Por: Dr. Fernando Buen Abad Domínguez
Eso que llamamos “izquierda” y debería llamarse “izquierdas” no es un objeto fijo ni una identidad cristalizada en consignas repetidas, sino un proceso histórico, práctico y crítico que se constituye en la tensión permanente entre la realidad social y el horizonte de su transformación. Es una ética un deber ser de la conciencia en la praxis. Hablar de “izquierda” implica asumir que no existe como esencia metafísica ni como dogma cerrado, sino como una praxis en movimiento, determinada por condiciones materiales concretas y por la conciencia que los sujetos sociales desarrollan de esas condiciones. En este sentido, la izquierda no es simplemente una posición en el espectro político ni una suma de partidos o tradiciones, sino una forma histórica de responder a la injusticia estructural, a la explotación y a la enajenación que caracterizan a las sociedades de clases. Su núcleo no reside en la proclamación moral del bien, sino en la crítica radical de las relaciones sociales de dominación existentes y en la voluntad organizada de superarlas.
Pero es indispensable estar alertas. No todo lo que se autoproclama izquierda “es oro”. Es fundamental distinguir corrientes porque, increíblemente, hay muchas izquierdas organizadas para frenar la revolución en lugar de impulsarla. Así, 1. El reformismo (socialdemocracia) • Acepta el capitalismo como marco permanente. • Confía en reformas graduales, el parlamento y el Estado burgués. • En momentos de crisis, defiende el orden existente antes que una ruptura revolucionaria. Cuando la burguesía se siente en peligro, los reformistas actúan como su última línea de defensa antes de activar a las fuerzas de corte nazi-fascistas.
2. El burocratismo. • La burocratización del Estado parasitario. • El abandono del internacionalismo por el “socialismo en un sólo país”. • La represión interna, los juicios y la eliminación de la democracia obrera. • No quieren un capitalismo clásico, pero tampoco socialismo. • Incuban un Estado obrero degenerado, dirigido por una casta burocrática. Terminan saboteando revoluciones en otros países para proteger sus propios intereses sectarios.
3. El “centrismo” de izquierda panfletaria. •Usan un lenguaje de apariencia revolucionaria, ero actúan con vacilación cuando hay que romper con el sistema. • Despliegan demagogia entre reforma y revolución sin decidirse, pero confundiendo. • Confunde a la clase obrera • Genera falsas expectativas • Desmoviliza en momentos decisivos.
4. Falsifica los “Frentes Populares” entendidos como alianza de partidos obreros con sectores burgueses “progresistas” • Subordina los intereses de la clase trabajadora a la burguesía “democrática”. • Frena expropiaciones y radicalización para no “asustar” aliados.
5. Convierte en cretinos a los representantes en los al parlamentos y sindicatos. • No se lucha por los cargos como fines en sí mismos. • Eso convierte en cretinos a los que deberían servir a la clase trabajadora. • Anestesia al sindicalismo sin horizonte político lo vuelve herramienta para frenar el conflicto.
6. Cuidado con el ultra-izquierdismo (confunden la táctica con los principios), • Suelen rechazar toda táctica • Desprecian las masas reales • Confunden radicalismo verbal con estrategia revolucionaria. Eso es aventurerismo, no revolución. No es problema declararse de izquierda, sino tener una estrategia que realmente permita a la clase trabajadora tomar el poder y transformarlo radicalmente.
Hablar de izquierdas en plural no es una concesión relativista ni un gesto retórico de corrección política, sino el reconocimiento materialista de la diversidad histórica, social y cultural de las prácticas emancipadoras. El plural remite a la imposibilidad de subsumir en una forma única las experiencias concretas de lucha que emergen en contextos distintos, atravesados por configuraciones específicas del capital, del Estado y de la subjetividad. Desde una concepción de la praxis como actividad histórica situada, resulta filosóficamente insostenible postular una izquierda homogénea y universal que se aplique por igual a todas las realidades. El plural de las izquierdas expresa, así, la riqueza conflictiva de un campo político en permanente construcción, donde convergen tradiciones, estrategias y lenguajes diversos, unidos no por la identidad formal sino por la orientación común hacia la emancipación. Negar ese pluralismo conduce al dogmatismo y a la clausura crítica; asumirlo, en cambio, abre la posibilidad de una articulación dialéctica entre diferencias reales, capaz de producir unidad práctica sin anular la heterogeneidad que la nutre.
