5053193572991044615

El acorde de los contrabajos: la Madre Tierra, los terremotos y la minka

Por: Alí Ramón Rojas Olaya

Para quienes, en medio del polvo y el asombro, siguen buscando no sólo seres humanos, mascotas y cadáveres, sino el ritmo de lo que aún nos une.

En momentos aciagos donde mucha gente está tapiada bajo escombros en lo que fue, hasta hace pocas horas, su casa, la labor de los rescatistas, bomberos, paramédicos, médicos, enfermeras y perros entrenados es encomiable. Igual ocurre con los ingenieros de desastres, los geólogos, los psicólogos, los arquitectos y particularmente los motorizados, héroes que sobre sus rocines férricos van y vienen cargados de esperanzas. Cuando hablo de rescatistas, me refiero no sólo a los profesionales, sino al vecino, al hombre y a la mujer de a pie, al albañil, al bodeguero, a esos personajes que, en momentos difíciles, afloran de sus corazones y sus manos unos de los valores más bellos: la hermandad y la solidaridad.

1. ¿Qué debo hacer?

¿Qué puede hacer un pedagogo crítico, un educador matemático, un historiador insurgente, un filósofo, en una situación como ésta? Además de colaborar con ropa, comida, agua y dinero, ¿de qué otra forma puedo ayudar? Creo tener la respuesta: lo primero es seguir los lineamientos de nuestras máximas autoridades. Lo segundo es no estorbar. Lo tercero es no reenviar mensajes malintencionados y pesimistas, es decir, no ser parte de la guerra cognitiva. Lo quinto es comprender que Venezuela exige una transición política que deje atrás el modelo occidental desarrollista eurocéntrico y estadounidense y se enrumbe definitivamente a la cocreación del Estado comunal. Y lo quinto es hacer lo que sé hacer: escribir, porque estoy seguro de que -como nos dice Kotepa Delgado-, si uno escribe, algo queda. Pues, eso hice, al fin y al cabo, Simón Rodríguez nos dice que “la instrucción social pide mucha filosofía” y que ésta “consiste en conocerse, no en contrahacerse”.

2. Terremotos en Caracas y La Guaira

El 11 de junio de 1641, el «Terremoto de San Bernabé» destruyó prácticamente toda Caracas. El 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, tres focos destrozaron Venezuela: un epicentro estaba en el mar Caribe, entre el archipiélago de Los Roques y la costa del litoral central con una magnitud de 6,3, y que fue el causó los daños en Caracas y La Guaira; otro entre San Felipe, Barquisimeto y El Tocuyo con una magnitud de 6,2; y un tercero al sur del lago de Maracaibo, en la cordillera de los Andes, causante de la destrucción de Mérida, con una magnitud de 7, como lo refieren Melchor Centeno Grau en su libro Estudios Sismológicos de 1940 y Günther Fiedler en su obra Áreas afectadas por terremotos en Venezuela de 1961.

El 29 de octubre de 1900, el terremoto de «San Narciso», provocó pánico masivo y graves daños estructurales en Caracas. El 29 de julio de 1967, a las 8:05 pm, un fuerte terremoto de magnitud 6,5 con epicentro en el Litoral Central sacudió a Caracas durante unos 35 segundos. Causó estragos considerables, especialmente en La Guaira y en zonas caraqueñas como Altamira y Los Palos Grandes, dejando al menos 200 fallecidos y miles de heridos. Yo tenía 2 años, 7 meses y 19 días, y no sé cómo, pero me perdí durante el terremoto. Mi mamá entró en una crisis de nervios. Por suerte, un vecino me encontró. Los días 15, 16 y 17 de diciembre de 1999, no hubo un terremoto, pero sí un deslave en La Guaira y Caracas que destruyó miles de viviendas y sepultó a muchas personas.

3. Las grietas y el sonido

El 24 de junio de 2026, poco antes de las seis de la tarde, Carolina cosía y yo buscaba en Internet algún canal que transmitiera el Brasil Escocia. Erika estaba preparando sus cosas para irse a la casa de El Cementerio, barrio del sur de Caracas. Estábamos en la parroquia San Bernardino, a pocos metros del Waraira Repano. A las 6:04:33 pm Carolina gritó: ¡Vámonos, está temblando! Con una rapidez inusitada abrió la puerta y la reja, y volvió a gritar, esta vez a los vecinos.

