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La lucha de clases en el desarrollo del pensamiento

Por: Dr. Fernando Buen Abad

Pensar cuesta tiempo, energía, acceso a fuentes diversas y entrenamiento en la duda, recursos que el orden dominante distribuye de manera desigual e injusta. La clase trabajadora, precarizada y urgida por la supervivencia, es empujada a una relación utilitaria con la información, mientras las élites burguesas se reservan la reflexión estratégica. La guerra cognitiva profundiza esta brecha al convertir el “entretenimiento” en mercancía o política pública y la confusión en método de gobierno.

Su guerra cognitiva no se libra solamente con tanques o con misiles visibles, especialmente se despliega con signosnarrativasestímulos y silencios estratégicos que disputan el control de la atención, del sentido y de la capacidad misma de pensar. Su consecuencia más profunda es la desigualdad cognitiva, una fractura estructural en el acceso, la producción y el ejercicio del pensamiento crítico. No se trata sólo de diferencias educativas o tecnológicas, sino de una arquitectura de poder que organiza quién puede comprender, interpretar, decidir y transformar la realidad, y quién queda reducido a consumir versiones prefabricadas del mundo. En este terreno, la lucha de clases se desplaza al plano simbólico sin abandonar su raíz material, pues la dominación económica necesita hoy colonizar también la conciencia para reproducirse con mayor eficacia y menor resistencia.

Toda la desigualdad cognitiva se expresa como una distribución asimétrica de herramientas mentales. Mientras unos sectores acceden a lenguajes complejosformación crítica, tiempo para reflexionar y espacios de producción simbólica, otros son saturados por flujos de información fragmentada, emotiva y superficial que inhibe la comprensión estructural. No es ignorancia espontánea, sino ignorancia inducida, administrada y rentable. La guerra cognitiva opera aquí como una pedagogía invertida: enseña a no pensar, a reaccionar antes que analizar, a creer antes que verificar. Así, el pensamiento se vuelve un privilegio de clase, y la capacidad de nombrar el mundo queda secuestrada por quienes controlan los aparatos de comunicacióneducación y legitimación cultural.

En este escenario, el desarrollo del pensamiento no es un proceso neutral ni puramente individual. Está atravesado por condiciones históricaseconómicas y políticas que moldean las posibilidades cognitivas de cada sujeto. La lucha de clases en el plano del pensamiento se manifiesta en la disputa por el sentido común. Lo que una sociedad considera “normal”, “inevitable” o “natural” no surge de la nada, sino de una intensa labor de modelado simbólico. La guerra cognitiva busca naturalizar la desigualdad, presentar la competencia como virtud universal y deslegitimar toda explicación estructural de la injusticia. Al hacerlo, desarma cognitivamente a las mayorías, fragmenta su capacidad de organización y debilita la imaginación política. Pensar colectivamente se vuelve sospechoso, mientras el individualismo es exaltado como horizonte único de realización.

Y la tecnología, lejos de ser neutral, juega un papel central en esta confrontación. Plataformas diseñadas para maximizar la atención y el consumo emocional reconfiguran los hábitos mentales, acortan los tiempos de concentración y favorecen la polarización superficial. La desigualdad cognitiva se amplía cuando el acceso a la tecnología no implica acceso al conocimiento, sino dependencia de algoritmos opacos que jerarquizan contenidos según intereses comerciales y geopolíticos. Así, la guerra cognitiva convierte la conectividad en un campo minado donde la información abunda, pero el sentido escasea, y donde la sobreexposición termina produciendo una nueva forma de analfabetismo crítico.

En este contexto, la educación se vuelve un territorio decisivo de la lucha de clases. No basta con escolarizar, sino que importa qué tipo de pensamiento se promueve. Una educación reducida a competencias instrumentales prepara mano de obra dócil, no sujetos críticos. La guerra cognitiva presiona para vaciar los contenidos emancipadores, deshistorizar los saberes y convertir el aprendizaje en adiestramiento. Frente a ello, la desigualdad cognitiva se reproduce cuando se priva a las mayorías de una formación que articule teoría y praxis, memoria y proyecto, análisis y acción transformadora.

Especialmente la colonización del lenguaje es otro frente crucial. Quien controla las palabras controla los marcos de interpretación. La guerra cognitiva redefine términos, banaliza conceptos y estigmatiza ideas que cuestionan el orden vigente. Palabras como justiciaigualdad o soberanía son vaciadas o caricaturizadas, mientras se imponen eufemismos que encubren la explotación. Esta manipulación lingüística profundiza la desigualdad cognitiva al dificultar que los oprimidos nombren su propia experiencia. Sin palabras propias, el pensamiento se vuelve rehén de categorías ajenas y la conciencia crítica se debilita.

