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¿Quién le teme a la fortaleza cultural cubana?

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Quien entiende la cultura como un campo de batalla estratégico, en la lucha por la emancipación de los pueblos, sabe que la fortaleza cultural cubana no se mide únicamente por la riqueza artística, la literatura o el cine, sino por la capacidad de un pueblo de transformar su conciencia, disputar sentidos hegemónicos y sostener un proyecto histórico que articula soberanía política, justicia social y pensamiento crítico. Es decir, lo realmente nuevo para la especie humana. Desde una nuestra perspectiva semiótica y crítica, la cultura es un instrumento material de la lucha de clases, un terreno donde se juega la hegemonía y la contra-hegemonía, donde se consolidan o debilitan los procesos de emancipación. La cultura cubana, producto de su historia, su revolución y su creatividad popular, representa un obstáculo para los intereses globales que buscan homogeneizar el pensamiento, mercantilizar la vida social y subordinar identidades nacionales a los dictados del capital. Quien le teme a la fortaleza cultural cubana no le teme sólo la música, a la literatura o al cine, sino al potencial de un pueblo que se reconoce actor consciente de su historia, que sabe que la educación, el arte y la memoria son armas estratégicas para disputar la realidad y transformar la vida.

Esa fortaleza cultural de Cuba se construye en la intersección de su revolución histórica y su proyecto humanista, entre creatividad popular y disciplina intelectual. No es un museo ni un espectáculo, es un proceso vivo, que se nutre de la experiencia concreta de la población, de sus victorias y derrotas, y de su capacidad de sostener la revoluciónfrente a presiones ideológicas externas y bloqueos económicos. La cultura no es un reflejo pasivo de las condiciones materiales, sino parte activa de la transformación social, capaz de modificar percepciones, organizar la conciencia y movilizar subjetividades hacia la acción.

Desde la música popular cubana, desde la rumba y el son hasta el jazz afrocubano y la trova, su Cultura no sólo entretiene, especialmente articula historia revolucionaria, memoria y moral de lucha. Cada letra, cada improvisación, es un registro vivo de la lucha y un canal para la transmisión dialéctica de valores colectivos. La obra de trovadores como Silvio Rodríguez, Noel Nicola o Pablo Milanés es ejemplo de cómo el arte puede ser vehículo de crítica social y pedagógica, formando conciencia mientras construye belleza. El cine cubano, desde los documentales del ICAIC hasta las películas de ficción contemporáneas, ha mostrado las complejidades de la vida nacional sin claudicar ante estereotipos externos, abordando temas como la desigualdad, la memoria histórica, la revolución y la vida cotidiana de la población, creando un relato que desafía la narrativa hegemónica global. La literatura, desde Nicolás Guillén hasta Leonardo Padura, ha articulado poesía, novela y ensayo como instrumentos de crítica social y formación de conciencia, mientras que el teatro comunitario y la danza afrocubana mantienen vivas tradiciones populares al tiempo que generan experiencias estéticas con sentido emancipador. Una sola revolución con voces de la cultura diversa.

El temor a la fortaleza cultural cubana surge del reconocimiento de que la cultura puede ser un instrumento de emancipación, un eje que organiza la vida social y consolida la autodeterminación. La educación cubana, desde la alfabetización masiva hasta la formación universitaria, ha producido sujetos capaces de pensar críticamente, de cuestionar el orden establecido y de transformar la realidad social. Esto provoca temor en quienes buscan reducir a los pueblos a consumidores pasivos de información y cultura mercantilizada. La fortaleza cultural de Cuba demuestra que otro mundo es posible, que la dependencia y la alienación no son inevitables, y que la conciencia crítica puede articularse con la práctica transformadora. La cultura cubana se convierte así en contra-hegemonía concreta, una demostración palpable de que la educación, el arte y la memoria pueden organizar la resistencia y sostener un proyecto emancipador frente al poder global. Quien no la conoce se ha perdió de un filón enorme del proyecto civilizatorio más joven de nuestro tiempo.

