desde una perspectiva científica, el doble sismo constituye una combinación excepcionalmente peligrosa: una gran ruptura inicial debilitó estructuras, seguida apenas 39 segundos después por un terremoto aún más poderoso que terminó de provocar colapsos generalizados. Esa secuencia explica buena parte de la devastación observada en Caracas, La Guaira, Carabobo y el litoral central.

 Venezuela se mueve. Se mueve la sociedad en su capacidad incesante para producir vida bajo condiciones adversas; se mueve la historia en medio de tensiones económicas, disputas geopolíticas y luchas sociales de larga duración; se mueve también la propia tierra, recordando con brutal contundencia que la naturaleza forma parte inseparable de la existencia humana y que ninguna construcción política puede abstraerse de las fuerzas materiales que modelan la realidad. 

Los recientes terremotos que sacudieron territorio venezolano, con magnitudes excepcionales y consecuencias dolorosas para miles de familias, constituyen un faro que ilumina múltiples dimensiones de la experiencia histórica contemporánea. No se trata únicamente de un fenómeno geológico. Se trata de una prueba social, ética y civilizatoria. 

Por ello, comprender el episodio sísmico actual exige observar simultáneamente las placas tectónicas y las estructuras sociales. Exige estudiar tanto la dinámica sísmica del Caribe como las condiciones materiales y políticas en que millones de personas desarrollan su existencia cotidiana. Exige reconocer que la producción social de la seguridad constituye una tarea colectiva tan importante como la investigación científica sobre las fallas geológicas. 

En este contexto, la solidaridad internacional emerge como una necesidad objetiva y no como gesto ornamental. Ningún pueblo debería enfrentar en soledad una emergencia de semejante magnitud. La cooperación entre naciones responde a un principio elemental de humanidad fundada en la interdependencia real de los pueblos. 

Cada brigada de rescate, cada envío de medicamentos, cada aporte tecnológico y cada recurso destinado a la reconstrucción representan expresiones concretas de una responsabilidad compartida. Constituye un derecho porque deriva de la condición social de nuestra existencia y porque ninguna frontera puede justificar la indiferencia frente al dolor humano. 

Las ofertas internacionales de apoyo que comenzaron a manifestarse tras los terremotos revelan precisamente esa dimensión universal de la cooperación entre pueblos. Sin trampas. Al mismo tiempo, resulta indispensable mantener vigilancia crítica frente a los monopolios mediáticos del morbo que suelen convertir las tragedias en mercancías informativas y políticas. En numerosas ocasiones, las catástrofes se utilizan para imponer interpretaciones simplificadoras que reducen procesos históricos complejos a relatos emocionales de consumo rápido. 

La espectacularización del sufrimiento opera como una forma de extracción simbólica. Mientras las comunidades buscan sobrevivientes entre los escombros, ciertos centros de producción informativa construyen narrativas funcionales a intereses económicos o geopolíticos ajenos a las necesidades reales de la población afectada. El dolor colectivo se transforma entonces en materia prima para operaciones ideológicas que oscurecen las causas estructurales y desplazan la atención lejos de las tareas urgentes de rescate, asistencia y reconstrucción. 

Venezuela se mueve. Se mueve porque vive. Se mueve porque produce, resiste, aprende y transforma. Se mueve en la solidaridad espontánea de quienes remueven escombros para salvar desconocidos. Se mueve en los hospitales que enfrentan jornadas extraordinarias. 

Se mueve en las comunidades que organizan refugios, alimentos y cuidados. Se mueve en la ciencia que estudia las fallas geológicas y en la conciencia social que comprende las fallas de un orden internacional incapaz de garantizar condiciones universales de dignidad. 

No para contemplar la tragedia desde la distancia, tampoco para alimentar espectáculos mediáticos de ocasión. Debe servir para recordar que la humanidad comparte un destino común y que la medida auténtica de cualquier civilización se encuentra en su capacidad para transformar la solidaridad en acción concreta frente al sufrimiento de los pueblos. Este estremecimiento de la tierra debe convertirse en un faro moral para el mundo. 

Fuente: La Jornada

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LAUICOM impulsa la Cátedra Internacional Seán MacBride para humanizar la comunicación

Prensa LAUICOM – Este jueves, la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM) ejecutó el cuarto módulo de la Cátedra Internacional Seán MacBride, titulado “Ejes metodológicos para una nueva comisión internacional para estudiar los problemas de la comunicación”. El Dr. Fernando Buen Abad lideró este encuentro virtual con el fin de actualizar los desafíos del Informe MacBride y promover la democratización de la palabra frente a los monopolios mediáticos, destacando que la comunicación no es una mercancía, sino un derecho humano fundamental.

