Prensa LAUICOM – El asfalto de Caracas guarda en su memoria uno de los episodios más crudos, pero a la vez más gloriosos, de nuestra historia contemporánea.
Aquel 11 de abril de 2002, las élites tradicionales y los poderes fácticos intentaron apagar la luz de un proyecto nacido de las entrañas de los más humildes: la Revolución Bolivariana.
El presidente Hugo Chávez, cuyo único «delito» fue devolverle la dignidad a los invisibilizados mediante la Ley de Tierras y de Hidrocarburos, enfrentó la furia de una oligarquía resentida.
Una embestida criminal orquestada por la burguesía, la patronal viejas élites sindicales y el aparato de los medios de comunicación privados, que actuaron como jueces y verdugos, tiñó de luto y dolor los alrededores de Puente Llaguno.
Fueron horas de profunda angustia, con el líder secuestrado por un golpe de Estado mediático y fascista, los dueños del viejo país creyeron haber retomado el poder, sin embargo, subestimaron el alma de Venezuela.
Lejos de doblegarse ante el terror y el silencio impuesto por las pantallas, una marea humana bajó de los cerros, aquellas horas de oscuridad forjaron la más grande resurrección popular, el amor leal hacia su presidente rompió el cerco de la mentira, gestando el milagro histórico del 13 de abril.
Hoy, la sangre de nuestros mártires sigue latiendo, el 11 de abril perdura no solo como la memoria de una traición imperial, sino como la prueba irrefutable de que el amor de un pueblo consciente jamás podrá ser derrotado.

