Por Geraldina Colotti, Resumen Latinoamericano, 01 de marzo de 2026.
Nuevamente, los pasdarán de los cartuchos de tinta
intentan avalar la idea de que la agresión a Irán puede
conducir mecánicamente a una salida a la izquierda de
la sociedad. Al igual que en Libia, Irak y Siria, se
busca acreditar la tesis de que una intervención
norteamericana se realiza en nombre del progreso y no
de la destrucción. Esta narrativa, que pretende
presentar la agresión imperialista como partera de la
democracia, ignora deliberadamente los escombros
humeantes de Trípoli, Bagdad y Damasco, donde la
promesa de libertad se tradujo en mercados de
esclavos y estados fallidos.
La actualidad nos golpea con la cruda realidad de la
guerra total. Con el inicio de la operación sionista
«León Rugiente» y el apoyo masivo de la «Furia
Épica» estadounidense, la agresión contra Irán ha
cruzado el punto de no retorno. Los bombardeos sobre
Teherán, Isfahán y Qom, junto con la provocación
directa contra la oficina del Ayatolá Jameneí, finalmente martirizado,
no son simples operaciones militares, sino
una declaración de guerra abierta contra la soberanía
de los pueblos. Trump, al anunciar la destrucción de la
industria de misiles y de la marina iraní, actúa como el
brazo armado de una hegemonía que no tolera
obstáculos.
Para comprender la ferocidad de este ataque, es
necesario decodificar los dos proyectos que hoy se
funden en la sangre de Teherán y Gaza: el «Gran
Israel» y el «Gran Medio Oriente». El proyecto del
«Gran Israel» (Eretz Yisrael Hashlema) no es solo una
pretensión territorial bíblica, sino una estrategia
geopolítica de fragmentación.
Sus bases modernas residen en el Plan Yinon de 1982,
que teorizaba explícitamente la supervivencia de
Israel a través de la «balcanización» del mundo árabe:
la destrucción de los estados-nación fuertes (como
Irak, Siria e Irán) para reducirlos a un mosaico de
entidades débiles y en perenne lucha étnica o
religiosa. Lo que vemos hoy es la aplicación terminal
de este plan: el aniquilamiento de la resistencia
palestina para la expansión definitiva más allá de
cualquier frontera legal.
A esto se une el proyecto estadounidense del «Gran
Medio Oriente» (Greater Middle East Initiative).
Lanzado por la administración Bush y hoy
radicalizado por Trump, este plan apunta a una
reestructuración total del área que va desde el Magreb
hasta las fronteras con China. El objetivo no es la
democracia, sino la «compatibilidad neoliberal»:
derrocar a cualquier gobierno antiimperialista que
rechace el dominio del dólar y el control
estadounidense sobre las rutas energéticas. En esta
visión, Irán representa el último gran pilar de
resistencia soberana que impide el cierre del círculo
unipolar.
La convergencia entre estos dos diseños crea una
tenaza especular a la Doctrina Monroe de 1823. Si
esta última consideraba a América Latina como el
patio trasero de Washington, el binomio Trump-
Netanyahu proyecta la misma lógica de sumisión
sobre Asia Occidental. Irán, al igual que Venezuela,
Cuba y Nicaragua, es la anomalía sistémica a eliminar
porque reivindica el control soberano sobre sus
recursos, algo vital incluso para la estabilidad
económica de potencias como China.
La imposición de la política de los hechos
consumados y la asimetría del poder son ya realidades
que calcan fielmente el modelo aplicado a Venezuela.
Se trata de una estrategia de engaño global: mientras
en apariencia se fingía negociar y se abrían mesas
diplomáticas, por debajo de la mesa las centrales
imperialistas preparaban la agresión militar y el
secuestro de los recursos soberanos. La diplomacia, en
este esquema, no es búsqueda de paz, sino una
maniobra de distracción táctica para desarmar al
adversario antes del golpe de gracia; algo que se sitúa
en las antípodas de la democracia de paz de Venezuela
que, desde Bolívar hasta el presente, tiene una sola
palabra y la cumple.
Tras los fallidos intentos de «revoluciones de colores»
instigados por la CIA y el Mossad el pasado enero, el
imperialismo ha pasado al ataque directo. Esta
asimetría se declina también en el secuestro de bienes
soberanos: el saqueo de Citgo en el caso de Venezuela
y el congelamiento de las reservas de oro son actos de
piratería política que corren paralelos a las
“sanziones”, verdaderas armas de destrucción masiva
financiera que golpean a los más vulnerables, desde
La Habana hasta Teherán.
El dato más inquietante sigue siendo la ausencia de
una oposición real en Occidente. Las izquierdas
liberales se han convertido en los departamentos
logísticos de la OTAN, justificando la masacre en
nombre de una democracia que solo exporta caos.
Estamos sumergidos en un sonambulismo nuclear que
ignora los riesgos de una deflagración global: incluso
cuando, como en el caso de Italia, servimos de
depósito de bombas nucleares para los Estados
Unidos.
La respuesta iraní con la operación «Promesa
Verdadera-4″ y los ataques a las bases
estadounidenses en Al Udeid y Ali Al Salem
demuestran que la resistencia es el único lenguaje que
queda frente a quienes han hecho trizas la Carta de las
Naciones Unidas.
El genocidio en Gaza, con un saldo real que las
proyecciones estadísticas elevan a cientos de miles de
víctimas, es el laboratorio de este nuevo orden. El
secuestro político de Venezuela y de la figura de
Nicolás Maduro y Cilia Flores es su correlato
latinoamericano: si no te pliegas al modelo
extractivista, eres borrado del mapa del derecho.
Hoy, la lucha de Irán se une a la del pueblo
venezolano y cubano. Es una batalla por la
supervivencia contra un sistema que solo puede
subsistir a través de la destrucción masiva. Defender
estos polos de resistencia significa impedir que la fase total de la Tercera Guerra Mundial borre cualquier rastro de soberanía.
El frente antiimperialista es el único dique que queda
en defensa de la paz con justicia social. El pueblo
unido jamás será vencido, y solo la unidad de los
pueblos bajo la bandera de «¡Abajo el imperialismo!»
podrá acelerar el advenimiento de un mundo
multipolare y soberano. Y socialista.










