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Su “batalla cultural” en las “reformas laborales”

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Todas las parafernalias neoliberales tienen por fondo y forma multiplicar las ganancias burguesas bajo condiciones de explotación irrefrenables. Ya el “trabajo” ha sido sometido a una guerra semiótica violenta, prolongada, intensa y, a ratos, silenciosa. El capitalismo ha comprendido que dominar los significados del tiempo, el salario y la dignidad… equivale a dominar, cínicamente, la realidad misma de los trabajadores y las trabajadoras. Su ofensiva actual –tecnológica, ideológica y cultural– busca aniquilar no sólo los derechos conquistados, sino la memoria de esos derechos. 


Se trata de una “batalla cultural” burguesa también en los territorios simbólicos, cuyo blanco de fuego es la conciencia colectiva hacia una “reingeniería semiótica” diseñada para borrar las huellas históricas del trabajo como fuerza creadora, social y emancipadora, sustituyéndolas por la narrativa empresarial del “empleo flexible”, la “emprendeduría individual”, la “colaboración” y el “retiro voluntario”. En su ofensiva contra la clase trabajadora, la burguesía ha desplegado una estrategia demencial de resignificación. 


Primero transformó la explotación en virtud productiva, el trabajador dejó de ser sujeto para convertirse en “recurso humano”. Así colonizó la imaginación social con la idea de que los derechos laborales eran un “costo”, un obstáculo al “progreso”. Y ahora, bajo la dictadura neoliberal-digital, intenta convertir la precariedad en aspiración y la servidumbre en autogestión. Cada eufemismo –“colaborador”, “freelancer”, “flexibilidad”, “teletrabajo”– funciona como signo anestésico, diseñado para encubrir la explotación con la apariencia de libertad. El lenguaje de la dominación ha mutado en gramática de la alienación. 

Nuestra semiótica crítica se opone a reducir el trabajo a una contienda sólo por salarios o a una sociología pueril de la fábrica; es una disputa revolucionaria. El capitalismo busca desfigurar e invisibilizar el vínculo entre trabajo y humanidad. Quiere que olvidemos que el trabajo es una actividad social creadora, fundamento civilizatorio de toda cultura y de toda forma de comunidad. La ofensiva ideológica consiste en despojar al trabajo de su carácter histórico, social y político para deformarlo como simple función, engorrosa, de mercado. Es la deshumanización del trabajo para borrar de los signos toda memoria de lucha, conciencia de clase y conquista obrera. 


Cuando los mass media repiten que “el trabajo del futuro” será sin sindicatos, sin horarios, sin vigilancia y sin jefe visible, está comunicándose un mensaje oculto: el capitalismo no necesita ya trabajadores organizados, sino individuos fragmentados que se autoexploten con sonrisa corporativa. Es el laboratorio de moda que fabrica el consenso de la precariedad resignada. Plataformas, algoritmos y redes sociales son los “nuevos” capataces semióticos. En ellos se construye la ficción de un “mercado libre” en el que cada trabajador o trabajadora decide su destino libremente, cuando en realidad cada clic y cada tarea están gobernados por sistemas de extracción de plusvalor invisibles; su home office.


En la historia de los derechos laborales, la jornada de ocho horas y la sindicalización, por ejemplo, es una historia de semiosis insurgente. Cada derecho obrero conquistado es también una conquista de sentido. El trabajador que reclama “ocho horas para el trabajo, ocho para el descanso y ocho para la vida” no sólo exige tiempo, está redefiniendo el significado mismo de humanidad. Por eso, la actual guerra semiótica busca arrancar del lenguaje esas conquistas. Se presenta la explotación como una “oportunidad de desarrollo personal”, y la pobreza como “falta de actitud”. La semiótica neoliberal es la pedagogía del autoengaño. 

Todo es parte del plan burgués, sustituir el símbolo del obrero consciente por el del individuo hiperconectado y descolectivizado. El plan es destruir la memoria de la clase trabajadora, rescribir la historia del trabajo en clave de consumo y espectáculo. La destrucción de la historia de los derechos laborales no se hace sólo por decreto ni por ley, sino por signos. Se rescriben manuales, se alteran los significados en los contratos y en los sistemas educativos, se promueven narrativas en las que el conflicto de clases desaparece. Así, la burguesía no necesita censurar la historia, le basta con estetizarla. Convierte la lucha obrera en recuerdo folclórico, en nostalgia sin poder revolucionario. El museo remplaza a la huelga. 


