¿Qué culpa tiene la empanada?
Investigador Roger Garcés
Vicerrectorado de Investigación y Creación Intelectual
Empeñados como estamos en ofrecer herramientas para erradicar el odio en nuestra
sociedad y que los venezolanos volvamos a mirarnos con alegría y que podamos
reencontrarnos en el otro y verlo como parte indisoluble en nuestra sociedad, ya que
vivimos en inextricable interdependencia, ofrecemos este análisis acerca de la
tendencia que tenemos a generalizar. La generalización ayuda a consolidar la rabia
porque creemos que, si la otra persona tiene algo que nos da rabia (por pequeño que
sea), entonces toda esa persona es nuestro enemigo y tenemos la justificación para
odiarla, y en realidad este es uno de los errores más lamentables en el que hemos
caído los venezolanos a partir de la diatriba política. Hemos caído en cuenta de que, si eliminamos la rabia en nuestra alma, inmediatamente se disolverá la etiqueta de
enemigo que hemos colocado en el otro. Por eso la importancia de conocer estos
conceptos para poder trabajar la rabia en nosotros mismos y coadyuvar en este
hermoso proceso de reconciliación y convivencia que se abre en Venezuela. Por eso
sentenciaba el Buda: “Sin ira no hay enemigo”.
¿Qué culpa puede tener una empanada de cazón?
La mañana estaba hermosísima con su azul profundo sobre las olas del mar. La playa
estaba tranquila y las olas, graciosa y acompasadamente iban y venían mojándonos
agradablemente los pies. La brisa calmada, como si fuera un beso de la mañana que
se nos posaba en la cara, nos despertaba del adormilamiento de cuando en cuando. El sol, sencillamente nos alumbraba como el amor, que no quema, sino que guía. Así era de plácido el sol y aquella mañana que parecía que nos transportaba a un reino de solaz y tranquilidad. Estábamos en las sillas playeras mirando al horizonte y a los
pájaros marinos que de cuando en cuando, elegantemente surcaban el cielo como
bendiciendo con su donosura nuestro paseo dominical, cuando nos percatamos de
que teníamos hambre. Volteamos a mirarnos al mismo tiempo, como si un reloj
profundo en nuestro ser nos alertara de que debíamos consultar al otro sobre las
sensaciones en nuestro estómago. Solo bastó una mirada y nos pusimos de acuerdo
¿De cazón? Y ella, dulce pero asertiva me respondió: Una de cazón y una de queso. ¿Jugo de papelón? Y la alegría de niña que descubrió que llegó el niño Jesús apareció
en su rostro.
En cinco minutos teníamos una mesita con guarapo de papelón, servilletas y dos
platicos de plásticos que contenían dos bolsitas de papel de estraza con las más
grandes, seductoras y apetitosas empanadas que Dios alguno haya visto en el
magnífico Olimpo. Verdaderamente que las empanadas de cazón a la orilla de la playa es una experiencia sublime y que, estoy seguro, no tiene parangón con ningún placer terrenal o espiritual. Permití que se enfriaran un poquito para no quemarme la boca, ya que estaban recién salidas del fogón. Les confieso que esperar a probar ese tesoro se me hacía demasiado largo, y mi alma me apresuraba a enfriar ese excelso deleite soplándola ansiosamente. Una vez a la temperatura correcta, la sensación en mi paladar era indescriptible. ¡Qué delicia! ¡Qué aroma tan embriagante! ¡Qué sutileza de sabores que combinados entre sí, producían la mixtura más alucinante que numen
alguno pudo probar alguna vez! Ese sabor magnético, irresistible y crujiente en mi boca lograban elevarme al éter y ya no me interesaba conocer la verdad ni la trascendencia del ser, sino única y exclusivamente degustar y entregarme con total plenitud, a ese noble y a la vez endiablado sabor que ya no podía, ni quería, apartar de mí.
De cierto os digo: Una empanada de cazón a la orilla de la playa es la gloria de Dios
convertida en algo terrenal, como para que un humano puede comprender el máximo
placer del universo.