En Adolfo Sánchez Vázquez, la aceptación del plural de las izquierdas se desprende directamente de su concepción no dogmática del marxismo y de su teoría de la praxis. Para él, no existe una forma única, acabada o canónica de la política emancipadora, porque la praxis revolucionaria está históricamente condicionada y responde a realidades concretas, cambiantes y contradictorias. Sánchez Vázquez rechaza toda pretensión de erigir una izquierda verdadera frente a otras supuestamente desviadas cuando ese juicio se formula desde criterios abstractos o ahistóricos. El marxismo, entendido como filosofía de la praxis, no prescribe modelos universales de acción política, sino que ofrece herramientas críticas para que los sujetos históricos elaboren sus propias respuestas a condiciones específicas de explotación y dominación. Desde esta perspectiva, hablar de izquierdas en plural no significa diluir el proyecto emancipador, sino afirmar su carácter histórico, creativo y abierto. La unidad de la izquierda no se garantiza por la uniformidad doctrinaria, sino por la convergencia práctica en objetivos emancipadores concretos, evaluables en la experiencia histórica y no en la fidelidad a esquemas teóricos cerrados. El plural, en Sánchez Vázquez, es así una exigencia de la praxis misma y una salvaguarda frente a la petrificación ideológica.
Desde la perspectiva filosófica que atraviesa la obra de Adolfo Sánchez Vázquez, la izquierda sólo puede comprenderse desde la categoría de praxis. La praxis no es mera acción ni simple aplicación de una teoría previa, sino una actividad humana consciente, transformadora y socialmente mediada, en la que se articulan conocimiento, valores y acción material. La izquierda se construye, entonces, en la praxis histórica de los sujetos que luchan por transformar las condiciones que los oprimen, y se verifica no por la pureza de sus intenciones, sino por la eficacia emancipadora de sus prácticas. Esto supone una ruptura con toda concepción dogmática que pretenda definir de una vez y para siempre qué es ser de izquierda, al margen de las circunstancias históricas y de las contradicciones reales de la vida social.
En este punto, la crítica de Sánchez Vázquez al dogmatismo adquiere plena vigencia. Aquella izquierda que se encierra en fórmulas doctrinarias, que repite categorías sin someterlas a la prueba de la realidad concreta, traiciona su propio fundamento práctico. El marxismo, entendido no como catecismo sino como teoría crítica de la sociedad, sólo conserva su potencia cuando se mantiene abierto a la autocrítica y a la revisión constante a la luz de la experiencia histórica. Las izquierdas, por tanto, no se definen por la fidelidad ritual a textos o líderes, sino por su capacidad de leer la realidad, interpretar sus contradicciones y actuar organizadamente sobre ellas de manera consciente.
Toda construcción de la izquierda es inseparable de los procesos sociales en los que emerge. No nace en el vacío ni en la abstracción académica, sino en el conflicto, en la lucha de clases, en la resistencia cotidiana de quienes padecen la explotación y la dominación. Es una construcción colectiva que articula experiencias diversas, saberes populares, tradiciones culturales y elaboraciones teóricas, y que se reconfigura permanentemente en función de los cambios en las formas de producción, en las relaciones de poder y en los modos de subjetivación. Por ello, no existe una izquierda única y homogénea, sino múltiples expresiones históricas de una misma aspiración emancipadora, atravesadas por tensiones, errores, avances y retrocesos.
Insistamos, desde una perspectiva semiótica y política, en que la izquierda también se juega en el terreno de la producción de sentido. No basta con transformar las estructuras económicas si se deja intacto el orden simbólico que legitima la dominación. La lucha por el sentido, por el lenguaje, por las narrativas que organizan la percepción de lo social, es parte constitutiva de la praxis política. En este plano, la izquierda debe disputar los significados de conceptos como democracia, libertad, justicia o desarrollo, arrancándolos de su captura por el discurso hegemónico y reinscribiéndolos en un proyecto colectivo de emancipación. La batalla cultural no es un suplemento decorativo de la política, sino uno de sus campos decisivos.
Toda relación entre izquierda y práctica política es, por tanto, una relación de implicación mutua. No hay izquierda sin práctica política concreta, ni práctica política de izquierda sin reflexión crítica que la oriente. La política, entendida en sentido fuerte, no se reduce a la gestión del Estado ni a la competencia electoral, aunque no pueda prescindir de esos espacios. Es, ante todo, una práctica social orientada a la transformación de las relaciones de poder, que se despliega en múltiples niveles, en el trabajo, en la cultura, en la educación, en los medios de comunicación, en la vida cotidiana. La izquierda se realiza en la medida en que logra articular estas dimensiones en un proyecto coherente, capaz de disputar hegemonía y de construir alternativas reales al orden existente.
Desde la ética marxista desarrollada por Sánchez Vázquez, la práctica política de la izquierda no puede separarse de una reflexión sobre los fines y los medios. La emancipación no justifica cualquier medio, ni la eficacia inmediata puede erigirse en criterio absoluto. La ética de la praxis exige coherencia entre los valores proclamados y las formas concretas de acción, sin caer en moralismos abstractos ni en pragmatismos cínicos. Esta tensión es constitutiva de la política revolucionaria y no admite soluciones simples. La izquierda madura es aquella que asume esta complejidad, que reconoce sus dilemas y contradicciones, y que los enfrenta sin refugiarse en justificaciones dogmáticas ni en renuncias oportunistas.