Cuando Marx analizó el trabajo, lo entendió no como mera actividad económica, sino como proceso de objetivación de la vida. El trabajador, al transformar la naturaleza, se transforma a sí mismo. Pero en la lógica capitalista, esa autotransformación se invierte, el trabajo alienado convierte al sujeto en cosa y a la cosa en sujeto. La semiótica del capital opera aquí como fetichismo de los signos, el producto adquiere un aura de independencia, mientras el productor se borra del relato.


Destruir la historia de los derechos laborales significa, entonces, destruir la conciencia de clase. Y destruir esa conciencia es destruir la posibilidad de reconocer los signos de la explotación. En el plano semiótico, el enemigo no actúa sólo con leyes o decretos: actúa con imágenes, discursos y algoritmos que naturalizan la desigualdad. La publicidad, el entretenimiento y la “cultura corporativa” son armas semióticas en esta guerra contra el trabajo. La precarización no es sólo económica: es semántica. Hoy el trabajador es bombardeado por signos que le dicen que “trabajar más es ser más libre”, que “el éxito depende del esfuerzo individual” y que “el fracaso es culpa personal”.


Y todos los signos son terreno en disputa. Cada huelga, cada consigna, cada acto de resistencia comunica. Cuidar la historia de los derechos laborales es una tarea semiótica y política, hay que devolverle al signo “trabajo” su densidad histórica y su potencia emancipadora. Hay que reducar el lenguaje del trabajo desde la verdad material de las luchas. No se trata sólo de recordar, sino de resemantizar el pasado para dotarlo de fuerza presente. Asumir esta tarea, analizar los signos del trabajo no como objetos lingüísticos, sino como motores de la lucha de clases. En cada contrato, en cada símbolo institucional, en cada discurso de “innovación” laten signos del poder que necesitan ser descifrados, transparentados. 


Hacer del trabajo un signo revolucionario y no de opresión. No basta resistir en la calle, hay que resistir, también, en el sentido. Hay que volver a llenar de contenido la palabra “trabajo”, devolverle su vínculo con la vida y con la justicia. Porque el trabajo no es mercancía, es expresión del ser social. La historia de los derechos laborales no ha terminado, está rescribiéndose en cada lucha de resistencia, en cada batalla que se niega a aceptar la esclavitud con resignación.

La Jornada

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¿Qué tan emancipada está la emancipación?

Por: Fernando Buen Abad

Preguntar por el grado de emancipación de los “emancipadores” no es devaneo retórico ni capricho incómodo, es ocuparse por una herida abierta en el corazón mismo de los procesos revolucionarios. Interroga no sólo la coherencia subjetiva de quienes luchan por revolucionar las conciencias, sino la estructura semiótica, ética y epistemológica de toda praxis transformadora. Es preguntar, también, por la dialéctica entre conciencia y acción, entre subjetividad y totalidad social, entre discurso y hecho. En ella se condensan siglos de contradicciones no resueltas entre el ideal emancipador y las formas concretas —a veces corrompidas o burocratizadas— de su realización. Preguntarnos qué tan emancipados están los emancipadores es también preguntarnos qué tan libre es el pensamiento que los anima, qué tan descolonizada está su lengua, qué tan radical es su crítica de las formas del poder y qué tan capaces son de revolucionarse a sí mismos mientras intentan revolucionar al mundo. Con una semiótica de combate a fondo.

Urge una crítica sistemática de la cultura y una autocrítica profunda de la intoxicación cultural burguesa que todos, en mayor o menor medida, padecemos. No basta con denunciar los contenidos de la dominación mediática, hay que desentrañar sus mecanismos, sus ritmos, sus estéticas, sus lógicas de seducción que han penetrado incluso en la subjetividad de los revolucionarios. La intoxicación cultural burguesa no sólo habita las pantallas, también se infiltra en el lenguaje, en el humor, en los deseos, en las formas de amar y de imaginar el futuro. Esa contaminación simbólica es tan peligrosa como la represión directa, porque actúa desde dentro, disfrazada de gusto, de modernidad, de diversión. La crítica de la cultura, entonces, no puede ser un ejercicio académico; debe ser un acto político y autotransformador, una purificación dialéctica del pensamiento y de la sensibilidad que permita reconstruir el horizonte estético del pueblo como fuente de emancipación real.

I. La paradoja del emancipador atrapado en la semiosis burguesa

Un emancipador no surge fuera del mundo que combate; se forma en sus entrañas, en el fango de las relaciones sociales que lo determinan y condicionan. Marx lo comprendió con una lucidez insuperable, “Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante”. El emancipador nace en medio de esas ideas, las respira, las reproduce a veces sin advertirlo. Su conciencia crítica, por más elevada que sea, arrastra los signos, los lenguajes y las matrices simbólicas del orden que busca superar. De ahí que la emancipación —si se la entiende como ruptura total con las formas alienadas de conciencia— sea un proceso infinitamente inacabado.

