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Izquierdas

Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez

Eso que llamamos “izquierda” y debería llamarse “izquierdas” no es un objeto fijo ni una identidad cristalizada en consignas repetidas, sino un proceso histórico, práctico y crítico que se constituye en la tensión permanente entre la realidad social y el horizonte de su transformación. Es una ética un deber ser de la conciencia en la praxis. Hablar de “izquierda” implica asumir que no existe como esencia metafísica ni como dogma cerrado, sino como una praxis en movimiento, determinada por condiciones materiales concretas y por la conciencia que los sujetos sociales desarrollan de esas condiciones. En este sentido, la izquierda no es simplemente una posición en el espectro político ni una suma de partidos o tradiciones, sino una forma histórica de responder a la injusticia estructural, a la explotación y a la enajenación que caracterizan a las sociedades de clases. Su núcleo no reside en la proclamación moral del bien, sino en la crítica radical de las relaciones sociales de dominación existentes y en la voluntad organizada de superarlas.

Pero es indispensable estar alertas. No todo lo que se autoproclama izquierda “es oro”. Es fundamental distinguir corrientes porque, increíblemente, hay muchas izquierdas organizadas para frenar la revolución en lugar de impulsarla. Así, 1. El reformismo (socialdemocracia) • Acepta el capitalismo como marco permanente. • Confía en reformas graduales, el parlamento y el Estado burgués. • En momentos de crisis, defiende el orden existente antes que una ruptura revolucionaria. Cuando la burguesía se siente en peligro, los reformistas actúan como su última línea de defensa antes de activar a las fuerzas de corte nazi-fascistas.

2. El burocratismo. • La burocratización del Estado parasitario. • El abandono del internacionalismo por el “socialismo en un sólo país”. • La represión interna, los juicios y la eliminación de la democracia obrera. • No quieren un capitalismo clásico, pero tampoco socialismo. • Incuban un Estado obrero degenerado, dirigido por una casta burocrática. Terminan saboteando revoluciones en otros países para proteger sus propios intereses sectarios.

3. El “centrismo” de izquierda panfletaria. •Usan un lenguaje de apariencia revolucionaria, ero actúan con vacilación cuando hay que romper con el sistema. • Despliegan demagogia entre reforma y revolución sin decidirse, pero confundiendo. • Confunde a la clase obrera • Genera falsas expectativas • Desmoviliza en momentos decisivos.

4. Falsifica los “Frentes Populares” entendidos como alianza de partidos obreros con sectores burgueses “progresistas” • Subordina los intereses de la clase trabajadora a la burguesía “democrática”. • Frena expropiaciones y radicalización para no “asustar” aliados.

5. Convierte en cretinos a los representantes en los al parlamentos y sindicatos. • No se lucha por los cargos como fines en sí mismos. • Eso convierte en cretinos a los que deberían servir a la clase trabajadora. • Anestesia al sindicalismo sin horizonte político lo vuelve herramienta para frenar el conflicto.

6. Cuidado con el ultra-izquierdismo (confunden la táctica con los principios), • Suelen rechazar toda táctica • Desprecian las masas reales • Confunden radicalismo verbal con estrategia revolucionaria. Eso es aventurerismo, no revolución. No es problema declararse de izquierda, sino tener una estrategia que realmente permita a la clase trabajadora tomar el poder y transformarlo radicalmente.

Hablar de izquierdas en plural no es una concesión relativista ni un gesto retórico de corrección política, sino el reconocimiento materialista de la diversidad histórica, social y cultural de las prácticas emancipadoras. El plural remite a la imposibilidad de subsumir en una forma única las experiencias concretas de lucha que emergen en contextos distintos, atravesados por configuraciones específicas del capital, del Estado y de la subjetividad. Desde una concepción de la praxis como actividad histórica situada, resulta filosóficamente insostenible postular una izquierda homogénea y universal que se aplique por igual a todas las realidades. El plural de las izquierdas expresa, así, la riqueza conflictiva de un campo político en permanente construcción, donde convergen tradiciones, estrategias y lenguajes diversos, unidos no por la identidad formal sino por la orientación común hacia la emancipación. Negar ese pluralismo conduce al dogmatismo y a la clausura crítica; asumirlo, en cambio, abre la posibilidad de una articulación dialéctica entre diferencias reales, capaz de producir unidad práctica sin anular la heterogeneidad que la nutre.

En Adolfo Sánchez Vázquez, la aceptación del plural de las izquierdas se desprende directamente de su concepción no dogmática del marxismo y de su teoría de la praxis. Para él, no existe una forma única, acabada o canónica de la política emancipadora, porque la praxis revolucionaria está históricamente condicionada y responde a realidades concretas, cambiantes y contradictorias. Sánchez Vázquez rechaza toda pretensión de erigir una izquierda verdadera frente a otras supuestamente desviadas cuando ese juicio se formula desde criterios abstractos o ahistóricos. El marxismo, entendido como filosofía de la praxis, no prescribe modelos universales de acción política, sino que ofrece herramientas críticas para que los sujetos históricos elaboren sus propias respuestas a condiciones específicas de explotación y dominación. Desde esta perspectiva, hablar de izquierdas en plural no significa diluir el proyecto emancipador, sino afirmar su carácter histórico, creativo y abierto. La unidad de la izquierda no se garantiza por la uniformidad doctrinaria, sino por la convergencia práctica en objetivos emancipadores concretos, evaluables en la experiencia histórica y no en la fidelidad a esquemas teóricos cerrados. El plural, en Sánchez Vázquez, es así una exigencia de la praxis misma y una salvaguarda frente a la petrificación ideológica.