Realmente no fue un grito, fue un alarido, ¡Salgan rápido! Empujó la puerta de vidrio y corrió por el pasillo que conduce a la entrada del edificio. Ella tomaba de la mano a Erika y yo iba detrás.

No era fácil ese tránsito porque el camino se tornó en un puente colgante. Tenía la certeza de que el suelo, esa capa de olvido sobre la que caminamos cada día, era en realidad una membrana tensa. Johnny, el vigilante, estaba sumamente nervioso, no podía abrir la puerta principal que da a la calle. Pero en pocos instantes consiguió abrirla. En mi trote apresurado y tambaleante volteé porque sentí que el edificio se derrumbaba. Confieso que vi la muerte cerca.

Lo que más heló mi sangre no era el estruendo, sino el sonido telúrico de mil contrabajos tocando todos acordes disonantes en la cuerda Mí, la más grave, en un in crescendo apocalíptico, con arcos cuyas crines estaban sobre espolvoreadas de perrubia. El acorde infernal no venía de afuera, sino de dentro, de las entrañas de la tierra.

En ese instante, la filosofía dejó de ser un ejercicio de escritorio para mutar a la retaguardia de los pasos inestables de una madre cuyos brazos protegen a una hija, el vértigo de sostener el amor mientras el mundo se rehúsa a ser firme. Ese acorde no pidió explicaciones. Pidió una respuesta. Y esa respuesta aún la estamos escribiendo entre los escombros.

Una vez en la calle, vimos a los vecinos salir despavoridos. Oímos vidrios reventarse, paredes agrietarse, manantiales que empapaban los pisos inferiores, objetos que caían, gritos, llantos. Carolina agachada besaba el suelo y rezaba. Cuando se irguió nos abrazamos los tres. ¡Estamos vivos, estamos vivos!, vociferaban algunos vecinos. A las 6:06:28 pm el terremoto terminó. Fueron 115 segundos interminables. Allí estuvimos toda la noche y parte de la madrugada. Fuimos víctimas de un sismo precursor de magnitud 7,2 con epicentro cerca de San Felipe, estado Yaracuy, a unos 289 kilómetros de Caracas, y fue seguido apenas 39 segundos después por un segundo terremoto aún más fuerte, de 7, 5.

4. La Tierra no es un objeto: cosmovisiones del terremoto

Hace muchos siglos, Caracas y Las Guaira estaban unidas, el mar llegaba hasta el río Guaire. Ante las ofensas de los pobladores a la diosa del mar, ésta envió una ola gigante para destruirlos. Al arrepentirse el pueblo y pedir clemencia, la ola se petrificó en forma de montaña, protegiéndolos, así nació el Waraira Repano, la montaña que conocemos con el nombre colonial de El Ávila.
Los pueblos originarios del Caribe, en particular nuestras abuelas y abuelos Toromaima, no construían en las laderas ni cerca de las quebradas. No porque tuvieran miedo, sino porque respetaban el lenguaje de la montaña. Sabían que el Waraira Repano escupía piedras, y que el equilibrio no se negocia con la topografía. Escuchaban la tierra como se escucha a un anciano que nos advierte con su voz sabia y profunda.

No basta saber que un terremoto es la liberación repentina de energía acumulada en la corteza terrestre o que Charles Francis Richter (1900–1985) fue un físico y sismólogo estadounidense que, en 1935, creó junto con su colega alemán Beno Gutenberg la famosa escala sismológica que lleva su nombre. Que hayan venido rescatistas expertos de varias partes del mundo no sólo es importante, sino que nos conmina a estudiar qué saben sus pueblos ancestrales sobre terremotos. Esta sabiduría sísmica es pedagogía que reproduce en cada latido del continente y del mundo como nos los hacen saber los pueblos del noroeste del Pacífico norteamericano, los pueblos algonquinos e iroqueses, el pueblo Yaqui, el pueblo Warao, los Aymara, el pueblo Mapuche, el Islam, la filosofía Ubuntu, Heráclito, el estoicismo, el taoísmo y el budismo.