También el emancipador está atrapado en una lucha semiótica, liberar el mundo exige liberar los signos que lo interpretan, y eso implica también liberar el pensamiento que los produce. La burguesía no domina sólo por la fuerza material; domina por la hegemonía semiótica, por la naturalización de su gramática del sentido, por su control del imaginario, del deseo, del tiempo, del valor. El emancipador, si no desmonta críticamente esa maquinaria simbólica, puede reproducir en su discurso los códigos del dominador, disfrazados de consignas redentoras. El capitalismo ha aprendido a neutralizar la radicalidad de los signos, a vaciar de contenido subversivo las palabras que antes ardían en las calles, “revolución”, “democracia”, “pueblo”, “libertad”. Cuando esas palabras se convierten en etiquetas de consumo político o en eslóganes electoralistas, el emancipador corre el riesgo de quedar prisionero del simulacro. Y si no advierte esa trampa semiótica, puede convertirse, sin saberlo, en portavoz de una liberación domesticada. Disfrazada, incluso, de cancionero “popular”.

II. Emancipar la conciencia emancipadora

No hay emancipación verdadera sin autocrítica radical. Toda revolución que no enfrenta el fardo ideológico, estético y cultural burgués, mata la posibilidad de seguir emancipándose. El emancipador debe emanciparse también de sus certezas, de su propio ego mesiánico, de la tentación de creer que ya “posee” la verdad. La verdad revolucionaria no es propiedad de nadie, es proceso dialéctico, construcción colectiva, crítica viva. Marx lo advirtió en su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, “Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz del hombre es el hombre mismo.” Esa radicalidad exige que el emancipador se examine como producto de las contradicciones históricas. No se trata de purismo moral, sino de coherencia científica, sin emancipación del pensamiento no hay emancipación de la praxis. El peligro está en que los emancipadores se burocraticen. Cuando la organización revolucionaria pierde de vista las tareas de liberación en los territorios de las subjetividades, cuando se fetichiza a sí misma con auto-proclamaciones de superioridad, el proceso emancipador degenera en dogmatismo. Entonces el lenguaje revolucionario se transforma en lengua muerta, conserva la forma de la rebeldía, pero pierde su contenido dialéctico. En ese punto, la emancipación se vuelve decorativa; el emancipador, un funcionario del ideal.

III. Emanciparse de la ideología dominante

Quien ha pasado toda su vida combatiendo por la emancipación del proletariado puede creer que él es la revolución. La historia está llena de emancipadores que, en nombre del pueblo, terminaron reprimiendo al pueblo; de liberadores que fundaron nuevas servidumbres; de tribunos que confundieron la autoridad moral con el derecho a decidir por los demás. El narcisismo revolucionario es una forma sofisticada de alienación burguesa. Consiste en sustituir la praxis colectiva por el culto al yo heroico. Y esa forma del yo es producto del mismo individualismo burgués que el emancipador decía combatir. El héroe solitario es la caricatura liberal del sujeto emancipador. La revolución no necesita héroes sino sujetos colectivos con programa anticapitalista, hombres y mujeres en los que la conciencia individual se reconoce como parte de una totalidad social y simbólica más amplia. El emancipador que no se emancipa del poder ideológico y su falsa conciencia, del prestigio, del reconocimiento, de la vanidad intelectual o política, reproduce dentro del movimiento la lógica del capital simbólico. Así como la burguesía acumula plusvalía económica, hay emancipadores que acumulan “plusprestigio”, “pluspalabra”, “plusautoridad”. Son formas de fetichismo del liderazgo que corrompen la confianza colectiva y debilitan la potencia creativa del pueblo.

IV. La emancipación como proceso semiótico

Hay que insistir en que la emancipación no puede reducirse a un acto económico, es una transformación semiótica del mundo. Implica desmantelar los signos que sostienen la dominación y crear nuevos modos de significar la realidad. En este sentido, la emancipación es también una revolución del lenguaje, de las metáforas, de los imaginarios, de la sensibilidad. Nuestra Filosofía de la Semiosis enseña que los sistemas simbólicos son, en última instancia, sistemas de poder. Quien domina los códigos domina las posibilidades del sentido. Por eso, el emancipador verdaderamente emancipado debe actuar como un creador de signos nuevos, no como un repetidor de consignas. Debe poner en crisis las gramáticas heredadas, desmontar las estructuras de clase que definen qué puede decirse, qué puede pensarse, qué puede soñarse.