Buen Abad enfatizó que la verdadera calidad de la palabra no reside en retóricas académicas, sino en una expresión sensible y compañera que entienda la historia del otro, bajo esta premisa humanista, sostuvo que una sola palabra basta para sanar o incendiar la cabeza» con reflexiones que transforman permanentemente nuestra mirada del mundo. La comunicación debe recuperar su capacidad curativa mediante el vínculo interpersonal y la fraternidad.

Advirtió que no encontrar la palabra precisa para denunciar las injusticias equivale a sucumbir mudos ante la realidad. Instó a los comunicadores a no ser víctimas de la guerra psicológica impuesta por modelos hegemónicos y a recuperar el sentido ético de la información. La comunicación real requiere ser interpelada y dialogada, trascendiendo la simple descarga de datos o mandamientos digitales que a menudo impone la virtualidad.

Finalmente, se resaltó la importancia de la consigna «más territorio y menos escritorio», promoviendo el contacto directo de calle a calle para vencer el aislamiento burocrático. Buen Abad defendió la «radio bemba» y el mirarse a los ojos como una base ética inquebrantable para la movilización social. LAUICOM reafirma así su compromiso de formar gestores de una comunicación insurgente que una la teoría con la praxis transformadora.

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La guerra cognitiva es un caballo de Troya cibernético

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Eso que se llama “guerra cognitiva” se configura hoy como una de las formas más sofisticadas de intervención sobre la vida social, no ya mediante la ocupación territorial clásica ni exclusivamente a través de la coerción económica directa, sino mediante la colonización sistemática de los procesos de producción de sentido.

Su eficacia no radica en la destrucción visible, sino en la infiltración invisible; no en el estruendo de las armas, sino en la modulación silenciosa de las percepciones, los deseos y los marcos interpretativos.

En este sentido, opera como un auténtico caballo de Troya cibernético: se introduce en la cotidianeidad bajo la apariencia de neutralidad tecnológica, de entretenimiento o de comunicación ampliada, para reconfigurar desde dentro las condiciones mismas de la conciencia.

El desplazamiento de la guerra hacia el terreno cognitivo no implica la desaparición de las formas tradicionales de violencia, sino su reorganización dialéctica. La fuerza material sigue siendo decisiva, pero se articula con una dimensión simbólica que busca garantizar la reproducción del orden dominante no sólo en la infraestructura económica, sino en la superestructura cultural y afectiva. La dominación contemporánea exige sujetos que no sólo obedezcan, sino que deseen obedecer; que no sólo consuman mercancías, sino que internalicen los códigos que las legitiman como horizonte de vida.

En esta operación, la guerra cognitiva se convierte en un dispositivo estratégico para la producción de subjetividades funcionales a la acumulación.

El carácter cibernético de este caballo de Troya no debe reducirse a lo meramente digital. Aunque las plataformas, los algoritmos y las redes constituyen su infraestructura privilegiada, lo decisivo es la lógica de retroalimentación constante, de captura de datos y de ajuste permanente de los mensajes en función de las respuestas de los sujetos.

Se trata de un sistema dinámico que aprende, se adapta y perfecciona sus mecanismos de intervención, no desde una exterioridad, sino desde la inmersión total en la vida social. Cada interacción, cada preferencia, cada gesto aparentemente banal se convierte en insumo para la modelización de conductas futuras. Así, la experiencia cotidiana es simultáneamente vivida y explotada, convertida en materia prima para la ingeniería de la conciencia.

En este contexto, la ideología ya no se presenta como un conjunto explícito de doctrinas, sino como una atmósfera difusa que permea todas las dimensiones de la existencia. La guerra cognitiva no busca imponer una verdad única, sino fragmentar la posibilidad misma de la verdad compartida, erosionar los criterios de validación y sustituirlos por una proliferación de narrativas equivalentes en su apariencia, pero profundamente desiguales en su capacidad de incidencia.

La saturación informativa, la velocidad de circulación y la lógica de la espectacularización generan un entorno en el que la distinción entre conocimiento y opinión se diluye, y donde la crítica pierde terreno frente a la reacción inmediata.