Desde la perspectiva filosófica que atraviesa la obra de Adolfo Sánchez Vázquez, la izquierda sólo puede comprenderse desde la categoría de praxis. La praxis no es mera acción ni simple aplicación de una teoría previa, sino una actividad humana consciente, transformadora y socialmente mediada, en la que se articulan conocimiento, valores y acción material. La izquierda se construye, entonces, en la praxis histórica de los sujetos que luchan por transformar las condiciones que los oprimen, y se verifica no por la pureza de sus intenciones, sino por la eficacia emancipadora de sus prácticas. Esto supone una ruptura con toda concepción dogmática que pretenda definir de una vez y para siempre qué es ser de izquierda, al margen de las circunstancias históricas y de las contradicciones reales de la vida social.

En este punto, la crítica de Sánchez Vázquez al dogmatismo adquiere plena vigencia. Aquella izquierda que se encierra en fórmulas doctrinarias, que repite categorías sin someterlas a la prueba de la realidad concreta, traiciona su propio fundamento práctico. El marxismo, entendido no como catecismo sino como teoría crítica de la sociedad, sólo conserva su potencia cuando se mantiene abierto a la autocrítica y a la revisión constante a la luz de la experiencia histórica. Las izquierdas, por tanto, no se definen por la fidelidad ritual a textos o líderes, sino por su capacidad de leer la realidad, interpretar sus contradicciones y actuar organizadamente sobre ellas de manera consciente.

Toda construcción de la izquierda es inseparable de los procesos sociales en los que emerge. No nace en el vacío ni en la abstracción académica, sino en el conflicto, en la lucha de clases, en la resistencia cotidiana de quienes padecen la explotación y la dominación. Es una construcción colectiva que articula experiencias diversas, saberes populares, tradiciones culturales y elaboraciones teóricas, y que se reconfigura permanentemente en función de los cambios en las formas de producción, en las relaciones de poder y en los modos de subjetivación. Por ello, no existe una izquierda única y homogénea, sino múltiples expresiones históricas de una misma aspiración emancipadora, atravesadas por tensiones, errores, avances y retrocesos.

Insistamos, desde una perspectiva semiótica y política, en que la izquierda también se juega en el terreno de la producción de sentido. No basta con transformar las estructuras económicas si se deja intacto el orden simbólico que legitima la dominación. La lucha por el sentido, por el lenguaje, por las narrativas que organizan la percepción de lo social, es parte constitutiva de la praxis política. En este plano, la izquierda debe disputar los significados de conceptos como democracia, libertad, justicia o desarrollo, arrancándolos de su captura por el discurso hegemónico y reinscribiéndolos en un proyecto colectivo de emancipación. La batalla cultural no es un suplemento decorativo de la política, sino uno de sus campos decisivos.

Toda relación entre izquierda y práctica política es, por tanto, una relación de implicación mutua. No hay izquierda sin práctica política concreta, ni práctica política de izquierda sin reflexión crítica que la oriente. La política, entendida en sentido fuerte, no se reduce a la gestión del Estado ni a la competencia electoral, aunque no pueda prescindir de esos espacios. Es, ante todo, una práctica social orientada a la transformación de las relaciones de poder, que se despliega en múltiples niveles, en el trabajo, en la cultura, en la educación, en los medios de comunicación, en la vida cotidiana. La izquierda se realiza en la medida en que logra articular estas dimensiones en un proyecto coherente, capaz de disputar hegemonía y de construir alternativas reales al orden existente.

Desde la ética marxista desarrollada por Sánchez Vázquez, la práctica política de la izquierda no puede separarse de una reflexión sobre los fines y los medios. La emancipación no justifica cualquier medio, ni la eficacia inmediata puede erigirse en criterio absoluto. La ética de la praxis exige coherencia entre los valores proclamados y las formas concretas de acción, sin caer en moralismos abstractos ni en pragmatismos cínicos. Esta tensión es constitutiva de la política revolucionaria y no admite soluciones simples. La izquierda madura es aquella que asume esta complejidad, que reconoce sus dilemas y contradicciones, y que los enfrenta sin refugiarse en justificaciones dogmáticas ni en renuncias oportunistas.

Toda la historia de la izquierda está atravesada por derrotas, desviaciones y fracasos, pero también por conquistas, aprendizajes y momentos de profunda creatividad política. Asumir esa historia críticamente es parte esencial de su construcción presente. No se trata de idealizar el pasado ni de repudiarlo en bloque, sino de extraer de él lecciones para el presente. La crítica a las experiencias burocráticas, autoritarias o alienadas que se hicieron en nombre del socialismo no implica abandonar el horizonte emancipador, sino radicalizarlo, devolviéndolo a su fundamento práctico y humanista. En este sentido, la izquierda no puede renunciar a la utopía, entendida no como fantasía irrealizable, sino como anticipación crítica de un futuro posible que orienta la acción presente.