Un pueblo emancipado es aquel que puede nombrar su mundo con sus propias palabras también emancipadoras. Y un emancipador emancipado es aquel que no teme aprender de ese pueblo en lucha permanente, nuevas formas de lenguaje, nuevas poéticas del sentido. No hay emancipador emancipado si no se deja transformar por la semiosis del pueblo en lucha, si no escucha la sabiduría de las masas rompiendo cadenas.

V. Emanciparse de las hegemonías del dogma

Toda doctrina, incluso la revolucionaria, si se descuida tiende a fosilizarse. Lo que nació como crítica viva puede convertirse en ortodoxia petrificada. La emancipación de los emancipadores radica entonces en des-dogmatizar su pensamiento, por mantener la dialéctica abierta, por defender el espíritu crítico incluso frente a sus propias tradiciones. No se trata de relativismo ni de eclecticismo posmoderno. Se trata de fidelidad a la verdad en movimiento revolucionario. El marxismo, en su forma más elevada, no es un sistema cerrado sino una ciencia crítica abierta a su propia auto-transformación. “No es tarea nuestra —escribió Marx en una carta de 1879— anticipar dogmáticamente el mundo nuevo, sino encontrarlo en el movimiento de la realidad.” El emancipador que se aferra a fórmulas, que sustituye la investigación por la cita, que confunde el estudio con el ritual, que teme el pensamiento nuevo, se des-emancipa. Vuelve a ser esclavo de la tradición, aunque esa tradición sea revolucionaria. La fidelidad al marxismo exige creatividad, no repetición. Exige praxis, no liturgia.

VI. La dimensión ética de la emancipación

Emanciparse es también asumir una ética. Pero no una ética abstracta, sino una ética materialista, nacida del trabajo, de la solidaridad, de la verdad objetiva del sufrimiento humano y de su búsqueda de la felicidad de los iguales. El emancipador que no vive en coherencia con esa ética, que traiciona con su conducta los principios que proclama, destruye la credibilidad de la revolución. No hay emancipación posible sin honestidad, sin autocrítica, sin humildad ante el pueblo. Fidel Castro lo expresó con claridad, “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado.” Ese “todo” incluye también los vicios internos del movimiento revolucionario, las rutinas mentales, las corrupciones simbólicas, las inercias burocráticas. El consumismo, la tolerancia, la vulgaridad, la mediocridad y el mal gusto burgués. Un emancipador emancipado es aquel que se somete al juicio del pueblo y no al de su propio ego o sus placeres. Que se mide por la eficacia colectiva de su acción, no por el brillo personal de su celebridad. Que comprende que la emancipación no se decreta, se conquista; y que esa conquista comienza por uno mismo, por la renuncia a toda forma de privilegio, incluso el privilegio moral de sentirse “más consciente” que los demás.

VII. Emancipar la inteligencia, ciencia y conciencia

Emancipar sin ciencia es imposible. Pero la ciencia emancipadora no es la ciencia positivista, sino la ciencia dialéctica que comprende la totalidad como proceso y el conocimiento como praxis transformadora. Emancipar la inteligencia implica liberarla del pragmatismo, del empirismo fragmentario, del utilitarismo ideológico. El emancipador debe ser un trabajador de la verdad, no un propagandista del entusiasmo. Su tarea no es sólo movilizar, sino organizar. No se trata de “motivar” emocionalmente al pueblo, sino comprender científicamente las causas de su opresión. La conciencia revolucionaria no es un estado de ánimo, es una forma superior del conocimiento social y su praxis. Pero esa ciencia no puede ser elitista. La emancipación científica del pensamiento debe democratizar el saber y su crítica, debe transformar el conocimiento en fuerza productiva de la conciencia colectiva. Cuando la ciencia se encierra en academias o se convierte en propiedad de minorías ilustradas, el emancipador se aleja del pueblo. La verdadera emancipación intelectual consiste en socializar el pensamiento revolucionario, en convertir la crítica en bien común.

VIII. Emancipar el tiempo y la esperanza

Un emancipador también debe emanciparse del tiempo burgués, el tiempo lineal del productivismo, del éxito, del resultado inmediato. La revolución no se mide en calendarios electorales ni en plazos de marketing político. Es un proceso histórico que requiere paciencia estratégica y simultáneamente urgencia ética. Emanciparse del tiempo burgués es recuperar el tiempo de la esperanza en pie de lucha, que no es pasividad sino conciencia de la historia. Es entender que cada acto, por pequeño que parezca, participa de una totalidad de luchas que trasciende generaciones. El emancipador emancipado no se desespera por los lentos ritmos de cierta transformación, sabe que su tarea hoy es preparar el futuro, sembrar y fructificar las condiciones de la emancipación, incluso si no verá algunos frutos.

