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La reciente victoria de Venezuela y la futura victoria Venezuela (III parte)

No hay negatividad como el odio, ni fortaleza como la paciencia

Shantideva

Investigador Roger Garcés

Rememorando la alegría que compartió el pueblo de Venezuela gracias  a la victoria del aguerrido equipo criollo en el Clásico Mundial de Béisbol 2026, caeremos en cuenta de que el odio ha manchado nuestra sociedad llevando a algunos a cometer actos inenarrables y a muchos a considerar distintos o enemigos a otros que no piensan como ellos. Empeñados en exorcizar el odio de nuestro país, continuemos estudiando los versos de Shantideva, y este estudio nos dirá cómo podemos desmontar el odio a través de desmontar el ego, que es el principal combustible en el fuego del odio. Él escribía:

No hay negatividad como el odio, ni fortaleza como la paciencia

Y definitivamente, ya sabemos que la fuerza del odio es devastadora e inconmensurable, pero podemos contrarrestarla a través de la paciencia, y sobre la paciencia hablaremos más tarde, ya que no se trata de una paciencia boba que aguanta todo, sino de una paciencia activa que convierte el veneno en medicina.

A los que creen que el odio es solo una de las emociones humanas y no le dan la importancia que realmente tiene y creen que pueden vivir en el odio y odiar a los demás sin que esto tenga consecuencia para sus vidas, Shantideva les explica:

Todas las acciones positivas, tales como venerar a los budas y practicar generosidad, acumuladas durante mil eones, serán destruidas en un momento de enfado.

Y esto es terriblemente cierto. Esto lo podemos ver frecuentemente en las relaciones con los demás; una sola palabra de la ira puede romper amistades, relaciones familiares o incluso relaciones estables de pareja. Tal vez no importe cuanto meditamos o cuanto nos esforzamos en agradar a la otra persona, o cuanto trabajemos por la relación, basta un solo momento de rabia para que sea destruido todo lo que se ha construido durante años. Piense que cada oración que se da en un templo es como una pincelada de color nácar que da cada persona que ora. Miles de personas orando serán miles de pinceladas. Sin embargo, sabemos que para pintar una pared hacen falta miles de pinceladas. Cuando se habla de millones, todavía es una cifra muy pequeña para pintar esa pared de blanco. Pero una sola acción motivada por la rabia es como si esa sola persona echara sobre esa pared pintura negra. En realidad, costará mucho limpiar la pintura negra y costará mucho más volver a pintar. Es bueno tomar esta enseñanza en cuenta porque igual funciona en el hogar.

Los maestros saben lo perjudicial que puede ser para una familia un solo momento de enfado. Las personas debieran saber lo perjudicial que puede ser para la relación de pareja una sola rabieta.

Por otra parte, continúa Shantideva:

Mi mente no experimentará paz si guarda pensamientos dolorosos de odio. No encontraré alegría o felicidad. Incapaz de dormir me sentiré inquieto.

Cuando leemos esto nos damos cuenta que el odio es una actitud voluntaria y activa. El texto se refiere a SI YO GUARDO, en decir, si yo voluntariamente me empeño en guardar pensamientos dolorosos y/o de rabia. Entonces la rabia es activa: yo decido rabiar. Por lo tanto, no es pasiva, no es algo que a uno le pasa, es algo que uno DECIDE.  Esa es una de las mentiras de la rabia de las que habíamos hablado en una oportunidad. La gente dice: Yo estaba tranquilo, y ella me hizo molestar. En realidad no es así, uno se molesta porque lo decide voluntariamente. Ya lo vemos durante la meditación cuando llegan pensamientos, uno se entrena en dejarlos pasar y no engancharse con ellos. Cuando un pensamiento ocupa nuestra mente es porque decidimos pensarlo. Es decir: Yo decido voluntariamente pensar ese pensamiento, también he podido decidir no pensarlo y dedicarme a vivir, y no enmarañarme con pensamientos de odio que voy rumiando casi constantemente.  Así es la rabia, uno VOLUNTARIAMENTE DECIDE mantener los pensamientos  de odio, porque también puede VOLUNTARIAMENTE dejar en el pasado las cosas malas.

De nuevo, el principal motor del odio es el Ego que decide que las cosas son como yo digo; y cuando no son como yo digo, me molesto, me perturbo y esa emoción perturbadora estremece a mi medio ambiente, a mi familia, a mis vecinos, y a mi mundo. Ama y lo demás se te dará por añadidura habría sentenciado san Agustín. Por eso es el amor es el primer mandamiento. Tan importante será el amor que es el PRIMER MANDAMIENTO.