La mañana transcurrió deliciosa, plácida, tranquila, y luego de varios chapuzones en elmar, decidimos que ya era suficiente y concienciamos que el sol ya estaba pasando factura a nuestros hombros y a nuestra frente. Así que nos vinimos para nuestra casa. Una vez allí, el baño refrescante, tratar de que la arena no llegue hasta donde suele llegar, la crema en el cuerpo, el cansancio del ejercicio físico de estar “nadando” a la orilla de la playa, y por fin, descansar. De pronto, la alerta de un mensaje de WhatsApp suena en mi celular, no le doy importancia, pero noto que ella mira con curiosidad mi celular. Yo sé que ella se dio cuenta de que yo me di cuenta de que ella miró con curiosidad mi celular, y traté de disimular mi interés en el mensaje, pero ya era tarde, los misiles ya habían sido lanzados:
— ¿Quién te escribió? ¿Por qué no contestas? ¡Seguro que ahora vas a decir que
se te olvidó algo en el carro y te llevas el celular para revisarlo allá! ¿Tú crees
que yo soy boba? ¿Por qué no contestas? ¡Anda! ¡Quítale la clave al celular y me
muestras quién te escribió! ¡Siempre es lo mismo! Dios ¿Por qué me diste esta
vida? Las lágrimas y la rabia burbujeaban por igual en esa mujer que escuchó la
alerta de un mensaje. Ante esta dramática y conflictiva escena el hombre
revienta gritando a voz en cuello:
— ¡Coño, pero siempre es lo mismo! ¡Uno no puede estar tranquilo! ¡Qué maldición
vivir así! ¡Cristo, llévame contigo porque ya no aguanto a esta mujer!
La caravana de insultos iba en escalada y las maldiciones, los golpes a la pared y el llanto eran los colores con los que se pintaba el siniestro cuadro de aquella pareja esa conflictiva tarde.
El hombre se viste y se dispone a salir de la casa, la mujer trata de evitarlo, pero el
hombre la rechaza y le dice:
— ¡Déjame, ya me amargaste el día! Y se va a un bar a conversar con los amigos
para tratar de pasar la rabia, y cuando se encuentra con alguno de sus
compañeros, comienza a contarle sus desdichas diciéndole:
— ¡Coño! ¡Esa mujer me amargó el día!
Para él, todo el día es de amargura, y a estas alturas de la narración yo me pregunto ¿Qué culpa tiene la empanada de la amargura de ese hombre? Si el hombre asegura que EL DÍA le fue amargado. Entendemos que es EL DÍA, es TODO EL DÍA. Cuando el hombre dice algo como eso, esa frase impacta TODA su psique y cuando algún momento recuerde la fecha de ese acontecimiento dirá: ¡ESE FUE EL PEOR DIA DE MI VIDA! Y todavía me pregunto:
— ¿Qué culpa tuvo la empanada?
Nuestra mente trabaja de esa manera, tenemos la tendencia a GENERALIZAR y por un evento negativo decimos que fue TODO nos resultó negativo. No somos precisos y
esta falta de precisión es la causante de sufrimiento.
Aquel hombre olvidó por completo la deliciosa, noble y sublime empanada de cazón
del desayuno y la metió en el saco de las cosas malas. Cuando dijo: ¡YA ME
AMARGASTE EL DÍA! Lo que está queriendo significar es que está imposibilitado de
discernir qué fue lo bueno de ese día y qué fue lo malo. Este hombre no pudo
concienciar que ese DÍA HUBO COSAS MARAVILLOSAS, sino que generalizó UN
EVENTO y tiñó con el color de la discusión, TODO EL DÍA. Ignoró voluntariamente, que
justamente ese día vivió en horas de la mañana, experiencias maravillosas e
inigualables con una deliciosa y mágica empanada de cazón, pero que fueron borradas por la discusión de la tarde, y ya no las recordaría más.
Corolario
Si hay algo que describe nuestra mente es la facilidad con que generalizamos, con un
solo evento vamos pintando todas las cosas con que nos topamos. Cuando
conocemos a alguien es mucho peor, porque generalizamos de acuerdo a nuestro
sistema de creencias, y lo metemos en el saco de las personas malas por una sola
cosa que no nos gusta, y entonces decimos: “Conocí a una persona increíble, con unos temas de conversación inigualables e interesantísimos, súper educado, pero… es chavista” o es opositor, o es musulmán, o es negro, o es indígena o es pobre. Basta que una persona muestre algo que no nos guste para que la consideremos
COMPLETAMENTE MALA y esto no es honesto porque no hacemos honor a la realidad. Es decir, de lo que no nos gusta le hacemos un traje a la persona y no se lo quitamos nunca.
Vamos a seguir explorando esta condición y, por ahora, quiero que me acompañen con una reflexión:
TODO AQUEL DÍA fue considerado por aquel hombre como de amargura, y pregunto:
— ¿Qué culpa tuvo la empanada de cazón en la amargura de ese hombre?, ¿Podemos considerar inocente a la empanada?
Palabras claves: empanada, papelón, mente, Venezuela, enemigo
*Roger José Garcés Sánchez: Psicólogo clínico con Maestría en Psicología de la UCV. Cursante del Doctorado en estudios Nuestroamericanos. Profesor de la cátedra:Naturaleza de la Guerra Cognitiva. Investigador en LAUICOM. /enelrespiramos@gmail.com