Sin embargo, la lucha de clases en el desarrollo del pensamiento no está cerrada. Allí donde hay dominación cognitiva, también hay resistencia. Las prácticas de educación popular, la comunicación comunitaria, la producción cultural alternativa y la organización colectiva disputan el sentido y reconstruyen capacidades críticas. Pensar juntos, desde la experiencia compartida, rompe el aislamiento que la guerra cognitiva impone. La conciencia no se despierta por iluminación individual, sino por procesos colectivos que rearticulan saberes, emociones y acción política.

Superar de la desigualdad cognitiva exige reconocer que el pensamiento es un derecho social y un campo de batalla. Democratizar el conocimiento implica redistribuir no solo recursos materiales, sino también tiempoacceso y poder simbólico. Implica cuestionar los monopolios de la información, defender una educación crítica y promover una cultura que valore la complejidad frente a la simplificación interesada. La guerra cognitiva teme al pensamiento organizado porque sabe que una conciencia capaz de comprender las causas profundas de la desigualdad es también capaz de transformarla.

Es de importancia crucial tener en consideración que la lucha de clases en el desarrollo del pensamiento define el horizonte histórico de una sociedad y en la conciencia de su identidad. O se consolida un orden donde pocos piensan y muchos obedecen, o se construye un proyecto donde el pensamiento crítico sea una práctica colectiva, emancipadora y materialmente sostenida. La desigualdad cognitiva no es un destino, sino una estrategia del poder. Desactivarla requiere asumir que pensar es un acto político y que la emancipación comienza cuando las mayorías recuperan la capacidad de interpretar el mundo con sus propias herramientas para, finalmente, cambiarlo.

Fuente: Almaplus.Tv

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Uso consciente de las redes sociales: tiempos de transformación social

Prensa LAUICOM- En el marco del Diplomado en Comunicación Política Cohorte XVIII de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (LAUICOM), el diputado Gustavo Villapol impartió una clase centrada en gestión avanzada de redes, abordando los efectos del entorno digital en la atención humana y su impacto en la formación de ciudadanía.

Villapol presentó cifras preocupantes: según We Are Social y Hootsuite, las personas dedican en 2024 un promedio de 7 horas diarias a plataformas digitales. Este consumo masivo ha reducido drásticamente la capacidad de concentración: de los 20 minutos sostenidos hace unas décadas, hoy apenas alcanzamos 8 segundos, según un estudio reciente de Microsoft.

En un contexto donde la información fluye sin pausa, el diputado subrayó la urgencia de recuperar la profundidad del pensamiento crítico, esencial para una sociedad comprometida con la justicia y la equidad.

Ante este desafío, Villapol destacó que las redes sociales, si se gestionan con intención y ética, pueden convertirse en espacios de encuentro, educación popular y defensa de los intereses colectivos. Que no trate solo de estar presente en lo digital, sino de construir narrativas que fortalezcan la conciencia, la participación y los valores que sostienen los procesos de cambio en la nación.

Villapol llamó a comunicadores, militantes y funcionarios a utilizar estas plataformas con responsabilidad, promoviendo contenidos que impulsen la justicia social, la soberanía informativa y la participación popular, en línea con los principios del proyecto bolivariano.

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En horas difíciles pensar críticamente no es pensar rígidamente: Fernando Buen Abad Domínguez

Nuestro pensamiento crítico en REDH, reclama plasticidad conceptual, humor estratega y audacia afirmativa. Esto exige, en primer lugar, superar una confusión frecuente, se asimila la rigurosidad crítica con la inflexibilidad proposicional, como si la inteligencia crítica consistiera en sostener verdades inmutables ante las luchas que son mutable todas y siempre. Tal superación es, en verdad, una necesidad autocrítica y epistemológica para fortalecer nuestra praxis transformadora. La crítica auténtica no conserva dogmas sino problemas; no es un catálogo de certezas, sino una forma de interrogación que permanece viva en la medida en que admite la modificación de sus hipótesis frente a la experiencia y la correlación con los sujetos históricos. Por tanto, el antídoto contra la rigidez es la dialéctica, no una fórmula academicista, sino una práctica que enlaza tesis y praxis, teoría y sensibilidad, análisis y esperanza. Es precisamente en la tensión entre la desconfianza racional y la confianza política donde el pensamiento crítico encuentra su movimiento fecundo, “los filósofos sólo han interpretado el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo.” Esa sentencia, breve y ética, recuerda que la interpretación sin transformación es autoengaño, y que la transformación sin reflexión deviene en catástrofe.