IX. La autocrítica como forma de emancipación permanente

Un emancipador no debe bailar ni cantar la basura mediática burguesa porque en cada ritmo prefabricado, en cada letra vaciada de sentido, se reproduce la colonización simbólica del capital. La industria cultural no produce arte, produce obediencia estética, domestica los cuerpos, anestesia las conciencias y uniforma la sensibilidad. Cuando el emancipador se deja arrastrar por esa coreografía del mercado, su cuerpo se vuelve signo de rendición; su gestualidad, mercancía; su energía, espectáculo. La burguesía ha convertido el goce en anestesia y la música en dispositivo de control. Frente a eso, el emancipador debe construir otra sensibilidad sonora y visual, un arte de la emancipación, no del adormecimiento.

Por eso el proceso de emancipación del emancipador no tiene fin. Cada conquista abre nuevas contradicciones, cada victoria encierra sus peligros. El único antídoto contra la degeneración del poder revolucionario es la autocrítica colectiva, sistemática, científica. Autocrítica no significa autoflagelación ni confesionalismo moral; significa análisis dialéctico de las contradicciones internas. Significa reconocer los errores, pero también comprender sus causas estructurales, sus raíces en las condiciones materiales y simbólicas del proceso. La autocrítica es la forma superior de la lealtad revolucionaria. El emancipador que se autocritica no se debilita, se fortalece, porque fortalece la inteligencia del colectivo. Sin autocrítica no hay aprendizaje histórico, y sin aprendizaje no hay emancipación.

No se trata de moralismo ni de puritanismo estético. Se trata de comprender que el capitalismo organiza el deseo y el gusto para convertirlos en mercancías de alienación. Cuando el emancipador se apropia del repertorio burgués —sus “rolas”, sus bailes, sus modas—, no está siendo “popular”, está siendo funcional a la hegemonía del enemigo. La cultura del capital infiltra su gramática en los cuerpos; enseña a moverse, a hablar, a sentir, según las coordenadas del consumo. El emancipador no puede repetir esos signos sin corromper su mensaje, sin diluir la potencia simbólica de la revolución. Debe, por el contrario, crear una nueva estética de la dignidad, donde el cuerpo no se mercantilice sino que exprese libertad, donde la música sea comunión y no mercancía.

Un emancipador no necesita los histrionismos ególatras de la farándula ni las poses vacías de la celebridad. Su presencia no debe ser espectáculo sino testimonio. Su palabra no debe competir con los “influencers” del mercado, sino brillar por la verdad que porta. Cada gesto suyo, cada modo de vestir, de hablar, de reír, debe nacer de la ética revolucionaria que lo guía. La revolución también se libra en el terreno de la estética cotidiana, en el modo de mirar, de escuchar, de amar. Por eso el emancipador emancipado no baila la música del opresor ni canta sus himnos, compone otros ritmos, otras palabras, otros gestos donde el pueblo se reconozca libre, sin máscaras ni sometimientos.

X. Hacia una nueva figura del emancipador

Un militante emancipador emancipado no es el líder carismático ni el burócrata disciplinado, sino el militante consciente de su propia incompletud. Es el que entiende que la emancipación es un proceso sin fin, una construcción semiótica, ética y política que requiere permanente renovación. Su figura es colectiva, no se eleva por encima del pueblo, se disuelve en él como semilla. No se mide por el número de discursos pronunciados, sino por la cantidad de conciencias que ayuda a despertar mientras despierta la suya. No se siente “dueño” de la revolución, sino instrumento de una fuerza histórica que lo trasciende. El emancipador emancipado es, en última instancia, un semiólogo de la liberación, alguien que comprende que el poder se disputa también en el terreno del sentido, y que, por tanto, la lucha política es inseparable de la lucha por un lenguaje nuevo, por una estética de la dignidad, por una ética del amor social.

XI. Emanciparse para emancipar

¿Qué tan emancipados están los emancipadores? Depende de su capacidad de mantener viva la dialéctica entre teoría y praxis, entre conciencia y autocrítica, entre revolución del mundo y revolución del pensamiento. Ningún emancipador está plenamente emancipado, porque la emancipación no es un estado, es un movimiento perpetuo. Cada día, cada gesto, cada palabra debe revisarse a la luz del horizonte que se proclama. No se puede liberar al pueblo con las formas mentales del opresor; no se puede construir el comunismo con las categorías simbólicas del capital.

