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Un siglo con Fidel: el héroe que recuerda a los pueblos de América Latina a caminar con la frente en alto


Prensa LAUICOM- Este 13 de agosto, la historia recuerda el nacimiento de Fidel Alejandro Castro Ruz, el líder indiscutible de la Revolución Cubana que hoy cumpliría un siglo de vida. Fidel se convirtió en un símbolo imborrable de dignidad para el pueblo de Cuba y para millones de personas en América Latina y el mundo.

Para los cubanos, su figura significó un cambio radical de rumbo, con su llegada al poder, la educación y la salud dejaron de ser un privilegio exclusivo para convertirse en derechos universales y gratuitos al alcance de todos los rincones de la isla. Ese compromiso con los más humildes transformó el rostro social del país y encendió una chispa de esperanza en América Latina.

A nivel global, su voz resonó como un faro de resistencia frente a los poderosos, Fidel enseñó a no bajar la cabeza ante la injusticia y a defender con orgullo la soberanía de los pueblos. Su legado no se mide solo en discursos históricos, sino en la solidaridad internacionalista que llevó a médicos y maestros cubanos a tender la mano en los lugares más lejanos del planeta.

​A casi diez años de su partida física, Fidel no se ha ido: camina indomable en cada trinchera, vive en el corazón de los trabajadores y resuena con la fuerza invencible de la justicia en cada victoria de los pueblos libres que gritan, hoy y siempre, ¡Patria o muerte, venceremos!

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Fidel

Por Alí Ramón Rojas Olaya

Fidel no es un hombre, es un temporal hecho de barba y fusil, la raíz de una ceiba que crece contra el viento del norte. Es la madrugada del 1° de enero de 1959, cuando el alba vistió la esperanza de verde olivo. Para Cuba, Fidel es la luz que no se apaga en el malecón; el que convirtió el látigo en alfabeto, el bohío en escuela y la sierra en conciencia; el que tomó el cocodrilo verde maniatado y le devolvió el orgullo de llamarse «patria». Para Latinoamérica y el Caribe, Fidel es la voz de los que no tenían voz; es el eco de Bolívar en el siglo XX, la isla que es una trinchera contra el olvido. Desde Puerto Rico hasta la Patagonia, desde Haití y República Dominicana hasta México, su nombre es sinónimo de la rebeldía que se niega a doblar las rodillas. Para el mundo, Fidel es el gigante de un país pequeño que le dice «no» al águila imperial y le enseña a los seres humanos a soñar con un mundo más justo. Fidel es la utopía hecha victoria, el símbolo de que la dignidad puede más que el bloqueo.

¿Cómo transformó aquel garito de los yanquis, donde las máquinas tragamonedas devoraban el sudor y la mafia paseaba su impunidad, en una patria de dignidad? Arrancó los dados y los cambió por libros. Tomó los hoteles de lujo y los transformó en la administración del erario. Convirtió edificios en hospitales y cuarteles en escuelas. Donde antes reinaba la prostitución, puso el ballet y la danza. Ya no había celestinas, sino una Alicia Alonso hecha la luz que desafió a la sombra: una prima ballerina assoluta que esculpió el tiempo con sus puntas de pie. Fidel le asignó la tarea a Haydée Santamaría de transformar la tragedia en poesía y la trinchera en hogar para los artistas de América Latina y ella se erigió en el espíritu encarnado de la sensibilidad y el fuego creador.

Fidel fusiló la mentira para sembrar la conciencia en cada surco de la isla. Fidel siguió el ejemplo de José Martí: recogió la espada de hierro y la pluma de verso simple, y las llevó a la Sierra Maestra. Entendió que «Patria es Humanidad», y por eso internacionalizó su lucha. Fue el Apóstol hecho pueblo, el que supo que morir por la patria es vivir, y convirtió cada discurso en una continuación de los Versos Sencillos.

Fidel es el tiempo que se negó a envejecer, el que dice que «la cultura es la única cosa que el imperialismo no puede comprar, ni destruir, ni robar» porque sabe que el alma de un pueblo no se bloquea. La historia lo absolvió. Su legado no es una estatua de bronce; es el rumor de una generación que aún hoy, a cien años de su nacimiento y bajo el sol implacable, bajo el asedio de supremacistas y narcisistas pedófilos, criminales de guerra, secuestradores y narcotraficantes, sigue repitiendo: ¡Venceremos!

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Mensaje urgente para Venezuela. Hermosa Venezuela: diez cosas que aprendimos de su dolor y de su valentía

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Venezuela enseñó que ningún pueblo puede reducirse a los titulares canallas de una mafia mediática. Detrás de cada estadística permanecen rostros, memorias, afectos, trabajos, canciones y una voluntad de existir que ninguna crisis consigue extinguir. El sufrimiento jamás agotó la riqueza espiritual de una sociedad que continúa produciendo cultura, ciencia, solidaridad y esperanza.

Aprendimos que el dolor colectivo posee memoria. Cada dificultad deja marcas profundas en las familias, en las instituciones, en los barrios y en el lenguaje cotidiano. Esa memoria no reclama venganza; exige comprensión, avance y la decisión de impedir que las heridas vuelvan a repetirse.