En el mundo contemporáneo, marcado por la financiarización del capital, la precarización de la vida, la crisis ecológica y la colonización mediática de la subjetividad, la izquierda enfrenta desafíos inéditos. La praxis emancipadora debe repensarse en condiciones nuevas, sin perder su anclaje en la crítica de la explotación y la dominación. Esto exige una izquierda capaz de articular luchas diversas, de comprender la intersección entre clase, género, etnia y territorio, y de construir formas de organización flexibles, pero no dispersas, radicales, pero no sectarias. La unidad no puede ser impuesta por decreto ni diluida en un pluralismo sin proyecto; debe construirse en la práctica común y en el debate crítico.

Así entendida, la izquierda no es un lugar cómodo ni una identidad tranquilizadora. Es una posición incómoda frente al mundo, una toma de partido consciente en favor de la transformación radical de las condiciones que producen desigualdad, violencia y alienación. Se construye en la praxis cotidiana, en la reflexión crítica y en la acción colectiva, y se verifica en su capacidad de producir cambios reales en la vida de las mayorías. Su relación con la práctica política no es instrumental ni decorativa, sino constitutiva, las izquierdas son, en última instancia, práctica social consciente orientada a la emancipación humana, siempre inacabada, siempre abierta, siempre en disputa.

Una reflexión final,
La verdadera historia de nuestro tiempo está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha en sus propios planes de lucha. Esa agenda debe orientarnos. No necesitamos más retórica, es necesario estar en el motor de la historia, con quienes hacen la historia y desde dónde se la produce. La historia no la escriben las instituciones, los gobiernos ni los partidos por sí sólos. Los sujetos históricos reales son los movimientos en lucha, cuando actúan colectivamente, organizadamente y con un programa consensuado. La orientación política no debe venir de programas abstractos o agendas externas, sino de los planes de lucha concretos que esos movimientos elaboran. Es una convicción antielitista, antivanguardista rígida y profundamente materialista. La emancipación de la clase trabajadora será obra de la clase trabajadora misma. Porque la historia avanza por la acción de las masas en lucha y sus planes de lucha expresan el nivel real de conciencia y organización. Pero cuisdado, no todo lo que surge espontáneamente orienta bien. La agenda no debe omitir la estrategia, la teoría, ni la necesidad de dirección política con dirigentes a su altura.

Es que la experiencia viva de las masas es insustituible, pero necesita método para ser generalizada, organizada y llevada a sus consecuencias. Contra agendas armadas desde arriba. Contra análisis desconectados de la práctica. Contra izquierdas que “interpretan la realidad” sin pisar los conflictos. Contra el academicismo o el electoralismo que mira la lucha social como un dato más.

Toda izquierda que se precie de ser coherente debe centrar su energía los sujetos reales. Evitar el dogmatismo. Obligarse a escuchar y aprender de la lucha concreta. No idealizar cualquier lucha sólo por existir. No confundir orientación con acompañamiento pasivo. No perder perspectiva estratégica de largo plazo. La brújula política no está en los escritorios ni en los calendarios electorales, sino en la práctica colectiva de quienes pelean ahora. La izquierda debe sustentar una posición fuerte, honesta y exigente.

Porque la verdadera historia de nuestro tiempo no se escribe en los balances oficiales, ni en los discursos institucionales, ni en las memorias pulidas de los vencedores. Se escribe, con una gramática áspera y fragmentaria, en el movimiento real de quienes luchan. Allí donde los cuerpos se organizan, donde las necesidades se convierten en demandas, donde la indignación se transforma en acción colectiva, se produce el único texto histórico que merece ese nombre. No porque sea moralmente superior por definición, sino porque es el único que expresa la relación viva entre estructura y subjetividad, entre condiciones materiales y conciencia en proceso. Todo lo demás —los programas abstractos, las estrategias diseñadas sin anclaje, las lecturas que llegan siempre tarde— no son historia, sino comentarios a posteriori.

Decir que la historia está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha no es una metáfora poética ni una consigna voluntarista. Es una afirmación materialista. La historia no avanza por acumulación de ideas correctas ni por la aplicación mecánica de teorías previas, sino por la irrupción de sujetos colectivos que, empujados por contradicciones objetivas, se ven obligados a actuar. En esa acción, muchas veces confusa, contradictoria, incompleta, se condensan más verdades sobre una época que en cien análisis brillantes desconectados de la práctica. La lucha no es un dato más de la realidad social, es el punto en el que la realidad se vuelve consciente de sí misma.

Entendamos los planes de lucha, no sólo como calendarios de acciones sino como síntesis provisoria de fuerzas, demandas, horizontes y límites, son la forma concreta que adopta esa escritura histórica. No surgen de la nada ni son el producto de una voluntad pura. Son el resultado de una relación de fuerzas determinada, de una experiencia acumulada, de derrotas y aprendizajes, de debates explícitos y tensiones no resueltas. En ellos se expresa el nivel real de conciencia de un movimiento, no en el sentido psicológico, sino en el sentido histórico, qué cree posible, qué considera legítimo, hasta dónde está dispuesto a llegar, qué enemigos identifica y cuáles todavía no.

