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Un secuestro, acicate de la Revolución

Fernando Buen Abad Domínguez

Quienes han podido desarrollar alguna conversación profunda con Nicolás Maduro podrían dar fe de la intensidad y la complejidad con que opera una inteligencia tan especial y tan transparente. Su cabeza es una multitud de ideas y reflexiones operando en tiempo real 24×7. Y eso debe estar multiplicándose en estas horas de secuestro que, nadie lo dude, está sirviendo como multiplicador de planes con rumbo al perfeccionamiento de la revolución socialista de Venezuela. Con Chávez como insignia. Son encierros que liberan capítulos heroicos de la historia.

Esto no es un elogio impresionista de culto a la personalidad; basta de eso. Esto es una reflexión amiga y un aprendizaje teórico en el cruce actual entre la subjetividad política, la dirección histórica revolucionaria y la lucha de clases. La lucha de Nicolás Maduro no puede ofenderse con caricaturas apologéticas y menos con demonizaciones simplistas; las horas y los días de su secuestro exigen una lectura hermana y respetuosa, capaz de valorar a un compañero, apartado contra su voluntad del proceso histórico que lo parió y que también lo eligió para completarse. En pie de lucha.

Indudablemente, aquellos que han interactuado directamente con él pueden destacar su modalidad y moralidad, caracterizada por la simultaneidad del estratega. Este juega una especie de ajedrez de 30 tableros simultáneos entre redes de sinapsis política, desplazamientos tácticos, reformulación constante de perspectivas y una autocrítica singular que oscila entre la introspección y la codificación estratégica. Esa forma de operar no es una excepción personal, sino un producto histórico madurado en la sedimentación de experiencias obreras, diplomáticas y partidarias en presión permanente y con no pocas victorias populares. Su trayectoria, que abarca desde el liderazgo sindical hasta el cargo de jefe de Estado, no es resultado de una formación académica estereotipada, sino de una práctica política intensiva. No obstante, su relevancia es notable en la generación de teorías que se moldean por y en la dialéctica de la lucha social y la geopolítica.

Y la Revolución Bolivariana, impulsada por Hugo Chávez, es su contención fundamental y no se explica su papel en ella por una genialidad individual, sino por la articulación de una lucha histórica colectiva en torno a la democratización del petróleo, la ampliación de mecanismos de participación y la construcción de una narrativa antiimperialista. Como Simón Bolívar en el discurso chavista, analizado desde la semiótica política, que opera como dispositivo de producción de sentido en torno a categorías como “pueblo”, “patria” y “socialismo”.

En el campo de batalla que significa su secuestro, Nicolás debe estar afilando las armas de la razón revolucionaria y velándolas bajo una doble tensión: por un lado, la necesidad de preservar la continuidad simbólica de Chávez como significante unificador; por otro, la obligación de superar la canallada imperial y sus estragos en la vida —económica, geopolítica e institucional— de su pueblo. Y no son momentos fáciles, aunque uno conozca las fortalezas de Nicolás, para convertir las adversidades en claridad de lucha. Ninguna contrariedad erosiona las convicciones que hicieron posible el consenso inicial. La intensidad de las ideas en las horas del secuestro debe interpretarse como gesto de militancia y como expresión viva de ese encargo histórico que Hugo Chávez y su pueblo le dieron para gobernar, incluso bajo asedio interno y externo. Nicolás lo sabe muy bien.

Quienes conocen a Nicolás saben que el contexto reciente lo radicalizará aún más en todas sus mejores convicciones. Su secuestro y traslado a las fauces del imperio, entre disparates y delirios burgueses sobre “narcoterrorismo”, sólo ha abierto un escenario de excepcionalidad geopolítica donde la inteligencia de Nicolás excederá ampliamente la coyuntura. Por ejemplo, desde su reclusión, ha emitido mensajes humanistas que apelan al diálogo y la convivencia sin resignar una sola de sus convicciones. Y eso introduce en la historia reciente de Latinoamérica una dimensión ética y moral nueva: el líder de un proyecto revolucionario, invocando formas de organización y resistencia, para enfrentar el menú macabro imperial y la dictadura de sus coerciones. Esta contribución no debe pasarse por alto; contiene un mensaje táctico brillante dentro de un campo de fuerzas asimétrico. Bajo la presión de horas muy duras. 