Esta fortaleza también reside en su capacidad de resistir y reinventarse revolucionariamente. No es rígida ni dogmática; es un proceso que asume la historia con sus contradicciones, reconoce los errores y aprende de la experiencia, incorporando saberes locales e internacionales de manera crítica. Los proyectos culturales comunitarios y los programas educativos integrales permiten la participación activa de la población en la producción de conocimiento, generando sujetos conscientes de su poder transformador. La música, el cine, el teatro y la literatura no solo representan estética, sino que son herramientas pedagógicas y políticas que disputan sentidos, refuerzan la cohesión social y consolidan la memoria histórica.

Quien teme a la fortaleza cultural cubana teme la emancipación de los pueblos, la autonomía de la conciencia y la potencia de una cultura que demuestra que crear, resistir y transformar son actos inseparables. La hegemonía cultural, revolucionaria se conquista no sólo por la fuerza o la economía, sino por la capacidad de producir significados, símbolos y prácticas que orienten la vida social hacia la liberación; en este sentido, Cuba ha construido un espacio simbólico propio que desafía las narrativas hegemónicas, y eso genera temor en quienes desean un mundo uniforme, donde la cultura sea mercancía y no herramienta de conciencia.

Ese temor burgués ante la Cultura cubana se amplifica ante la capacidad de su pueblo de vincular educación, arte y política de manera integral. Los programas de alfabetización masiva, los proyectos culturales comunitarios y la sistematización de la educación artística permiten que la población participe activamente en la producción de conocimiento y sentido. Esto desafía la lógica mercantil y elitista de la cultura globalizada y demuestra que la emancipación no es una utopía, sino práctica histórica y consciente. La fortaleza cultural cubana es, en este sentido, un instrumento de soberanía simbólica, que sostiene la resistencia frente al bloqueo económico, la presión mediática y la intervención extranjera, y que proyecta un modelo de desarrollo humano integral que va más allá del consumo y la homogeneización cultural.

Semejante fortaleza cultural cubana no es exhibición ni nostalgia; es un ejercicio estratégico de emancipación, una praxis de la conciencia, la creatividad y la solidaridad que se constituyen en herramientas de revolución permanente. Comprender que esta fortaleza desafía intereses externos, educa, organiza y fortalece la vida colectiva desde dentro, demostrando que la cultura revolucionaria es pilar irrenunciable de cualquier proyecto de liberación social. Temen a Cuba quienes temen que los pueblos se reconozcan como sujetos de su historia, capaces de crear, transformar y sostener un proyecto emancipador que articule justicia social, soberanía y conciencia crítica. La fortaleza cultural cubana permanece, así como prueba viva de que la emancipación es práctica, no ilusión, y un faro para todos los pueblos que buscan construir un mundo más justo, consciente y libre.

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La atención es un campo de batalla: Así LAUICOM enseña a resistir la manipulación digital y reconstruir la palabra popular

Prensa LAUICOM – En el marco del módulo “Participación Protagónica en la Producción de Contenidos” del Diplomado en Comunicación Política Cohorte XIX de La Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), el profesor y diputado Gustavo Villapol ofreció una clase rigurosa y transformadora sobre la guerra cognitiva impulsada por las redes sociales, desmontando el mito del uso inocente de las plataformas digitales en tiempos de ofensiva mediática y manipulación psicológica.

Villapol partió de la confesión de Sean Parker, ex presidente de Facebook, quien reveló que las redes fueron diseñadas para explotar vulnerabilidades psicológicas y generar adicción. Esta intencionalidad, explicó, no es un accidente, sino el eje central de un sistema que domina nuestra atención. Integró esta denuncia con las investigaciones de Johann Hari en El Valor de la Atención, que evidencia cómo el bombardeo digital erosiona nuestro pensamiento profundo, y con el análisis de Zygmunt Bauman en Modernidad Líquida, que alerta sobre un mundo efímero donde los vínculos se disuelven y solo prevalecen reacciones fugaces. Juntas, estas ideas revelan una verdad incómoda: detrás de cada notificación, scroll o algoritmo, hay un diseño calculado para mantenernos atrapados.