Toda la historia de la izquierda está atravesada por derrotas, desviaciones y fracasos, pero también por conquistas, aprendizajes y momentos de profunda creatividad política. Asumir esa historia críticamente es parte esencial de su construcción presente. No se trata de idealizar el pasado ni de repudiarlo en bloque, sino de extraer de él lecciones para el presente. La crítica a las experiencias burocráticas, autoritarias o alienadas que se hicieron en nombre del socialismo no implica abandonar el horizonte emancipador, sino radicalizarlo, devolviéndolo a su fundamento práctico y humanista. En este sentido, la izquierda no puede renunciar a la utopía, entendida no como fantasía irrealizable, sino como anticipación crítica de un futuro posible que orienta la acción presente.
En el mundo contemporáneo, marcado por la financiarización del capital, la precarización de la vida, la crisis ecológica y la colonización mediática de la subjetividad, la izquierda enfrenta desafíos inéditos. La praxis emancipadora debe repensarse en condiciones nuevas, sin perder su anclaje en la crítica de la explotación y la dominación. Esto exige una izquierda capaz de articular luchas diversas, de comprender la intersección entre clase, género, etnia y territorio, y de construir formas de organización flexibles, pero no dispersas, radicales, pero no sectarias. La unidad no puede ser impuesta por decreto ni diluida en un pluralismo sin proyecto; debe construirse en la práctica común y en el debate crítico.
Así entendida, la izquierda no es un lugar cómodo ni una identidad tranquilizadora. Es una posición incómoda frente al mundo, una toma de partido consciente en favor de la transformación radical de las condiciones que producen desigualdad, violencia y alienación. Se construye en la praxis cotidiana, en la reflexión crítica y en la acción colectiva, y se verifica en su capacidad de producir cambios reales en la vida de las mayorías. Su relación con la práctica política no es instrumental ni decorativa, sino constitutiva, las izquierdas son, en última instancia, práctica social consciente orientada a la emancipación humana, siempre inacabada, siempre abierta, siempre en disputa.
Una reflexión final,
La verdadera historia de nuestro tiempo está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha en sus propios planes de lucha. Esa agenda debe orientarnos. No necesitamos más retórica, es necesario estar en el motor de la historia, con quienes hacen la historia y desde dónde se la produce. La historia no la escriben las instituciones, los gobiernos ni los partidos por sí sólos. Los sujetos históricos reales son los movimientos en lucha, cuando actúan colectivamente, organizadamente y con un programa consensuado. La orientación política no debe venir de programas abstractos o agendas externas, sino de los planes de lucha concretos que esos movimientos elaboran. Es una convicción antielitista, antivanguardista rígida y profundamente materialista. La emancipación de la clase trabajadora será obra de la clase trabajadora misma. Porque la historia avanza por la acción de las masas en lucha y sus planes de lucha expresan el nivel real de conciencia y organización. Pero cuisdado, no todo lo que surge espontáneamente orienta bien. La agenda no debe omitir la estrategia, la teoría, ni la necesidad de dirección política con dirigentes a su altura.
Es que la experiencia viva de las masas es insustituible, pero necesita método para ser generalizada, organizada y llevada a sus consecuencias. Contra agendas armadas desde arriba. Contra análisis desconectados de la práctica. Contra izquierdas que “interpretan la realidad” sin pisar los conflictos. Contra el academicismo o el electoralismo que mira la lucha social como un dato más.
Toda izquierda que se precie de ser coherente debe centrar su energía los sujetos reales. Evitar el dogmatismo. Obligarse a escuchar y aprender de la lucha concreta. No idealizar cualquier lucha sólo por existir. No confundir orientación con acompañamiento pasivo. No perder perspectiva estratégica de largo plazo. La brújula política no está en los escritorios ni en los calendarios electorales, sino en la práctica colectiva de quienes pelean ahora. La izquierda debe sustentar una posición fuerte, honesta y exigente.
Porque la verdadera historia de nuestro tiempo no se escribe en los balances oficiales, ni en los discursos institucionales, ni en las memorias pulidas de los vencedores. Se escribe, con una gramática áspera y fragmentaria, en el movimiento real de quienes luchan. Allí donde los cuerpos se organizan, donde las necesidades se convierten en demandas, donde la indignación se transforma en acción colectiva, se produce el único texto histórico que merece ese nombre. No porque sea moralmente superior por definición, sino porque es el único que expresa la relación viva entre estructura y subjetividad, entre condiciones materiales y conciencia en proceso. Todo lo demás —los programas abstractos, las estrategias diseñadas sin anclaje, las lecturas que llegan siempre tarde— no son historia, sino comentarios a posteriori.