Sin embargo, esta aparente dispersión no implica ausencia de dirección. Por el contrario, la guerra cognitiva opera mediante una racionalidad estratégica que orienta la producción y circulación de contenidos en función de intereses de clase bien definidos.

La concentración de los medios de comunicación, la propiedad de las infraestructuras tecnológicas y la capacidad de inversión en investigación y desarrollo configuran un campo profundamente desigual, donde ciertos actores disponen de una ventaja estructural para intervenir en la formación de la conciencia colectiva. La neutralidad tecnológica es, en este sentido, una ficción funcional a la reproducción de esa desigualdad.

Con las disputas agudizadas entre clases sociales, lejos de desaparecer en la era digital, se desplaza e intensifica en el terreno de la semiosis social. La producción de sentido se convierte en un campo de batalla donde se disputan las interpretaciones del mundo, las narrativas sobre el pasado y las proyecciones del futuro.

La guerra cognitiva busca desarticular la conciencia de clase, fragmentar las experiencias comunes y sustituirlas por identidades aisladas, fácilmente gestionables y orientables. La individualización extrema, presentada como libertad, funciona como un mecanismo de despolitización que impide la articulación de proyectos colectivos emancipadores.

En este escenario, la alienación adquiere nuevas formas. No se limita a la separación entre el trabajador y el producto de su trabajo, sino que se extiende a la relación del sujeto con su propia experiencia.

La mediación constante de dispositivos tecnológicos introduce una distancia entre la vivencia y su representación, entre el acontecimiento y su inscripción en los circuitos de circulación simbólica. La vida se vuelve, en gran medida, una experiencia mediada por interfaces que organizan la percepción, jerarquizan la información y orientan la atención.

La conciencia se configura así en un entorno preformateado, donde las posibilidades de pensamiento están condicionadas por arquitecturas invisibles.

No obstante, reconocer la profundidad de esta ofensiva no implica asumir una posición fatalista. La misma infraestructura que posibilita la guerra cognitiva abre también espacios para la resistencia y la reconfiguración crítica. La conciencia de clase, lejos de ser un residuo del pasado, se revela como una necesidad urgente en un contexto donde la explotación adopta formas cada vez más sofisticadas.

Comprender los mecanismos de la guerra cognitiva es el primer paso para desarticularlos, para interrumpir su funcionamiento y para construir alternativas que restituyan la capacidad colectiva de producir sentido. La tarea no es sencilla, pues implica disputar no sólo contenidos, sino formas de percepción y de relación. Requiere una praxis que articule conocimiento riguroso, sensibilidad ética y compromiso político, capaz de intervenir en los circuitos de la comunicación sin reproducir sus lógicas dominantes.

Se trata de construir espacios de enunciación que no estén subordinados a la lógica del mercado, que no reduzcan la complejidad a simplificaciones rentables, y que apuesten por una inteligibilidad crítica del mundo. La dimensión humanista de esta tarea no puede entenderse como una apelación abstracta a valores universales desvinculados de las condiciones materiales. Por el contrario, se funda en la afirmación concreta de la dignidad humana frente a su reducción a dato, a perfil o a mercancía.

La guerra cognitiva, en su forma actual, tiende a cosificar la conciencia, a tratarla como un objeto manipulable en función de objetivos externos.

Frente a ello, el humanismo crítico reivindica la capacidad de los sujetos para pensar, para decidir y para transformar su realidad, no como individuos aislados, sino como parte de procesos colectivos. La superación de la guerra cognitiva como dispositivo de dominación no pasa por un retorno nostálgico a formas anteriores de comunicación, sino por la construcción de nuevas mediaciones que reorganicen la relación entre tecnología, conocimiento y sociedad.

Esto implica democratizar el acceso a las infraestructuras, transparentar los mecanismos de funcionamiento y, sobre todo, desarrollar una pedagogía crítica que permita a los sujetos reconocer las operaciones a las que están siendo sometidos. La alfabetización mediática, en este sentido, no es un complemento educativo, sino una condición para la emancipación.

En última instancia, el caballo de Troya cibernético sólo puede cumplir su función en la medida en la que permanece invisible, en que sus mecanismos son naturalizados y aceptados como parte del orden de las cosas. Hacerlo visible, descomponer sus engranajes y exponer sus finalidades es ya una forma de resistencia. Por el contrario, no basta con la denuncia; es necesario articular prácticas que construyan otros modos de producir y compartir sentido, que restituyan la centralidad de lo común y que fortalezcan la conciencia de clase como horizonte de transformación.