Presentó datos contundentes: la atención humana ya no supera los 8 segundos. No es debilidad individual, sino producto de una arquitectura digital que prioriza la permanencia sobre el sentido. Los bots, la manipulación emocional y la ira como combustible son herramientas estratégicas para fomentar la reacción constante y anular la reflexión. “No es casualidad que te alteres, está planeado” señaló.

Su mensaje fue un llamado comunitario: la viralidad no es espontánea, es política. Los ciudadanos no somos usuarios pasivos, sino objetivos en una batalla por la conciencia. La resistencia no está en desconectarse, sino en reconectar: con el pensamiento crítico, con la memoria colectiva, con el diálogo auténtico que nace desde lo popular.

En este contexto, destacó la radio Bemba como arma simbólica: voz sin dueño ni algoritmo, que circula por la calle, el barrio y la confianza. Es allí donde nacen las contranarrativas que desafían el poder. Y es precisamente en ese terreno donde LAUICOM se posiciona: no forma comunicadores técnicos, sino agentes de transformación social.

En LAUICOM no se enseña solo a comunicar, se aprende a liberar la palabra. Se forman ciudadanos capaces de desarmar la lógica del dominio mediático y construir, con ética y creatividad, nuevas formas de decir la verdad. La comunicación, aquí, es dignidad, memoria y emancipación.

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¿Qué tan emancipada está la emancipación?

Por: Fernando Buen Abad

Preguntar por el grado de emancipación de los “emancipadores” no es devaneo retórico ni capricho incómodo, es ocuparse por una herida abierta en el corazón mismo de los procesos revolucionarios. Interroga no sólo la coherencia subjetiva de quienes luchan por revolucionar las conciencias, sino la estructura semiótica, ética y epistemológica de toda praxis transformadora. Es preguntar, también, por la dialéctica entre conciencia y acción, entre subjetividad y totalidad social, entre discurso y hecho. En ella se condensan siglos de contradicciones no resueltas entre el ideal emancipador y las formas concretas —a veces corrompidas o burocratizadas— de su realización. Preguntarnos qué tan emancipados están los emancipadores es también preguntarnos qué tan libre es el pensamiento que los anima, qué tan descolonizada está su lengua, qué tan radical es su crítica de las formas del poder y qué tan capaces son de revolucionarse a sí mismos mientras intentan revolucionar al mundo. Con una semiótica de combate a fondo.

Urge una crítica sistemática de la cultura y una autocrítica profunda de la intoxicación cultural burguesa que todos, en mayor o menor medida, padecemos. No basta con denunciar los contenidos de la dominación mediática, hay que desentrañar sus mecanismos, sus ritmos, sus estéticas, sus lógicas de seducción que han penetrado incluso en la subjetividad de los revolucionarios. La intoxicación cultural burguesa no sólo habita las pantallas, también se infiltra en el lenguaje, en el humor, en los deseos, en las formas de amar y de imaginar el futuro. Esa contaminación simbólica es tan peligrosa como la represión directa, porque actúa desde dentro, disfrazada de gusto, de modernidad, de diversión. La crítica de la cultura, entonces, no puede ser un ejercicio académico; debe ser un acto político y autotransformador, una purificación dialéctica del pensamiento y de la sensibilidad que permita reconstruir el horizonte estético del pueblo como fuente de emancipación real.