Decir que la historia está siendo escrita por los movimientos en pie de lucha no es una metáfora poética ni una consigna voluntarista. Es una afirmación materialista. La historia no avanza por acumulación de ideas correctas ni por la aplicación mecánica de teorías previas, sino por la irrupción de sujetos colectivos que, empujados por contradicciones objetivas, se ven obligados a actuar. En esa acción, muchas veces confusa, contradictoria, incompleta, se condensan más verdades sobre una época que en cien análisis brillantes desconectados de la práctica. La lucha no es un dato más de la realidad social, es el punto en el que la realidad se vuelve consciente de sí misma.
Entendamos los planes de lucha, no sólo como calendarios de acciones sino como síntesis provisoria de fuerzas, demandas, horizontes y límites, son la forma concreta que adopta esa escritura histórica. No surgen de la nada ni son el producto de una voluntad pura. Son el resultado de una relación de fuerzas determinada, de una experiencia acumulada, de derrotas y aprendizajes, de debates explícitos y tensiones no resueltas. En ellos se expresa el nivel real de conciencia de un movimiento, no en el sentido psicológico, sino en el sentido histórico, qué cree posible, qué considera legítimo, hasta dónde está dispuesto a llegar, qué enemigos identifica y cuáles todavía no.
Por eso esa agenda debe orientarnos. No porque sea infalible, sino porque es el único punto de partida legítimo para cualquier política que aspire a transformar la realidad y no sólo a interpretarla. Orientarse por la agenda de las luchas no implica renunciar a la crítica ni a la elaboración teórica; implica, por el contrario, asumir que la teoría sólo tiene sentido si es capaz de dialogar con ese movimiento real, de esclarecerlo, de empujarlo más allá de sus propios límites sin colocarse por fuera de él. Toda política que se desentiende de los planes de lucha concretos, que los considera secundarios o meramente tácticos frente a un programa cerrado, termina inevitablemente sustituyendo a los sujetos reales por una abstracción.
Aquí aparece una tensión central que atraviesa toda la tradición marxista y que sigue siendo decisiva, la relación entre espontaneidad y dirección, entre experiencia y estrategia, entre lucha inmediata y horizonte histórico. Idealizar la espontaneidad es tan estéril como despreciarla. La lucha, por sí sola, no garantiza una orientación emancipadora; puede estancarse, desviarse, ser derrotada o incluso cooptada. Pero sin lucha real, toda estrategia es una ficción. La dialéctica no se resuelve eligiendo uno de los polos, sino comprendiendo su relación contradictoria. La experiencia de las masas es insustituible, pero necesita ser generalizada; la teoría es indispensable, pero sólo cobra vida cuando se somete a la prueba de la práctica.
En este punto, la afirmación de que la verdadera historia se escribe en los planes de lucha funciona también como una crítica frontal a dos desviaciones recurrentes. Por un lado, al reformismo que reduce la política a la gestión de lo posible dentro de los márgenes del sistema, mirando las luchas como problemas a administrar o como presiones externas que hay que contener. Por otro, al dogmatismo que pretende medir la realidad con una vara doctrinaria, descartando como “insuficiente” o “incorrecto” todo lo que no encaje en un esquema previo. Ambas posiciones comparten, aunque se presenten como opuestas, un mismo rasgo, la incapacidad de aprender de la lucha viva.
Ningún movimiento en lucha es sujeto puro ni homogéneo. Están atravesados por contradicciones internas, por desigualdades, por disputas de sentido. En ellos conviven impulsos radicales y tendencias conservadoras, gestos de solidaridad y reproducciones del orden dominante. Precisamente por eso son históricos. La historia no avanza por sujetos ideales, sino por sujetos reales, situados, atravesados por la sociedad que buscan transformar. Exigirles coherencia absoluta o conciencia plena es una forma sofisticada de negarles el derecho a ser protagonistas.
Orientarse por la agenda de las luchas implica aceptar la temporalidad propia de los procesos sociales. No todo ocurre cuando quisiéramos ni como quisiéramos. Hay momentos de ascenso y de repliegue, irrupciones súbitas y largos períodos de acumulación silenciosa. Los planes de lucha expresan esa temporalidad concreta, no la del calendario electoral ni la de los ciclos mediáticos. Obligan a pensar la política no como una sucesión de gestos espectaculares, sino como un proceso sostenido de construcción de fuerzas.
También obligan a repensar el problema de la dirección y de los dirigentes. Dirigir no es sustituir, ni mandar desde afuera, ni imponer una línea ajena a la experiencia colectiva. Dirigir es intervenir dentro del proceso para ayudar a clarificar, a conectar luchas dispersas, a señalar límites y potencialidades. Una dirección que no se deja orientar por la agenda de las luchas termina hablando un lenguaje que nadie reconoce como propio. Pero un movimiento que renuncia a toda forma de elaboración estratégica queda a merced de la inercia o de las fuerzas que sí saben lo que quieren.