Y la guerra cognitiva no es un destino que elegimos, sino una imposición imperial histórica que puede y debe ser superada. En la medida en la que los sujetos recuperen la capacidad de pensar críticamente su propia situación, de reconocerse en las experiencias de otros y de organizarse colectivamente, el caballo de Troya perderá su eficacia. La conciencia, lejos de ser un territorio conquistado de una vez y para siempre, es un campo en disputa permanente. En esa disputa se juega no sólo la interpretación del mundo, sino la posibilidad misma de transformarlo.

Fuente: teleSUR

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Efectos de las guerras imperiales en la moral de los pueblos

Las guerras imperiales moldean la moral, imponen valores del poder dominante y transforman la conciencia colectiva mediante control cultural y simbólico.

Uno de los efectos más profundos de las guerras imperiales es la producción de una subjetividad alienada que asume como propias las categorías del opresor. Esta alienación no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de un complejo entramado de dispositivos mediáticos, educativos y culturales que operan de manera articulada para reconfigurar el sentido común.

La moral de los pueblos colonizados deja de basarse en sus propias tradiciones y experiencias históricas, y pasa a estructurarse en torno a modelos exógenos que se presentan como universales. Este proceso implica una des-historización de la conciencia, en la medida en que se borran o distorsionan las memorias de resistencia, y se reemplazan por relatos que glorifican la dominación o la presentan como inevitable.

Todo el impacto de las guerras imperiales sobre la moral de los pueblos sometidos a procesos de colonización cultural, constituye uno de los fenómenos más complejos y persistentes de la historia moderna y contemporánea, en tanto no se limita a la devastación material ni a la reconfiguración geopolítica, sino que penetra en las estructuras profundas de la subjetividad, reorganizando los sistemas de valores, las percepciones de lo justo y lo posible, y los horizontes mismos de la acción colectiva.

En este sentido, la guerra imperial no es únicamente un dispositivo de dominación territorial o económica, sino un mecanismo de producción semiótica que modela conciencias, desarticula identidades y reconfigura la moral social en función de los intereses de la clase dominante global.

Sus guerras imperiales operan, en primer término, como pedagogías violentas de la subordinación. Su función no se agota en la imposición de una derrota militar, sino que se prolonga en la instauración de un régimen simbólico donde la violencia del dominador se naturaliza como inevitable, racional o incluso civilizatoria.

Este proceso implica la producción sistemática de narrativas que justifican la agresión bajo categorías como progreso, seguridad o defensa de valores universales, ocultando la lógica de acumulación que subyace a tales conflictos. La moral de los pueblos sometidos se ve así tensionada entre la experiencia directa de la violencia y la internalización de los discursos que la legitiman, generando una fractura entre la vivencia concreta y la interpretación ideológica de esa vivencia.

En el marco de las disputas entre clases sociales, estas guerras deben entenderse como extensiones de la dominación capitalista a escala global. La expansión imperial no responde a una mera voluntad de poder abstracta, sino a la necesidad estructural de reproducir las condiciones de acumulación en contextos de crisis o saturación de mercados.

En este proceso, los pueblos colonizados culturalmente son convertidos en objetos de intervención, despojados de su capacidad de autodeterminación y reconfigurados como sujetos dependientes de las lógicas del capital transnacional.

La moral colectiva, en este contexto, se ve atravesada por un doble movimiento, por un lado, la desmoralización producida por la derrota, la destrucción y la humillación; por otro, la moralización impuesta desde el exterior, que redefine los criterios de legitimidad en función de los intereses del dominador.

Su guerra imperial actúa, en este sentido, como un laboratorio de ingeniería moral. A través de la violencia directa y de la producción simbólica, se ensayan formas de control que luego se institucionalizan en tiempos de paz relativa. La normalización de la violencia, la banalización del sufrimiento ajeno y la fragmentación de la solidaridad son algunos de los efectos más visibles de este proceso.

La moral colectiva se ve así erosionada en sus fundamentos, perdiendo su capacidad de articular proyectos emancipatorios y de sostener prácticas de resistencia coherentes.