En el noreste de Estados Unidos, los sismólogos han descubierto que antiguos topónimos en lenguas algonquinas e iroquesas significan literalmente «la colina que tiembla», lo que demuestra que los terremotos ocurrían mucho antes de la colonización europea y estaban integrados en su geografía.

Muchas tradiciones explican los sismos a través de seres mitológicos. Por ejemplo, en el noroeste del Pacífico norteamericano, los pueblos Wakashan, Salish de la Costa, Wakashan del Norte y Athabascans hablan de la batalla entre el Pájaro del Trueno y la Ballena, o de espíritus subterráneos que hacen temblar la tierra. También atribuyen los temblores a un ser supremo que descansa sobre el caparazón de tortugas que ocasionalmente se mueven.

El pueblo Yaqui de México asume los terremotos como manifestaciones de la naturaleza que exigen respeto, vinculándolos estrechamente con la vitalidad de la Tierra y el equilibrio del entorno. Su cosmovisión está profundamente entrelazada con el ambiente, donde fenómenos como los sismos no son eventos fortuitos, sino que reflejan una conexión viva con su territorio y las fuerzas naturales.

Las mujeres y hombres del pueblo Warao del Delta del Orinoco, testigos de la Falla de El Pilar, narran que una gran serpiente habita en el lago y mueve la región, escupiendo tierra y cambiando el curso de la vida. El pueblo Aymara del altiplano andino reconoce al Amaru o Katari, la serpiente o dragón del subsuelo, cuya cólera o movimiento recuerda que la Pachamama no es una propiedad, sino una presencia con la que se dialoga. El pueblo Mapuche del sur suramericano ve en el terremoto la lucha de dos serpientes cósmicas, Trentren Vilu y Caicai Vilu, que moldean el paisaje en su eterno forcejeo. El temblor no es castigo, sino un desequilibrio que la comunidad restaura con el nguillatún y la ofrenda a la Ñuke Mapu, la Madre Tierra.

El Islam nos dice que el terremoto es un signo, una prueba que despierta al creyente de su letargo, un recordatorio de que la soberanía absoluta no está en nuestras manos, sino en el latido de lo divino. La cosmogonía Ubuntu del sur de África, aunque no busca explicar la causa, nos ofrece la respuesta ética más profunda: «Yo soy porque nosotros somos». Ante la fractura, la comunidad se convierte en el único cimiento posible.

El filósofo griego presocrático Heráclito de Éfeso, desde la ciudad de Jonia, en la costa occidental del Asia Menor, nos recuerda que el conflicto es el padre de todas las cosas; el terremoto es la armonía oculta de fuerzas que se tensan para crear montañas. El estoicismo nos invita a no juzgar el evento como bueno o malo, sino a responder con virtud y razón, reconstruyendo el orden desde la dignidad personal. El taoísmo y el budismo nos susurran que no hay solidez permanente; el suelo que parece eterno es tan transitorio como una nube. Fluir con el temblor, no resistirlo, es la sabiduría del bambú que se dobla y no se quiebra.

Sin embargo, en la práctica, todas estas sabidurías del mundo periférico occidental, oriental y griego confluyen en un solo concepto comunal legado por nuestras cosmogonías andinas: la minka, retomado por mujeres y hombres esclavizados en estas tierras por europeos, para ponerla en práctica en las construcciones de los cumbes, palenques, quilombos, mocambos, cimarroneras y rochelas donde vivían libres.