Nuestra historia reciente ofrece innumerables ejemplos de movimientos potentes que, al no lograr traducir sus planes de lucha en una perspectiva más amplia, fueron neutralizados o absorbidos. También ofrece ejemplos de organizaciones que, aferradas a una estrategia correcta en abstracto, quedaron al margen de los procesos reales y terminaron hablándose a sí mismas. En ambos casos, el resultado es el mismo, la derrota, aunque adopte formas distintas. La lección no es cínica ni resignada; es exigente. Exige una política capaz de moverse en la contradicción, de aprender sin idealizar, de intervenir sin suplantar.
Decir que esa agenda debe orientarnos es, en última instancia, una toma de posición ética y política. Ética, porque reconoce la dignidad histórica de quienes luchan aquí y ahora, sin pedirles credenciales ni certificados de pureza. Política, porque entiende que la transformación social no se decreta ni se diseña en abstracto, sino que se construye en el conflicto real. No se trata de seguir pasivamente cada giro de la lucha, sino de asumir que allí se juegan las posibilidades efectivas de cambio.
En un tiempo marcado por la fragmentación, la precarización y la descomposición de viejas mediaciones, esta afirmación cobra un peso particular. Cuando las instituciones pierden legitimidad y los relatos oficiales ya no convencen, los movimientos en lucha se convierten en los únicos espacios donde se ensayan nuevas formas de comunidad, de decisión y de sentido. Sus planes de lucha no son sólo instrumentos defensivos; son laboratorios políticos, aun cuando no se nombren como tales. Ignorarlos o subestimarlos es renunciar a comprender el presente.
Nada de esto implica romantizar la derrota ni confundir resistencia con victoria. Implica, más bien, asumir que la única forma de pensar estratégicamente es partir de la realidad tal como es, no como quisiéramos que fuera. La historia no garantiza finales felices. Pero sí ofrece, en cada lucha, la posibilidad de aprender algo decisivo sobre las fuerzas en juego. Orientarse por esa agenda es aceptar el riesgo de la historia, en lugar de refugiarse en la comodidad de las certezas prefabricadas.
Así entendida, la tarea de orientarse con las agendas de las luchas, no es un cierre, sino una apertura. No clausura el debate sobre estrategia, programa o dirección; lo reubica en su terreno correcto. La pregunta ya no es qué deberíamos hacer en abstracto, sino qué están haciendo, pensando y deseando quienes hoy están en movimiento, y cómo intervenir allí para que esas luchas no sólo resistan, sino que abran caminos de transformación real. Todo lo demás es biblioteca política. A veces brillante, a veces sofisticada, pero siempre complementaria a la escritura áspera y decisiva de la historia en acto.
El papel de Federico Engels en la transformación del hombre en socialista mundial
Por Fernando Buen Abad Domínguez
El 5 de agosto de 1895 falleció en Londres Federico Engels
«La emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo»
He aquí un camarada necesario siempre, uno de esos que en la teoría y la práctica son únicos y colectivos, que en la amistad y en el debate son firmes y férreos, que no regatean tiempo y talento a las necesidades revolucionarias… Su obra es acción e ideas que constituyen bases revolucionarias indispensables en la dialéctica para la transformación socialista de la sociedad… he aquí una obra, pues, indispensable en lo concreto, obra de un camaradas pleno, a toda hora, empeñado en ser revolucionario íntegro sin glamour y sin snobismos.
Engels es ese tipo de revolucionario con el corazón ardiendo bajo el fuego de razón socialista. Un revolucionario entre relámpagos de futuro, con su reloj histórico afinado a punta de inteligencia y entre ramos de estrellas que anuncian el triunfo obrero más temprano que tarde. Un revolucionario socialista de magnitud implacable, una voz científica como nido de golondrinas. Un vertedero de abrazos fraternales… un amigo poderoso como un sonrisa, como un torbellino… amigo cierto y certero forjado en el lecho del torrente socialista. Su inteligencia es un vientre que despliega coordenadas revolucionarias en el abanico de las luchas obreras. ¡Memoria eterna a Federico Engels, gran luchador y maestro del proletariado1!