Emanciparse, entonces, es también descolonizar la conciencia, des-patriarcalizar la práctica, des-mercantilizar el lenguaje, des-alienar el deseo. Es hacer de la revolución un acto de creación simbólica constante, una pedagogía de la libertad, una ética de la verdad. Sólo así los emancipadores podrán emanciparse de su propio reflejo, y sólo entonces la emancipación dejará de ser promesa para convertirse en realidad viva, el momento en que la humanidad se reconoce a sí misma en su poder creador, libre de toda dominación, dueña de su destino y de su palabra.

Ninguna izquierda está a salvo de la intoxicación mediática burguesa, sus dispositivos penetran incluso en los espacios más combativos, modelando inconscientemente los hábitos, las emociones y los lenguajes. No hay lugar para el disgusto cuando se detecta el coloniaje simbólico del capital en las entrañas de su cotidianidad, porque reconocerlo es un deber revolucionario, no una ofensa personal. Y no hay lugar tampoco para la coartada de la “diversión” ingenua, nada en el orden cultural burgués es inocente. Cada canción, cada moda, cada bailecito…cada gesto mediático está diseñado para desactivar la conciencia crítica y domesticar la sensibilidad. Asumirlo con serenidad y rigor, sin sentimentalismos, es el primer paso para liberar a la izquierda de sus reflejos coloniales y devolverle la capacidad creadora que necesita para construir una cultura verdaderamente emancipadora.

Telesur

trabajador universitario

19 de marzo: Celebrando a los héroes tras bambalinas de la universidad

Prensa LAUICOM- Hay un grupo de personas que, aunque no siempre estén en el centro de los discursos ni en las fotografías oficiales, son el motor que hace posible el milagro diario del estudio superior: Son los trabajadores universitarios, esos profesionales que, con su esfuerzo y dedicación, mantienen viva la llama del conocimiento. Cada 19 de marzo, la comunidad académica se detiene para honrar su labor, sin embargo, su impacto se siente todos los días del año.

Imagina una universidad sin ellos: las aulas estarían vacías de energía, los pasillos con carecerían de ese orden, de ese que invita a la reflexión, y los proyectos quedarían estancados en un mar de trámites. Ellos, los trabajadores son los que aseguran que los relojes marquen la hora correcta, que las bibliotecas estén impecables y que los eventos académicos se desarrollen sin contratiempos. Su trabajo es como el aire: no siempre se ve, pero es esencial para respirar.

Este día es una oportunidad para recordar que la universidad no solo se construye con ideas brillantes, sino también con manos que limpian, mentes que organizan y corazones que apoyan a los demás. Son los guardianes de los detalles, los solucionadores de problemas y los creadores de ambientes que inspiran. Sin ellos, la academia sería un barco a la deriva.

El 19 de marzo es, por tanto, una fecha para celebrar, pero también para reflexionar sobre el valor de lo colectivo. La universidad es un ecosistema en el que cada pieza cuenta, y los trabajadores universitarios son una parte fundamental de ese engranaje. Hoy, más que nunca, es momento de agradecerles por su paciencia, su resiliencia y su capacidad para hacer que todo funcione, incluso en los días más complicados.

Así que, si hoy pasas por tu universidad, no olvides mirar a esos rostros conocidos, pero a veces inadvertidos. Un gesto de gratitud, una palabra amable o simplemente un «gracias» pueden ser el mejor regalo para quienes hacen posible que la educación siga siendo un espacio de crecimiento y transformación.

«Desde LAUICOM, queremos sumarnos a esta celebración y enviar un caluroso abrazo de felicitación a todos los trabajadores universitarios. Su dedicación, esfuerzo y compromiso son el cimiento sobre el cual se construye el futuro de la educación. Hoy y siempre, reconocemos su invaluable labor y les decimos: ¡Gracias por hacer posible que la universidad siga siendo un espacio de crecimiento, innovación y esperanza!»

Dia de la mujer parte 2

Presidente Maduro crea Escuela Internacional de Liderazgo Femenino Nora Castañeda

Los circuitos comunales con mayor participación recibirán un premio especial de inversión para emprendimiento femenino.

El presidente venezolano Nicolás Maduro anunció este sábado la creación de la Gran Escuela Internacional de Liderazgo Femenino «Nora Castañeda». Este centro de capacitación se transformará en un lugar global de empoderamiento y liderazgo femenino, concebido para formar a las mujeres en la edificación de un futuro equitativo y justo.