Esa situación de secuestro debe estar funcionando en Nicolás como “multiplicador de ideas” y como laboratorio de precisión conceptual. Su historia muestra que los momentos de adversidad extrema pueden operar como catalizadores de reflexión estratégica, pero también como dispositivos de consolidación política. El fallecimiento de Hugo Chávez es un ejemplo incontestable. No se trata de una apología del determinismo heroico en la adversidad: se trata de explicar con toda crudeza que la conciencia revolucionaria no se intensifica automáticamente; depende de las mediaciones organizativas, del vínculo con las masas y de la capacidad de traducir experiencia en programa. La adversidad como acicate en la revolución de las conciencias.

Nicolás no es un malabarista de eufemismos. Quienes lo conocen pueden dar fe de su palabra amiga, a veces cruda y dura, no dogmática, que no es cualidad individual del dirigente, sino fortaleza dinámica de la dirección política y la conciencia de clase. La revolución no se perfecciona en la lamentación de un líder, sino en la praxis colectiva que articula organización, producción y sentido. Incluso en los escenarios más dramáticos, el problema decisivo sigue siendo si las fuerzas revolucionarias logran transformar su experiencia en poder efectivo, o si quedan subsumidas en estructuras que reproducen nuevas formas de dominación. Con Nicolás secuestrado, cualquier análisis serio debe evitar ilusiones románticas: la fetichización del líder como fuente exclusiva de racionalidad histórica no nos sirve y tampoco la negación de su papel en la condensación de fuerzas sociales para garantizar la unidad.

Nada quisiéramos más que hacer llegar a Nicolás y a Cilia un abrazo fuerte y fraterno, y con él, hacerles saber que estamos entendiendo la coyuntura en unidad proactiva y en compromiso disciplinado con la revolución socialista y bolivariana. Que nos duelen todas las canalladas y las muertes que este episodio maldito impuso a su pueblo y que la “intensidad” de sus señales desde el encierro se lee con disciplina y responsabilidad. Que el significado del dolor por el secuestro y por las muertes no obnubila las tareas de la lucha social que vuelven más necesaria la praxis colectiva. Quienes conocen a Nicolás, es decir, su pueblo, saben bien que ese hombre está luchando por convertir la adversidad actual en acción revolucionaria superadora. Que está luchando para mantener la unidad porque, incluso en las horas amargas del secuestro, brilla la inteligencia chavista de un compañero cuyo destino, como el nuestro, es realizar el proyecto emancipador de la patria grande. Lo saben bien quienes lo conocen.

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Reconfiguración estratégica de la conciencia y la comunicación en la era del quiebre global

Dr. Merwin Pérez Director de Acreditación de Saberes de LAUICOM. Profesor investigador de la UNESR. Doctor en Gestión para la Creación Intelectual, UNESR. Doctorando en Ciencias de la Educación de la UPEL.

El evento del 3 de enero no debe ser interpretado bajo la lente del asombro moralista ni como una ruptura accidental del orden internacional, sino como la sinceración definitiva de una estructura de poder que ha decidido prescindir de su máscara jurídica para operar en la desnudez de la fuerza; el derecho internacional no murió ese día, simplemente se reveló como lo que siempre fue: un manual de gestión de hegemonía cuya validez caduca en el momento en que deja de ser funcional a los intereses del capital transnacional.

Frente a este panorama, la subjetividad política debe abandonar la nostalgia por las instituciones liberales y transitar hacia una rigurosidad epistémica que entienda la soberanía no como un atributo legal concedido por organismos externos, sino como una propiedad física y material que se defiende en el terreno de la técnica, la producción y la cognición. El análisis de la trayectoria del pensamiento crítico contemporáneo y la sistematización de experiencias populares demuestran que el discurso de la ciencia y la comunicación han funcionado históricamente como instancias de poder excluyentes, destinadas a invalidar los «saberes otros» y a colonizar el imaginario colectivo mediante una guerra cognitiva que precede y garantiza el éxito de cualquier agresión cinética.