Engels es un revolucionario transparente que deja entender la riqueza de la teoría marxista como herramienta magnífica para la práctica revolucionaria que transformará al mundo. «El socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea2 «. La obra de Engels es inspiración organizadora capaz de ver que el socialismo es inevitable; que es nuestro próximo salto genial, el salto cualitativo de la humanidad hacia su historia emancipada y plena. Uno ve bien claro, con Engels, cómo la humanidad se liberará de todo lo que la humilla y explota, cómo la humanidad se hará dueña de sí pero no por «obra y gracia» de las «buenas voluntades», sino triunfando en la lucha de clases como proletariado organizado hacia el socialismo. Engels entendió la lucha de clases como una fuerza vital en desarrollo dialéctico, en el corazón y en la razón de los trabajadores que, día con día, impulsan un movimiento mundial decisivo. Ese es su legado, su poesía y su ejemplo. Imposible ignorarlo, imposible no agradecerlo.
Engels supo que no triunfará el socialismo sin una lucha enamorada, consciente, profunda y promisoria. Que no triunfará el socialismo sin una economía e industria poderosa y rica bajo control obrero. Luchó para hacer visible el socialismo como camino para terminar con la «propiedad privada» y para fundar una solidaridad consciente de su fuerza al calor de la planificación colectiva, económica, política, simbólica… supo Engels que triunfará el socialismo como conocimiento, conciencia y acción capaz de superar todo aquello que aliena, explota y posterga a las sociedades. «He aquí por qué el nombre y la vida de Engels deben ser conocidos de todo obrero; he aquí el motivo de que insertemos en nuestra recopilación, que, como todo lo que editamos, tiene por objeto despertar la conciencia de clase de los obreros rusos, un esbozo sobre la vida y la actividad de Federico Engels, uno de los dos grandes maestros del proletariado contemporáneo»3. Lenin.
Engels pone todo al servicio de la revolución socialista que es la aurora de mil cosas nuevas. La sabe necesaria para alcanzar un mundo sin canalladas. La fuerza de sus convicciones también se hace fundamental al prodigarse como un rocío matinal sobre los campos fértiles de la revolución comunista… y qué es si no poesía el Manifiesto que firmó con Marx… y qué si no poesía socialista es ese espíritu que recorre el mundo y recorre las avenidas del corazón con su aire fresco de revolución como bandada de pájaros insurrectos.
Engels entendió la marcha dialéctica de la humanidad hacia el socialismo con inteligencia, rigor, conocimiento, audacia, seguridad… desde una mirada científica abierta, crítica, sin condescendencias. Se trata de un filósofo revolucionario siempre en combate, un luchador fraternal y en combate. Combate poderoso de la teoría y la práctica para que la humanidad se ayude a transformar el mundo y no sólo a interpretarlo.
La obra de Federico Engels nos da entrada a un proceso donde se alista la humanidad para avanzar hacia su futuro esta vez dueña de sí. Hay que recordarlo a cada paso. La contribución de Engels es un acto de amor y poesía como rayo de sol cuyo fulgor enlaza los brazos obreros con las ideas socialistas en una diligencia de relámpago que hará posible dar pasos definitivos a una era nueva de la humanidad libre de opresiones. Esa es su magnificencia y su legado.
El Socialismo se nutre también entre un murmullo de revoluciones y no da tiempo para preguntar si es oportuno o no a ésta hora. El Socialismo se hace con la dialéctica de las manos y el trabajo des-alienado. El Socialismo tiene el modo de las criaturas humanas que lo impulsan como una fiesta de fiestas a nivel del corazón y la razón. El socialismo en una constante de voces que tienen color de futuro a todas horas, es una constante dialéctica plagada con canciones de esperanzas y certezas que conjuran dudas y peligros sin dejar de estar alertas. El Socialismo deja paso a lo mejor de la especie humana que se impulsa a pesar de ciertas fatigas… y se hace con las manos como el amor y otras cosas. Ese es el Socialismo de Federico y de Carlos amigos del alma.
Los trabajadores del mundo hemos de saber, a toda costa, con todos los medios disponibles, que nuestro único futuro digno es el socialismo; que no somos una clase condenada a sufrir eternamente, que nuestra situación, por miserable que sea, puede ser transformada si nos impulsamos inconteniblemente hacia adelante y luchamos por nuestra emancipación definitiva, que para eso los trabajadores sólo podremos ayudarnos a nosotros mismos. Estas son las ideas fundamentales de Federico Engels, ese es su regalo y nuestro tesoro de lucha.
El socialismo tendrá por finalidad eso que pensó Engels o será nada: que el Trabajo sea dignidad definitiva con alas de riquezas definitorias… riquezas de todo orden que puedan entremezclarse y por las que ascienda la humanidad plena de volutas joviales, divertidas y enamoradas para dejar atrás, dialécticamente, su prehistoria dolorosa. Dialéctica del trabajo emancipado como un cuerpo creado para el amor… como un cuerpo social fraterno cuyo vientre se preña con luchas revolucionarias bajo la verdad inmensa de miradas con extensión absolutamente socialista… para siempre. Cuerpo preñado con revoluciones permanentes.