Con estas explicaciones que se sucedieron hace 1.800 años podemos comenzar a  comprender que no podemos mantener un clima de odio  en nuestra sociedad. Por el contrario, VOLUNTARIAMENTE debemos esforzarnos por cultivar la Paciencia activa, con la que le demos la vuelta a la situación conflictiva y sacar provecho para todos en la sociedad. La persona que comprende eso, sabe que sus hijos serán beneficiados por su voluntario empeño de mantener la paz. Sabe que su familia será beneficiada, sabe que todos serán beneficiados porque, sabe que vivimos en continua e inextricable INTERDEPENDENCIA. De tal manera que cuando yo lanzo una agresión al ambiente, esa misma agresión tarde o temprano me alcanzará a mí mismo, ya que no vivimos aislados sino en absoluta interrelación con los demás. Haz el bien y no mires a quien es la sentencia que refiere que te estarás haciendo bien a ti mismo.

Corolario

La alegría que compartimos con la victoria en béisbol, puede ser una gran maestra para las futuras alegrías y solidaridades que podemos vivir en esta tierra de libertadores. Recordar que no hay negatividad como el odio, ni fortaleza como la paciencia, nos bastará para comenzar a tener relaciones en la sociedad signadas por la armonía, armonía que tanto se merece este país. Recordar que el TRABAJO VOLUNTARIO es la garantía de éxito. Ya que sabemos que el odio no es algo que a uno le pasa, sino algo que uno DECIDE. Saber que UNA SOLA conducta de odio puede destruir años trabajo nos hará más cautelosos con esa emoción y no le permitiremos que ande por ahí descuidadamente.

Roger José Garcés Sánchez: Psicólogo clínico con Maestría en Psicología de la UCV. Cursante del Doctorado en estudios Nuestroamericanos.  Profesor de la cátedra: Naturaleza de la Guerra Cognitiva. Investigador en LAUICOM. / enelrespiramos@gmail.com

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También somos lo que nos falta

Por: Dr. Fernando Buen Abad

No pocas veces nuestras conductas se ven marcadas por lo que nos falta más por lo que tenemos. Y una carencia constante es la educación en las bases de nuestras personalidades y nuestras relaciones con otras personas, con animales o con objetos. Mayormente nos falta conocer la historia, escasea el saber del otro, de lo otro, conocer su origen, su estructura, su base de sustentación dialéctica, a qué necesidades conocidas o desconocidas, obedece y qué conjunto de fuerzas marca la dinámica de su crecimiento o de su decadencia. Solemos tener vínculos atomizados y comprensión de los nexos fragmentada y estereotipada por egolatrías, pereza o soberbia, aprendidas desde las cunas ideológicas del capitalismo. Nos falta mucho por despojo, por lentitud, por descuido o por condición de clase.

También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.

Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación teórica y la praxis histórica ensayan sus gramáticas. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia, sino por la capacidad crítica de interrogar lo dado y suprimir lo que impide avanzar. No se trata de añorar lo perdido, sino de diagnosticar lo pendiente. Falta no como lamento, sino como contradicción operante, como categoría activa que empuja la historia hacia su superación.

El capitalismo ha hecho de la falta una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —fuente de creatividad y de impulso colectivo— en patología administrable. La falta se psicologiza, se privatiza, se vende. Nos enseña a confundir el deseo con el consumo, la carencia con el déficit personal, el horizonte con la ansiedad. Pero la Filosofía de la Semiosis ayuda a entender que el signo de la falta no apunta hacia un objeto que la colme, sino hacia una práctica que la resignifique. La carencia humana no se resuelve sólo en el tener, sino en el comprender y transformar las condiciones que la producen.

Cierto ego burgués interviene como operador ideológico de esa distorsión. No se trata de un mero rasgo psicológico, sino de una forma de subjetividad funcional al orden burgués. El ego es la instancia que privatiza la falta: transforma la incompletud en un problema individual, desvinculado de toda historicidad social. Así, lo que nos falta deja de ser motor de la colectividad para convertirse en espectáculo de autoafirmación. En lugar de abrir una conciencia de la interdependencia humana, el ego fabrica una semántica de la competencia: quien más aparenta plenitud, más domina el campo simbólico. Ese ego burgués no busca comprender la falta; la niega mediante ficciones de plenitud. Construye identidades compensatorias, narrativas de superación personal, espejos ideológicos que disimulan la estructura de dependencia y alienación. Lo que nos falta, en manos del ego, se convierte en mercancía simbólica: autenticidad, éxito, autoestima. Pero tales signos no restituyen la falta, solo la recubren de un simulacro rentable. El ego necesita la falta tanto como la teme: la explota para sostener su ficción de coherencia, pero impide que esa falta se vuelva conocimiento de sí y del mundo.