Maduro explicó que es el momento de establecer y poner en marcha la Escuela Internacional de Liderazgo de la Mujer en Venezuela y Latinoamérica. Además, añadió que «su nombre será Nora Castañeda, en reconocimiento a nuestra destacada maestra y docente en economía. Dado que las mujeres son las mejores economistas presentes en el hogar y en la familia».

“Esta es la segunda gran meta que les voy a poner. Necesitamos formar a todas las mujeres venezolanas en valores, liderazgo, organización, emprendimiento. El mayor poder que podemos darle, valga la redundancia, a una mujer, a un hombre, a los jóvenes, es el poder del conocimiento, de la educación, los valores de la luz que los ilumine para afrontar tantos retos y caminos que nos tocan”, expresó el presidente nacional, desde Los Próceres, donde compartió con miles de mujeres en su Día Internacional.

Comparó esta reciente fundación con la de la Escuela Internacional de la Juventud, ya en operación, y que para las mujeres representará la oportunidad de formar líderes y fortalecer su empoderamiento, a todo dar.

“Forjar el nuevo liderazgo femenino desde la Venezuela profunda en los valores de la patria, en la honestidad, en la ética, en la identidad cultural venezolana, formar para que tengamos miles y, llegue un día, compañeras, tener millones de lideresas ejerciendo el poder y llevando las riendas de Venezuela desde todos los territorios y sectores”, dijo.

Asimismo, el presidente Maduro mencionó el Fondo Rotatorio para emprendimientos en proyectos comunales y anunció que, en la segunda elección del 27 de abril para seleccionar las propuestas, los circuitos comunales con mayor participación recibirán un premio especial de inversión para emprendimiento femenino por medio de los Bancos Comunales.

“Ahí habrá prioridad, donde haya más participación ganarán el premio de inversión del Banco Comunal, para créditos, emprendimiento en el barrio y la comunidad, y allí estamos haciendo el reglamento para que ese fondo rotatorio que creé y que llegará después a todos los 5.338 circuitos, el 65% de esos financiamientos sea para emprendimientos de mujeres”, declaró.

Finalmente, comunicó que en el punto tres de la Gran Misión Venezuela Mujer (GMVM), donde se pidió en encuestas y asambleas un sistema de distribución de materiales para el emprendimiento, se aprobaron y ya se encuentran en el país los «kits» o combos para las emprendedoras.

“Kits de emprendimiento activados con facilidades de pago, para repostería, textiles, máquinas de coser, herramientas para elaboración de embutidos, cerrajerías, salones de belleza, lavanderías y otros emprendimientos solicitados en las primeras encuestas. Esos equipos ya están en Venezuela, así que tenemos grandes tareas”, finalizó.

Telesur.

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Presidente Nicolás Maduro encabeza acto de conmemoración del Día Internacional de la Mujer

El presidente Nicolás Maduro se sumó a las masivas movilizaciones que tuvieron lugar este sábado en Venezuela en ocasión del Día Internacional de la Mujer y de la lucha por sus derechos y reivindicaciones.

Durante un encuentro con miles de mujeres en el Paseo de Los Próceres, en Caracas, el jefe de Estado rindió honores a lideresas que forjaron la independencia y la resistencia de la nación bolivariana, homenaje que fue antecedido por la inauguración del Paseo de las Heroínas de la Resistencia y la Independencia.

Asimismo, reconoció a mujeres venezolanas como Argelia León, Flora Laya, Nora Castañeda y otras que forman parte de una generación gloriosa.

En el referido Paseo, se pueden apreciar estatuas a gran tamaño de Apacuana, Eulalia Buroz, Cecilia Mujica, Josefa Camejo, Luisa Cáceres de Arismendi, Marta Cumbale, Josefa Joaquina Sánchez, Bárbara de la Torre, Juana Ramírez, Ana María Campos, Manuelita Sáenz y Bartolina Sisa.

Durante el acto Maduro expresó que «solo una sociedad socialista podrá reivindicar en la práctica (…) las grandes banderas por la que nació la lucha del feminismo mundial».

Este sábado, decenas de miles de mujeres venezolanas se movilizaron en una gran marcha en Caracas en ocasión del 8M desde varios puntos de partida y recorridos, incluidos Zona Rental de Plaza Venezuela, Ciudad Universitaria, el Parque Skate Park Los Símbolos y el Paseo Los Próceres. En los actos participó una amplia representación de la mujer venezolana empoderada y protagonista de las transformaciones revolucionarias.

Telesur.