Por eso esa agenda debe orientarnos. No porque sea infalible, sino porque es el único punto de partida legítimo para cualquier política que aspire a transformar la realidad y no sólo a interpretarla. Orientarse por la agenda de las luchas no implica renunciar a la crítica ni a la elaboración teórica; implica, por el contrario, asumir que la teoría sólo tiene sentido si es capaz de dialogar con ese movimiento real, de esclarecerlo, de empujarlo más allá de sus propios límites sin colocarse por fuera de él. Toda política que se desentiende de los planes de lucha concretos, que los considera secundarios o meramente tácticos frente a un programa cerrado, termina inevitablemente sustituyendo a los sujetos reales por una abstracción.

Aquí aparece una tensión central que atraviesa toda la tradición marxista y que sigue siendo decisiva, la relación entre espontaneidad y dirección, entre experiencia y estrategia, entre lucha inmediata y horizonte histórico. Idealizar la espontaneidad es tan estéril como despreciarla. La lucha, por sí sola, no garantiza una orientación emancipadora; puede estancarse, desviarse, ser derrotada o incluso cooptada. Pero sin lucha real, toda estrategia es una ficción. La dialéctica no se resuelve eligiendo uno de los polos, sino comprendiendo su relación contradictoria. La experiencia de las masas es insustituible, pero necesita ser generalizada; la teoría es indispensable, pero sólo cobra vida cuando se somete a la prueba de la práctica.

En este punto, la afirmación de que la verdadera historia se escribe en los planes de lucha funciona también como una crítica frontal a dos desviaciones recurrentes. Por un lado, al reformismo que reduce la política a la gestión de lo posible dentro de los márgenes del sistema, mirando las luchas como problemas a administrar o como presiones externas que hay que contener. Por otro, al dogmatismo que pretende medir la realidad con una vara doctrinaria, descartando como “insuficiente” o “incorrecto” todo lo que no encaje en un esquema previo. Ambas posiciones comparten, aunque se presenten como opuestas, un mismo rasgo, la incapacidad de aprender de la lucha viva.

Ningún movimiento en lucha es sujeto puro ni homogéneo. Están atravesados por contradicciones internas, por desigualdades, por disputas de sentido. En ellos conviven impulsos radicales y tendencias conservadoras, gestos de solidaridad y reproducciones del orden dominante. Precisamente por eso son históricos. La historia no avanza por sujetos ideales, sino por sujetos reales, situados, atravesados por la sociedad que buscan transformar. Exigirles coherencia absoluta o conciencia plena es una forma sofisticada de negarles el derecho a ser protagonistas.

Orientarse por la agenda de las luchas implica aceptar la temporalidad propia de los procesos sociales. No todo ocurre cuando quisiéramos ni como quisiéramos. Hay momentos de ascenso y de repliegue, irrupciones súbitas y largos períodos de acumulación silenciosa. Los planes de lucha expresan esa temporalidad concreta, no la del calendario electoral ni la de los ciclos mediáticos. Obligan a pensar la política no como una sucesión de gestos espectaculares, sino como un proceso sostenido de construcción de fuerzas.

También obligan a repensar el problema de la dirección y de los dirigentes. Dirigir no es sustituir, ni mandar desde afuera, ni imponer una línea ajena a la experiencia colectiva. Dirigir es intervenir dentro del proceso para ayudar a clarificar, a conectar luchas dispersas, a señalar límites y potencialidades. Una dirección que no se deja orientar por la agenda de las luchas termina hablando un lenguaje que nadie reconoce como propio. Pero un movimiento que renuncia a toda forma de elaboración estratégica queda a merced de la inercia o de las fuerzas que sí saben lo que quieren.

Nuestra historia reciente ofrece innumerables ejemplos de movimientos potentes que, al no lograr traducir sus planes de lucha en una perspectiva más amplia, fueron neutralizados o absorbidos. También ofrece ejemplos de organizaciones que, aferradas a una estrategia correcta en abstracto, quedaron al margen de los procesos reales y terminaron hablándose a sí mismas. En ambos casos, el resultado es el mismo, la derrota, aunque adopte formas distintas. La lección no es cínica ni resignada; es exigente. Exige una política capaz de moverse en la contradicción, de aprender sin idealizar, de intervenir sin suplantar.

Decir que esa agenda debe orientarnos es, en última instancia, una toma de posición ética y política. Ética, porque reconoce la dignidad histórica de quienes luchan aquí y ahora, sin pedirles credenciales ni certificados de pureza. Política, porque entiende que la transformación social no se decreta ni se diseña en abstracto, sino que se construye en el conflicto real. No se trata de seguir pasivamente cada giro de la lucha, sino de asumir que allí se juegan las posibilidades efectivas de cambio.

En un tiempo marcado por la fragmentación, la precarización y la descomposición de viejas mediaciones, esta afirmación cobra un peso particular. Cuando las instituciones pierden legitimidad y los relatos oficiales ya no convencen, los movimientos en lucha se convierten en los únicos espacios donde se ensayan nuevas formas de comunidad, de decisión y de sentido. Sus planes de lucha no son sólo instrumentos defensivos; son laboratorios políticos, aun cuando no se nombren como tales. Ignorarlos o subestimarlos es renunciar a comprender el presente.

