Investigador Pedro Luis Penso Sánchez
Vladimir Lenin, una figura cuya influencia transformó el mapa geopolítico del siglo veinte de manera irreversible, tiene una faceta a menudo ignorada. Lenin, el cerebro de la revolución socialista que transformó el mundo en el siglo XX. Él nos señala la potencia que tienen los sueños: «Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños». Esta sentencia no es un simple llamado al idealismo romántico, sino que proviene de su obra de 1902, ¿Qué hacer?, dónde Lenin argumentaba que el sueño es el motor que permite al militante observar con detenimiento la realidad para encontrar en ella los puntos de apoyo que permitan transformarla. Para él, el sueño era una herramienta de trabajo intelectual que debía estar conectada con el análisis científico de la sociedad, pues consideraba que, si el soñador no cree seriamente en su sueño y no trabaja para realizarlo, la acción política se vuelve estéril.
La frase nos recuerda que el «creer» implica una voluntad activa de organización y disciplina para cerrar la brecha entre la utopía y la realidad material, entendiendo que el progreso social requiere de esa chispa imaginativa para trascender lo que parece imposible en el presente.
Ese sueño al que Lenin se refería no era una abstracción artística, sino la meta concreta de la revolución proletaria, concebida como el único camino posible para desmantelar las estructuras de opresión y alcanzar finalmente la abolición de las clases sociales. En su visión, el acto de creer en ese sueño significaba transformar la esperanza en una fuerza histórica material capaz de erradicar la explotación del hombre por el hombre, estableciendo que la verdadera libertad sólo llegaría cuando las jerarquías económicas fueran eliminadas, el poder residiera en manos del trabajador y la clase trabajadora se vieran obligados a trabajar bajo el imperio de las necesidades.
Es fascinante cómo la figura de Vladimir Lenin, a menudo esculpida en el mármol frío de la teoría política, guardaba en su núcleo un fuego que hoy llamaríamos imaginación radical, la cual eleva esa chispa revolucionaria a una categoría casi lírica, sin perder de vista la rigurosa brújula del análisis que él mismo defendía.
La praxis del sueño en Lenin, el arquitecto de lo imposible
En el corazón del convulso siglo XX, una figura se alza como el tejedor de un mapa geopolítico que jamás volvería a ser el mismo. Vladimir Lenin, más allá de ser el cerebro frío de la estrategia, fue el custodio de una verdad poética y profunda: la potencia transformadora del sueño. Pero su soñar no era el de quien se pierde en nubes de opio espiritual, sino el del navegante que lee las estrellas para conquistar el océano.
El sueño como brújula científica
En su obra de 1902, ¿Qué hacer?, Lenin nos dicta una sentencia que es, a la vez, caricia y mandato: «Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños». Para él, el sueño no es un refugio contra la realidad, sino un instrumento de disección. Es la lente que permite al militante observar las grietas del presente para insertar en ellas la palanca del cambio.
El sueño leninista es un ejercicio intelectual donde la intuición se abraza con el análisis científico: si el soñador no habita su visión con fe y trabajo, la política se vuelve un campo estéril de palabras vacías.
La voluntad como el puente entre la utopía y la materia
Creer, en este contexto, no es un acto de fe ciega, sino una arquitectura de la voluntad. Es la disciplina férrea y la organización incansable que busca cerrar la brecha entre el anhelo de justicia y la dureza del mundo material. El progreso social exige esa chispa de imaginación para saltar sobre el abismo de lo que hoy parece inamovible.
• La imaginación: La chispa que trasciende lo presente.
• La organización: El yunque donde se forja la realidad.
• La acción: El fuego que consume la opresión.
El horizonte de la libertad
Este sueño no era una abstracción etérea, sino la meta tangible de la revolución proletaria. Se concebía como el único sendero para desmantelar las cadenas de la explotación y alcanzar ese horizonte donde las clases sociales se desvanecen. Para Lenin, transformar la esperanza en una fuerza histórica material era el único camino para que el ser humano dejara de ser presa del hombre, permitiendo que la verdadera libertad floreciera solo cuando las jerarquías económicas fueran cenizas y el poder regresara a las manos callosas de quien trabaja.
Referencia
Lenin, V. I. (2012). ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento. Akal. (Obra original publicada en 1902)
Palabras claves: Lenin, análisis científico, utopía
Investigador y director del Centro de Investigación Contrahegemónica Luis Acuña del VICI (Vicerrectorado de Investigación y Creación Intelectual) de la Universidad Internacional de las Comunicaciones. Ingeniero, magíster en Historia y Doctorante en Creación Intelectual (UNESR). Decano Honorario de la Universidad Iberoamericana. Profesor Honorario de la Universidad Politécnica Territorial Alonso Gamero. Diplomático.