Por eso, toda crítica del ego implica desmontar la forma subjetiva burguesa. Lo que creemos que nos falta no surge de una interioridad pura, sino de un dispositivo cultural que produce necesidades ideológicas. El ego confunde plenitud con dominio y carencia con derrota. Recuperar la falta como potencia emancipadora exige negar esa lógica de propiedad sobre uno mismo. No hay “yo” emancipado mientras persista la estructura que convierte la falta en mercancía y el deseo en plusvalor. Solo en el reconocimiento común de la falta —como fuerza de conocimiento y transformación— puede comenzar una semiosis liberadora del sujeto.

También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de la historia, las zonas de sombra de la razón, los proyectos mutilados por la barbarie del capital. Lo que nos falta es la justicia no realizada, la palabra no dicha, la conciencia no desarrollada. Pero también es el indicio de una potencia, la señal de una humanidad en tránsito. No hay plenitud fuera de la historia, y no hay historia sin la fricción constante de la falta. La semiosis humana no se clausura. Cada signo abre un intervalo, cada interpretación revela un resto que impide el cierre. La falta es ese resto: lo que ningún sistema logra absorber del todo, lo que siempre desborda el orden de los signos y lo obliga a rehacerse.

En esa diferencia no resuelta reside la historicidad del sentido. Lo que falta es, entonces, la tarea, el trabajo del pensamiento, el ejercicio colectivo de la crítica. Desde una perspectiva materialista, la falta no es metáfora del alma sino categoría política. Falta el control común de los medios de producción, falta el dominio consciente del proceso social, falta la correspondencia entre trabajo y libertad. Esa falta no condena: exige. Es el núcleo dialéctico de la praxis revolucionaria, donde la ausencia se convierte en plan, la carencia en proyecto, la necesidad en saber-hacer histórico.

También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje vibra la huella de lo ausente: todo signo remite a otro, toda palabra apunta a lo aún no dicho. La cultura, como proceso semiótico, es el intento incesante de dar forma a lo que aún no se nombra. Pero cuando el poder monopoliza los signos, la falta se vuelve alienación. Recuperar su dimensión creadora implica reapropiar el sentido como bien común. La falta no es abismo sino estructura de posibilidad. Es el intervalo donde el pensamiento se reconoce como tarea inacabada. En esa tensión entre lo que somos y lo que nos falta se define la condición humana. Mientras exista esa tensión, habrá historia, habrá crítica, habrá posibilidad. Ser es faltar, y faltar es poder transformarse. No hay mayor plenitud que esa contradicción consciente: saber que lo que nos falta no es pérdida, sino forma activa del porvenir.

También somos lo que nos falta. Somos, dialécticamente, la tensión entre lo que hemos alcanzado y lo que aún no logramos; entre lo que somos en acto y lo que somos en potencia. No hay identidad humana completa sin la conciencia de su carencia. No hay historia sin el reconocimiento de lo que falta por construir. Esa ausencia, esa distancia entre el ser y el deber ser, es el motor del pensamiento, de la praxis y del deseo. Es, en el fondo, la materia prima de toda emancipación.

Eso que nos falta no siempre es vacío, también en una brújula. Es el campo semiótico de lo posible, donde la imaginación revolucionaria se atreve a ensayar su gramática. Lo que nos falta no se mide por la nostalgia sino por la crítica; no por lo que añoramos de un pasado idealizado sino por lo que nos exigimos construir colectivamente. Somos, entonces, seres de la falta, pero no de la resignación. Falta no como carencia definitiva, sino como impulso de creación, como contradicción viva que exige superarse en la praxis. Lo que hoy se llama capitalismo, ha hecho de la falta misma una mercancía. Ha convertido la incompletud humana —esa fuente de creatividad y comunidad— en angustia consumible. Nos inocula la idea de que todo vacío se llena comprando, de que toda ausencia se tapa con propiedad. Nos enseña que el signo de la falta se satisface con objetos, no con significados colectivos. No hay completitud en la acumulación privada, sino en la comunión social del sentido.