Esta guerra no busca la destrucción física del adversario en primera instancia, sino el bloqueo de su voluntad a través de la saturación informativa, la manipulación de la amígdala cerebral y la imposición de una «cultura de la necesidad» que reduce al ciudadano a un terminal de consumo pasivo.

Por tanto, la comunicación militante no puede seguir siendo un ejercicio «barroco ideológico» o de agitación artesanal basada en métodos de hace medio siglo; debe evolucionar hacia una arquitectura de defensa neuroalgorítmica que entienda que, en la era del Big Data y la Inteligencia Artificial, el campo de batalla es la atención y el sistema límbico de las mayorías. La reparación axiológica necesaria exige dejar de apelar a una «verdad» abstracta que el algoritmo neutraliza por falta de alcance, para empezar a construir una «verdad operativa» que tenga la capacidad técnica de perforar las burbujas de filtro del adversario.

Esto implica que la «Educación Convivida» y las experiencias de las misiones sociales deben mutar de la pedagogía de la esperanza a la logística de la invulnerabilidad, transformando cada espacio de aprendizaje en un nodo de soberanía tecnológica, capaz de gestionar su propio hardware, su propio código y su propia seguridad digital, pues no existe soberanía del pensamiento sobre infraestructura ajena.

El golpe de realidad es brutal: el enemigo posee los canales de la dopamina y los servidores de la memoria global, pero su debilidad reside en su propia gigantomaquia y en su dependencia de nuestra conectividad y consumo.

La luz al final del túnel no es el retorno a un pasado de tratados internacionales respetados, sino la construcción de una sociedad inviable para el despojo; un pueblo que se desengancha de la dependencia simbólica del hegemón, que sistematiza sus fallas para convertirlas en protocolos de resistencia y que utiliza la agitación no para el entusiasmo efímero, sino para la organización de la producción material y la defensa del territorio psíquico.

La verdadera conciencia ciudadana hoy se mide en la densidad organizativa de las comunas, en la capacidad de crear redes de comunicación que el algoritmo no sepa clasificar y en la invención de una estética de la liberación que sea más útil y potente que la narrativa del caos. La soberanía cognitiva es el resultado de un pueblo que decide dejar de ser «pensado» por el poder global para empezar a diseñarse a sí mismo desde la autonomía técnica y la mística de la invención social, entendiendo que el único derecho internacional que prevalecerá será aquel que la fuerza moral y organizada de los pueblos sea capaz de imponer sobre el terreno de la realidad material.

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Miguel Hernández: el rayo que habita la palabra armada

Pedro Luis Penso Sánchez, director del Centro de Investigación VICI-LAUICOM
A la luz del calendario de la resistencia, en este marzo de 2026, mientras la osamenta del
viejo mundo cruje bajo el peso de un imperio que se desmorona golpeando a ciegas, invocamos al Pastor de Orihuela. No lo llamamos desde el mármol gélido de los
panteones, sino desde el barro fértil de las trincheras que hoy se extienden, como una sola
herida y una sola esperanza, desde el Caribe hasta el Levante.

El regreso del rayo: Miguel en la hora de los pueblos
No retornas de la muerte, Miguel, porque tu fin fue apenas un descuido del cronómetro. Vienes del viento que no cesa, con el aroma visceral de la sangre, el estiércol y la pólvora, a recordarnos que el poeta no es un adorno de salón ni un herbolario de nostalgias, sino
un hacha de combate. Hoy, cuando el hegemón herido lanza sus últimos zarpazos de
bestia acorralada, ignorando leyes y rasgando cielos con su soberbia imperial, tu figura se
agiganta sobre el mapa de las agresiones como un faro de acero.

El pastor que se niega a huir ante la jauría
Te hallamos en la médula del compromiso. Te vemos ahí, Miguel, rechazando el pasaje
hacia la vida cómoda que la mano fraterna de Neruda te ofrecía. Para ti, el privilegio era
una forma de traición; entendías que vivir es, esencialmente, desvivirse por los demás. Del
pueblo venías y de ese volcán manaba tu luz.