Nada de esto implica romantizar la derrota ni confundir resistencia con victoria. Implica, más bien, asumir que la única forma de pensar estratégicamente es partir de la realidad tal como es, no como quisiéramos que fuera. La historia no garantiza finales felices. Pero sí ofrece, en cada lucha, la posibilidad de aprender algo decisivo sobre las fuerzas en juego. Orientarse por esa agenda es aceptar el riesgo de la historia, en lugar de refugiarse en la comodidad de las certezas prefabricadas.

Así entendida, la tarea de orientarse con las agendas de las luchas, no es un cierre, sino una apertura. No clausura el debate sobre estrategia, programa o dirección; lo reubica en su terreno correcto. La pregunta ya no es qué deberíamos hacer en abstracto, sino qué están haciendo, pensando y deseando quienes hoy están en movimiento, y cómo intervenir allí para que esas luchas no sólo resistan, sino que abran caminos de transformación real. Todo lo demás es biblioteca política. A veces brillante, a veces sofisticada, pero siempre complementaria a la escritura áspera y decisiva de la historia en acto.

Tapas - Prensa

El retorno del Gran Garrote: Cuando la decadencia imperial se disfraza de pirata

Por: Pedro Penso
Director General del Centro de Investigación Contrahegemónica
Red de Internacional de Investigación Antifascista

14 de diciembre de 2025

La Agonía que gruñe

El imperialismo norteamericano atraviesa una de esas paradojas históricas tan deliciosamente irónicas: mientras su poder económico global se erosiona, su arrogancia y su apetito por el despojo directo crecen de manera inversamente proporcional. Ya no basta con el saqueo financiero sutil, con la explotación asimétrica de las cadenas de valor. En su declive, la bestia retrocede a sus instintos más primitivos, a sus formas originarias de acumulación: el robo descarado, la incautación pura y dura, la piratería con bandera de estrella. Este texto producido desde la trinchera del pensamiento crítico, se propone diseccionar este patético espectáculo de un imperio que, en no acepta la realidad, no se adapta a un mundo multipolar, y ha elegido hoy disfrazarse de corsario.

El «Corolario Trump» es la Doctrina Monroe con olor a polvorín

Dicen que revisitar a los clásicos es un signo de cultura. Washington, en un arrebato de nostalgia malsana, ha decidido no solo releer, sino reactualizar con brutal candor la Doctrina Monroe. La han bautizado con el creativo nombre de «Corolario Trump», una actualización que hace parecer al «Gran Garrote» de Theodore Roosevelt como un instrumento de diplomacia delicada.

La nueva estrategia de seguridad nacional lo proclama sin rubor: se trata de «restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental». Traducción para el pueblo latinoamericano: la época de los matices ha terminado. El «patio trasero» debe ser reconquistado, ahora rebautizado como «jardín delantero» para mayor eufemismo. El mecanismo es simple y viejo como el colonialismo: «alistar y expandir» aliados sumisos, y castigar a quienes osen mirar a otros horizontes, especialmente a China. La «diplomacia comercial» no es más que el eufemismo para exigir contratos exclusivos para empresas estadounidenses y expulsar a la competencia. La soberanía de las naciones, un estorbo molesto para los designios de Washington.

El catálogo del despojo moderno, del oro al crudo

La teoría se materializa en un abanico de acciones que, si no fuera por su gravedad, podrían pasar por los guiones de una ópera bufa de mal gusto. He aquí el botín de la decadencia:

· El Oro de Londres: La Farsa Judicial El Banco de Inglaterra, ese noble templo de las finanzas globales, custodia 31 toneladas de oro venezolano, valoradas en miles de millones. Cuando el gobierno legítimo de Venezuela solicitó su devolución para enfrentar la pandemia –incluso proponiendo que la ONU administrara los fondos–, la maquinaria se puso en marcha. Un tribunal británico, con una soberbia imperial que haría sonrojar a un virrey del siglo XVIII, falló que el oro no sería entregado a las autoridades venezolanas. ¿La razón? El Reino Unido reconoce al autoproclamado Juan Guaidó como presidente «interino». Así, el oro de todo un pueblo queda secuestrado en las bóvedas de la City londinense, mientras se urden argumentos legales tan frágiles como la legitimidad de un títere.
· CITGO y el Petróleo: La Expropiación por Decreto El robo de la refinería CITGO en Estados Unidos es otro capítulo de este manual del expolio. Confiscado mediante lo que el gobierno venezolano denuncia como «mecanismos judiciales fraudulentos», representa el despojo de un activo estratégico vital. No es una sanción; es una transferencia de propiedad forzosa, un acto de guerra económica sin declaración formal.
· Piratería en el Caribe: El «Interesante Día» del Emperador El colmo del cinismo llegó con la confiscación de un buque petrolero frente a las costas de Venezuela. El propio expresidente Trump lo anunció con la jactancia de un bucanero: «Acabamos de incautar un petrolero… el más grande jamás incautado». Venezuela e Irán lo han denunciado ante el mundo como lo que es: «piratería estatal» y «un claro caso de robo armado en el mar».