Sin embargo, esta dinámica no es unívoca ni lineal. La imposición de una moral imperial encuentra resistencias que se expresan en múltiples niveles, desde la insurgencia armada hasta las prácticas culturales cotidianas que desafían la hegemonía simbólica. La lucha de clases se manifiesta aquí no sólo en el terreno económico o político, sino también en el ámbito de la producción de sentido.

Los pueblos colonizados no son meros receptores pasivos de la ideología dominante, sino sujetos activos que reinterpretan, resignifican y, en muchos casos, subvierten los discursos que se les imponen.

En este marco, la conciencia de clase adquiere un papel central como herramienta de descolonización moral. La capacidad de identificar las raíces estructurales de la dominación, de reconocer la articulación entre guerra, capital y cultura, y de construir alternativas colectivas basadas en la solidaridad y la justicia, constituye un elemento clave para contrarrestar los efectos de la colonización cultural.

La moral emancipadora no puede surgir de una simple negación de la moral imperial, sino que requiere la elaboración de nuevos marcos éticos que integren la experiencia histórica de los pueblos y las demandas de transformación social.

Su guerra imperial, al desarticular las formas tradicionales de organización social, genera también condiciones para la emergencia de nuevas configuraciones de la moral colectiva.

En contextos de crisis, las comunidades se ven obligadas a redefinir sus valores y prioridades, lo que puede dar lugar tanto a procesos de fragmentación como a formas renovadas de solidaridad. La dirección que tomen estos procesos depende en gran medida de la capacidad de las fuerzas sociales para articular proyectos políticos que canalicen el descontento hacia la transformación estructural, en lugar de permitir su cooptación por discursos reaccionarios o individualistas.

Desde una perspectiva crítico semiótica, es necesario analizar las guerras imperiales no sólo como eventos históricos, sino como procesos continuos que se reconfiguran en función de las transformaciones del sistema capitalista. La colonización cultural no se limita a los contextos de ocupación militar, sino que se extiende a través de mecanismos más sutiles como la industria cultural, los medios de comunicación y las plataformas digitales, que reproducen y amplifican las lógicas de dominación.

En este sentido, la moral de los pueblos colonizados se encuentra permanentemente en disputa, atravesada por tensiones entre la reproducción de la hegemonía y la posibilidad de su superación.

Nuestra crítica a las guerras imperiales debe, por tanto, ir más allá de la denuncia de sus efectos inmediatos y abordar las condiciones estructurales que las hacen posibles.

Esto implica cuestionar no sólo las políticas específicas de los Estados hegemónicos, sino también las formas de organización económica y social que sustentan la expansión imperial. La lucha por una moral emancipadora está indisolublemente ligada a la lucha por la transformación de estas estructuras, en la medida en que la ética no puede separarse de las condiciones materiales que la hacen posible.

Porque el impacto de las guerras imperiales sobre la moral de los pueblos colonizados revela la profundidad de la articulación entre poder, cultura y subjetividad.

La dominación no se ejerce únicamente a través de la fuerza, sino también mediante la producción de sentidos que configuran lo que los sujetos consideran legítimo, deseable o inevitable. Frente a esta realidad, la construcción de una moral alternativa requiere no sólo resistencia, sino también creatividad y rigor crítico, capaces de desarticular las narrativas dominantes y de abrir espacios para la imaginación de otros mundos posibles.

La tarea no es menor, se trata de reconstruir la dignidad colectiva en un contexto donde esta ha sido sistemáticamente erosionada, y de afirmar la capacidad de los pueblos para definir sus propios destinos en contra de las imposiciones de un orden que, bajo la apariencia de universalidad, encubre las formas más sofisticadas de explotación y subordinación.

Sus guerras imperiales no sólo destruyen territorios y economías, instauran un régimen de violencia material y simbólica que reconfigura la moral de los pueblos sometidos, imponiendo como “natural” la dominación y como “inevitable” la subordinación.

En ese proceso, la conciencia de clase es sistemáticamente atacada mediante dispositivos culturales que fragmentan la memoria histórica, disuelven la solidaridad y convierten la explotación en norma, de modo que la verdadera magnitud del crimen imperial no radica únicamente en la devastación visible, sino en la colonización profunda de los criterios con que los oprimidos interpretan su propia realidad, y por ello toda ética emancipadora exige desenmascarar esa operación, restituir la historicidad de la lucha de clases y reconstruir una moral colectiva capaz de nombrar la dominación, negarla radicalmente y organizar su superación.

Fuente: ALMAPLUSTV