I. La paradoja del emancipador atrapado en la semiosis burguesa

Un emancipador no surge fuera del mundo que combate; se forma en sus entrañas, en el fango de las relaciones sociales que lo determinan y condicionan. Marx lo comprendió con una lucidez insuperable, “Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante”. El emancipador nace en medio de esas ideas, las respira, las reproduce a veces sin advertirlo. Su conciencia crítica, por más elevada que sea, arrastra los signos, los lenguajes y las matrices simbólicas del orden que busca superar. De ahí que la emancipación —si se la entiende como ruptura total con las formas alienadas de conciencia— sea un proceso infinitamente inacabado.

También el emancipador está atrapado en una lucha semiótica, liberar el mundo exige liberar los signos que lo interpretan, y eso implica también liberar el pensamiento que los produce. La burguesía no domina sólo por la fuerza material; domina por la hegemonía semiótica, por la naturalización de su gramática del sentido, por su control del imaginario, del deseo, del tiempo, del valor. El emancipador, si no desmonta críticamente esa maquinaria simbólica, puede reproducir en su discurso los códigos del dominador, disfrazados de consignas redentoras. El capitalismo ha aprendido a neutralizar la radicalidad de los signos, a vaciar de contenido subversivo las palabras que antes ardían en las calles, “revolución”, “democracia”, “pueblo”, “libertad”. Cuando esas palabras se convierten en etiquetas de consumo político o en eslóganes electoralistas, el emancipador corre el riesgo de quedar prisionero del simulacro. Y si no advierte esa trampa semiótica, puede convertirse, sin saberlo, en portavoz de una liberación domesticada. Disfrazada, incluso, de cancionero “popular”.

II. Emancipar la conciencia emancipadora

No hay emancipación verdadera sin autocrítica radical. Toda revolución que no enfrenta el fardo ideológico, estético y cultural burgués, mata la posibilidad de seguir emancipándose. El emancipador debe emanciparse también de sus certezas, de su propio ego mesiánico, de la tentación de creer que ya “posee” la verdad. La verdad revolucionaria no es propiedad de nadie, es proceso dialéctico, construcción colectiva, crítica viva. Marx lo advirtió en su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, “Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz del hombre es el hombre mismo.” Esa radicalidad exige que el emancipador se examine como producto de las contradicciones históricas. No se trata de purismo moral, sino de coherencia científica, sin emancipación del pensamiento no hay emancipación de la praxis. El peligro está en que los emancipadores se burocraticen. Cuando la organización revolucionaria pierde de vista las tareas de liberación en los territorios de las subjetividades, cuando se fetichiza a sí misma con auto-proclamaciones de superioridad, el proceso emancipador degenera en dogmatismo. Entonces el lenguaje revolucionario se transforma en lengua muerta, conserva la forma de la rebeldía, pero pierde su contenido dialéctico. En ese punto, la emancipación se vuelve decorativa; el emancipador, un funcionario del ideal.

III. Emanciparse de la ideología dominante

Quien ha pasado toda su vida combatiendo por la emancipación del proletariado puede creer que él es la revolución. La historia está llena de emancipadores que, en nombre del pueblo, terminaron reprimiendo al pueblo; de liberadores que fundaron nuevas servidumbres; de tribunos que confundieron la autoridad moral con el derecho a decidir por los demás. El narcisismo revolucionario es una forma sofisticada de alienación burguesa. Consiste en sustituir la praxis colectiva por el culto al yo heroico. Y esa forma del yo es producto del mismo individualismo burgués que el emancipador decía combatir. El héroe solitario es la caricatura liberal del sujeto emancipador. La revolución no necesita héroes sino sujetos colectivos con programa anticapitalista, hombres y mujeres en los que la conciencia individual se reconoce como parte de una totalidad social y simbólica más amplia. El emancipador que no se emancipa del poder ideológico y su falsa conciencia, del prestigio, del reconocimiento, de la vanidad intelectual o política, reproduce dentro del movimiento la lógica del capital simbólico. Así como la burguesía acumula plusvalía económica, hay emancipadores que acumulan “plusprestigio”, “pluspalabra”, “plusautoridad”. Son formas de fetichismo del liderazgo que corrompen la confianza colectiva y debilitan la potencia creativa del pueblo.