«Engels siempre, y en general con toda justicia, se posponía a Marx. «Al lado de Marx -escribió en una ocasión a un viejo amigo suyo- me correspondió el papel de segundo violín». Su cariño hacia Marx mientras éste vivió y su veneración a la memoria del amigo muerto fueron infinitos. Engels, el luchador austero y pensador profundo, era hombre de una gran ternura4″. Engels dio instrucciones para que a su muerte su cuerpo fuera incinerado y sus cenizas arrojadas al mar en Beachy Head en el sur de Inglaterra. No quería ningún monumento5. Dijo de Marx lo que aquí ahora decimos de él: «Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra6». F. Engels
1 V.I. Lenin Otoño de 1895 www.engels.org/marxismo/marxis1/marx1.htm
2 V.I. Lenin Otoño de 1895 www.engels.org/marxismo/marxis1/marx1.htm
3 www.engels.org/marxismo/marxis1/marx1.htm
4 http://www.engels.org/
5 http://www.engels.org/libr/razon/raz_0_2.htm
6 Frase final del Discurso pronunciado en inglés por F. Engels, en el cementerio de Highgate, el 17 de marzo de 1883.
Presidente Maduro: Venezuela va a marcar la pauta en temas de salud
El jefe de Estado afirmó que Venezuela destacará con avances en la investigación y desarrollo de tratamientos innovadores en materia de salud
María Eugenia Rodríguez
El presidente de la República, Nicolás Maduro, afirmó este lunes que el país va a «marcar la pauta» en la solución preventiva y curativa en temas de salud.
Mediante sus cuentas en redes sociales, el jefe de Estado aseveró que este logro será posible con «avances en la investigación y desarrollo de tratamientos innovadores».
«Este es el verdadero socialismo científico. ¡Estamos construyéndolo!», enfatizó el mandatario.
La publicación fue acompañada de un video que muestra diversas políticas implementadas por el Gobierno nacional con fin de promover el desarrollo en áreas científicas y tecnológicas.
Entre las iniciativas mencionadas están el Semillero Científico en las escuelas y liceos, la Universidad de las Ciencias Dr. Humberto Fernández-Morán y la Gran Misión Ciencia y Tecnología.
«El verdadero socialismo científico es el que estamos creando en el siglo XXI», es parte del mensaje del mandatario durante el video, destacando que se hace desde el conocimiento, la ciencia. como instrumento de transformación de la vida material y espiritual.
Últimas Noticias.
OPINIÓN | Hacia un nuevo Socialismo
Tania Valentina Díaz
Vicepresidenta de Formación e Ideología del PSUV
Rectora de LAUICOM
Suele presentarse a Hugo Chávez como una importante figura contemporánea de la historia política latinoamericana, pero en absoluto como un teórico de la nueva praxis revolucionaria mundial. Tal déficit sobre su legado revolucionario ha resultado en una subestimación de la transformación que produjo hasta un borramiento de la misma.
Chávez nos recordaba que para hacer la historia grande que necesitamos, tenemos que comprender primero el pasado épico del cual procedemos. Recuperar las raíces de la venezolanidad y de nuestra latinoamericanidad fue siempre un elemento vertebral de toda la nueva política a la que nos convocaba y convoca siempre.
Hugo Chávez tenía consciencia de que su palabra (con)ductora tendría un uso para el tiempo presente y coyuntural, y quedaría como faro para la nueva praxis utópica. Por ello dio literalmente cátedra de cómo, gustosamente, vivir una vida consagrada a la política comprendiendo todas sus dimensiones sociales y comunitarias, éticas y estéticas, épicas y poéticas, lúdicas y eróticas, políticas y geopolíticas.
Formar un ejército de mentes, corazones y voluntades
Desde El Libro Azul (1981), en sus tiempos de cadete, Hugo Chávez advertía que no se podría confrontar un sistemático proceso civilizatorio para la producción y reproducción de la dominación política, la explotación económica, la vejación cultural y el matricidio de la madre tierra sin profundizar en un nuevo modelo civilizatorio que permitiera la producción y reproducción de una vuelta a la vida en comunidad. Tal reflexión del Libro del Libro Azul la enmarca en la metáfora de Las Tres Raíces: raíces nutricias de una nueva utopía emancipadora, pero emergida de un contenido histórico revolucionario mestizo/ cimarrón y asimismo nacional/ raizal. Latinoamericano.
En primer término, postula una raíz epistemológica capaz de producir las rupturas cismáticas necesarias para alumbrar una nueva forma de vida.
La alternativa de salida al laberinto de la sociedad capitalista neoliberal la encuentra, entre otros, en la utopía contenida en la praxis de la emancipación de la América Meridional del reino de España, comandada por Simón Bolívar y en particular en “Sociedades Americanas”, manuscrito publicado en 1828 por Simón Rodríguez: Toparquía
Para Chávez, la escapatoria del presente ominoso engendrado por la sociedad del capital de finales del siglo XX está en la redención contenida en nuestra especificidad civilizatoria, nuestra originalidad histórica y nuestra voluntad emancipadora radical.
