Por Silvestre Montilla
En homenaje al centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz.
Caracas, agosto de 2026.
No venimos hoy
a contar los años.
Venimos
a contar los amaneceres
que todavía llevan tu nombre.
Porque hay hombres
que envejecen con el calendario.
Y hay hombres
que comienzan a nacer
cada vez que un pueblo
decide ponerse de pie.
Tú fuiste aquel joven barbudo
que descendió de la Sierra Maestra
con la certeza ardiendo entre las manos
y el porvenir iluminándole la mirada.
Traías la juventud
como quien carga una antorcha.
La cabeza sembrada de sueños.
Los pies profundamente hundidos
en la tierra inmensa
de Nuestra América.
Y la hermosa insolencia
de creer
que la historia
no estaba escrita para obedecerla,
sino para transformarla.
Después vino la Revolución.
Pero nunca abandonaste la montaña.
La convertiste
en conciencia,
en organización,
en pueblo.
Hiciste del poder
una trinchera para los humildes.
Del Estado,
una herramienta para la dignidad.
Y de la esperanza,
una forma cotidiana
de construir el porvenir.
Después de 1959,
allí donde un pueblo decidía levantar la cabeza,
allí donde una bandera se negaba a arrodillarse,
allí donde una mujer, un obrero, un campesino, un estudiante,
descubrían que la justicia también podía escribirse con manos propias,
aparecía tu nombre.
No como una consigna.
Sino como la certeza de que los imposibles también podían organizarse.
Dicen que has muerto.
Qué extraño destino el de los muertos.
Hay que perseguirlos.
Hay que bloquearlos.
Hay que difamarlos.
Hay que enseñar a temerles.
Hay que intentar borrar su nombre de la memoria de los pueblos.
Solo los vivos provocan tanto miedo.
Hoy intentan castigar al pueblo que decidió caminar contigo.
Lo cercan. Lo bloquean. Lo asfixian.
Pretenden rendirlo porque jamás pudieron convencerlo.
Y, sin embargo,
Cuba sonríe.
Sonríe porque aprendió que la dignidad también sabe resistir.
Porque administración tras administración,
halcón tras halcón,
bloqueo tras bloqueo,
han intentado doblegar su voluntad.
Y, sin embargo,
nunca han conseguido derrotar la esperanza.
Y hoy, cuando el calendario se inclina ante tus cien años,
vuelvo a encontrarte.
No en las fotografías. No en los archivos.
Sino en la memoria intacta de aquel muchacho campesino, casi un niño,
que dejó atrás las montañas azules del piedemonte andino barinés.
Que salió desde mi Calderas, con los ojos llenos de preguntas y el corazón desbordado
de sueños,
hasta esa Habana que tantas veces había recorrido con la imaginación.
Y allí estabas.
Como si los libros hubiesen aprendido a respirar.
Como si la historia hubiese decidido estrecharme la mano.
Todavía puedo verte.
Junto a Chávez.
Dos hombres. Dos montañas. Una misma América.
Y entre ustedes no solo nacía el ALBA.
Volvía a levantarse el sueño de Bolívar. La palabra de Martí.
La certeza de que nuestros pueblos podían volver a reconocerse como una sola patria
de pueblos libres.
Por eso tu nombre no termina en Cuba.
Continúa en cada escuela levantada donde antes hubo silencio.
En cada libro abierto contra la ignorancia.
En cada comunidad que aprendió que la solidaridad también puede cruzar océanos.
En un caserío olvidado de nuestra América.
En una comunidad indígena que no aparece en los grandes mapas del poder.
En una montaña perdida de África.
En cualquier rincón donde un niño recuperó la esperanza gracias a un médico
formado por la Revolución Cubana.
Allí también pronuncian tu nombre.
Porque hay legados que no caben en el mármol.
Hay ideas que no conocen cementerios.
Y hay hombres que dejan de pertenecerse para convertirse en patrimonio moral de los
pueblos que luchan.
Por eso no venimos a despedirte.
Venimos a agradecerte.
Gracias por demostrar que la rebeldía puede convertirse en organización.
Que la organización puede convertirse en victoria.
Y que la victoria solo tiene sentido cuando se pone al servicio de los humildes.
Fidel,
si algún día quieren saber dónde encontrarte,
que no te busquen en los homenajes.
Que no te busquen en las estatuas.
Búsquenlo en el pueblo cubano que resiste.
En Venezuela que sigue soñando.
En cada bandera que se niega a arriarse.
En cada joven que decide que la historia todavía puede cambiarse.
Porque hay hombres que nacen una sola vez.
Y hay hombres que cumplen cien años cada vez que un pueblo se niega a arrodillarse.