También somos lo que nos falta porque esa falta nos obliga a pensar. Nos empuja a reconocer lo inacabado de nuestra historia, las heridas de nuestra humanidad truncada, los proyectos que quedaron mutilados por la barbarie del poder. Lo que nos falta es la justicia que no llegó, el pan que no se reparte, la palabra que no se escucha. Pero también es la promesa de lo que puede ser, el germen de una nueva sensibilidad, el indicio de una conciencia que despierta. Cada cosa que nos falta, en realidad o como fantasía, abre un camino, cada interpretación revela un resto, una diferencia no resuelta. En esa diferencia vive la historia. Lo que falta es, por tanto, el signo aún no dicho, la praxis aún no realizada, la comunión aún no alcanzada. Esa falta nos define porque nos pone en movimiento, nos rescata de la petrificación ideológica y nos recuerda que ser es transformar. Lo que falta no es una abstracción sentimental. Es una categoría objetiva. Falta el control colectivo de los medios de producción, falta la liberación de las conciencias capturadas por el fetichismo, falta el dominio del trabajo sobre el capital. Esa falta no es una culpa: es una tarea de crítica y auto-crítica.

Pero ego mezclado con ignorancia introduce una distorsión fundamental en la percepción de lo que nos falta. Convierte la carencia en un asunto de afirmación individual, no de desarrollo colectivo. Donde podríamos reconocer su falta como vínculo con los otros —como espacio de cooperación, de aprendizaje compartido, de humildad creadora— el ego la transforma en un reflejo narcisista, en una baratija petulante que hace de lo que creo que me falta una herida de orgullo. En lugar de abrirnos a la comunión, nos encierra en la competencia. Así, el ego convierte lo que creemos que nos falta en rivalidad, y convierte la dialéctica del crecimiento en una guerra de apariencias. Hay quien cree, en su individualismo, que “tiene poco” porque merece mucho.

En el plano semiótico burgués, el ego produce signos falsos de completitud. Nos hace creer que la falta se repara con el reconocimiento ajeno, con el éxito, con la posesión simbólica de lo que deseamos y la admiración de todos hacia nosotros. El sujeto colonizado por el ego vive rodeado de simulacros que le ofrecen una falsa plenitud, sostenida por la mirada del otro como espejo. La cultura mediática capitalista se nutre de ese mecanismo, promete completitud a cambio de obediencia, autoestima a cambio de consumo, identidad a cambio de sumisión. Superar la ilusión del ego no significa anular la individualidad, sino liberarla de la forma burguesa del yo propietario. Solo cuando reconocemos que lo que nos falta no se colma desde el aislamiento, sino desde el encuentro con los otros, la falta recupera su poder emancipador. El ego reduce la falta al ámbito de lo privado; la conciencia crítica la expande hacia el campo de lo común. Solo así podemos transformar el deseo de completitud en praxis liberadora: pasar del “yo me falta” al “nos falta”, del deseo posesivo al deseo creador. En esa transición se juega, quizás, la madurez espiritual y política de toda humanidad por venir.

También somos lo que nos falta porque lo humano no se agota en lo dado. En el lenguaje mismo vibra la huella de lo ausente: toda palabra remite a otra, todo significado remite a un campo de posibles. La cultura es una lucha por llenar con sentido lo que nos falta. Pero cuando ese sentido es expropiado por la ideología dominante, la falta se vuelve dolor y alienación. Recuperar la falta como potencia creadora —y no como servidumbre— es un acto revolucionario. No hay humanidad acabada porque no hay historia terminada. El sentido no está dado: se produce, se disputa, se conquista. Lo que nos falta es también lo que nos convoca. Y lo que nos convoca es siempre colectivo: la emancipación no se alcanza individualmente. Por eso, el reconocimiento de lo que nos falta no es un ejercicio de melancolía, sino de conciencia crítica. Nos falta la humanidad plena, y esa falta nos constituye como especie que lucha, que crea, que se niega a aceptar el orden injusto como destino. Lo que nos falta nos humaniza porque nos impulsa a superar las formas de deshumanización que el poder impone.

También somos lo que nos falta porque el ser humano es una promesa histórica en construcción. Cada vez que decimos “aún no”, afirmamos el poder de lo posible. Cada vez que reconocemos la falta, desnudamos la mentira del sistema que pretende completarnos con su mercancía. Cada vez que luchamos por lo que falta, nos acercamos a lo que somos verdaderamente: humanidad en proyecto, humanidad por venir. Lo que nos falta no es un abismo: es la medida de nuestra dignidad. Es la conciencia de que todavía hay que conquistar el derecho a ser plenamente humanos. En la tensión entre lo que somos y lo que falta se juega toda la historia. Y mientras exista esa tensión, existirá la esperanza como forma de inteligencia colectiva. Porque también somos —y sobre todo— la lucha por la conciencia de lo que falta.

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