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Año Nuevo Chino en LAUICOM: Un encuentro de valores, tradición y cultura

Prensa LAUICOM.- Este miércoles, se realizó la celebración del Año Nuevo Chino en la sede de La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM). Una actividad que contó con la participación de más de 300 personas.

La jornada, sirvió como un espacio para disfrutar de una exposición fotográfica, que reflejó parte de las tradiciones milenarias de la República Popular China. Asimismo, se realizaron exposiciones interactivas de juegos tradicionales y se ofreció la oportunidad a los presentes de hacer y degustar comida china.

La actividad, contó con la participación de Zhang Yuanwei, Consejero Embajada de la República Popular China; la Rectora de la Universidad Bolivariana de Venezuela, Sandra Oblitas; la rectora de la Universidad del Turismo, Azucena Jaspe y la rectora de LAUICOM, Tania Díaz.

En este sentido, Tania Díaz aseguró que, este encuentro “tiene que ver con valores, tiene que ver con tradiciones, tiene que ver con cultura. Y yo quiero que nosotras y nosotros, venezolanas y venezolanos nos veamos con ese corazón”, dijo Díaz.

Asimismo, exaltó la incidencia que tiene actualmente el modelo económico, social y político chino en el mundo. Señaló que, China “Está brindando a la humanidad, no solamente grandes adelantes tecnológicos, no solo una propuesta de desarrollo alternativa, humana, para que se encuentren los seres humanos, sino que presenta su líder Xi Jinping, en este momento, una alternativa civilizatoria para la humanidad”.

Por su parte, Zhang Yuanwei, Consejero Embajada de la República Popular China manifestó manifestó que esta celebración es una gran oportuinidad más para acercar a los pueblos de China y Venezuela.

«Es una celebración para todo el mundo. Organizamos una serie de actividades para celebrar esta fiesta.
Que éstas actividades se continúen realizando», dijo Zhang Yuanwei.

Arrancará el Diplomado del Pensamiento de Xi Jinping

A su vez, Tania Díaz informó que, el Partido Socialista Unido de Venezuela, de la mano del instituto de Altos Estudios Diplomáticos ‘Pedro Gual’, abrirá un Diplomado del Pensamiento de Xi Jinping, ya que, a consideración del presidente, Nicolás Maduro, es importante conocer lo que significa China como una alternativa política, cultural, filosófica y civilizatoria.

Resaltó esta alternativa que ofrece China “es porque se ha empeñado en preservar, en enseñar de generación en generación, en cuidar como su máximo tesoro su cultura y sus tradiciones”.

Orquesta arreglado

Más de 4 mil músicos celebrarán el 50 aniversario del Sistema de Orquestas en Caracas

Este domingo 23 de febrero, la Plaza de la Juventud de Bellas Artes en Caracas será el escenario de un monumental concierto gratuito que reunirá a más de 4 mil músicos para conmemorar el 50 aniversario del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela. El evento comenzará a las 4 de la tarde y forma parte de una serie de actividades que se llevan a cabo en todo el país para celebrar este importante hito.

El concierto, anunciado a través de una publicación en Instagram, es solo una de las muchas actividades programadas desde el pasado 12 de febrero. En el post oficial se destaca: “¡Seguimos celebrando nuestro 50 Aniversario tocando, cantando y luchando!”, reflejando el espíritu festivo y combativo que caracteriza al Sistema.

Fundado por el maestro José Antonio Abreu, este emblemático programa ha sido reconocido internacionalmente por su profundo impacto social y cultural en Venezuela. Para continuar con el legado del maestro Abreu, el presidente Nicolás Maduro Moros anunció la creación de la Universidad de la Música “José Antonio Abreu”, cuyo objetivo es alcanzar 2 millones de integrantes para el año 2027. “Una casa de estudios universitarios que esté de la mano y vaya con la experiencia de El Sistema Nacional de Orquestas”, afirmó durante las celebraciones.

Además del gran concierto en Caracas, se han llevado a cabo macroconciertos en los 443 núcleos del Sistema distribuidos por todo el país. La celebración también incluye la exposición “Expo El Sistema”, que ha ocupado los espacios abiertos del prestigioso Teatro Teresa Carreño, mostrando la riqueza y diversidad musical que ha generado este movimiento.

Con estas iniciativas, El Sistema reafirma su compromiso con la educación musical y la inclusión social, consolidándose como un pilar fundamental en la cultura venezolana. La celebración del 50 aniversario no solo es un homenaje al pasado, sino también una mirada hacia un futuro lleno de esperanza y música para todos.

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