Si se acepta la dialéctica como método, entonces la posición de nuestros intelectuales y artistas debe ser revisitada, su función no es la de guardián de dogmas, sino la de mediador crítico entre memoria social y proyecto colectivo. En ese rol, la intelectualidad no se reduce a una elite desvinculada; tampoco debe renunciar a la autonomía crítica. Esta idea no es una coartada para la servidumbre teórica sino una invitación a que el pensamiento se haga efectivo en las prácticas emancipatorias. En tiempos de agresión imperial incesante y reorganización de fuerzas para la Batalla de las Ideas, los intelectuales y artistas deben cultivar una doble habilidad, la capacidad de leer con precisión las estructuras de poder burgués —sus dispositivos discursivos, simbólicos y materiales— y la capacidad de convertir esa lectura en formas sensibles, comprensibles y motivadoras para la acción organizada de las multitudes. No hay excusa legítima para un divorcio entre análisis y pedagogía, la claridad expositiva es una exigencia ética.

En una sociedad saturada de imágenes, la batalla simbólica es decisiva; ganar o perder sentido puede facilitar o bloquear transformaciones materiales. De ahí que la inteligencia emancipadora no sea un ornamento, sino un componente estratégico de la lucha política. Cuando el pensamiento y la expresión articulan crítica y esperanza —cuando convierten la indignación en formas que movilizan la imaginación colectiva— cumplen su función revolucionaria. Pero esto no se realiza por mera voluntad, exige honestidad estética, disciplina formal y experimentación. El arte emancipador debe conjugar la complejidad reflexiva con la eficacia comunicativa; debe ser simultáneamente exigente para la inteligencia y accesible para los afectos.

En este punto aparece el humor revolucionario, que opera como una palanca insospechadamente poderosa contra la anestesia política. El humor no es trivialidad; es técnica de desactivación del terror simbólico. Donde el discurso hegemónico construye pavor o solemnidad para imponer consenso, la risa política desactiva la autoridad del miedo y abre la posibilidad de una mirada distinta. La sátira, la caricatura, la zamba crítica o la escena teatral que devuelve la farsa del poder a su desnudez, todo ello actúa como una forma de desalienación, permite que las personas reconozcan la arbitrariedad del orden presente y se animen a imaginar alternativas. Más aún, el humor pone en juego una inteligencia afectiva, reduce la distancia entre el intelecto y la vida cotidiana, hace tolerable la crítica y sostiene la práctica colectiva en contextos adversos. Por eso, el humor revolucionario no es complacencia ni escapismo; es táctica de derrota del fatalismo. Lo supo Chaplin.

Optimismo revolucionario y rigor crítico no son incompatibles, son mutuamente condicionales. El optimismo que sirve a la causa emancipadora no es ingenuidad acrítica; se alimenta de análisis realistas sobre fuerzas, correlaciones y límites, pero conserva la certeza útil de que la concatenación de actos conscientes puede alterar trayectorias históricas. Psicologías políticas colectivas —cultura de la esperanza— se construyen mediante prácticas simbólicas y organizativas que producen revoluciones en todas sus escalas. Esos tejidos resistentes dependen de narrativas que articulen memoria, denuncia y proyecto. El relato emancipador debe ser verídico (no se debe mentir sobre las dificultades) y simultáneamente energético (no debe traicionar la aspiración por la transformación).

Nuestro pensamiento crítico flexible, no blandengue, requiere también de una ética de la duda productiva, la capacidad de revisar científicamente las convicciones, de asumir errores, de reconocer límites y de aprender con humildad. Esta ética no debilita la acción; la fortalece. Un intelectual inflexible, prisionero de axiomas intemporales, corre el riesgo de volverse irrelevante o quebradizo… peor, cómplice por omisión. En contraposición, la postura crítica flexible admite debates rigurosos, se alimenta de interdisciplinariedad, y prioriza la articulación con los sujetos sociales.

Un rasgo indispensable de la creatividad intelectual revolucionaria es la experimentación estratégica con formas de comunicación. De la mano de la estrategia comunicacional aparece una práctica política de los afectos, el cultivo de vínculos materiales y simbólicos confiables. La política basada exclusivamente en argumentos racionales y en la denuncia contable no arraiga si no está acompañada por prácticas que permitan a las personas reconocerse como portadoras de una comunidad posible. El intelectual y el artista revolucionario deben desarrollar, entonces, formas de sociabilidad que construyan fraternidades, círculos de estudio, talleres de creación colectiva, proyectos culturales en el territorio que combinen formación y producción estética. Estos espacios crean capital simbólico y afectivo imprescindible para sostener procesos de largo aliento.