IV. La emancipación como proceso semiótico

Hay que insistir en que la emancipación no puede reducirse a un acto económico, es una transformación semiótica del mundo. Implica desmantelar los signos que sostienen la dominación y crear nuevos modos de significar la realidad. En este sentido, la emancipación es también una revolución del lenguaje, de las metáforas, de los imaginarios, de la sensibilidad. Nuestra Filosofía de la Semiosis enseña que los sistemas simbólicos son, en última instancia, sistemas de poder. Quien domina los códigos domina las posibilidades del sentido. Por eso, el emancipador verdaderamente emancipado debe actuar como un creador de signos nuevos, no como un repetidor de consignas. Debe poner en crisis las gramáticas heredadas, desmontar las estructuras de clase que definen qué puede decirse, qué puede pensarse, qué puede soñarse.

Un pueblo emancipado es aquel que puede nombrar su mundo con sus propias palabras también emancipadoras. Y un emancipador emancipado es aquel que no teme aprender de ese pueblo en lucha permanente, nuevas formas de lenguaje, nuevas poéticas del sentido. No hay emancipador emancipado si no se deja transformar por la semiosis del pueblo en lucha, si no escucha la sabiduría de las masas rompiendo cadenas.

V. Emanciparse de las hegemonías del dogma

Toda doctrina, incluso la revolucionaria, si se descuida tiende a fosilizarse. Lo que nació como crítica viva puede convertirse en ortodoxia petrificada. La emancipación de los emancipadores radica entonces en des-dogmatizar su pensamiento, por mantener la dialéctica abierta, por defender el espíritu crítico incluso frente a sus propias tradiciones. No se trata de relativismo ni de eclecticismo posmoderno. Se trata de fidelidad a la verdad en movimiento revolucionario. El marxismo, en su forma más elevada, no es un sistema cerrado sino una ciencia crítica abierta a su propia auto-transformación. “No es tarea nuestra —escribió Marx en una carta de 1879— anticipar dogmáticamente el mundo nuevo, sino encontrarlo en el movimiento de la realidad.” El emancipador que se aferra a fórmulas, que sustituye la investigación por la cita, que confunde el estudio con el ritual, que teme el pensamiento nuevo, se des-emancipa. Vuelve a ser esclavo de la tradición, aunque esa tradición sea revolucionaria. La fidelidad al marxismo exige creatividad, no repetición. Exige praxis, no liturgia.

VI. La dimensión ética de la emancipación

Emanciparse es también asumir una ética. Pero no una ética abstracta, sino una ética materialista, nacida del trabajo, de la solidaridad, de la verdad objetiva del sufrimiento humano y de su búsqueda de la felicidad de los iguales. El emancipador que no vive en coherencia con esa ética, que traiciona con su conducta los principios que proclama, destruye la credibilidad de la revolución. No hay emancipación posible sin honestidad, sin autocrítica, sin humildad ante el pueblo. Fidel Castro lo expresó con claridad, “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado.” Ese “todo” incluye también los vicios internos del movimiento revolucionario, las rutinas mentales, las corrupciones simbólicas, las inercias burocráticas. El consumismo, la tolerancia, la vulgaridad, la mediocridad y el mal gusto burgués. Un emancipador emancipado es aquel que se somete al juicio del pueblo y no al de su propio ego o sus placeres. Que se mide por la eficacia colectiva de su acción, no por el brillo personal de su celebridad. Que comprende que la emancipación no se decreta, se conquista; y que esa conquista comienza por uno mismo, por la renuncia a toda forma de privilegio, incluso el privilegio moral de sentirse “más consciente” que los demás.