Las autoridades estadounidenses lo justifican citando sanciones y redes ilícitas, pero el mensaje subyacente es más claro y más antiguo: «Lo que flota en ‘nuestro’ mar es nuestro si así lo decidimos».
· El Botín Ruso: El Eufemismo del «Congelamiento» La Unión Europea, en un acto de vasallaje autodestructivo, ha «congelado» activos rusos. «Congelar» es el eufemismo de moda para «robar». Se debate abiertamente usar estos recursos para financiar la guerra en Ucrania, una guerra que, no nos engañemos, es de la OTAN contra Rusia. Es el mismo principio: la propiedad y la soberanía son derechos reservados solo para el imperio y sus acólitos.

América Latina se encuentra entre la sumisión y la insurgencia

Frente a este nuevo asedio, la región se debate. La Celac ha declarado a “América Latina y el Caribe como Zona de Paz”, un principio noble y desafiante. Por un lado, Washington busca «alistar» gobiernos afines, como los de El Salvador, Ecuador o Argentina, ofreciéndoles el papel de gendarmes regionales y socios comerciales privilegiados a cambio de alineamiento absoluto.

Pero por otro lado, crece la conciencia y la resistencia. La doctrina «América First» de Trump es, vista desde el Sur, la doctrina del «América Latina Last». La militarización del Caribe, con portaviones y despliegues permanentes, no es una respuesta a la migración o las drogas, sino la verdadera razón de la agresión: el control de los recursos.

La Dignidad como Trinchera

El «Corolario Trump» no es una demostración de fuerza, sino la evidencia de una profunda debilidad. Un hegemón imperialista seguro de sí mismo negocia, influye, construye consensos, eso sí manipulados, para depredar siempre, pero cuida las formas. Un imperio en crisis, se desenmascara, saquea, confisca, amenaza. Ha vuelto la vista a Nuestra América no porque sea fuerte, sino porque se siente vulnerable y cree que aquí encontrará la última gran renta que sostenga su decadencia.

La respuesta nuestramericana debe ser la unidad en la diversidad, la defensa inquebrantable de la soberanía y la paz, y la denuncia incansable en todos los foros internacionales. Cada barco robado, cada onza de oro retenida, cada activo congelado debe ser un recordatorio: la lucha contra el imperialismo no es un capítulo del pasado, sino la batalla por el futuro de la Patria Grande. El pillaje desesperado del gigante cansado debe encontrar, en nuestro continente, el muro firme de la dignidad recuperada.

¡Hasta la victoria siempre!

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Tercera edición del Encuentro Internacional de Publicaciones Teóricas de Partidos y Movimientos de Izquierda

Prensa LAUICOM- En el marco del III Encuentro Internacional de Publicaciones Teóricas de Partidos y Movimientos de Izquierda, celebrado en la Universidad del Partido Ñico López en La Habana, se reafirmó la urgencia de fortalecer la unidad de la izquierda global frente a la ofensiva imperialista y el resurgimiento de un fascismo de nuevo tipo. Roberto Morales Ojeda, miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba, subrayó en la inauguración que estos espacios son “urgentes” para promover “las ideas más avanzadas de la izquierda, el pensamiento crítico y la acción política conjunta”, en un momento marcado por la carrera belicista de Estados Unidos y la necesidad de preservar la paz.

Durante el panel “Teoría revolucionaria frente a nuevos desafíos y fascismo de nuevo tipo”, la diputada venezolana Iris Varela repasó los hitos de la Revolución Bolivariana y destacó la “resistencia especializada” ante sanciones y ciberataques. José Luis Centella, representante de España, alertó sobre la decadencia del Norte global y su giro fascista, mientras que Nguyen Xuan Thuy, representante de Vietnam, compartió la experiencia de desarrollo bajo dirección comunista. Vasuki Umanath representante de India, vinculó la lucha de clases, anticolonialismo y antifascismo, y Tim Joye, representante de Bélgica denunció la manipulación mediática y los recortes sociales en Europa.

El intelectual mexicano Fernando Buen Abad, colaborador de la agencia, rindió homenaje a la pasión lectora de Chávez y Fidel y enfatizó que “la agenda teórica no la resuelven genios académicos, sino las protestas campesinas, laborales y populares”. Por su parte, Abel Prieto llamó a construir un frente comunicacional ético que rescate la verdad frente a la postverdad, recordando la frase de Fidel: “Por Venezuela estamos dispuestos a dar nuestra propia sangre”.

En esta transición histórica, “entre lo viejo que tarda en morir y lo nuevo que demora en nacer”, según Gramsci, LAUICOM reafirma su compromiso con una comunicación antiimperialista, popular y al servicio de la emancipación, formando comunicadores que piensen desde y con los pueblos en resistencia.

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De Chávez a Petro, de Honduras a México: La llama antiimperialista no se apaga

Prensa LAUICOM- En el programa Sin Truco ni Maña #33, transmitido desde la Ciudad de México, se destacó con firmeza el resurgimiento de corrientes “nazifascistas” encabezadas por figuras como Donald Trump y Benjamin Netanyahu, cuyas políticas unilaterales y desprecio por el derecho internacional evocan los peligros del siglo XX.