La solución no es banalizar la seriedad, sino revolucionarla con prácticas que recuperen la alegría política como componente estratégico. La alegría no es banquete sentimental sino energía y moral histórica. El antídoto es el optimismo informado, confianza prudente y acción planificada y el humor revolucionario con optimismo crítico de quienes participan en la construcción colectiva. Reír no es burlarse de las víctimas; reír con las comunidades es recuperar la capacidad de mirarse mutuamente sin el peso de la culpa impuesta por la dominación. El humor puede ser, entonces, gesto de ternura política, una manera de decir que la humanidad no está completamente perdida, que existen fisuras en la dominación por donde se cuela la posibilidad.

Pensar críticamente en horas difíciles exige desobediencia epistemológica con flexibilidad teórica, disciplina práctica, claridad pedagógica, audacia estética y humor estratégico. Los intelectuales y los artistas de nuestra REDH son piezas clave en ese entramado, no como autoridades que dictan verdades, sino como mediadores creativos que habilitan procesos colectivos de conocimiento y esperanza. Nuestra tarea es construir narrativas verídicas que organicen y movilicen una pedagogía que conecte análisis y deseo; es inventar formas simbólicas que hagan de la crítica un instrumento vivificante. Las luchas hoy demandan, más que custodios de certidumbres, creadores de inteligencia colectiva, personas que piensen con rigor, actúen con prudencia y rían con audacia. Sólo así será posible convertir la dura realidad en un terreno donde la imaginación política —alimentada por disciplina conceptual y alegría radical— produzca transformaciones duraderas. Desde abajo.

Por Fernando Buen Abad

Foto:Prensa Lauicom

Tania Díaz: “En defensa propia tenemos que aprender comunicación”

Este lunes, Tania Díaz, rectora de la Universidad Internacional de las Comunicaciones (Lauicom), en el acto de apertura del IV módulo del Diplomado en Comunicación Política que dicta esta casa de estudios a más de cien comunicadores provenientes de instituciones públicas y privadas, movimientos sociales, medios de comunicación, partidos políticos y movimientos de mujeres a escala nacional e internacional, dijo que “estamos en un mundo donde hay que aprender comunicación en defensa propia, para saber dónde estamos navegando”.

Al explicar los objetivos estratégicos de la formación y las expectativas académicas que involucra el mismo, expresó: “Espero que cuando finalicemos este diplomado nosotros seamos y estemos más concentrados en lo que significa la tarea de comunicar, en este momento cuando la comunicación corporativa nos abruma con sobreinformación y desinformación no solamente en Venezuela, sino que, todos los seres humanos estamos a merced de ella, y tenemos que apostar por lo nuestro”.

Sobre los desafíos que plantean las realidades percibidas en la materia, la experta en comunicaciones planteó: “Yo no sé quienes aquí tienen hijos, pero dentro de muy poco tiempo tendremos que tomar medidas específicas para rescatar a nuestros hijos, de un posible daño que pueda hacer en ellos la comunicación digital”.

“Este canal de comunicación no es malo, es excepcionalmente bueno; es una herramienta muy útil, pero, está cercada por elementos que tienen un interés político económico determinado y que busca neutralizar la capacidad del ser humano de pensar, de tener pensamiento crítico y de crear; sustituyendo paulatinamente esa capacidad humana de crear y sobre todo, en los más chiquitos”, resaltó.

Sobre la descripción de los contenidos en estudio enfatizó: “Aquí en este diplomado estudiamos todo lo que significa la Comunicación Digital, sus alcances, dimensiones e impacto”, e hizo referencia a una experiencia propia de investigación: “Este fin de semana estuve estudiando un poco lo que es la inteligencia Artificial (IA), y es aterrorizante, porque le podemos pedir a la IA, por ejemplo, crear a una venezolana de 18 años, artista plástico, afrodescendiente y esa tecnología la generará enseguida. Le pedimos la creación de un guión cinematográfico y te lo hace”.

Identificado lo anterior aseguró Díaz, que “estamos en un mundo donde hay que aprender comunicación en defensa propia, para saber donde estamos navegando, para ubicarnos y hacer lo que nos corresponde en este momento por la Venezuela de hoy, que es preservar este hogar, porque no hay otro, esta casa, ese rio, esa guayabita, esa arepita, el café de la mañana, esas canciones de Simón Díaz, y todas esas cosas que nos mueven y nos hacen trascender y ser algo más que un ser que se levanta, trabaja come y duerme”. “Esas cosas solo están aquí en esta tierra y no están en ninguna otra parte y por eso, nos estamos reuniendo en este diplomado”, concluyó.