De toda la vasta obra de don Simón Rodríguez, rescata esta reflexión epistemológica radical, no por casualidad enunciada desde un sujeto plural, un nosotros que busca fundar una nueva comunidad de sentido y de vida:
“¿Dónde iremos a buscar modelos?
La América española es original; originales han de ser
sus instituciones y su gobierno,
y originales los medios de fundar uno y otro.
O inventamos, o erramos.
La América no debe imitar servilmente,
sino ser original.”
Como segundo epígrafe que enmarca todo el proyecto descolonizador intuido por Hugo Chávez tenemos una musculosa frase en la que Simón Bolívar produce la definición misma de una nueva pedagógica descolonial:
“Usted formó mi corazón para la libertad,
para la justicia, para lo grande,
para lo hermoso.
Yo he seguido el sendero
que usted me señaló…”
Formar o forjar el corazón de un hombre o un pueblo es mucho más radical que meramente producir una razón científica, política y filosófica, o instaurar un nuevo orden social o económico. Formar y forjar un corazón (emocionalidad) para la libertad (la política), para la justicia (la ética), para lo grande (la épica) y para lo hermoso (la estética) constituye la definición misma de una nueva pedagógica de y para la liberación.
Hugo Chávez al definir el árbol de las tres raíces como el manifiesto fundador del Sistema EBR (Ejército Bolivariano Revolucionario) rescata la teoría pedagógica revolucionaria que es el acrónimo en clave de Ezequiel Zamora, Simón Bolívar y Simón Rodríguez.
Ezequiel Zamora enuncia que la causa pendiente es la de los pueblos, la de la república genuina, la del heroísmo y la de los principios. Y al ser citada por Hugo Chávez como introito de El Libro Azul —que es acta de nacimiento del ulterior MBR-200.
A partir de una lectura atenta de Simón Rodríguez, Simón Bolívar y de Ezequiel Zamora, entre otros, Chávez hila un contenido teórico/político hasta componer la justificación ética y política de una necesaria insurrección en Venezuela (1992) que con los años habrá de convertirse en latencia de insurrección de otros pueblos de Nuestra América.
Con su insurgencia en la arena política nacional, el joven oficial paracaidista del ejército enmendó la plana a casi toda la clase política e intelectual existente para la época en Venezuela y otras partes del mundo. Y la sacó del hechizo de una sociedad sin alternativas que esta “vanguardia” supuestamente ilustrada había adoptado de la filosofía y la cultura postmoderna, según la cual la historia no era sino un mero relato del todo despojado de poder para explicar el presente o proyectar el futuro. Esta ruptura epistemológica es creación heroica para la teoría revolucionaria de una transición el socialismo, tanto para el siglo XX como para el siglo XXI.
El pensamiento de Chávez es pensamiento vivo. Es un “sentipensar” que crece y se desarrolla en la medida en que la conciencia de los pueblos también crece y se afianza. De esta forma se hizo el pasaje de una agenda antineoliberal y un discurso de la recuperación de la moral pública hacia una agenda mucho más radical: la del discurso del antiimperialismo y el anticolonialismo consecuente, que le abrió el tránsito al proyecto del socialismo del siglo XXI, un socialismo signado por el nuevo concepto del vivir-viviendo.
Tras la partida física de Chávez, Venezuela se encuentra en el centro de la “narrativa gris” imperialista que intenta por todos los medios aniquilar el proyecto bolivariano chavista. Borrar su impronta. Desacreditar sus conquistas. Exterminarlo de raíz y lograr, como pretendieron hacer las oligarquías del siglo XVIII con Bolívar, echarlo al olvido de la vergüenza.
“No pudieron contigo, Comandante.
No podrán con nosotros jamás.
Has roto el maleficio de la traición”,
decretó el Presidente Nicolas Maduro Moros al despedir en el féretro al Comandante Hugo Chávez”.
Venezuela no traicionará a Chávez porque sería traicionar su esencia misma. Sería desconocerse. Su capacidad de resiliencia se ha convertido en ejemplo díscolo a contrapelo de las pretensiones de la potencia hegemónica y ha tenido como su principal victoria la paz. Solo los que conocen la guerra – y mira que hemos visto sus horribles fauces asomarse en nuestras costas, ríos y montañas- saben justipreciar el significado de la paz. Este ha sido uno de los grandes triunfos de la República Bolivariana de Venezuela, qué seguirá su curso rumbo al socialismo, superando el criminal y brutal asedio, cerco y bloqueo que impone esta guerra irrestricta que nos imponen las elites que mueven los nervios del poder en el mundo.