La presentadora Tania Díaz, diputada y rectora de la Universidad Internacional de las Comunicaciones, resaltó el discurso de Gustavo Petro en la ONU como un acto valiente contra el imperialismo, al tiempo que se reivindicó la histórica intervención de Hugo Chávez en 2006, donde denunció el intervencionismo estadounidense. Periodistas y activistas de México, Honduras y Venezuela coincidieron en señalar que la ONU ha fracasado en enfrentar crímenes como el genocidio palestino, y que Estados Unidos instrumentaliza temas como la migración y el narcotráfico, incluyendo falsas acusaciones contra Venezuela, como el inexistente “Cártel de los Soles», para justificar agresiones.

La periodista Sasi Alejandre (México) calificó a EE.UU. como una “bestia moribunda” que reacciona con violencia ante su decadencia. Stephany Bueso, del Partido Libre Feminista de Honduras, destacó los avances sociales bajo el gobierno de Xiomara Castro y la amenaza que representa la injerencia estadounidense para toda la región. Por su parte Yosneisy Paredes, viceministra de Juventud Productiva y Trabajadora, enfatizó la importancia de la resistencia cívico-militar y el pensamiento crítico frente a la desinformación impulsada por corporaciones y el “tecnofeudalismo”.

El programa concluyó con un llamado urgente a la unidad latinoamericana, reafirmando a Venezuela como bastión antiimperialista y al ALBA como vanguardia de una paz con justicia social. La juventud y las mujeres emergen como actores centrales en la defensa de la soberanía y la construcción de un futuro alternativo al dominio fascista y neoliberal.

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De la Calle a la Radio Bemba: Defensa de la verdad del pueblo frente a los medios hegemónicos

Prensa LAUICOM- El presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, presentó el pasado 30 de julio de 2025 su libro «Calles, Redes, Medios, Paredes y Radio Bemba», una obra que sintetiza más de 15 años de experiencia, estrategia y resistencia en el campo de la comunicación política y popular, especialmente frente al impacto de las redes sociales y la guerra mediática.

El jefe de Estado explicó que el libro nace como respuesta a la evolución de las tácticas de desestabilización contra los procesos revolucionarios: desde el golpe mediático de abril de 2002 contra el Comandante Hugo Chávez, centrado en la televisión y los grandes medios, hasta las actuales guerras cognitivas digitales, donde las redes sociales, los algoritmos y las narrativas globales hegemónicas buscan manipular conciencias y fracturar la unidad popular.

Este libro es un manual de resistencia comunicacional. No es teoría abstracta: es la experiencia viva de cómo el pueblo venezolano ha defendido su verdad, su paz y su revolución frente a campañas de odio, fake news y bloqueos informativos. La radio bemba no tiene dueño, no tiene algoritmo, es la voz del pueblo multiplicándose sin permiso. Donde verdaderamente nace la contranarrativa.

Aprende a construir tu propia contranarrativa.

¡DESCARGA GRATIS el libro! “Calles, Redes, Medios, Paredes y Radio Bemba”, el manual para defender la verdad del pueblo frente a la manipulación mediática.

¡No dejes que otros piensen por ti!

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María Corina Machado y la traición a la patria

Atilio Borón

Existe un gesto que habla a las claras de que la senilidad no es sólo un problema del presidente Joe Biden sino del imperio en su conjunto. El Gobierno de Estados Unidos anunció días atrás nuevas sanciones en contra de su homólogo venezolano tras la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de ratificar la inhabilitación que pesaba en contra de la señora María Corina Machado para presentarse como candidata en las próximas elecciones presidenciales.

Bastó que la noticia fuera conocida para que de inmediato la cloaca mediática, esa que silencia por completo el genocidio en curso en Gaza o las matanzas de Dina Boluarte en el Perú, sacudiera su molicie y comenzara a lanzar todo tipo de acusaciones infamantes en contra del Gobierno bolivariano. “¡Proscripción, exclusión, persecución!” vociferan a los cuatro vientos alentados desde Washington. Lo que estos voceros neocoloniales no dicen es que María Corina Machada está siendo juzgada por una legislación que es prácticamente un calco de la estadounidense. Según ésta, condensada en el 18 U.S. Code § 2381 se establece que “Quien, debiendo lealtad a los Estados Unidos, se levante en armas en contra del Gobierno de Estados Unidos y/ sus fuerzas armadas; o se adhiera a sus enemigos, prestándoles ayuda y consuelo dentro de los Estados Unidos o en cualquier otro lugar y ofrezca apoyo financiero, logístico o de cualquier otra forma a un país u organización en guerra con los Estados Unidos. Quien incurra en este delito será acusado de traición y sufrirá la pena de muerte, o prisión y multa, e inhabilitación para ejercer cualquier cargo en los Estados Unidos”.

Según la jurisprudencia estadounidense el delito queda probado cuando alguien cometió un acto manifiesto en contra del Gobierno de Estados Unidos (una guerra, ayudar a un Gobierno u organización enemiga, etcétera) y participó en cualquier forma de rebelión o conspiración sediciosa en contra del mismo.