5. La minka: el contrapunto al acorde

El acorde grave de los contrabajos fue el sonido del caos. La minka es el sonido de la respuesta: el golpe del mazo, el raspar de la pala, las punzadas del pico, la moto cargada de comida y agua, la voz que pasa un balde de agua, sonidos que inmediatamente se escucharon después de los derrumbes. Luego escuchamos el sonido de la solidaridad profesional: los ladridos consoladores de los perros rescatistas, el deslizamiento de los hombres topos con sus cámaras térmicas y geófonos, el traqueteo de las mototrozadoras al perforar el concreto y metal con sus sierras de sable y martillos demoledores, el zarandeo de cojines de levantamiento neumáticos y gatos hidráulicos. En pocos meses, será la risa de los niños jugando, será el murmullo de las abuelas que sazonan la comida mientras hombres y mujeres levanten paredes.

La minka y la comuna comparten el mismo principio de trabajo colectivo, reciprocidad y autogestión. Históricamente, la minka es una tradición andina donde la comunidad se une para realizar una obra en beneficio de todos. En el modelo de las comunas, esta práctica se traduce en la organización territorial, la producción de bienes y servicios a través de las empresas de propiedad social y el trabajo voluntario para el bienestar común. La minka no es un favor. Es un tejido de obligaciones mutuas. En ella, el arquitecto es un par del albañil; el niño que pasa las herramientas es tan importante como el que diseña los planos. No hay deuda, hay lazo. No hay verticalidad, hay rueda.

En la minka, el trauma del ruido profundo se exorciza con el sudor. El cuerpo que tembló de miedo se cansa de tanto esperar, y el cansancio, paradójicamente, cura. Cuando se levanten las casas, se levantará también el espíritu comunal del barrio. La memoria de la montaña que en 1999 escupió piedras y lodo y el sonido de la fricción entre las placas tectónicas de 2026 se honran no con olvido, sino con precaución activa: no se reconstruye donde la tierra habló más fuerte, se reconstruye en diálogo con sus quebradas, con sus pendientes, con su historia.

6. La armonía no es silencio, es escucha

Hemos creído, equivocadamente, que la armonía con la naturaleza es un paisaje idílico sin tormentas. Pero la armonía verdadera es la que sabe que el Waraira Repano carraspea de vez en cuando, y que la tierra tiembla. Nuestra tarea no es amordazarlos con cemento, sino aprender a bailar al ritmo de su respiración.

Este terremoto, el del 24 de junio de 2026, nos ha robado techos, pero nos ha devuelto una verdad ancestral: la tierra no nos pertenece; nosotros pertenecemos a la tierra. Y pertenecer significa escuchar el acorde grave sin huir de él, traducirlo a una sinfonía de solidaridad que resuene en cada esquina de nuestra patria.

Venezuela, en estos momentos aciagos, necesita más que ingenieros. Necesita nguillatunes; necesita ceremonias de café y tabaco en los cruces de las calles rotas; necesita que los abuelos señalen dónde se abrieron las grietas; necesita que los jóvenes transformen los escombros en memoria; necesita, sobre todo, la minka.

7. El puente que cruzamos

Cuando aquella tarde el pasillo se volvió puente colgante, hubo un instante en que todo pareció perdido. Pero el instante siguiente, un brazo rodeó a una hija y una mano buscó a una esposa. Ese instante fue la minka más pequeña y más grande: el acto de no soltarse.

Al final, el terremoto nos enseña que la única estructura inquebrantable no es la columna de hormigón, sino el lazo que une a una comunidad cuando la tierra ruge. Esa es la verdadera geología del alma. Paremos la oreja sobre el pavimento. Ya no oímos el acorde feroz. Oímos, en cambio, un rumor de hermanos moviendo piedras, de manos que mezclan cal, de niños que ríen a pesar del polvo. Esa risa es el verdadero contrapunto. Es nuestra respuesta.

Simón Rodríguez nos habla de la importancia de la filosofía y que ésta consiste en conocernos. Pero también nos enseña que las mujeres y hombres vinimos al mundo para entreayudarnos, no para entredestruirnos. No hemos vencido a la naturaleza ni pretendemos hacerlo. Hemos aprendido a vivir en armonía con ella, en cantar y danzar con ella. Y ese canto y esa danza, aunque el suelo tiemble, no tiene fin.

Caracas, 29 de junio de 2026, al pie del Waraira Repano, en memoria de las víctimas de los terremotos del 24 de junio.

Los comentarios estan desactivados