Mientras otros buscaban el abrigo de la distancia, tú miraste a los ojos a la historia para
decirle que tu sitio estaba en el frente. No eras un intelectual de escritorio; eras el hombre
que, en medio de la opulencia insultante de una recepción burguesa, tuvo el coraje de
abofetear la indiferencia con la verdad del hambre. Aquella bofetada física que recibiste
de María Teresa León palidece ante la bofetada simbólica que tú le asestaste a la
vacuidad: la lealtad de un hijo de la tierra que no tolera el derroche mientras el miliciano
solo tiene su pecho para detener las balas. Entre el genocidio y la resistencia
Vuelves hoy, Miguel, y compruebas que el fascismo que combatiste en Teruel ha mudado
de uniforme, pero no de alma y conserva el mismo colmillo. Lo ves en Gaza, donde el olivo
llora sangre bajo el bando sionista que ejecuta el genocidio con el aval del mismo imperio
que hoy acecha a Irán. Ves la «guerra de nuevo tipo», esa que no solo busca el cuerpo, esa
neuro-agresión que no solo busca el territorio, sino que pretende anular la voluntad de lucha, colonizando las mentes, bloqueando la capacidad de pensar a través de pantallas que destilan veneno informativo. Quieren que olvidemos cómo soñar, pretenden que el miedo nos impida resistir.

El aliento de Nuestra América: Venezuela y Cuba

Te traemos a Caracas, Miguel, a esta Venezuela que es hoy tu nueva trinchera de Madrid. Aquí, donde el enemigo ha saltado de la «zona gris» a la cinética del secuestro, arrebatando al Presidente constitucional en un acto de piratería que busca el «cambio de régimen» para saciar su sed de energía y minerales estratégicos.

Sabemos del sabor metálico de la extorsión, del pan amargo de las concesiones tácticas
que el gobierno bolivariano ha tenido que morder para salvaguardar el proyecto
estratégico, mientras la maquinaria de propaganda imperial los dibuja con trazos de
servilismo. Tú, que conociste de derrotas, la oscuridad de las cárceles, sabes que el
silencio es, a veces, un grito contenido para preservar la semilla.

Y en Cuba, Miguel, el bloqueo naval pretende que el hambre sea la bayoneta que
implosione a un pueblo invicto. Pero así como tú cantaste a los aceituneros, hoy nosotros
cantamos a los petroleros, a los trabajadores de la luz, a los humildes que sostienen la
dignidad en medio del asedio.

La poesía como cuchilla de muchos filos

Bien lo sentenció «el Chino» Valera Mora: hay que hacer de la poesía un fusil implacable
hasta la hermosura. Tú entendiste, como Mayakovsky, que la palabra tiene el calibre
del «camarada Mauser». No hay refugio para la sensibilidad mediocre de la que advertía
Mariátegui.

«Aún en medio de las más terribles tormentas,

siempre he optado por defender

la dignidad de la poesía.

Volverla a sus orígenes:

a su deslumbrante cuchilla de muchos filos».

Tu poesía, Miguel, es un arma y el nervio que moviliza la fibra de los pueblos. Tu poesía
sigue siendo movilización y combate contra el imperialismo. Contra los pequeño- burgueses que desdeñan el trabajo político y cultural —esos que viven perdidos en las
formas porque han extraviado el fondo—, nosotros alzamos tu voz de rayo. Porque la
batalla por la hegemonía no es solo política, no es un trámite administrativo; es el alma de
las masas la que debemos conquistar para que el socialismo sea, al fin, la estancia
definitiva de la humanidad.

¡Feliz natalicio, camarada Miguel! Aquí estamos, con el puño en alto y el verso afilado, organizando la esperanza para que el capitalismo deje de ser, de una vez y para siempre, el verdugo de la tierra.

Palabras claves: poesía, zona gris, palabra, resistencia, pueblos, Venezuela, Miguel

  • Ingeniero egresado de la UCV, magíster en Historia y doctorante en Creación Intelectual
    (UNESR). Decano Honorario de la Universidad Iberoamericana. Profesor Honorario de la
    Universidad Politécnica Territorial Alonso Gamero. Diplomático. Director General del
    Centro de Investigación Contrahegemónica “Luis Acuña” del Vicerrectorado de
    Investigación y Creación Intelectual (VICI) – Universidad Internacional de las
    Comunicaciones (LAUICOM) y coordinador de la Red Internacional de Investigación
    Antifascista (RIA).