Dicho lo anterior, es más que evidente que si la señora Machado hubiese sido ciudadana de Estados Unidos y hubiese actuado como lo ha venido haciendo en Venezuela desde hace unos veinte años, habría sido detenida, procesada y condenada por las autoridades norteamericanas. Machado se entrevistó públicamente con al menos un presidente de Estados Unidos, George W. Bush (hijo), que la recibió nada menos que en la Oficina Oval el 31 de mayo del 2005 en una reunión a solas que no fue sólo protocolar debido a que se extendió por poco más de 50 minutos. Se supone que el tema de la conversación fue solicitar ayuda para derrocar al gobierno constitucional del presidente Hugo Chávez Frías en vísperas de la crucial Cumbre de las Américas que debía reunirse en noviembre de ese año en donde la Casa Blanca esperaba la aprobación del ALCA.

Acabar con el carismático liderazgo de Chávez era decisivo para el éxito de estos malignos designios. Y allí estuvo Machado, amén de infinidad de reuniones que mantuvo con otros personeros de las primeras líneas de sucesivas administraciones norteamericanas, buscando la forma de lograr ese objetivo.

En marzo del 2014, en coincidencia con la primera de las sangrientas “guarimbas” organizadas por la derecha venezolana, Machado aparece en la escena internacional como insólita “embajadora alterna” de Panamá en la sesión del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos, utilizando esa tribuna para atacar al Gobierno del presidente Nicolás Maduro. Machado era por entonces diputada a la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, y en un grosero acto de traición a la patria solicitó abiertamente ante el Consejo Permanente de la OEA que dicha organización dispusiera una intervención militar extranjera para derrocar al presidente Nicolás Maduro. Todo esto mientras los hampones de las guarimbas asesinaban indiscriminadamente a quienquiera que tuviese apariencia de ser chavista, en no pocos casos quemados vivos. Cabe recordar que en 2017 volvieron a surgir las guarimbas contando con todo el apoyo de la derecha venezolana y sus mandantes estadounidenses, sin que Machado condenase en lo más mínimo sus aberrantes crímenes contra la población. Todo lo contrario, a lo largo de estos años no cesó de solicitar la intervención de fuerzas extranjeras para poner fin al Gobierno legítimo de su país.

No puede olvidarse que a lo largo de tantos años esta “patriótica” lideresa venezolana abogó incansablemente ante los Gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea para que se impusieran duras sanciones económicas y de todo tipo a la República Bolivariana de Venezuela. En la actualidad ese país es víctima de 930 medidas coercitivas unilaterales (MCI) que han afectado todas las áreas de la actividad económica y provocando graves penurias al conjunto de la población venezolana. En suma, estamos ante un claro caso de traición a la patria que ha sido tratado con sorprendente benignidad por el Gobierno chavista. En 2005 Machado fue juzgada por su firma del “decreto Carmona” que convalidó el Golpe de Estado en Venezuela el 10 de Abril del 2002. También fue juzgada por conspiración debido a que una ONG por ella creada y dirigida, recibió un subsidio de 53 mil dólares del Fondo Nacional para la Democracia, financiado por el Congreso de los Estados Unidos. Por ambos cargos fue condenada a 28 años de prisión, pero fue amnistiada por el entonces presidente Hugo Chávez. En ningún otro país Machado podría haber seguido haciendo política como lo ha hecho en Venezuela hasta el día de hoy. En la mayoría de los países europeos habría sido puesta en prisión cumpliendo largas sentencias, y lo mismo habría ocurrido en Argentina, Brasil, Chile, México, Perú o cualquier otro país de la región.

Por otra parte, hay que recordar que no fueron sólo palabras. Su ataque en contra de su propio país tuvo efectos concretos que produjeron grandes daños. No puede soslayarse el hecho de que María Corina Machado y el “autoproclamado presidente” Juan Guaidó entregaran a manos extranjeras empresas y activos del pueblo venezolano como: CITGO, en los Estados Unidos; Monómeros, la mayor fabricante de fertilizantes, en Colombia; ambos personajes fueron además cómplices del secuestro de 31 toneladas de oro por parte del Reino Unido valuados en casi dos mil millones de dólares y también del bloqueo de activos financieros dispuesto por Washington y sus lacayos europeos. Cálculos conservadores de los perjuicios económicos causados por Machado y Guaidó en contra de la República Bolivariana de Venezuela ascienden a unos 140 mil millones de dólares estadounidenses. Pese a ello reclama impunidad.

Con estos antecedentes a la vista, María Corina Machado ya había sido inhabilitada para ejercer cargos públicos por un lapso de 15 años, a partir del año 2015, según consta en el dictamen de la Contraloría General de la República. Es decir que no hay nada nuevo, pues ya pesan sobre ella 9 años de inhabilitación. No es que ahora se la está condenando. Ya se lo hizo en el 2015, y es cosa juzgada. La decisión tomada y anunciada por el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, no es su inhabilitación, sino simplemente la ratificación de una decisión tomada hace 9 años atrás.

No obstante eso, la derecha y los voceros del imperio la han erigido como una suerte de patriótica Juana de Arco cuando en realidad es una escandalosa agente del imperio y cómplice del criminal saqueo perpetrado en contra de su propio país y una de las más importantes mentoras del plan para derrocar al Gobierno legítimo de Nicolás Maduro, y hacer retrotraer a Venezuela a los nefastos tiempos de la Cuarta República. Ese es el verdadero retrato de la “heroína” o la “combatiente por la libertad” que presentan los medios del imperio y el propio Gobierno de Estados Unidos, que ahora redobla sus sanciones contra el pueblo y el Gobierno de Venezuela