VII. Emancipar la inteligencia, ciencia y conciencia

Emancipar sin ciencia es imposible. Pero la ciencia emancipadora no es la ciencia positivista, sino la ciencia dialéctica que comprende la totalidad como proceso y el conocimiento como praxis transformadora. Emancipar la inteligencia implica liberarla del pragmatismo, del empirismo fragmentario, del utilitarismo ideológico. El emancipador debe ser un trabajador de la verdad, no un propagandista del entusiasmo. Su tarea no es sólo movilizar, sino organizar. No se trata de “motivar” emocionalmente al pueblo, sino comprender científicamente las causas de su opresión. La conciencia revolucionaria no es un estado de ánimo, es una forma superior del conocimiento social y su praxis. Pero esa ciencia no puede ser elitista. La emancipación científica del pensamiento debe democratizar el saber y su crítica, debe transformar el conocimiento en fuerza productiva de la conciencia colectiva. Cuando la ciencia se encierra en academias o se convierte en propiedad de minorías ilustradas, el emancipador se aleja del pueblo. La verdadera emancipación intelectual consiste en socializar el pensamiento revolucionario, en convertir la crítica en bien común.

VIII. Emancipar el tiempo y la esperanza

Un emancipador también debe emanciparse del tiempo burgués, el tiempo lineal del productivismo, del éxito, del resultado inmediato. La revolución no se mide en calendarios electorales ni en plazos de marketing político. Es un proceso histórico que requiere paciencia estratégica y simultáneamente urgencia ética. Emanciparse del tiempo burgués es recuperar el tiempo de la esperanza en pie de lucha, que no es pasividad sino conciencia de la historia. Es entender que cada acto, por pequeño que parezca, participa de una totalidad de luchas que trasciende generaciones. El emancipador emancipado no se desespera por los lentos ritmos de cierta transformación, sabe que su tarea hoy es preparar el futuro, sembrar y fructificar las condiciones de la emancipación, incluso si no verá algunos frutos.

IX. La autocrítica como forma de emancipación permanente

Un emancipador no debe bailar ni cantar la basura mediática burguesa porque en cada ritmo prefabricado, en cada letra vaciada de sentido, se reproduce la colonización simbólica del capital. La industria cultural no produce arte, produce obediencia estética, domestica los cuerpos, anestesia las conciencias y uniforma la sensibilidad. Cuando el emancipador se deja arrastrar por esa coreografía del mercado, su cuerpo se vuelve signo de rendición; su gestualidad, mercancía; su energía, espectáculo. La burguesía ha convertido el goce en anestesia y la música en dispositivo de control. Frente a eso, el emancipador debe construir otra sensibilidad sonora y visual, un arte de la emancipación, no del adormecimiento.

Por eso el proceso de emancipación del emancipador no tiene fin. Cada conquista abre nuevas contradicciones, cada victoria encierra sus peligros. El único antídoto contra la degeneración del poder revolucionario es la autocrítica colectiva, sistemática, científica. Autocrítica no significa autoflagelación ni confesionalismo moral; significa análisis dialéctico de las contradicciones internas. Significa reconocer los errores, pero también comprender sus causas estructurales, sus raíces en las condiciones materiales y simbólicas del proceso. La autocrítica es la forma superior de la lealtad revolucionaria. El emancipador que se autocritica no se debilita, se fortalece, porque fortalece la inteligencia del colectivo. Sin autocrítica no hay aprendizaje histórico, y sin aprendizaje no hay emancipación.

No se trata de moralismo ni de puritanismo estético. Se trata de comprender que el capitalismo organiza el deseo y el gusto para convertirlos en mercancías de alienación. Cuando el emancipador se apropia del repertorio burgués —sus “rolas”, sus bailes, sus modas—, no está siendo “popular”, está siendo funcional a la hegemonía del enemigo. La cultura del capital infiltra su gramática en los cuerpos; enseña a moverse, a hablar, a sentir, según las coordenadas del consumo. El emancipador no puede repetir esos signos sin corromper su mensaje, sin diluir la potencia simbólica de la revolución. Debe, por el contrario, crear una nueva estética de la dignidad, donde el cuerpo no se mercantilice sino que exprese libertad, donde la música sea comunión y no mercancía.

