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Reconfiguración estratégica de la conciencia y la comunicación en la era del quiebre global

Dr. Merwin Pérez Director de Acreditación de Saberes de LAUICOM. Profesor investigador de la UNESR. Doctor en Gestión para la Creación Intelectual, UNESR. Doctorando en Ciencias de la Educación de la UPEL.

El evento del 3 de enero no debe ser interpretado bajo la lente del asombro moralista ni como una ruptura accidental del orden internacional, sino como la sinceración definitiva de una estructura de poder que ha decidido prescindir de su máscara jurídica para operar en la desnudez de la fuerza; el derecho internacional no murió ese día, simplemente se reveló como lo que siempre fue: un manual de gestión de hegemonía cuya validez caduca en el momento en que deja de ser funcional a los intereses del capital transnacional.

Frente a este panorama, la subjetividad política debe abandonar la nostalgia por las instituciones liberales y transitar hacia una rigurosidad epistémica que entienda la soberanía no como un atributo legal concedido por organismos externos, sino como una propiedad física y material que se defiende en el terreno de la técnica, la producción y la cognición. El análisis de la trayectoria del pensamiento crítico contemporáneo y la sistematización de experiencias populares demuestran que el discurso de la ciencia y la comunicación han funcionado históricamente como instancias de poder excluyentes, destinadas a invalidar los «saberes otros» y a colonizar el imaginario colectivo mediante una guerra cognitiva que precede y garantiza el éxito de cualquier agresión cinética.

Esta guerra no busca la destrucción física del adversario en primera instancia, sino el bloqueo de su voluntad a través de la saturación informativa, la manipulación de la amígdala cerebral y la imposición de una «cultura de la necesidad» que reduce al ciudadano a un terminal de consumo pasivo.

Por tanto, la comunicación militante no puede seguir siendo un ejercicio «barroco ideológico» o de agitación artesanal basada en métodos de hace medio siglo; debe evolucionar hacia una arquitectura de defensa neuroalgorítmica que entienda que, en la era del Big Data y la Inteligencia Artificial, el campo de batalla es la atención y el sistema límbico de las mayorías. La reparación axiológica necesaria exige dejar de apelar a una «verdad» abstracta que el algoritmo neutraliza por falta de alcance, para empezar a construir una «verdad operativa» que tenga la capacidad técnica de perforar las burbujas de filtro del adversario.

Esto implica que la «Educación Convivida» y las experiencias de las misiones sociales deben mutar de la pedagogía de la esperanza a la logística de la invulnerabilidad, transformando cada espacio de aprendizaje en un nodo de soberanía tecnológica, capaz de gestionar su propio hardware, su propio código y su propia seguridad digital, pues no existe soberanía del pensamiento sobre infraestructura ajena.

El golpe de realidad es brutal: el enemigo posee los canales de la dopamina y los servidores de la memoria global, pero su debilidad reside en su propia gigantomaquia y en su dependencia de nuestra conectividad y consumo.

La luz al final del túnel no es el retorno a un pasado de tratados internacionales respetados, sino la construcción de una sociedad inviable para el despojo; un pueblo que se desengancha de la dependencia simbólica del hegemón, que sistematiza sus fallas para convertirlas en protocolos de resistencia y que utiliza la agitación no para el entusiasmo efímero, sino para la organización de la producción material y la defensa del territorio psíquico.

La verdadera conciencia ciudadana hoy se mide en la densidad organizativa de las comunas, en la capacidad de crear redes de comunicación que el algoritmo no sepa clasificar y en la invención de una estética de la liberación que sea más útil y potente que la narrativa del caos. La soberanía cognitiva es el resultado de un pueblo que decide dejar de ser «pensado» por el poder global para empezar a diseñarse a sí mismo desde la autonomía técnica y la mística de la invención social, entendiendo que el único derecho internacional que prevalecerá será aquel que la fuerza moral y organizada de los pueblos sea capaz de imponer sobre el terreno de la realidad material.

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Criolla, con declamación, con pintura en vivo

Convertimos el centro histórico en un escenario de resistencia cultural. Porque cuando el pueblo se apropia del espacio público, no solo lo embellece: lo reivindica. Pero quizás lo más poderoso de todo no está en las calles, ni en las paredes, ni en las pantallas. Está en la palabra que se pasa de boca en boca. En la Radio Bemba. Esa red invisible que teje la comunidad con hilos de confianza.

Cuando pintamos un mural y un vecino pasa y dice: “Déjame dar una brochada”, y al día siguiente, al verlo terminado, dice con orgullo: “Yo ayudé a pintarlo”, ahí está la verdadera comunicación. No es viral, no es algorítmica, no es mercancía. Es pertenencia. En la escuela, en la radio, en los talleres, en los consejos comunales, siempre he creído en lo mismo: que nadie es menos que nadie. Que cada persona tiene algo que aportar. Que la educación no es imponer, sino dialogar. Que la justicia no es castigar, sino comprender. Y que la paz no se decreta, se construye con paciencia, con escucha, con amor.

El presidente Maduro desde sus experiencias de comunicador de calle, sabe que la soberanía cognitiva empieza cuando el pueblo se reconoce como sujeto de su propia historia. Yo la he visto en los ojos de un niño que pinta su primer árbol, en la voz de una joven que lee su primer poema en público, en la sonrisa de una abuela que dice: “Mi hijo, el pintor”, y estoy seguro de que él también lo ha visto.

Y si hay una moraleja en todo esto, no es una frase hecha. Es una certeza: No esperes a que te den la palabra, tómala, píntala, grábala, cuéntala. Porque la verdad no está en los titulares, sino en lo que tú y tu gente hacen todos los días para seguir soñando, juntos, en un mundo más justo. Porque al final, comunicar es cuidar. Y cuidar, en tiempos de guerra cognitiva, es un acto de amor revolucionario.

Merwin Pérez. Docente . Doctor en Creación Intelectual.