Aprendimos que la dignidad puede sobrevivir incluso cuando las condiciones materiales parecen negarla. Millones de personas sostiene la vida mediante redes familiares, iniciativas comunitarias, creatividad económica y ayuda mutua. Su socialismo bolivariano. La revolución adquirió la forma de un gesto cotidiano: compartir un alimento, cuidar a un vecino, mantener abierta una escuela, preservar una biblioteca, continuar investigando, sembrar, enseñar y curar. Emprender misiones humanistas. Comuna o nada.

Aprendimos que ninguna diferencia política justifica el abandono de la humanidad compartida. Las discrepancias forman parte de toda sociedad democrática. La deshumanización del adversario destruye los puentes indispensables para fecundar la nueva convivencia. El respeto constituye una condición de la paz, nunca una concesión.

Aprendimos que la soberanía posee una dimensión ética antes que retórica. Defender la capacidad de un pueblo para decidir su destino implica proteger la vida, el conocimiento, la producción, la cultura y las instituciones capaces de garantizar el bienestar colectivo. La igualdad. La independencia pierde sentido cuando olvida a las personas concretas.

Aprendimos que la lucha emancipadora nunca representa únicamente una cifra demográfica. Cada acción por la justicia social contiene una biografía, una familia y un proyecto que busca continuar en otra con la unidad de su pueblo.

Aprendimos que la solidaridad latinoamericana deja de ser una consigna cuando se convierte en solidaridad, hospitalidad, cooperación científica, intercambio cultural y defensa recíproca de la dignidad humana. Las fronteras organizan los Estados; la fraternidad organiza los pueblos.

Aprendimos que la información constituye un territorio decisivo. Las palabras moldean percepciones, legitiman decisiones y pueden contribuir tanto a la comprensión como al enfrentamiento. La responsabilidad intelectual exige distinguir entre análisis, propaganda, rumor y evidencia. Ninguna sociedad prospera cuando el diálogo es sustituido por caricaturas.

Aprendimos que la cultura permanece como uno de los patrimonios más resistentes. La poesía, la música, el teatro, el cine, la pintura y las tradiciones populares conservaron espacios para la imaginación incluso durante las circunstancias más difíciles. Allí donde el desaliento pretendía imponerse, el arte recordó que toda comunidad necesita símbolos capaces de renovar la confianza.

Aprendimos que la esperanza auténtica no consiste en esperar pasivamente. La esperanza trabaja, organiza, estudia, dialoga, produce y corrige errores. Requiere instituciones firmes y abiertas, ciudadanía activa, pensamiento crítico y voluntad permanente de encuentro. Ningún futuro digno nace del resentimiento burgués; cada futuro sólido requiere aprendizaje de pueblo compartido.

Finalmente, aprendimos que Venezuela pertenece al patrimonio moral de Nuestra América por la fuerza de su gente. La historia de ese país reúne sacrificios inmensos y extraordinarias capacidades de creación. Cada generación recibe la responsabilidad de transformar el sufrimiento en sabiduría, la adversidad en cooperación y la memoria en una fuente de justicia. Quien contempla a Venezuela con atención descubre mucho más que una nación enfrentada a desafíos complejos: descubre una sociedad que continúa defendiendo su derecho a imaginar un porvenir más humano, más libre, más culto y más solidario. Esa lección trasciende cualquier coyuntura y permanece como un llamado dirigido a todos los pueblos que aspiran a convertir el dolor en una escuela de dignidad y la valentía en una práctica cotidiana de construcción colectiva. No nos alcanzará la eternidad para arrepentirnos si no sabemos generar un gran movimiento planetario en defensa de la Revolución Venezolana

Mil gracias pueblo hermano.

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LAUICOM redefine la agitación política para la transformación social

Prensa LAUICOM – La formación para la nueva batalla comunicacional en calles, redes, medios, paredes y radio bemba cobró vida con el inicio del taller de agitación en la cohorte XXIV del diplomado en Comunicación Política de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM).

Durante esta sesión magistral, Rafael Rosales, vicerrector de Tecnología y Plataformas Digitales, enfatizó que el recurso más valioso en la actualidad es la atención, la cual debe conquistarse mediante el uso estratégico de consignas, símbolos y música como herramientas históricas de lucha.

Bajo una metodología participativa, equipos integrados por participantes de diversas latitudes de nuestra América Latina y el mundo entero, trabajaron colectivamente para definir el núcleo de su labor.

Tras un proceso de sistematización, se reconoció que, si bien cada participante puede tener una visión particular sobre la agitación política, la experiencia acumulada de 24 cohortes ha permitido consolidar un consenso: la agitación política es una acción estratégica y colectiva que busca sensibilizar y sacudir los sentimientos para “llegar al corazón” del pueblo.

Esta acción busca propiciar una movilización organizada, consciente y acelerada hacia objetivos concretos de transformación.

La jornada cerró al grito de «¡Viva Latinoamérica socialista!», validando este éxito académico destinado a fortalecer el despliegue comunicacional en todos los frentes territoriales y digitales.

¡La batalla comunicacional nos convoca a todos!