Un emancipador no necesita los histrionismos ególatras de la farándula ni las poses vacías de la celebridad. Su presencia no debe ser espectáculo sino testimonio. Su palabra no debe competir con los “influencers” del mercado, sino brillar por la verdad que porta. Cada gesto suyo, cada modo de vestir, de hablar, de reír, debe nacer de la ética revolucionaria que lo guía. La revolución también se libra en el terreno de la estética cotidiana, en el modo de mirar, de escuchar, de amar. Por eso el emancipador emancipado no baila la música del opresor ni canta sus himnos, compone otros ritmos, otras palabras, otros gestos donde el pueblo se reconozca libre, sin máscaras ni sometimientos.

X. Hacia una nueva figura del emancipador

Un militante emancipador emancipado no es el líder carismático ni el burócrata disciplinado, sino el militante consciente de su propia incompletud. Es el que entiende que la emancipación es un proceso sin fin, una construcción semiótica, ética y política que requiere permanente renovación. Su figura es colectiva, no se eleva por encima del pueblo, se disuelve en él como semilla. No se mide por el número de discursos pronunciados, sino por la cantidad de conciencias que ayuda a despertar mientras despierta la suya. No se siente “dueño” de la revolución, sino instrumento de una fuerza histórica que lo trasciende. El emancipador emancipado es, en última instancia, un semiólogo de la liberación, alguien que comprende que el poder se disputa también en el terreno del sentido, y que, por tanto, la lucha política es inseparable de la lucha por un lenguaje nuevo, por una estética de la dignidad, por una ética del amor social.

XI. Emanciparse para emancipar

¿Qué tan emancipados están los emancipadores? Depende de su capacidad de mantener viva la dialéctica entre teoría y praxis, entre conciencia y autocrítica, entre revolución del mundo y revolución del pensamiento. Ningún emancipador está plenamente emancipado, porque la emancipación no es un estado, es un movimiento perpetuo. Cada día, cada gesto, cada palabra debe revisarse a la luz del horizonte que se proclama. No se puede liberar al pueblo con las formas mentales del opresor; no se puede construir el comunismo con las categorías simbólicas del capital.

Emanciparse, entonces, es también descolonizar la conciencia, des-patriarcalizar la práctica, des-mercantilizar el lenguaje, des-alienar el deseo. Es hacer de la revolución un acto de creación simbólica constante, una pedagogía de la libertad, una ética de la verdad. Sólo así los emancipadores podrán emanciparse de su propio reflejo, y sólo entonces la emancipación dejará de ser promesa para convertirse en realidad viva, el momento en que la humanidad se reconoce a sí misma en su poder creador, libre de toda dominación, dueña de su destino y de su palabra.

Ninguna izquierda está a salvo de la intoxicación mediática burguesa, sus dispositivos penetran incluso en los espacios más combativos, modelando inconscientemente los hábitos, las emociones y los lenguajes. No hay lugar para el disgusto cuando se detecta el coloniaje simbólico del capital en las entrañas de su cotidianidad, porque reconocerlo es un deber revolucionario, no una ofensa personal. Y no hay lugar tampoco para la coartada de la “diversión” ingenua, nada en el orden cultural burgués es inocente. Cada canción, cada moda, cada bailecito…cada gesto mediático está diseñado para desactivar la conciencia crítica y domesticar la sensibilidad. Asumirlo con serenidad y rigor, sin sentimentalismos, es el primer paso para liberar a la izquierda de sus reflejos coloniales y devolverle la capacidad creadora que necesita para construir una cultura verdaderamente emancipadora.

Telesur